Soledad
José Antonio Ramos Sucre
La Conversión De Pablo
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
—Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
José Antonio Ramos Sucre
Discurso Del Contemplativo
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
José Antonio Ramos Sucre
El Solterón
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
José Antonio Ramos Sucre
La Tribulación Del Novicio
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
José Antonio Ramos Sucre
Entonces
Sueño que sopla una violenta ráfaga de
invierno sobre tus cabellos descubiertos, oh niña, que transitas
por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía joven espero
llegar, para verte pasar. Te reconoceré al punto, no me
sorprenderán tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble
ni tu azul mirada; he presentido tus manos delicadas y exangües,
he adivinado tu voz que canta y tu gentil andar. El día de
nuestro encuentro será igual a cualquiera de tu vida: te
veré buscando paso entre la muchedumbre de transeúntes y
carruajes que llena con su tumulto la calle y con su ruido el aire
frío. La calle ha de ser larga, acabará donde se junten
lejanas neblinas; la formará una doble hilera de casas sin
ningún intervalo para viva arboleda; la harán más
tediosa enorme edificios que niegan a la vista el acceso al cielo.
Lejos de la ciudad nórdica estarán para entonces los
pájaros que la alegraban con su canto y olvidado estará
el sol; para que reine la luz artificial con su lívido brillo,
la habrán sepultado las nubes, cuyo horror aumenta la industria
con el negro aliento de sus fauces.
Entonces y allí será la última
hora de esta mi juventud transcurrida sin goces. Habré ido a
experimentar en la ciudad extraña y septentrional la amargura de
su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono. Para sufrir el
ocaso de la juventud ya estaré preparado por la partida de
muchas ilusiones y el desvanecimiento de muchas esperanzas. En mi
memoria dolerá el recuerdo de imposibles afectos y en mi
espíritu pesará el cansancio de vencidos anhelos. Y ya no
aspiraré a más: habré adaptado mis ojos al feo
mundo, y cerrado mi puerta a la humanidad enemiga. Mi mansión
será para otros impenetrable roca y para mí firme
cárcel. Estoico orgullo, horrenda soledad habré
alcanzado. En torno de mi frente flotarán los cabellos grises,
cual la ceniza de huérfanos hogares.
De lejos habré llegado con el eterno, hondo
pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que
me acompaña como conciencia de vivir. Un pesar no calmado con la
maravilla de los cielos y de los mares nativos perpetuamente luminosos,
ni con el ardor ecuatorial de la vida, que me ha rodeado exuberante y
que sólo en mí languidece. Los años habrán
pasado sin amortiguar esta sensibilidad enfermiza y doliente, tolerable
a quien pueda tener la única ocupación de soñar, y
que desgraciadamente, por el áspero ataque de la vida, es dentro
de mí como cuerda a punto de romperse en dolorosa
tensión. La sensibilidad que del adverso mundo me hace huir al
solitario ensueño, se habrá hecho más aguda y
frágil al alejarse gravemente mi juventud con la pausada
melancolía de la nave en el horizonte vespertino.
Al encontrarte, quedaremos unidos por el
convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se
atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado tarde,
el último de mi juventud, en que despertarán, como
fantasmas, recuerdos semimuertos al formar el invierno la mortaja de la
tierra, será el primero de nuestro amor infinito y
estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo,
cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un
vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo
que éste será el epitafio de nuestro idilio y de nuestra
existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita.
José Antonio Ramos Sucre
Elogio De La Soledad
Prebenda del cobarde y del indiferente reputan
algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que
renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección
y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría
los autores de la opinión ascética. Siempre será
necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados
por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único
refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados
con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen
muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a
menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre
en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los
dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en
las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar
amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima
la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres
cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en
Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad
del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el
periódico, no como el rentista para tener noticias de su
fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la
humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es
débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo
soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el
riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi
recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes
anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de
galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del
vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos
de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la
gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por
milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel
místico al saberse amado por la madre de Jesús. La
historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se
extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó
el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma
esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que
hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación
del Sol, único, generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo
afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de
imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo
seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.
José Antonio Ramos Sucre
Cansancio
Gratitud más que amor siento por esa
adolescente que cada tarde, a mi paso por delante de su ventana,
recompensa con una sonrisa mi trabajo agobiador del día entero.
Su inocencia no se ha espantado de mi tristeza que trasciende y
contagia; para calmar mi desesperación, ella responde a mi
galantería con un tímido silencio, mientras me envuelve
en la más persistente de sus miradas dormidas, atenuando mi
propio dolor y el que acabo de recoger a mi paso por los barrios de la
miseria y del vicio.
Imposible el amor cuando el porvenir ha caído
al suelo, y la enfermedad de vivir arrecia como una lluvia helada y
triste. Gratitud nada más para la adolescente que me protege
contra la desgracia por todo el resto del día,
siguiéndome con la vista hasta que desaparezco entre los
transeúntes de la calle interminable. Gratitud también
para la naturaleza que a esta hora del año se viste de funerales
atavíos, haciéndome comprender que no estoy solo, que
cuanto vive sufre, y todo vive.
