Muerte y Luto
Jorge Riechmann
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de tragarse demasiadas palabras y del cólico fenomenal que sigue
y los hay que mueren por hablar demasiado
pues las paredes al contrario que las tapias, que están
sordas oyen.
Los hay que mueren de cansancio
de todo lo que hay que cambiar para que nada cambie
y hay quien muere de aburrimiento
en esta feria universal donde continuamente ocurren cosas
y nunca pasa nada.
Hay quienes mueren de miedo
ante la mera sospecha de que podrían darse de bruces
con la verdad de sus actos
y hay a quienes les da tanto coraje
que alguien pudiera sospechar que hay una verdad tras sus actos
que sencillamente se mueren.
Los hay que no mueren nunca
porque ya están muertos.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xx La Tortolilla
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
Juan Meléndez Valdés
En La Muerte De Filis
y al labio salga en dolorido acento
la aguda pena en que morir porfío.
Con lastimeros ayes gima el viento;
y entre suspiros y mortal quebranto
la falta de la voz supla el lamento;
ciegos los ojos con su amargo llanto,
lejos de la alma luz, siempre en oscura
noche fenezcan en desastre tanto.
Truéqueseme la dicha en desventura,
ni jamás bien alguno esperar pueda,
pues me robó la muerte mi luz pura.
¡Filis!, ¡amada Filis!, ¡ay! ¿Qué queda
ya a mi dolor?, ¿faltaste, mi señora?
¡Cómo la voz el sentimiento veda!
Allá volaste al cielo a ser aurora,
dejando en llanto y sempiterno olvido
esta alma triste que tu ausencia llora.
¿Qué?, ¿ni mi dulce amor te ha detenido?,
¿ni la amarga orfandad en que me dejas?
¿Tan mal, querida Fili, te he servido?,
¿así de este infeliz, así te alejas?
Vuelve, adorada, vuelve a consolarme;
no más desdeñes mis dolientes quejas.
Pero tú no pudiste abandonarme;
el golpe de la muerte, el golpe fiero
sólo de ti, mi bien, logró apartarme.
¡Oh muerte!, ¡muerte!, ¡oh golpe lastimero!
¡Ay!, ¿sabes, despiadada, lo que hiciste?
De todos tus delitos, el postrero.
¿A quién con mano bárbara rompiste
el feliz hilo de la tierna vida,
y en el sepulcro despiadada hundiste?
¡A Filis!, ¡a mi Filis!, ¡mi querida,
mi inocente zagala! Su ternura,
¿en qué ofenderte pudo, fementida?
¿No te movió su angélica hermosura
a que no mancillases insolente
tan delicada flor en su alba pura?
jamás yo te creí tan inclemente;
mas este golpe, golpe lamentable,
¡oh, cuán a costa mía me desmiente!
«¡Oh dura mano!, ¡oh bárbara, implacable!
¿A quién», clamo sin fin, «tu saña
fiera
hirió con su guadaña abominable?
¡A Filis!, ¡a mi Filis...! ¡testo espera
a inocencia y amor, mientras riendo
eterno un siglo la maldad prospera!
Huye, inhumana, al Tártaro tremendo;
y en sus abismos húndete entre horrores,
húndete, oh monstruo, tus hazañas viendo...»
Deliro en mi pasión; y mis dolores
crecen, inmensos como el mar. ¡Cuitado!,
¿qué he de hacer sin mi bien, sin mis amores?
¡Que ya no gozaré su alegre lado!,
¡ni oiré más sus suavísimas razones!,
¡ni he de ver de su rostro el tierno agrado!
¡Sus ojuelos, imán de corazones,
aquellos ojos cuya lumbre clara
tras sí arrastraron tantas atenciones!
¡Y aquel cuello, aquel talle, aquella rara
gracia que en noche eterna se oscurece!
¡Ay, muerte dura, de mi bien avara!
Lloro, y llorando mi tormento crece;
pero, ¡qué mucho!, si en mi acerba pena
todo el orbe dolido se enternece:
con horrísono silbo el aire suena,
ni el agua corre ya como solía,
ni la tierra es fructífera ni amena,
ni arrebolado asoma el albo día,
ni en la cima es del cielo el sol fulgente,
ni la luna en la noche húmida y fría.
El Tormes el raudal de su corriente
detiene por seguir mi amargo llanto,
de ciprés coronada la ancha frente.
Con lúgubre aparato y triste canto,
de sus ninfas el coro le rodea;
¡ay, cuál doblan sus voces mi quebranto!
No ya el nácar sus cuellos hermosea,
ni sembrado de perlas y corales
su cabello en los hombros libre ondea.
Mustio taray y tocas funerales
hoy visten todas por la Filis mía,
de su agudo pesar ciertas señales.
¡Oh, cuál con ellas yo la vi algún día
del seco agosto en la enojosa llama
triscar alegre en la corriente fría!
Hoy en llanto su pecho se derrama;
y con doliente lúgubre alarido,
cual si la oyese, cada cual la llama.
El raudo Tormes con mortal quejido
también las acompaña; y su lamento
merece de Neptuno ser oído.
