Muerte y Luto
Juan Ramón Jiménez
Cénit
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra
—y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido—.
Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma.
Juan Ramón Jiménez
Como Me Miras Por Si Yo Pudiese
por el águila negra de la muerte,
¡cómo me miras con tu ojito triste!
(negro plenor sangriento de luz débil).
Desde debajo de la garra inmensa,
que para siempre ya le tiene
y afirmado, mientras la desafía
la vasta sombra que su vista emprende.
¡Cómo me mira sin pedirme nada,
cómo me mira... por si yo pudiese,
que ya te está teniendo para siempre!
Juan Ramón Jiménez
La Muerte Es Sólo Un Reposo,
más que el sueño. De ella, un día
—¡aurora augusta y completa!—,
saldremos fuertes, exactos,
para un vivir tan eterno
como ella,
para un trabajo inmortal.
Juan Ramón Jiménez
La Muerte Es El Reposo,
del día de la vida;
para que despertemos descansados
en el día total del infinito.
Juan Ramón Jiménez
La Muerte Es Una Madre Nuestra Antigua
nuestra primera madre, que nos quiere
a través de las otras, siglo a siglo,
y nunca, nunca nos olvida;
madre que va, inmortal, atesorando
—para cada uno de nosotros sólo—
el corazón de cada madre muerta;
que esta más cerca de nosotros,
cuantas más madres nuestras mueren;
para quien cada madre sólo es
un arca de cariño que robar
—para cada uno de nosotros sólo—;
madre que nos espera,
como madre final, con un abrazo inmensamente abierto,
que ha de cerrarse, un día, breve y duro,
en nuestra espalda, para siempre.
Juan Ramón Jiménez
Cuando Tú Quieras, Muerte
Te he vencido.
¡Qué poquito
puedes ya contra mí!
Juan Ramón Jiménez
Yo No Soy Yo
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
Jorge Riechmann
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como una teta monstruosa.
Hoy ha reventado.
El hedor inunda toda la casa.
La perrita Asphodèle agoniza
con los ojos abiertos
al vacío de todas las preguntas.
Pronto la intravenosa de sombra
apagará el dolor sorprendente de ser.
El mundo está enfermo de soledad.
Jorge Riechmann
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de tragarse demasiadas palabras y del cólico fenomenal que sigue
y los hay que mueren por hablar demasiado
pues las paredes —al contrario que las tapias, que están
sordas— oyen.
Los hay que mueren de cansancio
de todo lo que hay que cambiar para que nada cambie
y hay quien muere de aburrimiento
en esta feria universal donde continuamente ocurren cosas
y nunca pasa nada.
Hay quienes mueren de miedo
ante la mera sospecha de que podrían darse de bruces
con la verdad de sus actos
y hay a quienes les da tanto coraje
que alguien pudiera sospechar que hay una verdad tras sus actos
que sencillamente se mueren.
Los hay que no mueren nunca
porque ya están muertos.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xx La Tortolilla
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
Juan Meléndez Valdés
En La Muerte De Filis
y al labio salga en dolorido acento
la aguda pena en que morir porfío.
Con lastimeros ayes gima el viento;
y entre suspiros y mortal quebranto
la falta de la voz supla el lamento;
ciegos los ojos con su amargo llanto,
lejos de la alma luz, siempre en oscura
noche fenezcan en desastre tanto.
Truéqueseme la dicha en desventura,
ni jamás bien alguno esperar pueda,
pues me robó la muerte mi luz pura.
¡Filis!, ¡amada Filis!, ¡ay! ¿Qué queda
ya a mi dolor?, ¿faltaste, mi señora?
¡Cómo la voz el sentimiento veda!
Allá volaste al cielo a ser aurora,
dejando en llanto y sempiterno olvido
esta alma triste que tu ausencia llora.
¿Qué?, ¿ni mi dulce amor te ha detenido?,
¿ni la amarga orfandad en que me dejas?
¿Tan mal, querida Fili, te he servido?,
¿así de este infeliz, así te alejas?
Vuelve, adorada, vuelve a consolarme;
no más desdeñes mis dolientes quejas.
Pero tú no pudiste abandonarme;
el golpe de la muerte, el golpe fiero
sólo de ti, mi bien, logró apartarme.
¡Oh muerte!, ¡muerte!, ¡oh golpe lastimero!
¡Ay!, ¿sabes, despiadada, lo que hiciste?