Sólo ella aparece eludiendo la
fatalidad del dolor; sobre su juventud se prolonga la inconsciente
ventura de la infancia; ninguna pena ha paralizado la alegre locura de
su risa, que es la de sus primeros años, a pesar de que ninguna
frescura es tan deleznable en manos del tiempo como la de esa
manifestación del regocijo. Se diría que la naturaleza no
resiste a su gracia y se deja vencer; cuando la luz solar proclama su
victoria, triunfa en sus ojos la noche, más luminosa cuanto
más espesa, como algunos mares tropicales más
fosforescentes cuanto más oscuros.
Con su tranquila alegría no se aviene la
aflicción que traza surcos en mi frente y doblega mi vida.
Envenenaría su inocencia si la iniciara en el afán de la
batalla sin reposo, si en cambio de su misericordia la hiciera
comprender cómo asfixia la angustia por la ambición
asesinada. No he de ayudar en contra de su bienestar a la desgracia
oculta en cada momento que se acerca como una ola hinchando el seno
rugidor. Es cruel adelantarla en pocos días a los
desengaños que no aplazan su venida y a los torvos pensamientos
que ciñen las frentes mustias en fúnebre ronda.
Con misericordia correspondo a la suya, si de su
quietud me alejo con el estéril miedo de la vida, huyendo de la
sonrisa que enlaza. Ni vale más el amor que este suave recuerdo
que conservaré de su aparición en momentos de mi
más rudo vivir. Hundiéndose en el tiempo, su figura
despierta afectos tranquilos, cual convienen a espíritus
cansados; y ya el mío sólo alcanza fuerza para esa
melancólica simpatía con que el viajero en reposo
contempla la palmera lejana, encendida en el último adiós
del sol, única compañera sobre la vasta soledad.
José Antonio Ramos Sucre
El Fugitivo
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La
nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la
borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un
árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del
oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía
alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas
corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y
salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender
fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío.
Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me
seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego
y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una
ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y
corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con
dulzura.
José Antonio Ramos Sucre
A Un Despojo Del Vicio
Pábulo hasta entonces de la brutalidad,
ignorante de la misericordia y del afecto, caíste en mis brazos
amorosos tú, que habías caído y eras casta,
reducida por la adversidad a lastimosa condición de ave cansada,
de cordero querelloso y herido. Interrumpida por quejas fue la historia
de tu vida, toda dolor o afrenta. Expósita sacrificada de
algún apellido insigne, fuiste recogida por quien explotó
más tarde tu belleza. Ahora pensabas que tu muerte sería
pública, como tu aparición en el mundo; que algún
día vendría ella a liberarte de tus enemigos, la miseria,
el dolor y el vicio; que la crónica de los periódicos,
registrando el suceso, no diría tu nombre de emperatriz o de
heroína, sustituyéndolo por el apodo infamante.
Agobiaba tu frente con estigma oprobioso la
injusticia; doblegaba tus hombros el peso de una cruz. Cerca de
mí, dolorosa y extenuada, hablabas con los ojos bajos que, muy
rara vez levantados, dejaban descubrir, vergonzosos, ilusión de
paraísos perdidos de amor.
Tanto como por esos pensamientos, se elevaba tu
queja por la belleza marchita casi al comienzo de la juventud, por la
mustia energía de los músculos en los brazos
anémicos, por los hombros y espaldas descarnados, propicios a la
tisis, por la fealdad que acompañaba tu flaqueza... Era la tuya
una queja intensa, como si estuviera aumentada por la de antepasados
virtuosos que lamentaran tu ignominia. Era la primera vez que no la
sofocabas en silencio, como hasta entonces, a los cielos demasiado
lejanos, a los hombres demasiado indiferentes. Y prometías
recordar y bendecirme a mí, a aquel hombre, decías, el
único que te había compadecido, sin cuya caridad te
habrías encontrado más aislada, que tenía los
brazos abiertos a todas las desventuras, pues fijo como a una cruz
estaba por los dolores propios y ajenos. Por no afligirte más,
te dejé ignorar que yo, soñador de una imposible
justicia, iba también quejumbroso y aislado por la vida, y que,
más infeliz que tú, sin aquel afecto que moriría
pronto contigo, estaría solo.
Juan Ramón Jiménez
El Todo
Que me hunda la noche callada,
como una bandada
blanda y acabada.
(Que no quede nada...
Que pase la mujer amada
por una dejada
estancia soñada)
No desear nada...
Perderse en la idea sagrada,
como una dorada
sombra en la alborada.
Juan Ramón Jiménez
El Viaje Definitivo
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
Juan Ramón Jiménez
Verde Verderol
¡endulza la puesta del sol!
Palacio de encanto,
el pinar tardío
arrulla con llanto
la huida del río.