Neptuno, el que del húmido elemento
modera la soberbia impetuosa,
ocupando entre dioses alto asiento;
el que con voz y diestra poderosa,
con su tridente en carro de corales
alza o calma su furia sonorosa,
retrajo el curso a repetir mis males,
y en ronco son los hórridos tritones
dieron de su dolor ciertas señales.
Del húmido palacio los salones
retumbaron con fúnebres gemidos,
y temblaron columnas y artesones.
Las focas y delfines doloridos
en rumbo incierto tras su dios vagaban,
de tan nuevos prodigios aturdidos,
y como que asombrados preguntaban:
«¿Qué horror es éste y doloroso
estruendo?»,
y los míseros llantos remedaban,
las colas escamosas revolviendo
y en las cerúleas ondas excitando
desapacible son, ronco y horrendo.
Por las vecinas playas lamentando
sonaban de otra parte los zagales
en tristes coros el desastre infando.
Mas ¡ay!, ¡ay!, que sus cantos a mis males
en nada alivio dan; mas antes crecen
en mis ojos dos fuentes inmortales;
que si ya, gloria mía, no merecen
estar colgados de tu faz süave,
mejor en ciego llanto así fenecen.
¡Oh dolor sobre todos el más grave!,
¡oh sombra¡, ¡oh fugaz bien!, ¡incierta vida!,
quien en ti se confía poco sabe:
apenas apareces, ya eres ida,
dejando la esperanza en ti fundada
cual mustia flor del vástago partida.
¿Quién pudiera decirme que mi amada,
mi tierna palomita, de repente
así del seno me sería robada,
cuando a aguardarla fui junto a la fuente
la tarde antes del aciago día
en la margen del Tormes trasparente?
¡Cómo me recibió!, ¡con qué
alegría
de mí burlando mi temor culpaba,
y fiel su eterna llama me ofrecía!
¡Con qué halagüeños ojos me miraba!,
¡y con cuántos dulcísimos favores
mis dudas, mis zozobras alentaba!
¡Oh mi acabado bien!, ¡oh mis amores!,
¿quién entonces creyera tal fracaso,
ni tras ventura tal estos dolores?
Riéndote la vida al primer paso,
¿quién recelara que su luz temprana
corriera así tan súbito a su ocaso?
Contino, Filis, de mis ojos mana
un mar de ardiente lloro, ¡ay sin ventura!,
aciago fruto en mi esperanza vana.
Tu eterna ausencia mi dolor apura;
y el no haberla, ¡ay de mí!, jamás pensado
dobla al mísero pecho la amargura.
Bien debí, puesto que me vi encumbrado
a lo sumo del bien que en hombre cabe,
temblar el triste fin en que he parado.
¿Pero quién con amor temerlo sabe,
ni entonces hace del agüero cuenta,
ni del búho que suena aciago y grave?
En vano desde el roble en que se asienta
anuncia la corneja el caso triste,
que a un pecho con pasión nada amedrenta.
Tú, ¡Batilo infeliz!, volar la viste
la noche en que enfermó tu Fili amada,
y su fúnebre voz seguro oíste.
Acuérdome también que a la alborada,
dejando ya paciendo mi ganado,
a hablarla fuera en su feliz majada;
y vi un lobo feroz haber robado
una mansa cordera, blanca y bella,
que devoraba sobre el fresco prado.
Corrí compadecido a socorrella;
y súbito..., a mis ojos..., ¡qué portento!:
en humo denso se me huyó con ella.
Yo, hasta aquel punto de temor exento,
del espantable caso sorprendido,
caí sobre la hierba sin aliento.
¡Oh, qué de tiempo estuve allí tendido!
Y cuando ya en mi acuerdo hube tornado,
¡ay!, a llorar en tanto mal sumido,
sin poder proseguir lo comenzado,
y atónito de ver prodigios tales,
volví lleno de horror a mi ganado.
Allí luego encontré nuevas señales
que algún terrible caso me anunciaban,
agüeros ciertos de mis crudos males.
Mis mansas ovejillas se espantaban,
y cual si las siguiera un lobo fiero,
girando en torno del redil balaban.
A un lado oí quejido lastimero;
a examinarlo corro..., y de repente...
¿Callarelo, o diré tan triste agüero?
Vi dividida por agudo diente
la corderita a Filis prometida,
que mi mano cuidaba diligente.
Al pie de ella la madre dolorida
con débiles balidos la lloraba,
queriendo con su aliento aún darle vida.
Entonces yo sentí que me apretaba
el corazón un miedo desusado,
y trémulo mil males me anunciaba.
¡Oh mi Fili!, ¡oh mi bien!, ¡oh desgraciado!,
¿qué pudieron decirme estos agüeros?
Que era ya de tu vida el fin llegado;
que esto anunciaban los prodigios fieros,
y esto la triste ave y la cordera.
¡Ay, acabados gustos verdaderos!
¡Vida fugaz, cual sombra pasajera!
Ya a la mía no queda sino llanto,
prueba aun bien débil de mi fe sincera.
Crecerá inmenso mi mortal quebranto,
hasta que huyendo este nubloso suelo
en lazo a ti me una eterno y santo.
Ni, ¡oh mi luz!, pienses que jamás consuelo
hallar podrá mi espíritu abatido,
que en ti el bien me dejó con presto vuelo;
y en lágrimas y penas sumergido,
tu imagen sola cada vez más viva
mi pecho ocupa, de su amor herido.
