Soledad
Oliverio Girondo
Mis Nervios Desafinan Con La Misma Frecuencia Que Mis Primas
Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por
casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la
cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el
techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido
tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún
precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.
Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se
entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que
me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es
rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el
pañuelo un cadáver de cucaracha.
Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron
hace tres años. Mi riñón derecho es un
maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo
de la Facultad de Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la
lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de
firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con
una cacatúa.
Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi
aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un
coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el
bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por
empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se
equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.
En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una
cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un
cigarrillo.
Oliverio Girondo
Pedestre
de la ciudad.
Las sombras se quiebran el espinazo en los umbrales, se acuestan para
fornicar en la vereda.
Con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la
visión convexa de la gente que pasa en automóvil.
Las miradas de los transeúntes ensucian las cosas que se exhiben
en los escaparates, adelgazan las piernas que cuelgan bajo las capotas
de las victorias.
Junto al cordón de la vereda un quiosco acaba de tragarse una
mujer.
Pasa: una inglesa idéntica a un farol. Un tranvía que es
un colegio sobre ruedas. Un perro fracasado, con ojos de prostituta que
nos da vergüenza mirarlo y dejarlo pasar (1).
De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta
todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo
susurro, el susurro de todos los senos al rozarse.
Oliverio Girondo
Otro Nocturno
público.
¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de
“apache”, que fuman un cigarrillo en las esquinas!
¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de
cantar!;Y silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido!
¿Por qué, a veces, sentiremos una tristeza parecida a la
de un par de medias tirado en un rincón?, y ¿por
qué, a veces, nos interesará tanto el partido de pelota
que el eco de nuestros pasos juega en la pared?
Noches en las que nos disimulamos bajo la sombra de los árboles,
de miedo de que las casas se despierten de pronto y nos vean pasar, y
en las que el único consuelo es la seguridad de que nuestra cama
nos espera, con las velas tendidas hacia un país mejor.
Oliverio Girondo
Exvoto
Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras
azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de
seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.
Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para
transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las
pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en
la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de
hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al
sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamas —empavesadas
como fragatas— van a pasearse por la plaza, para que los hombres les
eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se
enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les
pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los
hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de
él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de
cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a todos los que
les pasan la vereda.
Nimia Vicéns
Cuando Una Mujer Sola, Mira Una Flor Caer
Tan leve amada
de ese trémulo espacio
donde viaja su huella
deslizando
aroma de su imagen
al amor...
Un pedazo de cielo
y una rama...
Nada más
cayó al aire la flor.
¡Qué solos nos quedamos
sobre el mundo
mi corazón y yo!
Nicanor Parra
El Hombre Imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario
Nicanor Parra
Soliloquio Del Individuo
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado.
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
Buscar peces, pájaros, buscar leña,
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
Algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
Al mismo tiempo me pregunté,
Fui a un abismo lleno de aire;
Me respondió una voz:
Yo soy el Individuo.
Después traté de cambiarme a otra roca,
Allí también grabé figuras,
Grabé un río, búfalos,
Grabé una serpiente,
Yo soy el Individuo.
Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía,
El fuego me molestaba,
Quería ver más,
Yo soy el Individuo.
Bajé a un valle regado por un río,
Allí encontré lo que necesitaba,
Encontré un pueblo salvaje,
Una tribu,
Yo soy el Individuo.
Vi que allí se hacían algunas cosas,
Figuras grababan en las rocas,
Hacían fuego, ¡también hacían fuego!
Yo soy el Individuo.
Me preguntaron que de dónde venía.
Contesté que sí, que no tenía planes determinados,
Contesté que no, que de ahí en adelante.
Bien.
Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río
Y empecé a trabajar con ella,
Empecé a pulirla,
De ella hice una parte de mi propia vida.
Pero esto es demasiado largo.
Corté unos árboles para navegar,
Buscaba peces,
Buscaba diferentes cosas,
(Yo soy el Individuo).
