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Poemas en este tema

Tiempo y su Transcurso

Pablo Neruda

Pablo Neruda

Y Cuánto Vive?

Cuánto vive el hombre, por fin?

Vive mil días o uno solo?

Una semana o varios siglos?

Por cuánto tiempo muere el hombre?

Qué quiere decir «Para Siempre»?

Preocupado por este asunto
me dediqué a aclarar las cosas.

Busqué a los sabios sacerdotes,
los esperé después del rito,
los aceché cuando salían
a visitar a Dios y al diablo.

Se aburrieron con mis preguntas.
Ellos tampoco sabían mucho,
eran sólo administradores.

Los médicos me recibieron,
entre una consulta y otra,
con un bisturí en cada mano,
saturados de aureomicina,
más ocupados cada dia.
Según supe por lo que hablaban
el problema era como sigue:
nunca murió tanto microbio,
toneladas de ellos caían,
pero los pocos que quedaron
se manifestaban perversos.

Me dejaron tan asustado
que busqé a los enterradores.
Me fui a los ríos donde queman
grandes cadáveres pintados,
pequeños muertos huesudos,
emperadores recubiertos
por escamas aterradoras,
mujeres aplastadas de pronto
por una ráfaga de cólera.
Eran riberas de difuntos
y especialistas cenicientos.

Cuando llegó mi oportunidad
les largué unas cuantas preguntas,
ellos me ofrecieren quemarme:
era todo lo que sabían.

En mi país los enterradores
me contestaron, entre copas:
—«Búscate una moza robusta,
y déjate de tonterías».

Nunca vi gentes tan alegres.

Cantaban levantando el vino
por la salud y por la muerte.
Eran grandes fornicadores.

Regresé a mi casa más viejo
después de recorrer el mundo.

No le pregunto a nadie nada.

Pero sé cada día menos.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.
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Pablo Neruda

Pablo Neruda

Ritual De Mis Piernas

Largamente he permanecido mirando mis largas piernas
con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión,
como si hubieran sido las piernas de una mujer divina
profundamente sumida en el abismo de mi tórax:
y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa,
sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza,
y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que
una mujer está respirando, durmiendo, desnuda y a mi lado,
entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente,
viciosos, melancólicos pensamientos
siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio,
y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro
cuerpo,
y fuerte y dulcemente estuvieran pegadas a mis entrañas.


Como tallos o femeninas, adorables cosas,
desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas,
con turbado y compacto material de existencia:
como brutales, gruesos brazos de diosa,
como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos,
como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos,
son allí la mejor parte de mi cuerpo:
lo enteramente substancial, sin complicado contenido
de sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios:
nada, sino lo puro, lo dulce y espeso de mi propia vida,
nada, sino la forma y el volumen existiendo,
guardando la vida, sin embargo, de una manera completa.

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad
sin apenas recordar que poseen un. cuerpo y en él la vida,
y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el
cuerpo,
y se habla favorablemente de la ropa,
de pantalones es posible hablar, de trajes,
y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de "señora"),
como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos
por completo
y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,
y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,
demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,
y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,
con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.

Bueno, mis rodillas, como nudos,
particulares, funcionarios, evidentes,
separan las mitades de mis piernas en forma seca:
y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes
no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas.

Desde la rodilla hasta el pie una forma dura,
mineral, fríamente útil aparece,
una criatura de hueso y persistencia,
y los tobillos no son ya sino el propósito desnudo,
la exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva.

Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas,
son allí mis piernas, y dotadas
de grupos musculares como animales complementarios,
y allí también una vida, una sólida, sutil, aguda
vida
sin temblar permanece, aguardando y actuando.

En mis pies cosquillosos,
y duros como el sol, y abiertos como flores,
y perpetuos, magníficos soldados
en la guerra gris del espacio,
todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies,
lo extranjero y lo hostil allí comienza,
los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto,
lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazón,
con densa y fría constancia allí se originan.

Siempre,
productos manufacturados, medias, zapatos,
o simplemente aire infinito,
habrá entre mis pies y la tierra
extremando lo aislado y lo solitario de mi ser,
algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra,
algo abiertamente invencible y enemigo.
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Octavio Paz

Octavio Paz

Cuatro Chopos

Como tras de sí misma va esta línea
por los horizontales confines persiguiéndose
y en el poniente siempre fugitivo
en que se busca se disipa

—como esta misma línea
por la mirada levantada
vuelve todas sus letras
una columna diáfana
resuelta en una no tocada
no oída ni gustada mas pensada
flor de vocales y de consonantes

—como esta línea que no acaba de escribirse
y antes de consumarse se incorpora
sin cesar de fluir pero hacia arriba:

los cuatro chopos.


