Poemas en este tema
Amor Romántico
Luis de Góngora y Argote
A Una Dama Que Conoció Niña Y Después Vio Mujer Muy Hermosa
Si Amor entre las plumas de su nido
Prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
Que en tus ojos, dulcísima señora,
Armado vuela, ya que no vestido?
Entre las vïoletas fui herido
Del áspid que hoy entre los lilios mora;
Igual fuerza tenías siendo aurora,
Que ya como sol tienes bien nacido.
Saludaré tu luz con voz doliente,
Cual tierno ruiseñor en prisión dura
Despide quejas, pero dulcemente.
Diré como de rayos vi tu frente
Coronada, y que hace tu hermosura
Cantar las aves, y llorar la gente.
Prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
Que en tus ojos, dulcísima señora,
Armado vuela, ya que no vestido?
Entre las vïoletas fui herido
Del áspid que hoy entre los lilios mora;
Igual fuerza tenías siendo aurora,
Que ya como sol tienes bien nacido.
Saludaré tu luz con voz doliente,
Cual tierno ruiseñor en prisión dura
Despide quejas, pero dulcemente.
Diré como de rayos vi tu frente
Coronada, y que hace tu hermosura
Cantar las aves, y llorar la gente.
562
Luis Felipe Vivanco
3
Cálida voz despierta en tu dulzura,
tierno temblor en tu quietud florece,
y una experiencia virgen que se ofrece
con el asombro de su nieve pura.
Donde tu cuerpo anuncia sombra oscura
la claridad más viva resplandece,
y su milagro recogido acrece
toda la fe que mi dolor apura.
Porque siempre detrás de tu mirada
reina la sombra, y misteriosa impera
tu altiva convicción de ser amada.
¿Cómo soñar tu gracia verdadera
si estás en mi ilusión acompañada
por una oscuridad que no quisiera?
tierno temblor en tu quietud florece,
y una experiencia virgen que se ofrece
con el asombro de su nieve pura.
Donde tu cuerpo anuncia sombra oscura
la claridad más viva resplandece,
y su milagro recogido acrece
toda la fe que mi dolor apura.
Porque siempre detrás de tu mirada
reina la sombra, y misteriosa impera
tu altiva convicción de ser amada.
¿Cómo soñar tu gracia verdadera
si estás en mi ilusión acompañada
por una oscuridad que no quisiera?
447
Leandro Fernández de Moratín
Soneto A Clori, Declamando En Fábula Trágica
¿Qué acecho de dolor el alma vino
a herir? ¿Qué funeral adorno es éste?
¿Qué hay en el orbe que a tus luces cueste
el llanto que las turba cristalino?
¿Pudo esfuerzo mortal, pudo el destino
así ofender su espíritu celeste?...
¿O es todo engaño?, y quiere Amor que preste
a su labio y su acción poder divino.
Quiere que exenta del pesar que inspira,
silencio imponga al vulgo clamoroso,
y dócil a su voz se angustie y llore.
Que el tierno amante que la atiende y mira,
entre el aplauso y el temor dudoso,
tan alta perfección absorto adore.
a herir? ¿Qué funeral adorno es éste?
¿Qué hay en el orbe que a tus luces cueste
el llanto que las turba cristalino?
¿Pudo esfuerzo mortal, pudo el destino
así ofender su espíritu celeste?...
¿O es todo engaño?, y quiere Amor que preste
a su labio y su acción poder divino.
Quiere que exenta del pesar que inspira,
silencio imponga al vulgo clamoroso,
y dócil a su voz se angustie y llore.
Que el tierno amante que la atiende y mira,
entre el aplauso y el temor dudoso,
tan alta perfección absorto adore.
519
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
El que inocente
la vida pasa
no necesita
morisca lanza,
fusco, ni corvos
arcos, ni aljaba
llena de flechas
envenenadas;
o a las regiones
que Hydaspe baña
o por las Syrtes
muy abrasadas,
o por el yermo
Cáucaso vaya.
Yo la sabina
selva cruzaba,
cantando amores
a mi adorada
Lálage, libre
de afán el alma,
por muy remoto
sitio, sin armas;
y un lobo fiero
me ve y se aparta.
Monstruo igual suyo
no tiene Daunia
en montes llenos
de encinas altas
ni los desiertos
de Mauritania,
donde leones
y tigres braman.