Hasta que me empecé a aburrir nuevamente.
Las tempestades aburren,
Los truenos, los relámpagos,
Yo soy el Individuo.
Bien. Me puse a pensar un poco,
Preguntas estúpidas se me venían a la cabeza.
Falsos problemas.
Entonces empecé a vagar por unos bosques.
Llegué a un árbol y a otro árbol,
Llegué a una fuente,
A una fosa en que se veían algunas ratas:
Aquí vengo yo, dije entonces,
¿Habéis visto por aquí una tribu,
Un pueblo salvaje que hace fuego?
De este modo me desplacé hacia el oeste
Acompañado por otros seres,
O más bien solo.
Para ver hay que creer, me decían,
Yo soy el Individuo.
Formas veía en la obscuridad,
Nubes tal vez,
Tal vez veía nubes, veía relámpagos,
A todo esto habían pasado ya varios días,
Yo me sentía morir;
Inventé unas máquinas,
Construí relojes,
Armas, vehículos,
Yo soy el Individuo.
Apenas tenía tiempo para enterrar a mis muertos,
Apenas tenía tiempo para sembrar,
Yo soy el Individuo.
Años más tarde concebí unas cosas,
Unas formas,
Crucé las fronteras
Y permanecí fijo en una especie de nicho,
En una barca que navegó cuarenta días,
Cuarenta noches,
Yo soy el Individuo.
Luego vinieron unas sequías,
Vinieron unas guerras,
Tipos de color entraron en el valle,
Pero yo debía seguir adelante,
Debía producir.
Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas,
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles.
Yo soy el Individuo.
Alguien segregaba planetas,
¡Árboles segregaba!
Pero yo segregaba herramientas,
Muebles, útiles de escritorio,
Yo soy el Individuo.
Se construyeron también ciudades,
Rutas,
Instituciones religiosas pasaron de moda,
Buscaban dicha, buscaban felicidad,
Yo soy el Individuo.
Después me dediqué mejor a viajar,
A practicar, a practicar idiomas,
Idiomas,
Yo soy el Individuo.
Miré por una cerradura,
Sí, miré, qué digo, miré,
Para salir de la duda miré,
Detrás de unas cortinas,
Yo soy el Individuo.
Bien.
Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,
A esa roca que me sirvió de hogar,
Y empiece a grabar de nuevo,
De atrás para adelante grabar
El mundo al revés.
Pero no: la vida no tiene sentido.
Nicanor Parra
La Víbora
Sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
Trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
Llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
A la luz de la luna realizar pequeños robos,
Falsificaciones de documentos comprometedores,
So pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.
En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
Y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
O nos íbamos a un café danzante
Donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
Que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.
Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
Que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
Exigiéndome perentoriamente que besara su boca
Y que contestase sin dilación sus necias preguntas,
Varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura
Temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
Zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros
Que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
Para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
Y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.
Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
Que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
Para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana).
Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
En el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
No me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
Y me acusaba de haber arruinado su juventud:
Lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
Y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda,
Pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios
Entonces hube de salir a la calle a vivir de la caridad pública,
Dormir en los bancos de las plazas,
Donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
Entre las primeras hojas del otoño.
Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
Porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también
Posando frente a una cámara fotográfica
Unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista
Mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.
Tú eres mi amor, respondí con serenidad.
¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
Permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:
Me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,
Allí pienso construir una especie de pirámide.
En la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
Dispongo de buen capital;
Dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó
Lejos del mundo construyamos nuestro nido.
Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,
Piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
Puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.
Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
Me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
Tráeme un poco de agua, mujer,
Consígueme algo de comer en alguna parte,
Estoy muerto de hambre,
No puedo trabajar más para ti,
Todo ha terminado entre nosotros.
Belén Reyes
Sin Título
Los ojos de las monjas son medallas.
Mirando al mar de espaldas a la vida.
