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Muerte y Luto

Mario Benedetti

Mario Benedetti

Preguntas Al Azar Iv

¿Cuánto me queda?
¿siete? ¿diez? ¿quince setiembres?

¿le pregunto al azar
acaso porque sé
que el azar no responde?

y así y todo
el azar
¿es realmente un azar?

aún no he movido el rey
y la torre está quieta
o sea que hasta aquí
puedo enrocar mis riesgos

no instruí a mi reloj
para mañana
no hay por lo tanto garantía
de despertar a tiempo
por otra parte
sé proteger el sueño
con mis gastados párpados
de manera que puedo
arrimarme soñando
a esa espléndida nada
nada prometedora

la misma nada en que se despeñaron
mis hermanos de siempre
también los bienvenidos
que un día se malfueron
entre otros mi padre con su asfixia
y su postrer mirada
de candoroso pánico

¿qué diferencia podrá haber
ahí en tan hueco enigma
entre las vidas transparentes
y las compactas de asco
entre los tiernos pechos
de la hermosa lujuria
y los verdugos con medallas?
¿habrá acaso una sola y final
desolación?
¿cabrá algún jubileo?

en el gran agujero universal
¿se habrá acabado la noticia?
¿terminado el pronóstico?
¿borrado la memoria?
¿degollado el futuro?
la sobornable amnesia
del imposible dios
¿será infinita?

¿tal vez la única igualdad posible
entre yo mismo y la inminente
caravana de prójimos
será el no ser
el no existir?

¿nadie será ni más ni menos
inexistente que otros?
¿o por ventura o desventura
habrá tal vez un colmo
de oscura inexistencia?
¿una nada más nada
que las otras?

ante tan humillante incertidumbre
¿no sería mejor
confiar tan sólo en nuestras huellas
nuestro jadeo nuestro limo
en el amor que desentrañan
dos vértices de musgo
en los odios y mitos que inventamos
en las palabras como norias
en las palabras como sueños?

antes que el indecente
rasero igualitario
del no pensar
el no existir
no amar
no disfrutar
no padecer
¿no será preferible
la sideral distancia
que separa
lo justo de lo injusto?

francamente me asquea
la rara vecindad de mi no ser
con el canalla ahora inexistente
mi próximo no prójimo
en el amplio vacío

¿cuánto me queda?
¿siete? ¿diez? ¿quince setiembres?

¿y qué es después de todo
eso que espera?

¿la noche interminable?
¿un sol sin atenuantes ni crepúsculos?
¿la calima tediosa?
¿la noche? ¿alguna noche?
¿la noche como muro?

lo cierto es que no tengo
con respecto a esa noche sin murciélagos
ninguna expectativa o esperanza

¿o será que la muerte
no es realmente mi noche predilecta?

le pregunto al azar
al mudo
sordo
ciego

le pregunto al azar
le pregunto al azar
desalentadamente
le pregunto al azar
que no responde

¿estará mudo sordo ciego?

¿o
para nuestro escarnio
habrá muerto
el azar?
720
Mario Benedetti

Mario Benedetti

A Ras De Sueño

Señores,

basta una nube

para averiguar la

verdad
Joaquín Pasos
A RAS DE SUEÑO

Sólo una temporada provisoria,

tatuaje de incontables tradiciones,

oscuro mausoleo donde empieza

a existir el futuro, a hacerse piedra.


Nada aquí, nada allá. Son las palabras

del mago lejanísimo y borroso.


Sin embargo, la infancia se empecina,

comienza a levantar sus inventarios,

a echar sus amplias redes para luego.

Es una isla limpia y sobre todo

fugaz, es un venero de primicias

que se van lentamente resecando.


Queda atrás como un rápido paisaje

del que persistirán sólo unas nubes,

un biombo, dos juguetes, tres racimos,

o apenas un olor, una ceniza.

Con luces queda atrás, a la intemperie,

yacente y aplazada para nunca,

sola con su aptitud irresistible

y un pudor incorpóreo, agazapado.

Para nunca aplazada, fabulosa

infancia entre sus redes extinguida.


