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Poemas en este tema

Vida y Existencia

Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De Un Clásico Moderno

¡Gracias, señor, gracias mil!
¡Ah siglo... dichosa suerte!
Ya nuestra edad se convierte
en bella edad infantil.

Ya en vez de los lagrimones
de romántico dolor,
los ojos del trovador
brotan risa a borbotones,

Ya a la sombra del ciprés
vagos, errantes, inquietos,
no nos traen los esqueletos
arrastrando por los pies.

Ni frenéticos en pos
de la muerte anhelan ir,
que a todos hacen vivir
el santo temor de Dios.

Murió la fatalidad,
los venenos se agotaron;
y los espectros cruzaron
huyendo la inmensidad.

Ya todo es risa, placer;
y pronto los pastorcillos
con sus tiernos caramillos
y el rebaño, han de volver.

¡Qué risa ver convertido
en un alegre zagal,
en la pradera dormido
a aquél que tanto ha gemido
sobre el arpa funeral!

¡Qué risa será escuchar
al son del tosco rabel
suave, amoroso cantar
a aquella boca de hiel
que ayer nos hizo temblar!

¡Qué risa ver sus amadas
ayer mustias y amarillas,
mañana frescas, sencillas
tejiendo en las enramadas
guirnaldas de florecillas!

¡Qué risa será mirar
en el verde prado, ameno
el arroyuelo saltar
y en su espejo contemplar
el propio rostro sereno!

¡Qué risa hurtarle sus nidos
al mirlo y al ruiseñor,
y verlos como aturdidos
con sus trinos doloridos
nos vuelan en derredor!...

Gracias señor, gracias mil;
¡Ah siglo! dichosa suerte,
si nuestra edad se convierte
en bella edad pastoril;

Si en pos de las maldiciones,
del romántico furor,
viene el alegre pastor
con su flauta y sus canciones.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum Fúnebre A La Memoria De Una Joven

¡Nadie se muere de amor!

¡Cómo habías de vivir
si amando, pobre mujer,
tenemos que combatir,
y el luchar nunca es vencer,
el luchar siempre es morir!

Cuando entre galas y flores
amor te daba la palma,
le dije a tus amadores:
«No le habléis tanto de amores
que tiene sensible el alma».

Pero el mundo descreído
respondió con su sonrisa:
«Deja que halaguen su oído,
que ya por el bien querido
nadie se muere, poetisa».

Volví más tarde a decir:
—Mirad que perdió el color
y no cesa de gemir».
Mas él tornó a repetir,
—Nadie se muere de amor.

—Puede ser que el mundo ignore
cuanto su dolor la hiere...
—Deja, poetisa, que llore,
por mucho que al hombre adore,
ninguna mujer se muere.

Yo volví más consolada
y estabas en la agonía.
—¡Se muere! clamé aterrada;
pero el mundo respondía:
—Es muerte de enamorada.

Ya tu pecho palpitante
al impulso del dolor,
lanzó un grito penetrante,
y el mundo dijo: —¡Es amante!
¡Nadie se muere de amor!

Yo vi tu mirada incierta
clavarse al fin aterida,
y dije al mundo: —¡Está muerta!
y respondió: —Está dormida;
¡ya verás cómo despierta!

Ya oye el mundo la campana
que anuncia con su clamor
de una belleza lozana
¡la muerte horrible y temprana
que le ha alcanzado su amor!

Ya envuelta en el blanco velo
la ve al sepulcro marchar
y la acompaña en el duelo,
y aun aguarda con recelo
que pueda resucitar.

Y al sepultar a la bella
no sabiendo en su rencor
qué decir el mundo de ella,
dice: La mató su estrella...
Nadie se muere de amor.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Adoración De Los Pastores

Sí; los cimientos del antiguo mundo
a estremecerse van: sonó la hora.—
Grecia exhala gemido moribundo,
y corónase Roma vencedora.
¡Vana corona! espíritu infecundo,
la religión cruel y destructora
de ese pueblo tan sabio y tan valiente
no ha de salvar la humanidad doliente.

¿Qué nos importa ver cómo levanta
arcos eternos, templos inmortales,
si el falso Dios a quien adora y canta,
no ha de aliviar del corazón los males?
El egipcio también su eterna planta
imprime en los confines orientales
y artes y ciencias, con pasmoso yerro,
postra a la vil adoración de un perro.

¿Qué la inútil pirámide en la tierra
sino los templos de Atenas han logrado,
si el alma, triste en su perpetua guerra,
divina religión no han inspirado?
¿Qué vale ese poder que nos aterra,
en colosales piedras levantado,
si el consuelo, que aguardan tantos seres,
no han de darlo el orgullo y los placeres?

No basta que las águilas de Roma,
las poderosas alas extendiendo,
se bañen en el mar que hundió a Sodoma,
su plumaje hasta Iberia sacudiendo;
esas águilas, no: —Blanca paloma,
de las legiones entre el ronco estruendo,
descendiendo a los Líbanos de oriente,
vendrá a regenerar el occidente.