Aspirados
por la altura vacía y allá abajo,
en un charco hecho cielo, duplicados,
los cuatro son un solo chopo
y son ninguno.


Atrás, frondas en llamas
que se apagan —la tarde a la deriva—
otros chopos ya andrajos espectrales
interminablemente ondulan
interminablemente inmóviles.
El amarillo se desliza al rosa,
se insinúa la noche en el violeta.

Entre el cielo y el agua
hay una franja azul y verde:
sol y plantas acuáticas,
caligrafía llameante
escrita por el viento.
Es un reflejo suspendido en otro.

Tránsitos: parpadeos del instante.
El mundo pierde cuerpo,
es una aparición, es cuatro chopos,
cuatro moradas melodías.

Frágiles ramas trepan por los troncos.
Son un poco de luz y otro poco de viento.
Vaivén inmóvil. Con los ojos
las oigo murmurar palabras de aire.

El silencio se va con el arroyo,
regresa con el cielo.

Es real lo que veo:
cuatro chopos sin peso
plantados sobre un vértigo.
Una fijeza que se precipita
hacia abajo, hacia arriba,
hacia el agua del cielo del remanso
en un esbelto afán sin desenlace
mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro.

Latir de claridades últimas:
quince minutos sitiados
que ve Claudio Monet desde una barca.

En el agua se abisma el cielo,
en sí misma se anega el agua,
el chopo es un disparo cárdeno:
este mundo no es sólido.

Entre ser y no ser la yerba titubea,
los elementos se aligeran,
los contornos se esfuman,
visos, reflejos, reverberaciones,
centellear de formas y presencias,
niebla de imágenes, eclipses,
esto que veo somos: espejeos.
533
Octavio Paz