Ponme en los yertos
campos, do el aura
no goza estiva
ninguna planta:
lado del mundo,
región helada
que infestan vientos
y nubes pardas,
o en la que al rayo
del sol cercana,
de habitaciones
carece y aguas;
Lálage siempre
será mi amada:
dulce si ríe,
dulce si canta.
la vida pasa
no necesita
morisca lanza,
fusco, ni corvos
arcos, ni aljaba
llena de flechas
envenenadas;
o a las regiones
que Hydaspe baña
o por las Syrtes
muy abrasadas,
o por el yermo
Cáucaso vaya.
Yo la sabina
selva cruzaba,
cantando amores
a mi adorada
Lálage, libre
de afán el alma,
por muy remoto
sitio, sin armas;
y un lobo fiero
me ve y se aparta.
Monstruo igual suyo
no tiene Daunia
en montes llenos
de encinas altas
ni los desiertos
de Mauritania,
donde leones
y tigres braman.
Ponme en los yertos
campos, do el aura
no goza estiva
ninguna planta:
lado del mundo,
región helada
que infestan vientos
y nubes pardas,
o en la que al rayo
del sol cercana,
de habitaciones
carece y aguas;
Lálage siempre
será mi amada:
dulce si ríe,
dulce si canta.
416
Leandro Fernández de Moratín
Silva Al Nuevo Plantío Que Mandó Hacer En El Año De 1813 El Mariscal Suchet En La Alameda De Valenc
Ya la feliz ribera
del edetanio río
a gozar vuelve su beldad primera,
y los que devastó furor impío
de Gradivo sangriento,
feraces campos gratos a Pomona,
la amiga paz corona
con árboles umbrosos,
y ya en su nueva pompa bulle el viento.
¡Oh! prosperen dichosos,
una edad y otra acrecentar los vea
tronco robusto y ramas tembladoras;
y cuando el rayo de la luz febea
en las estivas horas
el aire enciende, asilo den suaves
y tálamo fecundo
al coro lisonjero de las aves.
Amor, el dulce Amor, alma del mundo,
aquí tendrá su imperio y monarquía,
y los pensiles dejará de Gnido,
la mansión del Olimpo y sus centellas,
por gozar atrevido,
en la que va a crecer floresta umbría,
los verdes ojos de sus ninfas bellas.
¿Quién de sus flechas pudo
el pecho defender? Aquí el gemido
del amador escuchará la hermosa;
el corazón herido,
y el labio honesto a la respuesta mudo:
aquí de su celosa
pasión las iras breves,
(que breves han de ser de amor las iras)
tal vez exhalará con tiernas voces;
y en tanto el son de las acordes liras,
llevado de los céfiros veloces,
al canto y danza animará festivo
mientras alta Dictina rompe el velo
nocturno, en carro de luciente plata,
y con él arrebata
el curso de las horas fugitivo.
Y tú, que viste de tu fértil suelo
alzarse inútil muro,
abatir la segur antiguos troncos,
de tu corba ribera honor sagrado,
alcázares arder y humildes techos,
tronar los bronces de Mavorte roncos,
envuelta en humo obscuro
tu ciudad bella, y rotos y deshechos
ejércitos, y en sangre amancillado
tu raudal cristalino,
¡Oh! ¡Padre Turia! Si difunde el cielo
sobre tus campos su favor divino,
de guirnaldas ornándote la frente;
corre soberbio al mar. En raudo vuelo
dilatará la fama
el nombre que veneras reverente,
del que hoy añade a tu región decoro
y de apolínea rama
ciñe el bastón y la balanza de oro.
Digno adalid del dueño de la tierra,
de el de Vivar trasunto:
que en paz te guarda, amenazando guerra,
y el rayo enciende que vibro en Sagunto.
del edetanio río
a gozar vuelve su beldad primera,
y los que devastó furor impío
de Gradivo sangriento,
feraces campos gratos a Pomona,
la amiga paz corona
con árboles umbrosos,
y ya en su nueva pompa bulle el viento.
¡Oh! prosperen dichosos,
una edad y otra acrecentar los vea
tronco robusto y ramas tembladoras;
y cuando el rayo de la luz febea
en las estivas horas
el aire enciende, asilo den suaves
y tálamo fecundo
al coro lisonjero de las aves.
