Poemas en este tema
Amor Romántico
Manuel Gutiérrez Nájera
Por La Ventana
Prostituir al amor... llegar artero,
de noche, entre las sombras recatado
esquivando los pasos y, mañero,
la faz hundida y el embozo alzado.
Tender la escala; con la vista alerta
trepar por la pared que se desgrana,
y a donde todos entran por la puerta,
entrar como ladrón, por la ventana.
Apagada la luz, hablando quedo,
temerosos, convulsos, vergonzantes,
sintiendo juntos el amor y el miedo
contar con avaricia los instantes.
Querer que calle hasta el reloj pausado
que cuelga en la pared, alto y sombrío;
ser joven, ser amante, ser amado,
y, estando juntos, tiritar de frío.
Sentir el hielo que en las venas cunde
cuando los nervios crispa el sobresalto;
y maldecir a luna, si difunde
su delatora luz desde lo alto.
Buscar lo más oscuro de la alcoba,
y ver con vago miedo las junturas
por donde entra la luz, como quien roba
cobarde, vil, con antifaz y a oscuras.
Y temblar de pavor, si ladra el perro,
y si las ondas de la fuente gimen;
de lo que es aire, sol, hacer encierro;
de lo que es un derecho, hacer un crimen.
Besar con miedo, sin rumor, aprisa,
ir siempre de puntillas por la alfombra,
y si al cristal hizo crujir la brisa,
temblar, pensando que una voz nos nombra.
Cuando canta la alondra, retirarse
atravesando la desierta sala,
y suspenso en el aire deslizarse,
como vil bandolero, por la escala.
Haber envenenado una existencia,
convertido en dolores el contento
y, huésped sepulcral de la conciencia,
albergar un tenaz remordimiento.
Ver encenderse su mejilla roja
temiendo acaso que el pavor la venza,
y al hablarle mirar que se sonroja
y que baja los ojos de vergüenza.
Ese no es el amor: amor robado
que se viste de falso monedero;
ese no es el amor que yo he soñado,
y si ese es el amor, yo no lo quiero.
de noche, entre las sombras recatado
esquivando los pasos y, mañero,
la faz hundida y el embozo alzado.
Tender la escala; con la vista alerta
trepar por la pared que se desgrana,
y a donde todos entran por la puerta,
entrar como ladrón, por la ventana.
Apagada la luz, hablando quedo,
temerosos, convulsos, vergonzantes,
sintiendo juntos el amor y el miedo
contar con avaricia los instantes.
Querer que calle hasta el reloj pausado
que cuelga en la pared, alto y sombrío;
ser joven, ser amante, ser amado,
y, estando juntos, tiritar de frío.
Sentir el hielo que en las venas cunde
cuando los nervios crispa el sobresalto;
y maldecir a luna, si difunde
su delatora luz desde lo alto.
Buscar lo más oscuro de la alcoba,
y ver con vago miedo las junturas
por donde entra la luz, como quien roba
cobarde, vil, con antifaz y a oscuras.
Y temblar de pavor, si ladra el perro,
y si las ondas de la fuente gimen;
de lo que es aire, sol, hacer encierro;
de lo que es un derecho, hacer un crimen.
Besar con miedo, sin rumor, aprisa,
ir siempre de puntillas por la alfombra,
y si al cristal hizo crujir la brisa,
temblar, pensando que una voz nos nombra.
Cuando canta la alondra, retirarse
atravesando la desierta sala,
y suspenso en el aire deslizarse,
como vil bandolero, por la escala.
Haber envenenado una existencia,
convertido en dolores el contento
y, huésped sepulcral de la conciencia,
albergar un tenaz remordimiento.
Ver encenderse su mejilla roja
temiendo acaso que el pavor la venza,
y al hablarle mirar que se sonroja
y que baja los ojos de vergüenza.
Ese no es el amor: amor robado
que se viste de falso monedero;
ese no es el amor que yo he soñado,
y si ese es el amor, yo no lo quiero.
895
Manuel Gutiérrez Nájera
¡si Tú Murieras!
Anoche, mientras fijos tus ojos me miraban
y tus convulsas manos mis manos estrechaban,
tu tez palideció.
