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Amor Romántico

José Cadalso

José Cadalso

Sáficos Adónicos A Venus

¡Madre divina del alado niño!,
oye mis ruegos, que jamás oíste
otra tan triste, lastimosa pena

como la mía.

Baje tu carro desde el alto Olimpo,
entre las nubes del sereno cielo,
rápido vuelo traiga tu querida,

blanca paloma.

No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor al verte;
ni el que por suerte se llamó tu esposo

sin merecerlo;

ni las delicias de la sacra mesa,
cuando a los dioses, lleno de ambrosía,
brinda alegría Jove con la copa

de Ganímedes;

y el eco suena por los techos altos
del noble alcázar, cuyo piso huellas
lleno de estrellas, de luceros y astros

luz soberana.

Cerca del ara de tu templo en Pafos
entre los himnos que tu pueblo dice
este infelice tu venida aguarda.

¡baja volando!


Sobre tus aras mis ofrendas pongo,
testigo el pueblo, por mi voz llamado;
y concertado con mi tono el suyo,

llámate madre.

Alzo los ojos al verter el vaso
de leche blanca y el de miel sabrosa
ciño con rosa, mirtos y jazmines

esta mi frente.

Mi palomita con la blanca pluma,
aún no tocada por pichón amante
pongo delante de tu simulacro

no la deseches.

Ya, Venus, miro resplandor celeste
bajar al templo: tu belleza veo.
Ya mi deseo coronaste, madre,

¡madre de amores!

Vírgenes tiernas, niñas y matronas,
ya Venus llega: vuestra diosa viene:
El aire suene con alegres himnos

júbilo santo.

Humo sabeo salga de las urnas,
dulces aromas que agradarla suelen,
ámbares vuelen, tantos que a la excelsa

bóveda toquen.

Pueblo de amantes, que a mi voz acudes,
a Venus pide que a mi ruego atienda,
y que a mi prenda la pasión inspire,

cual yo la tengo.
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José Cadalso

José Cadalso

Canción

Sigue con dulce lira
el metro blando y amoroso acento
que el gran Febo te inspira:
pues Venus te da aliento
y el coro de las musas te oye atento.

Sigue, joven gracioso,
de mirto, grato a Venus, coronado,
y quedara envidioso
aquel siglo dorado
por Lasos y Villegas afamado.

Dichosa la zagala
a quien le sea dado el escucharte,
pues tu musa la iguala
con la Diosa de Marte;
tal es la fuerza de tu ingenio y arte.

Aunque más dura sea
que mármoles y jaspes de Granada,
cual otra Galatea,
o sea más helada
que fuente por los yelos estancada.

Al punto que te oyere,
te ofrecerá su cándido regazo;
Si tu voz prosiguere,
te estrechará su brazo;
y amor aplaudirá tan dulce lazo.

Y las otras pastoras
de envidia correrán por selva y prado,
y verá la que adoras
el triunfo que ha ganado
por haber tus ternezas escuchado.

Mas, ¡ay de aquellos necios
que intenten competir con tu blandura!
Sólo hallarán desprecios
de aquella hermosura
que una vez escuchare tu dulzura.

Dirán su rabia y celos
en el bosque más lóbrego metidos,
injuriando a los cielos;
y oyendo sus gemidos,
responderán las fieras con bramidos.

La entrada del averno
parecerá aquel bosque desdichado;
y do tu metro tierno
hubiere resonado,
el campo que a los buenos dará el hado.

Pasó mi primavera
(¡los años gratos al amor y a Febo
quién revocar pudiera!)
y a juntar no me atrevo
mi voz cansada con tu aliento nuevo.

Si no, yo cantaría
al tono de tu lira mis amores;
y al tono de la mía
cantaras, entre flores,
atónitas las aves y pastores.

Sigue, sigue cantando,
no pierdas tiempo de la edad florida:
que yo voy acabando
mi fastidiosa vida
en milicia y en corte mal perdida.

En alas de la fama
tus versos llegarán a mis oídos.
Si la trompa me llama
a los moros vencidos
o a los indios de Apache embravecidos,

o al antártico polo,
llevando las banderas del gran Carlos,
dirame siempre Apolo
tus versos, y a escucharlos
acudirán las gentes y a alabarlos.

Ni el estrépito horrendo
de Neptuno, que ofrece muerte impía,
ni de Marte el estruendo
turbará el alma mía,
si suena en mis oídos tu armonía.

