Temas
Poemas en este tema

Muerte y Luto

Olga Orozco

Olga Orozco

En La Brisa, Un Momento

—¡Ya se fue! ¡Ya se fue!—se queja la torcaza.
Y el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.
—¡Ya se fue! ¡Ya se fue!—como si yo no viera.
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de
la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será
tu silla,
y qué serán tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me
animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más
cruel
esa larga fisura por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como
después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con los
últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube dice “No”, el viento dice “No”, las ramas
dicen “No”,
y hasta la tierra entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces dónde estás en este
desmedido, insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se
deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no son las que nos vieron
sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como un árbol
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara,
memoria de zapato.
No me sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con
catedrales.
Húndete, piedra de la Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un
jardín.
Encuéntrame, amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de chispas y de claro
tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida
visitación conteniendo el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las
flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón
vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor
con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de
lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es insoluble entre
nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las ciénagas
y los tembladerales
delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que fuimos,
hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y
con dientes,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida,
de caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, cuando podrás mirar tan “fijamente el sol como la muerte”,
no querrás apagarlo para mí ni querrás extraviarme
detrás de los escombros,
por pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna de hierba, que unos granos de
arena.
Y porque a veces me decías: “Tú hiciste que la luz fuera
visible”,
y otra vez descubrimos que la muerte se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola
señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte
en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, debajo de aquel árbol,
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad.


1.038
Olga Orozco

Olga Orozco

La Casa

Temible y aguardada como la muerte misma
se levanta la casa.
No será necesario que llamemos con todas nuestras
lágrimas.
Nada. Ni el sueño, ni siquiera la lámpara.

Porque día tras día
aquellos que vivieron en nosotros un llanto contenido hasta palidecer
han partido,
y su leve ademán ha despertado una edad sepultada,
todo el amor de las antiguas cosas a las que acaso dimos, sin saberlo,
la duración exacta de la vida.

Ellos nos llaman hoy desde su amante sombra,
reclinados en las altas ventanas
como en un despertar que sólo aguarda la señal convenida
para restituir cada mirada a su propio destino;
y a través de las ramas soñolientas el primer
huésped de la memoria nos saluda:
el pájaro del amanecer que entreabre con su canto las
lentísimas puertas
como a un arco del aire por el que penetramos a un clima diferente.

Ven. Vamos a recobrar ese paciente imperio de la dicha
lo mismo que aun disperso jardín que el viento recupera.

Contemplemos aún los claros aposentos,
las pálidas guirnaldas que mecieron una noche estival,
las aéreas cortinas girando todavía en el halo de la luz
como mariposas en la lejanía,
nuestra imagen fugaz
detenida por siempre en los espejos de implacable destierro,
las flores que murieron por sí solas para rememorar el fulgor
inmortal de la melancolía,
y también las estatuas que despertó, sin duda a nuestro
paso,
ese rumor tan dulce de la hierba;
y perfumes, colores y sonidos en que reconocemos un instante del mundo;
y allá, tan sólo el viento sedoso y envolvente
de un día sin vivir que abandonamos, dormidos sobre el aire.

Nadie pudo ver nunca la incesante morada
donde todo repite nuestros nombres más allá de la tierra.
Mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,
por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del
polvo y la tristeza,
aquello que quisimos.

Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno
el porvenir se alzó como una nube del último recinto,
el último, el vedado,
con nuestra sombra eterna entre la sombra.

Acaso lo sabían ya nuestros corazones.


2.110
Olga Orozco

Olga Orozco

La Cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin
cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas
de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo
que puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu
nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada
de aves?
Las Estrellas anuncian el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los
abismos.
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
—algo más que ese todo—.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.

Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila
deshilando tu sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como una
estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara
contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o
el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su
piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.
Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la
Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de
insobornable carcelero.
En tanto el carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de
memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los
Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os
devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de
náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como
si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala
sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu
costado?
Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu
casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con
uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo
adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,
que su triunfo no es triunfo
sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey
deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te
mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la
serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de
párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago
azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.
He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu
muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino.


