Poemas en este tema
Muerte y Luto
Evaristo Carriego
Aquella Vez Que Vino Tu Recuerdo
La mesa estaba alegre como nunca.
Bebíamos el té: mamá reía
recordando, entre otros,
no se qué antiguo chisme de familia,
una de nuestras primas comentaba
recordando con gracia los modales,
de un testigo irritado el incidente
que presenció en la calle,
los niños se empeñaban, chacoteando,
en continuar el juego interrumpido,
y los demás hablábamos de todas
las cosas de que se habla con cariño.
Estábamos así contentos, cuando
alguno te nombró, y el doloroso
silencio que de pronto ahogó las risas,
con pesadez de plomo,
persistió largo rato. Lo recuerdo
cómo si fuera ahora: nos quedamos
mudos, fríos. Pasaban los minutos,
pasaban y seguíamos callados.
Nadie decía nada pero todos
pensábamos lo mismo. Como siempre
que la conmueve una emoción penosa,
mamá disimulaba ingenuamente
queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!
¡Bien que la conocemos! Las muchachas
fingían ocuparse del vestido
que una de ellas llevaba,
los niños, asombrados de un silencio
tan extraño, salían de la pieza.
Y los demás seguíamos callados
sin mirarnos siquiera.
Bebíamos el té: mamá reía
recordando, entre otros,
no se qué antiguo chisme de familia,
una de nuestras primas comentaba
recordando con gracia los modales,
de un testigo irritado el incidente
que presenció en la calle,
los niños se empeñaban, chacoteando,
en continuar el juego interrumpido,
y los demás hablábamos de todas
las cosas de que se habla con cariño.
Estábamos así contentos, cuando
alguno te nombró, y el doloroso
silencio que de pronto ahogó las risas,
con pesadez de plomo,
persistió largo rato. Lo recuerdo
cómo si fuera ahora: nos quedamos
mudos, fríos. Pasaban los minutos,
pasaban y seguíamos callados.
Nadie decía nada pero todos
pensábamos lo mismo. Como siempre
que la conmueve una emoción penosa,
mamá disimulaba ingenuamente
queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!
¡Bien que la conocemos! Las muchachas
fingían ocuparse del vestido
que una de ellas llevaba,
los niños, asombrados de un silencio
tan extraño, salían de la pieza.
Y los demás seguíamos callados
sin mirarnos siquiera.
418
Evaristo Carriego
La Costurerita Que Dio Aquel Mal Paso
La costurerita que dio aquel mal paso
y lo peor de todo, sin necesidad
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después según dicen en la vecindad
se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡Tan sin corazón!
Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.
¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!
y lo peor de todo, sin necesidad
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después según dicen en la vecindad
se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡Tan sin corazón!
Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.
¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!
700
Evaristo Carriego
El Velorio
Como ya en el barrio corrió la noticia,
algunos vecinos llegan consternados,
diciendo en voz baja toda la injusticia
que amarga la suerte de los desdichados
A principios de año, repentinamente
murió el mayorcito ¡Si es para asustarse:
apenas lo entierran, cuando fatalmente
la misma desgracia vuelve a presentarse!
En medio del cuadro de caras llorosas
que llena el ambiente de recogimiento,
el padre recibe las frases piadosas
con que lo acompañan en el sentimiento
Los íntimos quieren llevárselo afuera,
pues presienten una decisión sombría
en su mirar fijo: de cualquier manera
con desesperarse nada sacaría
Porque hay que ser hombre, cede a las instancias
de los allegados, que fingen el gesto
de cansancio propio de las circunstancias:
Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto.
La forma expresiva de las condolencias
narra lo sincero de las aflicciones,
que recién en estas duras emergencias
se aprecian las pocas buenas relaciones.
Entre los amigos que han ido a excusarse,
uno que otro padre de familia pasa
a cumplir, sintiendo no poder quedarse:
¡Ellos también tienen enfermos en casa!
Encuentran el golpe realmente sensible,
aunque irreparable, saben que sus puestos
están allí, pero les es imposible
al fin crían hijos y se hallan expuestos
Como habla del duelo todo el conventillo,
vienen comentarios desde la cocina,
mientras el teclado de un ronco organillo
más ronco y más grave solloza en la esquina.
Las muchas vecinas que desde temprano
fueron a brindarse, siempre cumplidoras,
están asombradas ¡El era bien sano,
y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas!
¡Parece mentira! ¡Pobre finadito!
Nunca, jamás daba que hacer a la gente:
¡Había que verlo, ya tan hombrecito,
tan fino en sus modos y tan obediente!
La angustiada madre, que llorando apura
el cáliz que el justo Señor le depara,
muestra a las visitas la vieja figura
con que la noche antes él aún jugara.
Y, afanosamente, buscando al acaso,
halla entre las vueltas de una serpentina
aquel desteñido traje de payaso
que le regalase su santa madrina.
Y la rubia imagen a la cual rezaba
truncas devociones de rezos tardíos,
¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos!»
Como esas benditas cosas no la dejan,
y ella torna al mismo fúnebre relato
y va siendo tarde, todas la aconsejan
cariñosamente recostarse un rato.
Muchas de las que hace tiempo permanecen
con ella, se marchan, pues no les permite
quedarse la hora, pero antes se ofrecen
para algo de apuro que se necesite
Las de «compromiso» van abandonando
silenciosamente la pieza mortuoria:
sólo las parientes se aguardan, orando
por el angelito que sube a la Gloria.
La crédula hermana se acerca en puntillas,
a ver, nuevamente, «si ya está despierto»,
y le llama y pone sus frescas mejillas
sobre la carita apacible del muerto.
En el otro cuarto se tocan asuntos
de interés notorio: programas navales,
cuestiones, alarmas, crisis y presuntos
casos de conflictos internacionales.
Mientras corre el mate, se insinúan datos
sobre las carreras y las elecciones,
y «la fija, al freno», de los candidatos
es causa de algunas serias discusiones.
Como no es posible que en esos instantes,
y habiendo muchachas, puedan sostenerse
sin ningún motivo temas semejantes,
los juegos de prendas van a proponerse.
Varios se retiran como pesarosos
de no acompañarlos: no hay otro remedio,
quizás esperasen, sin duda gustosos,
si fuerzas mayores que están de por medio
Y, al dejar al padre menos afligido,
a las susurradas frases de la breve
triste despedida, sigue el convenido
casi misterioso: «Mañana a las nueve».
algunos vecinos llegan consternados,
diciendo en voz baja toda la injusticia
que amarga la suerte de los desdichados
A principios de año, repentinamente
murió el mayorcito ¡Si es para asustarse:
apenas lo entierran, cuando fatalmente
la misma desgracia vuelve a presentarse!
