Muerte y Luto
Julián del Casal
Post Umbra
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
Julián del Casal
A Los Estudiantes
Doblasteis en la tierra vuestras frentes,
Como en los campos llenos de simientes
Palmas que troncha tempestad bravía.
Aún vagan en la atmósfera sombría
Vuestros últimos gritos inocentes,
Mezclados a los golpes estridentes
Del látigo que suena todavía.
¡Dormid en paz los sueños postrimeros
En el seno profundo de la nada,
Que nadie ha de venir a perturbaros;
Los que ayer no supieron defenderos
Sólo pueden, con alma resignada,
Soportar la vergüenza de lloraros!
Julián del Casal
El Anhelo De Una Rosa
A Manuel de la Cruz
Yo era la rosa que, en el prado ameno,
Abrí mi cáliz de encendida grana,
Donde vertió sus perlas la mañana,
Como en un cofre de perfumes lleno.
Del lago azul en el cristal sereno
Vi mi corola retratarse ufana,
Como ante fina luna veneciana
Ve una hermosura su marmóreo seno.
Teniendo que morir, porque el destino
Hizo que breve mi existencia fuera,
Arrojándome al polvo del camino;
Anhelo estar en mi hora postrimera,
Prendida en algún seno alabastrino
O en los rizos de oscura cabellera.
Julián del Casal
El Eco
—¿Cuándo cesará el dolor
Que me oprime noche y día?
—¡Nunca!—el eco respondió.
—¿Cómo viviré más tiempo,
En tan cruel opresión,
Cual un muerto en su sudario?
—¡Solo!—el eco respondió.
—¡Gracias, oh suerte severa!
¿Cómo de mi corazón
Acallaré los gemidos?
—¡Muere!—el eco respondió.
Julián del Casal
La Nube
De su jardín solitario,
Se baña la fiel sultana
De hermoso cuerpo rosáceo.
Ya no ocultan finas telas
De su seno los encantos,
Ni la red de hilos de oro
Sus cabellos destrenzados.
El sultán que la contempla,
Tras los vidrios del serrallo,
Dice: —«El eunuco vigila,
Yo solo la veo en el baño».
—«Yo también, —dice una nube
Que cruza el azul espacio—,
Veo su cuerpo desnudo
De mil perlas inundado».
Pálido Achmed, cual la Luna,
Toma el puñal en su mano
Y mata a la favorita...
Cuando la nube ha volado.
Julián del Casal
Amor En El Claustro
Que, en el altar del templo solitario,
Arden, vertiendo en las oscuras naves
Pálida luz que, con fulgor escaso,
Brilla y se extingue entre la densa sombra;
En medio de esa paz y de ese santo
Recogimiento que hasta el alma llega;
Allí, do acude el corazón llagado
A sanar sus heridas; do renace
La muerta fe de los primeros años;
Allí, do un Cristo con amor extiende
Desde la cruz al pecador sus brazos;
De fervorosa devoción henchida,
El níveo rostro en lágrimas bañado,
La vi postrada ante el altar, de hinojos,
Clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
Adivinar dejaba los encantos,
Como las sombras de ondulante nube
De blanca luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
Conservaban aún el sonrosado
Tinte que ostentan las camelias blancas,
Al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
De las fragantes flores del naranjo,
Y, en actitud angélica, elevaba
Hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
Torre del gigantesco campanario,
Puebla el aire de acordes vibraciones,
Hiriendo el duro bronce, acompasado,
Para anunciar la misteriosa hora
De medianoche a los mortales; cuando
Las castas hijas del Señor reposan
En apacible sueño; y, solitario,
Pavor infunde al ánimo atrevido,
Con su imponente gravedad el claustro;
Ella entonces las naves atraviesa
Envuelta en negro, vaporoso manto,
Y se prosterna, con fervor ardiente,
Ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
Perdón para sus culpas? ¿Será acaso
Que, en pugna lo divino y lo terreno
En su alma virginal, triunfa, del santo
Amor a que la ardiente fe la inclina,
El terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
Del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
Deja escapar de sus divinos labios
Esta plegaria que a los cielos sube
Bajo las formas de armonioso canto:
—«Cuando el aura de amor embalsamaba
De mi vida las quince primaveras
Y, en mi mente febril, revoloteaba
Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
»Cuando la juventud y la ventura
Me prodigaban sus mejores dones,
Y al poder de mi angélica hermosura
Vi doblegarse altivos corazones;
»Cuando del mundo en el sendero, hollaba
Blandas alfombras de fragantes flores,
Y mi virgínea frente coronaba
La diadema inmortal de los amores;
»La muerte arrebató con saña impía
Aquel que, de la vida en los vergeles,
Al conquistar mi corazón un día
Conquistaba del arte los laureles.
