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Poemas en este tema

Relaciones y Familia

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Poema De Vejez Y De Amor

Mi vida, enferma de fastidio, gusta

de irse a guarecer año por año

a la casa vetusta

de los nobles abuelos

como a refugio en que en la paz divina

de las cosas de antaño

sólo se oye la voz de la madrina

que se repone del acceso de asma

para seguir hablando de sus muertos

y narrar, al amparo del crepúsculo,

la aparición del familiar fantasma.

A veces, en los ámbitos desiertos

de los viejos salones,

cuando dialogas con la voz anciana,

se oye también, sonora maravilla,

tu clara voz, como la campanilla

de las litúrgicas elevaciones.

Yo te digo en verdad, buena Fuensanta,

que tu voz es un verso que se canta

a la Virgen, las tardes en que mayo

inunda la parroquia con sus flores:

que tu mirada viva es como el rayo

que arranca el sol a la custodia rica

que dio para el altar mayor la esposa

de un católico Rey de las Españas;

que tu virtud amable me edifica,

y que eres a mis ósculos sabrosa,

no como de los reyes los manjares,

sino cual pan humilde que se amasa

en la nativa casa

y se dora en los hornos familiares.

¡Oh, Fuensanta!: mi espíritu ayudado

de tus manos amigas,

ha de exhumar las glorias del pasado:

En el ropero arcaico están las ligas

que en el día nupcial fueron ofrenda

del abuelo amador

a la novia de rostro placentero,

y cada una tiene su leyenda:

«Tú fuiste, Amada, mi primer amor,

y serás el postrero».

¡Oh, noble sangre, corazón pueril

de comienzos del siglo diecinueve,

para ti la mujer, por el decoro

de sus blancas virtudes,

era como una Torre de Marfil

en que después del madrigal sonoro

colgabas los románticos laúdes!

Yo obedezco, Fuensanta, al atavismo

de aquel alto querer, te llamo hermana,

fiel a mi bautismo,

sólo te ruego en mi amoroso mal

con la prez lauretana.

Tu llanto es para mí linfa lustral

que por virtud divina se convierte

en perlas eclesiásticas, bien mío,

para hacerme un rosario contra el frío

y las hondas angustias de la muerte.

Los vistosos mantones de Manila

que adornaron a las antepasadas

y tienes en las manos delicadas,

me sugieren la época intranquila

de los días feriales

en que el pueblo se alegra con la Pascua,

hay cohetes sonoros,

tocan diana las músicas triunfales,

y la tarde de toros

y la mujer son una sola ascua.

También tú, con las flores policromas

que engalanan los clásicos mantones

de Manila, pudieras haber ido

a la conquista de los corazones.

Mas ¡oh Fuensanta!, al buen Jesús le pido

que te preserve con su amor profundo:

tus plantas no son hechas

para los bailes frívolos del mundo

sino para subir por el Calvario,

y exento de pagano sensualismo

el fulgor de tus ojos es el mismo

que el de las brasas en el incensario.

Y aunque el alma atónita se queda

con las venustidades tentadoras

a las que dan el fruto de su industria

los gusanos de seda,

quiere mejor santificar las horas

quedándose a dormir en la almohada

de tus brazos sedeños

para ver, en la noche ilusionada,

la escala de Jacob llena de ensueños.

Y las alegres ropas,

los antiguos espejos,

el cristal empañado de las copas

en que bebieron de los rancios vinos

los amantes de entonces, y los viejos

cascabeles que hoy suenan apagados

y se mueren de olvido en los baúles,

nos hablan de las noches de verbena,

de horizontes azules,

en que cobija a los enamorados

el sortilegio de la luna llena.

Fuensanta: ha de ser locura grata

la de bailar contigo a los compases

mágicos de una vieja serenata

en que el ritmo travieso de la orquesta,

embriagando los cuerpos danzadores,

se acuerda al ritmo de la sangre en fiesta.