De todos tus delitos, el postrero.
¿A quién con mano bárbara rompiste
el feliz hilo de la tierna vida,
y en el sepulcro despiadada hundiste?
¡A Filis!, ¡a mi Filis!, ¡mi querida,
mi inocente zagala! Su ternura,
¿en qué ofenderte pudo, fementida?
¿No te movió su angélica hermosura
a que no mancillases insolente
tan delicada flor en su alba pura?
jamás yo te creí tan inclemente;
mas este golpe, golpe lamentable,
¡oh, cuán a costa mía me desmiente!
«¡Oh dura mano!, ¡oh bárbara, implacable!
¿A quién», clamo sin fin, «tu saña
fiera
hirió con su guadaña abominable?
¡A Filis!, ¡a mi Filis...! ¡testo espera
a inocencia y amor, mientras riendo
eterno un siglo la maldad prospera!
Huye, inhumana, al Tártaro tremendo;
y en sus abismos húndete entre horrores,
húndete, oh monstruo, tus hazañas viendo...»
Deliro en mi pasión; y mis dolores
crecen, inmensos como el mar. ¡Cuitado!,
¿qué he de hacer sin mi bien, sin mis amores?
¡Que ya no gozaré su alegre lado!,
¡ni oiré más sus suavísimas razones!,
¡ni he de ver de su rostro el tierno agrado!
¡Sus ojuelos, imán de corazones,
aquellos ojos cuya lumbre clara
tras sí arrastraron tantas atenciones!
¡Y aquel cuello, aquel talle, aquella rara
gracia que en noche eterna se oscurece!
¡Ay, muerte dura, de mi bien avara!
Lloro, y llorando mi tormento crece;
pero, ¡qué mucho!, si en mi acerba pena
todo el orbe dolido se enternece:
con horrísono silbo el aire suena,
ni el agua corre ya como solía,
ni la tierra es fructífera ni amena,
ni arrebolado asoma el albo día,
ni en la cima es del cielo el sol fulgente,
ni la luna en la noche húmida y fría.
El Tormes el raudal de su corriente
detiene por seguir mi amargo llanto,
de ciprés coronada la ancha frente.
Con lúgubre aparato y triste canto,
de sus ninfas el coro le rodea;
¡ay, cuál doblan sus voces mi quebranto!
No ya el nácar sus cuellos hermosea,
ni sembrado de perlas y corales
su cabello en los hombros libre ondea.
Mustio taray y tocas funerales
hoy visten todas por la Filis mía,
de su agudo pesar ciertas señales.
¡Oh, cuál con ellas yo la vi algún día
del seco agosto en la enojosa llama
triscar alegre en la corriente fría!
Hoy en llanto su pecho se derrama;
y con doliente lúgubre alarido,
cual si la oyese, cada cual la llama.
El raudo Tormes con mortal quejido
también las acompaña; y su lamento
merece de Neptuno ser oído.
Neptuno, el que del húmido elemento
modera la soberbia impetuosa,
ocupando entre dioses alto asiento;
el que con voz y diestra poderosa,
con su tridente en carro de corales
alza o calma su furia sonorosa,
retrajo el curso a repetir mis males,
y en ronco son los hórridos tritones
dieron de su dolor ciertas señales.
Del húmido palacio los salones
retumbaron con fúnebres gemidos,
y temblaron columnas y artesones.
Las focas y delfines doloridos
en rumbo incierto tras su dios vagaban,
de tan nuevos prodigios aturdidos,
y como que asombrados preguntaban:
«¿Qué horror es éste y doloroso
estruendo?»,
y los míseros llantos remedaban,
las colas escamosas revolviendo
y en las cerúleas ondas excitando
desapacible son, ronco y horrendo.
Por las vecinas playas lamentando
sonaban de otra parte los zagales
en tristes coros el desastre infando.
Mas ¡ay!, ¡ay!, que sus cantos a mis males
en nada alivio dan; mas antes crecen
en mis ojos dos fuentes inmortales;
que si ya, gloria mía, no merecen
estar colgados de tu faz süave,
mejor en ciego llanto así fenecen.
¡Oh dolor sobre todos el más grave!,
¡oh sombra¡, ¡oh fugaz bien!, ¡incierta vida!,
quien en ti se confía poco sabe:
apenas apareces, ya eres ida,
dejando la esperanza en ti fundada
cual mustia flor del vástago partida.
