Muerte y Luto
Enrique Lihn
Elegía A Gabriela Mistral
que un ala color fuego y otra color ceniza
el ángel de su voz baja por ella
lleno de un Cristo único: impaciente en la espera;
que esperezándose de su vida profunda
nunca bien conciliada como sueño de exilio
con ojos que sus ojos de polvo le cegaron
todo lo ve en su Dios que lo ve todo.
Y cae allí donde estuvo su pecho
desenredado el nudo que la hizo cantar;
silencio ahora guarda, feliz, como de niño.
Dirán que está en la Gloria.
Dirán que está en la Gloria y que se encuentra en ella
una a una sus pérdidas como en un arenal
donde acampara el reino del que fue reina.
Su madre se le ofrece nuevamente en la jarra
en que le bebe el rostro con el suyo mil años.
Se yergue y he ahí los niños que no tuvo;
su amor luce en el cielo carne y hueso divinos.
Jóvenes de otra edad, fantasmas vivos
callan para que hable y es en Elqui, su valle
a un paso de países que le dan alegría.
Dirán que es suyo el seno de los suyos.
“Son palabras, palabras” creo oírle a la tierra
que, como siempre tiene la razón, coge y muele
su presa en un silencio que desvela a las víboras.
Palabras, sí. Pero algo suena en ellas
como en un verso mío un verso suyo
de vivo y cierto y creo y se abre el cielo
bajo la sombra que le da mi mano
No hay secreto ninguno en el azul
que no sea el azul de su secreto
y si otro mundo existe el sol lo abrazaría.
Enero corre incrédulo, apegado a sus días
hombre y buey a la vez, perro salvaje...
Y un absurdo solemne se prepara:
una misa solemne.
No me muevo de aquí, no bajo a la ciudad,
viene en su lugar otra que era apenas su sierva.
La tierra apoderada del cuerpo de Gabriela
bailará al paso lento del cortejo en las calles
y el Cristo mendicante que amó como mendiga
será sólo una cruz de una pieza, dorada
esplendorosa y fría como treinta monedas.
Niñas de blanco, en blanco, demasiado inocentes
bostezarán el sol hasta que entre en escena
seguido del ejército su primo, el gran soldado.
No me muevo de aquí donde está ella,
en su libro, en su voz que le leemos
toda una noche de cerrada vigilia.
Agua que se bebió vuelve a embriagarnos
de una sed, maravilla de las aguas.
Compañía nos hace el pan, su hermano
y la sal que aprendieron, poco a poco, sus sienes.
Envejecemos con sus criaturas
en el desierto que las guarda vivas
para un día feliz no venidero;
y muere, ante nosotros, la extranjera
en una soledad que nos ahoga.
Cabe en un redondel de luz la América
que un corazón contuvo en un gesto de amor.
La vida innominada no vive en nuestra vida
y cuando es justa como lo es su palabra
parece que las cosas sólo existen
para corroborarla desde lejos.
Al sol del Trópico lo alumbra Gabriela
la que levanta a signos toda una cordillera;
y el maíz tiene ojos que ella mira y la miran
innumerablemente como a madre giganta
como el verde amarillo de agradecimiento.
Mil años esperaron que naciera, sus hijos.
Y no ha nacido el día de los días para ella
cuerpo sólo es ahora que se encarna en la tierra,
ola que pierde espumas de su nombre
en la fosa común del mar del fondo.
Por mi parte yo nada le deseo,
busco su dicha allí donde encontró su dicha;
el canto, cuando es bello, cura el dolor que mienta
y le sobra belleza para el dolor más ancho.
Creo verla poner a su desgracia
el rostro grave y dulce que espejea en su verbo.
Escuchémosla hablar, roto el silencio
no atinaremos a llamarla ausente.
Enrique Lihn
Porque Escribí
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
Ismael Enrique Arciniegas
Éxtasis
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.
Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.
Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?
Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.
De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
Efraín Huerta
Manifiesto Nalgaísta Aleluya Cocodrilos Sexuales Aleluya
ALELUYA COCODRILOS SEXUALES ALELUYA
Para ella que me mira morir
El gran río penetró la roca viva
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo
se hizo rayo se hizo ruina se hizo tonto esqueleto
y hoy padece a lo largo de pieles de tigre
a la orilla del cocodrilo que me sueña
y me hunde en el naufragio
de su carne tan blanca
oh carne nacarada en medio
de la arena
como tú
y estas dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y de martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno de tu vientre
y de nuevo los dientes
ah malditos
ah maldita tú también
larga bestia ululante despierta lengua
en aquel círculo de asesinos
(Pierde toda esperanza
amor mío)
de almas danzantes albas
cool cool cool cool jazz
¡Bríndamelo por fin!