En medio del cuadro de caras llorosas
que llena el ambiente de recogimiento,
el padre recibe las frases piadosas
con que lo acompañan en el sentimiento
Los íntimos quieren llevárselo afuera,
pues presienten una decisión sombría
en su mirar fijo: de cualquier manera
con desesperarse nada sacaría
Porque hay que ser hombre, cede a las instancias
de los allegados, que fingen el gesto
de cansancio propio de las circunstancias:
Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto.
La forma expresiva de las condolencias
narra lo sincero de las aflicciones,
que recién en estas duras emergencias
se aprecian las pocas buenas relaciones.
Entre los amigos que han ido a excusarse,
uno que otro padre de familia pasa
a cumplir, sintiendo no poder quedarse:
¡Ellos también tienen enfermos en casa!
Encuentran el golpe realmente sensible,
aunque irreparable, saben que sus puestos
están allí, pero les es imposible
al fin crían hijos y se hallan expuestos
Como habla del duelo todo el conventillo,
vienen comentarios desde la cocina,
mientras el teclado de un ronco organillo
más ronco y más grave solloza en la esquina.
Las muchas vecinas que desde temprano
fueron a brindarse, siempre cumplidoras,
están asombradas ¡El era bien sano,
y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas!
¡Parece mentira! ¡Pobre finadito!
Nunca, jamás daba que hacer a la gente:
¡Había que verlo, ya tan hombrecito,
tan fino en sus modos y tan obediente!
La angustiada madre, que llorando apura
el cáliz que el justo Señor le depara,
muestra a las visitas la vieja figura
con que la noche antes él aún jugara.
Y, afanosamente, buscando al acaso,
halla entre las vueltas de una serpentina
aquel desteñido traje de payaso
que le regalase su santa madrina.
Y la rubia imagen a la cual rezaba
truncas devociones de rezos tardíos,
¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos!»
Como esas benditas cosas no la dejan,
y ella torna al mismo fúnebre relato
y va siendo tarde, todas la aconsejan
cariñosamente recostarse un rato.
Muchas de las que hace tiempo permanecen
con ella, se marchan, pues no les permite
quedarse la hora, pero antes se ofrecen
para algo de apuro que se necesite
Las de «compromiso» van abandonando
silenciosamente la pieza mortuoria:
sólo las parientes se aguardan, orando
por el angelito que sube a la Gloria.
La crédula hermana se acerca en puntillas,
a ver, nuevamente, «si ya está despierto»,
y le llama y pone sus frescas mejillas
sobre la carita apacible del muerto.
En el otro cuarto se tocan asuntos
de interés notorio: programas navales,
cuestiones, alarmas, crisis y presuntos
casos de conflictos internacionales.
Mientras corre el mate, se insinúan datos
sobre las carreras y las elecciones,
y «la fija, al freno», de los candidatos
es causa de algunas serias discusiones.
Como no es posible que en esos instantes,
y habiendo muchachas, puedan sostenerse
sin ningún motivo temas semejantes,
los juegos de prendas van a proponerse.
Varios se retiran como pesarosos
de no acompañarlos: no hay otro remedio,
quizás esperasen, sin duda gustosos,
si fuerzas mayores que están de por medio
Y, al dejar al padre menos afligido,
a las susurradas frases de la breve
triste despedida, sigue el convenido
casi misterioso: «Mañana a las nueve».
580
Evaristo Carriego
El Ensueño
Porque después del golpe vino la airada
retahíla de insultos con que la veja,
ella tornó a callarse, sin una queja,
ya a las frases más torpes acostumbrada.
Y por fin, en el lecho cayó, cansada,
conteniendo esa horrible tos que no ceja
y de nuevo a la boca sube y le deja
el sabor de su enferma sangre afiebrada.
Y mientras el padre, grita, brutal, borracho
como siempre que vuelve de la cantina,
ella piensa en el dulce sueño irreal
que soñara al recuerdo de aquel muchacho
que vio junto a la cama de su vecina
de la tarde de un jueves del hospital.
retahíla de insultos con que la veja,
ella tornó a callarse, sin una queja,
ya a las frases más torpes acostumbrada.
Y por fin, en el lecho cayó, cansada,
conteniendo esa horrible tos que no ceja
y de nuevo a la boca sube y le deja
el sabor de su enferma sangre afiebrada.
Y mientras el padre, grita, brutal, borracho
como siempre que vuelve de la cantina,
ella piensa en el dulce sueño irreal
que soñara al recuerdo de aquel muchacho
que vio junto a la cama de su vecina
de la tarde de un jueves del hospital.
463
Evaristo Carriego
La Enferma Que Trajeron Anoche
La enferma abrió los ojos cuando la hermana,
que aún no ha descansado ni un sólo instante,
decía sus temores al practicante
que pasa la visita de la mañana.
Desde que la trajeron ha rechazado
sin contestar palabra, todo remedio,
y por más que se hizo no hubo medio
de vencer un mutismo tan obstinado.
Y ahora, en la pesada semiinconsciencia
del último momento, su indiferencia
silenciosa parece ceder, por fin,
pero en los labios secos y en la mirada
sólo tiene un reproche de abandonada
para las compañeras del cafetín.
que aún no ha descansado ni un sólo instante,
decía sus temores al practicante
que pasa la visita de la mañana.
Desde que la trajeron ha rechazado
sin contestar palabra, todo remedio,
y por más que se hizo no hubo medio
de vencer un mutismo tan obstinado.
Y ahora, en la pesada semiinconsciencia
del último momento, su indiferencia
silenciosa parece ceder, por fin,
pero en los labios secos y en la mirada
sólo tiene un reproche de abandonada
para las compañeras del cafetín.
371
Evaristo Carriego
Funerales Báquicos
Ayer en la taberna, tristemente,
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:
Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).
Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.
Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.
Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano
cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.
Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!
Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!
Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.
Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:
Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).
Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.
Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.
Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano
cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.
Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!
Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!
Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.
Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
446
Evaristo Carriego
De Invierno
Frío y viento. Ya en la casa miserable,
tiritando se durmió la viejecita,
y en la pieza, abandonada como siempre,
gime y tose, sin alivio, la enfermita.
¡Oh, qué noche! Se me antoja ver extraños
rojos cirios en las calles solitarias
¡Con qué lúgubre sigilo van pasando
las angustias, en sus rondas silenciarias!
Madre, hermana, prima, santas compasivas
de las trágicas miserias sollozantes:
¿Qué será de los enfermos esta noche
tan adusta, de presagios inquietantes?
¡Oh, las vidas, condenadas en el lecho
al suplicio de las fiebres horrorosas!
¡Pobrecitos los pulmones que no llegan
al dorado mes del sol y de las rosas!
¡Oh, la carne, que se va tan resignada
que, soñando una esperanza, ya no espera!
¡Pobrecita la incurable que se muere
suspirando por la dulce primavera!
¡Oh, las frígidas blancuras, las mortales,
de las novias peregrinas, que en su marcha
al país de lo vedado se desposan
con los tísicos donceles de la escarcha!
tiritando se durmió la viejecita,
y en la pieza, abandonada como siempre,
gime y tose, sin alivio, la enfermita.