»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,
Te consagré la flor de mi inocencia,
Y abismada en tu amor santo y profundo
En ti busqué la paz de la existencia.
»Mas como alterna con la noche el día
Y con las tempestades la bonanza,
¡Oh Dios! alterna así en el alma mía
Con tu amor otro amor sin esperanza.
»En el día, en la noche, a cada hora
La imagen de ese amor se me presenta,
Como brillante resplandor de aurora
En mi sombría noche de tormenta.
»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto
Revestida a mis ojos aparece,
Que anubla mis pupilas triste llanto
Si alguna vez en sombras desparece.
»Haz que ese ardiente amor que me cautiva
Muera en mi corazón ¡Dios soberano!
Y que sólo en mi alma tu amor viva
Sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
Por sus blancas mejillas resbalaron,
Cual resbalan las gotas de rocío
Por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
Las sombras del olvido disipando,
Hacen surgir, esplendorosa y bella,
La imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
Al altar que sostiene al Cristo santo,
Aun a través del mismo crucifijo
Aparece la imagen de su amado.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ix
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.
Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;
cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,
entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
—en una muerte pura— la existencia.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Vii
con que me ciñe el luto en que te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se condensa.
No es el olvido. Es una paz más tensa,
una fe de acertar en lo que ignoro;
algo -tal vez- como una voz que piensa
y que se aísla en la unidad de un coro.
Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
viva, cuando te hablé, ni la que al fino
metal del eco ajustará en su engaste,
sino la voz de un ser que aún no existe
y al que habré de llegar por el camino
que con morir tan sólo me enseñaste.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Vi
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.
Sombra de tu cadáver inexperto,
sombra de tu alma aún poco habituada
a esa luz ulterior a la que he abierto
otra ventana en mí, sobre otra nada...
Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.
Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.
Jaime Torres Bodet
Continuidad V
margen visible de invisible río;
lo que en estos momentos nos separa
es otro litoral, aun más sombrío.
Litoral de la vida. Tierra avara
en cuyo negro polvo ávido y frío,
del naufragio que en ti me desampara
inútilmente busco un resto mío.
Es tu presencia en mí la que me impide
recuperar la realidad que tuve
sólo en tu corazón, cuando latía.
Por eso la existencia nos divide
tanto más cuanto más tiempo en mi alma sube
la vida en que tu muerte se confía.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Iv
todo —fuera de mí— te transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno espera,
vas más de prisa que mi desventura.
Del árbol que cubrió tu sepultura
quisiera ser raíz, para que fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y segura.
Pero en la soledad que nos circunda
ella te enlaza, te defiende, te ama,
mientras que yo tan sólo te recuerdo.
Y, al comparar su terquedad fecunda
con la impaciencia en que mi amor te llama,
siento por vez primera que te pierdo.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ii
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.
Me toco... Y eres tú la que me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente;
ella quien, con mis lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevives; yo, el ausente.
Me toco... Y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.
Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.
Jaime Torres Bodet
Nocturno Iv
nada es mi ser y nada mi sentido
y, muerto, no seré más que —al oído—
un roce de hojas muertas en el viento...
A nada me negué. De nada exento
—pasión, fiebre o virtud— he persistido,
y de esa misma nada envejecido
sombra de sombras es mi pensamiento.
Pero si nada di, nada he pedido
y, si de nada soy, a nada intento:
espectador no más de lo que he sido.
Como inventé el nacer, la muerte invento
y, sin otro epitafio que el olvido,
a la nada me erijo en monumento.
Jaime Torres Bodet
Regreso Iv
que siquiera da paso a la agonía,
¡ay! entra, muerte, en mí, como la guía
de la hiedra que el sol prende en la losa.
Abre —¡aunque sea así!— la última rosa
en que tu fuerza adulta se extasía,
ansia de ya no ser, llama tan fría
que a su lado la luz parece umbrosa.
Rompe la plenitud, la simetría,
el basalto en que acaba toda cosa
que dura más de lo que tarda el día;
y, arrancándome al tedio que me acosa,
envuélveme en tu vértigo, alegría,
¡afirmación total, muerte dichosa!
Jaime Torres Bodet
Regreso Ii
suspiro
interrumpo al hablar? ¿A quién despojo
del recobrado cuerpo en que me alojo?
¿Quién mira, con mis ojos, lo que miro?
