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Relaciones y Familia

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

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Manuel Machado

Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

Ariadna

¡Nadie me escucha!... ¡Nadie!... El eco sólo,
eterno compañero
de este silencio lóbrego, responde
a mi agudo clamor, y mudamente
mi mal aumenta y mi dolor presente.

¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo
sin mí partir, y pudo
desampararme así? ¡Pecho de bronce,
de todo amor y de piedad desnudo!
¿Qué te hice yo para tan vil huida?
Le vi, le amé; mi corazón, mi vida,
toda yo suya fui, toda... El ingrato,
¿Qué no me debe? Encadenado llega
a la cretense playa,
destinado a morir: su sangre odiosa
al monstruo horrible apacentar debía,
que en la prisión del laberinto erraba.
¿Qué hubiera él sido sin la industria mía?
Entra, combate, vence, y coronado
de nueva gloria se presenta al mundo.
Esto era poco: enfurecida y ciega,
frenética después, mi hogar, mi padre,
todo lo olvido a un tiempo, y me confío
al amable impostor enajenado
con su halago y su amor mi tierno pecho;
¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho
pasión tan viva y perdición tan loca?
Yo lloro aquí desesperada en tanto
que el pérfido se ríe
de mi amor lamentable y de mi llanto.

Pero no, no es posible
que tan amantes lazos
los haga así pedazos
una argra ingratitud.



(Levántase exaltada hacia la tienda).

Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste
de mi gloria testigo mira ahora
el triste afán que mi interior devora.


¡Así mientras sus labios me halagaban,
y en tanto que sus brazos me ceñían,
ya allá en su pecho las traiciones viles
este lazo fatal me preparaban!
¡Oh unión inconcebible
de perfidia y placer! ¡conque engañoso
puede ser el halago, y la ternura
lleva tras sí maldad y alevosía!
Yo triste, envuelta en la inocencia mía,
al delirio de amor me abandonaba;
tú sabes cuál mi seno palpitaba,
tú viste cuál mi sangre se encendía,
y cómo de su boca engañadora
deleite, amor y perdición bebía.

Dos ayer éramos,
y hoy sola y mísera
me ves llorando
a par de ti.
Mira estas lágrimas,
mírame trémula,
donde gozando
me estremecí.
¿Qué se hizo el pérfido?
mi angustia muévate,
y haz que volando
torne hacia mí.

Vuelve, adorado fugitivo, vuelve,
yo te perdono. El ardoroso llanto
que ora inunda mi rostro y me le abraza,
enjugarás; reclinaré en tu pecho
mi atormentada frente, y aplicando
tu mano al corazón, verás cuál bate
de anhelo palpitante y de alegría.
Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo;
mientras imploro al execrable amigo,
lleva el viento consigo
mi gritar, mi esperanza y mi deseo.

Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro
y contento el perjuro
por medio de la mar, que le consiente
sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino
astro del claro día, sol luciente,
sagrado autor de la familia mía.
Mira el trance terrible a que he venido,
mírame junto al mar volver llorando
la vista a todas partes, y en ninguna
asilo hallar a mi fatal fortuna,
mírame perecer sin un amigo
que dé a mi suerte lamentable lloro.
¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro?

Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito
que por do quiera escucho; ésta la senda
que encuentro abierta a mi infelice suerte.
Brama el mar, silba el viento, y dicen: «Muerte»

Y muerte hallaré yo... Las ondas fieras
que senda amiga al seductor abrieron,
me la darán... ¡Qué horror! Un sudor frío
baña mi triste frente, y el cabello
se eriza... Sí... Las veo;
Las furias del averno me arrebatan
tras de sí a fenecer... Voy desgraciada
víctima del amor... ¡Ah! Si el ingrato
presente ahora a mi dolor se hallara,
quizá al verme llorar también llorara.
¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera,
el universo te olvidó, los dioses
airados te miraron
y sobre ti, cuitada, en un momento
el peso de su cólera lanzaron.

¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero!
avergüénzate, cielo tirano,
avergüénzate, o dobla inhumano
mi tormento y tu odioso rencor.

¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo?
¿Qué espero?.
dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo,
y las ondas escondan conmigo
mi infortunio, mi oprobio y mi amor.



(Arrójase al mar).
575
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Dafne, En Sus Días Romance

A aquella airosa andaluza
que en las riberas de Cádiz
es, por lo negra y lo hermosa,
la esposa de los cantares;

a la que en el mar nacida
la embebió el mar de sus sales,
cada ademan una gracia,
cada palabra un donaire;

ve volando, pensamiento,
y al besar los pies de Dafne,
dila que vas en mi nombre
a tributarle homenajes.

Hoy son sus alegres días;
mira cuál todo la aplaude;
menos fuego el sol despide,
más fresco respira el aire.

Los jazmines en guirnaldas
sobre su frente se esparcen;
los claveles en su pecho
dan esencias más süaves.

Y ya que yo, sumergido
en el horror de esta cárcel,
ni aun en pensamiento puedo
alzar la vista a su imagen,

rompe tú aquestas prisiones
y vuela allá a recrearte
en el raudal halagüeño
de su sabroso lenguaje.

Verás andar los amores
como traviesos enjambres,
ya trepando por sus brazos,
ya escondiéndose en su talle,

ya subiendo a su garganta
para de allí despeñarse
a los orbes deliciosos
de su seno palpitante.

Mas cuando tanto atractivo
a tu placer contemplares,
guárdate bien, no te ciegues
y sin remedio te abrases.

Acuérdate que en el mundo
los bienes van con los males,
las rosas tienen espinas
y las auroras celajes.

Vistiola, al nacer, el cielo
de aquella gracia inefable
que embelesa los sentidos
y avasalla libertades.

Los ojos que destinados
al Dios de amor fueron antes,
para que en vez de saetas
los corazones flechase,

a esa homicida se dieron
negros, bellos, centellantes,
a convertir en cenizas
cuanto con ellos alcance.

Y cuentan que Amor entonces
dijo picado a su madre:
«pues esos ojos me ciegan,
yo quiero ciego quedarme.

»Venza ella al sol con sus rayos;
pero también se adelante
en su mudanza a los vientos,
en su inconstancia a los mares».

Y fue así. Las ondas leves
que van de margen en margen,
los céfiros que volando
de flor en flor se distraen,

no más inciertos se miran
en sus dulces juegos, Dafne,
que tú engañosa envenenas
con tus halagos fugaces.

Dime, ¿aún se pinta el agrado
en tu risueño semblante,
y respiran tus miradas
aquella piedad süave

para con ceño y capricho
desvanecerla al instante,
trocar la risa en desvío
y el agasajo en desaires?

Y dime, a los que asesinas
con tan alevosas artes,
¿los obligas aún, crüel,
a consumirse y que callen?

Mas no importa: que padezcan
los que en tu lumbre se abrasen;
que tú, con sólo mirarlos,
harto felices los haces.

Yo también, a no decirme
la razón que ya era tarde,
y a presumir en mis votos
el bello don de agradarte,

te idolatrara, tú fueras
la mayor de mis deidades.
¿Pero quién es el que amando
no anhela porque le amen?

De amigo, pues, con el nombre
fue forzoso contentarme;
pero de aquellos amigos
que en celo y fe son amantes...

Basta, pensamiento; vuelve,
vuelve ya de tu mensaje,
y una sonrisa a lo menos
para consolarme trae.
524
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Dafne, En Sus Días Romance

A aquella airosa andaluza
que en las riberas de Cádiz
es, por lo negra y lo hermosa,
la esposa de los cantares;

a la que en el mar nacida
la embebió el mar de sus sales,
cada ademan una gracia,
cada palabra un donaire;

ve volando, pensamiento,
y al besar los pies de Dafne,
dila que vas en mi nombre
a tributarle homenajes.

Hoy son sus alegres días;
mira cuál todo la aplaude;
menos fuego el sol despide,
más fresco respira el aire.

Los jazmines en guirnaldas
sobre su frente se esparcen;
los claveles en su pecho
dan esencias más süaves.