Aun cuando dura Parca
mayores plazos a mi vida niegue,
y en la fúnebre barca
por la Estigia navegue
y a las delicias del Elíseo llegue;

oiré cuando Catulo,
a la sombra de un mirto recostado,
con Propercio y Tibulo,
lea maravillado
los versos que tu musa te ha dictado,

cuando acudan ansiosos
Laso y Villegas al sonoro acento,
repitiendo envidiosos:
«¡Qué celestial portento!,
¿a quién ha dado Apolo tanto aliento!».

Yo, que seré testigo
de tu fortuna, que tendré por mía,
diré: «Yo fui su amigo,
y por tal me tenía,
gozando yo su amable compañía».

Haranme mil preguntas,
puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,
¿y cuántas gracias juntas?,
¿y a cuál zagala quieres?,
¿y cómo baila cuando el plectro hieres?».

Y con igual ternura
que el padre cuenta de su hijo amado
la gracia y hermosura,
y se siente elevado
cuando le escuchan todos con agrado,

responderé contando
tu nombre, patria, genio y poesía:
y asombraranse cuando
les diga tu elegía
a la memoria de la Filis mía.
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Juan Bautista de Arriaza y Superviela

Juan Bautista de Arriaza y Superviela

El Propósito Inútil Canción

Ardí de amor por la voluble Elfrida,
y ella en mi incendio se sintió abrasar;
burló mi fe pero sanó mi herida.
Amor, Amor, no quiero más amar.

Amar al uso es conservar su calma
y en falso labio la pasión mostrar,
y pues amar y abandonar el alma
no se usa ya, no quiero más amar.

Díceme Amor: «¿qué miedo te importuna?
tus dichas yo me ocuparé en colmar,
pues las tres Gracias voy a unirte en una»,
No importa Amor no quiero más amar.

Luego a mis ojos se ofreció Delina
cual sólo Amor se la acertó a idear;
yo digo al verla: «es en verdad divina»;
pero yo en fin no quiero más amar.

Es a su lado pálida la rosa,
triste el lucero que preside al mar;
de incautas almas perdición forzosa;
mas yo ¡ay Amor! no quiero más amar.

Se ven las flores por besar su planta,
cuando ella baila, la cabeza alzar;
se escucha a Erato si mis versos canta;
mas yo ¡ay de mí! no quiero más amar.

De mil amantes la veré seguida;
que ni aun sus dichas me darán pesar;
y en celebrarla he de pasar mi vida;
mas basta así no quiero más amar.

«Síguela pues» —me dice el niño ciego—
«sin riesgo puedes de su luz gozar;
que si te acercas, por descuido, al fuego,
yo gritaré: «no quiero más amar».

Necio de mí, que con acción sumisa
a los pies de ella me dejé arrastrar,
sin ver de Amor la maliciosa risa
al yo decir: «no quiero más amar».

Ya por instantes en mi incauto pecho
la llama antigua crece sin cesar;
mas ¡ay Delina! el mal era ya hecho;
que haberte visto es empezarte a amar.
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José Asunción Silva

José Asunción Silva

Una Noche - Nocturno Iii

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!

Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada...

Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...
1.142
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Realidad

En el dulce reposo de la tarde

cuando al ponerse el sol en occidente

su luz dorada, de la vida fuente,

como una hoguera en los espacios arde,

o de la noche en el silencio umbrío

cuando la luna con fulgor de plata

alumbra a trechos el sonante río

y en sus límpidas ondas se retrata,

entre las sombras de la vida hay horas

en que la realidad que nos circuye

a detener el ímpetu no alcanza

de nuestra alma que a lo lejos huye

y a la región de lo ideal se lanza...

Y entonces cuando pienso en tus amores

nuestras dos vidas deslizarse veo

no cual la realidad que aja sus flores

sino cual la ilusión de tu deseo.

No por las conveniencias separados,

soñando tú conmigo, yo en tus sueños,

sino juntos los dos en los collados

&nbps; de la Arcadia risueños;

asidos por las manos a lo lejos

buscando el fin de la campiña amena

a los pálidos rayos de la luna.

O del ardiente sol a los reflejos,

dejando transcurrir una por una

las no contadas horas venturosas

que no mancha la sombra de una pena

libando amor... y deshojando rosas...

Del verdor y del musgo en lo sombrío

ocultos en lo ignoto del boscaje

radiante aún de gotas de rocío

de virgen fuerza y de vigor salvaje;

sentados a la orilla del torrente

tú escuchando los ecos del follaje

yo acariciando —trémula la mano—

tus rizos al caer sobre tu frente...