¿Quién pudiera decirme que mi amada,
mi tierna palomita, de repente
así del seno me sería robada,
cuando a aguardarla fui junto a la fuente
la tarde antes del aciago día
en la margen del Tormes trasparente?
¡Cómo me recibió!, ¡con qué
alegría
de mí burlando mi temor culpaba,
y fiel su eterna llama me ofrecía!
¡Con qué halagüeños ojos me miraba!,
¡y con cuántos dulcísimos favores
mis dudas, mis zozobras alentaba!
¡Oh mi acabado bien!, ¡oh mis amores!,
¿quién entonces creyera tal fracaso,
ni tras ventura tal estos dolores?
Riéndote la vida al primer paso,
¿quién recelara que su luz temprana
corriera así tan súbito a su ocaso?
Contino, Filis, de mis ojos mana
un mar de ardiente lloro, ¡ay sin ventura!,
aciago fruto en mi esperanza vana.
Tu eterna ausencia mi dolor apura;
y el no haberla, ¡ay de mí!, jamás pensado
dobla al mísero pecho la amargura.
Bien debí, puesto que me vi encumbrado
a lo sumo del bien que en hombre cabe,
temblar el triste fin en que he parado.
¿Pero quién con amor temerlo sabe,
ni entonces hace del agüero cuenta,
ni del búho que suena aciago y grave?
En vano desde el roble en que se asienta
anuncia la corneja el caso triste,
que a un pecho con pasión nada amedrenta.
Tú, ¡Batilo infeliz!, volar la viste
la noche en que enfermó tu Fili amada,
y su fúnebre voz seguro oíste.
Acuérdome también que a la alborada,
dejando ya paciendo mi ganado,
a hablarla fuera en su feliz majada;
y vi un lobo feroz haber robado
una mansa cordera, blanca y bella,
que devoraba sobre el fresco prado.
Corrí compadecido a socorrella;
y súbito..., a mis ojos..., ¡qué portento!:
en humo denso se me huyó con ella.
Yo, hasta aquel punto de temor exento,
del espantable caso sorprendido,
caí sobre la hierba sin aliento.
¡Oh, qué de tiempo estuve allí tendido!
Y cuando ya en mi acuerdo hube tornado,
¡ay!, a llorar en tanto mal sumido,
sin poder proseguir lo comenzado,
y atónito de ver prodigios tales,
volví lleno de horror a mi ganado.
Allí luego encontré nuevas señales
que algún terrible caso me anunciaban,
agüeros ciertos de mis crudos males.
Mis mansas ovejillas se espantaban,
y cual si las siguiera un lobo fiero,
girando en torno del redil balaban.
A un lado oí quejido lastimero;
a examinarlo corro..., y de repente...
¿Callarelo, o diré tan triste agüero?
Vi dividida por agudo diente
la corderita a Filis prometida,
que mi mano cuidaba diligente.
Al pie de ella la madre dolorida
con débiles balidos la lloraba,
queriendo con su aliento aún darle vida.
Entonces yo sentí que me apretaba
el corazón un miedo desusado,
y trémulo mil males me anunciaba.
¡Oh mi Fili!, ¡oh mi bien!, ¡oh desgraciado!,
¿qué pudieron decirme estos agüeros?
Que era ya de tu vida el fin llegado;
que esto anunciaban los prodigios fieros,
y esto la triste ave y la cordera.
¡Ay, acabados gustos verdaderos!
¡Vida fugaz, cual sombra pasajera!
Ya a la mía no queda sino llanto,
prueba aun bien débil de mi fe sincera.
Crecerá inmenso mi mortal quebranto,
hasta que huyendo este nubloso suelo
en lazo a ti me una eterno y santo.
Ni, ¡oh mi luz!, pienses que jamás consuelo
hallar podrá mi espíritu abatido,
que en ti el bien me dejó con presto vuelo;
y en lágrimas y penas sumergido,
tu imagen sola cada vez más viva
mi pecho ocupa, de su amor herido.
La horrible parca que de ti me priva
la ansia no apagará con que él la adora,
que su llama en tu falta más se aviva
y acuerda al alma triste en cada hora
tu dulcísimo amor, tu fe sincera.
¡Ay, cuál padezco, y se me parte ahora!
La tierna débil voz, la voz postrera
que en tu labio sonó ya moribundo,
jamás podré olvidarla aunque yo muera.