La espuma es una novia destrozada.
Sucede que es muy tarde para todo
Los niños saben cosas y se callan
Mirar el mar sin ti, me da tristeza.
Soy la costra de un sueño, si me levanto sangro.
Sucede que me duele aquí, en la tinta.
La radio tiene manos y te abraza.
Tengo que irme ya, me necesito.
Copular con la luz de sombras me embaraza.
Nicolás Guillén
Palma Sola
nació sola;
creció sin que yo la viera,
creció sola;
bajo la luna y el sol,
vive sola.
Con su largo cuerpo fijo,
palma sola;
sola en el patio sellado,
siempre sola,
guardián del atardecer,
sueña sola.
La palma sola soñando,
palma sola,
que va libre por el viento,
libre y sola,
suelta de raíz y tierra,
suelta y sola,
cazadora de las nubes,
palma sola,
palma sola,
palma.
Nicolás Guillén
Pero Que Te Pueda Ver
no esperes a que me duerma,
pues no podré despertar.
Muerto,
ay, muerto y también dormido,
no es ni morir ni soñar,
no es ni recuerdo no olvido.
Muerto,
ay, muerto y también dormido.
Mátame al amanecer,
o de noche, si tú quieres;
pero que te pueda ver
la mano;
pero que te pueda ver
las uñas;
pero que te pueda ver
los ojos,
pero que te pueda ver.
Nicasio Álvarez de Cienfuegos
La Escuela El Sepulcro A La Señora Marquesa De Fuertehijar, Con Motivo De La Muerte De Su Amiga La
vuelves? ¿Qué buscas? ¿o por quién exhalas
tanto suspiro de dolor y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
ansioso de escuchar? En vano, en vano
anhelas por oír: la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
Mas ¡ay! ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga soledad, oh triste amiga,
gime, lamenta sin cesar; tu pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
de la campana que terrible dice:
«Fue, fue tu amiga. La que tantas veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño estampó con dulces besos,
la que en su mente consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad arrebatada;
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
del árbol paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los Alpes.
En torno de ella, y apartando el rostro
de su espantable palidez, sentados
compañía a harán los que otro tiempo
tal vez colgados de su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
su voluntad para servirla humildes.
Ésta será ¡ay dolor! la vez postrera
que la visiten los mortales, ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda en rededor retumba
su despedida son, son sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven por la última vez, ven, ven conmigo
y a tu amiga verás, verás al menos
el cuerpo que animó, verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás; que ya sobre sus hombros
cargaron los ministros del sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
por donde traga sin cesar la vida,
a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡oh malograda!
¡oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por la ignorante planta
de un pasajero sin piedad. Caíste,
ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los días,
y las memorias pasarán con ellos;
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
borrará la inscripción, y nada, nada
serás por fin: ¡oh muerte impía!
¡oh sepulcro voraz! en ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella,
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
¿Qué son ahora los primeros días,
la edad primera de la tierra? ¿en dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris dónde está? ¿dónde el
gran Ciro?
¿Babilonia y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz saeta
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje de pasar. ¿Qué son ahora
los Césares, los Jerjes, los Timures
los héroes famosos de la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la enriscada costa
donde a estrellarse va: tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el crüel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón. En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más y más; y a nuevos mares
se confía, y a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión, de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose, y halla el miserable
ansia y dolor donde esperó contento:
y vuela deslizándose entre tanto
la vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde el centro frío
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
tormentos las pirámides erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos, tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente a ocaso
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde estás, dónde estás, soberbia
tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices "aquí"? Tal vez ahora
darás abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador honrado;
tal vez la tierra que te henchía cubre
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro y de su fiel ganado.