¡Oh, qué noche! Se me antoja ver extraños
rojos cirios en las calles solitarias
¡Con qué lúgubre sigilo van pasando
las angustias, en sus rondas silenciarias!
Madre, hermana, prima, santas compasivas
de las trágicas miserias sollozantes:
¿Qué será de los enfermos esta noche
tan adusta, de presagios inquietantes?
¡Oh, las vidas, condenadas en el lecho
al suplicio de las fiebres horrorosas!
¡Pobrecitos los pulmones que no llegan
al dorado mes del sol y de las rosas!
¡Oh, la carne, que se va tan resignada
que, soñando una esperanza, ya no espera!
¡Pobrecita la incurable que se muere
suspirando por la dulce primavera!
¡Oh, las frígidas blancuras, las mortales,
de las novias peregrinas, que en su marcha
al país de lo vedado se desposan
con los tísicos donceles de la escarcha!
458
Evaristo Carriego
Frente A Frente
Anoche la enferma se fue de la vida,
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
440
Evaristo Carriego
Bajo La Angustia
Dijo anoche, su canto de muerte
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.
¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego,
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!
Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos
Hermanita, ¡Me viene una pena!
Si te escucho gemir, que presiento
las nocturnas postreras heladas:
las temidas del árbol enfermo.
¡Si supieras! Blandones sombríos,
me parecen tus ojos ¡Tan negros!,
Y tu lívida faz taciturna
un fatídico heraldo de duelo.
¡Si supieras! A ratos me asaltan
tus visiones sangrientas. No duermo
al pensar, siempre alerta el oído,
que te pasas la noche tosiendo
Al pensar en tu vida deshecha,
cuando miro esfumarse en mi ensueño
tus nerviosos esguinces cansados,
y moverse y cruzar tu esqueleto
¡Hermanita: hace frío, ya es hora
de los suaves calores del lecho,
pero cambia la colcha: esa blanca
me recuerda el ajuar de los muertos!
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.
¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego,
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!
Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos
Hermanita, ¡Me viene una pena!
Si te escucho gemir, que presiento
las nocturnas postreras heladas:
las temidas del árbol enfermo.
¡Si supieras! Blandones sombríos,
me parecen tus ojos ¡Tan negros!,
Y tu lívida faz taciturna
un fatídico heraldo de duelo.
¡Si supieras! A ratos me asaltan
tus visiones sangrientas. No duermo
al pensar, siempre alerta el oído,
que te pasas la noche tosiendo
Al pensar en tu vida deshecha,
cuando miro esfumarse en mi ensueño
tus nerviosos esguinces cansados,
y moverse y cruzar tu esqueleto
¡Hermanita: hace frío, ya es hora
de los suaves calores del lecho,
pero cambia la colcha: esa blanca
me recuerda el ajuar de los muertos!
463
Evaristo Carriego
Visiones Del Crepúsculo
Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.
Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.
Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena
Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.
Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.
Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.
Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.
Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias
Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños
Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.
Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.
En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.
La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste
enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.
El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.
El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora
En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.
¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.
Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.
Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena
Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.
Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.
Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.
Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.
Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias
Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños
Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.
Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.
En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.
La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste
enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.
El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.
El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora
En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.
¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
459
Evaristo Carriego
Los Perros Del Barrio
Una noche de invierno, tan cruda
que se fue del portal la Miseria,
y en sus camas de los hospitales
lloraron al hijo las madres enfermas,
con el frío del Mal en el alma
y el ardor del ajenjo en las venas,
tras un hosco silencio de angustias,
un pobre borracho cantó en la taberna:
Compañero: no salgas, presiento
algo raro y hostil en la acera.
La invadieron aullando los lobos
Asómate, hermano. ¡La calle está llena!
Son los mismos que espían tu paso
en la sombra sin fin de su senda,
los que en sórdidas tropas se anuncian
y en horas terribles arañan la puerta
¿Que no entiendes? ¿No tiembla tu prole
al salvaje ulular de las bestias?
¿Nunca vio la Desgracia? ¿Fue siempre
la entraña sin hambre, la entraña repleta?
Continúan aullando, ¿No oíste?
Ritornelo feroz que resuena
como un lúgubre grito flotando
por sobre la cuna que mece la anemia.
¡Y son todos! No falta ninguno,
y la noche no pasa: es eterna.
El Dolor es invierno, te cubre:
no aguardes ni sueñes jamás primaveras.
El olvido está lejos, no viene
a dejar junto a ti su promesa,
su promesa de muerte, ¡La Madre,
a veces tan mala y a veces tan buena!
Nunca nadie sabrá de la mano
que pusiese en tus ojos la venda,
con la cual has caído tan hondo
que aquellos que quieren mirarte se ciegan.
En tu anónimo abismo te agitas
sin desear un regreso, en la inquieta
sensación del inmenso desplome
que arrastra consigo tus dudas tremendas.
Sin embargo, quizás te azotaran,
en la calma de tu indiferencia,
flageladas visiones de ensueño
posibles terrores de locas tormentas
En el fondo temible de tu alma
anda suelto un espanto de fiera:
¡Qué curioso sería asomarse
a ver si ella tiene también sus violencias!
¿No los ves? ¡Cómo asustan sus ojos,
sus inmóviles ojos que velan
en las noches infaustas, propicias
al hórrido asedio clavado allí, afuera,
cuando el Miedo desata sus hordas
y las llagas del Crimen revientan,
si, con ruda caricia indeleble,
las toca una mano brutal que no tiembla!
¡Y tú sigues lo mismo! Diría
que en tus sueños mejores tuvieras
pesadillas de murrias de plomo,
letales desganos de fiebres ya viejas
Sin querer en tu ruta inquietante
presentir, ni un momento siquiera,
la amenaza mortal de un perenne
furor sigiloso de fauces que acechan
No te rías Ya vuelven de nuevo
a rondar al amor de la niebla,
las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran y esperan.
Cubren toda la calle, bravíos,
van marcando en la nieve sus huellas,
como estigmas de atroces presagios,
y, sórdidamente cansados, jadean.
¿Quién los trae? No sé. ¿Quién los llama?
¿Por qué huyeron, dejando sus selvas?
Son tropeles que azuza el peligro
y vienen de lejos como una inclemencia
¿Mas, qué buscan? Los lomos hirsutos
estremecen sus rabias sangrientas,
en un torpe rencor incesante
tal vez una vida sus garras laceran.
¿Mujer hijos? No quiero acordarme.
¿Están ellos aquí? No te duermas
¿Han aullado otra vez, o es el viento?
Los dos se han unido y aguardan la presa.
¡Yo los siento volver: son las mismos,
los conozco, los monstruos que llegan:
de mis largas vigilias guardianes
y junto a mi lecho fatal, centinelas!
Sus tentáculos hieren mi entraña
Mira, hermano, la noche ¡Cuán negra!
Se creyera que pasa la vida
Envuelta en un torvo jirón de tinieblas.