Por algo queda atrás. Esa entrañable

cede paso al fervor, al pasmo, al fruto,

el azar hinca el diente en otra bruma,

somos los moribundos que nacemos

a la carne, a la sangre, al entusiasmo,

nos burlamos del sol, de la penumbra,

manejamos la gloria como un lápiz

y en las vírgenes tapias dibujamos

el amor y su viejo colmo, el odio,

el grito que nos pone la vergüenza

en las manos mucho antes que en la boca.


El celaje se enciende. Somos niebla

bajo el cielo compacto, insolidario,

el asombro hace cuentas y no puede

mantenernos serenos, apacibles,

somos el invasor protagonista

que hace trizas el tiempo, que hace ruido

pueril, que hace palabras, que hace pactos,

somos tan poderosos, tan eternos,

que cerramos el puño y el verano

comienza a sollozar entre los árboles.


Mejor dicho: creemos que solloza.

El verano es un.vaho, por lo tanto

no tiene ojos ni párpados ni lágrimas,

en sus tardes de atmósfera más tenue

es calor, es calor, y en las mañanas

de aire pesado, corporal, viscoso,

es calor, es calor. Con eso basta.


De todos modos cambia a las muchachas,

las ilumina, las ondula, y luego

las respira y suspira como acordes,

las envuelve en amor, las hace carne,

les pinta brazos con venitas tenues

en colores y luz complementarios,

les abre escotes para que alguien vierta

cualquier mirada, ese poderhabiente.


La vida, qué región esplendorosa.

¿Quién escruta la muerte, quién la tienta?

A la horca con él. ¿Quién piensa en esa

imposible quietud cuando es la hora

para cada uno de morder su fruta,

de usar su espejo, de gritar su grito,

de escupir a los cielos, de ir subiendo

de dos en dos todas las escaleras?


La muerte no se apura, sin embargo,

ni se aplaca. Tampoco se impacienta.

Hay tantas muertes como negaciones.

La muerte que desgarra, la que expulsa,

la que embruja, la que arde, la que agota,

la que enluta el amor, la que excrementa,

la que siega, la que usa, la que ablanda,

la muerte de arenal, la de pantano,

la de abismo, la de agua, la de almohada.


Hay tantas muertes como teologías,

pero todas se juntan en la espera.

Esa que acecha es una muerte sola.

Escarnecida, rencorosa, hueca,

su insomnio enloquecido se desploma

sobre todos los sueños, su delirio

se parece bastante a la cordura.

Muerte esbelta y rompiente, qué increíble

sirena para el Mar de los Suicidas.


No canta, pero indica, marca, alude,

exhibe sus voraces argumentos,

sus afiches turísticos, explica

por qué es tan milagrosa su inminencia,

por qué es tan atractivo su desastre,

por qué tan confortable su vacío.


No canta, pero es como si cantara.

Su demagogia negra usa palomas,

telegramas y rezos y suspiros,

sonatas para piano, arpas de herrumbre,

vitrinas del amor momificado,

relojes de lujuria que amontonan

segundos y segundos y otras prórrogas.


No canta, pero es como si cantara,

su espanto vendaval silba en la espiga,

su pregunta repica en el silencio,

su loco desparpajo exuda un réquiem

que es prado y es follaje y es almena.


Hay que volverse sordo y mudo y ciego,

sordo de amor, de amor enmudecido,

ciego de amor. Olfato, gusto y tacto

quedan para alejar la muerte y para

hundirse en la mujer, en esa ola

que es tiempo y lengua y brazos y latido,

esa mujer descanso, mujer césped,

que es llanto y rostro y siembra y apetito,

esa mujer cosecha, mujer signo,

que es paz y aliento y cábala y jadeo.


Hay que amar con horror para salvarse,

amanecer cuando los mansos dientes

muerden, para salvarse, o por lo menos

para creerse a salvo, que es bastante.

Hay que amar sentenciado y sin urgencia,

para salvarse, para guarecerse

de esa muerte que llueve hielo o fuego.


Es el cielo común, el alba escándalo,

el goce atroz, el milagroso caos,

la piel abismo, la granada abierta,

la única unidad uniyugada,

la derrota de todas las cautelas.


Hay que amar con valor, para salvarse.

Sin luna, sin nostalgia, sin pretextos,

Hay que despilfarrar en una noche

—que puede ser mil y una— el universo,

sin augurios, sin planes, sin temblores,

sin convenios, sin votos, con olvido,

desnudos cuerpo y alma, disponibles

para ser otro y otra a ras de sueño.