¿Qué hicieras —me dijiste— si en esta noche misma
tu luz se disipara, si se rompiera el prisma,
si me muriera yo?
¡Ah! deja las tristezas al nido abandonado,
las sombras a la noche, los dardos al soldado,
los cuervos al ciprés.
No pienses en lo triste que sigiloso llega;
los mirtos te coronan, y el arroyuelo juega
con tus desnudos pies.
La juventud nos canta, nos ciñe, nos rodea;
es grana en tus mejillas; en tu cerebro, idea,
y entre tus rizos, flor;
tenemos en nosotros dos fuerzas poderosas,
que triunfan de los hombres y triunfan de las cosas:
¡La vida y el amor!
Comparte con mi alma tus penas y dolores,
te doy mis sueños de oro, mis versos y mis flores
a cambio de tu cruz.
¿Por qué temer los años si tienes la hermosura;
la noche, si eres blanca; la muerte, si eres pura;
la sombra, si eres luz?
Seré, si tú lo quieres, el resistente escudo
que del dolor defienda tu corazón desnudo;
y si eres girasol,
seré la pare oscura que en hondo desconsuelo
sin ver jamás los astros se inclina siempre al suelo;
tú, la que mira al sol.
La muerte está muy lejos; anciana y errabunda,
evita los senderos que el rubio sol fecunda,
y por la sombra va;
camina sobre nieve, por rutas silenciosas,
huyendo de los astros y huyendo de las rosas;
¡la muerte no vendrá!
La vida, sonriendo, nos deja sus tesoros.
¡Abre tus negros ojos, tus labios y tus poros
al aire del amor!
Como la madre monda las frutas para el niño,
Dios quita de tu vida, cercada de cariño,
las penas y el dolor.
Ahora todo canta, perfuma o ilumina;
ahora todo copia tu faz alabastrina,
y se parece a ti;
aspiro los perfumes que brotan de tu trenza,
y lo que en tu alma apenas como ilusión comienza,
es voluntad en mí.
¡Ah! deja las tristezas al nido abandonado,
las sombras a la noche, los dardos al soldado;
los cuervos al ciprés.
No pienses en los triste que sigiloso llega;
los mirtos te coronan, y el arroyuelo juega
con tus desnudos pies.
y tus convulsas manos mis manos estrechaban,
tu tez palideció.
¿Qué hicieras —me dijiste— si en esta noche misma
tu luz se disipara, si se rompiera el prisma,
si me muriera yo?
¡Ah! deja las tristezas al nido abandonado,
las sombras a la noche, los dardos al soldado,
los cuervos al ciprés.
No pienses en lo triste que sigiloso llega;
los mirtos te coronan, y el arroyuelo juega
con tus desnudos pies.
La juventud nos canta, nos ciñe, nos rodea;
es grana en tus mejillas; en tu cerebro, idea,
y entre tus rizos, flor;
tenemos en nosotros dos fuerzas poderosas,
que triunfan de los hombres y triunfan de las cosas:
¡La vida y el amor!
Comparte con mi alma tus penas y dolores,
te doy mis sueños de oro, mis versos y mis flores
a cambio de tu cruz.
¿Por qué temer los años si tienes la hermosura;
la noche, si eres blanca; la muerte, si eres pura;
la sombra, si eres luz?
Seré, si tú lo quieres, el resistente escudo
que del dolor defienda tu corazón desnudo;
y si eres girasol,
seré la pare oscura que en hondo desconsuelo
sin ver jamás los astros se inclina siempre al suelo;
tú, la que mira al sol.
La muerte está muy lejos; anciana y errabunda,
evita los senderos que el rubio sol fecunda,
y por la sombra va;
camina sobre nieve, por rutas silenciosas,
huyendo de los astros y huyendo de las rosas;
¡la muerte no vendrá!
La vida, sonriendo, nos deja sus tesoros.
¡Abre tus negros ojos, tus labios y tus poros
al aire del amor!
Como la madre monda las frutas para el niño,
Dios quita de tu vida, cercada de cariño,
las penas y el dolor.
Ahora todo canta, perfuma o ilumina;
ahora todo copia tu faz alabastrina,
y se parece a ti;
aspiro los perfumes que brotan de tu trenza,
y lo que en tu alma apenas como ilusión comienza,
es voluntad en mí.
