Muerte y Luto
Leopoldo María Panero
Dedicatoria
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.
Leopoldo María Panero
El Circo
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma. Mi
hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.
Leopoldo María Panero
Pavane Pour Un Enfant Défunt
A mi tía Margot
Se diría que está aún en la balaustra del
balcón
mirando a nadie, llorando,
Se diría que eres aún visto como siempre
que eres aún en la tierra un niño difunto.
Se diría, se arriesga
el poema por alguien
como un disparo de pistola,
en la noche, en la noche sembrada
de ojos desiertos, los ojos solos
de monstruos. Todos nosotros somos
niños muertos, clavados en la balaustra como por encanto,
como sólo saben esperar los muertos.
Se diría que has muerto y eres alguien por fin,
un retrato en la pared de los muertos,
un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.
Pero a nadie le importan los niños, los muertos,
a nadie los niños que viajan solos por el país de los
muertos,
y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los
ciegos,
abrir los ojos hoy,
mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes,
héroes en los ojos
de un cine desesperado, y los dioses que matan a los
hombres feroces,
los dioses más feroces que los hombres
los dioses crueles de la infancia, los dioses
de la inocente crueldad, pensabas que se alimentan de ciegos
y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,
si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,
más que por alguien, para alguien, como un poema,
como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello
por lo que no hay infancia en el país desierto. Por ello
también
por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa
belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu
cuerpo,
y esa mudez en los ojos, esa belleza
sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos:
esa existencia.
Pero la vida sigue como el puente de Eliot,
como un puente de muertos o un flujo
de sombras que se cogen
de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y
viven.
Esa vida de la que hablan
en el infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los
absurdos,
los orgullosos sonámbulos disputando con sangre
una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.
Una basta tragedia que hacen
por navidades, los viejecitos, los difuntos,
con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,
rótulos de neón y fuegos fatuos: así obra desde
entonces,
desde entonces, esa raza
misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,
desde entonces, desde el día primero
en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven,
quizá,
desde que no hay tiempo sino destino y trazo
de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte.
Quien es visto o quien cae en ese río sordo
es lo mismo, es un muerto
que se levanta día tras día para
mendigar la mirada.
Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños.
Leopoldo María Panero
Glosa A Un Epitafio (carta Al Padre)
Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal
asombrados
por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano!
Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman
los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu vaso de whiski
amo bebió, dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
desde un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
¿en qué perspectiva
—dime— acoger la muerte?
en la mesa de disección
tú que danzaste
enloquecido en la plaza desierta
tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo
imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde
retrocedo infatigable, sin
jamás moverme
¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
Y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
solo: ABISMO, ABISMO!
Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
—como hiedramerlín como niñadecabezacortada como
mujermurciélago la niña que ya es árbol—
crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
que apalea
a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira
suprema de lo mudo!
(te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
percibís el frío
la
conspiración de las algas,
gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
De ese beso, final, padre, en que desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú, mi amada,
aquí, bajo esta piedra.
Leopoldo María Panero
Pasadizo Secreto
buitres castillos (murciélagos) os
curidad nueve buitres deses
pero nieve lobos casas
abandonadas ratas desespero o
scuridad nueve buitres des
"buitres", "caballos", "el monstruo es verde", "desespero"
bien planeada oscuridad
Decapitaciones.
Leopoldo Marechal
Canción
con todas tus palabras, hilandera!
Con las grandes palabras que llovieron
más redondas que frutas en un día sin hiel;
con tus grandes palabras
caídas como soles hasta el silencio mío...
Has de hacer un gran ramo con tus voces,
y estarán las pequeñas,
las que fueron semillas aventadas por tu carinio de cien manos;
y estarán las que ardieron como sal en la llama de tu júbilo, amiga.
Con todas tus palabras
has de hacer un gran ramo
para el amor que ha muerto;
para el amor que ha muerto a mediodía,
junto a la fuente de los ocho cisnes...