Aleluya Aleluya magnífico Grijalva
muerto de frío de rocas y pañuelos rojos
Piérdete
adelgázate hasta la soledad
de los cocodrilos que agonizan
al pie de mi medio siglo
y de mi alcohol
cohol cohol cohol cohol jazz
cool cool cool cool jazz
marinera manía
de pintar escribir declamar pagar impuestos
luz renta etcétera
y luego abrazarte
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas
y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo
y aleluyarte hasta no sé cuando
dormida y abrumada purificada
putificada
¡Aleluya! ¡Aleluya!
poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
poetas inmensos reyes del eliotazgo
baratarios y pancistas
grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa
perdónenme grandes y pequeños pequeñísimos
poetas
(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía
¿Peralvillo Tepito Incorporated?
Alors los invito a discurrir
pespunte limpio
por el nuevo Paseo la Anti-Reforma)
Efraín Huerta
Milonga Libre En Gris Menor Dos
DOS
Me ha herido recatándose en las sombras...G. A. BÉCQUER
Puede ser la voz de amor no dicha,
la propia dicha convertida en agua
(agua en un lecho durísimo como su necrofilia)
y un hombre caminando como loco
en delirante busca del sexo perdido.
La otra noche pensé en un poemahler
escrito en las tibias arenas de Lido:
el segundo movimiento de la 4ª, el scherzo,
justo cuando la Muerte, ay Dios mío, entra en el juego.
Malheureusement, seguí más vivo
que nunca; pero eso sí: muerto de risa,
porque jamás una lengua loca
me tocó tanto ni tan cerca, ni
unos labios tuvieron jamás
tanta perfección.
(Mientras ella, oh los que cabalgáis en asnas blancas,
bajuna y asnalmente
le daba de coces a un poeta que,
como bien sabe usted, sólo sabe ser poeta
por distracción divina).
Efraín Huerta
Jaime Sabines
Jaime ya no puede con la Muerte:
La de su padre el Mayor,
La de Doña Luz
("Me ha dejado triste,
tirado todo el día sobre mis sueños")
Y ahora los veintidós años muertos
De Jaimito
Jaime ya no puede con la Muerte
Ahora Jaime-Tigre-Poeta
Debe poder hasta la muerte con la Vida
26 de junio de 1969
Efraín Huerta
Responso Por Un Poeta Descuartizado
viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.
Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones
donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas,
donceles y príncipes se rinden
y le besan los benditos pies;
porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad
y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de
alcohol bebidos a pleno pulmón,
así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas
y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,
la crónica que nunca hubieras querido escribir
y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas
floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas...
Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos
al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio
(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro y la
soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.
Maldiciendo, claro, porque en la agónía estaba en su
derecho y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,
dijo Rubén al
niño triste que oyó su testamento), ¿por
qué no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara de un lirio?
Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino
hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes, la neblina
de los puertos, el ahogo de Nueva York, la palabra española, el
duelo de Machado, Europa sin su pan.
Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado!)
y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca le hallaron nada sino dolor en la piel
limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio el corazón
y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión de los dioses, como el penacho de un emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero taíno;
cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo cuerpo, ay, de mieles y nardos
(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta divino, anchura de navío),
el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos de la fortaleza de Acosasco
y que luego...
Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de destrozarlo,
enteramente destazarlo como a una fiera selvática, como al toro
americano
porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, muchísimo
universo
necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas de piedad,
henchidas de amor y de ternura.
Aquí el hígado y allá los riñones.
¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de
garra en garra como un puñado de perlas.
Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;
y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles y
la policía dijo, chilló, bramó:
¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío
—mil ochocientos cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel
y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre rejas, el
primer cerebro en una celda,
la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.
Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por esa
agonía de pirámide arrasada,
el poeta que todo lo amó
cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave
crucifijo, el Cristo de marfil que otro poeta agónico le
regalara —Amado Nervo—
y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de
qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea
nada más porque empezaba a morir,
nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y su
delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,
y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra en mano y
de mano en garra
hasta parecer el ala de un ángel,
la solar sonrisa de un efebo,
la sombra de recinto de todos los poetas vivos,
de todos los poetas agonizantes,
de todos los poetas.
19 de enero de 1967
Efraín Huerta
Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka
Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto
de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado
y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto
por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,
enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas
donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;
hueso infinito para ponerse verde de envidia,
para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;
para no ver siquiera la herida de tu boca
ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran
como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;
para hipnotizar la espada de la melancolía
y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios
donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;
para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite
en el corazón del follaje del cementerio judío;
para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;
para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total
y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;
para morir eternamente de una tuberculosis dorada
y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio
y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,
por los que quemaron a Juan Huss
y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.
Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,
pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;
hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K
hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos
y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo
como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;
hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente
la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.
Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo
y escribir sobre la piel la palabra abismo,
la palabra epitafio, la palabra sacrificio
y la palabra sufrimiento
y la palabra Hacedor.
6 de noviembre de 1965
Efraín Huerta
Un Pectoral De Pavor Para El Capitán Fiallo
Ardía el caballero con sus ojeras rotas
llameaba su piel e iluminaba la ciudad
Moría de hambre el capitán Fiallo
acostado en su lecho de una bruta piel de toro
y un leño por almohada
brasa de muerte y soledad
rezos y campanadas
esquilas como cementerios del aire
Ardía desde el corazón hasta el vientre del valle
al que tardíamente había llegado
capitán
caballero
de los pobres
Tan tarde así que ya el crepúsculo era anciano
y las estelas eran viejas de siglos
El que moría era pálido como sus hazañas
y el oro de su bolso no cabría nunca en su tumba
porque —digo— había llegado tarde y nunca supo
caballero de codicia
capitán
y encomendero
que a un paso de su vida y a un paso de su muerte
yacían los tesoros las joyas del olvido
los caracoles de reluciente esperma marina
y la silenciosa pureza del cristal de roca
Y entonces muere el más rico de los pobres sin saberlo
el pobre
(el de pan duro mojado en agua serenada
el de un leño de mezquite por almohada
el dormido en una bruta piel de toro)
el capitán español
el benefactor español
el encomendero español
el bien llamado
el bienamado capitán Fiallo
el pobre
(Oaxaca tiene una calle con su nombre)
tan honradamente pobre como un vals empobrecido
(tiene también Oaxaca un sucio cine antiguo teatro llamado Macedonio Alcalá
y allí el vals Dios nunca muere se arrastra entre ratas
como el propio Alcalá moribundo en su negro petate)
tan pobre el capitán que sus niños y niñas lloraron
como muertecitos de alambre
y sus lágrimas eran de yeso
y los corregidores frailes y tenientes volvieron el estómago
al pie de los laureles de bronce
Pues en el horizonte
al poniente
y junto a montes color de tigre
una colina como una leona en reposo
se preñaba de rayos y de lluvia
(Xipetótec desollaba el agua, el relámpago y la Tumba 7)
porque el capitán —pintado al óleo a la entrada del museo—
había muerto tan aterido y flaco como un murciélago en su urna
y la riqueza ignorada y desdeñada podía esperar dos siglos
El capitán no tuvo perlas ni ámbares ni caracoles
ni oros ni plata ni azabaches ni turquesas
ni dagas de obsidiana ni pedernales ni cristales de roca
Mísero capitán
encomendero español
muerto como un perrito
como un perrito muerto
a la sombra de la sonora carcajada de Cosijo
en el corazón del marquesado
en la raíz de los tesoros
en el pulmón lunar de la noche mixteca
a un tiro de arcabuz de un pectoral
ennegrecido y turbio
como su amarga vida de bien aconsejada hipocresía
Descanse en paz
capitán
Fiallo de nombre
Efraín Huerta
Agua Del Dios (2)
Agua espesa, divinamente pantanosa,
agua de olvido, espejo de tinieblas,
agua donde penetra el alma y nada se oye.
Fresca agua para el rostro, para toda la carne
mancillada y expuesta
sanguinolenta en todos los mercados.
Agua —como la patria— abierta en canal.
Patria bárbara y militar
dejada de la mano de los dioses,
fugitiva del agua que todo lo purifica.