¿Cómo cae la nieve, en la calle
sin un rayo de luz? ¡Qué tristeza!
Si pudiese pensar, pensaría
que dentro del alma me cabe una estepa
¡Oh, mi sangre sin sol, mis pasiones,
mis oscuras heridas inciertas
que en el borde filoso del vaso
a todos los filtros del Odio se abrieran!
Ven, acércate más. No te turbes
y verás en la noche agorera
cómo sobre la fúnebre ronda
medita el Ensueño, con cara de pena
¿Quién se ha puesto a reír?
¡Compañero:
se han mezclado a los lobos las hienas!
¡El Silencio descubre su esfinge
y, aullando, los monstruos avanzan a tientas!
Hubo un ronco gemido en la sombra,
se halló solo el borracho en la tienda
y por eso la loca, la extraña
mitad de aquel canto, quedó en la botella.
que se fue del portal la Miseria,
y en sus camas de los hospitales
lloraron al hijo las madres enfermas,
con el frío del Mal en el alma
y el ardor del ajenjo en las venas,
tras un hosco silencio de angustias,
un pobre borracho cantó en la taberna:
Compañero: no salgas, presiento
algo raro y hostil en la acera.
La invadieron aullando los lobos
Asómate, hermano. ¡La calle está llena!
Son los mismos que espían tu paso
en la sombra sin fin de su senda,
los que en sórdidas tropas se anuncian
y en horas terribles arañan la puerta
¿Que no entiendes? ¿No tiembla tu prole
al salvaje ulular de las bestias?
¿Nunca vio la Desgracia? ¿Fue siempre
la entraña sin hambre, la entraña repleta?
Continúan aullando, ¿No oíste?
Ritornelo feroz que resuena
como un lúgubre grito flotando
por sobre la cuna que mece la anemia.
¡Y son todos! No falta ninguno,
y la noche no pasa: es eterna.
El Dolor es invierno, te cubre:
no aguardes ni sueñes jamás primaveras.
El olvido está lejos, no viene
a dejar junto a ti su promesa,
su promesa de muerte, ¡La Madre,
a veces tan mala y a veces tan buena!
Nunca nadie sabrá de la mano
que pusiese en tus ojos la venda,
con la cual has caído tan hondo
que aquellos que quieren mirarte se ciegan.
En tu anónimo abismo te agitas
sin desear un regreso, en la inquieta
sensación del inmenso desplome
que arrastra consigo tus dudas tremendas.
Sin embargo, quizás te azotaran,
en la calma de tu indiferencia,
flageladas visiones de ensueño
posibles terrores de locas tormentas
En el fondo temible de tu alma
anda suelto un espanto de fiera:
¡Qué curioso sería asomarse
a ver si ella tiene también sus violencias!
¿No los ves? ¡Cómo asustan sus ojos,
sus inmóviles ojos que velan
en las noches infaustas, propicias
al hórrido asedio clavado allí, afuera,
cuando el Miedo desata sus hordas
y las llagas del Crimen revientan,
si, con ruda caricia indeleble,
las toca una mano brutal que no tiembla!
¡Y tú sigues lo mismo! Diría
que en tus sueños mejores tuvieras
pesadillas de murrias de plomo,
letales desganos de fiebres ya viejas
Sin querer en tu ruta inquietante
presentir, ni un momento siquiera,
la amenaza mortal de un perenne
furor sigiloso de fauces que acechan
No te rías Ya vuelven de nuevo
a rondar al amor de la niebla,
las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran y esperan.
Cubren toda la calle, bravíos,
van marcando en la nieve sus huellas,
como estigmas de atroces presagios,
y, sórdidamente cansados, jadean.
¿Quién los trae? No sé. ¿Quién los llama?
¿Por qué huyeron, dejando sus selvas?
Son tropeles que azuza el peligro
y vienen de lejos como una inclemencia
¿Mas, qué buscan? Los lomos hirsutos
estremecen sus rabias sangrientas,
en un torpe rencor incesante
tal vez una vida sus garras laceran.
¿Mujer hijos? No quiero acordarme.
¿Están ellos aquí? No te duermas
¿Han aullado otra vez, o es el viento?
Los dos se han unido y aguardan la presa.
¡Yo los siento volver: son las mismos,
los conozco, los monstruos que llegan:
de mis largas vigilias guardianes
y junto a mi lecho fatal, centinelas!
Sus tentáculos hieren mi entraña
Mira, hermano, la noche ¡Cuán negra!
Se creyera que pasa la vida
Envuelta en un torvo jirón de tinieblas.
¿Cómo cae la nieve, en la calle
sin un rayo de luz? ¡Qué tristeza!
Si pudiese pensar, pensaría
que dentro del alma me cabe una estepa
¡Oh, mi sangre sin sol, mis pasiones,
mis oscuras heridas inciertas
que en el borde filoso del vaso
a todos los filtros del Odio se abrieran!
Ven, acércate más. No te turbes
y verás en la noche agorera
cómo sobre la fúnebre ronda
medita el Ensueño, con cara de pena
¿Quién se ha puesto a reír?
¡Compañero:
se han mezclado a los lobos las hienas!
¡El Silencio descubre su esfinge
y, aullando, los monstruos avanzan a tientas!
Hubo un ronco gemido en la sombra,
se halló solo el borracho en la tienda
y por eso la loca, la extraña
mitad de aquel canto, quedó en la botella.
613
Evaristo Carriego
La Viejecita
Sobre la acera, que el sol escalda,
doblado el cuerpo la cruz obliga
lomo imposible, que es una espalda
desprecio y sobra de la fatiga,
pasa la vieja, la inconsolable,
la que es apenas un desperdicio
del infortunio, la lamentable,
carne cansada de sacrificio.
La viejecita, la que se siente
un sedimento de la materia,
desecho inútil, salmo doliente
del Evangelio de la Miseria.
Luz de pesares, propios o ajenos,
sobre la pena de su faz mustia
dejan estigmas, de dolor llenos,
entristeciendo su misma angustia,
su misma angustia que ha compartido,
como el mendrugo que no la sacia,
con esa niña que ha recogido,
retoño de otros, en su desgracia.
Esa pequeña que va a su lado,
la que mañana será su apoyo,
flor del suburbio desconsolado,
lirio de anemia que dio el arroyo.
Vida sin lucha, ya prisionera,
pichón de un nido que no fue eterno.
¡Sonriente rayo de primavera
sobre la nieve de aquel invierno!
Radiación rubia de luz que arde
como un sol nuevo frente a un ocaso,
triste promesa, mujer más tarde
linda y deseada que será, acaso,
la Inés vencida, la dulce monja
de los tenorios de la taberna,
cuando el encanto de la lisonja
le dé su frase nefanda y tierna.
Ritual vedado de sensaciones
trágicos sueños, fiebres aciagas,
hostias de vicios y tentaciones
de las alegres jóvenes magas
¡Qué de heroínas, pobres y oscuras
en estos dramas! ¡Cuántas Ofelias!