¡Ah! deja las tristezas al nido abandonado,
las sombras a la noche, los dardos al soldado;
los cuervos al ciprés.
No pienses en los triste que sigiloso llega;
los mirtos te coronan, y el arroyuelo juega
con tus desnudos pies.
1.058
Manuel Gutiérrez Nájera
Resucitarán
Los pájaros que en sus nidos
mueren ¿a dónde van?
¿Y en que lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?
Nacen, y al punto traviesos
hallar la salida quieren;
¡pero como nacen presos
se enferman pronto mis besos
y apenas nacen, se mueren!
En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro...
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!
¡Que labios tan carceleros!
Con cadenas y cerrojos
los aprisionan severos,
y apenas los prisioneros
se me asoman a los ojos.
¡Pronto rompe la cadena
de tan injusta prisión,
y no mueran más de pena,
que ya está de besos llena
la tumba del corazón!
¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.
¿Por qué en cárcel sepulcral
se trueca el nido del ave?
¿Por qué los tratas tan mal,
si tus labios de coral
son los que tienen la llave?
—Besos que apenas despiertos
volar del nido queréis
a sus labios entreabiertos,
en vuestra tumba, mis muertos,
dice: ¡Resucitaréis!
mueren ¿a dónde van?
¿Y en que lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?
Nacen, y al punto traviesos
hallar la salida quieren;
¡pero como nacen presos
se enferman pronto mis besos
y apenas nacen, se mueren!
En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro...
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!
¡Que labios tan carceleros!
Con cadenas y cerrojos
los aprisionan severos,
y apenas los prisioneros
se me asoman a los ojos.
¡Pronto rompe la cadena
de tan injusta prisión,
y no mueran más de pena,
que ya está de besos llena
la tumba del corazón!
¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.
¿Por qué en cárcel sepulcral
se trueca el nido del ave?
¿Por qué los tratas tan mal,
si tus labios de coral
son los que tienen la llave?
—Besos que apenas despiertos
volar del nido queréis
a sus labios entreabiertos,
en vuestra tumba, mis muertos,
dice: ¡Resucitaréis!
1.016
Manuel Gutiérrez Nájera
La Serenata De Schubert
¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
muchas tristezas y ternuras mías.
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores.
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
¡Así solllozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
el corazón responde: ¿quién lo sabe?
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
De la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente,
va flotando la tierna serenata...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
Sueños amantes que piedad imploran,
y como niños huérfanos ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...
Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
Un peinador muy blanco y un piano.
Noche de luna y de silencio afuera...
Un volumen de versos en mi mano
y en el aire, y en todo ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
¡qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...
La anciana, que en silencio nos veía...
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su Lucía.
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!
...Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora... ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa... ¡su ventana aquélla!
Ése, el sillón en que bordar solía...
La reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía.
Bajo el cedro robusto y arrogante
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos, su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...
El lago azul... el huerto... la arboleda,
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores
cuando la arena del jardín rozaba
el percal de tus blancos peinadores!
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Cerraste, virgencita, la ventana...
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: ¡Hasta mañana!
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte!...
Y lo que tú pensaste que era el sueño,
fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert, con su doliente serenata
y el pálido Musset con su Lucía!
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
muchas tristezas y ternuras mías.
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores.
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
¡Así solllozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
el corazón responde: ¿quién lo sabe?
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
De la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente,
va flotando la tierna serenata...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
Sueños amantes que piedad imploran,
y como niños huérfanos ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...
Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
Un peinador muy blanco y un piano.
Noche de luna y de silencio afuera...
Un volumen de versos en mi mano
y en el aire, y en todo ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
¡qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...
La anciana, que en silencio nos veía...
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su Lucía.
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!
...Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora... ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa... ¡su ventana aquélla!
Ése, el sillón en que bordar solía...
La reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía.
Bajo el cedro robusto y arrogante
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos, su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...
El lago azul... el huerto... la arboleda,
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores
cuando la arena del jardín rozaba
el percal de tus blancos peinadores!
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Cerraste, virgencita, la ventana...
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: ¡Hasta mañana!
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte!...
Y lo que tú pensaste que era el sueño,
fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert, con su doliente serenata
y el pálido Musset con su Lucía!