Hay en el Asia una comarca bella,
de montañas de cedros sombreada,
y ha dicho el ángel que esperemos de ella
la religiosa fuente deseada;
bajo aquel puro sol, casta doncella
vive tranquila, del Señor guardada,
y ha dicho el ángel, que en su limpio seno
se ha de engendrar al Dios paciente y bueno.

¿Dónde sino en la tierra del Profeta,
que habló con el Señor en la montaña,
y a su Ley reprimió la tribu inquieta,
ciega a los rayos de la luz extraña;
dónde sino en la tierra del poeta
patriarcal, y en la plácida cabaña,
del pastor inocente del carmelo,
pudiera colocar su cuna al cielo?

Glorifícate, pueblo de Judea,
tú fuiste del Señor el escogido:
perdió sus templos la ciudad hebrea,
la reina de las reinas ha caído;
tú cediste cobarde en la pelea,
las tablas de tus leyes se han perdido,
tu tribu en el desierto errante gime;
pero en ti nace el dios que nos redime.

Árabes, que cruzáis la seca arena,
hijos de Salomón, David, Elías,
suspended un instante la faena,
dejad el caminar para otros días:
el Jehová que diluvia, el Dios que truena,
el que abrasa ciudades, por impías,
otra vez a nosotros se aparece,
y a su anuncio la tierra se estremece.

Dejad en el desierto los camellos,
y en el río que baña a Galilea,
bajo la sombra de los cedros bellos,
aguardad a que el sol perdido sea;
mirad cómo se apagan sus destellos:
ya en los montes oculto centellea,
y vienen los pastores fatigados
hacia el redil trayendo sus ganados.

Ya hemos visto surgir tibio lucero;
la fresca brisa de la noche vuela,
y el can, de las ovejas compañero,
guarda inmutable a sus espaldas vela;
ya enciende la candela en el otero
el pastor y ya duerme la Gacela
y silencioso el valle inspira al alma
santo placer y religiosa calma.

Pero no suenan cantos celestiales,
ni la luna esta noche es más lucida
porque venga esta noche a los mortales
la aparición del ángel prometida:
a nosotros no más, a nuestros males,
no este gozo a los ángeles convida,
que gozosos están siempre en el ciclo,
y jamás necesitan de consuelo.

Nosotros solos al Señor que nace
himnos de regocijo preparemos;
si el ángel mudo a nuestras dichas yace,
nosotros por los ángeles cantemos:
y a la señal de su venida hace
la tierra, conmovida en sus extremos,
cual si la planta del Señor la hiriera
y el perdido equilibrio la volviera.

A un lado Babilonia, a otro Palmira.
Y más cerca Pentápolis y Tiro,
del Señor derribadas por la ira,
¡oh qué elocuencia dan a este retiro,
donde la Virgen lánguida suspira!
¡oh cómo el genio del Señor admiro.
Que nace humilde en estas soledades,
sepulcro de tan locas vanidades!

Desde que Dios creó la luz hermosa,
desde el diluvio que anegó al viviente,
no ha creado en su ciencia milagrosa
un prodigio el Señor más imponente;
la sombra de Moisés, sobre la losa
del desierto, se inclina reverente,
y por los valles del Jordán inquietas
se cruzan las de todos los profetas.

Tal vez en eco inteligible canta
esa turba de genios misteriosa,
y no entendemos su palabra santa
en el rumor del aura vagorosa;
del Líbano, tal vez, en la garganta
pulsa Daniel el arpa religiosa,
y al oír de la Virgen el gemido
«¡Hosanna!» entona «¡Hosanna!»
repetido.

... ¡Gracias, doliente y pálida María,
la más hermosa en la creación entera!
Como el dulce panal que Grecia cría,
tus blancos pechos son de miel y cera.
Cuando al dolor tu faz palidecía,
cuando lanzabas queja lastimera,
de la oscilante luz a los reflejos,
lloraban los pastores a lo lejos.

Sin púrpura, sin oro, entre las pajas,
sólo tus alas, tórtola amorosa,
prestan abrigo y delicadas fajas
al que ha de alzar bandera tan gloriosa;
así de Egipto en las arenas bajas
nace la escasa vena que ruidosa
pronto en inmenso Nilo convertida
inunda los desiertos atrevida.

Tú le nutres —los globos de tu seno
por la divina leche abastecidos,
como del cielo en el azul sereno
pálida luna, brillan conmovidos
por el amor materno; y junto al heno
contra los labios de Jesús unidos,
gota por gota el néctar le derraman
y al percibir su boca más se inflaman.

No sé pintar la suavidad preciosa
que presta la ternura a tu semblante
cuando inclinas la frente majestuosa
para besar sus labios anhelante;
la expresión de tus ojos luminosa.
Y de tus brazos la actitud amante
mira absorto el pastor, y a cada beso
redobla su atención y su embeleso.

No sé decir lo que mi pecho siente
al ver dormido en la pajiza cuna
al que Rey ha de ser de tanta gente,
que a su diadema igual no habrá ninguna;
no sé decir la admiración ferviente
con que miro a los rayos de la luna
su rubia sien, en donde la divina
flor de la eterna cristiandad germina...

