Muerte y Luto
Gutierre de Cetina
Ojos, ¿ojos Sois Vos? No Sois Vos Ojos
antes ira del cielo extraña y fiera.
Mas, ojos, si lo sois, ¿de qué manera
roban vuestra beldad vuestros enojos?
Ojos, ¿ojos sois vos? Tristes enojos;
que no sois ojos ya, sois fin postrera.
Mas, ojos, si lo sois, antes que muera
mostradme os agradáis de mis despojos.
Ojos, no os pido yo que el ceño airado
lo levantéis de mi, más limitada
hace mi petición mi mala suerte.
Mas, ojos, pues tan claro habéis mostrado
que mi vivir os cansa y desagrada,
mostrad hora agradaros de mi muerte.
Gutierre de Cetina
No Miréis Más, Señora
con tan grande atención esa figura,
no os mate vuestra propia hermosura.
Huid, dama, la prueba
de lo que puede en vos la beldad vuestra.
Y no haga la muestra
venganza de mi mal piadosa y nueva.
El triste caso os mueva
del mozo convertido entre las flores
en flor, muerto de amor de sus amores.
Gutierre de Cetina
En Cuál Región, En Cuál Parte Del Suelo
en cuál bosque, en cuál monte, en cuál poblado,
en cuál lugar remoto y apartado
puede ya mi dolor hallar consuelo?
Cuanto se puede ver debajo el cielo
todo lo tengo visto y rodeado;
y un medio que a mi mal había hallado,
hace en parte mayor mi desconsuelo.
Para curar el daño de la ausencia
píntoos cual siempre os vi, dura y proterva;
mas Amor os me muestra de otra suerte.
No queráis a mi mal más experiencia,
sino que ya, como herida cierva,
doquier que voy, conmigo va mi muerte.
Gutierre de Cetina
Si Jamás El Morir Se Probó En Vida
yo triste soy el que lo pruebo y siento
con extraño dolor, pena y tormento,
en esta trabajosa mi partida.
Mi alma en vuestro gesto embebecida,
mirándoos se henchía de un contento
tal, que de ufano ya mi sufrimiento
gloria le era la pena más crecida.
Mas hora que de vos me alejo tanto,
¿cuál consuelo será que me consuele,
que no sienta en partir la misma muerte,
si me muestra el temor visión de espanto,
que asombrándome hace que recele
de vos, de amor, del tiempo y de la suerte?
Gutierre de Cetina
Con Aquel Poco Espíritu Cansado
que queda al que el vivir le va dejando,
en brazos de Amarílida llorando
Vandalio, de salud desconfiado:
«No me duele el morir desesperado
—dijo—, pues con mi mal se va acabando,
mas duéleme que parto y no sé cuándo.
Señora, ¿habrás dolor de mi cuidado?»
La ninfa que con lágrimas el pecho
del mísero pastor todo bañaba:
«Sin premio no será tu amor», decía.
Mas él, puesto en el paso más estrecho,
mucho más que el morir, pena le daba
no poder ya gozar del bien que oía.
Gutierre de Cetina
Con Ansia Que Del Alma Le Salía
la mente del morir hecha adivina,
contemplando Vandalio la marina
de la ribera bética, decía:
«Pues vano desear, loca porfía,
a la rabiosa muerte me destina,
mientras la triste hora se avecina,
oye mi llanto tú, Dórida mía.
»Y si tu crüeldad contenta fuese,
por premio de esta fe firme y constante,
que sobre mi sepulcro se leyese,
»no en letras de metal, mas de diamante,
Dórida ha sido causa que muriese
el más leal y el más sufrido amante».
Gutierre de Cetina
Si El Justo Desear, Padre Silvano
jamás pudo moverte entre pastores,
si del rabioso mal de los amores
el corazón salvaje has hecho humano,
ruega al numen celeste que la mano
de su piedad extienda a los clamores
que Dórida le hace, en los ardores
de una fiebre crüel, llorando en vano.
Si alcanzo de los dos tanta ventura,
vuestra gloria será más verdadera,
y más para sufrir mi desventura.
Y cuando lo contrario el hado quiera,
no perezca, señor, tal hermosura:
menor mal es que yo en su lugar muera.
Gutierre de Cetina
De La Incierta Salud Desconfiado
mirando cómo va turbio y furioso
Betis corriendo al mar, dijo lloroso
Vandalio, del vivir desesperado:
«Recibe, ¡oh caro padre!, este cansado
cuerpo de un hijo tuyo, deseoso
de hallar en tus ondas el reposo
que negó la fortuna a mi cuidado.