Él es feliz en su pobreza oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura acalla
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?
tú, de soberbia y ambición hinchado,
tú, que sangrientas lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna espada
nada en la tierra te dejase libre
que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico y del Iso,
Persia a su carro triunfador atada,
cien tronos de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la tierra entera
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste
por siempre un más allá que las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías en los sueños de esperanzas
desterrado por siempre en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos planes
de guerras y victorias, y ruinas
y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste? ¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
los mortales sólo allí descansan,
que raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan el ejemplo.
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
en lágrimas se pierde nuestro llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
de tu amiga la voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante
y cada nuevo sol más despejado
el horizonte ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
¡Ay! a lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el mañana incierto.
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue, y se apartan, y engañosas
tendiéndole los brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética sed? ¿qué, los deseos
de una imaginación desenfrenada,
de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón: no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años,
porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz, ni los desastres,
ni la persecución, ni los dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera fortuna
que no posea quien felice goza
una sana razón? ¿y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón lleva escondido?
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una eterna amistad ¿falté por suerte,
falté, responde, a tu veraz cariño?
Siempre has vivido en mi memoria; siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad; y eternamente
con mis consejos te probé y mis obras
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre encontrarás; de noche y día
y en todas partes te hablarán mis labios,
te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós, amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».
Miguel de Unamuno
En Un Cementerio De Lugar Castellano
hechas también
de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en
junio,
te ciñe el
mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre
la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!
Marilina Rébora
Paz Interior
extraigo del azul la esencia de mi verso
y escribo entre las nubes —¡añorante quimera!—,
con las letras del alma, un vocablo disperso.
Ignorando el tropel que redobla en la acera,
extraña a la vorágine que rige el universo,
no turba mi interior el bullicio de afuera
y así conmigo misma, escribiendo, converso.
Pero en el corazón no puede haber engaño,
como dentro del alma no cabe la mentira—
que en solitaria paz nos vemos al desnudo,
sin vanidad ni orgullo, ajenos al cruel daño
de la simulación que hipócrita conspira—
y entonces a los cielos, para inspirarme, acudo.
Marilina Rébora
Diálogo Con Dios
mis lamentos se apagan en el labio callado,
no doy con la manera, ni acierto con el modo
de dirigirme a Ti como en tiempo pasado.
No puedo ni rezar, las palabras no encuentro
de aquellas viejas preces de los años de infancia;
me ahoga como un algo que se enraíza adentro
y me torna impotente para expresar mi ansia.
Mas se opera el prodigio: sin rezo ni plegaria
me dirijo al Señor lo más sencillamente.
Le cuento que estoy triste, que estoy sola Le digo,
que no tengo en la vida la fuerza necesaria
y Le oigo a mi lado contestar dulcemente:
—Con sólo el corazón se conversa Conmigo!
Marilina Rébora
La Mariposa
Revolando insegura se pierde entre la gente,
tornadizo vilano o pétalo de rosa,
burbuja de jabón, pajarita luciente.
Tras ella acude el alma, como ella, temerosa
de que tanto ajetreo le cause un accidente,
hasta que en tenue aleo detiénese y se posa
al borde de la acera, sin resguardo, imprudente.
Nadie ha visto la escena ni seguido la pista
del insecto, que, trémulo, no acierta a aventurarse—
tan frágil—, aferrado apenas a la arista
de la desnuda piedra, ardiente, del verano.
Mi corazón sensible no logra equilibrarse,
mientras la lanza al aire, decidida, mi mano.
Marilina Rébora
Dios Existe
los silencios, vivientes; la oscuridad sin borde;
cuando la fuerza falta y la tristeza sobra,
en soledad infinita para estar más acorde.
De improviso resuena el son de un benteveo
con tono tan alegre que regocija el alma,
y es tal la donosura de su simple gorjeo
que sonrío, infantil, renacida la calma.
Y digo: Dios existe; es El quien me conversa
como a niña medrosa perdida en la espesura,
para que no me queje sintiéndome en olvido.
La breve melodía, al viento se dispersa.
Y me quedo pensando por tierna conjetura:
¿en qué rincón de cielo habrá colgado un nido?