Amor, el dulce Amor, alma del mundo,
aquí tendrá su imperio y monarquía,
y los pensiles dejará de Gnido,
la mansión del Olimpo y sus centellas,
por gozar atrevido,
en la que va a crecer floresta umbría,
los verdes ojos de sus ninfas bellas.
¿Quién de sus flechas pudo
el pecho defender? Aquí el gemido
del amador escuchará la hermosa;
el corazón herido,
y el labio honesto a la respuesta mudo:
aquí de su celosa
pasión las iras breves,
(que breves han de ser de amor las iras)
tal vez exhalará con tiernas voces;
y en tanto el son de las acordes liras,
llevado de los céfiros veloces,
al canto y danza animará festivo
mientras alta Dictina rompe el velo
nocturno, en carro de luciente plata,
y con él arrebata
el curso de las horas fugitivo.
Y tú, que viste de tu fértil suelo
alzarse inútil muro,
abatir la segur antiguos troncos,
de tu corba ribera honor sagrado,
alcázares arder y humildes techos,
tronar los bronces de Mavorte roncos,
envuelta en humo obscuro
tu ciudad bella, y rotos y deshechos
ejércitos, y en sangre amancillado
tu raudal cristalino,
¡Oh! ¡Padre Turia! Si difunde el cielo
sobre tus campos su favor divino,
de guirnaldas ornándote la frente;
corre soberbio al mar. En raudo vuelo
dilatará la fama
el nombre que veneras reverente,
del que hoy añade a tu región decoro
y de apolínea rama
ciñe el bastón y la balanza de oro.
Digno adalid del dueño de la tierra,
de el de Vivar trasunto:
que en paz te guarda, amenazando guerra,
y el rayo enciende que vibro en Sagunto.
393
Luis Cañizal de la Fuente
Condeixa-a-velha
Mil novecientos era en todo el mundo
una coimbra-oído medio del durmiente
a cuyo margen se alejaba un coche,
comiendo, enamorado,
las hojas de morera del silencio.
una coimbra-oído medio del durmiente
a cuyo margen se alejaba un coche,
comiendo, enamorado,
las hojas de morera del silencio.
716
Luis Cañizal de la Fuente
Definición
También hay un silencio enamorado.
Existe entre las cosas. Existe entre nosotros.
En un patio con luz hipnotizada
(las dos del día) yendo hacia septiembre.
En el suspiro misericordioso
del pecho de un enfermo.
En lo que hablan en voz baja los amantes:
cuando callan
y no se oye ni pasar el viento,
silencio enamorado.
Silencio enamorado
el que dejan las horas del reloj
cuando verbera el toque entre suspiros.
Silencio enamorado el que azotan
las alas de un ave pinariega
si entre agüero y agüero de su canto agreste
penetran las aristas resinosas
de callar un perfume.
De callar... y volver el aroma
como un dicho suertudo.
Existe entre las cosas. Existe entre nosotros.
En un patio con luz hipnotizada
(las dos del día) yendo hacia septiembre.
En el suspiro misericordioso
del pecho de un enfermo.
En lo que hablan en voz baja los amantes:
cuando callan
y no se oye ni pasar el viento,
silencio enamorado.
Silencio enamorado
el que dejan las horas del reloj
cuando verbera el toque entre suspiros.
Silencio enamorado el que azotan
las alas de un ave pinariega
si entre agüero y agüero de su canto agreste
penetran las aristas resinosas
de callar un perfume.
De callar... y volver el aroma
como un dicho suertudo.
709
Luis Cernuda
Contigo
¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?
Mi tierra eres tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?
1.382
Luis Cernuda
Donde Habite El Olvido
Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño
a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño
a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
1.030
Luis Cernuda
Te Quiero
Te quiero.
Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;
Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;
Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.
Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;
Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;
Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.
860
Luis Cernuda
Los Marineros Son Las Alas Del Amor
Los marineros son las alas del amor,
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.
La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.
Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.
La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.
Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.
808
Luis Cernuda
Qué Ruido Tan Triste
Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.
Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.
Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.
Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.
Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.
707
Luis Cernuda
He Venido Para Ver
He venido para ver semblantes
Amables como viejas escobas,
He venido para ver las sombras
Que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
En el suelo o en pie indistintamente,
He venido para ver las cosas,
Las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver los mares
Dormidos en cestillo italiano,
He venido para ver las puertas,
El trabajo, los tejados, las virtudes
De color amarillo ya caduco.