Pero es mejor quererte

por tus tranquilos ojos taumaturgos,

por tu cristiana paz de mujer fuerte,

porque me llevas de la mano a Sion

cuya inmortal lucerna es el Cordero,

porque la noche de mi amor primero

la hiciste de perfume y transparencia

como la noche de la Anunciación,

por tus santos oficios de Verónica,

y porque regalaste la paciencia

del Evangelio, a mi tristeza crónica.

Los muebles están bien en la suprema

vetustez elegante del poema.

Las arcas se conservan olorosas

a las frutas guardadas;

el sofá tiene huellas de los muslos

salomónicos de las desposadas;

entre un adorno artificial de rosas

surgen, en un ambiente desteñido,

las piadosas pinturas polvorientas;

y el casto lecho que pudiera ser

para las almas núbiles un nido,

nos invita a las nupcias incruentas

y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron

las parejas eróticas de ayer.

Dos fantasmas dolientes

en él seremos en tranquilo amor,

en connubio sin mácula yacentes;

una pareja fallecida en flor,

en la flor de los sueños y las vidas;

carne difunta, espíritus en vela

que oyen cómo canta

por mil años el ave de la Gloria;

dos sombras dormidas

en el tálamo estéril de una santa.

ENVÍO

A ti, con quien comparto la locura

de un arte firme, diáfano y risueño;

a ti, poeta hermano que eres cura

de la noble parroquia del Ensueño;

va la canción de mi amoroso mal,

este poema de vetustas cosas

y viejas ilusiones milagrosas,

a pedirte la gracia bautismal.

Te lo dedico

porque eres para mí dos veces rico;

por tus ilustres órdenes sagradas

y porque de tu verso en la riqueza

la sal de la tristeza

y la azúcar del bien están loadas.


492
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Poema De Vejez Y De Amor

Mi vida, enferma de fastidio, gusta

de irse a guarecer año por año

a la casa vetusta

de los nobles abuelos

como a refugio en que en la paz divina

de las cosas de antaño

sólo se oye la voz de la madrina

que se repone del acceso de asma

para seguir hablando de sus muertos

y narrar, al amparo del crepúsculo,

la aparición del familiar fantasma.

A veces, en los ámbitos desiertos

de los viejos salones,

cuando dialogas con la voz anciana,

se oye también, sonora maravilla,

tu clara voz, como la campanilla

de las litúrgicas elevaciones.

Yo te digo en verdad, buena Fuensanta,

que tu voz es un verso que se canta

a la Virgen, las tardes en que mayo

inunda la parroquia con sus flores:

que tu mirada viva es como el rayo

que arranca el sol a la custodia rica

que dio para el altar mayor la esposa

de un católico Rey de las Españas;

que tu virtud amable me edifica,

y que eres a mis ósculos sabrosa,

no como de los reyes los manjares,

sino cual pan humilde que se amasa

en la nativa casa

y se dora en los hornos familiares.

¡Oh, Fuensanta!: mi espíritu ayudado

de tus manos amigas,

ha de exhumar las glorias del pasado:

En el ropero arcaico están las ligas

que en el día nupcial fueron ofrenda

del abuelo amador

a la novia de rostro placentero,

y cada una tiene su leyenda:

«Tú fuiste, Amada, mi primer amor,

y serás el postrero».

¡Oh, noble sangre, corazón pueril

de comienzos del siglo diecinueve,

para ti la mujer, por el decoro

de sus blancas virtudes,

era como una Torre de Marfil

en que después del madrigal sonoro

colgabas los románticos laúdes!

Yo obedezco, Fuensanta, al atavismo

de aquel alto querer, te llamo hermana,

fiel a mi bautismo,

sólo te ruego en mi amoroso mal

con la prez lauretana.

Tu llanto es para mí linfa lustral

que por virtud divina se convierte

en perlas eclesiásticas, bien mío,

para hacerme un rosario contra el frío

y las hondas angustias de la muerte.

