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Poemas en este tema

Tiempo y su Transcurso

Meira Delmar

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Olvido

Ha de pasar la vida. Ha de llegar la muerte.
He de quedar tendida bajo la tierra, inerte,
insensible, callada, como estatua de cera
que al romperse en pedazos abandonada fuera.

Ya sin brillo los ojos que te siguen ahora
con miradas que besan y besos que te imploran,
y muy quieta la inquieta ambición de caminos
que embriagada me tiene como mágico vino...

Ha de pasar la vida. Ha de llegar el largo
dolor de estar sin verte. Acaso el grito amargo
de tu angustia la tierra estremezca un momento..
Mas, después, poco a poco callará tu lamento.

Y de nuevo otro paso, no mi paso ligero,
a compás con el tuyo cruzará los senderos,
y otro labio —¡no el mío!— te dirá que la vida
es hermosa: “...La rama que se da florecida,

el temblor del lucero, y la nube, y el canto,
alegría te enseñan... Es inútil el llanto...!”
Y una vez más el viento jugará con tu risa,
y miel pura en tu boca otra boca sumisa

dejará bienamado, mientras rueda el estío...!
Y tal vez cuando lleguen esos días sombríos,
en que llora la lluvia su dolor lentamente,
y en las sombras el paso del misterio se siente,

surgiré en tu recuerdo con aquella encantada
vaguedad de las cosas hace tiempo olvidadas,
que retornan a veces en la luna de oro,
en lo triste de un verso, en el eco sonoro

de un arroyo que pasa... Y dirás: “¿Cómo era
la mujer que yo quise una azul primavera
en que estaban los campos aromados y llenos
de rumores festivos bajo el cielo sereno...?

¿Eran claros sus ojos? ¿Me embriagó su dulzura?
¿Sus cabellos... tenían de las mieses maduras
el color milagroso? ¿Era leve su mano?
¿Sonreía? ¿Lloraba?...”. ¡Y tu afán será vano!

La mujer que quisiste una azul primavera
y cruzó de tu brazo por caminos y eras,
volverá a ti sin llanto, ni color, ni sonrisa
—como un poco de bruma que deshace la brisa

sobre el río cansado—, imprecisa, distante,
como estrella que rueda temblorosa un instante
y se pierde en la noche... ¡Y ya nunca sabrás
si me hallaste en la vida o en un sueño no más!

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Meira Delmar

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Meira Delmar

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Meira Delmar

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Mario Benedetti

Mario Benedetti

Los Formales Y El Frío

Quién iba a prever que el amor ese informal
se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa la de ella
era como un augurio o una fábula
su mirada la de él tomaba nota
de cómo eran sus ojos los de ella
pero sus palabras las de él
no se enteraban de esa dulce encuesta

como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa la de ella
ya el frío estaba en sus labios los de él
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos los de ella
después ella besó sus labios los de él
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.
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Mario Benedetti

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La Vuelta De Mambrú

Cuando Mambrú se fue a la guerra, llevaba una almohadilla y un
tirabuzón. La almohadilla para descansar después de las
batallas y el tirabuzón para descorchar las efímeras
victorias.


También llevaba un paraguas contra venablos, aguaceros y
palabrotas; un anillo de oro para la suerte y contra los orzuelos y un
llavero con la llave de su más íntimo desván.



Como a menudo le resultaba insoportable la ausencia de la señora
de Mambrú, llevaba un ejemplar del “Cantar de los Cantares”, a
fin de sobrellevar los veranillos de San Juan, un abanico persa y otro
griego.



Llevaba una receta de sangría para sobornar al cándido
enemigo y para el caso de que este no fuera sobornable llevaba un
arcabuz y un verduguillo.


Así mismo unas botas de potro que rara vez usaba, ya que siempre
le había gustado caminar descalzo y un calidoscopio
artesanal, debido probablemente a que Marei, Edison y Lumiere no
habían nacido para inventar el cine.


Llevaba por último, un escudo de arpillera porque los de hierro
pesaban mucho y dos o tres principios fundamentales mezclados con la
capa bajo el morrión.


Nunca se supo como le fue a Mambrú en la guerra, ni cuantas
semanas o siglos se demoró en ellas. Lo cierto es que no
volvió para la Pascua ni para Navidad. Por el contrario,
transcurrieron centenares de Pascuas y Navidades sin que volviera o
enviara noticias. Ya nadie se acordaba de él ni de su perra.
Nadie cantaba ya la canción que en su tiempo era un hit.



Y sin embargo, fue en medio de esa amnesia que regresó en un
vuelo regular de Iberia, exactamente el miércoles pasado. Tan
rozagante que nadie osó atribuirle más de un siglo y
medio. Tan lozano que parecía el bisnieto de Mambrú.


Por supuesto ante retorno tan insólito hubo una conferencia de
prensa en el abarrotado salón Vip. Todos querían conocer
las novedades que traía Mambrú después de tanta
guerra. Cuántas heridas, Cuántos grilletes.
Cuántos casus belis. Cuántos pillajes y zafarranchos de
combate. Cuánto orgullo, cuántas lecciones.
Cuántos laureles, cuántas medallas y cruces y
chafalonías.


Ante el asedio de micrófonos que diecinueve hombres de
prensa blandían como cachiporras, Mambrú, oprimido pero
afable solo alcanzó a decir: —Señores no sé de
qué me están hablando. Traje una brisa con arpegios, una
paciencia que es un río, una memoria de cristal. Un
ruiseñor, dos ruiseñoras, traje una flecha de arco iris y
un túnel pródigo de ecos. Tres rayos tímidos y una
sonata para grillo y piano. Un lorito tartamudo y una canilla que no
tose. Traje un teléfono de ensueño y un aparejo para
náufragos. Traje éste traje y otro más. Y
un faro que baja los párpados, traje un limón
contra la muerte y muchas ganas de vivir.



Fue entonces que nació la calma y hubo un silencio transparente.
Un necio adujo que las pilas se hallaban húmedas de llanto y que
por eso los micrófonos estaban sordos y perplejos.


Poquito a poco aquel asedio se fue estrechando en un abrazo y
Mambrú viejo y joven y único sintió por fin que
estaba en casa.
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