Poemas en este tema
Soledad
Jaime Sabines
Soy Mi Cuerpo
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me
dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las
cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme
encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos
papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi
soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no
me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan
de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta
el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las
cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme
encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos
papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi
soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no
me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan
de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta
el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
592
Jaime Sabines
Espero Curarme De Ti
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte,
de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No
es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas
las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede
prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también
el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo
del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando
digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se
hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías,
te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te
quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo.
Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo
a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender
las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio
para entrar a un panteón.
de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No
es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas
las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede
prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también
el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo
del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando
digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se
hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías,
te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te
quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo.
Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo
a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender
las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio
para entrar a un panteón.
1.202
Jaime Sabines
¿qué Putas Puedo?
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
606
Jaime Sabines
Yo No Lo Sé De Cierto
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
586
Jaime Sabines
En La Sombra Estaban Sus Ojos
En la sombra estaban sus ojos
y sus ojos estaban vacíos
y asustados y dulces y buenos
y fríos.
Allí estaban sus ojos y estaban
en su rostro callado y sencillo
y su rostro tenía sus ojos
tranquilos.
No miraban, miraban, qué solos
y qué tiernos de espanto, qué míos,
me dejaban su boca en los labios
y lloraban un aire perdido
y sin llanto y abiertos y ausentes
y distantes distantes y heridos
en la sombra en que estaban, estaban
callados, vacíos.
Y una niña en sus ojos sin nadie
se asomaba sin nada a los míos
y callaba y miraba y callaba
y sus ojos abiertos y limpios,
piedra de agua, me estaban mirando
más allá de mis ojos sin niños
y qué solos estaban, qué tristes,
qué limpios.
Y en la sombra en que estaban sus ojos
y en el aire sin nadie, afligido,
allí estaban sus ojos y estaban
vacíos.
y sus ojos estaban vacíos
y asustados y dulces y buenos
y fríos.
Allí estaban sus ojos y estaban
en su rostro callado y sencillo
y su rostro tenía sus ojos
tranquilos.
No miraban, miraban, qué solos
y qué tiernos de espanto, qué míos,
me dejaban su boca en los labios
y lloraban un aire perdido
y sin llanto y abiertos y ausentes
y distantes distantes y heridos
en la sombra en que estaban, estaban
callados, vacíos.
Y una niña en sus ojos sin nadie
se asomaba sin nada a los míos
y callaba y miraba y callaba
y sus ojos abiertos y limpios,
piedra de agua, me estaban mirando
más allá de mis ojos sin niños
y qué solos estaban, qué tristes,
qué limpios.
Y en la sombra en que estaban sus ojos
y en el aire sin nadie, afligido,
allí estaban sus ojos y estaban
vacíos.
846
Jaime Sabines
Los Amorosos
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable
aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable
aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
1.039
Jaime Sabines
Entresuelo
Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
754
Jaime Sabines
Lento, Amargo Animal
Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
623
José Antonio Ramos Sucre
El Extranjero
EL EXTRANJERO
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
413
José Antonio Ramos Sucre
Los Lazos De La Quimera
LOS LAZOS DE LA QUIMERA
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
443
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
478
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
479
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
830
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
648
José Antonio Ramos Sucre
La Alborada
LA ALBORADA
El revuelo de las golondrinas impide la serenidad de
la mañana celeste. Las aves seráficas observan su voto de
júbilo y pobreza. Sugieren una emoción nostálgica
y piadosa. Desaparecen repentinamente, inspirando la sospecha de acudir
al llamamiento de un ermitaño benévolo y anciano.
Las iglesias vetustas de la ciudad episcopal,
habitada por colegiales y doctores, conciertan ocasionalmente sus
campañas
El enfermo registra el contorno desde un
balcón retirado profundamente en su casa hermética.
Permanece, vestido de blanco, en una silla poltrona. Deja ver, en el
rostro cándido y marchito, los efectos de un mal
contraído desde la niñez.
He velado la noche entera, sintiendo los sones de
una orquesta lejana, a través del aire veleidoso. La
música insinuaba el pasatiempo de la danza en una sala radiante.
El enfermo ha desechado la fe de sus mayores.
Sobrelleva el ocio prolijo siguiendo el pensamiento de filósofos
desolados y réprobos y penetrando los secretos de los idiomas
antiguos, de belleza lapidaria. Rememora la amenaza de la fatalidad,
las leyes inexorables del universo en estrofas de sonoridad latina.
El enfermo se envuelve la faz con un lienzo recogido
de sus hombros. Quiere ocultar a las miradas de su criada afectuosa el
sentimiento de su última composición y la dice en voz
baja y suave.
El poeta se burla del privilegio del genio, merced
diabólica transformada en cenizas. La calavera del
símbolo domina en su canto de soledad y amargura y anuncia, por
medio de una trompeta de bronce, la soberanía perenne del olvido.
El revuelo de las golondrinas impide la serenidad de
la mañana celeste. Las aves seráficas observan su voto de
júbilo y pobreza. Sugieren una emoción nostálgica
y piadosa. Desaparecen repentinamente, inspirando la sospecha de acudir
al llamamiento de un ermitaño benévolo y anciano.
Las iglesias vetustas de la ciudad episcopal,
habitada por colegiales y doctores, conciertan ocasionalmente sus
campañas
El enfermo registra el contorno desde un
balcón retirado profundamente en su casa hermética.