Los vistosos mantones de Manila

que adornaron a las antepasadas

y tienes en las manos delicadas,

me sugieren la época intranquila

de los días feriales

en que el pueblo se alegra con la Pascua,

hay cohetes sonoros,

tocan diana las músicas triunfales,

y la tarde de toros

y la mujer son una sola ascua.

También tú, con las flores policromas

que engalanan los clásicos mantones

de Manila, pudieras haber ido

a la conquista de los corazones.

Mas ¡oh Fuensanta!, al buen Jesús le pido

que te preserve con su amor profundo:

tus plantas no son hechas

para los bailes frívolos del mundo

sino para subir por el Calvario,

y exento de pagano sensualismo

el fulgor de tus ojos es el mismo

que el de las brasas en el incensario.

Y aunque el alma atónita se queda

con las venustidades tentadoras

a las que dan el fruto de su industria

los gusanos de seda,

quiere mejor santificar las horas

quedándose a dormir en la almohada

de tus brazos sedeños

para ver, en la noche ilusionada,

la escala de Jacob llena de ensueños.

Y las alegres ropas,

los antiguos espejos,

el cristal empañado de las copas

en que bebieron de los rancios vinos

los amantes de entonces, y los viejos

cascabeles que hoy suenan apagados

y se mueren de olvido en los baúles,

nos hablan de las noches de verbena,

de horizontes azules,

en que cobija a los enamorados

el sortilegio de la luna llena.

Fuensanta: ha de ser locura grata

la de bailar contigo a los compases

mágicos de una vieja serenata

en que el ritmo travieso de la orquesta,

embriagando los cuerpos danzadores,

se acuerda al ritmo de la sangre en fiesta.

Pero es mejor quererte

por tus tranquilos ojos taumaturgos,

por tu cristiana paz de mujer fuerte,

porque me llevas de la mano a Sion

cuya inmortal lucerna es el Cordero,

porque la noche de mi amor primero

la hiciste de perfume y transparencia

como la noche de la Anunciación,

por tus santos oficios de Verónica,

y porque regalaste la paciencia

del Evangelio, a mi tristeza crónica.

Los muebles están bien en la suprema

vetustez elegante del poema.

Las arcas se conservan olorosas

a las frutas guardadas;

el sofá tiene huellas de los muslos

salomónicos de las desposadas;

entre un adorno artificial de rosas

surgen, en un ambiente desteñido,

las piadosas pinturas polvorientas;

y el casto lecho que pudiera ser

para las almas núbiles un nido,

nos invita a las nupcias incruentas

y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron

las parejas eróticas de ayer.

Dos fantasmas dolientes

en él seremos en tranquilo amor,

en connubio sin mácula yacentes;

una pareja fallecida en flor,

en la flor de los sueños y las vidas;

carne difunta, espíritus en vela

que oyen cómo canta

por mil años el ave de la Gloria;

dos sombras dormidas

en el tálamo estéril de una santa.

ENVÍO

A ti, con quien comparto la locura

de un arte firme, diáfano y risueño;

a ti, poeta hermano que eres cura

de la noble parroquia del Ensueño;

va la canción de mi amoroso mal,

este poema de vetustas cosas

y viejas ilusiones milagrosas,

a pedirte la gracia bautismal.

Te lo dedico

porque eres para mí dos veces rico;

por tus ilustres órdenes sagradas

y porque de tu verso en la riqueza

la sal de la tristeza

y la azúcar del bien están loadas.


492
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Poema De Vejez Y De Amor

Mi vida, enferma de fastidio, gusta

de irse a guarecer año por año

a la casa vetusta

de los nobles abuelos

como a refugio en que en la paz divina

de las cosas de antaño

sólo se oye la voz de la madrina

que se repone del acceso de asma

para seguir hablando de sus muertos

y narrar, al amparo del crepúsculo,

la aparición del familiar fantasma.