Y ya que yo, sumergido
en el horror de esta cárcel,
ni aun en pensamiento puedo
alzar la vista a su imagen,

rompe tú aquestas prisiones
y vuela allá a recrearte
en el raudal halagüeño
de su sabroso lenguaje.

Verás andar los amores
como traviesos enjambres,
ya trepando por sus brazos,
ya escondiéndose en su talle,

ya subiendo a su garganta
para de allí despeñarse
a los orbes deliciosos
de su seno palpitante.

Mas cuando tanto atractivo
a tu placer contemplares,
guárdate bien, no te ciegues
y sin remedio te abrases.

Acuérdate que en el mundo
los bienes van con los males,
las rosas tienen espinas
y las auroras celajes.

Vistiola, al nacer, el cielo
de aquella gracia inefable
que embelesa los sentidos
y avasalla libertades.

Los ojos que destinados
al Dios de amor fueron antes,
para que en vez de saetas
los corazones flechase,

a esa homicida se dieron
negros, bellos, centellantes,
a convertir en cenizas
cuanto con ellos alcance.

Y cuentan que Amor entonces
dijo picado a su madre:
«pues esos ojos me ciegan,
yo quiero ciego quedarme.

»Venza ella al sol con sus rayos;
pero también se adelante
en su mudanza a los vientos,
en su inconstancia a los mares».

Y fue así. Las ondas leves
que van de margen en margen,
los céfiros que volando
de flor en flor se distraen,

no más inciertos se miran
en sus dulces juegos, Dafne,
que tú engañosa envenenas
con tus halagos fugaces.

Dime, ¿aún se pinta el agrado
en tu risueño semblante,
y respiran tus miradas
aquella piedad süave

para con ceño y capricho
desvanecerla al instante,
trocar la risa en desvío
y el agasajo en desaires?

Y dime, a los que asesinas
con tan alevosas artes,
¿los obligas aún, crüel,
a consumirse y que callen?

Mas no importa: que padezcan
los que en tu lumbre se abrasen;
que tú, con sólo mirarlos,
harto felices los haces.

Yo también, a no decirme
la razón que ya era tarde,
y a presumir en mis votos
el bello don de agradarte,

te idolatrara, tú fueras
la mayor de mis deidades.
¿Pero quién es el que amando
no anhela porque le amen?

De amigo, pues, con el nombre
fue forzoso contentarme;
pero de aquellos amigos
que en celo y fe son amantes...

Basta, pensamiento; vuelve,
vuelve ya de tu mensaje,
y una sonrisa a lo menos
para consolarme trae.
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Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

El Amor Se Ha Desprendido

El amor se ha desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.

Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.

Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?

Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.

Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.

Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.

Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.

Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.

Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:

Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;

Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.

Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:

Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.

¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
452
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

La Danza

¿Oyes, Cintia, los plácidos acentos

del sonoro violín? Pues él convida

tu planta gentilísima y ligera;

ya la vista te llama,

ya en la dulzura del placer que espera

el corazón de cuantos ves se inflama.

¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando

el rosado semblante

que en pureza y candor vence a la aurora,

y el cuello desviando

blandamente hacia atrás, das gentileza

a la hermosa cabeza

reposada sobre él; quién no suspira,

quién al ardor se niega

que bello entonces tu ademán respira?



¡Con qué pudor despliega

de su cuerpo fugaz los ricos dones,

la alegre pompa de sus formas bellas!

Vaga la vista embelesada en ellas;

ya del contorno admira

la blanca morbidez, ya se distrae

al delicado talle do abrazadas

las gracias se rieron,

y su divino ceñidor vistieron.

Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos

que en amable abandono,

como el arco de amor, dulces se tienden;

¡ay!, que ellos son irresistibles lazos

donde el reposo y libertad se prende.

¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,

la rosa que primera

se pinta en primavera,

de Favonio al ardor fue tan hermosa;

ni así eleva su frente la azucena,

cuando, de esencias llena,

con gentileza y brío

se mece a los ambientes del estío.