Los arrabales tienen sus puras
tísicas Damas de las Camelias.
Por eso sufre, la mendicante,
como una idea terrible y fija
que no ha empañado su amor radiante
por esa hija que no es su hija.
Mas sus bellezas de renunciada
jamás del crudo dolor la eximen
¡Sin haber sido, siquiera, amada
se siente madre de los que gimen!
Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡Es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo,
que conociese sólo los besos
de rudos fríos en los portales,
como descanso para sus huesos
sólo le dieron los hospitales!
Jirón humano que siempre flota
sobre sus ansias indefinibles,
bondad enferma que no se agota
ni en las miserias irredimibles,
que la torturan, sin un olvido
para sus lacras, para su suerte,
con la certeza de haber vivido
¡Como un despojo para la muerte!
Por eso, a veces, tiene amarguras,
tiene amarguras de derrotada,
que se traducen en frases duras
y dan en llanto de resignada,
pues nunca supo la miserable,
de amor alguno, grande o pequeño,
que la alentara, no le fue dable
sobre la vida soñar un sueño.
La dominaron los sinsabores
que la flagelan como a inocente:
¡En la vendimia de los amores
fue desgranado racimo ausente!
Fue la azucena sobre el pantano,
flor de desdichas, a libertarla
no vino nadie, no hubo una mano
que se tendiese para arrancarla.
Sin transiciones, siempre vencida,
ni en el principio de su mal mismo
tuvo las glorias de la caída:
Su primer cuna ya era el abismo.
Bajo un hastío que no deseara,
pasó su noche sin una aurora
sin que en la vida la conturbara
ni una impaciencia de pecadora.
Y así, ha guardado con sus pesares
como un reproche, que se refleja
en las arrugas, sus azahares
de nunca novia, de virgen vieja.
Los años muertos sólo dejaron
esa agonía que no la mata.
¡Jamás a ella la aprisionaron,
como entre flores, rejas de plata!
Forjó ilusiones, y las más leves
la sepultaron como en escombros,
sobre su testa cayeron nieves
y honras de harapos sobre sus hombros.
Porque fue buena, dio en la locura
de cubrir todas sus cicatrices:
puso los besos de su ternura
en sus hermanos, los infelices.
Por eso, a veces, tiene su duelo
en los cansados ojos sin brillo,
llantos que caen como un consuelo
sobre las llagas del conventillo.
Carne que azotan todos los males,
burla sangrienta de los muchachos,
dádiva y sobra de los portales,
mancha de vino de las borrachos:
Ahí va la vieja, como una hiriente
fórmula ruda de una ironía:
llena de sombras en la esplendente,
en la serena gloria del día.
Tal vez alguna visión extraña
ha conmovido su indiferencia,
pues ha cruzado triste y huraña
como una imagen de la demencia.
¡Y allá sombría, y adusto el ceño
obsesionada por las crueldades
va taciturna, como un ensueño
que derrotaron las realidades!
doblado el cuerpo la cruz obliga
lomo imposible, que es una espalda
desprecio y sobra de la fatiga,
pasa la vieja, la inconsolable,
la que es apenas un desperdicio
del infortunio, la lamentable,
carne cansada de sacrificio.
La viejecita, la que se siente
un sedimento de la materia,
desecho inútil, salmo doliente
del Evangelio de la Miseria.
Luz de pesares, propios o ajenos,
sobre la pena de su faz mustia
dejan estigmas, de dolor llenos,
entristeciendo su misma angustia,
su misma angustia que ha compartido,
como el mendrugo que no la sacia,
con esa niña que ha recogido,
retoño de otros, en su desgracia.
Esa pequeña que va a su lado,
la que mañana será su apoyo,
flor del suburbio desconsolado,
lirio de anemia que dio el arroyo.
Vida sin lucha, ya prisionera,
pichón de un nido que no fue eterno.
¡Sonriente rayo de primavera
sobre la nieve de aquel invierno!
Radiación rubia de luz que arde
como un sol nuevo frente a un ocaso,
triste promesa, mujer más tarde
linda y deseada que será, acaso,
la Inés vencida, la dulce monja
de los tenorios de la taberna,
cuando el encanto de la lisonja
le dé su frase nefanda y tierna.
Ritual vedado de sensaciones
trágicos sueños, fiebres aciagas,
hostias de vicios y tentaciones
de las alegres jóvenes magas
¡Qué de heroínas, pobres y oscuras
en estos dramas! ¡Cuántas Ofelias!
Los arrabales tienen sus puras
tísicas Damas de las Camelias.
Por eso sufre, la mendicante,
como una idea terrible y fija
que no ha empañado su amor radiante
por esa hija que no es su hija.
Mas sus bellezas de renunciada
jamás del crudo dolor la eximen
¡Sin haber sido, siquiera, amada
se siente madre de los que gimen!
Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡Es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo,
que conociese sólo los besos
de rudos fríos en los portales,
como descanso para sus huesos
sólo le dieron los hospitales!
Jirón humano que siempre flota
sobre sus ansias indefinibles,
bondad enferma que no se agota
ni en las miserias irredimibles,
que la torturan, sin un olvido
para sus lacras, para su suerte,
con la certeza de haber vivido
¡Como un despojo para la muerte!
Por eso, a veces, tiene amarguras,
tiene amarguras de derrotada,
que se traducen en frases duras
y dan en llanto de resignada,
pues nunca supo la miserable,
de amor alguno, grande o pequeño,
que la alentara, no le fue dable
sobre la vida soñar un sueño.
La dominaron los sinsabores
que la flagelan como a inocente:
¡En la vendimia de los amores
fue desgranado racimo ausente!
Fue la azucena sobre el pantano,
flor de desdichas, a libertarla
no vino nadie, no hubo una mano
que se tendiese para arrancarla.
Sin transiciones, siempre vencida,
ni en el principio de su mal mismo
tuvo las glorias de la caída:
Su primer cuna ya era el abismo.
Bajo un hastío que no deseara,
pasó su noche sin una aurora
sin que en la vida la conturbara
ni una impaciencia de pecadora.
Y así, ha guardado con sus pesares
como un reproche, que se refleja
en las arrugas, sus azahares
de nunca novia, de virgen vieja.
Los años muertos sólo dejaron
esa agonía que no la mata.
¡Jamás a ella la aprisionaron,
como entre flores, rejas de plata!
Forjó ilusiones, y las más leves
la sepultaron como en escombros,
sobre su testa cayeron nieves
y honras de harapos sobre sus hombros.
Porque fue buena, dio en la locura
de cubrir todas sus cicatrices:
puso los besos de su ternura
en sus hermanos, los infelices.
Por eso, a veces, tiene su duelo
en los cansados ojos sin brillo,
llantos que caen como un consuelo
sobre las llagas del conventillo.
