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Alma

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Meditación De La Rosa

MEDITACIÓN DE LA ROSA

Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa

y que el agua es la medida de todas las rosas.

Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas

presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.

Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo

a esta tierra de duros y salobres pensamientos.

Yo te miro decir y escucho tu silencio

cuando lloro los días que fueron pavorosos.

Una balada es un poco de tibia espuma

es un sereno atardecer salido de la nada.

Supón entonces, amor mío, que hay un espejo

al que sonríes por las verdades ya dichas.

La luna acaba de ser amada, dijo un poeta

que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.

Sabes bien que habrá una invasión de misterios

bien soñados tal vez o dulcemente pensados.

Andamos y desandamos mil y un caminos

como sombritas de fieras sin salida posible.

El hombre es la más bella conquista del aire

insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.

Un miedo de singulares perfiles nos abruma

mientras morimos gritando ¡amor! amor.

Hemos vivido más o menos como ángeles en pena

navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.

Amando hasta nunca decir basta de amar

y oído y visto guerras de infinito terror.

La bondad nos quedaba estrictamente prohibida

porque ya no había espacio ni necesaria era.

Apostamos la vida a un albur de silencio

cuando el amor no era sino una niña espina.

Alguien nunca esperado se acerca paso a paso

y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.

Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas

y no dejar entrar la niebla y su veneno.

Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos

que suelen suceder al sudor amoroso.

Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada

que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.

¿Por qué no hay aquí una calle nombrada
Góngora

con los campos de plumas tan urgentes?

Ignoro si ganamos o perdimos la batalla

contra los días que fueron y los días que vendrán.

No estoy ni estuve para decir cuáles penas

nos afligieron ni para descubrir lo que somos.

Sólo sé que no sé nada sino amarte

como se ama a la rosa paridamente fresca.

Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis

como si fueran sólo el alma de mi siglo.

Todo parece primitivo todo insomne

todo parece mar parece dientes parece lejos.

Ámame por desdicha por descanso porque sí

o porque no o porque nada o por mero desvelo

Después de todo soy una constante rebelión

sofocada como adivinarás a pura sangre.

Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada

por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.

Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre

que pasa como un árbol que no tiene descanso.

No pienses ya nada ni nada supongas

porque las fronteras son irremediables

y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos

para que el amor sea el gemido de siempre

y la piel no parezca un campo incendiado

y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

17 de diciembre de 1979

617
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka

SÍLABAS POR EL MAXILAR DE FRANZ KAFKA


Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto

de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado

y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto

por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,

enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas

donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;

hueso infinito para ponerse verde de envidia,

para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;

para no ver siquiera la herida de tu boca

ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran

como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;

para hipnotizar la espada de la melancolía

y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios

donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;

para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite

en el corazón del follaje del cementerio judío;

para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;

para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total

y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;

para morir eternamente de una tuberculosis dorada

y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio

y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,

por los que quemaron a Juan Huss

y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.

Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,

pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;

hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K

hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos

y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo

como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;

hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente

la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.

Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo

y escribir sobre la piel la palabra abismo,

la palabra epitafio, la palabra sacrificio

y la palabra sufrimiento

y la palabra Hacedor.

6 de noviembre de 1965

623
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Santa Juana De Asbaje

SANTA JUANA DE ASBAJE


... en plumas de oro vuela ...
GÓNGORA


Celestemente dueña de la forma y del vuelo

—la forma de la orquídea, el vuelo en la paloma—,

maravillosamente gentil y maliciosa

doncella de las nubes.


Transparente de nieve,

ángel de pensamientos que perduran

como la roca viva o el mármol sosegado.

Ágiles aires dieron a tus ojos el brillo

de pétalos que abrasan al ojo que los mira,

y en un millón de versos tu inspiración fluía

como clara corriente de penetrante acento.


Hiciste el verso santo junto al verso de amor

—la forma de la lágrima, el vuelo de la fe—,

y en un siglo de luces que se caían de secas

asombró tu magnífica condición estelar.