A veces, en los ámbitos desiertos

de los viejos salones,

cuando dialogas con la voz anciana,

se oye también, sonora maravilla,

tu clara voz, como la campanilla

de las litúrgicas elevaciones.

Yo te digo en verdad, buena Fuensanta,

que tu voz es un verso que se canta

a la Virgen, las tardes en que mayo

inunda la parroquia con sus flores:

que tu mirada viva es como el rayo

que arranca el sol a la custodia rica

que dio para el altar mayor la esposa

de un católico Rey de las Españas;

que tu virtud amable me edifica,

y que eres a mis ósculos sabrosa,

no como de los reyes los manjares,

sino cual pan humilde que se amasa

en la nativa casa

y se dora en los hornos familiares.

¡Oh, Fuensanta!: mi espíritu ayudado

de tus manos amigas,

ha de exhumar las glorias del pasado:

En el ropero arcaico están las ligas

que en el día nupcial fueron ofrenda

del abuelo amador

a la novia de rostro placentero,

y cada una tiene su leyenda:

«Tú fuiste, Amada, mi primer amor,

y serás el postrero».

¡Oh, noble sangre, corazón pueril

de comienzos del siglo diecinueve,

para ti la mujer, por el decoro

de sus blancas virtudes,

era como una Torre de Marfil

en que después del madrigal sonoro

colgabas los románticos laúdes!

Yo obedezco, Fuensanta, al atavismo

de aquel alto querer, te llamo hermana,

fiel a mi bautismo,

sólo te ruego en mi amoroso mal

con la prez lauretana.

Tu llanto es para mí linfa lustral

que por virtud divina se convierte

en perlas eclesiásticas, bien mío,

para hacerme un rosario contra el frío

y las hondas angustias de la muerte.

Los vistosos mantones de Manila

que adornaron a las antepasadas

y tienes en las manos delicadas,

me sugieren la época intranquila

de los días feriales

en que el pueblo se alegra con la Pascua,

hay cohetes sonoros,

tocan diana las músicas triunfales,

y la tarde de toros

y la mujer son una sola ascua.

También tú, con las flores policromas

que engalanan los clásicos mantones

de Manila, pudieras haber ido

a la conquista de los corazones.

Mas ¡oh Fuensanta!, al buen Jesús le pido

que te preserve con su amor profundo:

tus plantas no son hechas

para los bailes frívolos del mundo

sino para subir por el Calvario,

y exento de pagano sensualismo

el fulgor de tus ojos es el mismo

que el de las brasas en el incensario.

Y aunque el alma atónita se queda

con las venustidades tentadoras

a las que dan el fruto de su industria

los gusanos de seda,

quiere mejor santificar las horas

quedándose a dormir en la almohada

de tus brazos sedeños

para ver, en la noche ilusionada,

la escala de Jacob llena de ensueños.

Y las alegres ropas,

los antiguos espejos,

el cristal empañado de las copas

en que bebieron de los rancios vinos

los amantes de entonces, y los viejos

cascabeles que hoy suenan apagados

y se mueren de olvido en los baúles,

nos hablan de las noches de verbena,

de horizontes azules,

en que cobija a los enamorados

el sortilegio de la luna llena.

Fuensanta: ha de ser locura grata

la de bailar contigo a los compases

mágicos de una vieja serenata

en que el ritmo travieso de la orquesta,

embriagando los cuerpos danzadores,

se acuerda al ritmo de la sangre en fiesta.

Pero es mejor quererte

por tus tranquilos ojos taumaturgos,

por tu cristiana paz de mujer fuerte,

porque me llevas de la mano a Sion

cuya inmortal lucerna es el Cordero,

porque la noche de mi amor primero

la hiciste de perfume y transparencia

como la noche de la Anunciación,

por tus santos oficios de Verónica,

y porque regalaste la paciencia

del Evangelio, a mi tristeza crónica.

Los muebles están bien en la suprema

vetustez elegante del poema.