¿Pues qué si el espectáculo profundo
se me presenta de tu muerte aciaga?
En un mar de mis lágrimas me inundo.
Deja, mi amor, que en ellas me deshaga,
y que en largos suspiros exhalado
mi espíritu a sus ansias satisfaga.
Paréceme mirarte en el cuitado
trance de la postrera despedida,
débil la voz, el rostro demudado,
del todo casi ya desfallecida,
fijos en mí con gesto lastimero
los ojos, y su luz oscurecida,
diciéndome: «Batilo, yo me muero»;
y al quererme abrazar aun débilmente,
en mi boca lanzando el ay postrero,
¡oh dolor!, ¡cuánto estabas diferente
de aquella que antes por tus gracias fuiste
el milagro de amor más reverente!
¡Oh, no me aflijas más, memoria triste!
Deja, deja acabarme en mi amargura;
yo iré presto, mi bien, do tú subiste.
Mi fe, mi firme fe te lo asegura;
no puedo ya vivir de ti apartado,
que el ansia de te ver mi vida apura.
Entonces, de temores sosegado,
en lazo ardiente, casto, verdadero,
por siempre a ti me gozaré ayuntado.
¡Ay!, ¿qué en la tierra, miserable, espero?
¡Muerte cruel, tan pronta con mi amada,
en mí ejecuta, en mí, tu golpe fiero!
Arráncame esta vida quebrantada,
llévame con mi Filis al sosiego
de que el ánima está necesitada.
Muévante, oh cruda, mi infelice ruego,
la vida que aquí paso dolorosa,
y el largo llanto con que el campo riego.
No pienses, no, mostrarte rigurosa,
mi pecho hiriendo en ansias abismado,
que antes serás en tu rigor piadosa,
pues yo de alivio ya desesperado,
ni curo tener cuenta con mi vida,
ni un breve alivio a mi infeliz cuidado.
Mis lágrimas son siempre sin medida,
y en los suspiros con que canso al cielo
el alma se me arranca dolorida.
Ni para alimentarme hallo consuelo,
ni es otra mi bebida que mi llanto,
ni del sueño me alivia el vago vuelo;
pues cuando al fin, rendido en mi quebranto,
entre sus blandas alas me adormece,
despavorido al punto me levanto;
que mil sombras tristísimas me ofrece,
tendiendo yo la mano arrebatado
al bien que niebla vana desparece.
Tal es de mi vivir el triste estado,
huyendo en torva faz siempre las gentes,
y de ellas por sin seso baldonado.
Sólo en mis ovejillas inocentes
compasión halla mi amoroso anhelo,
si es que cabe en mis ansias inclementes.
Ellas solas me siguen en mi duelo;
y en torno rodeándome apiñadas,
doblan con su balar mi desconsuelo.
Las que tuve a mi Filis destinadas,
todas, sin quedar una, han fenecido.
¡Ay corderas, cual ella desgraciadas!
A las otras el prado florecido
jamás mueve a pacer, aunque acabando
las miro con tristísimo balido.
Aquí las tiernas crías van quedando,
las madres allí caen sin aliento,
todas, en cuanto mueren, suspirando,
mientras Melampo, fiel, su sentimiento
me muestra lastimado en ronco aullido,
los pies me lame y me contempla atento,
o ya el camino corre conocido
que a la majada de mi Filis guía,
torna, se para, y cae sin sentido.
Su compasión enciende el alma mía.
¡Oh!, fenezca esta vida desastrada,
que de ir a acompañarte me desvía.
¡Oh mi bien!, ¡mis amores! ¡Oh eclipsada
lumbre de estos mis ojos!, ¡mi consuelo!,
¡rosa en abril florido marchitada!,
llévame donde estás con presto vuelo;
acabe, acabe mi mortal quebranto,
y allá te abrace en el sereno cielo.
Pídeselo con ruego y tierno llanto
a Aquel que inmóvil ve desde su altura
mi firme amor y mi deseo santo.
Entonces sí que, libre de amargura,
mi alegre suerte con la tuya uniendo,
gozaré el lleno bien que acá me apura.
Entonces sí que el alma, en ti viviendo,
se adormirá feliz en paz gloriosa,
sus finas ansias coronadas viendo;
y con habla dulcísima y sabrosa
conversando contigo mano a mano,
podrá llamarse sin temor dichosa.
¿Qué?, ¿no te mueve mi dolor insano?