Allí el nido umbrío
tiene el verderol.
Verde verderol
¡endulza la puesta del sol!
La última brisa
es suspiradora,
el sol rojo irisa
al pino que llora.
¡Vaga y lenta hora
nuestra, verderol!
Verde verderol
¡endulza la puesta del sol!
Soledad y calma,
silencio y grandeza.
La choza del alma
se recoje y reza.
De pronto ¡belleza!
canta el verderol.
Verde verderol
¡endulza la puesta del sol!
Su canto enajena
(¿se ha parado el viento?)
el campo se llena
de su sentimiento.
Malva es el lamento,
verde el verderol.
Verde verderol
¡endulza la puesta del sol!
Juan Ramón Jiménez
Yo No Soy Yo
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
Jorge Riechmann
22
escapo al cielo.
César Vallejo en París, César Vallejo quebrado
crucificado en la lluvia.
¿Quién imantó el privilegio?
¿Quién injertó la dulzura? ¿Quién
retiró la mesa?
¿De quién son estas manos que sorben los colores
y este cieno inservible para crear un hombre?
¿Y en qué momento vas
a sublevarte...?
Un rostro desarbolado por la angustia.
El agua densa en este río
de márgenes violentas. El río reconoce a su madre la
cloaca.
De compasión le estallan al indio los pulmones.
La lluvia borra los ojos. No reconozco nada.
Jorge Riechmann
21
como una teta monstruosa.
Hoy ha reventado.
El hedor inunda toda la casa.
La perrita Asphodèle agoniza
con los ojos abiertos
al vacío de todas las preguntas.
Pronto la intravenosa de sombra
apagará el dolor sorprendente de ser.
El mundo está enfermo de soledad.
Juan Meléndez Valdés
Elegía Moral A Jovino, El Melancólico
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
Juan Meléndez Valdés
Soneto El Despecho
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
José María Hinojosa
Puerto
y no obstante estaba llena
de siluetas y misterios.
Fuimos palpando en su frente
todos nuestros pensamientos.
Quedó la noche vacía
aún con los barcos del puerto,
¿de dónde será este barco
y quiénes sus marineros?
Quedó la noche vacía,
¿y dónde irá este velero?
¿qué mares desgarrará,
y qué vientos?
El mar crujía la luz
del faro, en el antepuerto.
Cogidas de las cinturas
que sus ritmos habían hecho,
las canciones marineras
iban recorriendo el puerto,
y salían por alta mar
entre las olas de viento.
Quedó la noche vacía
de cantos de marineros.
José María Hinojosa
Elegía Posible
adónde llegaré?
Si el globo se perdiera,
caería, en qué tierra?
Si el barco naufragara,
me hundiría, en qué agua?
Yo solo me embarqué,
nadie sabe porqué.
¡Pero yo sí lo sé!
José Martí
Todo Soy Canas Ya
Colmar mi corazón: como una copa
Sin vino, o cráneo [ ..........Verso inacabado.............. ] rechazo
La beldad insensata: — y el sentido
¡Ay! ¡no lo es sin la beldad! EI sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazón y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,—
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sólo un día,
Ya me enseñó la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visión, como humo,
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestia en cueros,
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquélla en blando encaje
Como un cesto de perlas recogida;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre ópalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmortal, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.
¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sólo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: ¡me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: ¿no ves que donde muere
El hueso nace el ala?: ¡tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.
José Martí
Bosque De Rosas
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!—
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja, (*)
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo, (*)
Ven, que la soledad será tu escudo. (*)
¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
¡Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios, ¿no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.—
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,—
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
¡Del buen obrar qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
José Martí
Como Fiera Enjaulada
Mi asiento dejo—empujo la entornada
Puerta, vuelvo a mi libro,
Los anchos ojos en sus letras clavo,
Como cuerdas heridas, tiemblo y vibro,—
Y ruge, y muerde el alma atormentada,
Como en cuerpo de mármol encerrada.—
José Martí
Yo Puedo Hacer
De esta desdicha una joya;
¡Pero me la habrán de ver!—
No, vive Dios: ¡paso atrás!
Mi pena es mi hija: ¡mi hija
No me la han de ver jamás!
Son cómicos del dolor,
Son llorones de su entierro,
Son mercaderes de amor,
Son indignos de placer
De sufrir y de querer
Los que enseñan y venden
En libros y salas
Su goce o dolor.
José Martí
A Un Joven Muerto
Para no sé qué corona fúnebre
¡Vedle! En la seca garganta
Apagada está la nota:
El brazo ya no levanta
La copa de oro, que rota
Por la mística muerte,
En la pálida mano mal huida
Sus myosotis y sus violetas vierte
Mustias al pie del luchador sin vida.
Niños, que vais con el arma
Cargada y luciente al hombro,—
Al soldado que desarma
Muerte importuna, al escombro
De un águila aposento
Ayer, y hueco ahora,
Interrogad, y osado cumplimiento
A su obra rota dad: así se llora!