1.012
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Hasta Morirla

Lo palpable lo mórbido
el conco fondo ardido los tanturbios
las tensas sondas hondas los reflujos las ondas de la carne
y sus pistilos núbiles contráctiles
y sus anexos nidos
los languiformes férvidos subsobornos innúmeros del tacto
su mosto azul desnudo
cada veta
cada vena del sueño del eco de la sangre
las somnilocuas noches del alto croar celeste que nos animabisman el
soliloquio vértigo
cuanto adhiere sin costas al fluir el pulso al rojo cosmogozo
y sus vaciados rostros
y sus cauces
hasta morder la tierra
lo ignoto noto combo el ver del ser lo ososo los impactos del pasmo
de más cuerda
cualquier estar en llaga
los dones dados donde se internieblan las órbitas los sorbos
de la euforia
cualquier velar velado con atento esqueleto que se piensa
la estéril lela estela
el microazar del germen del móvil del encuentro
los entonces ya prófugos
la busca en sí gratuita
los mititos
hasta ingerir la tierra
todo modo poroso
el pozo lato solo del foso inmerso adentro
la sed de sed sectaria los finitos abrazos
toda boca
lo tanto
el amor terco a todo
el amormor pleamante en colmo brote totem de amor de amor
la lacra
amor gorgóneo médium olavecabracobra deliquio erecto
entero
que ulululululula y arpeialibaraña el ego soplo centro
hasta exhalar la tierra
con sus astroides trinos sus especies y multillamas lenguas y excrecreencias
sus buzos lazo lares de complejos incestos entre huesos corrientes
sin desagües
sus convecinos muertos de memoria
su luz de mies desnuda
sus axilas de siesta
y su giro hondo lodo no menos menos que otros afines cogirantes
hasta el destete enteco
hasta el destente neutro
hasta morirla
666
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

El 31 De Febrero, A Las Nueve Y Cuarto De La Noche

24

El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los
habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.

Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo
general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras
circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se
derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.

Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían,
con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una
lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los
féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir
su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una
enorme consternación, se comprobó que el revoque de las
fachadas poseía un color y una composición
idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba
imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que
se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse
entre las sábanas, sin estudiar el modelado que
adquirirían los repliegues de su mortaja.

El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y
entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el
órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera
fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre
la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada
instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se
encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido
de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus
propias entrañas.

La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo
que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el
misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas,
las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en
los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la
calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud
abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un
limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para
siempre, esa llama rada de piedad y de vicio.

Los excesos del libertinaje y de la devoción habían
durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los
cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada
día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos
eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles
más íntimos de su configuración, pues no
sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que
la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida,
como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir
a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás—
implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no
contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se
ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio
túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de
siemprevivas.

Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas
populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos,
contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como
si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían
bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de
danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la
voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no
solo los tópicos más experimentados adquirían,
entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio
sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera
ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de
cadáver!”

Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso,
¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera
epidemia de suicidios?

En tal sentido, por lo menos, la población demostró una
inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las
especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por
mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades
de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al
suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”.
Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La
emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un
suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia
mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó
que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con
toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos
suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto,
desde el veinteavo piso de uno de los edificios más
céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de
transformar en ataúd la carrocería de su
automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta
kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se
descerrajó cuatro tiros en la cabeza.

El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como
para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y
exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de
estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de
“gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las
precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido
amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en
un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que
requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las
posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas
invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste
se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de
sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con
el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de
malas palabras.

Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban
sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se
desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.

Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor
científico implacable se evidenció desde el primer
momento.

Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio,
los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes,
arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos,
globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo
demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el
record mundial de defunciones, la población se había
reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.

Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta
evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y
cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la
redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma
de la certidumbre de la muerte.
1.009
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Si Hubiera Sospechado Lo Que Se Oye Después De Muerto

11

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.

Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.

¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!

Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.

Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.

Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.

De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.

Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.

Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.

¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
908
Nicomedes Santa Cruz

Nicomedes Santa Cruz

A La Muerte De Don Juan Belmonte

Para coger un pan sobre el morrillo
Dando pecho y axila a los pitones,
Juan, anónimo Juan, Juan Torerillo
No recibiste clásicas lecciones.