Marilina Rébora
Desencanto
y sentirte, como antes, en todo consecuente,
yo quisiera decirte: te quiero todavía...
y recibirte, al fin, con ánimo sonriente.
Yo quisiera tomar tu mano con la mía,
y llevarlas fraternas, como antes, a mi frente,
guardándote a mi lado, junto a mí todo el día,
saber que estás conmigo, aunque te halles ausente.
Pero ya no es posible que esta dicha suceda—
desde que el desencanto se apoderó del alma—
y pienso que vivir así, tampoco pueda...
porque quiero querer y mi amor se resiste,
porque quiero esperar, cuando no tengo calma,
porque quiero reír y por siempre estoy triste.
Manuel Machado
Lirio - Alma
vaga Gerineldos
por esos jardines
del rey, a lo lejos,
junto a los macizos
de arrayanes...
Besos
de la reina dicen
los morados cercos
de sus ojos mustios,
dos idilios muertos.
Casi todo alma,
se pierde en silencio,
por el laberinto
de arrayanes... ¡Besos!
Solo, solo, solo,
lejos, lejos, lejos...
Como una humareda,
como un pensamiento...
Como esa persona
extraña que vemos
cruzar por las calles
oscuras de un sueño.
Manuel Machado
Otoño - Alma
Han cerrado
y, olvidado
en el parque viejo, solo
me han dejado.
La hoja seca,
vagamente,
indolente,
roza el suelo...
Nada sé,
nada quiero,
nada espero.
Nada...
Solo
en el parque me han dejado
olvidado,
...y han cerrado.
Manuel Machado
El Jardín Gris - Alma
A Francisco Villaespesa
¡Jardín sin jardinero!
¡Viejo jardín,
viejo jardín sin alma,
jardín muerto! Tus árboles
no agita el viento. En el estanque, el agua
yace podrida. ¡Ni una onda! El pájaro
no se posa en tus ramas.
La verdinegra sombra
de tus hiedras contrasta
con la triste blancura
de tus veredas áridas...
¡Jardín, jardín! ¿Qué tienes?
¡Tu soledad es tanta,
que no deja poesía a tu tristeza!
¡Llegando a ti, se muere la mirada!
Cementerio sin tumbas...
Ni una voz, ni recuerdos, ni esperanza.
¡Jardín sin jardinero!
¡Viejo jardín,
viejo jardín sin alma!
Manuel Machado
Mariposa Negra - Alma
A Rubén Darío
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro..., el de plata.
La hora cárdena...
«Aún es temprano».
«Nada veo sino el polvo
del camino...»
«Aún es temprano».
«¿Gritaron, madre?»
«No, hija;
nadie habló... ¿Lloras?...»
«Lo blanco
del camino que contemplo
las lágrimas me ha saltado...»
«No es eso...»
«Yo no sé, madre».
«Él vendrá, que aún es temprano».
«Madre, el humo se está quieto,
las nubes parecen mármol...,
y los árboles diríase,
que tienden abiertos brazos».
Un mendigo horrible pasa,
y hacia el castillo ha mirado.
.....................................................................
Una negra mariposa
revolotea en el cuarto.
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro, el de plata...,
el de celajes violados.
... Y el sol va a caer allá lejos,
guerrero herido en el campo.
¡Mal hayan los servidores
que sin su señor tornaron,
los que con él se partieron
y traen, sin él, su caballo!
Manuel Machado
Adelfos - Alma
A Miguel de Unamuno
Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
—soy de la raza mora, vieja amiga del Sol—,
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.
En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos...;
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.
Besos ¡pero no darlos! Gloria.... ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
¡Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir!
¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce ni adoro la virtud.
De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.
No se ganan, se heredan, elegancia y blasón...
Pero el lema de casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano sol.
Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme,
lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir! ...
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!
París, 1899
Manuel José Othón
Idilio Salvaje
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.