Bendita noche cóncava, delicia

de encontrar un abrazo a la deriva

y entrar en ese enigma, sin astucia,

y volver por el aire al aire libre,

Hay que amar con amor, para salvarse.


Entonces vienen las contradicciones

o sea la razón. El mundo existe

con manchas, sin arar, y no hay conjuro

ni fe que lo desmienta o modifique.


El manantial se seca, el árbol cae,

la sangre fluye, el odio se hace muro,

¿Es mi hermano el verdugo? Ese asesino

y dios padrastro todopoderoso,

ese señor del vómito, ese artífice

de la hecatombe, ¿puede ser mi hermano?

Surtidor de napalm, profeta imbécil,

¿ése, mi prójimo?, ¿ése, el
semejante?

Sindico en todo caso de la muerte,

argumento Y proclama de la ruina,

poder y brazo ejecutor. Estiércol.


Por esta vez no he de mirar mis pasos

sino el contorno triste, calcinado.

Miro a mi sombra que está envejeciendo,

la sombra de los míos que envejecen.


El mundo existe. Con o sin sus manes,

con o sin su señal. Existe. Punto.


El mundo existe con mis ex iguales,

con mis amigos-enemigos, esos

que ya olvidé por qué se traicionaron.


Tiendo mi mano a veces y está sola

y está más sola cuando no la tiendo,

pienso en los compradores emboscados

y tengo duelo y tengo rabia y tengo

un reproche que empieza en mis lealtades,

en mis confianzas sin mayor motivo,

en mi invención del prójimo-mi-aliado.

Ni aun ahora me resigno a creerlo.


No todos son así, no todos ceden.

Tendré que repetírmelo a escondidas

y barajar de nuevo el almanaque.


Mi corazón acobardado sigue

inventando valor, abriendo créditos,

tirando cabos sólo a la siniestra,

aprendiendo a aprender, pobre aleluya,

y quién sabe, quién sabe si entre tanta

mentira incandescente, no queda algo

de verdad a la sombra. Y no es metáfora.


Nada aquí, nada allá. Son las palabras

del mago lejanísimo y borroso.


Pero ¿por qué creerle a pie juntillas?

¿En qué galaxia está el certificado?


Algo aquí, nada allá. ¿Es tan distinto?

Lo propongo debajo de mis párpados

y en mi boca cerrada.


¿Es tan distinto?

Ya sé, hay razones nítidas, famosas,

hay cien teorías sobre la derrota,

hay argumentos para suicidarse,


Pero ¿y si hay un resquicio?

¿Es
tan distinto,

tan necio, tan ridículo, tan torpe,

tener un espacioso sueño propio

donde el hombre se muera pero actúe

como inmortal?

734
Lope de Vega

Lope de Vega

Al Ponerle En La Cruz

En tanto que el hoyo cavan
a donde la cruz asienten,
en que el Cordero levanten
figurado por la sierpe,

aquella ropa inconsútil
que de Nazareth ausente
labró la hermosa María
después de su parto alegre,

de sus delicadas carnes
quitan con manos aleves
los camareros que tuvo
Cristo al tiempo de su muerte.

No bajan a desnudarle
los espíritus celestes,
sino soldados que luego
sobre su ropa echan suertes.

Quitáronle la corona,
y abriéronse tantas fuentes,
que todo el cuerpo divino
cubre la sangre que vierten.

Al despegarle la ropa
las heridas reverdecen,
pedazos de carne y sangre
salieron entre los pliegues.

Alma pegada en tus vicios,
si no puedes, o no quieres
despegarte tus costumbres,
piensa en esta ropa, y puede.

A la sangrienta cabeza
la dura corona vuelven,
que para mayor dolor
le coronaron dos veces.

Asió la soga un soldado,
tirando a Cristo, de suerte
que donde va por su gusto
quiere que por fuerza llegue.

Dio Cristo en la cruz de ojos,
arrojado de la gente,
que primero que la abrace,
quieren también que la bese.

¡Qué cama os está esperando,
mi Jesús, bien de mis bienes,
para que el cuerpo cansado
siquiera a morir se acueste!

¡Oh, qué almohada de rosas
las espinas os prometen!;
¡qué corredores dorados
los duros clavos crueles!