He venido para ver la muerte
Y su graciosa red de cazar mariposas,
He venido para esperarte
Con los brazos un tanto en el aire,
He venido no sé por qué;
Un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
A tantas cosas más que amables:
Los amigos de color celeste,
Los días de color variable,
La libertad del color de mis ojos;
Los niñitos de seda tan clara,
Los entierros aburridos como piedras,
La seguridad, ese insecto
Que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.
Amables como viejas escobas,
He venido para ver las sombras
Que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
En el suelo o en pie indistintamente,
He venido para ver las cosas,
Las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver los mares
Dormidos en cestillo italiano,
He venido para ver las puertas,
El trabajo, los tejados, las virtudes
De color amarillo ya caduco.
He venido para ver la muerte
Y su graciosa red de cazar mariposas,
He venido para esperarte
Con los brazos un tanto en el aire,
He venido no sé por qué;
Un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
A tantas cosas más que amables:
Los amigos de color celeste,
Los días de color variable,
La libertad del color de mis ojos;
Los niñitos de seda tan clara,
Los entierros aburridos como piedras,
La seguridad, ese insecto
Que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.
843
Luis Antonio de Villena
Fabliau Del Encuentro
Y abriría la puerta y tú estarías allí,
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
431
Luis Alberto de Cuenca
El Desayuno
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».
620
Luis Alberto de Cuenca
El Libro De Monelle
Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
494
Luis Alberto de Cuenca
Alicia Liddell Abandona El País De Las Maravillas Para Contraer Matrimonio
Un pastel en los labios, un olvido
con nata en la memoria de la frente.
De chocolate y oro la pendiente
del seno, las ardillas del vestido.
La bizarra silueta de un bandido
en los ojos. La imagen balbuciente
del aquel primer amor, su negligente
porte de adolescente forajido.
Fresas y soledad en las mejillas,
celofán de los hombros, tulipanes
de brisa y risa y mar y tierna veda
de minúsculos tigres, o abubillas
al acecho de fieros gavilanes.
El cremoso susurro de la seda.
con nata en la memoria de la frente.
De chocolate y oro la pendiente
del seno, las ardillas del vestido.
La bizarra silueta de un bandido
en los ojos. La imagen balbuciente
del aquel primer amor, su negligente
porte de adolescente forajido.
Fresas y soledad en las mejillas,
celofán de los hombros, tulipanes
de brisa y risa y mar y tierna veda
de minúsculos tigres, o abubillas
al acecho de fieros gavilanes.
El cremoso susurro de la seda.
706
Luis Alberto de Cuenca
Marooned
Silencio de barreras coralinas en el Fort du Rocher
Escasea el bucán en los depósitos de la Cofradía.
Venías de los Mabinogion.
You lov'd me like a mist junto a los pumas de la noche.
Entre el estruendo de las baterías españolas.
El látigo del ron en la garganta.
La vergonzosa fuga del enemigo.
El fin de un gobernador cobarde.
Feliz balance en Puerto Bello.
Consumar con el sol una jornada victoriosa.
Enarbolaste la bandera negra de Némesis.
Me sentía orgulloso de tu valor.
Y en la choza besar tus labios
y sentirme otra vez marooned.
Escasea el bucán en los depósitos de la Cofradía.
Venías de los Mabinogion.
You lov'd me like a mist junto a los pumas de la noche.
Entre el estruendo de las baterías españolas.
El látigo del ron en la garganta.
La vergonzosa fuga del enemigo.
El fin de un gobernador cobarde.
Feliz balance en Puerto Bello.
Consumar con el sol una jornada victoriosa.
Enarbolaste la bandera negra de Némesis.
Me sentía orgulloso de tu valor.
Y en la choza besar tus labios
y sentirme otra vez marooned.
436
Luis Alberto de Cuenca
Pasión, Muerte Y Resurrección De Propercio De Asís
Sombras, Propercio, sombras, gavilanes
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
606
José Zorrilla
Oriental
Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
1.078
José Zorrilla
Escena Xii (fragmento: D Juan Relata Su Historia)
Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.
De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.
De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
892
Julián del Casal
Ruego
Déjame reposar en tu regazo
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
770
Julián del Casal
Post Umbra
Cuando yo duerma, solo y olvidado,
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
814
Julián del Casal
Quimeras
Si escuchas ¡oh adorada soñadora!
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
547