La horrible parca que de ti me priva
la ansia no apagará con que él la adora,
que su llama en tu falta más se aviva
y acuerda al alma triste en cada hora
tu dulcísimo amor, tu fe sincera.
¡Ay, cuál padezco, y se me parte ahora!
La tierna débil voz, la voz postrera
que en tu labio sonó ya moribundo,
jamás podré olvidarla aunque yo muera.
¿Pues qué si el espectáculo profundo
se me presenta de tu muerte aciaga?
En un mar de mis lágrimas me inundo.
Deja, mi amor, que en ellas me deshaga,
y que en largos suspiros exhalado
mi espíritu a sus ansias satisfaga.
Paréceme mirarte en el cuitado
trance de la postrera despedida,
débil la voz, el rostro demudado,
del todo casi ya desfallecida,
fijos en mí con gesto lastimero
los ojos, y su luz oscurecida,
diciéndome: «Batilo, yo me muero»;
y al quererme abrazar aun débilmente,
en mi boca lanzando el ay postrero,
¡oh dolor!, ¡cuánto estabas diferente
de aquella que antes por tus gracias fuiste
el milagro de amor más reverente!
¡Oh, no me aflijas más, memoria triste!
Deja, deja acabarme en mi amargura;
yo iré presto, mi bien, do tú subiste.
Mi fe, mi firme fe te lo asegura;
no puedo ya vivir de ti apartado,
que el ansia de te ver mi vida apura.
Entonces, de temores sosegado,
en lazo ardiente, casto, verdadero,
por siempre a ti me gozaré ayuntado.
¡Ay!, ¿qué en la tierra, miserable, espero?
¡Muerte cruel, tan pronta con mi amada,
en mí ejecuta, en mí, tu golpe fiero!
Arráncame esta vida quebrantada,
llévame con mi Filis al sosiego
de que el ánima está necesitada.
Muévante, oh cruda, mi infelice ruego,
la vida que aquí paso dolorosa,
y el largo llanto con que el campo riego.
No pienses, no, mostrarte rigurosa,
mi pecho hiriendo en ansias abismado,
que antes serás en tu rigor piadosa,
pues yo de alivio ya desesperado,
ni curo tener cuenta con mi vida,
ni un breve alivio a mi infeliz cuidado.
Mis lágrimas son siempre sin medida,
y en los suspiros con que canso al cielo
el alma se me arranca dolorida.
Ni para alimentarme hallo consuelo,
ni es otra mi bebida que mi llanto,
ni del sueño me alivia el vago vuelo;
pues cuando al fin, rendido en mi quebranto,
entre sus blandas alas me adormece,
despavorido al punto me levanto;
que mil sombras tristísimas me ofrece,
tendiendo yo la mano arrebatado
al bien que niebla vana desparece.
Tal es de mi vivir el triste estado,
huyendo en torva faz siempre las gentes,
y de ellas por sin seso baldonado.
Sólo en mis ovejillas inocentes
compasión halla mi amoroso anhelo,
si es que cabe en mis ansias inclementes.
Ellas solas me siguen en mi duelo;
y en torno rodeándome apiñadas,
doblan con su balar mi desconsuelo.
Las que tuve a mi Filis destinadas,
todas, sin quedar una, han fenecido.
¡Ay corderas, cual ella desgraciadas!
A las otras el prado florecido
jamás mueve a pacer, aunque acabando
las miro con tristísimo balido.
Aquí las tiernas crías van quedando,
las madres allí caen sin aliento,
todas, en cuanto mueren, suspirando,
mientras Melampo, fiel, su sentimiento
me muestra lastimado en ronco aullido,
los pies me lame y me contempla atento,
o ya el camino corre conocido
que a la majada de mi Filis guía,
torna, se para, y cae sin sentido.
Su compasión enciende el alma mía.
¡Oh!, fenezca esta vida desastrada,
que de ir a acompañarte me desvía.
¡Oh mi bien!, ¡mis amores! ¡Oh eclipsada
lumbre de estos mis ojos!, ¡mi consuelo!,
¡rosa en abril florido marchitada!,
llévame donde estás con presto vuelo;
acabe, acabe mi mortal quebranto,
y allá te abrace en el sereno cielo.
Pídeselo con ruego y tierno llanto
a Aquel que inmóvil ve desde su altura
mi firme amor y mi deseo santo.
Entonces sí que, libre de amargura,
mi alegre suerte con la tuya uniendo,
gozaré el lleno bien que acá me apura.
Entonces sí que el alma, en ti viviendo,
se adormirá feliz en paz gloriosa,
sus finas ansias coronadas viendo;
y con habla dulcísima y sabrosa
conversando contigo mano a mano,
podrá llamarse sin temor dichosa.
¿Qué?, ¿no te mueve mi dolor insano?
¿De tu Batilo, Filis, ya te olvidas?
¿Su voz desdeñas?, ¿su clamar es vano?