La luz que palpo, el aire que respiro,
el peso del silencio que recojo,
todo me opone un íntimo cerrojo
y me declara intruso en mi retiro.
En vano el pie que avanzo coincide
con la huella del pie que hundió en la arena
el invisible igual que sustituyo;
pues lo que el alma, al regresar, me pide
no es duplicarse en cuanto me enajena
¡sino ser otra vez lo que destruyo!
Jaime Torres Bodet
Regreso Iii
recuerdo el filo de la voz bisela,
eco, responde sin palabra. Y vela
porque en tu ausencia al menos esté vivo...
Del mármol con que el ocio me encarcela
quiero en vano extraer un brazo esquivo
hacia ese blando mundo infinitivo
en que todo está aún y todo vuela.
Estatua soy donde caí torrente,
donde canto pasé, silencio duro
y, donde llama ardí, ceniza esparzo.
Nada me afirma y nada me desmiente.
Sólo tu golpe, corazón oscuro,
a fuerza de latir agrieta el cuarzo.
Jaime Torres Bodet
Bajamar
—bajamar de los últimos ocasos—
se distinguen mejor sombras y pasos
sobre esta playa en que a morir aprendo.
Acaba el sol por declinar. Los rasos
de la luz se desgarran sin estruendo
y del azul que ha ido enmudeciendo
afloran ruinas de horas en pedazos.
Ese que toco, desmembrado leño,
un día fue timón del barco erguido.
que por piélagos diáfanos conduje.
En aquel mástil desplegué un ensueño.
Y en estas velas, ay, siento que cruje
todavía la sal de lo vivido.
Jaime Torres Bodet
Sitio
La victoire et la nuit, plus cruelles que nous...
RACINE
Penetro al fin en ti,
mujer desmantelada
que —al terminar el sitio—
ya sólo custodiaban
monótonos tambores
y trémulas estatuas.
Penetro en ti, por fin.
Y, entre la luz delgada
que filtran, por momentos,
estrellas y palabras,
encuentro a cada paso
que doy sobre los fríos
peldaños que conducen
al centro de tu alma
—un cuerpo junto a otro—
cien horas degolladas.
Me inclino... Una por una
las reconozco, a tientas.
Contra una jaula exacta
en ésta, oscuramente,
un ruiseñor estuvo
rompiéndose las alas.
En ésa... No sé ya
lo que en esa existencia
apolillada y blanda
moría o principiaba:
esquivas formas truncas,
presencias instantáneas,
deseos incompletos,
dichas decapitadas.
Y pienso: en mí, vencido
y sobre ti, violada,
¿quién izará banderas
ni colgará guirnaldas?
Mujer, fantasmas eran
tus centinelas mudos;
relámpagos de níquel
sus pálidas espadas;
pero las sordas huestes
con que te rodearan
la noche y mis preguntas
también eran fantasmas,
y las furias que bajan
ahora, hacia la muerte,
rodando por los bruscos
peldaños de tu alma,
ceniza solamente
serán en cuanto calles:
ceniza, polvo y sombra,
fantasma de fantasmas...
Jaime Torres Bodet
En Abril Desamor
vivo ya para el cielo
y —no obstante— en la tierra
de tu corazón, muerto!...
Jaime Sabines
Xxiii
amigo de mi alma,tierno y fuerte,
saca tu cuerpo viejo, viejo mío,
saca tu cuerpo de la muerte.
Saca tu corazón igual que un río,
tu frente limpia en que aprendí a quererte,
tu brazo como un árbol en el frío,
saca todo tu cuerpo de la muerte.
Amo tus canas, tu mentón austero,
tu boca firme, tu mirada abierta,
tu pecho vasto y sólido y certero.
Estoy llamando, tirándote la puerta.
Parece que yo soy el que me muero:
¡padre mío, despierta!
Jaime Sabines
Primera Parte Xii
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.
Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.
Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.
Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.
Jaime Sabines
Doña Luz Xvii
harás calor en el verano,
harás frío en el atardecer.
Volverás a morir otras mil veces.
Florecerás cuando todo florezca.
No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella,
la semilla del viento en el agua,
el esqueleto de las hojas en la tierra.
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,
en el corazón de los árboles la palabra amor.
No somos nada, nadie, madre.
Es inútil vivir
pero es más inútil morir.
Jaime Sabines
Cuando Tengas Ganas De Morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
Jaime Sabines
¡qué Costumbre Tan Salvaje
¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos
alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan
el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la
introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada
tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí
te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados.
Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué
no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de
su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales,
o tirarlos a un río?
Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada,
limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada
día, se levantarían a vivir.