1.294
Manuel Gutiérrez Nájera
Efímeras
Idos, dulces ruiseñores:
quedó la selva callada,
y a su ventana, entre flores,
no sale mi enamorada.
Notas, salid de puntillas;
está la niñita enferma...
Mientras duerma en mis rodillas,
dejad ¡oh notas! que duerma.
Luna que en marco de plata
su rostro copiabas antes,
si hoy tu cristal lo retrata
acaso, luna, la espantes.
Al pie de su lecho queda
y aguarda a que buena esté,
coqueto escarpín de seda
que oprime su blanco pie.
Guarda tu perfume, rosa;
guarda tus rayos, lucero,
para decir a mi hermosa,
cuando sane, que la quiero.
quedó la selva callada,
y a su ventana, entre flores,
no sale mi enamorada.
Notas, salid de puntillas;
está la niñita enferma...
Mientras duerma en mis rodillas,
dejad ¡oh notas! que duerma.
Luna que en marco de plata
su rostro copiabas antes,
si hoy tu cristal lo retrata
acaso, luna, la espantes.
Al pie de su lecho queda
y aguarda a que buena esté,
coqueto escarpín de seda
que oprime su blanco pie.
Guarda tu perfume, rosa;
guarda tus rayos, lucero,
para decir a mi hermosa,
cuando sane, que la quiero.
2.190
Manuel Gutiérrez Nájera
Para Un Menú
Las novias pasadas son copas vacías;
en ellas pusimos un poco de amor;
el néctar tomamos... huyeron los días...
¡Traed otras copas con nuevo licor!
Champán son las rubias de cutis de azalia;
borgoña los labios de vivo carmín;
los ojos oscuros son vino de Italia,
los verdes y claros son vino del Rin.
Las bocas de grana son húmedas fresas;
las negras pupilas escancian café;
son ojos azules las llamas traviesas,
que trémulas corren como almas del té.
La copa se apura, la dicha se agota;
de un sorbo tomamos mujer y licor...
Dejemos las copas... Si queda una gota,
que beba el lacayo las heces de amor.
en ellas pusimos un poco de amor;
el néctar tomamos... huyeron los días...
¡Traed otras copas con nuevo licor!
Champán son las rubias de cutis de azalia;
borgoña los labios de vivo carmín;
los ojos oscuros son vino de Italia,
los verdes y claros son vino del Rin.
Las bocas de grana son húmedas fresas;
las negras pupilas escancian café;
son ojos azules las llamas traviesas,
que trémulas corren como almas del té.
La copa se apura, la dicha se agota;
de un sorbo tomamos mujer y licor...
Dejemos las copas... Si queda una gota,
que beba el lacayo las heces de amor.
1.111
Macedonio Fernández
Creía Yo
No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
638
Macedonio Fernández
Hay Un Morir
No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.
Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.
Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.
872
Meira Delmar
Todavía
Amor de amor aquel que nos uniera
una vez en el tiempo ya distante.
Amor en que tú fuiste amado, amante
y yo amante y amada también fuera.
Otro amor sin igual no conociera
nunca el haz de la tierra. Fulgurante,
más que el sol del verano delirante,
toda sombra su lumbre destruyera.
Amor de amor, tan alto y extremado,
que el mismo cielo al serle comparado,
cosa fútil y vana parecía.
La vida canceló su encendimiento...
Y sin embargo en el recuerdo siento
que me quema la sangre todavía.
una vez en el tiempo ya distante.
Amor en que tú fuiste amado, amante
y yo amante y amada también fuera.
Otro amor sin igual no conociera
nunca el haz de la tierra. Fulgurante,
más que el sol del verano delirante,
toda sombra su lumbre destruyera.
Amor de amor, tan alto y extremado,
que el mismo cielo al serle comparado,
cosa fútil y vana parecía.
La vida canceló su encendimiento...
Y sin embargo en el recuerdo siento
que me quema la sangre todavía.
790
Meira Delmar
Tapiz
Las hebras de un tapiz imaginario
fueron nuestros destinos que un instante
se rozaron apenas en la cruz
del encuentro.