¿Dó están las voluntades tan unidas?,
¿dó están...? Mas no se cuida allá en el
cielo
de las cosas viviendo prometidas;
y ya en paz alma, roto el mortal velo,
de un infeliz en su dolor perdido
tú las ansias no ves ni el desconsuelo,
mientras sobre tu losa aquí tendido
yo besándola estoy sin apartarme,
ni temblar, ¡ay!, el mísero gemido,
hasta que mi dolor llegue a acabarme,
y suba en vuelo alegre arrebatado
donde pueda por siempre a ti juntarme
y gozar tu semblante regalado.
Juan Meléndez Valdés
Soneto La Fuga Inútil
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado,
por demás huye del veloz montero;
en vano busca el agua y el ligero
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.
Así la flecha al corazón clavada,
huyo en vano la muerte, revolviendo
el ánima a mil partes dolorida;
crece el veneno, y de la sangre helada
se va el herido corazón cubriendo,
y el fin se llega de mi triste vida.
José María Hinojosa
Huyendo Del Destino
que me persigue siempre a través de la tierra
retumban los hachazos que separan las ramas
brotadas en el tronco de mármol patinado
por el humo de pólvora y la luz de la luna
filtrada entre los dedos de tus manos de nieve.
Tus brazos recogían en sus siete colores
la lluvia de mi frente y la espuma del agua
perdiéndose en las aguas tu cabellera rubia
mientras que tu cabeza flotaba entre las olas
verde entre verdes algas con los labios abiertos
por la caricia última de mis labios de fuego.
José Martí
Todo Soy Canas Ya
Colmar mi corazón: como una copa
Sin vino, o cráneo [ ..........Verso inacabado.............. ] rechazo
La beldad insensata: y el sentido
¡Ay! ¡no lo es sin la beldad! EI sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazón y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sólo un día,
Ya me enseñó la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visión, como humo,
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestia en cueros,
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquélla en blando encaje
Como un cesto de perlas recogida;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre ópalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmortal, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.
¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sólo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: ¡me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: ¿no ves que donde muere
El hueso nace el ala?: ¡tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.
José Martí
¿cómo Me Has De Querer?
Que lleva en sí a sus hijos,
Como al santo en el ara envuelve las lenguas de humo.
La lengua de humo oloroso del incienso,
Como la luz del sol baña la tierra llana.
¿Que no puedes? Yo lo sé. De estrellas
Añorándome está la novia muda;
Yo en mis entrañas tallaré una rosa,
Y como quien engarza en plata una
Mi corazón engarzaré en su seno:
Caeré a sus pies, inerme, como cae
Suelto el león a los pies de la hermosa
Y con mi cuerpo abrigaré sus plantas
Como olmo fecundo, que aprieta
La raíz de un mal; mi planta humana
Mime en plata, mi mujer de estrella,
Hacia mí tenderá las ramas pías
Y me alzará, como cadáver indio,
Me tendrá expuesto al sol, y de sus brazos
Me iré perdiendo en el azul del cielo,
¡Pues así muero yo de ser amado!
José Martí
Mañana, Como Un Monte Que Derrumba
De noche y en sigilo su eminencia,
Como un vaso de aroma roto y hueco
Caeré sobre la tierra.
José Martí
Cese, Señora, El Duelo
¿Qué fuera nuestra vida sin enojos?
¡Vivir es padecer! ¡sufrir es santo!
¿Cómo fueran tan bellos vuestros ojos
Si alguna vez no los mojara el llanto?
Romped las cuerdas del amargo duelo.
Quien sufre como vos sufrís, señora:
Es más que una mujer, algo del cielo,
Que de él huyó y entre nosotros mora.
José Martí
La Madre Está Sentada
Junto a la cuna:
Por la ventana gótica calada
Entran risueños quiebros de luna.
La madre está espantada,
La cuna junto,
Más blanca que la sábana calada
Brilla a la luna su hijo difunto
¿Sombra... por qué te llevas
Mi Serafín?
Yo necesito de flores nuevas
En mi jardín.
Ahí murió la madre arrodillada
Junto a la cuna:
Por la ventana gótica calada
Entraba quieta la mansa luna:
¡Loco el que al cielo o a los astros fía
Su pena o su alegría!
Se es en la vidaleño abandonado,
Al capricho del mar alborotado:
Y flor, húmeda y seca, que los vientos
Arrebatan violentos;
O respetan y halagan caprichosos;
¡Juguetes ¡ay! de locos poderosos!
Corderos ¡ay! nacidos
A manchar su vellón, y a andar perdidos!
¡Sin más mentor, desde la blanca cuna
Que la razón vendada, y la fortuna!
¿Música? Si es un hurto: si la muerte
A esa edad infantil no tiene derecho;
Si el pesar no se ahorra,
Si la sentencia es fiera,
Si volverá aunque corra,
Si volverá a vivir, ¡aunque se muera!
Verdad que no es perdido
El tiempo ya vivido
Y como de la tierra lo arrebata
La muerte en su sencilla edad de plata:
Cuando torne ese espíritu en forma nueva,
¡Volverá con la edad que ahora se lleva!
No hay muerto, por bien muerto
Que en las entrañas de la tierra yazga,
Que en otra forma, o en su forma misma,
Más vivo luego y más audaz no salga.
José Martí
Cruje La Tierra, Rueda Hecha Pedazos
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;
Uno en el pueblo entero!un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
José Martí
A Un Joven Muerto
Para no sé qué corona fúnebre
¡Vedle! En la seca garganta
Apagada está la nota:
El brazo ya no levanta
La copa de oro, que rota
Por la mística muerte,
En la pálida mano mal huida
Sus myosotis y sus violetas vierte
Mustias al pie del luchador sin vida.
