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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Carolina Coronado

Carolina Coronado

Altivez

Joven del rubio cabello
y los azulados ojos,
sabed, por la Virgen sacra,
que estáis de remate loco
o se ha vuelto vuestro ingenio
agudo como el del topo
cuando estampáis en papeles
letras que encienden el rostro.
De las riberas del Tajo
airecillo contagioso
os ha impregnado el cerebro
de pensamientos que ignoro
si desdeñe por ruines
o castigue por odiosos.
No soy alta por la cuna,
ni soy rica por el oro,
ni gallarda por el talle
ni preciosa por el rostro,
mas para ser bien altiva
tengo joven en mi abono
un alma como ninguna
y un corazón como pocos.
El doncel en quien amante
una vez ponga mis ojos
primero tema que cieguen
que verlos fijos en otro;
tema hablarme el que ha entendido
mis acentos amorosos
primero muda que hallarme
en otros tiernos coloquios;
y si logra mi cabello
jure que en el mundo sólo
hay dos trenzas: la que él lleve
y la trenza de mi moño.
Por eso, mancebo, os digo
que estáis de remate loco
cuando habláis de mis constantes
pensamientos en desdoro;
si hay plantas que no resisten
a las ventiscas de otoño,
hay plantas que se conservan
desde el setiembre al agosto:
y es la de vos gran malicia
o error torpe y vergonzoso
esto de tomar perpetuas
por marchitables pimpollos.
Distintas somos las hembras
y hablar con iguales modos
de la buena y de la indigna
es desmán que no os perdono;
parlad con mayor mesura
si os es mi afecto precioso;
o temed verlo trocado
en un justísimo encono.
Y tened en cuenta, amigo,
que vale mucho mi enojo
por ser los que estimo muchos
y los que aborrezco pocos.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Un Viejo Enamorado

No lo toméis a consejo,
pues vos para aconsejado
y yo para consejera
inútiles somos ambos:
vos, señor, porque contáis
con muy razonables años
para poder en la vida
dirigiros ya sin ayo,
y esta humilde servidora
por tenerlos muy escasos
para poder con su apoyo
ir por la tierra marchando.
Mas sin ser consejo alguno,
podéis escuchar un rato
cuatro sencillas palabras
que tengo, señor, que hablaros.
Si de provecho no os sirven,
tampoco os serán de daño,
con que prestadme el oído
y os charlaré breve y claro.
Os quejáis de mis desdenes
y el porqué, yo no lo alcanzo,
pues las canas venerables
yo respeto, nunca agravio;
y en fe de verdad tan pura,
jamás consentí escucharos
las voces almibaradas
de, «hermosa, mi bien, te amo»;
por evitar que el ridículo
os hiriera de rechazo,
al responderos el mundo
con su risa y con su escarnio.
Porque, dejaos de aprehensiones,
ninguno creerá el flechazo
de que os doléis con tal pena,
pues Cupido no es tan malo
que fuera en un moribundo
a ensañar su genio bravo.
Más bien la gota, el reuma,
o algún histérico flato
han sido los agresores
de ese cuerpo desdichado;
y vos en reminiscencia
de los amores de antaño,
al encontraros doliente,
os juzgáis enamorado.
Pero señor, ¡en conciencia!
ved que es error, que es engaño
y en vez de atisbar mis rejas,
y espantarme todo el barrio,
tomándome por remedio
de males, que yo no sano,
buscad un doctor que os vea,
y si es un ataque asmático,
os recete y desengañe
del tema que habéis tomado.
A él podéis, si no os remedia,
llamarle «¡insensible, ingrato!»
y todas esas razones
con que os estáis lamentando
de una mujer que no os hizo
más ofensa ni más daño,
que nacer en este siglo,
y no en el siglo pasado.
Tal vez yo de haber nacido
en tiempo de Carlos Cuarto,
de vuestra joven persona
me hubiera también prendado,
como las viejas mujeres
que tiene Dios en descanso,
y que os dejaron memorias
de lo mucho que os amaron
en cartas ya carcomidas
y en rizos apolillados.
¡Cómo ha de ser! Lo dispuso
la suerte tan al contrario,
que entre vos y yo en España
tres monarcas han reinado.
Os lo digo, no por mofa,
vale mucho un hombre anciano,
pero soy caña muy débil
para serviros de báculo;
ni monedas de este cuño
parecen bien en la mano
del que al buscarlas debiera,
ser, al menos, anticuario.
Por lo demás, yo os estimo
como al Arco de Trajano,
como al puente de los moros
como a todo lo que es raro,
porque llega y sobrevive
a los días que alcanzamos.
Cuando pasáis os saludo,
con reverencia, con pasmo;
cuando habláis os oigo absorta,
como si oyera lejanos
los ecos de aquellas voces
que en tiempo del Cid sonaron...
Pero la tos os molesta,
la brisa va refrescando,
y temo os falte la vida
cuando por luenga la aplaudo:
basta pues, cubríos el rostro,
perdonadme y retiraos.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Porque Es Tu Amor Amor De Los Amores