Permanece, vestido de blanco, en una silla poltrona. Deja ver, en el
rostro cándido y marchito, los efectos de un mal
contraído desde la niñez.
He velado la noche entera, sintiendo los sones de
una orquesta lejana, a través del aire veleidoso. La
música insinuaba el pasatiempo de la danza en una sala radiante.
El enfermo ha desechado la fe de sus mayores.
Sobrelleva el ocio prolijo siguiendo el pensamiento de filósofos
desolados y réprobos y penetrando los secretos de los idiomas
antiguos, de belleza lapidaria. Rememora la amenaza de la fatalidad,
las leyes inexorables del universo en estrofas de sonoridad latina.
El enfermo se envuelve la faz con un lienzo recogido
de sus hombros. Quiere ocultar a las miradas de su criada afectuosa el
sentimiento de su última composición y la dice en voz
baja y suave.
El poeta se burla del privilegio del genio, merced
diabólica transformada en cenizas. La calavera del
símbolo domina en su canto de soledad y amargura y anuncia, por
medio de una trompeta de bronce, la soberanía perenne del olvido.
468
José Antonio Ramos Sucre
La Suspirante
LA SUSPIRANTE
La hermosa ha regresado de muy lejos. Se encierra
nuevamente en su cámara inaccesible, satisfaciéndose con
el mueble esbelto y la baratija exótica. Impone el recuerdo de
una era señorial, rodeándose de las escenas sucesivas de
un tapiz.
La hermosa se pierde en la lectura de sucesos
extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios, y narrados con
semblante de parodia. Vuelve sobre un pasaje burlesco, en donde alterna
un pastor con el bufón expulsado de la corte.
La dama displicente se engolfa en las peripecias de
un relato incomparable y suspende el entretenimiento cuando empieza una
batalla entre caballeros de sobrenombres ínclitos.
La dama renuente, aficionada a las quimeras de la
imaginación, sueña con huir de este mundo a otro ilusorio.
Nadie podría averiguar el derrotero de su
fuga.
La hermosa vuela sobre los caminos cegados por la
nieve y un búho solitario da el alarma en la noche fascinada por
el plenilunio.
La hermosa ha regresado de muy lejos. Se encierra
nuevamente en su cámara inaccesible, satisfaciéndose con
el mueble esbelto y la baratija exótica. Impone el recuerdo de
una era señorial, rodeándose de las escenas sucesivas de
un tapiz.
La hermosa se pierde en la lectura de sucesos
extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios, y narrados con
semblante de parodia. Vuelve sobre un pasaje burlesco, en donde alterna
un pastor con el bufón expulsado de la corte.
La dama displicente se engolfa en las peripecias de
un relato incomparable y suspende el entretenimiento cuando empieza una
batalla entre caballeros de sobrenombres ínclitos.
La dama renuente, aficionada a las quimeras de la
imaginación, sueña con huir de este mundo a otro ilusorio.
Nadie podría averiguar el derrotero de su
fuga.
La hermosa vuela sobre los caminos cegados por la
nieve y un búho solitario da el alarma en la noche fascinada por
el plenilunio.
466
José Antonio Ramos Sucre
Nocturno
NOCTURNO
Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.
Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.
Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.
Yo esperaba ansiosamente un prodigio.
He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.
La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.
Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.
Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.
Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.
Yo esperaba ansiosamente un prodigio.
He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.
La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.
429
José Antonio Ramos Sucre
El Nómade
EL NÓMADE
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
474
José Antonio Ramos Sucre
El Rito
EL RITO
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
448
José Antonio Ramos Sucre
La Penitencia Del Mago
LA PENITENCIA DEL MAGO
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
466
José Antonio Ramos Sucre
Sueño
SUEÑO
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
537
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Del Maldito
LA VIDA DEL MALDITO
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
688
José Antonio Ramos Sucre
De La Vieja Italia
DE LA VIEJA ITALIA
El caballero Leonardo nutre en la soledad el mal
humor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela su
palacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en caverna
horrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allí
interrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.
Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con los
golpes y las voces de secuaces blasfemos.
Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge a
descansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar la
belleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificios
y jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombra
llana.
Encuentra en lecturas copiosas el consejo que induce
a la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdo
de encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a sus
malquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intriga
perseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes de
horca y de traílla.
Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece el
alma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga e
imprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta que
despuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometido
talismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.
Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvo
antifaz.
Está rodeado de miedo y de silencio el
palacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.
Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian el
resto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que el
cadáver del enlutado señor muestra en el pecho abierto
manantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo se
apodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fue
víctima de la noche y de sus vengativos númenes
guardianes.
El caballero Leonardo nutre en la soledad el mal
humor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela su
palacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en caverna
horrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allí
interrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.
Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con los
golpes y las voces de secuaces blasfemos.
Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge a
descansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar la
belleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificios
y jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombra
llana.
Encuentra en lecturas copiosas el consejo que induce
a la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdo
de encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a sus
malquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intriga
perseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes de
horca y de traílla.
Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece el
alma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga e
imprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta que
despuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometido
talismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.
Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvo
antifaz.
Está rodeado de miedo y de silencio el
palacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.
Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian el
resto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que el
cadáver del enlutado señor muestra en el pecho abierto
manantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo se
apodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fue
víctima de la noche y de sus vengativos númenes
guardianes.
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José Antonio Ramos Sucre
La Hija De Valdemar
LA HIJA DE VALDEMAR
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
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