Lupercio Leonardo de Argensola
Al Sueño
sueño cruel, no turbes más mi pecho,
mostrándome cortado el nudo estrecho,
consuelo sólo de mi adversa suerte.
Busca de algún tirano el muro fuerte,
de jaspe las paredes, de oro el techo,
o el rico avaro en el angosto lecho,
haz que temblando con sudor despierte.
El uno vea el popular tumulto
romper con furia las herradas puertas,
o al sobornado siervo el hierro oculto.
El otro sus riquezas, descubiertas
con llave falsa o con violento insulto,
y déjale al amor sus glorias ciertas.
Leopoldo Lugones
Historia De Mi Muerte
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
con una vuelta menos me ceñía
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte era muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por solo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría
y ya no me besaste...
y solté el cabo, y se me fue la vida.
Luis de Góngora y Argote
Con Diferencia Tal, Con Gracia Tanta
Aquel ruiseñor llora, que sospecho
Que tiene otros cien mil dentro del pecho
Que alternan su dolor por su garganta;
Y aun creo que el espíritu levanta
—Como en información de su derecho—
A escribir del cuñado el atroz hecho
En las hojas de aquella verde planta.
Ponga, pues, fin a las querellas que usa
Pues ni quejarse ni mudar estanza
Por pico ni por pluma se le veda,
Y llore sólo aquel que su Medusa
En piedra convirtió, por que no pueda
Ni publicar su mal ni hacer mudanza.
Luis de Góngora y Argote
Al Mismo
De aromátcos leños construida,
Oh Fénix en la muerte, si en la vida
Ave, aun no de sus pies desengañada.
Muere en quietud dichosa y consolada
A la región asciende esclarecida,
Pues de más ojos que desvanecida
Tu pluma fue, tu muerte es hoy llorada.
Purificó el cuchillo, en vez de llama,
Tu ser primero, y glorïosamente
De su vertida sangre renacido,
Alas vistiendo, no de vulgar fama,
De cristiano valor sí, de fe ardiente,
Más deberá a su tumba que a su nido.
Luis de Góngora y Argote
Alegoría De La Primera De Sus Soledades
Amiga Soledad, el pie sagrado,
Que captiva lisonja es del poblado
En hierros breves pájaro ladino.
Prudente cónsul, de las selvas dino,
De impedimentos busca desatado
Tu Claustro verde, en valle profanado
De fiera menos que de peregrino.
¡Cuán dulcemente de la encina vieja
Tórtola viuda al mismo bosque incierto
Apacibles desvíos aconseja!
Endeche el siempre amado esposo muerto
Con voz doliente, que tan sorda oreja
Tiene la soledad como el desierto.
Luis de Góngora y Argote
A La Memoria De La Muerte Y Del Infierno
Penetrad sin temor, memorias mías,
Por donde ya el verdugo de los días
Con igual pie dio pasos desiguales.
Revolved tantas señas de mortales,
Desnudos huesos y cenizas frías,
A pesar de las vanas, si no pías,
Caras preservaciones orientales.
Bajad luego al abismo, en cuyos senos
Blasfeman almas, y en su prisión fuerte
Hierros se escuchan siempre, y llanto eterno,
Si queréis, oh memorias, por lo menos
Con la muerte libraros de la muerte,
Y el infierno vencer con el infierno.
Luis de Góngora y Argote
Del Túmulo Que Hizo Córdoba En Las Honras De La Señora Reina Doña Margar
Nos decís la mudanza, estando queda;
Pira, no de aromática arboleda,
Si a más gloriosa Fénix construida;
Bajel en cuya gabia esclarecida
Estrellas, hijas de otra mejor Leda,
Serenan la Fortuna, de su rueda
La volubilidad reconocida,
Farol luciente sois, que solicita
La razón, entre escollos naufragante,
Al puerto; y a pesar de lo luciente,
Obscura concha de una Margarita
Que, rubí en caridad, en fe diamante,
Renace a nuevo Sol en nuevo Oriente.
