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Ramón López Velarde

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La Doncella Verde

LA DONCELLA VERDE


En la muerte de José Enrique Rodó.


En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la armónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Doncella Verde

LA DONCELLA VERDE


En la muerte de José Enrique Rodó.


En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la armónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.


482
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Doncella Verde

LA DONCELLA VERDE


En la muerte de José Enrique Rodó.


En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la armónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.


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Ramón López Velarde

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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Memorias Del Circo

MEMORIAS DEL CIRCO

A Carlos González Peña


Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la cómica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

El aeronauta previo,

colgado de los dedos de los pies,

era un bravo cosmógrafo al revés

que, si subía hasta asomarse al Polo

Norte, o al Polo Sur, también tenía

cuestiones personales con Eolo.

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvorosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

¡Oh remoto payaso: en el umbral

de mi infancia derecha

y de mis virtudes recién nacidas

yo no puedo tener una sospecha

de amazonas y almendras prohibidas!

Estas almendras raudas

hechas de terciopelos y de trinos

que no nos dejan ni tocar sus caudas...

Los adioses baldíos

a las augustas Evas redivivas

que niegan la migaja, pero inculcan

en nuestra sangre briosa una patética

mendicidad de almendras fugitivas...

Había una menuda cuadrumana

de enagüilla de céfiro

que, cabalgando por el redondel

con azoros de humana,

vencía los obstáculos de inquina

y los aviesos aros de papel.

Y cuando a la erudita

cavilación de Darwin

se le montaba la enagüilla obscena,

la avisada monita

se quedaba serena.

como ante un espejismo,

despreocupada lastimosamente

de su desmantelado transformismo.

La niña Bell cantaba:

«Soy la paloma errante»;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquel que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio...


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Ramón López Velarde

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Ramón López Velarde

Para El Zenzontle Impávido

He vuelto a media noche a mi casa, y un canto
como vena de agua que solloza, me acoge...
Es el músico célibe, es el solista dócil
y experto, es el zenzontle que mece los cansancios
seniles y la incauta ilusión con que sueñan
las damitas... No cabe duda que el prisionero
sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras
que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas.
No serían los clásicos minuciosos psicólogos,
pero atinaban con el mundo elemental
y daban a las cosas sus nombres...

Sigo oyendo
la musical tarea del zenzontle, y lo admiro
por impávido y fuerte, porque no se amilana
en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme
despertar a los monstruos de la noche. Su pico
repasa el cuerpo de la noche, como el de una
amante; el valeroso pico de este zenzontle
va recorriendo el cuerpo de la noche: las cejas,
y la nuca, y el bozo. Súbitamente, irrumpe
el arpegio animoso que reta en su guarida
a todas las hostiles reservas de la amante...

¿Hay acaso otro solo poeta que, como éste,
desafíe a las incógnitas potestades, y hiera
con su venablo lírico el silencio despótico?
Respondamos nosotros, los necios y cobardes
que en la noche tememos aventurar la mano
afuera de las sábanas...

El zenzontle me lleva
hasta los corredores del patio solariego
en que había canarios, con el buche teñido
con un verde inicial de lechuga, y las alas
como onzas acabadas de troquelar. También
había por aquellos corredores, las roncas
palomas que se visten de canela y se ajustan
los collares de luto... Corredores propicios
en que José Manuel y Berta platicaban
y en que la misma Berta, con un gentil descoco,
me dijo alguna vez: «Si estos corredores
como tumbas, hablaran ¡qué cosas no dirían!»
Mas en estos momentos el zenzontle repite
un silbo montaraz, como un pastor llamando
a una pastora; y caigo en la lúgubre cuenta
de que el zenzontle vive castamente, y su limpia
virtud no ha de obtener un premio en Josafat.
Es seguro que al pobre cantor, que da su música
a la erótica letra de las lunas de miel,
lo aprisionaron virgen en su monte; y me apena
que ignore que la dicha de amar es un galope
del corazón sin brida, por el desfiladero
de la muerte. Deploro su castidad reclusa
y hasta le cedería uno de mis placeres.

Mas ya el sueño me vence... El zenzontle prolonga
su confesión melódica frente a las potestades
enemigas, y corto aquí mi panegírico
para el zenzontle impávido, virgen y confesor.
551
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Para El Zenzontle Impávido

He vuelto a media noche a mi casa, y un canto
como vena de agua que solloza, me acoge...
Es el músico célibe, es el solista dócil
y experto, es el zenzontle que mece los cansancios
seniles y la incauta ilusión con que sueñan
las damitas... No cabe duda que el prisionero
sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras
que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas.
No serían los clásicos minuciosos psicólogos,
pero atinaban con el mundo elemental
y daban a las cosas sus nombres...

Sigo oyendo
la musical tarea del zenzontle, y lo admiro
por impávido y fuerte, porque no se amilana
en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme
despertar a los monstruos de la noche. Su pico
repasa el cuerpo de la noche, como el de una
amante; el valeroso pico de este zenzontle
va recorriendo el cuerpo de la noche: las cejas,
y la nuca, y el bozo. Súbitamente, irrumpe
el arpegio animoso que reta en su guarida
a todas las hostiles reservas de la amante...