Carne que azotan todos los males,
burla sangrienta de los muchachos,
dádiva y sobra de los portales,
mancha de vino de las borrachos:
Ahí va la vieja, como una hiriente
fórmula ruda de una ironía:
llena de sombras en la esplendente,
en la serena gloria del día.
Tal vez alguna visión extraña
ha conmovido su indiferencia,
pues ha cruzado triste y huraña
como una imagen de la demencia.
¡Y allá sombría, y adusto el ceño
obsesionada por las crueldades
va taciturna, como un ensueño
que derrotaron las realidades!
584
Evaristo Carriego
Las Manos
A todas las evoco. Pensativas,
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.
Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.
Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.
Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.
Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.
Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,
esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.
Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.
Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.
Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo
Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.
Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.
¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!
Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.
Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.
Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.
Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.
Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.
Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.
Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.
Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,
esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.
Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.
Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.
Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo
Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.
Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.
¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!
Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.
Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.
Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
554
Evaristo Carriego
La Apostasía De Andresillo
Pues, aquí estoy señores. Pues yo soy Andresillo,
¿No recuerdan ustedes? Yo soy aquel chiquillo
a quien el gran Quijote librara cierto día
porque ahí encajaba bien su caballería
de la nube de palos, que mi amo, furioso,
sobre mí descargaba ferozmente donoso.
Al pobre señor loco le hice una ruin ofensa,
maldiciendo, más tarde, su gallarda defensa,
dejándole mohíno, cabizbajo y corrido.
(Sé que fui un mentecato). Después, arrepentido,
al correr de los años, comprendiendo la humana
obra que yo pagase con acción tan villana,
deseoso de la gracia del noble caballero,
sobre su incierto rumbo interrogué al ventero
y el muy bellaco, riendo, me relató su muerte
(Desde entonces empieza lo malo de mi suerte).
¿No recuerdan ustedes? Yo soy aquel chiquillo
a quien el gran Quijote librara cierto día
porque ahí encajaba bien su caballería
de la nube de palos, que mi amo, furioso,
sobre mí descargaba ferozmente donoso.
Al pobre señor loco le hice una ruin ofensa,
maldiciendo, más tarde, su gallarda defensa,
dejándole mohíno, cabizbajo y corrido.
(Sé que fui un mentecato). Después, arrepentido,
al correr de los años, comprendiendo la humana
obra que yo pagase con acción tan villana,
deseoso de la gracia del noble caballero,
sobre su incierto rumbo interrogué al ventero
y el muy bellaco, riendo, me relató su muerte
(Desde entonces empieza lo malo de mi suerte).
577
Evaristo Carriego
La Muerte Del Cisne
En un largo alarido de tristeza
los heraldos, sombríos, la anunciaron,
y las faunas errantes se aprontaron
a dejar el amor de la aspereza.
Con el Genio del bosque a la cabeza,
una noche y un día galoparon,
y cual corceles épicos llegaron
en un tropel de bárbara grandeza.
Y ahí están. Ya salvajes emociones,
rugen coros de líricos leones
cuando allá en los remansos de lo Inerte,
como surgiendo de una pesadilla,
¡Grazna un ganso alejado de la orilla
la bondad provechosa de la Muerte!
los heraldos, sombríos, la anunciaron,
y las faunas errantes se aprontaron
a dejar el amor de la aspereza.
Con el Genio del bosque a la cabeza,
una noche y un día galoparon,
y cual corceles épicos llegaron
en un tropel de bárbara grandeza.
Y ahí están. Ya salvajes emociones,
rugen coros de líricos leones
cuando allá en los remansos de lo Inerte,
como surgiendo de una pesadilla,
¡Grazna un ganso alejado de la orilla
la bondad provechosa de la Muerte!
778
Ezequiel Martínez Estrada
Miro Tus Ojos
Miro tus ojos cansados
tu faz que agostó la vida;
miro la nieve caída
en tus cabellos dorados.
Eres la misma que fuiste,
toda tú en manos y cara.
Antes Noemí y ahora Mara,
la misma, mucho más triste.
Te ves como en un espejo
en mi mirada cansada,
y piensas, sin decir nada,
que yo también estoy viejo.
Si no paz, y si no olvido,
espero algo, y tú también.
Estamos en un andén
después que el tren ha partido.
tu faz que agostó la vida;
miro la nieve caída
en tus cabellos dorados.
Eres la misma que fuiste,
toda tú en manos y cara.
Antes Noemí y ahora Mara,
la misma, mucho más triste.
Te ves como en un espejo
en mi mirada cansada,
y piensas, sin decir nada,
que yo también estoy viejo.
Si no paz, y si no olvido,
espero algo, y tú también.
Estamos en un andén
después que el tren ha partido.
450
Enrique Lihn
La Calva
La llamamos la Calva, creemos asistir
todos desde el colegio a su parca lección
o desde más allá cuando nacemos
y ella, medio escondida de la teta materna
nos da la suya
nadie recuerda esa comunión con la noche
nadie recuerda una palabra suya
la jauría se escapa por todas las ventanas
de la sala vacía en que la Calva aburre
al niño de su teta
y además ella es muda como el cine de antaño
pero no gesticula para darse a entender
ni se acompaña del piano de un viejo saltimbanqui
Simplemente está allí donde todos la miran
sin verla, una ceguera que imita a la mirada
Presencia, en todo caso, a la Calva le sobra
En vivo y en directo, es el horror de espectar
—palco la calle— un accidente de tráfico
con sus cadáveres instantáneos y extrañamente
irreversibles
A esa calva que hace la ronda de la noche
servicio militar obligatorio
forzada al uniforme o a las gafas oscuras
extrínsecamente asociada al degüello
a la desaparición
Los mendigos también han llegado a lo último
de sí mismos pabilos parpadeantes
serían sus representantes efímeros
y el travesti parado en una esquina
como un guerrero de la mala muerte
Una calva furiosa sobreactúa por ella
la presencia sobrante de esta desconocida
su banalización mejor rentada
aparece en la radio y en la prensa
en la televisión que le pone colores
de irrealidad. La Calva es la vedette
de estos medios que luchan salvo error o excepción
por llenar este mundo de fantasmas vivientes
esos que se electrizan cuando cae un avión y mueren todos
sus pasajeros, cuando el corresponsal
de guerra capta al vuelo lo peor de una masacre
y muere él mismo
La llamamos la Calva para disminuirla
con un feroz apodo y no [...]