Para llevar a casa veinte duros
Entre la chifla de inhumano coro
Bebiste golpes, aspiraste apuros
Y al aire al suelo al aire y siempre al toro.

Del miedo, que es ingénito en el hombre,
Nació el valor, congénito en el hambre;
Así en la tauromaquia, Juan Sin Nombre
Fue antítesis del gran José Raigambre.

José, nieto de Venus y Vulcano
Fue un semidiós con la esbeltez de Apolo
(Frecuencia tuvo aquel Teseo hispano
En liquidar seis Minotauros, solo).

Mas Juan, el pobre Juan de carne y hueso,
El más mortal de todos los mortales
Opuso a sal valor, arrojo al seso
Y “molinetes” contra “naturales”.

Tres siglos en la historia del toreo
Se derrumbaron ante dos colosos:
Del morisco e hispánico alanceo
Hasta el futuro en los taurino cosos.

Y Joselito muestra al horizonte
Toda una enciclopedia en su percal.
Y remata sus lances Juan Belmonte
Con su “media verónica” renal...

La Muerte se disfraza de capricho,
Y en la más increíble paradoja
Subsiste quien vivió a merced del bicho
Y muere quien “¡no hay toro que lo coja!”...

Quedan atrás los años de la infancia:
Sevilla y su noctámbula capea...
Como un Jasón, Juan, en su rica estancia
Mira en la tauromaquia una Medea.

Porque si en su niñez fue Juan Sin Suerte
Y fue en su adolescencia Juan Sin Pan,
Hoy, ya casi un anciano, es Juan Sin Muerte
Porque la Muerte tuvo miedo a Juan.

Y quien burló a la muerte en tantos ruedos,
Mil veces sentenciado por suicida,
Sólo cuando lo quiso, y con sus dedos
Mató su muerte y se quitó la vida...

A Juan, que no toreó por soleares,
Muerto, no he de llorarlo en seguiriyas.
Sean por martinetes mis cantares,
Cante de yunque y fragua y herrerías:

Cristo de la Expiración
Cachorro de los trianeros,
Bríndale tu absolución
Al mejor de los toreros
Cachorro, si en Viernes Santo
Te faltara un penitente,
Asóciate a nuestro llanto
Que es Juan Belmonte el ausente...
1.198
Nicasio Álvarez de Cienfuegos

Nicasio Álvarez de Cienfuegos

La Escuela El Sepulcro A La Señora Marquesa De Fuertehijar, Con Motivo De La Muerte De Su Amiga La

¿Adónde, adónde los dolientes ojos
vuelves? ¿Qué buscas? ¿o por quién exhalas
tanto suspiro de dolor y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
ansioso de escuchar? En vano, en vano
anhelas por oír: la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
Mas ¡ay! ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga soledad, oh triste amiga,
gime, lamenta sin cesar; tu pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
de la campana que terrible dice:
«Fue, fue tu amiga. La que tantas veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño estampó con dulces besos,
la que en su mente consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad arrebatada;
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
del árbol paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los Alpes.
En torno de ella, y apartando el rostro
de su espantable palidez, sentados
compañía a harán los que otro tiempo
tal vez colgados de su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
su voluntad para servirla humildes.
Ésta será ¡ay dolor! la vez postrera
que la visiten los mortales, ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda en rededor retumba
su despedida son, son sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven por la última vez, ven, ven conmigo
y a tu amiga verás, verás al menos
el cuerpo que animó, verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás; que ya sobre sus hombros
cargaron los ministros del sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
por donde traga sin cesar la vida,
a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡oh malograda!
¡oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por la ignorante planta
de un pasajero sin piedad. Caíste,
ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los días,
y las memorias pasarán con ellos;
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
borrará la inscripción, y nada, nada
serás por fin: ¡oh muerte impía!
¡oh sepulcro voraz! en ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella,
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
¿Qué son ahora los primeros días,
la edad primera de la tierra? ¿en dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris dónde está? ¿dónde el
gran Ciro?
¿Babilonia y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz saeta
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje de pasar. ¿Qué son ahora
los Césares, los Jerjes, los Timures
los héroes famosos de la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la enriscada costa
donde a estrellarse va: tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el crüel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón. En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más y más; y a nuevos mares
se confía, y a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión, de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose, y halla el miserable
ansia y dolor donde esperó contento:
y vuela deslizándose entre tanto
la vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde el centro frío
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
tormentos las pirámides erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos, tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente a ocaso
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde estás, dónde estás, soberbia
tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices "aquí"? Tal vez ahora
darás abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador honrado;
tal vez la tierra que te henchía cubre
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro y de su fiel ganado.
Él es feliz en su pobreza oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura acalla
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?
tú, de soberbia y ambición hinchado,
tú, que sangrientas lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna espada
nada en la tierra te dejase libre
que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico y del Iso,
Persia a su carro triunfador atada,
cien tronos de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la tierra entera
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste
por siempre un más allá que las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías en los sueños de esperanzas
desterrado por siempre en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos planes
de guerras y victorias, y ruinas
y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste? ¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
los mortales sólo allí descansan,
que raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan el ejemplo.
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
en lágrimas se pierde nuestro llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
de tu amiga la voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante
y cada nuevo sol más despejado
el horizonte ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
¡Ay! a lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el mañana incierto.
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue, y se apartan, y engañosas
tendiéndole los brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética sed? ¿qué, los deseos