Suena, empero, la música, y sonando,

ella salta, ella vuela: a cada acento

responde un movimiento, una mudanza

vuelve siempre a un compás; su ligereza

de belleza en belleza

vaga voluble, el suelo no la siente.

Bella Cintia, detente;

mi vista, que te sigue,

¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría

señalar de tus pasos

la undulación hermosa,

la sutil graduación? Cuando suspiro

al fenecer de un bello movimiento,

otro más bello desplegarse miro.

así del iris, serenando el cielo

con su gayado velo,

en su plácida unión son los colores;

así de amable juventud las llores,

do, si un placer espira,

comienza otro placer. Ved los amores

sus mudanzas siguiendo

y las alas batiendo,

dulcemente reír: ved cuán festivo

el céfiro, en su túnica jugando,

con los ligeros pliegues

graciosamente ondea,

y él desnudo mostrando,

suena y canta su gloria y se recrea;

y ella en tanto, cruzando

con presto movimiento,

se arrebata veloz: ora risueña,

en laberintos mil de eterno agrado

enreda y juega la elegante planta;

altiva ora levanta

su cuerpo gentilísimo del suelo,

batiendo el aire en delicado vuelo.

Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,

en cada instante de actitud cambiando,

y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa



Atónita mi mente es conmovida

con mil dulces afectos, y es bastante

un silencio elocuente a darles vida.

Mas ¿qué valen las voces,

a par del fuego y la pasión que inspiran,

en expresión callada,

los negros ojos que abrasando miran?

¿A par de la cadena

que, o bien me da de la amorosa pena

el tímido afanar, o en ella veo

la presta fuga del desdén que teme,

o el duelo ardiente del audaz deseo?

¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste

de la amable alegría

y pintaste el placer; tú, que supiste

conmover dulcemente el alma mía,

de cuadro en cuadro la atención llevando,

y dando el movimiento en armonía.



Así tal vez de la vivaz pintura

vi de la antigua fábula animados

los fastos respirar. Aquí Diana,

de sus ninfas seguida,

al ciervo en raudo curso fatigaba,

y el dardo volador tras él lanzaba;

allí Citeres presidiendo el coro

de las gracias rientes,

y a amor con ellas en festivo anhelo,

y en su risa inmortal gozoso el cielo:

el trono más allá cercar las horas

del sol miraba en su veloz carrera,

y asidas deslizándose en la esfera,

vertiendo lumbre, iluminar los días.



¡Oh, Cintia! Tú serías

una de ellas también; tú, la más bella;

tú en la que brilla la rosada aurora;

tú la agradable hora

que vuelve en su carrera

la vida y el verdor de primavera;

tú la primera los celestes dones

dieras al hombre de la edad florida;

volando tú, rendida

la belleza inocente,

palpitara de amor; y tú serías

la que, bañada en celestial contento,

del deleite el momento anunciarías.


¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!

La magia que te sigue

me lleva el corazón; cesas en vano,

Y en vano despareces, si aun en sueños

mi mente embelesada

tu imagen bella retratar consigue.

La magia que te sigue

me lleva el corazón: ya por las flores

mire veloz vagando

la mariposa, o que la fuente ría,

de piedra en piedra dando,

o que bullan las auras en las hojas;

doquier que gracia y gentileza veo,

«Allí está Cintia», en mi delirio digo,

y ver a Cintia en mi delirio creo.


Así vive, así crece

por ti mi admiración, y arrebatada

no te puede olvidar. Ahora mi vida

florece en juventud. ¿Cómo pudieran

no suspenderla en inefable agrado

tanta y tanta belleza que ya un día

soñaba yo en idea,

y en ti vivas se ven? Vendrán las horas

de hielo y luto, y la vejez amarga

vendrá encorvada a marchitar mis días;

entonces ¡ay! entre las penas mías,

tal vez en ti pensando,

diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento

las gracias, la elegancia,

las risas, la inocencia y los amores

a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa

imagen placentera,

y un momento siquiera

mi triste ancianidad será dichosa.

530
Miguel Hernández

Miguel Hernández

Nanas De La Cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
1.124