De norte a sur tu paso, de este
a oeste el mío,
entrelazamos el amor de modo
que nunca el tiempo desatarlo pudo,
ni romperlo el olvido.
fueron nuestros destinos que un instante
se rozaron apenas en la cruz
del encuentro.
De norte a sur tu paso, de este
a oeste el mío,
entrelazamos el amor de modo
que nunca el tiempo desatarlo pudo,
ni romperlo el olvido.
889
Meira Delmar
Soneto Marinero
Digo tu nombre, mar, tu nombre ardido
de soles y de júbilo creciente,
y el corazón enamorado siente
más clara la presencia del latido.
Velero que navega repetido
por los quietos espejos de la frente,
regresa tu paisaje lentamente
como si retornara del olvido.
Y surge tu comarca marinera
con una trashumante primavera
de espumas en la mano de cristal.
Y tu voz de colores, y tu alada
corona de blancura trabajada
en gaviotas y pétalos de sal.
de soles y de júbilo creciente,
y el corazón enamorado siente
más clara la presencia del latido.
Velero que navega repetido
por los quietos espejos de la frente,
regresa tu paisaje lentamente
como si retornara del olvido.
Y surge tu comarca marinera
con una trashumante primavera
de espumas en la mano de cristal.
Y tu voz de colores, y tu alada
corona de blancura trabajada
en gaviotas y pétalos de sal.
718
Meira Delmar
Reclamo
¡Amor! ¡Amor! ¡Qué has hecho de mi vida!
Mi vida era como un agua mansa,
como un agua ceñida...
Antes de ti, ¡qué fácil para el alma
la espera de sus pasos, y qué fácil
su ligera partida...!
Antes de ti, ¡qué fácil la ventura
frente a la lluvia clara y el silencio
de las tardes dormidas...!
Pero contigo, Amor, cómo se vuelven
la espera y el partir angustia viva...
¡Cómo tus manos claras, inasibles,
rompen las horas mías!
Contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia'"
ni me da su regalo de sonrisas,
y es tortura el silencio cuando pasa
por las tardes dormidas...
Mi vida era como un agua mansa,
como un agua ceñida...
Antes de ti, ¡qué fácil para el alma
la espera de sus pasos, y qué fácil
su ligera partida...!
Antes de ti, ¡qué fácil la ventura
frente a la lluvia clara y el silencio
de las tardes dormidas...!
Pero contigo, Amor, cómo se vuelven
la espera y el partir angustia viva...
¡Cómo tus manos claras, inasibles,
rompen las horas mías!
Contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia'"
ni me da su regalo de sonrisas,
y es tortura el silencio cuando pasa
por las tardes dormidas...
739
Meira Delmar
Raíz Antigua
No es de ahora este amor.
No es en nosotros
donde empieza a sentirse enamorado
este amor por amor, que nada espera.
Este vago misterio que nos vuelve
habitantes de niebla entre los otros.
Este desposeído
amor, sin tardes que nos miren juntos
a través de los trigos derramados
como un viento de oro por la tierra;
este extraño
amor,
de frío y llama,
de nieve y sol, que nos tomó la vida,
aleve, sigiloso, a espaldas nuestras,
en tanto que tú y yo, los distraídos,
mirábamos pasar nubes y rosas
en el torrente azul de la mañana.
No es de ahora. No.
De lejos viene
—de un silencio de siglos,
de un instante
en que tuvimos otro nombre y otra
sangre fugaz nos inundó las venas—,
este amor por amor,
este sollozo
donde estamos perdidos en querernos
como en un laberinto iluminado.
No es en nosotros
donde empieza a sentirse enamorado
este amor por amor, que nada espera.
Este vago misterio que nos vuelve
habitantes de niebla entre los otros.
Este desposeído
amor, sin tardes que nos miren juntos
a través de los trigos derramados
como un viento de oro por la tierra;
este extraño
amor,
de frío y llama,
de nieve y sol, que nos tomó la vida,
aleve, sigiloso, a espaldas nuestras,
en tanto que tú y yo, los distraídos,
mirábamos pasar nubes y rosas
en el torrente azul de la mañana.
No es de ahora. No.
De lejos viene
—de un silencio de siglos,
de un instante
en que tuvimos otro nombre y otra
sangre fugaz nos inundó las venas—,
este amor por amor,
este sollozo
donde estamos perdidos en querernos
como en un laberinto iluminado.
