Muerte y Luto
León Felipe
Dame Tu Oscura Hostia
Dame tu oscura hostia, tu último pan...
Un sueño sin retorno y sin recuerdo.
Déjame hundirme en ese pozo negro,
más abajo del limo y de la larva...
Donde la vida es un fantasma verde
que nadie vio jamás.
Luis Cañizal de la Fuente
Corral De Luz Hipnotizada
en el silencio deslumbrado de las cinco:
banderas derrotadas que no besan el polvo
pero dentro contienen personas bocabajo,
humilladas en su estatura modesta
como reyes antiguos que vendieron
el balandrán poluto a los museos.
Pero estos de ahora, y sobre todo éstas,
lavaron muy lavadas sus holgadas mudas
antes de resignarse pecho a tierra,
por si había que recibir a la muerte con decencia.
Y ahí están, en suspenso la respiración:
mandan un sano olor caliente a tonsura labriega.
Luis Cañizal de la Fuente
El Mirar De Los Ojos Isósceles
va cayendo en cadencia de minueto,
que te sientes morir la muerte chica
y nunca acabas de llegar al cielo.
Luis Cañizal de la Fuente
Basse-danse ‘la Magdalena’
son una formulación mental.
Al otro lado sólo cabe el báratro,
el féretro,
la aljaba.
Muge su malhumor. Los cantiles de nubes
arrojan sobre el mar
fanegadas de sombras
anegadas de sombras:
envidiar la maldad.
Luis Cernuda
A Un Poeta Muerto (f g l )
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.
Leve es la parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas.
El odio y destrucción perduran siempre
Sordamente en la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.
Triste sino nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.
La sal de nuestro mundo eras,
Vivo estabas como un rayo de sol,
Y ya es tan sólo tu recuerdo
Quien yerra y pasa, acariciando
El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.
Si tu ángel acude a la memoria,
Sombras son estos hombres
Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables.
Aquí la primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y sólo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento.
Igual todo prosigue,
Como entonces, tan mágico,
Que parece imposible
La sombra en que has caído.
Mas un inmenso afán oculto advierte
Que su ignoto aguijón tan sólo puede
Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,
A quien no basta esculpirse en las olas,
Sino perderse anónima
En los limbos del mar.
Pero antes no sabías
La realidad más honda de este mundo:
El odio, el triste odio de los hombres,
Que en ti señalar quiso
Por el acero horrible su victoria,
Con tu angustia postrera
Bajo la luz tranquila de Granada,
Distante entre cipreses y laureles,
Y entre tus propias gentes
Y por las mismas manos
Que un día servilmente te halagaran.
Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente.
Tenga tu sombra paz,
Busque otros valles,
Un río donde del viento
Se lleve los sonidos entre juncos
Y lirios y el encanto
Tan viejo de las aguas elocuentes,
En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,
Ajeno como ella y tan estéril.
Halle tu gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.
Luis Cernuda
Te Quiero
Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;
Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;
Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.
Luis Cernuda
He Venido Para Ver
Amables como viejas escobas,
He venido para ver las sombras
Que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
En el suelo o en pie indistintamente,
He venido para ver las cosas,
Las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver los mares
Dormidos en cestillo italiano,
He venido para ver las puertas,
El trabajo, los tejados, las virtudes
De color amarillo ya caduco.
He venido para ver la muerte
Y su graciosa red de cazar mariposas,
He venido para esperarte
Con los brazos un tanto en el aire,
He venido no sé por qué;
Un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
A tantas cosas más que amables:
Los amigos de color celeste,
Los días de color variable,
La libertad del color de mis ojos;
Los niñitos de seda tan clara,
Los entierros aburridos como piedras,
La seguridad, ese insecto
Que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.
Luis Antonio de Villena
Me Busqué Y Me Rebusqué A Mí Mismo (heráclito)
¿O no está para ti ya atardecido todo?
Oscuridad que surca las calles y los montes,
olas de un mar frío, bajo filos de luna...
¿Este combate es la vida? ¿La espesura
y la lanza, los ponientes de bruma, el todos
contra todos, mientras pájaros sonríen y silban
las serpientes, rocas granates en un poniente frío?
¡Qué importaría el fin de todo, tan absurdo
y tan bello, como el adolescente que acaba con su vida!