Estrella en el bautismo y estrella en la madura

soledad de la celda.


¿Cómo no amar tus voces

y no beber tu aliento donde rosas anidan?

Celestemente extraña, inusitado y tierno

prodigio de fervor: milagro entre milagros.


Como un ángel de bella sonoridad, como un

mensaje sin destino, mas destinado a todos,

vino a la tierra el sueño de tu grata presencia

y la soberbia lira resonó como un coro.

¿Cómo no amar tus voces de purísima estirpe

y no admirar la espada del soneto perfecto?

De tu sabia palabra y de tu esbelta rima

en valles y volcanes se inmortaliza el eco.


Brilladora entre nieblas, estremecido cisne,

candor que no se nombra, magia, pluma y aroma:

tuya es la bugambilia del altiplano y tuyo

el cálido perfume de jerónimas rosas.


No hay espejo a la altura de tu impecable sombra,

piedra que no te viva, verso que no te sueñe.

¿Qué música decirte sin perturbar la música

que en tus alas reposa y en tus pupilas duerme?


Duerme y vive, señora, tu gracia y tu belleza.

Y que duerman tus manos o azucenas de oro.

Matices virginales de retóricas albas

divinizan tu suave contacto con el polvo.


Pero tu corazón, como ave bendecida,

es luz insobornable, estilo de tu huella.

Guárdanos en tu reino de serena pureza,

oh clavel, fresca dalia, bugambilia y estrella.

13-14 de noviembre de 1961

768
Efraín Huerta

Efraín Huerta

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

1.005
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Praga, Mi Novia

PRAGA, MI NOVIA


Lily me espera a las 11 en el puente del rey Carlos,

al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,

santo de agua, mudo, ahogado.

Lily cree en Dios y yo corro hacia ella

y hacia el río y después

los dos iremos hacia las colinas,

hacia el Castillo, hacia la Catedral,

y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas

donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores

y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.


Veremos grandes patios, hermosos panoramas,

y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda

—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—

y yo habré de contarle cómo es el mar

y si algún día regresaré.


Lily me dirá que cuente con ella

y que Praga es mi novia

y que ya no sueñe con las noches danubias

ni con «la negra Viena de los ojos azules»,

porque aquí, a nuestros pies,

un río de bronce y plata nos mira

y es un río que se llama Voltava.


Corro porque Lily me espera

y es posible que ya no crea en Dios

—lo que sería sencillamente horrible para ella.

Sus ojos que tanto han llorado deben mirar

hacia la dulzura del santo que no dijo nada

como ella tampoco parece decir nada cuando la beso

y en su español murmura «No me beséis»

y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.


Al día siguiente

—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich

a volar hacia América con su medalla de oro

en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,

al día siguiente bailaremos valses

y al otro día Lily (sólo me queda ella)

esperará el filo de oro de la tarde

para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío

y dejarme de la mano de Dios

para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor

y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas

llenas de siglos

y a media voz recuerdo el poema de Nezval.

Porque ahí sólo pisamos la ceniza

y Lily, que cree en Dios,

no quiere entristecer su adoración

por el pequeño Niño Jesús de Praga

que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la
Malá Strana

con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.


Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,

sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles

y que una flor tiene la lengua de fuera

porque Lily debe estar loca

y los rabinos están hechos polvo

y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos

y el gran Libro abierto me habla

y la palabra «nazis» me da náuseas

y debo entonces pedir la paz en todos los ríos

y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,

y no solamente para la turbia paz del Cementerio

ni la paz para la ceniza que se come

ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim

ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.


Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,

me dice que si estoy en Praga es porque soy malo

y debo ser un sanguinario comunista

pero que todo me lo perdona

(es tan buena) porque le corrijo su español

y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine

y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras

y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve

y para su consuelo una gran cantidad

de iglesias y mucho sacerdotes.


Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia

y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de
Lídice,

porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse

(cuando regrese a México haré que me operen)

no puedo dejar a Lily con sus panes

y sus frutas, tampoco con sus ojos

que parecen ojos de santa flagelada

ni con su amarga risa de niña.


