Poemas en este tema
Muerte y Luto
Jaime Sabines
Soy Mi Cuerpo
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me
dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las
cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme
encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos
papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi
soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no
me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan
de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta
el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las
cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme
encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos
papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi
soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no
me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan
de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta
el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
592
Jaime Sabines
Tía Chofi
Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.
¡Te siento tan desamparada,
tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quien te dé un pan!
Me aflige pensar que estás bajo la tierra
tan fría de Berriozábal,
sola, sola, terriblemente sola,
como para morirse llorando.
Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,
que más vale callar,
¿pero qué quieres que haga
si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?
Ah, jorobada, tía Chofi,
me gustaría que cantaras
o que contaras el cuento de tus enamorados.
Los campesinos que te enterraron sólo tenían
tragos y cigarros,
y yo no tengo más.
Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos. Pedías para dar, desvalida.
Y no tenías el gesto agrio de las solteronas
porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
y eras la misma cosa siempre.
Fácil, como las flores del campo
con que las vecinas regaron tu ataúd,
nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.
Sofía, virgen, antigua, consagrada,
debieron enterrarte de blanco
en tus nupcias definitivas.
Tú que no conociste caricia de hombre
y que desjaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,
tú, casta, limpia, sellada,
debiste llevar azahares tu último día.
Exijo que los ángeles te tomen
y te conduzcan a la morada de los limpios.
Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,
que la muerte recoja tu cabeza blandamente
y que cierre tus ojos con cuidados de madre
mientras entona cantos interminables.
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
pero en las mañanas, en la respiración del buey,
en el temblor de las plantas,
en la mansedumbre de los arroyos,
en la nostalgia de las ciudades,
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.
Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,
con una cruz pequeña sobre tu tierra,
estás bien allí, bajo los pájaros del monte,
y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.
¡Te siento tan desamparada,
tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quien te dé un pan!
Me aflige pensar que estás bajo la tierra
tan fría de Berriozábal,
sola, sola, terriblemente sola,
como para morirse llorando.
Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,
que más vale callar,
¿pero qué quieres que haga
si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?
Ah, jorobada, tía Chofi,
me gustaría que cantaras
o que contaras el cuento de tus enamorados.
Los campesinos que te enterraron sólo tenían
tragos y cigarros,
y yo no tengo más.
Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos. Pedías para dar, desvalida.
Y no tenías el gesto agrio de las solteronas
porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
y eras la misma cosa siempre.
Fácil, como las flores del campo
con que las vecinas regaron tu ataúd,
nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.
Sofía, virgen, antigua, consagrada,
debieron enterrarte de blanco
en tus nupcias definitivas.
Tú que no conociste caricia de hombre
y que desjaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,
tú, casta, limpia, sellada,
debiste llevar azahares tu último día.
Exijo que los ángeles te tomen
y te conduzcan a la morada de los limpios.
Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,
que la muerte recoja tu cabeza blandamente
y que cierre tus ojos con cuidados de madre
mientras entona cantos interminables.
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
pero en las mañanas, en la respiración del buey,
en el temblor de las plantas,
en la mansedumbre de los arroyos,
en la nostalgia de las ciudades,
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.
Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,
con una cruz pequeña sobre tu tierra,
estás bien allí, bajo los pájaros del monte,
y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.
1.043
Jaime Sabines
Yo No Lo Sé De Cierto
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
586
José Antonio Ramos Sucre
Omega
OMEGA
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
641
José Antonio Ramos Sucre
El Tejedor De Mimbres
EL TEJEDOR DE MIMBRES
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
497
José Antonio Ramos Sucre
El Caballero Del Lucero
EL CABALLERO DEL LUCERO
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
488
José Antonio Ramos Sucre
El Extranjero
EL EXTRANJERO
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
413
José Antonio Ramos Sucre
De Profundis
DE PROFUNDIS
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
479
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
LA ZARZA DE LOS MÉDANOS
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
445
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia
LA PRESENCIA
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
449
José Antonio Ramos Sucre
Los Lazos De La Quimera
LOS LAZOS DE LA QUIMERA
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
443
José Antonio Ramos Sucre
La Alianza
LA ALIANZA
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
564
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
490
José Antonio Ramos Sucre
El Duelo
EL DUELO
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
487
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
512
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
479
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
830
José Antonio Ramos Sucre
El Cirujano
EL CIRUJANO
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
505
José Antonio Ramos Sucre
Lucía
LUCÍA
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
479
José Antonio Ramos Sucre
El Valle Del Éxtasis
EL VALLE DEL ÉXTASIS
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
446
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
449
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
648
José Antonio Ramos Sucre
Bajo El Velamen De Púrpura
BAJO EL VELAMEN DE PÚRPURA
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
464
José Antonio Ramos Sucre
El Malcasado
EL MALCASADO
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
455