Patria nuestra muerta de rocío
y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones
y después más ladrones y más
y más y nunca terminan asesinos
y carceleros, oh dios,
ah amada, desventurada
patria-cárcel
Tal es mi furia y mi testimonio dijo el dios
en el instante del sagrado crepúsculo, cuando las colinas
se alejaron hacia un infinito de miseria.
No otra es mi palabra, mi árido paisaje de sangre,
la soledad amorosa que me es negada, los ojos
que me hieren, los poros con que hiero y salvo.
Oh dios, ay dios de heridas y puñales,
dios de piedra punzante, hubo una hora en que
todo pareció como el estallido del alba
y las sonrisas esplendieron como pétalos
y el amor era magnífico hasta la belleza total.
Después nos acribillaron y nos arrebataron
la desnuda libertad.
Parece no importar, oh tú, horripilante
y solitario lleno de asco dios de la infamia,
gran sacerdote del exterminio.
A tus pies, hombre y duelo,
junto a tus heridas cristalinas y tu agua,
me arrodillo otra vez a contemplar el paso de mi patria,
y digo que todo podría ser tan hermoso y sagrado
como el amor, como el Amor,
como el AMOR, oh dios,
recíbeme en tu piedra,
¡hazme vivir!
Septiembre-octubre de 1964
Efraín Huerta
Agua Del Dios (1)
Agua dulce, agua amarga,
agua de soledad, agua de nada,
agua quebrada para el verde amor
y la amarilla piedad;
agua sin sombra para el aire
de esta región llamada
la más transparente de la sangre.
Dios mío dije ayer en la frontera fuego-sueño
y un elemento lleno de voz y cielos —agua y tierra—
me respondió desde el fondo del corazón de la tragedia:
Acércate, abre las piernas del viento
y húndele tu puñal de purísima obsidiana.
Pero nadie vive de aire sino de hambre
y el canto que anhela lo heroico pierde la alegría
y todo se quebranta como una conversación entre vasallos.
Oh dios mío vuelvo a decir y desde una región
de corales terrestres y desamparo, la misma voz
de siempre: Llora un instante, mírate en el espejo de mi tiempo
y aprende a vivir como un hombre adormilado.
¿Entonces soy el perro-poeta de rodillas
o el jaguar vencido, hincada la mandíbula en la tierra que nada engendra?
Con el hocico enfermo de plumas y cuarzos
subo y bajo bajo y subo la pirámide del miedo,
oh dios endemoniado y brujo, tragador de hongos,
dios de soles envilecidos y príncipes y sacerdotes homosexuales,
yo estoy en adoración todos los días en nombre de mis muertos
y de mis vivos, de todos los que amo y de todos los que no he aprendido a odiar,
así, de rodillas, salvajemente mexicano,
adherido a las hoyos inmundos de tu ancha cara sin horizontes.
Porque se debe decir, partiendo
en dos la podrida manzana de la epopeya:
la patria es
impecable como un asesinato al pie de las ruinas
y una mujer que no pudo parir ni una oración,
la patria es diamantina como la hora del alba en que un hombre es
crucificado
y los panes y semillas del hombre parecen crecer entre telarañas
—y rayos e incendios, oh dios de dioses,
ciegan y matan la inmensidad del sueño.
Efraín Huerta
El Tajín
a David Huerta
a Pepe Gelada
...el nombre de El Tajín le fue dado por los indígenas
totonacas
de la región por la frecuencia con que caían rayos sobre
la pirámide...
1
Andar así es andar a ciegas,
andar inmóvil en el aire inmóvil,
andar pasos de arena, ardiente césped.
Dar pasos sobre agua, sobre nada
—el agua que no existe, la nada de una astilla—,
dar pasos sobre muertes,
sobre un suelo de cráneos calcinados.
Andar así no es andar sino quedarse
sordo, ser ala fatigada o fruto sin aroma;
porque el andar es lento y apagado,
porque nada está vivo
en esta soledad de tibios ataúdes.
Muertos estamos, muertos
en el instante, en la hora canicular,
cuando el ave es vencida
y una dulce serpiente se desploma.
Ni un aura fugitiva habita este recinto
despiadado. Nadie aquí, nadie en ninguna sombra.
Nada en la seca estela, nada en lo alto.