No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme

en brazos de una novia amorosa?

Lily me dijo apenas ayer que me entregaba

el corazón de la ciudad

y yo me bebo el aire del río

y va no le pido más porque nada me niega

y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,

al pie de San Juan Nepomuceno,

santo de piedra,

santo de agua,

mudo,

ahogado.

640
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

980
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Sueños

LOS SUEÑOS


Miro pasar las nubes de la noche.

Miro pasar tu cuerpo, tu sombra de laurel.

Oigo los sueños de la noche

(nubes también, o aves)

y conozco el misterio de lo eterno,

la sabia voz de lo desconocido.


Oigo ese sueño jubiloso de la mujer amada,

el negro sueño de los asesinos,

el sueño doloroso del niño.


Y no hay sueño en la noche

que no parezca ser mi propio sueño.


Miro pasar los sueños

como navíos cargados de esperanza.

Y hay un hombre en el sueño

y el hombre sueña rosas, sueña sangre,

sueña su propia infancia

y una lágrima turbia le corre por el rostro.


Un poeta que sueña

(viva imagen del sueño, estatua desolada)

gime en el sueño y pide

la nueva voz del ansia y el grito del amor.

Sean el sueño y la paz para el poeta.

Sean la dicha y el pan para el poeta.

La libertad para el poeta.


Miro el puro prodigio de los sueños.

El sueño de tu cuerpo, los laureles

de tu sombra en la sombra

de esta noche de encendidos perdones.


Oigo ese sueño amargo del traidor en su nido,

su aurora mutilada,

su larga noche de agonía,

su pasión de belleza y de martirio.

(Profunda noche o cabellera

para el ciego del alma).


Oigo el suave nacer de los amores,

el suspiro anhelante, el beso despiadado.

Oigo ese fuego lento

de un pobre amor sin patria

y de un amor tan noble como el llanto.


Oigo el amor en triunfo:

la estrella temblorosa en su trono de luz,

la enamorada música, la selva

de estremecidos pasos de gacela

y las hojas que caen

como abrazos perdidos.

¡Amor encarcelado, amor divino,

atormentado amor, espiga de dulzura!


No hay amor en la noche

que no parezca ser mi propio amor.


Van los navíos del sueño

por el profundo mar de la esperanza;

los oigo navegar, ebrios, danzando

la danza de una noche constelada de espinas.


Va mi sueño en los sueños

de bondad, en los sueños

que despiertan al mundo, virginales,

y en el sueño marchito

y en el doliente sueño

de una infinita adolescencia.


Resplandece tu sueño,

tu sueño de laurel y mariposa,

y lo miro pasar

como una espada en vuelo,

desnuda de dolor, virgen de heridas.


Y no hay vuelo en tu sueño

que no parezca ser mi propio vuelo.


Miro pasar un ángel

y un silencio de bosques,

como una catedral de frías cenizas,

me envenena los ojos, los oídos,

y penetro en el alba

con los brazos abiertos al corazón del mundo.

783
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Paloma Y El Sueño

LA PALOMA Y EL SUEÑO

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.

Ya tus ojos la tierra se los había bebido

y en tu boca de seda sólo un poco de gracia

fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.


No veías ni mi boca que se moría de pena

ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.

Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte

al solemne vivir la vida más amarga.


Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente

recordaba los ríos de suave, lenta infancia.

Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía

con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.


Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.

Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.

Una estrella miraba cómo brilla tu vida.

Una rosa de fuego reposaba en tu frente.


Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.

Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.

Parecías la paloma extraviada en su vuelo:

la paloma del ansia, la paloma que ama.


Te dije que te amaba, y un temblor de misterio

asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,

los árboles, la nube y el aire estremecido,

y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.


No parecías la misma de otras horas sin horas.

Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.

Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,

y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.


Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.

Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.

Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel

y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.


¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!

Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.

Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.

Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

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Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Noche De La Perversión

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.

Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.

Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calosfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.

Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.

Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.
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