»Haz, padre, que estos árboles que oyendo
la causa de mi muerte están atentos,
la recuenten después de esta manera:
»Aquí yace un pastor que amó viviendo;
murió entregado a Amor con pensamientos
tan altos, que aun muriendo, amar espera».
Gabriel Celaya
La Vida Es Tan Sencilla
se basta a sí misma.
¡Mira! Todo está hecho. Todo está ya dado.
Nos basta aceptar
o quizá —somos humanos— alabar
y cantar
a lo que nos maquina sin dejarse pensar.
Todo está aquí. ¿No lo ves?
No hay razón ni más allá.
¡Somos felices! Vivimos los instantes explosivos
de alegría o de dolor, de rabia o de amor,
y si no
es que estamos distraídos, aburridos.
No hay nada que esperar. No hay nada que temer.
También la muerte
llegará cuando nos sea fielmente necesaria
y la recibiremos con verdadera ansia.
Desde que nacimos
nos estamos preparando para que nos consuma.
Gabriel Celaya
Biografía
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año
nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.
Gabriel Celaya
Consejo Mortal
Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.
Gabriel Celaya
Despedida
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.
Gabino-Alejandro Carriedo
Muerte Mortal
exequia y funeral, el llanto
se oye en el eco diario
del urbanismo ciudadano.
Llamo a la guardia, embalo
aquellos recuerdos de que hablo,
multiplico la voz y añado
la división de lo soñado.
Sí, levemente yo indago
funerales y exequias y el plazo
inexorable está marcado
en lo negro y oro del catafalco.
En la monotonía de los salmos
en el patético cristal ovalado,
da el incienso.
Gabino-Alejandro Carriedo
Ite Misa Est
la sangre del Agnus Dei
qui tollis pecata mundi.
Sus blandos ojos hondos musitan
plegarias
miserere nobis.
Sus manos blancas se asemejan
al ruido de las lianas
miserere nobis.
Su linda boca tierna informe
recuerda el parto
miserere nobis.
Su alegre piel peluda
se parece al almendro floreciente
Ome nobis pacem.
Noble becerro herido
vientre desventrado
tonto cordero defenestrado.
Oh el Agnus Dei pecata
qui tollis mundi,
plegaria o ruido de lianas.
El Agnus pecata Dei
mundi en el parto
Tuerce la boca informe.
El mundi qui tollis Agnus
como piel del almendro
miserere pacem.
Y ahora nobis afonía
de malherido animal
que algún día lloraremos.
Gabino-Alejandro Carriedo
Pequeña Elegía A Manolo Rueda
Condenado a muerte y fusilado a los 17 años
Por aquí dicen que apareció su cadáver
y olía mi corazón a cementerio.
Bajo las charcas húmedas en la distancia
se pusieron las ranas a llorar.
Apenas había amanecido y el aire tenía
una tristeza trágica, infinita,
una tristeza como de pozo,
como de mar que se retira, como de ruina que se hunde,
como de corazón que ya no crece.
Fue aquélla la última vez. Las rosas mojadas,
qué bien olían, Dios. La geografía se iba quemando
al tiempo que los muebles y las horas.
Y la sangre nos golpeaba las sienes,
y la vergüenza nos subía a las mejillas,
y la rabia a los puños,
pero todo era inútil.
Pero todo fue inútil, porque
debajo de la tumba que nadie sabe
hoy los huesos de muchos se juntan con los tuyos.
Parecía imposible, cosa de broma, pero ahí está
tu calavera que todavía se horroriza.
Ahí está tu podredumbre para testimoniarlo,
tu juventud tronchada preguntando razones,
tu vivo idioma permanente
pidiendo un puesto en las tribunas.
El agua rueda al mar, y los amigos
de la escuela te colocamos flores
sobre el jardín de nuestros juegos
que una mañana se bañó de pólvora.
Gabino-Alejandro Carriedo
El Niño Muerto
Nadie se sorprendía, por ejemplo,
de que la madre se pusiera triste,
de que el domingo nada de concierto,
de que, por ejemplo, el padre paseara pensativo
de la mañana a la noche por su colocación.
Por ejemplo, naturalmente, murió el niño:
se fue, pobrecito, al cielo a jugar con los caballitos del cielo.
La madre, claro, no se consolaba,
andaba de cabeza su marido con los papeles
y la vecina decía lástima de criatura,
por ejemplo.
Quieras que no tuvieron que pensar en sacarlo:
el niño olía mucho, por ejemplo.
Las cintitas azules,
una caja elegida con esmerado gusto,
por ejemplo, dos curas, una corona, un coche
y —pián pianito, al cementerio,
con los niños detrás que amigos suyos fueran,
muy vestiditos, eso sí, por ejemplo.
