Poemas en este tema
Muerte y Luto
José Antonio Ramos Sucre
Rúnica
RÚNICA
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
492
José Antonio Ramos Sucre
La Espía
LA ESPÍA
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
507
José Antonio Ramos Sucre
El Desesperado
EL DESESPERADO
Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.
Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.
La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.
Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.
Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.
Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.
Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.
He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.
Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.
Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.
La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.
Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.
Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.
Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.
Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.
He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.
461
José Antonio Ramos Sucre
El Castigo
EL CASTIGO
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
530
José Antonio Ramos Sucre
El Rito
EL RITO
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
448
José Antonio Ramos Sucre
Vestigio
VESTIGIO
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
540
José Antonio Ramos Sucre
Geórgica
GEÓRGICA
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
461
José Antonio Ramos Sucre
Entrevisión Del Peregrino
ENTREVISIÓN DEL PEREGRINO
El vendaval riguroso, nacido en el secreto de un
páramo, sacude los árboles encarados al crepúsculo
violáceo. Los sones del viento, flébiles y largos,
recorren la ciudad de las ruinas monumentales, donde el contado
transeúnte desaparece con pasos de muda sombra. El sol esclarece
las cúpulas de las mansiones de ecos profundos.
En los jardines impenetrables, murados de excelsas
paredes, que despiertan la emoción opresiva de un secuestro en
hundido calabozo, prosperan los árboles verdinegros y
piramidales, rezagos de una flora pretérita. A cada paso
algún recinto espacioso brinda su lóbrega soledad, bajo
la guardia de quimeras ornamentales, reliquias de un arte excepcional,
símbolos de una fe desertada.
La rotura de los monumentos revela profanaciones
sucesivas a fuerza de armas, obra de invasores arribados en tumultuosa
caballería, y la despoblación recuenta la visita de las
epidemias errabundas, criadas en lejanas riberas inundadas, en el seno
de los pantanos cálidos.
Aves engrifadas, de hábitos sanguinarios,
cortejo de ejércitos, celebran el estrago, y describen en la
atmósfera letal, antes de caer sobre la presa, vuelos
arremolinados en forma de embudo. Columbran, tangente al horizonte, la
última cinta de la luz execrada, y su conjunto movedizo, encima
de los pórticos maltratados, desordena la noche estancada.
El vendaval riguroso, nacido en el secreto de un
páramo, sacude los árboles encarados al crepúsculo
violáceo. Los sones del viento, flébiles y largos,
recorren la ciudad de las ruinas monumentales, donde el contado
transeúnte desaparece con pasos de muda sombra. El sol esclarece
las cúpulas de las mansiones de ecos profundos.
En los jardines impenetrables, murados de excelsas
paredes, que despiertan la emoción opresiva de un secuestro en
hundido calabozo, prosperan los árboles verdinegros y
piramidales, rezagos de una flora pretérita. A cada paso
algún recinto espacioso brinda su lóbrega soledad, bajo
la guardia de quimeras ornamentales, reliquias de un arte excepcional,
símbolos de una fe desertada.
La rotura de los monumentos revela profanaciones
sucesivas a fuerza de armas, obra de invasores arribados en tumultuosa
caballería, y la despoblación recuenta la visita de las
epidemias errabundas, criadas en lejanas riberas inundadas, en el seno
de los pantanos cálidos.
Aves engrifadas, de hábitos sanguinarios,
cortejo de ejércitos, celebran el estrago, y describen en la
atmósfera letal, antes de caer sobre la presa, vuelos
arremolinados en forma de embudo. Columbran, tangente al horizonte, la
última cinta de la luz execrada, y su conjunto movedizo, encima
de los pórticos maltratados, desordena la noche estancada.
456
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
452
José Antonio Ramos Sucre
Sueño
SUEÑO
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
537
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Del Maldito
LA VIDA DEL MALDITO
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
688
José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
469
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
485
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
559
José Antonio Ramos Sucre
La Balada Del Transeúnte
LA BALADA DEL TRANSEÚNTE
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
434
José Antonio Ramos Sucre
La Hija De Valdemar
LA HIJA DE VALDEMAR
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
466
José Antonio Ramos Sucre
El Retorno
EL RETORNO
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
586
José Antonio Ramos Sucre
Duelo De Arrabal
DUELO DE ARRABAL
En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.
Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.
Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.
En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.
Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.
Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.
474
José Antonio Ramos Sucre
Discurso Del Contemplativo
DISCURSO DEL CONTEMPLATIVO
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
433
José Antonio Ramos Sucre
El Familiar
EL FAMILIAR
Los campesinos se retraían de señalar el curso del
tiempo. Empezaban, con el día, las faenas de la tierra y se
juntaban y citaban prendiendo una hoguera en el campo raso.
Yo distinguía desde mi balcón, retiro
para el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre la
raya del horizonte.
Disfrutaba, después de mi juventud
intemperante, el sosiego de una ciudad extinta.
El arco iris, joya de la celeste fragua, era diadema
perpetua de su monte.
Yo recorría sus avenidas, percibiendo el
desconsuelo del ciprés y del mármol. Cavilaba en sus
plazas opacas y húmedas, esteradas de hojas. Adivinaba, en el
espejo de sus estanques y de sus fuentes, cabelleras profusas velando
desnudos cuerpos fluidos.
Yo defendía el reposo del agua. La oí
cantar, en cierta ocasión, una escala de lamentos al sentirse
herida por la rama desprendida de un árbol.
Miraba una vez las imágenes voluptuosas,
cuando sentí sobre el hombro izquierdo el contacto de una mano
fría, adunca. El importuno me interpelaba, al mismo tiempo, con
una voz honda, bronca.
El estanque de mi contemplación se
había mudado en un abismo.
Desde entonces me siguió aquel hombre
imperioso. No osaba verle de frente, su cuerpo alto y desarticulado
prometía un rostro demasiado irregular. Bajo sus pasos resonaba
hondo el suelo de la calle. Pisaba arrastrando zapatos desmesurados.
Provocaba, al pasar, el ladrido de los perros supersticiosos.
No puedo recordar el tema de su conversación.
Sus ideas eran vagas, referentes a edad olvidada. Una vez solo, me
esforzaba inútilmente dando sentido y contorno a sus palabras
molestas.
Los habitantes de mi ciudad, capital de un reino
abolido, empezaron a hablar de espantajos y maravillas. Notaban la fuga
de formas equívocas al despertar del sueño matinal.
Insistían en el resentimiento de los antiguos
reyes, olvidados en su catacumba.
Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados de
vegetación menuda, donde la luz y el aire divertían con
variaciones de terciopelo verde.
Yo me junté a la caterva de jóvenes
animosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio de
increpaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamos
entrar. Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantó
resueltamente.
Volvió en compañía de los reyes
y de los héroes incorporados de su urna de piedra.
Estábamos mudos de terror.
Observé entonces, por primera vez, su faz
enjuta, blanquiza, de cal.
Acerté con su origen espantoso.
Había desertado de entre los muertos.
Los campesinos se retraían de señalar el curso del
tiempo. Empezaban, con el día, las faenas de la tierra y se
juntaban y citaban prendiendo una hoguera en el campo raso.
Yo distinguía desde mi balcón, retiro
para el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre la
raya del horizonte.
Disfrutaba, después de mi juventud
intemperante, el sosiego de una ciudad extinta.
El arco iris, joya de la celeste fragua, era diadema
perpetua de su monte.
Yo recorría sus avenidas, percibiendo el
desconsuelo del ciprés y del mármol. Cavilaba en sus
plazas opacas y húmedas, esteradas de hojas. Adivinaba, en el
espejo de sus estanques y de sus fuentes, cabelleras profusas velando
desnudos cuerpos fluidos.
Yo defendía el reposo del agua. La oí
cantar, en cierta ocasión, una escala de lamentos al sentirse
herida por la rama desprendida de un árbol.
Miraba una vez las imágenes voluptuosas,
cuando sentí sobre el hombro izquierdo el contacto de una mano
fría, adunca. El importuno me interpelaba, al mismo tiempo, con
una voz honda, bronca.
El estanque de mi contemplación se
había mudado en un abismo.
Desde entonces me siguió aquel hombre
imperioso. No osaba verle de frente, su cuerpo alto y desarticulado
prometía un rostro demasiado irregular. Bajo sus pasos resonaba
hondo el suelo de la calle. Pisaba arrastrando zapatos desmesurados.
Provocaba, al pasar, el ladrido de los perros supersticiosos.
No puedo recordar el tema de su conversación.