Niños, que vais con el arma
Cargada y luciente al hombro,
Al soldado que desarma
Muerte importuna, al escombro
De un águila aposento
Ayer, y hueco ahora,
Interrogad, y osado cumplimiento
A su obra rota dad: así se llora!
José Martí
Sólo El Afán
Compararse a mi afán:
Lejos el cielo y hondo el mar; [ ..........verso inacabado.............. ]
A un alma sin amor, que en el tumulto
De rostro en rostro, por su tarda amante
En vano inquiere, y lívida jadea:
¡Yo sé, madres sin hijos, la tortura
De vuestro corazón! ¡Yo sé del triste
Sediento, y del hambriento, y del que lleva
Un muerto en las entrañas! Asgo el aire,
Suplico en alta voz, desesperado
Gimo, a la sorda sombra pido un beso:
De mí no sé. Me olvido. Me recoge
La desesperación: y entre los brazos
Del hambre, a tanto el plato, me despierto!
Yo sé que de las rosas
Holladas al morir brota un gemido:
Yo he visto el alma pálida que surge
De la yerba que troncha el casco duro
Cual lágrima con alas: yo padezco
De aquel dolor del agua cristalina
Que el sol ardiente desdeñoso seca.
Sé de mis náuseas mortales y el deseo
De vaciar de una vez el pecho ansioso,
Como en la mesa el bebedor cansado
Vuelca la copa del inútil vino.
José Martí
A Un Clasicista Que Habló De Suicidarse
A un anciano abatido
Avive el buen Cristiano
El seso adormecido,
Ponga al hierro mortífero la mano,
Mas no a la sien insano,
Sino a tierra, en arado convertido.
Mírese por el suelo
El vasto cráneo roto,
Tinto en su sangre el pudoroso velo
De sus hijas, y al soto
El cuerpo echado, el alma opaca al cielo.
Y mire al reluciente
Señor, de ira vestido,
Y de luz de relámpagos, la frente
Nublar de oro encendido
Y cielo abajo echar al impaciente.
Y corno desraigado
Roble del alto Erebo
Mírese por los vientos arrastrado
Y deshecho, y de nuevo
Por prófugo a la vida condenado.
Pues ¿cómo en el remanso
Sabroso de la muerte
Derecho igual al plácido descanso
Tendrán el alma fuerte
Y la cobarde, el réprobo y el manso?
José Martí
En El Bote Iba Remando
Por el lago seductor
Con el sol que era oro puro
Y en el alma más de un sol.
Y a mis pies vi de repente,
Ofendido del hedor,
Un pez muerto, un pez hediondo
En el bote remador.
José Martí
Quiero, A La Sombra De Un Ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.
Eran de lirio los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín; la enterramos
En una caja de seda.
... Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
Él volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.
... Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Como de bronce candente
Al beso de despedida,
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!
... Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!
José Martí
Yo Tengo Un Amigo Muerto
Que suele venirme a ver:
Mi amigo se sienta y canta;
Canta en voz que ha de doler.
«En un ave de dos alas
Bogo por el cielo azul:
Una ala del ave es negra,
Otra de oro Caribú.
»El corazón es un loco
Que no sabe de un color:
O es su amor de dos colores,
O dice que no es amor.
»Hay una loca más fiera
Que el corazón infeliz:
La que le chupó la sangre
Y se echó luego a reír.
»Corazón que lleva rota
El ancla fiel del hogar,
Va como barca perdida,
Que no sabe a dónde va».
En cuanto llega a esta angustia
Rompe el muerto a maldecir:
Le amanso el cráneo: lo acuesto:
Acuesto el muerto a dormir.
José Martí
Con Letras De Astros
En el espacio azul grabar querría
En la llanura, muchedumbre:— en lo alto
Mientras que los de abajo andan y ruedan
Y sube olor de frutas estrujadas,
Olor de danza, olor de lecho, en lo alto
De pie entre negras nubes, y en los hombros
Cual principio de alas se descuelgan,
Como un monarca sobre un trono, surge
Un joven bello, pálido y sombrío.
Como estrella apagada, en el izquierdo
Lado del pecho vésele abertura
Honda y boqueante, bien como la tierra
Cuando de cuajo un árbol se le arranca
Abalánzanse, apriétanse, recógense,
Ante él, en negra tropa, toda suerte
De fieras, anca al viento, y bocas juntas
En una inmensa boca,— y en bordado
Plato de oro bruñido y perlas finas
Su corazón el bardo les ofrece.
José Martí
Flor De Hielo (al Saber Que Había Muerto Manuel Ocaranza)
Hambre la azuza. Son sus dientes hoces;
Antro su fauce; secadores vientos
Sus hálitos; su paso, ola que traga
Huertos y selvas; sus manjares, hombres.
¡Viene! ¡escondeos, oh caros amigos,
Hijo del corazón, padres muy caros!
Do asoma, quema; es sorda, es ciega:
El hambre ciega el alma y los ojos.
¡Es terrible el hambre de la Muerte!