686
Meira Delmar
Promesa
En alguna mañana azul y florecida
iremos dulcemente, con las manos unidas
a escuchar las historias que el arroyo murmura
ante el fácil asombro de las piedras desnudas...
No diremos, amado, una sola palabra:
hablarán nuestros ojos su lenguaje de magia,
y la brisa curiosa llegará muy callada
sin romper el embrujo de la hora encantada…
Después... como un racimo de hermosas uvas nueva
–tronchadas de la vid por manos tempraneras–
yo dejaré en tu boca con un poco de miedo,
el sabor ignorado de mis besos primeros...
iremos dulcemente, con las manos unidas
a escuchar las historias que el arroyo murmura
ante el fácil asombro de las piedras desnudas...
No diremos, amado, una sola palabra:
hablarán nuestros ojos su lenguaje de magia,
y la brisa curiosa llegará muy callada
sin romper el embrujo de la hora encantada…
Después... como un racimo de hermosas uvas nueva
–tronchadas de la vid por manos tempraneras–
yo dejaré en tu boca con un poco de miedo,
el sabor ignorado de mis besos primeros...
747
Meira Delmar
Otra Presencia
Ahora estamos unidos
para siempre.
No importa que te hayas
marchado,
que la puerta
no se abra más
para esperar tus pasos,
ni importa que en las manos
que me encuentran
no me rocen las tuyas.
Andas conmigo,
vas, vienes a mi lado,
y miras con mis ojos
derramarse en el mar
el ocaso.
Oyes el viento en la noche
cuando pasa estremeciendo
las ventanas,
y me sigues constante
por la oscura comarca
del insomnio.
Revestida de ausencia
tu perdida presencia
me acompaña.
para siempre.
No importa que te hayas
marchado,
que la puerta
no se abra más
para esperar tus pasos,
ni importa que en las manos
que me encuentran
no me rocen las tuyas.
Andas conmigo,
vas, vienes a mi lado,
y miras con mis ojos
derramarse en el mar
el ocaso.
Oyes el viento en la noche
cuando pasa estremeciendo
las ventanas,
y me sigues constante
por la oscura comarca
del insomnio.
Revestida de ausencia
tu perdida presencia
me acompaña.
689
Meira Delmar
Nueva Presencia
Venías de tan lejos como de algún recuerdo.
Nada dijiste. Nada. Me miraste los ojos.
Y algo en mí, sin olvido, te fue reconociendo.
Desde una azul distancia me caminó las venas
una antigua memoria de palabras y besos,
y del fondo de un vago país entre la niebla
retornaron canciones oídas en el sueño.
Mi corazón, temblando, te llamó por tu nombre.
Tú dijiste mi nombre... Y se detuvo el tiempo.
La tarde reclinaba su frente pensativa
en las trémulas manos de los lirios abiertos,
y a través de las nubes los pájaros errantes
abrían sobre el campo la página del vuelo.
Con los hombros cargados de frutas y palomas
interminablemente pasaba el mismo viento,
y en el instante claro de los bronces mi alma,
llena de ángelus, era como un sitio del cielo.
Una vez, antes, antes, yo te había perdido.
En la noche de estrellas, o en el alba de un verso.
Una vez. No sé dónde... Y el amor fue, tan sólo,
encontrarte de nuevo.
Nada dijiste. Nada. Me miraste los ojos.
Y algo en mí, sin olvido, te fue reconociendo.
Desde una azul distancia me caminó las venas
una antigua memoria de palabras y besos,
y del fondo de un vago país entre la niebla
retornaron canciones oídas en el sueño.
Mi corazón, temblando, te llamó por tu nombre.
Tú dijiste mi nombre... Y se detuvo el tiempo.
La tarde reclinaba su frente pensativa
en las trémulas manos de los lirios abiertos,
y a través de las nubes los pájaros errantes
abrían sobre el campo la página del vuelo.
Con los hombros cargados de frutas y palomas
interminablemente pasaba el mismo viento,
y en el instante claro de los bronces mi alma,
llena de ángelus, era como un sitio del cielo.
Una vez, antes, antes, yo te había perdido.