Sus ideas eran vagas, referentes a edad olvidada. Una vez solo, me
esforzaba inútilmente dando sentido y contorno a sus palabras
molestas.
Los habitantes de mi ciudad, capital de un reino
abolido, empezaron a hablar de espantajos y maravillas. Notaban la fuga
de formas equívocas al despertar del sueño matinal.
Insistían en el resentimiento de los antiguos
reyes, olvidados en su catacumba.
Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados de
vegetación menuda, donde la luz y el aire divertían con
variaciones de terciopelo verde.
Yo me junté a la caterva de jóvenes
animosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio de
increpaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamos
entrar. Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantó
resueltamente.
Volvió en compañía de los reyes
y de los héroes incorporados de su urna de piedra.
Estábamos mudos de terror.
Observé entonces, por primera vez, su faz
enjuta, blanquiza, de cal.
Acerté con su origen espantoso.
Había desertado de entre los muertos.
701
Juan Ramón Jiménez
La Muerte Bella
¿Que me vas a doler, muerte?
¿Es que no duele la vida?
¿Porqué he de ser más osado
para el vivir esterior
que para el hondo morir?
La tierra ¿qué es que no el aire?
¿Porqué nos ha de asfixiar,
porqué nos ha de cegar,
porqué nos ha de aplastar,
porqué nos ha de callar?
¿Porqué morir ha de ser
lo que decimos morir,
y vivir sólo vivir,
lo que callamos vivir?
¿Porqué el morir verdadero
(lo que callamos morir)
no ha de ser dulce y suave
como el vivir verdadero
(lo que decimos vivir?)
¿Es que no duele la vida?
¿Porqué he de ser más osado
para el vivir esterior
que para el hondo morir?
La tierra ¿qué es que no el aire?
¿Porqué nos ha de asfixiar,
porqué nos ha de cegar,
porqué nos ha de aplastar,
porqué nos ha de callar?
¿Porqué morir ha de ser
lo que decimos morir,
y vivir sólo vivir,
lo que callamos vivir?
¿Porqué el morir verdadero
(lo que callamos morir)
no ha de ser dulce y suave
como el vivir verdadero
(lo que decimos vivir?)
989
Juan Ramón Jiménez
Siesta De La Tormenta
Murió, como un niño, el hijo
de tu loco corazón
y mi loco corazón.
(¡Ay nuestro amor!)
No sé si ríes o lloras
mirando muerto tu amor,
mirando muerto mi amor.
(¡Ay nuestro amor!)
Yo siento como si muertos
estuviéramos tú y yo,
estuviéramos los dos.
de tu loco corazón
y mi loco corazón.
(¡Ay nuestro amor!)
No sé si ríes o lloras
mirando muerto tu amor,
mirando muerto mi amor.
(¡Ay nuestro amor!)
Yo siento como si muertos
estuviéramos tú y yo,
estuviéramos los dos.
631
Juan Ramón Jiménez
Cancioncillas Espirituales La Noche
El dormir es como un puente
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.
546
Juan Ramón Jiménez
Ese Día, Ese Día
¡Ese día, ese día
en que yo mire el mar —los dos tranquilos—,
confiado a él; toda mi alma
—vaciada ya por mí en la Obra plena—
segura para siempre, como un árbol grande,
en la costa del mundo;
con la seguridad de copa y de raíz
del gran trabajo hecho!
—¡Ese día, en que sea
navegar descansar, porque haya yo
trabajado en mí tanto, tanto, tanto!
¡Ese día, ese día
en que la muerte —¡negras olas!— ya no me corteje
—y yo sonría ya, sin fin, a todo—,
porque sea tan poco, huesos míos,
lo que le haya dejado yo de mí!
en que yo mire el mar —los dos tranquilos—,
confiado a él; toda mi alma
—vaciada ya por mí en la Obra plena—
segura para siempre, como un árbol grande,
en la costa del mundo;
con la seguridad de copa y de raíz
del gran trabajo hecho!
—¡Ese día, en que sea
navegar descansar, porque haya yo
trabajado en mí tanto, tanto, tanto!
¡Ese día, ese día
en que la muerte —¡negras olas!— ya no me corteje
—y yo sonría ya, sin fin, a todo—,
porque sea tan poco, huesos míos,
lo que le haya dejado yo de mí!
657