Las arcas se conservan olorosas

a las frutas guardadas;

el sofá tiene huellas de los muslos

salomónicos de las desposadas;

entre un adorno artificial de rosas

surgen, en un ambiente desteñido,

las piadosas pinturas polvorientas;

y el casto lecho que pudiera ser

para las almas núbiles un nido,

nos invita a las nupcias incruentas

y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron

las parejas eróticas de ayer.

Dos fantasmas dolientes

en él seremos en tranquilo amor,

en connubio sin mácula yacentes;

una pareja fallecida en flor,

en la flor de los sueños y las vidas;

carne difunta, espíritus en vela

que oyen cómo canta

por mil años el ave de la Gloria;

dos sombras dormidas

en el tálamo estéril de una santa.

ENVÍO

A ti, con quien comparto la locura

de un arte firme, diáfano y risueño;

a ti, poeta hermano que eres cura

de la noble parroquia del Ensueño;

va la canción de mi amoroso mal,

este poema de vetustas cosas

y viejas ilusiones milagrosas,

a pedirte la gracia bautismal.

Te lo dedico

porque eres para mí dos veces rico;

por tus ilustres órdenes sagradas

y porque de tu verso en la riqueza

la sal de la tristeza

y la azúcar del bien están loadas.


492
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Viaje Al Terruño

VIAJE AL TERRUÑO



A Enrique Fernández Ledesma.


INVITACIÓN

De tu magnífico traje

recogeré la basquiña

cuando te llegues, o niña,

al estribo del carruaje.

Esperando para el viaje

la tarde tiene desmayos

y de sus últimos rayos

la luz mortecina ondea

en la lujosa librea

de los corteses lacayos.

No temas: por los senderos

polvosos y desolados,

te velarán mis cuidados,

galantes palafreneros.

Y cuando con mil luceros

en opulento derroche

se venga encima la noche,

obsequiará tus oídos

con sus monótonos ruidos

La serenata del coche.
EN CAMINO

Al fin te ve mi fortuna

ir, a mi abrigo amoroso,

al buen terruño oloroso

en que se meció tu cuna.

Los fulgores de la luna,

desteñidos oropeles,

se cuajan en tus broqueles

y van por la senda larga,

orgullosos de su carga,

los incansables corceles.

De la noche en el arcano

llega al éxtasis la mente

si beso devotamente

los pétalos de tu mano.

En la blancura del llano

una fantasía rara

las lagunas comparara,

azuladas y tranquilas,

con tus azules pupilas

en la nieve de tu cara.

La aurora su lumbre viva

manda al cárdeno celaje

y al empolvado carruaje

un rayo de luz furtiva.

Surge la ciudad nativa:

en sus lindes, un bohío

parece ver que del río

el cristal rompen las ruedas,

y entre mudas alamedas

se recata el caserío.

Como níveo relicario

que ocultan los naranjales,

del coche por los cristales

¿no distingues el Santuario?

Del esbelto campanario

salen y rayan los cielos

las palomas con sus vuelos,

cual si las torres, mi vida,

te dieran la bienvenida

agitando sus pañuelos.
LLEGADA

Por las tapias la verdura

del jazmín cuelga a la calle,

y respira todo el valle

melancólica ternura.

Aromarán la frescura

de tus carrillos sedeños

los jardines lugareños,

y en las azules mañanas

llegarán a tus ventanas,

en enjambre, los ensueños.

Escucharás, amor mío,

girando en eterna danza

la interminable romanza

de las hojas... Y en el frío

mes de diciembre sombrío,

en el patriarcal sosiego

del hogar, mi dulce ruego

ha de loar tu belleza

cabe la muda tristeza

del caserón solariego.

Esparcirán sus olores

las pudibundas violetas

y habrá sobre tus macetas

las mismas humildes flores:

la misma charla de amores

que su diálogo desgrana

en la discreta ventana,

y siempre llamando a misa

el bronce, loco de risa,

de la traviesa campana.

A tus plácidos hogares

irán las venturas viejas

como vienen las abejas

a buscar los colmenares.