Dormid en ella, mi amor,
para que el hombre despierte,
aunque más dura se os haga
que en Belén entre la nieve.

Que en fin aquella tendría
abrigo de las paredes,
las tocas de vuestra Madre,
y el heno de aquellos bueyes.

¡Qué vergüenza le daría
al Cordero santo el verse,
siendo tan honesto y casto,
desnudo entre tanta gente!

¡Ay divina Madre suya!,
si agora llegáis a verle
en tan miserable estado,
¿quién ha de haber que os consuele?

Mirad, Reina de los cielos,
si el mismo Señor es éste,
cuyas carnes parecían
de azucenas y claveles.

Mas, ¡ay Madre de piedad!,
que sobre la cruz le tienden,
para tomar la medida
por donde los clavos entren.

¡Oh terrible desatino!,
medir al inmenso quieren,
pero bien cabrá en la cruz
el que cupo en el pesebre.

Ya Jesús está de espaldas,
y tantas penas padece,
que con ser la cruz tan dura,
ya por descanso la tiene.

Alma de pórfido y mármol,
mientras en tus vicios duermes,
dura cama tiene Cristo,
no te despierte la muerte.
419
Lope de Vega

Lope de Vega

Cuando Las Secas Encinas

Cuando las secas encinas,
álamos y robles altos,
los secos ramillos visten
de verdes hojas y ramos;

y las fructíferas plantas
con mil pimpollos preñados
brotando fragantes flores
hacen de lo verde blanco,

para pagar el tributo
al bajo suelo, ordinario
natural de la influencia
qu'el cielo les da cada año;

y secas las yerbezuelas
de los secretos contrarios
por naturales efectos
al ser primero tornando,

de cuyos verdes renuevos
nacen mil colores varios
de miles distintas flores
que esmaltan los verdes prados;

los lechales cabritillos
y los corderos balando
corren a las alcaceles
ya comiendo, ya jugando,

cuando el pastor Albano suspirando
con lágrimas así dice llorando:
«Todo se alegra, mi Belisa, ahora,
solo tu Albano se entristece y llora».


Los romeros y tomillos,
de cuyos floridos ramos
las fecundas abejuelas
sacan licor dulce y claro;

y con la mucha abundancia,
su labor melificando
hinchen el panal nativo
de poleo tierno y blanco,

de cuyos preñados huevos
los hijuelos palpitando
salen por gracia divina
a poblar ajenos vasos;

las laboriosas hormigas
de sus provistos palacios
seguras salen a ver
el tiempo sereno y claro,

y los demás animales,
aves, peces, yerba o campo
desechando la tristeza
todos se alegran ufanos,

previniste, tiempo alegre,
mas triste el pastor Albano,
a su querida Belisa
dice, el sepulcro mirando:

Cuando el pastor Albano suspirando
con lágrimas así dice llorando:
«Todo se alegra, mi Belisa, ahora,
solo tu Albano se entristece y llora».


Belisa, señora mía,
hoy se cumple justo un año
que de tu temprana muerte
gusté aquel potaje amargo.

Un año te serví enferma,
¡ojalá fueran mil años,
que así enferma te quisiera,
contino aguardando el pago!

Solo yo te acompañé
cuando todos te dejaron,
porque te quise en la vida
y muerta te adoro y amo;

y sabe el cielo piadoso
a quien fiel testigo hago,
si te querrá también muerta
quien viva te quiso tanto.

Dejásteme en tu cabaña
por guarda de tu rebaño,
con aquella dulce prenda
que me dejaste del parto;

que por ser hechura tuya
me consolaba algún tanto
cuando en su divino rostro
contemplaba tu retrato,

pero duróme tan poco
qu'el cielo por mis pecados
quiso que también siguiese
muerta tus divinos pasos,

Cuando el pastor Albano suspirando
con lágrimas así dice llorando:
«Todo se alegra, mí Belísa, ahora,
solo tu Albano se entristece y llora».
462
Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero

(yo François Villon)