Por ejemplo, por ejemplo,
pronto se pasó la pena,
y la madre se pintaba asiduamente,
y en seguida volvía al ginecólogo análogo
para hablar, por ejemplo, de otro niño posible,
y el padre mientras tanto a ganarlo en la oficina,
y a decir la vecina poco bien que estará,
por ejemplo, señores, el angelito en el cielo.
Gabino-Alejandro Carriedo
Breve Historia De Los Muertos
en el transcurso de las santas noches.
Llevan como un son lento de campanas
en las peladas piernas
y, si hablan, aseguran que hay un mundo
que nadie conocemos.
Vienen de lejos y andan por las trochas
como dolientes algas;
verdes están los hombres que murieron
lo mismo que estálo el río;
guardan recuerdos que no olvidan
y, lentos, cruzan lentamente
aquella esquina oscura que descubren,
aquella calle fría y solitaria
el patio aquel de la mansión,
el corredor envuelto en nubes,
la habitación aquella en que soñaron,
la vida toda, espeluznante y tonta.
Los muertos salen por la noche
acicalados y recién planchados
y con temor se acercan de hacer ruido
para tocar la silla en que sentaban,
la mesilla de noche y el tintero
y hasta el plumero para el polvo.
Luego, como si nada sucediera o hubiera
sucedido una vez,
abren las cartas que llegaron tarde,
concluyen la lectura del periódico
del día de su fallecimiento,
hurgan un poco en la despensa,
contemplan a los hijos que reposan
y se van por la puerta, sigilosos,
un algo tristes, pero confortados
porque no hay novedad, porque aun sin ellos,
parece que todo marcha,
pues está recogida la cocina
y el grifo no gotea.
Gustavo Adolfo Bécquer
Rima Lxxvi
del templo bizantino,
vi la gótica tumba a la indecisa
luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho,
y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna, del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado,
al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera
se plegaba su lecho de granito.
De la sonrisa última
el resplandor divino
guardaba el rostro, como el cielo guarda
del sol que muere el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra
sentados en el filo,
don ángeles, el dedo sobre el labio,
imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta;
de los arcos macizos
parecía dormir en la penumbra,
y que en sueños veía el paraíso.
Me acerqué de la nave
al ángulo sombrío
con el callado paso que llegamos
junto a la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento,
y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedra que ofrecía
próximo al muro otro lugar vacío,
en el alma avivaron
la sed de lo infinito,
el ansia de esa vida de la muerte
para la que un instante son los siglos...
Gustavo Adolfo Bécquer
Rima Lxxiv
desnudas las espaldas,
en el dintel de oro de la puerta
dos ángeles velaban.
Me aproximé a los hierros
que defienden la entrada,
y de las dobles rejas en el fondo
la vi confusa y blanca.
La vi como la imagen
que en leve ensueño pasa,
como rayo de luz tenue y difuso
que entre tinieblas nada.
Me sentí de un ardiente
deseo llena el alma;
como atrae un abismo, aquel misterio
hacia sí me arrastraba.
Mas ¡ay! que, de los ángeles,
parecían decirme las miradas:
—El umbral de esta puerta
sólo Dios lo traspasa.
Gustavo Adolfo Bécquer
Rima Lxxi
en que cambian de forma los objetos,
misteriosos espacios que separan
la vigilia del sueño.
Las ideas que en ronda silenciosa
daban vueltas en torno a mi cerebro,
poco a poco en su danza se movían
con un compás más lento.
De la luz que entra al alma por los ojos
los párpados velaban el reflejo;
mas otra luz el mundo de visiones
alumbraba por dentro.
En este punto resonó en mi oído
un rumor semejante al que en el templo
vaga confuso al terminar los fieles
con un Amén sus rezos.
Y oí como una voz delgada y triste
que por mi nombre me llamó a lo lejos,
¡y sentí olor de cirios apagados,
de humedad y de incienso!
Entró la noche y del olvido en brazos
caí cual piedra en su profundo seno.
Dormí y al despertar exclamé: —¡Alguno
que yo quería ha muerto!
Gustavo Adolfo Bécquer
Rima Lxix
¡La vida es sueño!
Calderón.
Al brillar un relámpago nacemos,
y aún dura su fulgor cuando morimos;
¡tan corto es el vivir!
La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
¡despertar es morir!
Gustavo Adolfo Bécquer
Rima Lxvi
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
Gustavo Adolfo Bécquer
Rima Lxi
[Melodía.
Es muy triste morir joven, y no contar
con una sola lágrima de mujer]
Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración, al oírla,
¿quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
¿quién vendrá a llorar?
¿Quién en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo
quién se acordará?