Y mi cariño en tus lares

verás cómo se acurruca

libre de pompa caduca,

al estrecharte mi abrazo

en el materno regazo

de la aromosa tierruca.


494
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Viaje Al Terruño

VIAJE AL TERRUÑO



A Enrique Fernández Ledesma.


INVITACIÓN

De tu magnífico traje

recogeré la basquiña

cuando te llegues, o niña,

al estribo del carruaje.

Esperando para el viaje

la tarde tiene desmayos

y de sus últimos rayos

la luz mortecina ondea

en la lujosa librea

de los corteses lacayos.

No temas: por los senderos

polvosos y desolados,

te velarán mis cuidados,

galantes palafreneros.

Y cuando con mil luceros

en opulento derroche

se venga encima la noche,

obsequiará tus oídos

con sus monótonos ruidos

La serenata del coche.
EN CAMINO

Al fin te ve mi fortuna

ir, a mi abrigo amoroso,

al buen terruño oloroso

en que se meció tu cuna.

Los fulgores de la luna,

desteñidos oropeles,

se cuajan en tus broqueles

y van por la senda larga,

orgullosos de su carga,

los incansables corceles.

De la noche en el arcano

llega al éxtasis la mente

si beso devotamente

los pétalos de tu mano.

En la blancura del llano

una fantasía rara

las lagunas comparara,

azuladas y tranquilas,

con tus azules pupilas

en la nieve de tu cara.

La aurora su lumbre viva

manda al cárdeno celaje

y al empolvado carruaje

un rayo de luz furtiva.

Surge la ciudad nativa:

en sus lindes, un bohío

parece ver que del río

el cristal rompen las ruedas,

y entre mudas alamedas

se recata el caserío.

Como níveo relicario

que ocultan los naranjales,

del coche por los cristales

¿no distingues el Santuario?

Del esbelto campanario

salen y rayan los cielos

las palomas con sus vuelos,

cual si las torres, mi vida,

te dieran la bienvenida

agitando sus pañuelos.
LLEGADA

Por las tapias la verdura

del jazmín cuelga a la calle,

y respira todo el valle

melancólica ternura.

Aromarán la frescura

de tus carrillos sedeños

los jardines lugareños,

y en las azules mañanas

llegarán a tus ventanas,

en enjambre, los ensueños.

Escucharás, amor mío,

girando en eterna danza

la interminable romanza

de las hojas... Y en el frío

mes de diciembre sombrío,

en el patriarcal sosiego

del hogar, mi dulce ruego

ha de loar tu belleza

cabe la muda tristeza

del caserón solariego.

Esparcirán sus olores

las pudibundas violetas

y habrá sobre tus macetas

las mismas humildes flores:

la misma charla de amores

que su diálogo desgrana

en la discreta ventana,

y siempre llamando a misa

el bronce, loco de risa,

de la traviesa campana.

A tus plácidos hogares

irán las venturas viejas

como vienen las abejas

a buscar los colmenares.

Y mi cariño en tus lares

verás cómo se acurruca

libre de pompa caduca,

al estrecharte mi abrazo

en el materno regazo

de la aromosa tierruca.


494
Ramón López Velarde

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Viaje Al Terruño

VIAJE AL TERRUÑO



A Enrique Fernández Ledesma.


INVITACIÓN

De tu magnífico traje

recogeré la basquiña

cuando te llegues, o niña,

al estribo del carruaje.

Esperando para el viaje

la tarde tiene desmayos

y de sus últimos rayos

la luz mortecina ondea

en la lujosa librea

de los corteses lacayos.

No temas: por los senderos

polvosos y desolados,

te velarán mis cuidados,

galantes palafreneros.

Y cuando con mil luceros

en opulento derroche

se venga encima la noche,

obsequiará tus oídos

con sus monótonos ruidos

La serenata del coche.
EN CAMINO

Al fin te ve mi fortuna

ir, a mi abrigo amoroso,

al buen terruño oloroso

en que se meció tu cuna.