de una imaginación desenfrenada,


de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón: no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años,
porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz, ni los desastres,
ni la persecución, ni los dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera fortuna
que no posea quien felice goza
una sana razón? ¿y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón lleva escondido?
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una eterna amistad ¿falté por suerte,
falté, responde, a tu veraz cariño?
Siempre has vivido en mi memoria; siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad; y eternamente
con mis consejos te probé y mis obras
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre encontrarás; de noche y día
y en todas partes te hablarán mis labios,
te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós, amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».
503
Nicasio Álvarez de Cienfuegos

Nicasio Álvarez de Cienfuegos

Elegía A Un Amigo En La Muerte De Un Hermano

Es justo, sí: la humanidad, el deudo,
tus entrañas de amor, todo te ordena
sentir de veras y regar con llanto
ese cadáver, para siempre inmóvil,
que fue tu hermano. La implacable muerte
abrió sin tiempo su sepulcro odioso
y derribole en él. ¡Ay! ¡a su vida
cuántos años robó! ¡cuánta esperanza!



¡cuánto amor fraternal! Y ¡cuánto,
cuánto
miserable dolor y hondo recuerdo
a su hermano adelanta y sus amigos!
Vive el malvado atormentando, y vive,
y un siglo entero de maldad completa;
y el honrado mortal en cuyo pecho
la bondadosa humanidad se abriga
¿nace, y deja de ser? ¡Ay! Llora, llora,
caro Fernández, el fatal destino
de un hermano infeliz; también mis ojos
saben llorar, y en tu aflicción presente
más de una vez a tu amistad pagaron
su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo
benigno oyera los sinceros votos
de la ardiente amistad! Al punto, al punto
hacia el cadáver de tu amor volando
segunda vida le inspirara, y ledo
presentándole a ti, «Toma», dijera,
«vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo».
Mas ¡ay! El hombre en su impotencia triste
no puede más que suspirar deseos.
La losa cae sobre el voraz sepulcro
y cae la eternidad; y en vano, en vano
al que en su abismo se perdió le llaman
de acá las voces del mortal doliente.

Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos,
ni el ay de la viudez, ni los suspiros
de inocente orfandad, ni los sollozos
de la amistad, ni el maternal lamento,
ni amor, el tierno amor que el mundo rige,
nada penetra los oídos sordos
de la muerte insensible. Nuestros ayes
a los umbrales de la tumba llegan,
y escuchados no son; que los sentidos
allí cesaron, la razón es muda,
helose el corazón, y las pasiones
y los deseos para siempre yacen.


Yacen, sí, yacen; el dolor empero
también con ellos para siempre yace,

y la vida es dolor. Llama a tus años,
caro Fernández; sin pasión pregunta
qué has sido en ellos? Y con tristes voces
dirán: «Si un día te rio sereno,
ciento y ciento tras él, tempestuosos
tronando sobre ti, huellas profundas
de mal y de temor sólo dejaron».