Así es como abandonamos en un [...]
a nuestra dama y señor de compañía
el poderoso andrógino perfecto
que invisible camina a nuestro lado
toda, toda la vida lo aceptemos o no
y aceptarlo sería lo mejor
No es ella ni él, ni un monstruo ni un demonio
puede domesticarnos si lo dejamos, actúa
su presencia netamente interior
porque la llevamos en la sangre
lo respiramos como el aire y la luz
ella está en la placenta de la madre arrullando
al nonato como la nodriza más íntima
Él si lo deja puede hacernos ver la nuestra
en su cara que se ríe más allá
de la desgracia, pero sin ninguna ironía
saldado el doloroso
precio de la existencia, del río, de la carne
más que los accidentes del camino
La buena muerte dice el dolor es el ser
Y el ser este deseo de ser que ella podría
extenuar si la dejaran, llenar de cabecera
la esporádica ausencia de los médicos
y hacer ver al enfermo de extrema gravedad
la ingravidez de un feroz peso relativo
que significa casualmente existir
todos desde el colegio a su parca lección
o desde más allá cuando nacemos
y ella, medio escondida de la teta materna
nos da la suya
nadie recuerda esa comunión con la noche
nadie recuerda una palabra suya
la jauría se escapa por todas las ventanas
de la sala vacía en que la Calva aburre
al niño de su teta
y además ella es muda como el cine de antaño
pero no gesticula para darse a entender
ni se acompaña del piano de un viejo saltimbanqui
Simplemente está allí donde todos la miran
sin verla, una ceguera que imita a la mirada
Presencia, en todo caso, a la Calva le sobra
En vivo y en directo, es el horror de espectar
—palco la calle— un accidente de tráfico
con sus cadáveres instantáneos y extrañamente
irreversibles
A esa calva que hace la ronda de la noche
servicio militar obligatorio
forzada al uniforme o a las gafas oscuras
extrínsecamente asociada al degüello
a la desaparición
Los mendigos también han llegado a lo último
de sí mismos pabilos parpadeantes
serían sus representantes efímeros
y el travesti parado en una esquina
como un guerrero de la mala muerte
Una calva furiosa sobreactúa por ella
la presencia sobrante de esta desconocida
su banalización mejor rentada
aparece en la radio y en la prensa
en la televisión que le pone colores
de irrealidad. La Calva es la vedette
de estos medios que luchan salvo error o excepción
por llenar este mundo de fantasmas vivientes
esos que se electrizan cuando cae un avión y mueren todos
sus pasajeros, cuando el corresponsal
de guerra capta al vuelo lo peor de una masacre
y muere él mismo
La llamamos la Calva para disminuirla
con un feroz apodo y no [...]
Así es como abandonamos en un [...]
a nuestra dama y señor de compañía
el poderoso andrógino perfecto
que invisible camina a nuestro lado
toda, toda la vida lo aceptemos o no
y aceptarlo sería lo mejor
No es ella ni él, ni un monstruo ni un demonio
puede domesticarnos si lo dejamos, actúa
su presencia netamente interior
porque la llevamos en la sangre
lo respiramos como el aire y la luz
ella está en la placenta de la madre arrullando
al nonato como la nodriza más íntima
Él si lo deja puede hacernos ver la nuestra
en su cara que se ríe más allá
de la desgracia, pero sin ninguna ironía
saldado el doloroso
precio de la existencia, del río, de la carne
más que los accidentes del camino
La buena muerte dice el dolor es el ser
Y el ser este deseo de ser que ella podría
extenuar si la dejaran, llenar de cabecera
la esporádica ausencia de los médicos
y hacer ver al enfermo de extrema gravedad
la ingravidez de un feroz peso relativo
que significa casualmente existir
1.168
Enrique Lihn
De Todas Las Desesperaciones, La De La Muerte Tiene Que Ser La Peor
De todas las desesperaciones, la de la muerte tiene que ser la peor
ella y el miedo a morir, cruz y raya
cuando ya se puede pronosticar el día y la hora
Hay una fea probabilidad de que el miedo a morir y la
desesperación de la muerte sean
normalmente inseparables como la uña y la carne
Recuerdo a un amigo de otros años él huía de noche
de su casa y del hospital
sin más salvoconducto que el que se daría a un condenado
en el infierno
se dejaba caer en casa de amigas que no compartían su amor por
ellas, condenadamente bellas
exigía con argumentos propios de la ciencia de la locura
que lo recibieran en esas casas como huésped estable
me parece ver cómo al final de esas conversaciones imposibles
era reconducido a su madriguera por las señoras y los esposos
en medio del gran silencio, él, el gnomo de la selva negra del
amanecer
de vuelta a su anticasa
o al aeródromo de los hospitales para que no perdiera su vuelo.
ella y el miedo a morir, cruz y raya
cuando ya se puede pronosticar el día y la hora
Hay una fea probabilidad de que el miedo a morir y la
desesperación de la muerte sean
normalmente inseparables como la uña y la carne
Recuerdo a un amigo de otros años él huía de noche
de su casa y del hospital
sin más salvoconducto que el que se daría a un condenado
en el infierno
se dejaba caer en casa de amigas que no compartían su amor por
ellas, condenadamente bellas
exigía con argumentos propios de la ciencia de la locura
que lo recibieran en esas casas como huésped estable
me parece ver cómo al final de esas conversaciones imposibles
era reconducido a su madriguera por las señoras y los esposos
en medio del gran silencio, él, el gnomo de la selva negra del
amanecer
de vuelta a su anticasa
o al aeródromo de los hospitales para que no perdiera su vuelo.
696
Enrique Lihn
Nada Tiene Que Ver El Dolor Con El Dolor
Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a
sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la
muerte —la niña
de sus ojos— un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa
tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de
mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado
ojalá previamente de sí mismo
esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata
de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente
de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que
aprender
para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las
matemáticas a especialistas
de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos
que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor
y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia
del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir
una mera obviedad con el apoyo
de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje
desconocido
ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a
interpretar
el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna
inasible forma
de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a
cada uno
de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas
Cuando en la primera polución
-mucho más mística que la primera comunión-
pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástrico
de esa creatura
que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti
carnalmente en el tiempo de los demás
sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora
acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la
muerte
el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento
la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor
escrito silenciosamente en el muro
o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que —otra palabra— se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico
feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo
de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada
porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando
del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas
tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la
casa es la muerte
y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud
que se besan a sí mismos
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a
sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la
muerte —la niña
de sus ojos— un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa
tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de
mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado
ojalá previamente de sí mismo
esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata
de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente
de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que
aprender
para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las
matemáticas a especialistas
de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos
que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor
y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia
del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir
una mera obviedad con el apoyo
de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje
desconocido
ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a
interpretar
el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna
inasible forma
de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a
cada uno
de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas
Cuando en la primera polución
-mucho más mística que la primera comunión-
pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástrico
de esa creatura
que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti
carnalmente en el tiempo de los demás
sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora
acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la
muerte
el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento
la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor
escrito silenciosamente en el muro
o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que —otra palabra— se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico
feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo
de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada
porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando
del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas
tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la
casa es la muerte
y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud
que se besan a sí mismos
854
Enrique Lihn
El Vaciadero
No se renueva el personal de esta calle:
el elenco de la prostitución gasta su último centavo en
maquillaje
bajo una luz polvorienta que se le pega a la cara
Una doble hilera de caries, dentadura de casas desmoronadas
Es la escenografía de esta Danza Macabra
trivial bailongo sabatino en la pústula de la ciudad.