No es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido;
pasión ninguna el corazón inflama
que tu aliento, Señor, no haya encendido:
no es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido,
melancólica, pobre, avergonzada
de no lograr de ti ni una mirada.

Yo no te vi jamás; pero en mi anhelo
tu espíritu ideal figura toma;
y en la luna te veo, cuando asoma
tan blanca y tan suave por el ciclo:
dame (pues hora luce) algún consuelo
en tu palabra dulce como aroma;
que harto breve, Señor, para tu acento
es la inmensa extensión del firmamento.

La virtud del milagro exhausta ahora
dicen que está, Señor, mas no lo creo:
¡es ¡ay! que de la gloria del hebreo
no somos esta grey merecedora!...
¿Qué es para ti la magia aterradora,
si basta de tu ceja el leve arqueo
no para hacer brotar apariciones,
para hundir en los mares las naciones?

¿Qué es un fantasma, que los aires hienda?
¿qué es un acento que en el aire suene
para el que tiene voz que el orbe atruene,
manga de fuego que la tierra encienda?
¡Exhausta tu virtud!... ¿Por qué estupenda
peregrina visión no sobreviene,
cuando aquel que te niega en su locura
de tu máquina es mísera figura?

¿Qué más visión que nuestra misma sombra
con que a nosotros mismos espantamos?...
¿De dónde hemos venido? ¿A dónde vamos?...
¿Quién nuestro guía es? ¿Cómo se
nombra?...
¡Exhausta tu virtud!... ¡Y aún nos asombra
esta propia vereda que cruzamos,
movidos por tal mano, de tal suerte
que amo la vida y corro hacia la muerte!

Daniel te vio; nosotros no te vemos;
te oyó Moisés; nosotros no te oímos.-
pero el mismo serás cuando existimos
cual las almas de siglos tan extremos.
Y ¿exhausta tu virtud, Señor, creemos,
visión maravillosa te pedimos,
cuando a la tierra muestras por visiones
una tras otra mil generaciones?

¡¡Visión, visión!!... La luna que me mira
no hablara si quisieras darle acento,
¿cuando lanzarla puedes de su asiento
y arruinar este mundo que delira?...
Si no me habla, Señor, si no suspira
respondiendo a mi ardiente sentimiento,
no es que le faltan ecos seductores,
es que falta ventura a mis amores.

Oigo el plañir del solitario río,
oigo el trinar de las nocturnas aves;
él me enternece con sus tonos graves,
y ellas me afligen con su amante pío,
y entonces es cuando hacia ti, Dios mío,
que de todo comprendes, todo sabes,
mis acentos dirijo invocadores,
cantándote el amor de los amores.

¡Oh cuán pálido es todo y cuán mezquino
lo que de hermoso y grande el suelo ostenta,
cuando el alma, Señor, se representa
tu sonreír y tu mirar divino!...
todo querer parece desatino
donde tu afecto incomparable alienta;
toda sabrosa dicha sinsabores
en donde está el amor de los amores.

Llueven las nubes; crécense los ríos;
nuestras eras de ayer son hoy laguna;
hinchase el mar; se pierden los navíos.-
¡Ay del que tiene amor a la fortuna!
Derríbanse los altos señoríos,
bajan al fango los de ilustre cuna.-
¡Ay del que tiene amor a los honores,
y desdeña el amor de los amores!