Hórrido yermo de inflamada arena,
do entre aridez universal y muerte
solitario tal vez algún arbusto
se esfuerza a verdear: tal es la imagen
de esta vida cruel que tanto amamos.

Enfermedad, desvalimiento, lloro,

ignorancia, opresión: este cortejo

nos espera al nacer, y apesadumbra
la hermosa candidez de nuestra infancia
que en nada es nuestra. Los demás ordenan
a su placer de nuestro débil cuerpo;
y nuestra mente a sus antojos sirve.
Si nuestro llanto a su indolencia ofende,
manda que pare su feroz dureza,
o su bárbara mano enfurecida
sobre nosotros cae. ¡Niño infelice!
llora ya, llora cuando apenas naces

de la injusticia la opresión sangrienta,
y el desprecio, el baldón, y tantos males,
¡preludios, ay, de los que en pos te aguardan!

Tus años correrán, y por tus años
hombre te oirás decir; mas siempre niño
entre niños serás. Injusto y justo,
opresor y oprimido todo a un tiempo
de tus pasiones en el mar furioso
perdido nadarás. En lucha eterna
de acciones y deseos, mal seguro
no sabrás qué querer; y fastidiado
con lo presente, volarás ansioso
a otro tiempo y lugar buscando siempre
allá tu dicha donde estar no puedas.
¿Y qué valdrá que en tu virtud contento
goces contigo, si mirando en torno
verás la humanidad acongojada
largamente gemir? Despedazado
tu tierno corazón verá los males,
querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,
sólo un estéril lloro es el consuelo
que puede dar su caridad fogosa.


¿Hay pena igual a la de oír al triste
sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte!

¡Oh sepulcro feliz! ¡Afortunados
mil y mil veces los que allí en reposo
terminaron los males! ¡Ay! Al menos
sus ojos no verán la escena horrible
de la santa virtud atada en triunfo
de la maldad al victorioso carro.
No escucharán la estrepitosa planta
de la injusticia quebrantando el cuello
de la inocencia desvalida y sola,
ni olerán los sacrílegos inciensos
que del poder en las sangrientas aras
la adulación escandalosa quema.
¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué
lloramos,
Fernández mío, si la tumba rompe
tanta infelicidad? Enjuga, enjuga
tus dolorosas lágrimas; tu hermano
empezó a ser feliz; sí, cese, cese
tu pesadumbre ya.
Mira que aflige
a tus amigos tu doliente rostro,
y a tu querida esposa y a tus hijos.
El pequeñuelo Hipólito suspenso,
el dedo puesto entre sus frescos labios,
observa tu tristeza, y se entristece;
y marchando hacia atrás, llega a su madre
y la aprieta su mano, y en su pecho
la delicada cabecita posa,
siempre los ojos en su padre fijos.
Lloras, y él llora; y en su amable llanto
¿qué piensas que dirá? «Padre», te
dice,
«¿será eterno el dolor? ¿no hay en la tierra
otros cariños que el vacío llenen
que tu hermano dejó? Mi tierna madre
vive, y mi hermana, y para amarte viven,
y yo con ellas te amaré. Algún día
verás mis años juveniles llenos
de ricos frutos, que oficioso ahora
con mil afanes en mi pecho siembras.
Honrado, ingenuo, laborioso, humano,
esclavo del deber, amigo ardiente,
esposo tierno, enamorado padre,
yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias
en mí te esperan! Lo verás: mil veces
llorarás de placer, y yo contigo.
Mas vive, vive, que si tú me faltas,
¡oh pobrecito Hipólito! Sin sombra
¡ay! ¿qué será de ti huérfano y solo?
No, mi dulce papá; tu vida es mía,
no me la abrevies traspasando tu alma
con las espinas de la cruel tristeza.
Vive, sí, vive; que si el hado impío
pudo romper tus fraternales lazos,
hermanos mil encontrarás doquiera:
que amor es hermandad, y todos te aman.
De cien amigos que te ríen tiernos
adopta a alguno, y si por mí te guías
Nicasio en el amor será tu hermano».
685
Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

En Un Cementerio De Lugar Castellano

Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también
de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en
junio,
te ciñe el
mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre
la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!
878