Solo veo sombras y cansancio y muerte.
Sueño con un viaje infinito, un cómodo viaje
en un avión sin ruta, seminconsciente, sin puerto ni motivo...
Contra el odio, se nutre el corazón en lejanía.
Luis Antonio de Villena
Las Rosas
¡Señor, salva a Juan!
He visto deshacerse muchas bellezas;
sería bueno que quedase
una como emblema de nuestro
tiempo, un licor joven
que —contra el uso— no
envejeciera nunca...
Aún es hoy como monda
de naranja, y sonríe,
y un aroma delgado
aún llena el aire...
Pero no, tampoco mi oración
obtuvo respuesta
Luis Antonio de Villena
El Amor Es Deseo De Hermosura
Rebuscar claridades entre piernas y pelo
cual quien codicia gema entre ríos de fango.
Sentir desastre tanto mientras la boca besa,
adorar y reptar sinuoso por cinturas que arden,
helarse en fuego rubio, flamear en desierto tartáreo,
probar que es eso, pero poner
la mano en gélido basalto,
y linguar maravilla mientras se hunden las naves...
¡Han sido tantos los cuerpos, el esplendor, la procela,
el volcán, la esmeralda, tanta consumición para buscar
la luz, que, estragado, el corazón no tiene frontera, subir
aún más,
gastar la vida en ese ígneo ideal, donde dos ojos negros
entrelazan un alma. Y estarse allí, hasta que no haya nada.
Pugnando siempre por asir lo imposible. Querubínico afán
que te asola y exalta, dejando apenas un rocío en los labios...
¿Mereció el vivir? Así
que cuando morimos, descansamos.
Luis Alberto de Cuenca
El Libro De Monelle
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
Luis Alberto de Cuenca
Gudrúnarkvida
Se dispone a sufrir sin una lágrima.
No se golpea el pecho con la manos,
ni gime, ni los ojos se le nublan.
A su lado se sientan sus amigas,
todas muy maquilladas, con modelos
exclusivos y oscuros, lamentando
la muerte de Ricardo entre sollozos,
Carmen está tan triste que no llora.
Tanto dolor le sube a la cabeza
que no sabe qué hacer para alojarlo.
Mientras, María rompe el fuego y dice:
«No sé si va a servirte de consuelo,
pero he sufrido mucho en esta vida.
Mi familia murió en un accidente
de coche, en pleno estado de embriaguez:
mis dos maridos, hijos, hijas, todos.
Me he quedado solísima en el mundo».
Como Carmen seguía sin llorar,
habló Julia, la de ojos transparentes,
y entre lágrimas dijo estas palabras:
«Más he sufrido yo. Mis siete hijos
murieron peleándose entre ellos
y mis padres se ahogaron en la playa
el verano pasado, uno tras otro.
Yo sola preparé los funerales
y encargué las guirnaldas de sus tumbas.
Para mí ya no existe la alegría».
Marta la triste habló, sumida en llanto:
«A mí me odia Fernando, pero teme
quedarse sin dinero si me deja.
Sale con una chica, últimamente,
que no ha cumplido aún los veinte años.
Me obliga a descalzarla cuando viene
y a servirle en la cama el desayuno.
¡No puedo más de fiestas y de drogas
y de esa horrible gente de la noche!»
Pero Carmen no llora. Se levanta,
quita la tela que cubría al muerto,
ve el pelo enmarañado por la sangre,
ve los brillantes ojos apagados,
ve el pecho roto, las mejillas frías,
los labios negros y los pies blanquísimos,
ve el despojo que ayer fuera Ricardo.
Y Carmen ya no puede seguir viendo.
Cae hacia atrás, como si aquello fuese
a desaparecer si no lo mira,
y sus amigas corren a atenderla.
Y cuando su cabeza se refugia
en un cojín que apunta al cielorraso,
no puede evitar Carmen que una lágrima,
una caliente lágrima de amor,
resbale de sus ojos.
Luis Alberto de Cuenca
Pasión, Muerte Y Resurrección De Propercio De Asís
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
José Zorrilla
A La Memoria Desgraciada Del Joven Literato D Mariano José De Larra
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
Julián del Casal
Rondeles
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.
Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Julián del Casal
Ante El Retrato De Juana Samary
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.
Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.
Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.
Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;
Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.
¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!
Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
Julián del Casal
Tras Una Enfermedad
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
Julián del Casal
A Un Crítico
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;
Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.
Mas sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,
Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños.
Julián del Casal
Paisaje Espiritual
Al penetrar en la mundana liza,
Cual la chispa al caer en la ceniza
Pierde el ardor en fugitivo espasmo.
Sumergido en estúpido marasmo
Mi pensamiento atónito agoniza
O, al revivir, mis fuerzas paraliza
Mostrándome en la acción un vil sarcasmo.
Y aunque no endulcen mi infernal tormento
Ni la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia,
Soporto los ultrajes de la suerte,
Porque en mi alma desolada siento,
El hastío glacial de la existencia
Y el horror infinito de la muerte.
Julián del Casal
A Mi Madre
Que murió de dar vida a un desdichado,
Pues salí de tu seno delicado
Como sale una espina de una planta.
Hoy que tu dulce imagen se levanta
Del fondo de mi lóbrego pasado,
El llanto está a mis ojos asomado,
Los sollozos comprimen mi garganta
Y aunque yazgas trocada en polvo yerto,
Sin ofrecerme bienhechor arrimo,
Como quiera que estés siempre te adoro,
Porque me dice el corazón que has muerto
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
Julián del Casal
Elena
En la celeste inmensidad, y alumbra
Del foso en la fatídica penumbra
Cuerpos hendidos por doradas flechas;
Cual humo frío de homicidas mechas
En la atmósfera densa se vislumbra
Vapor disuelto que la brisa encumbra
A las torres de Ilión, escombros hechas.
Envuelta en veste de opalina gasa,
Recamada de oro, desde el monte
De ruinas hacinadas en el llano,
Indiferente a lo que en torno pasa,
Mira Elena hacia el lívido horizonte
Irguiendo un lirio en la rosada mano.
Julián del Casal
Prometeo
Yace el Titán, cual Cristo en el Calvario,
Marmóreo, indiferente y solitario,
Sin que brote el gemido de su boca.
Su pie desnudo en el peñasco toca
Donde agoniza un buitre sanguinario
Que ni atrae su ojo visionario
Ni compasión en su ánimo provoca.
Escuchando el hervor de las espumas
Que se deshacen en las altas peñas,
Ve de su redención luces extrañas,
Junto a otro buitre de nevadas plumas,
Negras pupilas y uñas marfileñas
Que ha extinguido la sed en sus entrañas.
Julián del Casal
La Aparición
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza
Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.
Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,
Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
Julián del Casal
La Agonía De Petronio
A Francisco A. de Icaza
Tendido en la bañera de alabastro
Donde serpea el purpurino rastro
De la sangre que corre de sus venas,
Yace Petronio, el bardo decadente,
Mostrando coronada la ancha frente
De rosas, terebintos y azucenas.
Mientras los magistrados le interrogan,
Sus jóvenes discípulos dialogan
O recitan sus dáctilos de oro,
Y al ver que aquéllos en tropel se alejan
Ante el maestro ensangrentado dejan
Caer las gotas de su amargo lloro.
Envueltas en sus peplos vaporosos
Y tendidos los cuerpos voluptuosos
En la muelle extensión de los triclinios,
Alrededor, sombrías y livianas,
Agrúpanse las bellas cortesanas
Que habitan del imperio en los dominios.
Desde el baño fragante en que aún respira,
El bardo pensativo las admira,
Fija en la más hermosa la mirada
Y le demanda, con arrullo tierno,
La postrimera copa de falerno
Por sus marmóreas manos escanciada.
Apurando el licor hasta las heces,
Enciende las mortales palideces
Que oscurecían su viril semblante,
Y volviendo los ojos inflamados
A sus fieles discípulos amados
Háblales triste en el postrer instante,
Hasta que heló su voz mortal gemido,
Amarilleó su rostro consumido,
Frío sudor humedeció su frente,
Amoratáronse sus labios rojos,
Densa nube empañó sus claros ojos,
El pensamiento abandonó su mente.
Y como se doblega el mustio nardo,
Dobló su cuello el moribundo bardo,
Libre por siempre de mortales penas,
Aspirando en su lánguida postura
Del agua perfumada la frescura
Y el olor de la sangre de sus venas.