Yo François Villon, a los cincuenta y un años
gordo y corpulento, de labios color ceniza
y mejillas que el vino amoratara,
a una cuerda ahorcado
lo sé todo acerca del pecado.
Yo, François Villon,
a una cuerda pendido
me balalnceo lento, habiendo sido
peor que Judas, quien también murió ahorcado.
Las viejas se estremecen al oír mis hazañas
pues no tuve respeto para la vida humana.
Que el viento me mueva, ya oigo cerca las voces
de aquellos que mandé a freír monas.
Me esperan en el infierno
y alargan las manos
porque se ha corrido allí, del Leteo al Cocyto
¡que al fin Villon había muerto ahorcado!
Ya la luna aparece, e ilumina la horca
dando a mi rostro el color de la sangre
yo, que hice mal sabedor de que lo hacía
hasta que por fin he muerto ahorcado.
Ya los lobos ladran en torno al patíbulo
y los niños gritan, parecidos a ratas:
¡Villon ha muerto ahorcado!
Viejas que me insultabais en la carretera oscura:
¡sabed que el semen moja mis caderas
y es fresco y sabroso el semen del ahorcado!
Que mis dientes sirvan
de jugo en tu caldera
bruja de los límites, tú a quien admiro
sabedora de embrujos, de filtros y de hechizos
más poderosos que la fe y que los apóstoles
de quienes se burló el Mago, más apta que ellos
para conocer el dolor
¡de este que un sepulcro merece!
Y que el viento diga, al amanecer, mañana
vanamente a ranas y a gusanos
Villon se ha hecho al fin célebre
pues al fin una horca dibuja su figura
¡Villon ha muerto ahorcado!
Y que de mi mano ajada caiga la rosa
que mis dientes estrujaron
pues ella supo mis crímenes
y fue mi confidente
y dígalo ella al mundo, cayendo sobre el suelo
¡Villon ha muerto ahorcado!
Pronto vendrá la canalla
a hozar en mi tumba
y orinarán encima, y los amantes
harán seguro el amor sobre mis huesos
y será la nada mi más escueto premio
para que ella lo diga,
no sé si nada o rosa:
¡Villon ha muerto ahorcado!
Sabrán de mí los niños
de edades venideras
como de un gran pecador
y asustados correrán a esconderse
bajo las sábanas cuando sus madres
les digan: «Cuidado ahí viene».
Y esa será la fama de Villon, el Ahorcado.
Y será tal mi fama que prefiero el olvido
porque un día, mañana
de ese futuro que el hedor hace
parecerse al recuerdo, una mano
dejará caer, al oír mi nombre
el fruto del culo, el excremento
y mi vida, y mi carne, y todos mis escritos
¡promesa serán sólo para las moscas!
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Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero

Proyecto De Un Beso

Te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
te mataré mañana poco antes del alba
cuando estés en el lecho, perdida entre los sueños
y será como cópula o semen en los labios
como beso o abrazo, o como acción de gracias
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
y en el pico me traiga la orden de tu muerte
que será como beso o como acción de gracias
o como una oración porque el día no salga
te mataré mañana cuando la luna salga
y ladre el tercer perro en la hora novena
en el décimo árbol sin hojas ya ni savia
que nadie sabe ya por qué está en pie en la tierra
te mataré mañana cuando caiga la hoja
decimotercera al suelo de miseria
y serás tú una hoja o algún tordo pálido
que vuelve en el secreto remoto de la tarde
te mataré mañana, y pedirás perdón
por esa carne obscena, por ese sexo oscuro
que va a tener por falo el brillo de este hierro
que va a tener por beso el sepulcro, el olvido
te mataré mañana cuando la luna salga
y verás cómo eres de bella cuando muerta
toda llena de flores, y los brazos cruzados
y los labios cerrados como cuando rezabas
o cuando me implorabas otra vez la palabra
te mataré mañana cuando la luna salga,
y así desde aquel cielo que dicen las leyendas
pedirás ya mañana por mí y mi salvación
te mataré mañana cuando la luna salga
cuando veas a un ángel armado de una daga
desnudo y en silencio frente a tu cama pálida
te mataré mañana y verás que eyaculas
cuando pase aquel frío por entre tus dos piernas
te mataré mañana cuando la luna salga
te mataré mañana y amaré tu fantasma
y correré a tu tumba las noches en que ardan
de nuevo en ese falo tembloroso que tengo
los ensueños del sexo, los misterios del semen
y será así tu lápida para mí el primer lecho
para soñar con dioses, y árboles, y madres
para jugar también con los dados de noche
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra.
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