Luis de Góngora y Argote
Del Túmulo Que Hizo Córdoba En Las Honras De La Señora Reina Doña Margar
Y su horizonte fue dosel apenas,
El Betis esta urna en sus arenas
Majestuosamente ha levantado.
¡Oh peligroso, oh lisonjero estado
Golfo de escollos, playa de sirenas!
Trofeos son del agua mil entenas,
Que aun rompidas no sé si se han recordado,
La Margarita, pues, luciente gloria
Del sol de Austria y la concha de Baviera,
Más coronas ceñida que vio años,
En polvo ya el clarín final espera:
Siempre sonante a aquel cuya memoria
Antes peinó que canas desengaños.
Luis de Góngora y Argote
Para Lo Mismo
Del Cielo, con razón, pues nascí en ella;
Ceñí de un Duque excelso, aunque flor bella,
De rayos más que flores frente dina.
Lo caduco esta urna peregrina,
Oh peregrino, con majestad sella;
Lo fragrante, entre una y otra estrella,
Vista no fabulosa determina.
Estrellas son de la guirnalda griega
Lisonjas luminosas, de la mía
Señas oscuras, pues ya el Sol corona.
La suavidad que expira el mármol (llega)
Del muerto lilio es; que aun no perdona
El santo olor a la ceniza fría.
Luis de Góngora y Argote
En El Sepulcro De La Duquesa De Lerma
Aras ayer, hoy túmulo, oh mortales!
Plumas, aunque de águilas reales,
Plumas son; quien lo ignora, mucho yerra.
Los huesos que hoy este sepulcro encierra,
A no estar entre aromas orientales,
Mortales señas dieran de mortales;
La razón abra lo que el mármol cierra.
La Fénix que ayer Lerma fue su Arabia
Es hoy entre cenizas un gusano,
Y dé consciencia a la persona sabia.
Si una urca se traga el oceano,
¿Qué espera un bajel luces en la gavia?
Tome tierra, que es tierra el ser humano.
Luis Felipe Vivanco
Pensamiento De Otoño
(Sabemos que morir no es estar muertos).
Aún quedan en el alto acantilado
flores de brezo.
Sabemos al morir que nuestros pasos
cansados no querían ir tan lejos.
(Aún queda esa colina bronceada
de helechos secos).
La entraña del pinar es sombra pura.
Rayos de un sol de otoño velan, trémulos,
su orilla de vivientes florecillas
y húmedo suelo.
Rayos de un sol de otoño, nuestros pasos
no nos quieren llevar fuera del tiempo.
Morir —o huido barco entre las olas—
no es estar muertos.
Leandro Fernández de Moratín
Oda A La Memoria De D Nicolás Fernández De Moratín
cantor de Termodonte,
por quien grato a las Musas
fue de Dorisa el nombre,
Ya las sombras habita
de los elisios bosques:
Llorad, Venus hermosa,
llorad, dulces Amores.
Suelta la crencha de oro
que el viento descompone,
la rica vestidura
desceñida sin orden,
Erato, que suave
le colmó de favores,
sobre la tumba fría
hoy se reclina inmóvil.
Del seno de su madre
el niño de los Dioses
batió veloz las alas,
fugitivo se esconde.
Deshecho el arco inútil,
la venda airado rompe:
ardió la corva aljaba
y duros pasadores.
Es fama que en la selva,
por donde lento corre
el Arlas, coronado
de olivo, yedra y flores,
sonó lamento ronco
de mal formadas voces,
que en ecos repitieron
las grutas de los montes.
Ninfas, la queja es vana
si dio la Parca el golpe:
ni vuelve lo que usurpa
el avaro Aqueronte.
Alzad un monumento
con mirtos de Dione,
ornado de laureles,
guirnaldas y festones,
entrelazando en ellos
la trompa de Mavorte
y la cítara dulce
del teyo Anacreonte,
las coronas de Clío,
de Amor venda y arpones,
y las aves de Venus
el obelisco adornen.