En la noche de estrellas, o en el alba de un verso.
Una vez. No sé dónde... Y el amor fue, tan sólo,
encontrarte de nuevo.
753
Meira Delmar
Muerte Del Olvido
Se me murió el olvido
de repente.
Inesperada-
mente,
se le borraron las palabras
y fue desvaneciéndose
en el viento.
En busca suya el corazón tocaba
todas las puertas.
Nadie. Nada.
Y allí donde estuviera se instaló
de nuevo,
el doloroso amor,
el implacable,
interminable-
mente.
de repente.
Inesperada-
mente,
se le borraron las palabras
y fue desvaneciéndose
en el viento.
En busca suya el corazón tocaba
todas las puertas.
Nadie. Nada.
Y allí donde estuviera se instaló
de nuevo,
el doloroso amor,
el implacable,
interminable-
mente.
732
Meira Delmar
La Tarde
Te contaré la tarde, amigo mío.
La tarde de campanas y violetas
que suben lentamente a su pequeño
firmamento de aroma.
La tarde en que no estás.
El tiempo, detenido, se desborda
como un dorado río,
y deja ver en su lejano fondo
no sé qué cosas olvidadas.
El día vuelve aún en una ráfaga
de sol,
y fija mariposas de oro
en el cristal del aire.
Hay una flauta en el silencio, una
melancólica boca enamorada,
y en la torre teñida de crepúsculo
repiten su blancura las palomas.
La tarde en que no estás… La tarde
en que te quiero.
Alguien, que no conozco,
abre secretamente los jazmines
y cierra una a una las palabras.
La tarde de campanas y violetas
que suben lentamente a su pequeño
firmamento de aroma.
La tarde en que no estás.
El tiempo, detenido, se desborda
como un dorado río,
y deja ver en su lejano fondo
no sé qué cosas olvidadas.
El día vuelve aún en una ráfaga
de sol,
y fija mariposas de oro
en el cristal del aire.
Hay una flauta en el silencio, una
melancólica boca enamorada,
y en la torre teñida de crepúsculo
repiten su blancura las palomas.
La tarde en que no estás… La tarde
en que te quiero.
Alguien, que no conozco,
abre secretamente los jazmines
y cierra una a una las palabras.
777
Meira Delmar
La Hoguera
Esta es, amor, la rosa que me diste
el día en que los dioses nos hablaron.
Las palabras ardieron y callaron.
La rosa a la ceniza se resiste.
Todavía las horas me reviste
de su fiel esplendor. Que no tocaron
su cuerpo las tormentas que asolaron
mi mundo y todo cuanto en él existe.
Si cruzas otra vez junto a mi vida
hallará tu mirada sorprendida
una hoguera de extraño poderío.
Será la rosa que morir no sabe,
y que al paso del tiempo ya no cabe
con su fulgor dentro del pecho mío.
el día en que los dioses nos hablaron.
Las palabras ardieron y callaron.
La rosa a la ceniza se resiste.
Todavía las horas me reviste
de su fiel esplendor. Que no tocaron
su cuerpo las tormentas que asolaron
mi mundo y todo cuanto en él existe.
Si cruzas otra vez junto a mi vida
hallará tu mirada sorprendida
una hoguera de extraño poderío.
Será la rosa que morir no sabe,
y que al paso del tiempo ya no cabe
con su fulgor dentro del pecho mío.
675
Meira Delmar
El Resplandor
Nunca supe su nombre
Pudo
ser el amor, un poco
de alegría, o simple-
mente nada.
Pero encendió
de tal manera el día,
que todavía
dura su lumbre.
Dura.
Y quema.
Pudo
ser el amor, un poco
de alegría, o simple-
mente nada.
Pero encendió
de tal manera el día,
que todavía
dura su lumbre.
Dura.
Y quema.
886
Meira Delmar
El Milagro
Pienso en ti.
La tarde,
no es una tarde más;
es el recuerdo
de aquella otra, azul,
en que se hizo
el amor en nosotros
como un día
la luz en las tinieblas.
Y fue entonces más clara
la estrella, el perfume
del jazmín más cercano,
menos
punzantes las espinas.
Ahora,
al evocarla creo
haber sido testigo
de un milagro.