No es ahora
La generosa, la clemente amiga
Que el muro rompe al alma prisionera
Y le abre el claro cielo afortunado;
No es la dulce, la plácida, la pía
Redentora de tristes, que del cuerpo,
Como de huerto abandonado, toma
El alma adolorida, y en más alto
Jardín la deja, donde blanda luna
Perpetuamente brilla, y crecen sólo
En vástagos en flor blancos rosales:
No la esposa evocada; no la eterna
Madre invisible, que los anchos brazos,
Sentada en todo el ámbito solemne,
Abre a sus hijos, que la vida agosta;
Y a reposar y a reparar sus bríos
Para el fragor y la batalla nueva
Sus cabezas igníferas reclina
En su puro y jovial seno de aurora.
¡No: aun a la diestra del Señor sublime
Que envuelto en nubes, con sonora planta
Sobre cielos y cúspides pasea;
Aun en los bordes de la copa dívea
En colosal montaña trabajada
Por tallador cuyas tundentes manos
Hechas al rayo y trueno fragorosos
Como barro sutil la roca herían;
Aun a los lindes del gigante vaso
Donde se bebe al fin la paz eterna,
El mal, como un insecto, sus oscuros
Anillos mueve y sus antenas clava,
Artero, en los sedientos bebedores!
Sierva es la Muerte: sierva del callado
Señor de toda vida: salvadora
Oculta de los hombres! Mas el ígneo
Dueño a sus siervos implacable ordena
Que hasta rendir el postrimer aliento,
A la sombra feliz del mirto de oro,
El bien y el mal el seno les combatan;
Y sólo las eternas rosas ciñe
Al que a sus mismos ojos el mal torvo
En batalla final convulso postra.
Y pío entonces en la seca frente
Da aquel, en cuyo seno poderoso
No hay muerte ni dolor, un largo beso.
Y en la Muerte gentil, la Muerte misma,
Lidian el bien y el mal...! Oh dueño rudo,
A rebelión y a admiración me mueve
Este misterio de dolor, que pena
La culpa de vivir, que es culpa tuya,
Con el dolor tenaz, martirio nuestro!
¿Es tu seno quizá tal hermosura
Y el placer de domar la interna fiera
Gozo tan vivo, que el martirio mismo
Es precio pobre a la final delicia?
Hora tremenda y criminaloh Muerte
Aquella en que en tu seno generoso
El hambre ardió, y en el ilustre amigo
Seca posaste la tajante mano!
No es, no, de tales víctimas tu empresa
Poblar la sombra! De cansados ruines,
De ancianos laxos, de guerreros flojos
Es tu oficio poblarla, y en tu seno
Rehacer al viejo la gastada vida
Y al soldado sin fuerzas la armadura.
Mas el taller de los creadores sea,
Oh Muerte: de tus hambres reservado:
Hurto ha sido; tal hurto, que en la sola
Casa, su pueblo entero los cabellos
Mesa, y su triste amigo solitario
Con gestos grandes de dolor sacude,
Por él clamando, la callada sombra:
Dime, torpe hurtadora, di el oscuro
Monte donde tu recia culpa amparas;
Y donde con la seca selva en torno
Cual cabellera de tu cráneo hueco,
En lo profundo de la tierra escondes
Tu generosa víctima! Di al punto
El antro, y a sus puertas con el pomo
Llamaré de mi espada vengadora!
Mas, ay! ¿Que a dó me vuelvo? ¿Qué soldado
A seguirme vendrá? Capua es la tierra,
Y de orto a ocaso, y a los cuatro vientos,
No hay más, no hay más que infames desertores,
De pie sobre sus armas enmohecidas
En rellenar sus arcas afanados.
No de mármol son ya, ni son de oro,
Ni de piedra tenaz o hierro duro
Los divinos magníficos humanos.
De algo más torpe son: jaulas de carne
Son hoy los hombres, de los vientos crueles
Por mantos de oro y púrpura amparados,
Y de la jaula en lo interior, un negro
Insecto de ojos ávidos y boca
Ancha y febril, retoza, come, ríe!
Muerte! el crimen fue bueno: guarda, guarda
En la tierra inmortal tu presa noble!
José Martí
Astro Puro
De paso por la tierra, como un manto
De oro sintió sobre sus huesos tibios
El polvo de la tumba; al sol radiante
Resucitó gozoso, vivió un día,
Y se volvió a morir,son estos versos:
Alma piadosa que a mi tumba llamas
Y cual la blanca luz de astros de enero,
Por el palacio de mi pecho en ruinas
Entrase, irradias, y los restos fríos
De los que en él voraces habitaron
Truecas, ¡oh maga!, en cándidas palomas:
Espíritu, pureza, luz, ternura,
Ave sin pies que el ruido humano espanta,
Señora de la negra cabellera,
El verso muerto a tu presencia surge
Como a las dulces horas del rocío
En el oscuro mar el sol dorado.
Y álzase por el aire cuanto existe
Cual su manto, en el vuelo recogiendo,
Y a ti llega, y se postra y por la tierra
En colosales pliegues [ ..........En blanco, en el original.............. ]
Con majestad de púrpura romana.
Besé tus pies,te vi pasar: Señora.
Perfume y luz tiene por fin la tierra!