Que si al asunto digno
mi verso corresponde,
si da lugar el llanto
a números acordes:
De la región que tiene
por su zenit al norte,
a la que esterilizan
rayos abrasadores,
Flumisbo en la memoria
durará de los hombres;
sin que fugaz el tiempo
su duración estorbe.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto Rodrigo
de la sangrienta, militar porfía:
el campo godo destrozado ardía
con llama, que descubre estrago horrendo.
Rodrigo en tanto, su peligro viendo,
por ignorada senda se desvía,
y muerto Orelia, entre la sombra fría,
herido y débil se acelera huyendo.
En vano el Lete con raudal undoso
el paso estorba al príncipe, a quien ciega
de cadena o suplicio el justo espanto.
Surca las aguas. Cede al poderoso
ímpetu, espira el infeliz; y entrega
el cuerpo al fondo, a la corriente el manto.
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
brilla el marfil ni el oro,
ni columnas, que corta en sus regiones
apartadas el moro,
sostienen trabes áticas. Ni intruso
sucesor, el alcázar opulento
de Pérgamo, ocupé. Nunca labraron
púrpuras de Laconia, para el uso
de su señor, mis siervas.
Pero vivo contento
de que jamás faltaron
en mí virtud y numen afluente.
Soy pobre; pero el rico a mí se inclina.
Ni pido más a la bondad divina,
ni para que mis fondos acreciente
importuno al amigo generoso.
Harto soy venturoso
con mis campos sabinos.
Una y otra después arrebatadas
huyen las horas, y de igual manera
las nuevas lunas a morir caminan.
Tú, cercano a la muerte,
de mármol edificas levantadas
fábricas, olvidado de la tumba;
y estrecho en la ribera
de Bayas, donde el piélago retumba,
buscas en él cimiento,
¡Qué mucho! si los términos vecinos
alteras avariento,
usurpando a tus súbditos la tierra;
por ásperos caminos
tímidos huyen la mujer y esposo,
ambos al seno puestos
sus dioses y sus hijos mal compuestos.
Pues no, no tiene el hombre poderoso
palacio más seguro
que la mansión del Aqueronte avara:
ella le espera habitador futuro.
¿Para qué anhelas más? Si al que mendiga,
hambriento y desvalido,
y al sucesor del trono, igual prepara
la tierra sepultura.
Ni el audaz Prometeo el aura pura
volvió a gozar, con dádivas vencido
el que guarda las puertas del Averno.
Él aprisiona a Tántalo, y la estirpe
de Tántalo famosa;
él, de quien sufre angustia dolorosa
(invocado tal vez, o aborrecido),
el llanto acalla en el horror eterno.
Ya digo verdad así
vos me queráis otro tanto...
es mucho con la mitad
ma daré por bien pagado.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto Con Motivo De Haber Hecho Un Pequeño Sentimmiento La Cúpula De S Pedro En El Año 1810 Cuand
¡oh! tiempo a la gran mole sacrosanta
que en bóvedas soberbias se levanta
honor de Tibre, la ciudad latina
y cuanto existe a perecer camina
y todo el brazo tuyo lo quebranta
harto merece maravilla canta
huellas su destrucción menos vecina
Caiga si cumple así precipitado
de Pedro el trono el rayo de la guerra
rompa y trastorne llaves y corona
días no su tempo insigne ofenda agrado
y tú para consuelo de la tierra:
los monumentos del sudor perdona.
Leandro Fernández de Moratín
Epigrama
¡qué dicha para los dos!
ella se fue a ver a Dios,
y Dios me ha venido a ver
Leandro Fernández de Moratín
A La Excma Sra Marquesa De Villafranca Con Motivo De La Muerte De Su Hijo Primogénito Silva Elegí
lluvia baña los prados
ni siempre altera el piélago sonante
Bóreas, ni mueve los robustos pinos
sobre los montes de Pirene helados.
A los acerbos turbulentos días
otros siguen de paz, la luz de Apolo
cede a las sombras frías,
a el mal sucede el bien. En esto solo,
los aciertos divinos
el hombre ve de aquella mano eterna
que en orden admirable,
todo lo muda y todo lo gobierna.