¿De tu Batilo, Filis, ya te olvidas?
¿Su voz desdeñas?, ¿su clamar es vano?
¿Dó están las voluntades tan unidas?,
¿dó están...? Mas no se cuida allá en el
cielo
de las cosas viviendo prometidas;
y ya en paz alma, roto el mortal velo,
de un infeliz en su dolor perdido
tú las ansias no ves ni el desconsuelo,
mientras sobre tu losa aquí tendido
yo besándola estoy sin apartarme,
ni temblar, ¡ay!, el mísero gemido,
hasta que mi dolor llegue a acabarme,
y suba en vuelo alegre arrebatado
donde pueda por siempre a ti juntarme
y gozar tu semblante regalado.
Juan Meléndez Valdés
Soneto La Fuga Inútil
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado,
por demás huye del veloz montero;
en vano busca el agua y el ligero
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.
Así la flecha al corazón clavada,
huyo en vano la muerte, revolviendo
el ánima a mil partes dolorida;
crece el veneno, y de la sangre helada
se va el herido corazón cubriendo,
y el fin se llega de mi triste vida.
José María Hinojosa
Huyendo Del Destino
que me persigue siempre a través de la tierra
retumban los hachazos que separan las ramas
brotadas en el tronco de mármol patinado
por el humo de pólvora y la luz de la luna
filtrada entre los dedos de tus manos de nieve.
Tus brazos recogían en sus siete colores
la lluvia de mi frente y la espuma del agua
perdiéndose en las aguas tu cabellera rubia
mientras que tu cabeza flotaba entre las olas
verde entre verdes algas con los labios abiertos
por la caricia última de mis labios de fuego.
José Martí
Todo Soy Canas Ya
Colmar mi corazón: como una copa
Sin vino, o cráneo [ ..........Verso inacabado.............. ] rechazo
La beldad insensata: — y el sentido
¡Ay! ¡no lo es sin la beldad! EI sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazón y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,—
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sólo un día,
Ya me enseñó la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visión, como humo,
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestia en cueros,
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquélla en blando encaje
Como un cesto de perlas recogida;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre ópalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmortal, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.
¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sólo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: ¡me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: ¿no ves que donde muere
El hueso nace el ala?: ¡tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.
José Martí
¿cómo Me Has De Querer?
Que lleva en sí a sus hijos,
Como al santo en el ara envuelve las lenguas de humo.
La lengua de humo oloroso del incienso,
Como la luz del sol baña la tierra llana.
¿Que no puedes? Yo lo sé. De estrellas
Añorándome está la novia muda;
Yo en mis entrañas tallaré una rosa,
Y como quien engarza en plata una —
Mi corazón engarzaré en su seno:
Caeré a sus pies, inerme, como cae
Suelto el león a los pies de la hermosa
Y con mi cuerpo abrigaré sus plantas
Como olmo fecundo, que aprieta
La raíz de un mal; mi planta humana
Mime en plata, mi mujer de estrella,
Hacia mí tenderá las ramas pías
Y me alzará, como cadáver indio,
Me tendrá expuesto al sol, y de sus brazos
Me iré perdiendo en el azul del cielo,
¡Pues así muero yo de ser amado!
José Martí
Mañana, Como Un Monte Que Derrumba
De noche y en sigilo su eminencia,—
Como un vaso de aroma roto y hueco
Caeré sobre la tierra.
José Martí
Cese, Señora, El Duelo
¿Qué fuera nuestra vida sin enojos?
¡Vivir es padecer! ¡sufrir es santo!
¿Cómo fueran tan bellos vuestros ojos
Si alguna vez no los mojara el llanto?
Romped las cuerdas del amargo duelo.
Quien sufre como vos sufrís, señora:
Es más que una mujer, algo del cielo,
Que de él huyó y entre nosotros mora.
José Martí
La Madre Está Sentada
Junto a la cuna:—
Por la ventana gótica calada
Entran risueños quiebros de luna.
La madre está espantada,
La cuna junto,
Más blanca que la sábana calada
Brilla a la luna su hijo difunto—
¿Sombra... por qué te llevas
Mi Serafín?