El verso aquel que a dentelladas duras
La vida diaria y ruin me remordía
Y en ásperos retazos, de mis secos
Y codiciosos labios se exhalaba,
Ora triunfante y melodioso bulle,
Y como ola del mar al sol sereno,
Bajo el espacio azul rueda en espuma:
Oh mago, oh mago amor!
Ya compañía
Tengo para [a]frontar la vida eterna:
Para la hora de la luz, la hora
De reposo y de flor, ya tengo cita.
Esto diciendo, los abiertos brazos
Tendió el cantor como a abrazar. El vivo
Amor que su viril estrofa mueve
Sólo duró lo que su estrofa dura:
Alma infeliz el alma ardiente, aquella
En que el ascua más leve alza un incendio
[ ..........En blanco, en el original.............. ] y el sueño
Que vio esplendor, y quiso así, hundiose
Como un águila muerta. El ígneo, el [ ..........En blanco, en el original.............. ]
Calló, brilló, volvió solo a su tumba.
José Martí
He Vivido: Me He Muerto
Fosa sigo viviendo: una armadura
Del hierro montaraz del siglo octavo.
Menos, sí, menos que mi rostro pesa.
Al cráneo inquieto lo mantengo fijo
Porque al rodar por tierra, el mar de llanto
[ ..........verso inacabado.............. ] no asombre.
Quejarme, no me quejo: es de lacayos
Quejarse, y de menores, y de damas,
Y de aprendices de la trova, manos
Nuevas en liras viejas: Pero vivo
Cual si mi ser entero en un agudo
Desgarrador sollozo, se exhalara.
De tierra, a cada sol mis restos propios
Recojo, presto los apilo a rastras,
A la implacable luz y a los voraces
Hombres, cual si vivieran los paseo:
Mas si frente a la luz me fuese dado
Como en la sombra do duermo, al polvo
Mis disfraces echar, viérase súbito
Un cuerpo sin calor venir a tierra
Tal como un monte muerto que en sus propias
Inanimadas faldas se derrumba.
He vivido: al deber juré mis armas
Y ni una vez el sol dobló las cuestas
Sin que mi lidia y mi victoria viere:
Ni hablar, ni ver, ni pensar yo quisiera!
Cruzados ambos brazos como en nube
Parda, en mortal sosiego me hundiría.
De noche, cuando al sueño a sus soldados
En el negro cuartel llama la vida,
La espalda vuelvo a cuanto vive: al muro
La frente doy, y como jugo y copia
De mis batallas en la tierra miro
La rubia cabellera de una niña
Y la cabeza blanca de un anciano!
José Martí
El Padre Suizo
LITTLE ROCK, ARKANSAS, SEPTIEMBRE 1.
«El miércoles por la noche, cerca de París, condado
de Logan, un suizo, llamado Edward Schwerzmann,
llevó a sus tres hijos, de dieciocho meses el uno, y cuatro
y cinco años los otros, al borde de un pozo y los echó en
el pozo, y él se echó tras ellos. Dicen que Schwerzmann
obró en un momento de locura.»
Telegrama publicado en Nueva York.
Dicen que un suizo, de cabello rubio
Y ojos secos y cóncavos, mirando
Con desolado amor a sus tres hijos,
Besó sus pies, sus manos, sus delgadas,
Secas, enfermas, amarillas manos;
Y súbito, tremendo, cual airado
Tigre que al cazador sus hijos roba,
Dio con los tres, y con sí mismo luego,
En hondo pozo ¡y los robó a la vida!
Dicen que el bosque iluminó radiante
Una rojiza luz, y que a la boca
Del pozo oscuro sueltos los cabellos,
Cual corona de llamas que al monarca
Doloroso, al humano, sólo al borde
Del antro funeral la sien desciñe,
La mano ruda a un tronco seco asida,
Contra el pecho huesoso, que sus uñas
Mismas sajaron, los hijuelos mudos
Por su brazo sujetos, como en noche
De tempestad las aves en su nido,
El alma a Dios, los ojos a la selva,
Retaba el suizo al cielo, y en su torno
Pareció que la tierra iluminaba
Luz de héroe, ¡y que el reino de la sombra
La muerte de un gigante estremecía!
¡Padre sublime, espíritu supremo
Que por salvar los delicados hombros
De sus hijuelos, de la carga dura
De la vida sin fe, sin patria, torva
Vida sin fin seguro y cauce abierto,
Sobre sus hombros colosales puso
De su crimen feroz la carga horrenda!
¡Los árboles temblaban, y en su pecho
Huesoso, los seis ojos espantados
De los pálidos niños, seis estrellas
Para guiar al padre iluminadas,
Por el reino del crimen, parecían!
¡Ve, bravo! ¡Ve, gigante! ¡Ve, amoroso
Loco! ¡y las venenosas zarzas pisa
Que roen como tósigos las plantas
Del criminal, en el dominio lóbrego
Donde andan sin cesar los asesinos!
¡Ve! ¡que las seis estrellas luminosas
Te seguirán, y te guiarán, y ayuda
A tus hombros darán cuantos hubieren
Bebido el vino amargo de la vida!