La tarde,
no es una tarde más;
es el recuerdo
de aquella otra, azul,
en que se hizo
el amor en nosotros
como un día
la luz en las tinieblas.
Y fue entonces más clara
la estrella, el perfume
del jazmín más cercano,
menos
punzantes las espinas.
Ahora,
al evocarla creo
haber sido testigo
de un milagro.
832
Meira Delmar
El Cántaro
Tú llegaste a mi vida como llegara un día
Jesús de Galilea al poso de Siquem;
cansado, sitibundo, la pupila sombría,
y sombría en el alma la tristeza también.
Yo era entonces murmullo, claridad, alborada...
Agua que entre las piedras revierte su cristal,
y cuando vi la angustia que tus ojos callaban,
murmuré suavemente: “Ven tu sed a calmar...”
Y fui samaritana feliz y jubilosa,
como jamás lo fuera la que Jesús halló.
Hecha cántaro el alma, la acerqué, generosa,
a tus labios exangües. ¡Y frescura te dio!
Fue milagro mi dádiva en tu silencio triste;
hizo luz en la sombra de tu lento sufrir,
y transformó la angustia que en los ojos trajiste
en un vívido anhelo de soñar y reír...
Si te llama algún día, desde un largo camino,
el afán de distancias, y te lleva otra vez,
mi alma, que entre tus labios fuera cántaro henchido,
en el brocal del pozo ¡se romperá de sed!
Jesús de Galilea al poso de Siquem;
cansado, sitibundo, la pupila sombría,
y sombría en el alma la tristeza también.
Yo era entonces murmullo, claridad, alborada...
Agua que entre las piedras revierte su cristal,
y cuando vi la angustia que tus ojos callaban,
murmuré suavemente: “Ven tu sed a calmar...”
Y fui samaritana feliz y jubilosa,
como jamás lo fuera la que Jesús halló.
Hecha cántaro el alma, la acerqué, generosa,
a tus labios exangües. ¡Y frescura te dio!
Fue milagro mi dádiva en tu silencio triste;
hizo luz en la sombra de tu lento sufrir,
y transformó la angustia que en los ojos trajiste
en un vívido anhelo de soñar y reír...
Si te llama algún día, desde un largo camino,
el afán de distancias, y te lleva otra vez,
mi alma, que entre tus labios fuera cántaro henchido,
en el brocal del pozo ¡se romperá de sed!
1.182
Meira Delmar
El Escudo
Cuánto te quise, amor, cuánto te quiero,
más allá de la vida y de la muerte.
Y aunque ya nunca más he de tenerte,
eres de cuanto es mío lo primero.
Más que el sol del estío, verdadero,
tu recuerdo mitiga, por mi suerte,
la sombra que me ciñe, y se convierte
en la luz que ilumina mi sendero.
Nada ni nadie desterrar haría
de mi frente aquel tiempo jubiloso
en que eterna la dicha parecía.
Contra el olvido y su tenaz acoso
defenderá por siempre y a porfía
su condición de escudo milagroso.
más allá de la vida y de la muerte.
Y aunque ya nunca más he de tenerte,
eres de cuanto es mío lo primero.
Más que el sol del estío, verdadero,
tu recuerdo mitiga, por mi suerte,
la sombra que me ciñe, y se convierte
en la luz que ilumina mi sendero.
Nada ni nadie desterrar haría
de mi frente aquel tiempo jubiloso
en que eterna la dicha parecía.
Contra el olvido y su tenaz acoso
defenderá por siempre y a porfía
su condición de escudo milagroso.
719
Meira Delmar
Desvelo
A la hora del alba cuando el sueño
me abandona,
recorro los momentos
de nuestro amor, en busca
de los rostros de entonces,
los sueños, las palabras.
Todo en vano.
Nos fue borrando el tiempo,
sus implacables manos,
deshaciendo los cuerpos para sólo
dejarnos, viva llama, que no cesa
de arder en el vacío.
me abandona,
recorro los momentos
de nuestro amor, en busca
de los rostros de entonces,
los sueños, las palabras.
Todo en vano.
Nos fue borrando el tiempo,
sus implacables manos,
deshaciendo los cuerpos para sólo
dejarnos, viva llama, que no cesa
de arder en el vacío.
769