¿Hay acaso otro solo poeta que, como éste,
desafíe a las incógnitas potestades, y hiera
con su venablo lírico el silencio despótico?
Respondamos nosotros, los necios y cobardes
que en la noche tememos aventurar la mano
afuera de las sábanas...

El zenzontle me lleva
hasta los corredores del patio solariego
en que había canarios, con el buche teñido
con un verde inicial de lechuga, y las alas
como onzas acabadas de troquelar. También
había por aquellos corredores, las roncas
palomas que se visten de canela y se ajustan
los collares de luto... Corredores propicios
en que José Manuel y Berta platicaban
y en que la misma Berta, con un gentil descoco,
me dijo alguna vez: «Si estos corredores
como tumbas, hablaran ¡qué cosas no dirían!»
Mas en estos momentos el zenzontle repite
un silbo montaraz, como un pastor llamando
a una pastora; y caigo en la lúgubre cuenta
de que el zenzontle vive castamente, y su limpia
virtud no ha de obtener un premio en Josafat.
Es seguro que al pobre cantor, que da su música
a la erótica letra de las lunas de miel,
lo aprisionaron virgen en su monte; y me apena
que ignore que la dicha de amar es un galope
del corazón sin brida, por el desfiladero
de la muerte. Deploro su castidad reclusa
y hasta le cedería uno de mis placeres.

Mas ya el sueño me vence... El zenzontle prolonga
su confesión melódica frente a las potestades
enemigas, y corto aquí mi panegírico
para el zenzontle impávido, virgen y confesor.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Viejo Pozo

El viejo pozo de mi vieja casa
sobre cuyo brocal mi infancia tantas veces
se clavaba de codos, buscando el vaticinio
de la tortuga, o bien el iris de los peces,
es un compendio de ilusión
y de históricas pequeñeces.

Ni tortuga, ni pez; sólo el venero
que mantiene su estrofa concéntrica en el agua
y que dio fe del ósculo primero
que por 1850 unió las bocas
de mi abuelo y mi abuela... ¡Recurso lisonjero
con que los generosos hados
dejan caer un galardón fragante
encima de los desposados!
Besarse, en un remedo bíblico, junto al pozo,
y que la boca amada trascienda a fresco gozo
de manantial, y que el amor se profundice,
en la pareja que lo siente,
como el hondo venero providente...

En la pupila líquida del pozo
espejábanse, en años remotos, los claveles
de una maceta; más la arquitectura
ágil de las cabezas de dos o tres corceles,
prófugos del corral; más la rama encorvada
de un durazno; y en época de mayor lejanía
también se retrataban en el pozo
aquellas adorables señoras en que ardía
la devoción católica y la brasa de Eros;
suaves antepasadas, cuyo pecho lucía
descotado, y que iban, con tiesura y remilgo,
a entrecerrar los ojos a un palco a la zarzuela,
con peinados de torre y con vertiginosas
peinetas de carey. Del teatro a la Vela
Perpetua, ya muy lisas y muy arrebujadas
en la negrura de sus mantos.
Evoco, todo trémulo, a estas antepasadas
porque heredé de ellas el afán temerario
de mezclar tierra y cielo, afán que me ha metido
en tan graves aprietos en el confesionario.

En una mala noche de saqueo y de política
que los beligerantes tuvieron como norma
equivocar la fe con la rapiña, al grito
de «¡Religión y Fueros!» y «¡Viva la Reforma!»,
una de mis geniales tías,
que tenía sus ideas prácticas sobre aquellas
intempestivas griterías,
y que en aquella lucha no siguió otro partido
que el de cuidar los cortos ahorros de mi abuelo,
tomó cuatro talegas y con un decidido
brazo las arrojó en el pozo, perturbando
la expectación de la hora ingrata
con un estrépito de plata.

Hoy cuentan que mi tía se aparece a las once
y que, cumpliendo su destino
de tesorera fiel, arroja sus talegas
con un ahogado estrépito argentino.

Las paredes del pozo, con un tapiz de lama
y con un centelleo de gotas cristalinas,
eran como el camino de esperanza en que todos
hemos llorado un poco... Y aquellas peregrinas
veladas de mayo y junio
mostráronme del pozo el secreto de amor:
preguntaba el durazno: «¿Quién es Ella?»,
y el pozo, que todo lo copiaba, respondía
no copiando más que una sola estrella.

El pozo me quería senilmente; aquel pozo
abundaba en lecciones de fortaleza, de alta
discreción, y de plenitud...
Pero hoy, que su enseñanza de otros tiempos me falta,
comprendo que fui apenas un alumno vulgar
con aquel taciturno catedrático,
porque en mi diario empeño no he podido lograr
hacerme abismo y que la estrella amada,
al asomarse a mí, pierda pisada.
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