José Martí
Canto De Otoño
A mis umbrales: cautelosa viene,
Porque sus llantos y su amor no apronten
En mi defensa, cuando lejos viven
Padres e hijo.Al retornar ceñudo
De mi estéril labor, triste y oscura,
Con que a mi casa del invierno abrigo,
De pie sobre las hojas amarillas,
En la mano fatal la flor del sueño,
La negra toca en alas rematada,
Ávido el rostro, trémulo la miro
Cada tarde aguardándome a mi puerta
En mi hijo pienso, y de la dama oscura
Huyo sin fuerzas devorado el pecho
De un frenético amor! Mujer más bella
No hay que la Muerte!: por un beso suyo
Bosques espesos de laureles varios,
Y las adelfas del amor, y el gozo
De remembrarme mis niñeces diera!
...Pienso en aquél a quien el amor culpable
Trajo a vivir, y, sollozando, esquivo
De mi amada los brazos: mas ya gozo
De la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adiós: quien va a morir, va muerto.
Oh, duelos con la sombra: oh, pobladores
Ocultos del espacio: oh formidables
Gigantes que a los vivos azorados
Mueren, dirigen, postran, precipitan!
Oh, cónclave de jueces, blandos sólo
A la virtud, que nube tenebrosa,
En grueso manto de oro recogidos,
Y duros como peña, aguardan torvos
A que al volver de la batalla rindan
Como el frutal sus frutos
De sus obras de paz los hombres cuenta,
¡De sus divinas alas!... de los nuevos
Árboles que sembraron, de las tristes
Lágrimas que enjugaron, de las fosas
Que a los tigres y víboras abrieron,
Y de las fortalezas eminentes
Que al amor de los hombres levantaron!
¡Esta es la dama, el Rey, la patria, el premio
Apetecido, la arrogante mora
Que a su brusco señor cautiva espera
Llorando en la desierta espera barbacana!:
Éste el santo Salem, éste el Sepulcro
De los hombres modernos:no se vierta
Más sangre que la propia! No se bata
Sino al que odia el amor! Únjase presto
Soldados del amor los hombres todos!:
La tierra entera marcha a la conquista
De este Rey y señor, que guarda el cielo!
...Viles: el que es traidor a sus deberes,
Muere como traidor, del golpe propio
De su arma ociosa el pecho atravesado!
¡Ved que no acaba el drama de la vida
En esta parte oscura! ¡Ved que luego
Tras la losa de mármol o la blanda
Cortina de humo y césped se reanuda
El drama portentoso! ¡y ved, oh viles,
Que los buenos, los tristes, los burlados,
Serán en la otra parte burladores!
Otros de lirio y sangre se alimenten:
¡Yo no! ¡yo no! Los lóbregos espacios
Rasgué desde mi infancia con los tristes
Penetradores ojos: el misterio
En una hora feliz de sueño acaso
De los jueces así, y amé la vida
Porque del doloroso mal me salva
De volverla a vivi. Alegremente
El peso eché del infortunio al hombro:
Porque el que en huelga y regocijo vive
Y huye el dolor, y esquiva las sabrosas
Penas de la virtud, irá confuso
Del frío y torvo juez a la sentencia,
Cual soldado cobarde que en herrumbre
Dejó las nobles armas; ¡y los jueces
No en su dosel lo ampararán, no en brazos
Lo encumbrarán, mas lo echarán altivos
A odiar, a amar y batallar de nuevo
En la fogosa y sofocante arena!
¡Oh! ¿qué mortal que se asomó a la vida
Vivir de nuevo quiere?...
Puede ansiosa
La Muerte, pues, de pie en las hojas secas,
Esperarme a mi umbral con cada turbia
Tarde de otoño, y silenciosa puede
Irme tejiendo con helados copos
Mi manto funeral.
No di al olvido
Las armas del amor: no de otra púrpura
Vestí que de mi sangre.
Abre los brazos, listo estoy, madre Muerte:
Al juez me lleva!
Hijo!...Qué imagen miro? qué llorosa
Visión rompe la sombra, y blandamente
Como con luz de estrella la ilumina?
Hijo!... qué me demandan tus abiertos
Brazos? a qué descubres tu afligido
Pecho? Por qué me muestran tus desnudos
Pies, aún no heridos, y las blancas manos
Vuelves a mí?
Cesa! calla! reposa! Vive: el padre
No ha de morir hasta que la ardua lucha
Rico de todas armas lance al hijo!
Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas
De los abrazos de la muerte oscura
Y de su manto funeral me libren!
Juan Luis Panero
Luis Cernuda
en Sevilla, años después, en una extraña primavera,
en Londres, repitiendo tantas veces
el sonido de tu voz, el roce de tu mano.
En New York, mirando caer la nieve
junto a aquel cuerpo que tanto quise,
y en México, bajo la lluvia, frente a la piedra rajada,
que nada guarda sino tu nombre y la ceniza de un recuerdo,
has estado conmigo, fantasma de un fantasma.
Y esta tarde de Roma en la casa en que muriera Keats,
bajo la luz transparente de principios de otoño,
he vuelto a sentir, casi un temblor, tu presencia,
la terca pasión de tu memoria,
algo remoto y familiar como tu fotografía.
Que esa presencia, esa memoria me acompañen
hasta el día en que sean reflejo fiel,
testimonio inútil de un sueño derrotado
y una mano cierre mis ojos para siempre.