Y tú, rendida a la aflicción y el llanto,
¿Durar podrás en luto miserable,
sensible madre, enamorada esposa?
¿Pudo en tu pecho tanto
la pérdida cruel, que a la preciosa
víctima por la muerte arrebatada,
otra añadir intentes?
Y no será que de tu ruego instada,
la prenda que llevó te restituya,
no, que la esconde en el sepulcro frío.
Esa vida fugaz no toda es tuya
es de un esposo, que el afán que sientes
sufre, y el caso impío
que de su bien le priva y su esperanza:
es de tu prole hermosa,
que mitigar intenta
con oficioso ardor tu amargo lloro;
si tanto premio su fatiga alcanza.
Sube doliente a las techumbres de oro
el gemido materno,
y en la callada noche se acrecienta.
La indócil fantasía
te muestra al hijo tierno,
como a tu lado le admiraste un día,
sensible a la amistad, y al heredado
honor: modesto en su moral austera:
al ruego de los míseros piadoso:
de obediencia filial, de amor fraterno,
de virtud verdadera
ejemplo no común. Negó al reposo
las fugitivas horas,
y al estudio las dio: sufrió constante
las iras de la suerte,
cuando no usada a tolerar cadena,
la patria alzó sus cruces vencedoras.
¡Oh! Si en edad más fuerte
se hubiese visto, y del arnés armado
en la sangrienta arena:
¡Oh, como hubiera dado
castigo a la soberbia confianza
del invasor injusto,
a su nación laureles,
gloria a su estirpe y a su rey venganza!
Tanto anunciaba el ánimo robusto,
con que en el lecho de dolor postrado,
le viste padecer ansias crueles;
cuando inútil el arte
cedió y confuso, y le cubrió funesta
sombra de muerte en torno. El arco duro
armó la inexorable, al tiro presta,
y por el viento resonando parte
la nunca incierta vira.
Él, de valor, de alta esperanza lleno,
preciando en nada el mundo que abandona,
reclinado en el seno
de la inefable Religión espira.
Ya no es mortal. Entre los suyos vive:
de fúlgido esplendor áurea corona
le circunda la frente.
El premio de sus méritos recibe
ante el solio del Padre omnipotente
de angélicos espíritus cercado
que difunden fragancias y armonía
por el inmenso Olimpo, luminoso.
Debajo de sus pies parece obscuro
el gran planeta que preside al día,
ve el giro dilatado
que dan los orbes por el éter puro,
en tardos o veloces movimientos,
verá los siglos sucederse lentos
y él en quietud segura
gozará venturoso
del sumo bien que para siempre dura.
León Felipe
Elegía
mercante española, que murió en alta mar y lo enterraron
en Nueva York.
Marineros,
¿por qué le dais a la tierra lo que no es suyo
y se lo quitáis al mar?
¿Por qué le habéis enterrado, marineros,
si era un soldado del mar?
Su frente encendida, un faro;
ojos azules, carne de iodo y de sal.
Murió allá arriba, en el puente,
en su trinchera, como un soldado del mar;
con la rosa de los vientos en la mano
deshojando la estrella de navegar.
¿Por qué le habéis enterrado, marineros?
¡Y en una tierra sin conchas! ¡¡En la playa negra!!
... Allá,
en la ribera siniestra
del otro mar;
¡Nueva York!
—piedra, cemento y hierro en tempestad—.
Donde el ojo ciclópeo del gran faro
que busca a los ahogados no puede llegar;
donde se acaban las torres y los puentes;
donde no se ve ya
la espuma altiva de los rascacielos;
en los escombros de las calles sórdidas
que rompen en el último arrabal;
donde se vuelve la culebra sombría de los elevados
a meterse otra vez en la ciudad...
Allí, la arcilla opaca de los cementerios, marineros,
allí habéis enterrado al capitán.
¿Por qué le habéis enterrado, marineros,
por qué le habéis enterrado,
si murió como el mejor capitán,
y su alma —viento, espuma y cabrilleo—
está ahí, entre la noche y el mar...?