Todo se ha detenido, ciegamente,
como un fiero puñal de sacrificio.
Parece un mar de sangre
petrificada
a la mitad de su ascensión.
Sangre de mil heridas, sangre turbia,
sangre y cenizas en el aire inmóvil.
2
Todo es andar a ciegas, en la
fatiga del silencio, cuando ya nada nace
y nada vive y ya los muertos
dieron vida a sus muertos
y los vivos sepultura a los vivos.
Entonces cae una espada de este cielo metálico
y el paisaje se dora y endurece
o bien se ablanda como la miel
bajo un espeso sol de mariposas.
No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos
y las columnas rotas y las plumas agónicas.
Todo aquí tiene rumores de aire prisionero,
algo de asesinato en el ámbito de todo silencio.
Todo aquí tiene la piel
de los silencios, la húmeda soledad
del tiempo disecado; todo es dolor.
No hay un imperio, no hay un reino.
Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,
sobre el cadáver de uno mismo,
al tiempo que el tiempo se suspende
y una orquesta de fuego y aire herido
irrumpe en esta casa de los muertos
—y un ave solitaria y un puñal resucitan.
3
Entonces ellos —son mi hijo y mi amigo—
ascienden la colina
como en busca del trueno y el relámpago.
Yo descanso a la orilla del abismo,
al pie de un mar de vértigos, ahogado
en un inmenso río de helechos doloridos.
Puedo cortar el pensamiento con una espiga,
la voz con un sollozo, o una lágrima,
dormir un infinito dolor, pensar
un amor infinito, una tristeza divina;
mientras ellos, en la suave colina,
sólo encuentran
la dormida raíz de una columna rota
y el eco de un relámpago.
Oh Tajín, oh naufragio,
tormenta demolida,
piedra bajo la piedra;
cuando nadie sea nada y todo quede
mutilado, cuando ya nada sea
y sólo quedes tú, impuro templo desolado,
cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,
la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos
para siempre, asfixiada,
muerta en todas las muertes,
ciega en todas las vidas,
bajo todo el silencio universal
y en todos los abismos.
Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio.
Y después, nada.
Junio de 1963
Efraín Huerta
F d r
Duerme bajo las rosas.
Rosas de Hyde Park:
las rosas de su sueño.
Gentil, justo y resuelto,
varón de noble vida.
Rosas de Hyde Park
sobre su tumba, en vuelo.
Efraín Huerta
Primer Canto De Abandono
crecido con el llanto y el amor;
si fuese luz, o solamente ave
con las alas cargadas de tristeza;
si el silencio viniese, si la muerte…
¿Adónde ir con ella, iluminada
con fuego de gemidos y caricias
y gérmenes de mustias esperanzas?
Y una voz inhumana:
-Donde no existan lágrimas de odio
ni pantanos con rosas y claveles.
Mi voz en la saliva del olvido,
como pez en un agua de naufragio.
Efraín Huerta
Elegía
Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y tus genitales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.
Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y fue a manchar la noche de violeta.
El propio ruido de tus piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos de los
jardines,
las horas que nunca fueron más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.
De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.
Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto
-porque el amor es un magnífico manzano
con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad-
la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte
ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna
la sonrisa de Dios estallaría.
Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.
Eugenio Florit
Soneto
por una sombra que tendrá mi frente.
Sólo en mi frente la inquietud presente
que hoy guardo en mí, de mi dolor cautivo.
Blanca la faz, sin el ardor lascivo,
sin el sueño prendiéndose a la mente.
Ya sobre mí, callado eternamente,
la rosa de papel y el verde olivo.
Qué sueño sin ensueños torcedores,
abierta el alma a trémulas caricias
y sobre el corazón fijas las manos.
Qué lejana la voz de los amores.
Con qué sabor la boca a las delicias
de todos los serenos oceanos.
Ernesto Cardenal
Epigrama
unos tiros anoche
Se oyeron
del lado del cementerio.
Nadie sabe a
quien mataron,
o los mataron.
Nadie sabe nada.
Se oyeron unos tiros
anoche.
Eso es todo.
Ernesto Cardenal
Tomarse Con Los Brazos El Uno Al Otro
dándose cada uno a los brazos del otro.
Qué diferente sentirte dentro de uno
que sentirse uno solo dentro de uno
es decir, vacío.
¿Será que es soledad tu abrazo
y tus besos sólo sed?
Me parece oírte que de mí no te sacias nunca.
Yo que fui antes buen catador de amarguras.
Diego de Torres y Villarroel
A La Memoria De D Juan Domingo De Haro Y Guzmán
al héroe más insigne y portentoso,
es el único triunfo, el más glorioso,
que robar has logrado, muerte airada.
La vida de su fama celebrada,
fe, virtud y valor y celo ansioso,
exentos de tu brazo pavoroso,
en lo eterno aseguran su morada.
Al honor, al aplauso, al ardimiento,
a la piedad, al culto y a la gloria
tocar no pudo tu furor violento.
Pues si de tantas vidas la memoria
eterna vive en este monumento,
¿en qué fundas, oh Parca, tu victoria?
Diego de Torres y Villarroel
Cuenta Los Pasos De La Vida
en grillos de una culpa concebido,
condenado a morir sin ser nacido,
pues estoy no nacido y ya enterrado.
De la estrechez obscura libertado,
salgo informe terrón no conocido,
pues sólo de que aliento es un gemido
melancólico informe de mi estado.
Los ojos abro, y miro lo primero
que es la esfera también cárcel obscura;
sé que se ha de llegar el fin postrero.
Pues ¿adónde me guía mi locura,
si del ser al morir soy prisionero,
en el vientre, en el mundo y sepultura?
Dionisio Ridruejo
Memoria
por las mudas orillas de tu ausencia.
La noche se hizo cuerpo de tu esencia
y el campo abierto se plegó vencido.
Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.
Viniste sobre un aire de amapolas.
Como suspiros estallando rojos,
bajo el ardor de las estrellas plenas,
los labios avanzaron como olas.
Y sumiso en el sueño de tus ojos
murió el dolor en las floridas venas.
Duque de Rivas
El Fratricidio Romance Segundo El Castillo
De años y hazañas sepulcro,
Que viandantes y pastores
Miran de noche con susto,
Cuando en tus almenas rotas
Grita el cárabo nocturno,
Y recuerda las consejas
Que de ti repite el vulgo.
Escombros que han perdonado,
Para escarmiento del mundo,
La guadaña de los siglos,
El rayo del cielo justo;
Esqueleto de un gigante,
Peso de un collado inculto,
Cadáver de un delincuente
De quien fué el tiempo verdugo;
Nido de aves de rapiña,
Y de reptiles inmundos
Vivar, y en que eres lo mismo
De lo que eres ha cien lustros;
Pregonero que publicas
Elocuente, aunque tan mudo,
Que siempre han sido los hombres
miseria, opresión, orgullo;
De Montiel viejo castillo.
Montón de piedras y musgo,
Donde en vez de centinelas
Gritan los siniestros buhos,
¡Cuán distinto te contemp1o
De lo que estabas robusto,
La noche aquella que fuiste
Del rey Don Pedro refugio!
Duque de Rivas
Una Antigualla De Sevilla Romance Tercero La Cabeza
Su eterna llama sepulta
El sol, y tierras y cielos
Con negras sombras se enlutan.
De la cárcel de Sevilla,
En una bóveda obscura,
Que una lámpara de cobre
Más bien asombra que alumbra,
Pasaba una extraña escena,
De aquellas que nos angustian
Si en horrenda pesadilla
El sueño nos la dibuja.
Pues no semejaba cosa
De este mundo, aunque se usan
En él cosas harto horrendas,
De que he presenciado muchas,
Sino cosa del infierno,
Funesta y maligna junta
De espectros y de vampiros,
Festín horrible de furias.
En un sillón, sobre gradas,
Se ve en negras vestiduras
Al buen Alcalde Cerón,
Ceño grave, faz adusta.
A su lado, en un bufete
Que más parece una tumba,
Prepara un viejo Notario
Sus pergaminos y plumas.
Y de aquella estancia en medio,
De tablas con sangre sucias,
Se ve un lecho, y sus cortinas
Son cuerdas, garfios, garruchas.
En torno de él dos verdugos
De imbécil facha y robusta,
De un saco de cuero aprestan
Hierros de infaustas figuras.
Sepulcral silencio reina,
Pues solamente se escucha
El chispeo de la llama
En la lámpara que ahúma
La bóveda, y de los hierros
Que los verdugos rebuscan,
El metálico sonido
Con que se apartan y juntan.