Octavio Paz

Hablo De La Ciudad

novedad de hoy y ruina de pasado mañana,
enterrda y resucitada cada día,
convivida en calles, plazas, autobuses, taxis, cines,
teatros, bares, hoteles, palomares, catacumbas,
la ciudad enorme que cabe en un cuarto de tres
metros cuadrados inacabable como una galaxia,
la ciudad que nos sueña a todos y que todos
hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
la ciudad que todos soñamos y que cambia sin
cesar mientras la soñamos,
la ciudad que despierta cada cien años y se
mira en el espejo de una palabra y no se reconoce y otra vez se echa a
dormir,
la ciudad que brota de los párpados de la
mujer que duerme a mi lado y se convierte,
con sus monumentos y sus estatuas, sus historias y
sus leyendas,
en un manantial hecho de muchos ojos y cada ojo
refleja el mismo paisaje detenido,
antes de las escuelas y las prisiones, los alfabetos
y los números, el altar y la ley:
el río que es cuatro ríos, el huerto,
el árbol, la Varona y el Varón vestido de viento
—volver, volver, ser otra vez arcilla,
bañarse en esa luz, dormir bajo esas luminarias,
flotar sobre las aguas del tiempo como la hoja
llameante del arce que arrastra la corriente,
volver, ¿estamos dormidos o despiertos?,
estamos, nada más estamos, amanece, es temprano,
estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin
caer en otra, idéntica aunque sea distinta,
hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de
dos palabras: los otros,
y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un
nosotros, un yo a la deriva,
hablo de la ciudad construida por los muertos,
habitada por sus tercos fantasmas, regida por su despótica
memoria,
la ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie
y que ahora me dicta estas palabras insomnes,
hablo de las torres, los puentes, los
subterráneos, los hangares, maravillas y desastres,
El estado abstracto y sus policías concretos,
sus pedagogos, sus carceleros, sus predicadores,
las tiendas en donde hay de todo y gastamos todo y
todo se vuelve humo,
los mercados y sus pirámides de frutos,
rotación de las cuatro estaciones, las reses en canal colgando
de los garfios, las colinas de especias y las torres de frascos y
conservas,
todos los sabores y los colores, todos los olores y
todas las materias, la marea de las voces —agua, metal, madera, barro—,
el trajín, el regateo y el trapicheo desde el comienzo de los
días,
hablo de los edificios de cantería y de
mármol, de cemento, vidrio, hierro, del gentío en los
vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como
el mercurio en los termómetros,
de los bancos y sus consejos de
administración, de las fábricas y sus gerentes, de los
obreros y sus máquinas incestuosas,
hablo del desfile inmemorial de la
prostitución por calles largas como el deseo y como el
aburrimiento,
del ir y venir de los autos, espejo de nuestros
afanes, quehaceres y pasiones (¿por qué, para qué,
hacia dónde?),
de los hospitales siempre repletos y en los que
siempre morimos solos,
hablo de la penumbra de ciertas iglesias y de las
llamas titubeantes de los cirios en los altares,
tímidas lenguas con las que los desamparados
hablan con los santos y con las vírgenes en un lenguaje ardiente
y entrecortado,
hablo de la cena bajo la luz tuerta en la mesa coja
y los platos desportillados,
de las tribus inocentes que acampan en los
baldíos con sus mujeres y sus hijos, sus animales y sus
espectros,
de las ratas en el albañal y de los gorriones
valientes que anidan en los alambres, en las cornisas y en los
árboles martirizados,
de los gatos contemplativos y de sus novelas
libertinas a la luz de la luna, diosa cruel de las azoteas,
de los perros errabundos, que son nuestros
franciscanos y nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos
del sol,
hablo del anacoreta y de la fraternidad de los
libertarios, de la conjura de los justicieros y de la banda de los
ladrones,
de la conspiración de los iguales y de la
sociedad de amigos del Crimen, del club de los suicidas y de Jack el
Destripador,
del Amigo de los Hombres, afilador de la guillotina,
y de César, Delicia del Género Humano,
hablo del barrio paralítico, el muro llagado,
la fuente seca, la estatua pintarrajeada,
hablo de los basureros del tamaño de una
montaña y del sol taciturno que se filtra en el polumo,
de los vidrios rotos y del desierto de chatarra, del
crimen de anoche y del banquete del inmortal Trimalción,
de la luna entre las antenas de la televisión
y de una mariposa sobre un bote de inmundicias,
hablo de madrugadas como vuelo de garzas en la
laguna y del sol de alas transparentes que se posa en los follajes de
piedra de las iglesias y del gorjeo de la luz en los tallos de vidrio
de los palacios,
hablo de algunos atardeceres al comienzo del
otoño, cascadas de oro incorpóreo, transfiguración
de este mundo, todo pierde cuerpo, todo se queda suspenso,
la luz piensa y cada uno de nosotros se siente
pensado por esa luz reflexiva, durante un largo instante el tiempo se
disipa, somos aire otra vez,
hablo del verano y de la noche pausada que crece en
el horizonte como un monte de humo que poco a poco se desmorona y cae
sobre nosotros como una ola,
reconciliación de los elementos, la noche se
ha tendido y su cuerpo es un río poderoso de pronto dormido, nos
mecemos en el oleaje de su respiración, la hora es palpable, la
podemos tocar como un fruto,
han encendido las luces, arden las avenidas con el
fulgor del deseo, en los parques la luz eléctrica atraviesa los
follajes y cae sobre nosotros una llovizna verde y fosforescente que
nos ilumina sin mojarnos, los árboles murmuran, nos dicen algo,
hay calles en penumbra que son una
insinuación sonriente, no sabemos adónde van, tal vez al
embarcadero de las islas perdidas,
hablo de las estrellas sobre las altas terrazas y de
las frases indescifrables que escriben en la piedra del cielo,
hablo del chubasco rápido que azota los
vidrios y humilla las arboledad, duró veinticinco minutos y
ahora allá arriba hay agujeros azules y chorros de luz, el vapor
sube del asfalto, los coches relucen, hay charcos donde navegan barcos
de reflejos,
hablo de nubes nómadas y de una música
delgada que ilumina una habitación en un quinto piso y de un
rumor de risas en mitad de la noche como agua remota que fluye entre
raíces y yerbas,
hablo del encuentro esperado con esa forma
inesperada en la que encarna lo desconocido y se manifiesta a cada uno:
ojos que son la noche que se entreabre y el
día que despierta, el mar que se tiende y la llama que habla,
pechos valientes: marea lunar,
labios que dicen sésamo y el tiempo se abra y
el pequeño cuarto se vuelve jardín de metamorfosis y el
aire y el fuego se enlazan, la tierra y el agua se confunden,
o es el advenimiento del instante en que
allá, en aquel otro lado que es aquí mismo, la llave se
cierra y el tiempo cesa de manar;
instante del hasta aquí, fin del hipo, del
quejido y del ansia, el alma pierde cuerpo y se desploma por un agujero
del piso, cae en sí misma, el tiempo se ha desfondado, caminamos
por un corredor sin fin, jadeamos en un arenal,
¿esa música se aleja o se acerca, esas
luces pálidas se encienden o apagan?, canta el espacio, el
tiempo se disipa: es el boqueo, es la mirada que resbala por la lisa
pared, es la pared que se calla, la pared,
hablo de nuestra historia pública y de
nuestra historia secreta, la tuya y la mía,
hablo de la selva de piedra, el desierto del
profeta, el hormigüero de almas, la congregación de tribus,
la casa de los espejos, el laberinto de ecos,
hablo del gran rumor que viene del fondo de los
tiempos, murmullo incoherente de naciones que se juntan o dispersan,
rodar de multitudes y sus armas como peñascos que se
despeñan, sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la
historia,
hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos
engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida.

CARTA DE CREENCIA
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