Es una cara conocida llena de
costurones con lívidas cicatrices
bajo unos centavos de polvo,
y que emerge de todas las grietas de la ciudad,
en este barrio más antiguo que el Barrio de los Alquimistas
como la cara sin cuerpo del caracol ofreciéndose
en los dos sexos de su cuello andrógino
blandamente fálico y untado de baba vaginal
el busto de un boxeador que muestra las tetas
en el marco de un socavón.
No avanza ni retrocede el río en ese tramo descolorido y
bullente alrededor de la compuerta
El mecanismo de un reloj descompuesto cuelga como la tripa de un pescado
de la mesita de noche
entre los rizos de una peluca rosada
La fermentación de las aguas del tiempo que se enroscan
alrededor del detritus
como el caracol en su concha
el éxtasis de lo que por fin sepudre para siempre.
el elenco de la prostitución gasta su último centavo en
maquillaje
bajo una luz polvorienta que se le pega a la cara
Una doble hilera de caries, dentadura de casas desmoronadas
Es la escenografía de esta Danza Macabra
trivial bailongo sabatino en la pústula de la ciudad.
Es una cara conocida llena de
costurones con lívidas cicatrices
bajo unos centavos de polvo,
y que emerge de todas las grietas de la ciudad,
en este barrio más antiguo que el Barrio de los Alquimistas
como la cara sin cuerpo del caracol ofreciéndose
en los dos sexos de su cuello andrógino
blandamente fálico y untado de baba vaginal
el busto de un boxeador que muestra las tetas
en el marco de un socavón.
No avanza ni retrocede el río en ese tramo descolorido y
bullente alrededor de la compuerta
El mecanismo de un reloj descompuesto cuelga como la tripa de un pescado
de la mesita de noche
entre los rizos de una peluca rosada
La fermentación de las aguas del tiempo que se enroscan
alrededor del detritus
como el caracol en su concha
el éxtasis de lo que por fin sepudre para siempre.
817
Enrique Lihn
Kafka
Soy sensible a este abismo, me enternece
de otra manera la lectura de Kafka:
pruebo, con frialdad, el gusto de la muerte
Que nos hace falta algo
junto a lo cual no somos nada
Una cámara oscura
Que proyecta esta ausencia pavorosa
Pruébese lo contrario
con lujo de razones luminosas,
igual el sol parece que cavila
sobre el origen de sus manchas, sí:
en cada cosa hay un fantasma oculto
Nuestro trabajo, ¿no es un exorcismo,
una respuesta al desafío oscuro?
de otra manera la lectura de Kafka:
pruebo, con frialdad, el gusto de la muerte
Que nos hace falta algo
junto a lo cual no somos nada
Una cámara oscura
Que proyecta esta ausencia pavorosa
Pruébese lo contrario
con lujo de razones luminosas,
igual el sol parece que cavila
sobre el origen de sus manchas, sí:
en cada cosa hay un fantasma oculto
Nuestro trabajo, ¿no es un exorcismo,
una respuesta al desafío oscuro?
1.074
Enrique Lihn
Elegía A Carlos De Rokha
No hubo dolor en el momento justo
de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras
anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que
solías hacer a tus amigos:
una broma sangrienta.
Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la
cigarra de una voz chirriando
en la paja seca del día. No hubo dolor
pero sí, Carlos, la inmediata certeza
de que contigo se eclipsaba la noche
sobre el desierto de un día estable y es como si cayera
un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas.
Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable
tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas,
todas estas pobres historias
diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta
visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas.
Si la vida no es más que una locura
lo que importan son los sueños y aún el delirio, la
mentira piadosa
de las palabras en libertad arrojadas
al millar de los vientos nocturnos,
como en tu poesía: la oscuridad vidente:
palabras como brasas, balbuceos del fuego.
de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras
anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que
solías hacer a tus amigos:
una broma sangrienta.
Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la
cigarra de una voz chirriando
en la paja seca del día. No hubo dolor
pero sí, Carlos, la inmediata certeza
de que contigo se eclipsaba la noche
sobre el desierto de un día estable y es como si cayera
un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas.
Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable
tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas,
todas estas pobres historias
diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta
visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas.
Si la vida no es más que una locura
lo que importan son los sueños y aún el delirio, la
mentira piadosa
de las palabras en libertad arrojadas
al millar de los vientos nocturnos,
como en tu poesía: la oscuridad vidente:
palabras como brasas, balbuceos del fuego.
971
Enrique Lihn
Mayor
El hijo único sería el mayor de sus hermanos
y en su orfandad algo tiene de eso
que se entiende por la palabra mayor. Como si también ellos
hubieran muerto
sus imposibles hermanos menores.
Mucho más riguroso que el luto repartido
es el suyo: la muerte lo cortó a su medida,
lo cosió, lenta, con extrema finura
mientras el padre se iba transfundiendo en el hijo,
lo envejecía a fuerza de crearlo a su imagen
-niño otra vez el hombre, hombre otra vez el niño--
en noches tan oscuras como el luto que llevan.
Y el hijo tiene algo de un hermano mayor
como si lo rodeáramos, nonatos, mientras él nace por
segunda vez
a una vida más grave que la nuestra.
Alguien se mira en él con los ojos cerrados,
gravita su silencio
sobre nuestras palabras sin objeto.
y en su orfandad algo tiene de eso
que se entiende por la palabra mayor. Como si también ellos
hubieran muerto
sus imposibles hermanos menores.
Mucho más riguroso que el luto repartido
es el suyo: la muerte lo cortó a su medida,
lo cosió, lenta, con extrema finura
mientras el padre se iba transfundiendo en el hijo,
lo envejecía a fuerza de crearlo a su imagen
-niño otra vez el hombre, hombre otra vez el niño--
en noches tan oscuras como el luto que llevan.
Y el hijo tiene algo de un hermano mayor
como si lo rodeáramos, nonatos, mientras él nace por
segunda vez
a una vida más grave que la nuestra.
Alguien se mira en él con los ojos cerrados,
gravita su silencio
sobre nuestras palabras sin objeto.
748
Enrique Lihn
Jonás
Todo lo podría condenar igualmente, no se me pregunte en nombre
de qué.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto
inconcluso de su colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión
sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en
cumplir su pequeña comisión, el porta-documentos
incendiario bajo la axila sudorosa, el paraguas raido a modo de
pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el
perdón y la cólera, tomándolo y
arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.
Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual,
no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo,
que nada tiene que ver. Recuerdo algo así como.. .
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no
sé a dónde voy otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.
de qué.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto
inconcluso de su colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión
sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en
cumplir su pequeña comisión, el porta-documentos
incendiario bajo la axila sudorosa, el paraguas raido a modo de
pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el
perdón y la cólera, tomándolo y
arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.
Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual,
no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo,
que nada tiene que ver. Recuerdo algo así como.. .
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no
sé a dónde voy otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.
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