Mira, Señor, en tierra al encumbrado:
mira ya al opulento empobrecido.-
Si tan alto subió, ¿por qué ha bajado?
si tesoros ganó, ¿por qué ha perdido?
y su orgullo, Señor, ¿en qué ha parado?
y su altivo desdén ¿a dónde ha ido?
¡Olvidaron que todos son dolores,
si nos falta el amor de los amores!

¿Y yo te olvidaré, constante dama,
yo que en el corazón tu voz he oído?
No es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido:
no es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido,
ni me pagues, Dios mío, con rigores,
cuando aspiro al amor de los amores.

No se parece su ternura santa
a las vagas pasiones turbulentas
que dan como de estío las tormentas
rayos por lluvia a la marchita planta
No llora celos quien de ti se encanta...
Vírgenes puras a tu lado asientas:
y a tu cariño aspiran las mejores,
¡porque es tu amor amor de los amores!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Porque Quiero Vivir Siempre Contigo

Sí, yo te creo; viva mi fortuna
y viva el canto de mi humilde boca
si abrasada en tu amor mi alma no invoca
para cantar la fe musa ninguna:
de las musas el arte importuna
cuando tu amor me abrasa y me sofoca,
y me place exhalar a mi albedrío
tonos amantes para ti, Dios mío...

Sí, yo te he visto clara y transparente
como la luz que me ilumina veo,
arrebatada, he visto en mi deseo
tu mirada, Señor, resplandeciente;
una vez nada más tu hermosa frente
he contemplado y me turbó el marco,
y esa vez nada más que te he mirado
me dejaste el espíritu arrobado.

Yo no sé cómo fue, si allá en el sueño
o si despierta he visto tu semblante,
sólo sé que te vi cruzar flotante
y que en tu imagen conocí a mi dueño,
y que es de entonces mi irritado empeño
ver otra vez tu aparición brillante,
contemplar otra vez tu imagen cierta
en delirios, en sueños, o despierta.

Yo me sueño contigo muchas veces,
con la ilusión de mi placer me inflamo,
y te busco después y no pareces,
y no respondes aunque más te llamo;
¿En dónde estás? ¿En dónde
resplandeces?
¿Dónde te iré a decir cómo te amo?
¿Cuándo a mis ecos prestarás oído?
¿Cuándo podré llevarte mi gemido?

Yo tengo para ti nuevos acentos
que nada más mi corazón los sabe,
que no los sabe el hombre, el mar, ni el ave,
ni lo saben las brisas ni los vientos.
Y sólo a tus oídos más atentos
les es dado escuchar la voz suave
que por mi seno con aliento gira,
y antes que llegue a mi garganta, expira.

Es voz que al aire pierde su sonido
como flor que a la luz su aroma pierde,
y no puede expresarlo aunque recuerde
su misterioso y virginal sentido:
lágrimas muchas veces he vertido
allá del campo en la llanura verde,
cuando al morir el sol me consumía
sin poderte decir lo que sentía.

¡Ay! lo que siento yo, lo que me inquieta,
Señor, quién lo comprende, quién lo canta;
¡pobre santa Teresa, pobre santa,
que a tal agitación vivió sujeta!
Y más pobre mujer, alma incompleta
esta, que no teniendo gracia tanta,
con la misma pasión que la devora
sin poderte mirar, Señor, te adora.

¿Dónde te iré a buscar, dónde amor
mío,
escondida tu faz en el espacio
hallaré para verte más despacio
y calmar mi agitado desvarío?
¿Hacia dónde, Señor, mis pasos guío
para llegar por senda a tu palacio,
y sin genio, sin numen y sin arte
la fe que siento en mi pasión cantarte?

No te encuentro en el mar que antes ansiaba
cuando tan mal, Señor, te comprendía,
que en el recio furor con que bramaba
escuchar tus acentos presumía;
monstruo rabioso que espumante baba
verde como la bilis escupía
¡cómo sonar en su amargado seno
puede tu canto de dulzura lleno!

No te encuentro en las olas vacilantes
donde pensé que tu mirar lucía
antes de que tus ojos más radiantes
a iluminar vinieran mi poesía;
soles y estrellas encendidos antes
ya me parecen luz pálida y fría,
y si sus rayos por acaso miro
cierro los ojos y por ti suspiro.

Por ti ya dejo las queridas flores,
los pájaros, el río, los pinares,
para ti nada más tengo cantares;
para mí nada más tienen colores
de tus ojos los bellos luminares,
para mí nada más tiene armonía
tu voz que sueño en la locura mía.

¡Oh! tú no estás aquí; tu forma bella
no es la del mar sombrío que batalla:
tu lumbre no es la lumbre de la estrella
ni por los valles mi ansiedad te halla;
tú más hondo que él, más alto que ella
opones a mi amor eterna valla,
y cuanto más en tu existencia creo
más sufro y lloro porque no te veo.

Pero yo tengo fe; yo he de encontrarte;
yo para siempre he de vivir contigo;
yo protegida por tu brazo amigo
el espacio hendiré para alcanzarte:
si en la tierra no es, en otra parte
seré dichosa, pues con fe te sigo,
y no me importa la envidiosa nube
que a interponerse entre nosotros sube.

Presto acaban los años en su giro
y de terna pasión la vida esclava;
presto, Señor, la juventud acaba
exhalada de amor en un suspiro;
no tengo sino a ti cuando deliro,
y este silencio y soledad me agrava
con las horas que pasan y no cuento
absorta en mi constante pensamiento.

¿Serán las pesadumbres de la vida,
de tan vario dolor tanta punzada,
de ingratitudes tantas, tanta herida
las que alarguen aquí nuestra parada?
¿tanto podré tardar en la partida
que el ánima no puede fatigada
con la esperanza, con la fe de hallarte
resignarse, sufrir, callar y amarte?

¡Cuánto esa nube durará en el cielo
si es la tormenta del vivir tan breve
que descendemos como nieve al suelo
y en él nos deshacemos como nieve!
¡Cuánto podré aguardar en este anhelo
si hasta el cierzo helado el soplo leve
hiere mi seno y hacia el triste ocaso
hasta, Señor, a acelerar mi paso!

Ya vi pasada la estación serena
y escucho de las lluvias el ruido,
y el caracol del labrador resuena
en el silencio con medroso aullido;
sola estoy con mi sombra y con mi pena,
mas pienso en ti, Señor, y del sentido
quiero, lanzando el miedo y la tristeza,
al término llegar con fortaleza.

También el joven árbol cuando llueve
desbaratado al agua da sus hojas
que el agosto abrasó tornando rojas
y en vago con el vientecillo mueve;
tal vez el aire sobre mí las lleve
mañana si me rinden mis congojas,
y me inunde la lluvia que ahora cubre
los pálidos narcisos del octubre...

Quién sabe... ¡ah! del Asia allá el gigante
oigo, Señor, que llamaba a nuestras puertas,
y ya de Europa veo en un instante
las tierras de cadáveres cubiertas;
cuando blande su hierro fulminante
siempre las tumbas ¡ay! están abiertas
y ya su brazo siéntese iracundo
y de espanto, Señor, ya tiembla el mundo.

Terrible incendio, que talando pasa
los pueblos de Siam hasta el Bassora,
y crece en Siria, al África devora,
sofoca a Rusia y a la Europa abrasa;
¡ay pobre Irlanda, que tu tierra escasa
es para los sepulcros! reza y llora,
que van los buitres en tu negro ciclo
sobre tus gentes a cubrir su vuelo.

Y ¡ay de nosotros! si el azote rudo
también, Señor, se vuelve contra España,
si entre sus dones fúnebres, Bretaña
también nos manda ese dolor agudo;
¡quién a sus recios golpes halla escudo!
¡qué asilo, si el palacio y la cabaña
convertidos en tristes hospitales
serán para sus víctimas iguales!

¡Quién podrá soportar esa agonía,
gritos de destrucción, ayes humanos;
los niños, las mujeres, los ancianos
pegando el rostro con la tierra fría!
¡Quién podrá soportar esa sombría
noche, sino los ánimos cristianos,
que absorbidos, Señor, en tus amores,
con tu memoria templan sus dolores.

¿En qué boca riquísima de aroma
aspiraremos el divino aliento,
cuando falta al pecho el sufrimiento
y el mismo corazón se nos desploma?
Cuando el dolor horrible nos carcoma
la sangre, con febril entendimiento,
¡qué mano ha de venir sino tu mano
a suavizar el padecer insano!

Tú a trasportarnos en tus brazos vienes
como las madres en la cuna al niño,
lecho nos pones de oloroso armiño,
fresca bebida de placer nos tienes:
con tus besos regalas nuestras sienes,
alegras nuestro ser con tu cariño
y olvidando a tu lado nuestra historia
¡oh! contigo vivir; ésa es la gloria.

Yo comprendo esa dicha santa y pura,
ese tu aliento embriagador recibo,
de tu mirada gozo el atractivo,
de tus ecos penetro la ternura;
vivificante ardor, suave frescura
en tu morada celestial percibo,
tonos, perfumes, delicioso ambiente
que el alma sólo del amante siente.

Por eso ardiente sed tiene mi boca
y en tus labios, Señor, templarla quiero,
y por eso en tus brazos sólo espero
la fiebre mitigar que me sofoca;
y por eso te busco ciega, loca,
porque te adoro y por tu amor me muero,
y por eso con fe; Señor, te sigo
porque quiero vivir siempre contigo.
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Un Encuentro En El Valle

Tórtola, te vuelvo a hallar;
roncas ambas de cantar
nos encontramos las dos:
¿te ha dado ventura Dios?
¿Cómo te fue en el amar?

Cual yo enamorada y niña
te abandoné en la campiña
cantando en son placentero
¿dónde está tu compañero?
¿Hizo el sacre en él rapiña?

¡También desventura aquí!
Yo pensé que sólo a mí
lastimaba la fortuna;
¿dónde hallaré sola una
que no se lamente así?

¿Te acuerdas de aquellos días
cuando a mi lado solías
decir amantes congojas
columpiándote en las hojas
del fresno donde vivías?

Este mismo es el collado,
nuestro querer no ha mudado,
nuestras canciones tampoco,
pero andando el tiempo loco
la ventura se ha llevado.

Y al pie de estos manantiales,
entre los mismos juncales,
bajo el propio fresno umbrío,
a cantar tu amor, yo el mío
vengo al campo, al nido sales.

¡Pero qué tristes las dos!
yo pienso que viene en pos
de la pasión la tristeza,
porque cuanto más terneza,
más gemidos nos da Dios.

Mira si no el arbolado
bajo ese manso nublado
que circunde el horizonte,
y el arroyuelo del monte
por su velo sombreado;

Melancólicos están
aunque su hechizo te dan
las bellas luces de mayo,
que en dulcísimo desmayo
por Occidente se van.

De entre las algas del río
ese balbuciente pío
de una escondida garganta,
también es dolor que canta
como tu dolor y el mío.

Pero si tú un compañero,
si tú el amante primero
tuvieras como otro día,
¡cuán hermoso te sería
este mayo placentero!

En ese fresno escondidos,
en un mismo ramo unidos,
arrullándoos con amor,
de las aguas al rumor,
sobre las aguas mecidos...

¡Fuera tanta tu ventura
en esta atmósfera pura
vivir así con tu amado
lejos del mundo que ha dado
honda pena a la criatura!

¡Ay! Tú volverás a hallar
otro amante a quien amar,
porque las tórtolas son
todas en el corazón
iguales, y en arrullar.

Mas el alma que ha perdido
su compañero querido,
que le llore noche y día
porque aquel sólo sería
para su amor el nacido.

Y ese Dios que tanto sabe,
en un arrullo suave
te dará un nuevo querer;
pero tú has nacido ave
y yo he nacido mujer.
542
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Clavellina

Entre el musgo de mi huerto
germina una hermosa planta
coronada de flor tanta
que su tronco no se ve;
muestra el capullo entreabierto
ya su primer florecilla
y la octava maravilla
son cáliz, hojas y pie.

Venid, hermosas doncellas,
vosotras que amáis las flores,
si los vivos resplandores
no os deslumbran de esa flor;
venid a mirar cuán bellas
brillan sus hojas carmines,
en la suavidad jazmines,
ambares en el olor.

La flor del verde granado,
la roja nocturna estrella
son mas pálidas que ellas
en matiz y en claridad;
porque el estío abrasado
de fuego su cerco pinta;
fuego es su cáliz, su tinta,
su espíritu y su beldad.

¡Mirad, mirad, si parece
que el tallo que la sustenta
con sangre pura alimenta
ese rojizo botón!
¡Si cuando el viento la mece
y su ardiente seno agita,
parece que le palpita
en el centro un corazón!

Escuchad -si acaso ciertas
fueran las transmigraciones
que antiguos sabios varones
creyeron en cada ser;
esa beldad de las huertas
con sus hojas palpitantes,
¿no juzgáis que debió antes
ser una amante mujer?

¡Del griego pueblo locuras
son las que nos han contado!;
tal vez el ser de un malvado
se trasmita a un alacrán;
pero las ánimas puras
de las amantes mujeres
no transmigran a otros seres,
que rectas al cielo van.

Hija de un átomo seco
de una planta mortecina,
siempre, siempre clavellina
ha sido esta flor carmín;
cayó aquel grano entre el hueco
de una china y dos terrones;
llovieron los nubarrones
y germinó en el jardín.

Pero mirad ¡oh cuán bella!
¡Si cuando el viento la agita
parece que le palpita
en el centro un corazón!
¿Y quién sabe, quién si ella
tiene también sentimiento?
¿Quién sabe, quién, si es el viento
el galán de su pasión?

No turbemos sus amores;
dejémosla libremente
ante el dulcísimo ambiente
sus rojas galas lucir;
dejémosla que las llores
tienen también sentimiento,
pero no tienen acento
y padecen sin gemir.

Reluciente clavellina,
gargantilla del estío,
no ornaré el cabello mío
con tu aromoso coral,
si a vanidad femenina
consagrada tu belleza
ha de ajarte mi cabeza
la frescura matinal.

Vive libre, libre crece
sobre el tallo que alimenta
la vena que te sustenta
ese precioso botón,
en cuyo centro se mece
un corazón que no veo;
pero que de cierto creo
que ha de ser un corazón.

Y las brisas te festejen,
y mimen las mariposas
las mejillas temblorosas
de tu rostro de carmín;
y las hormigas se alejen
de tus contornos suaves,
y te saluden las aves
por la reina del jardín.
889
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Inspiraciones De La Soledad No Muera De Tus Ojos Apartada

Al recordar, señor, que no he cantado
mis himnos a tu nombre todavía,
siento que de la débil arpa mía
las más sonoras cuerdas no han vibrado;
primero que mi espíritu arrojado
se levantará a ti con mi poesía
y a veces mil para afirmar mi acento
lo alcé en la tierra, lo ensayé en el viento.

Ora que firme y de tu amor prendada
sólo tu ciclo el corazón me fija,
ora ya es tiempo que hacia ti dirija
mi voz a tu alabanza consagrada;
ora que el alma mía enamorada
fuerza es que objeto a su pasión elija,
a ti me acojo, compañero tierno,
perfecto amante de cariño eterno.

Amante que si lloro me consuela,
amante que si peno mi ser calma,
amante que velando por mi alma
no se cansa jamás por más que vela:
amante de quien nunca se recela,
amante que nos trae corona y palma,
amante augusto de tan rico brillo
que da la gloria por nupcial anillo.

A ti mi voz, a ti mi arpa querida,
a ti mi lloro, a ti el suspiro amante,
a ti mi vista fija y palpitante
clavada siempre en tu mansión lucida;
a ti mi corazón, a ti mi vida,
y la pasión altísima y constante
cuyo nombre inmortal demando al ciclo
porque no tiene nombre aquí en el suelo.

Es honda sensación, dolor suave,
mimosa, melancólica ternura
que ni de alivio en su penar se cura
ni lo que anhela en su impaciencia sabe;
para el placer, Señor, es harto grave,
para la calma, fáltale ventura,
y si tú no le das en ti acogida
se apagará en sí misma consumida.

Yo te adoro aunque el rostro no te veo:
que eres muy bello y juvenil presumo,
y mi abrasado espíritu consumo
en dulce amorosísimo deseo;
en tu poder sin comprenderte creo,
amo sin alcanzar tu genio sumo
y juzgo la pasión que me sofoca
para rendirla en tu homenaje poca.

Mírame con tu vista penetrante,
háblame con tu lengua deliciosa,
cíñeme con tu mano cariñosa,
guárdame con tu escudo rutilante;
inúndame en tu luz vivificante,
absórbeme en tu esencia misteriosa,
y pura y a tu gloria consagrada
¡no muera de tus ojos apartada!
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Yo Tengo Mis Amores En El Mar

¡Hijo del mar, espíritu querido!,
alto ingenio inmortal de la poesía,
escucha desde el mar este gemido
que mi amoroso corazón te envía:
yo te adoro en el mar, y yo he venido
a escuchar en sus hondas tu armonía
y en su brisa tu aliento a respirar,
porque están mis amores en el mar.

Muchas noches al rayo de la luna
te he visto en la mitad del Océano
maldiciendo el rigor de tu fortuna
y mi sombra hacia ti llamando en vano;
y a las olas que van una por una
a estrellarse en el muro gaditano,
les digo que te lleven mi cantar
cuando se tornen con la aurora al mar.

Sobre esa torre que en la noche oscura
brilla como la luz de tu mirada,
muchas veces también subo agitada
a mirar tu bajel desde la altura;
y si está su bandera enarbolada,
mi voz en las borrascas te conjura
para que puedan libres navegar
los amores que tengo en este mar.

Pregúntale a la tórtola africana,
si al cruzar por las costas españolas,
no me encontró llorando esta mañana
al pie de las marinas banderolas;
yo le rogué que fuera por las olas
a buscar a tu nave soberana,
y a decirte, poeta, en su cantar
que tengo mis amores en el mar.

Tú de mi juventud primer suspiro,
la primera ilusión de mis cantares,
el fecundo laurel del Manzanares,
cuyas hojas perfuman mi retiro;
tú cuya imagen en las olas miro,
porque eres hijo de los bellos mares,
escucha, si me puedes escuchar,
el amoroso adiós que doy al mar...

Perdón, amigos, si al sonar mi acento
en el último adiós de despedida,
la mente absorta en su ilusión querida
arrebató mi voz por un momento:
nunca de la amistad el sentimiento
mi agradecido corazón olvida;
pero mirad cuán grande es mi penar
que dejo mis amores en el mar.

Vagarosa ilusión del alma mía
es ya la imagen que en las olas veo;
pero es la sola dicha que poseo,
y venturosa en mi ilusión vivía;
y al dejar esa dicha que tenía,
cuando perderla para siempre creo,
sólo deciros puedo en mi cantar
que tengo mis amores en el mar.

Perdón, amigos, si empecé mi canto
a una memoria de eternal consuelo,
y por amante respetad mi duelo
si al recordar su nombre sufro tanto;
y por amante respetad mi llanto
si en esta agitación y este desvelo
al deciros adiós vengo a llorar
¡porque dejo su tumba en ese mar!

Harto dolor aguarda a mi existencia
lejos del mar que mi tristeza calma,
y harta paciencia necesita el alma
para sufrir, amigos, esta ausencia;
pero si logro al fin con la paciencia
de mi martirio conquistar la palma,
yo volveré después de mi penar
a buscar mis amores en el mar.

Más tarde o más temprano mi barquilla
naufragará en la costa gaditana,
y arrojará la mar hasta la orilla
entre la espuma mi reliquia humana;
y esa poetisa, que me nombra hermana,
os dirá con su voz clara y sencilla:
«Aquí vino su sombra a descansar,
porque están sus amores en el mar».
764
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Los Recuerdos

Auras, perfumes de junquillo, trino
de aves amigas, rodeadme: siento
el antiguo placer, aquel contento
que en tiempo a mis amores; imagino
de mi joven cantor sonar vecino
el palpitante, apasionado acento
y las yerbas temblar que sacudía
su planta cuando a mí se aparecía.