Otras veces trayendo a la memoria

los fantasmas de un tiempo ya pasado

junto con ellos cual sencilla historia

los ideales de tu amor soñado.

Y es entonces un gótico castillo

de altivas torres de musgosas piedras

en cuyo muro gris crecen las hiedras

teatro de nuestro amor santificado.

Y en reducida y perfumada estancia

cuyos tapices abrillanta y dora

el fuego de la antigua chimenea,

juntos los dos oímos a distancia

diciéndonos protestas de ternura

la voz del agua que al perderse llora

y el viento que en los árboles cimbrea

entre el silencio de la noche oscura.

O en frágil barca en plácida mañana

de lago azul flotando en los cristales

con la mirada errantes contemplamos

el cielo, la ribera, los juncales,

y las nieblas que inciertas, vaporosas,

van a perderse en la región lejana

como se pierda la esperanza humana

o el postrimer aroma de las rosas.

Mas cuando el alma en sus ensueños flota,

la realidad asoma de improviso

no más resuena la encantada nota...

Brotan espinas do la rosa brota,

y en crüel se torna el paraíso.

Vuelvo a mirar... y pienso que nacimos

para vivir por siempre separados,

que no es una la senda que seguimos

y que la lumbre que cercana vimos

fue visión de tu amor y tus cuidados.

Y al comparar la realidad penosa

con los paisajes de ideal que miro

en el fondo del alma lastimosa

para tu dulce amor —niña piadosa—

para tu dulce amor surge un suspiro.

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José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Angel Buesa

José Angel Buesa

Dúo De Amor

En el hondo silencio de la noche serena
se dilata un lejano perfume de azucena,
y aquí, bajo los dedos de seda de la brisa,
mi corazón se ensancha como en una sonrisa...

Y yo sé que el silencio tiene un ritmo profundo
donde palpita un eco del corazón del mundo,
un corazón inmenso que late no sé dónde,
pero que oye el latido del mío, y me responde...

El corazón que sientes latir en derredor,
es un eco del tuyo, que palpita de amor.
El corazón del mundo no es ilusorio: Existe.
Pero, para escucharlo, es preciso estar triste;

triste de esa tristeza que no tiene motivo,
en esta lenta muerte del dolor de estar vivo.
La vida es un rosal cuando el alma se alegra,
pero, cuando está triste, da una cosecha negra.

El amor es un río de luz entre la sombra,
y santifica el labio pecador que lo nombra.
Sólo el amor nos salva de esta gran pesadumbre,
levantando el abismo para trocarlo en cumbre.

Sólo el amor nos salva del dolor de la vida,
como una flor que nace de una rama caída;
pues si la primavera da verdor a la rama,
el corazón se llena de aroma, cuando ama.

Amar es triste a veces, más triste todavía
que no amar. El amor no siempre es alegría.
Tal vez, por eso mismo, es eterno el amor:
porque, al dejarnos tristes, hace dulce el dolor.

Amar es la tristeza de aprender a morir.
Amar es renacer. No amar, es no vivir.
El amor es a veces lo mismo que una herida,
y esa herida nos duele para toda la vida.

Si cierras esa herida tu vida queda muerta.
Por eso, sonriendo, haz que siempre esté abierta;
y si un día ella sola se cierra de repente,
tú, con tus propias manos, ábrela nuevamente.

Desdichada alegría que nace del dolor.
De un dolor de la rama también nace la flor.
Pero de esa flor efímera, como todas, se mustia,
y la rama se queda contraída de angustia.

Cada hoja que cae deja el sitio a otra hoja,
y así el amor —resumen de toda paradoja—
renace en cada muerte con vida duradera;
porque decir amor, es decir primavera.

Primavera del alma, primavera florecida
que deja un misterioso perfume en nuestra vida.
Primavera del alma, de perpetuo esplendor,
que convierte en sonrisa la mueca del dolor.

Primavera de ensueño que nos traza un camino
en la intrinca selva donde acecha el destino.
Primavera que canta si el huracán la azota
y que da nuevo aliento tras de cada derrota.

Primavera magnánima, cuyo verdor feliz
rejuvenece el árbol seco hasta la raíz...
Amor es la ley divina de plenitud humana;
dolor que hoy nos agobia y añoramos mañana...

Eso es amor, y amando, también la vida es eso:
¡Dos almas que se duermen a la sombra de beso!
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