Los fulgores de la luna,

desteñidos oropeles,

se cuajan en tus broqueles

y van por la senda larga,

orgullosos de su carga,

los incansables corceles.

De la noche en el arcano

llega al éxtasis la mente

si beso devotamente

los pétalos de tu mano.

En la blancura del llano

una fantasía rara

las lagunas comparara,

azuladas y tranquilas,

con tus azules pupilas

en la nieve de tu cara.

La aurora su lumbre viva

manda al cárdeno celaje

y al empolvado carruaje

un rayo de luz furtiva.

Surge la ciudad nativa:

en sus lindes, un bohío

parece ver que del río

el cristal rompen las ruedas,

y entre mudas alamedas

se recata el caserío.

Como níveo relicario

que ocultan los naranjales,

del coche por los cristales

¿no distingues el Santuario?

Del esbelto campanario

salen y rayan los cielos

las palomas con sus vuelos,

cual si las torres, mi vida,

te dieran la bienvenida

agitando sus pañuelos.
LLEGADA

Por las tapias la verdura

del jazmín cuelga a la calle,

y respira todo el valle

melancólica ternura.

Aromarán la frescura

de tus carrillos sedeños

los jardines lugareños,

y en las azules mañanas

llegarán a tus ventanas,

en enjambre, los ensueños.

Escucharás, amor mío,

girando en eterna danza

la interminable romanza

de las hojas... Y en el frío

mes de diciembre sombrío,

en el patriarcal sosiego

del hogar, mi dulce ruego

ha de loar tu belleza

cabe la muda tristeza

del caserón solariego.

Esparcirán sus olores

las pudibundas violetas

y habrá sobre tus macetas

las mismas humildes flores:

la misma charla de amores

que su diálogo desgrana

en la discreta ventana,

y siempre llamando a misa

el bronce, loco de risa,

de la traviesa campana.

A tus plácidos hogares

irán las venturas viejas

como vienen las abejas

a buscar los colmenares.

Y mi cariño en tus lares

verás cómo se acurruca

libre de pompa caduca,

al estrecharte mi abrazo

en el materno regazo

de la aromosa tierruca.


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Ramón López Velarde

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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

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Tu Voz Profética

¡Ay de Dios, que tu palabra
me tiene embrujada
el alma!
mi lírica
adolescencia
y tu existencia
gitana
se dicen en la ventana
cosas
de amor y buenaventura
en estas noches lluviosas.

Juran por Cristo, venerables dueñas,
que quien llora en el vientre de la madre
conoce del futuro; tú gemiste
antes de que nacieras, y por eso
tus artes de gitana me iluminan
en los discursos de tu voz profética.

Me haces la caridad de tu palabra
y por oírte hablar quedan las cosas
enmudecidas religiosamente,
y yo me maravillo del concepto
que en tu boca, Fuensanta, se hace música,
y me quedo pendiente de tus labios
como quien se divierte con cristales.
Me embelesa el decoro de tu plática,
y ante tu vista escrutadora extiendo
la palma de las manos, y predices
mi destino en lenguaje milagroso.

Y sigues conversando, eres la clave
del dolor y del gozo; abarca todas
las horas venideras, la mirada
de tus ojos sintéticos, bien mío.
Y con tu rostro ecuánime subyugas
¡oh tú, la bienpensada que conversas
cual si hubieses venido del misterio!

¡Si me quitan el regalo
de tus proféticos labios,
me muero de desencanto!
Dios quiera
que se conserve el prodigio
de tu palabra hechicera,
para decirme en voz baja
cosas
de amor y buenaventura
en estas noches lluviosas.
Y nuestro dulce noviazgo
será, Fuensanta, una flor
con un pétalo de enigma
y otro pétalo de amor.
¡Tú me dirás del enigma,
yo te diré del amor!

¡Ay de Dios, que tu palabra
me tiene embrujada
el alma!
471
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde