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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

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Ramón López Velarde

Promesa

Oh novia imposible,
tan casta y hermosa, tan pura y tan buena,
que tarde por tarde
en la muda ventana me esperas
y envejeces ansiando que pronto
termine mi ausencia,
me verás cuando pasen los años,
retornar por la mustia vereda
y con inquietudes
llamar a tu puerta;
que en la austera quietud de tu alcoba
donde todas las cosas conversan
de escenas pasadas,
de dichas pretéritas,
hallarán sempiterno reposo
mis fúnebres
penas;
y tus manos surcadas de arrugas
me darán las caricias postreras,
caricias que saben
a miel de tristeza,
caricias que saben
a miel de colmenas,
pero no de colmenas sabrosas
que gusta la vida cuando es primavera
sino miel en que endulzan sus males
las almas enfermas
cuando ya la existencia tramonta
y la noche eterna
de las decepciones
su abanico de sombras despliega,
y el amor es tan sólo un ocaso
de santas memorias, de ilusiones muertas.
Oh novia imposible,
tan pura y tan buena,
en estos renglones
hallarás mi sagrada promesa
de ir a tus brazos
que amantes me esperan.
Llegado a tus lares,
al volver a la casa risueña
en que envejeciendo
meditas mi ausencia,
ungirán las heridas de tu alma
mis frases ingenuas
mis versos antiguos,
al hablarte en la alcoba discreta
que el dolor peculiar de otros días
en su ambiente amoroso conserva.

Volveré... mas hoy no, que es preciso
dar también al cariño una tregua,
y por eso de todos mis lutos
la cruz llevo a cuestas
sin que alumbre la luz de tus ojos
mi árida senda.
La sola ventura
que en la vía penosa me resta
es creer que al llamar a tu casa
mi mano de viejo que débil golpea,
no hallará a mi piadoso reclamo
cerradas las puertas.

No desmayes: espera y confía:
que buscando la dicha perpetua
de hospedar mi ternura en tu casa
me verás, apoyado en la reja,
una tarde sombría de invierno
retornar por la mustia vereda
para que se cumpla
la antigua promesa,
y llena de canas
la triste cabeza,
llamar a tu alma,
tocar a tu puerta.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Suelo Nativo

EL SUELO NATIVO


A los hijos de Jerez, Zac.


En la amplitud benigna del contorno

y rompiendo el mutismo del paisaje

flotan como poema de consuelo

las estrofas metálicas

de las torres parleras;

retratan el matiz de la llanura

en su inmóvil pupila

las vacadas dispersas en la margen

del río que abandona en su corriente

sus vellones de armiño

y refleja del puente en las columnas

su música de acentos virgilianos;

y parece que el alma de las cosas

más imponentes del nativo suelo

me saluda con voces fraternales.

El rumor de una interna clarinada

resucita del fondo de mi mente

a los preclaros héroes del terruño

y me siento orgulloso de la sangre

que hincha mis arterias juveniles;

miro que están en pie los viejos muros

de la casa paterna

y con los hilos frágiles del sueño

reconstruyo el momento de la dicha;

las jardines fragantes

disipan con sus prados luminosos

las obstinadas nieblas de mi invierno,

y con su nota azul me torna alegre

la familiaridad de las montañas.

Vuelvo otra vez a tu clemente asilo,

tierra de amor donde mis ojos vieron

de la existencia las primeras luces,

y al llegar a tu abrigo me conforto

con el sano perfume de tus brisas;

en el mudo jardín de mi tristeza

evocan las escenas de la infancia

de la dicha los pájaros locuaces;

oigo la voz solemne del pasado

sonar alegremente en el silencio

de mis desolaciones interiores;

y al ver el apiñado caserío

que guarda entre sus muros paternales

a la mujer que iluminó mi senda

haciendo que brotara mi cariño

en románticas flores,

miro apuntar la aurora sonriente

en la noche sin fin de mi congoja,

charlando en los aleros de mi alma

la errante golondrina del recuerdo.

¡Oh tierra bendecida que idolatro

con el más reverente de los cultos,

con qué júbilo inmenso reconozco

la religiosidad de tus matronas

y la hidalga nobleza de tus hijos!

En tu regazo amante se mitiga

el rigor de mis duelos incurables,

me das el dulce título de hermano

y con ansias anhelo,

como en un insinuante panteísmo,

ser el bronce que suena en tus esquilas,

una roca prendida en tus picachos

o un álamo llorón junto a las tapias

de tu dormido y grave cementerio.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Suelo Nativo

EL SUELO NATIVO


A los hijos de Jerez, Zac.


En la amplitud benigna del contorno

y rompiendo el mutismo del paisaje

flotan como poema de consuelo

las estrofas metálicas

de las torres parleras;

retratan el matiz de la llanura

en su inmóvil pupila

las vacadas dispersas en la margen

del río que abandona en su corriente

sus vellones de armiño

y refleja del puente en las columnas

su música de acentos virgilianos;

y parece que el alma de las cosas

más imponentes del nativo suelo

me saluda con voces fraternales.

El rumor de una interna clarinada

resucita del fondo de mi mente

a los preclaros héroes del terruño

y me siento orgulloso de la sangre

que hincha mis arterias juveniles;

miro que están en pie los viejos muros

de la casa paterna

y con los hilos frágiles del sueño

reconstruyo el momento de la dicha;

las jardines fragantes

disipan con sus prados luminosos

las obstinadas nieblas de mi invierno,

y con su nota azul me torna alegre

la familiaridad de las montañas.

Vuelvo otra vez a tu clemente asilo,

tierra de amor donde mis ojos vieron

de la existencia las primeras luces,

y al llegar a tu abrigo me conforto

con el sano perfume de tus brisas;

en el mudo jardín de mi tristeza

evocan las escenas de la infancia

de la dicha los pájaros locuaces;

oigo la voz solemne del pasado

sonar alegremente en el silencio

de mis desolaciones interiores;

y al ver el apiñado caserío

que guarda entre sus muros paternales

a la mujer que iluminó mi senda

haciendo que brotara mi cariño

en románticas flores,

miro apuntar la aurora sonriente

en la noche sin fin de mi congoja,

charlando en los aleros de mi alma

la errante golondrina del recuerdo.

¡Oh tierra bendecida que idolatro

con el más reverente de los cultos,

con qué júbilo inmenso reconozco

la religiosidad de tus matronas

y la hidalga nobleza de tus hijos!

En tu regazo amante se mitiga

el rigor de mis duelos incurables,

me das el dulce título de hermano

y con ansias anhelo,

como en un insinuante panteísmo,

ser el bronce que suena en tus esquilas,

una roca prendida en tus picachos

o un álamo llorón junto a las tapias

de tu dormido y grave cementerio.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Pureza

La pasión con que te adoro es la espléndida pureza
de las flores del altar, es el lánguido desmayo
que domina a los amantes cuando sienten la cabeza
de la virgen desposada en su pecho descansar;
la pasión con que te adoro es tan blanca como rayo
de la luna, que se mira en la vidriera atravesar.

Son tan puros mis amores cual las ansias ignoradas
con que besan a la espuma los nenúfares del río
al brillar entre el boscaje las luciérnagas doradas;
las ternuras que te guardo no se han muerto con el frío:
son las únicas ternuras que han quedado inmaculadas
en el fondo cenagoso de mi espíritu sombrío.

Al sentir que vuela a ti mi fe última de niño
te consagro la sublime floración de mi cariño
porque brillas con fulgores de divina refulgencia
en las sombras impalpables que han envuelto mi existencia
cual destello cintilante de las luces de algún astro
o cual nítida blancura de una estatua de alabastro.

He mirado indiferente el amor de otras mujeres
porque sólo tú no dejas el hastío de los placeres,
porque sólo a tu mirada temblorosa de pasión
se arrodillan las más puras ilusiones de mi infancia,
y quisiera saturar el marchito corazón
de tu alma de querube con la púdica fragancia.

De mi alma contemplé la blancura ya perdida,
y al buscar amores castos por la senda del camino
sólo tú le respondiste al doliente peregrino,
pues mi espíritu manchado de tu espíritu es hermano,
y embalsama tu pureza los dolores de mi vida
cual perfuma la azucena el ambiente del pantano.

Fe levantas, sueño de oro, en mi alma que te espera,
cual se aleja en las mañanas de los días la primavera,
cuando trinan las calandrias en las verdes enramadas
la plegaria gemebunda de los bronces del santuario,
cual la hostia se levanta en las ondas azuladas
de los círculos ligeros que despide el incensario.
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