—Yo necesito de flores nuevas
En mi jardín. —
Ahí murió la madre arrodillada
Junto a la cuna:
Por la ventana gótica calada
Entraba quieta la mansa luna:—
¡Loco el que al cielo o a los astros fía
Su pena o su alegría!—
Se es en la vida—leño abandonado,
Al capricho del mar alborotado:—
Y flor, húmeda y seca, que los vientos
Arrebatan violentos;—
O respetan y halagan caprichosos;—
¡Juguetes ¡ay! de locos poderosos!—
Corderos ¡ay! nacidos
A manchar su vellón, y a andar perdidos!—
¡Sin más mentor, desde la blanca cuna
Que la razón vendada, y la fortuna!—
¿Música? Si es un hurto: si la muerte
A esa edad infantil no tiene derecho;—
Si el pesar no se ahorra,
Si la sentencia es fiera,
Si volverá aunque corra,
Si volverá a vivir, ¡aunque se muera!—
Verdad que no es perdido
El tiempo ya vivido—
Y como de la tierra lo arrebata
La muerte en su sencilla edad de plata:
Cuando torne ese espíritu en forma nueva,
¡Volverá con la edad que ahora se lleva!—
No hay muerto, por bien muerto
Que en las entrañas de la tierra yazga,
Que en otra forma, o en su forma misma,
Más vivo luego y más audaz no salga.
José Martí
Cruje La Tierra, Rueda Hecha Pedazos
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
José Martí
A Un Joven Muerto
Para no sé qué corona fúnebre
¡Vedle! En la seca garganta
Apagada está la nota:
El brazo ya no levanta
La copa de oro, que rota
Por la mística muerte,
En la pálida mano mal huida
Sus myosotis y sus violetas vierte
Mustias al pie del luchador sin vida.
Niños, que vais con el arma
Cargada y luciente al hombro,—
Al soldado que desarma
Muerte importuna, al escombro
De un águila aposento
Ayer, y hueco ahora,
Interrogad, y osado cumplimiento
A su obra rota dad: así se llora!
José Martí
Sólo El Afán
Compararse a mi afán:
Lejos el cielo y hondo el mar; [ ..........verso inacabado.............. ]
A un alma sin amor, que en el tumulto
De rostro en rostro, por su tarda amante
En vano inquiere, y lívida jadea:
¡Yo sé, madres sin hijos, la tortura
De vuestro corazón! ¡Yo sé del triste
Sediento, y del hambriento, y del que lleva
Un muerto en las entrañas! Asgo el aire,
Suplico en alta voz, desesperado
Gimo, a la sorda sombra pido un beso:
De mí no sé. Me olvido. Me recoge
La desesperación: y entre los brazos
Del hambre, a tanto el plato, me despierto!
Yo sé que de las rosas
Holladas al morir brota un gemido:
Yo he visto el alma pálida que surge
De la yerba que troncha el casco duro
Cual lágrima con alas: yo padezco
De aquel dolor del agua cristalina
Que el sol ardiente desdeñoso seca.
Sé de mis náuseas mortales y el deseo
De vaciar de una vez el pecho ansioso,
Como en la mesa el bebedor cansado
Vuelca la copa del inútil vino.
José Martí
A Un Clasicista Que Habló De Suicidarse
A un anciano abatido—
Avive el buen Cristiano
El seso adormecido,
Ponga al hierro mortífero la mano,
Mas no a la sien insano,
Sino a tierra, en arado convertido. —
Mírese por el suelo—
El vasto cráneo roto,
Tinto en su sangre el pudoroso velo
De sus hijas, y al soto
El cuerpo echado, el alma opaca al cielo.
Y mire al reluciente
Señor, de ira vestido,
Y de luz de relámpagos, la frente
Nublar de oro encendido
Y cielo abajo echar al impaciente.
Y corno desraigado
Roble del alto Erebo
Mírese por los vientos arrastrado
Y deshecho, y de nuevo
Por prófugo a la vida condenado.
Pues ¿cómo en el remanso
Sabroso de la muerte
Derecho igual al plácido descanso
Tendrán el alma fuerte
Y la cobarde, el réprobo y el manso?
José Martí
En El Bote Iba Remando
Por el lago seductor
Con el sol que era oro puro
Y en el alma más de un sol.
Y a mis pies vi de repente,
Ofendido del hedor,
Un pez muerto, un pez hediondo
En el bote remador.
José Martí
Quiero, A La Sombra De Un Ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.
Eran de lirio los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín; la enterramos
En una caja de seda.
... Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
Él volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.
... Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Como de bronce candente
Al beso de despedida,
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!
... Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!