¿Quién no tiene recuerdos deliciosos
de edad mejor ¡ay!, aunque joven sea?
Siempre el pasado tiempo nos recrea
velado de atractivos misteriosos;
por esos de la infancia venturosos
diera el joven el brillo que rodea
su lozana existencia, y cada hora
presente por pasado... ¡Ley traidora!

¿Qué son nuestros recuerdos, son delirio,
infortunio, ventura, desconsuelo?
¿Cuál intento será que tuvo el cielo
darnos en ellos bien, darnos martirio?
Cuando veo que un blanco, débil lirio,
de los mezquinos que produce el suelo,
mi antiguo amor despierta, impulsa, enciende,
¡oh! exclamo ¡santo Dios!, ¿quién os
comprende?

¿Qué ven, qué escuchan, pobre Carolina,
en la luz y el silencio ojos y oído?
¿Qué hay en la flor, que hay en la sombra, el ruido
que penetra en tu ser y te fascina?
Sobre la copa de la misma encina
el sol que tantas veces ha lucido,
la brisa de la antigua primavera,
¿por qué te agitan cual por vez primera?

Yo nada sé; filósofos profundos
que los misterios de la vida entienden,
sabrán de aquellos que el espacio hienden
en recuerdos espíritus fecundos;
yo las leyes ignoro de esos mundos
que los sabios dignísimos comprenden;
pero sé que en la tierra, peregrinos,
hay espíritus mil que son divinos.

Si fábrica de barro contrahecha
a quien faltó la esencia para un alma,
hombre estúpido, cuerpo siempre en calma,
la vida del espíritu desecha;
si juzga que de tierra sola es hecha
la criatura, que aspira a eterna palma,
es porque, en piel humana, ser de bruto
a su reino animal paga tributo.

Pero vosotras que gozáis, criaturas,
la inspiración real del sentimiento,
no os mofaréis porque en la luz y el viento
mi amor habite, y en las flores puras;
la yerba que tapiza las llanuras,
la nube que atraviesa el firmamento,
hacen surgir memorias olvidadas
en las almas por siempre enamoradas.

Duermen como la oruga-mariposa,
se ocultan sin cesar, como la luna,
decrecen, como el mar, pero ninguna
muere aunque mengua, velase o reposa;
se reaniman al sol, la noche hermosa
las hace aparecer una por una
y, cuando más lejanas de la idea,
las lleva al corazón recia marea.

Auras, perfumes de junquillos, trino
de aves amigas, me agitáis, os siento,
de espíritus ocultos sois aliento,
sois guardadores de mi amor divino:
venid al valle triste en que imagino
sonar de mi cantor el tierno acento;
¡placeres, dadme, en la ilusión hermosa
ya que en la realidad no soy dichosa!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Luna En Una Ausencia

Y tú ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?

Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía...?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo ven: ¡por qué tardía!


Bardo amante, esa hechicera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.

Yo me encontré en unos valles
a esa misteriosa guía
cuando lenta recorría
de olivos desiertas calles,
tristes, como el alma mía.

Yo de entre la tierra oscura
la vi brotar, como pura
memoria de tu pasión,
en medio la desventura
de mi ausente corazón.

Y como el recuerdo amante
me siguió en mi soledad
callada, tierna, constante,
sin apartarse un instante
esa nocturna beldad.

Porque si yo caminaba
y con pasos fugitivos
árbol tras árbol cruzaba,
ella al par se deslizaba
entre los negros olivos.

Si un instante suspendía
mi carrera silenciosa,
sobre la copa sombría
del árbol se detenía,
como una paloma hermosa.

Por eso el tierno quebranto
sabe de mi ausencia, sola,
porque al escuchar mi canto
vino a sorprender mi llanto
con la luz de su aureola.

Y pues es la verdadera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Pasión

Ya no veo la alegría,
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.

Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.

Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.

Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.

Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.

¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!

Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.

El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?

¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!

Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.

Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.

Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.

Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.

Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.

Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
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