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Amor Romántico

Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Silva Al Nuevo Plantío Que Mandó Hacer En El Año De 1813 El Mariscal Suchet En La Alameda De Valenc

Ya la feliz ribera
del edetanio río
a gozar vuelve su beldad primera,
y los que devastó furor impío
de Gradivo sangriento,
feraces campos gratos a Pomona,
la amiga paz corona
con árboles umbrosos,
y ya en su nueva pompa bulle el viento.

¡Oh! prosperen dichosos,
una edad y otra acrecentar los vea
tronco robusto y ramas tembladoras;
y cuando el rayo de la luz febea
en las estivas horas
el aire enciende, asilo den suaves
y tálamo fecundo
al coro lisonjero de las aves.

Amor, el dulce Amor, alma del mundo,
aquí tendrá su imperio y monarquía,
y los pensiles dejará de Gnido,
la mansión del Olimpo y sus centellas,
por gozar atrevido,
en la que va a crecer floresta umbría,
los verdes ojos de sus ninfas bellas.

¿Quién de sus flechas pudo
el pecho defender? Aquí el gemido
del amador escuchará la hermosa;
el corazón herido,
y el labio honesto a la respuesta mudo:
aquí de su celosa
pasión las iras breves,
(que breves han de ser de amor las iras)
tal vez exhalará con tiernas voces;
y en tanto el son de las acordes liras,
llevado de los céfiros veloces,
al canto y danza animará festivo
mientras alta Dictina rompe el velo
nocturno, en carro de luciente plata,
y con él arrebata
el curso de las horas fugitivo.

Y tú, que viste de tu fértil suelo
alzarse inútil muro,
abatir la segur antiguos troncos,
de tu corba ribera honor sagrado,
alcázares arder y humildes techos,
tronar los bronces de Mavorte roncos,
envuelta en humo obscuro
tu ciudad bella, y rotos y deshechos
ejércitos, y en sangre amancillado
tu raudal cristalino,
¡Oh! ¡Padre Turia! Si difunde el cielo
sobre tus campos su favor divino,
de guirnaldas ornándote la frente;
corre soberbio al mar. En raudo vuelo
dilatará la fama
el nombre que veneras reverente,
del que hoy añade a tu región decoro
y de apolínea rama
ciñe el bastón y la balanza de oro.
Digno adalid del dueño de la tierra,
de el de Vivar trasunto:
que en paz te guarda, amenazando guerra,
y el rayo enciende que vibro en Sagunto.

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José Zorrilla

José Zorrilla

Escena Xii (fragmento: D Juan Relata Su Historia)

Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.

De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.

Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
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