¡Cuán grande vienes tú, señor, cuán puro!
¡Cuán pequeños y míseros nos hallas!
¡Cuán brillante es tu genio, y cuán oscuro
el genio que nos lanza a las batallas!
¡Cuán firme es tu bajel! ¡Cuán inseguro
el nuestro en ese mar! ¡Qué recias vallas
puede oponer tu ley a las pasiones!
¡Qué endebles nuestras frágiles razones!

Ven a escuchar los males que sufrimos,
ven a calmar las penas que lloramos;
hace ya mucho tiempo que nacimos
mucho tiempo, Señor, que te aguardamos;
a tu virtud, señor, sólo acudimos,
en tu saber tan sólo confiamos,
y cuanta fue mayor nuestra amargura,
esperamos de ti mayor dulzura.

A ti el justo, el sufrido, el virtuoso,
el regenerador, el fuerte, el sabio,
vendremos en tropel tumultuoso,
con el crimen, la pena y el agravio;
a ti el consolador, el generoso,
revelaremos con ingenuo labio
el llanto y los secretos torcedores
de nuestros más recónditos dolores.

En concierto, Señor, miles de bocas
vendremos a clamar a tus oídos;
en tu fe, como el águila en las rocas,
descansarán los ánimos rendidos;
necias quimeras, esperanzas locas,
desengaños y errores confundidos
desahogarán en ti su cauce humano,
cual los hinchados ríos de Océano.

¡Ay! Tú sabrás las hondas aflicciones
que tienen abrumadas nuestras vidas,
verás nuestros postrados corazones,
registrarás sus llagas escondidas;
tú del cuerpo infeliz de las naciones
desgarrarás las venas corrompidas,
¡y nueva sangre y nuevo movimiento,
les darás con tu sangre y con tu aliento!
501
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Fe Perdida

¡Permitidme reír!... brotan mis labios
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.

Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.

Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!

La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.

¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?

¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?

¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.

Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.

Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.

¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?

Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.

Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.

Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.

¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!

¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?

¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...

En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.

Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.

El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.

Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?

¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.

Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
600
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Ángela

Ángela, melancólica mi alma
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.

Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.

Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,

Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.

Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:

Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.

Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,

Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?

De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:

Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;

Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.

Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.

Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.

Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,

Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;

Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.

De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:

Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares...

Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van... ¡Dios te bendiga!
830
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Lidia

Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.

¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!

Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.

Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.

Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;

Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.

¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.

Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.

«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!

¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.

¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?

¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?

No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.

Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.

Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.

Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.

¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!

No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...

Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
809
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Flor Del Agua

¿Por qué tiembla? —No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? —Nada.—
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.

Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.

Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.

¡Ya se inunda!... ¡Ya se eleva!...
¡Ya la corriente la traga!...
¡Ya navega... ya naufraga!
¡Ya se salva... ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!...
¡Ya de nuevo sobre-nada
en el agua que la hundió!...

Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.

Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.

Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.

Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.

Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!...

¿Cuál es tu barca? —Una lira.
—¿Qué traes en ella? —Sonidos.
—¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.

¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.

¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? —Amores—.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son... nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,

Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.—

¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?...
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.

Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;

Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
883
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

757
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

757
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

757
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A S m La Reina Madre Doña María Cristina De Borbón

Aquel nombre primero
que bendijo mi labio balbuciente,
después que prisionero
vi a mi padre inocente,
fue, Señora, tu nombre reverente.

Aquella faz hermosa
que, después de la faz hermosa y santa
de mi madre amorosa
miré con ansia tanta,
fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.

La primera alegría
que de mi triste infancia en los albores
recuerda el alma mía,
brotó con tus favores
como al rayo del sol brotan las flores.

Y la primera gala
que el sereno y trasparente cielo
al puro azul iguala,
la vestí con anhelo
por celebrar tu nombre y mi consuelo.

Yo entonces no sabía
cómo en la vaga mente se creaba
la sonora poesía,
pero entonces cantaba
los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.

De tu dulce amnistía
a la sombra feliz hemos crecido,
las que niñas un día
tanto habemos sufrido
que sin ti fuera triste haber nacido.

Con noche muy oscura
nacimos en el siglo desgraciado,
y nunca la luz pura
hubiéramos gozado
si no le amaneciera tu reinado.

Luz trajo tu venida,
luz tu sonrisa, luz es tu mirada,
y a tu luz atraída,
ave desorientada,
yo te vine a buscar triste y cansada.

Y tú al ave importuna
que de Aranjuez al campo retirado
fue a gemir su fortuna,
tendiste con agrado
tu mano, que es su nido regalado.

Al verte, a mi memoria
vino el recuerdo de la infancia mía,
toda la amarga historia
del padre que gemía,
y tu grandeza soberana y pía.

Recordé tu hermosura,
como del campo la primera mañana
que en nuestra infancia pura.
Con el alba lozana,
se muestra tan risueña y tan galana.

Y los himnos suaves
que gozosos cantaban mis hermanos,
al compás de las aves,
por los floridos llanos,
en honor de tus rasgos soberanos.

Y por eso a tu planta,
sin poder exhalar palabra alguna
mi anudada garganta,
quedé, como en la cuna
el niño embelesado al ver la luna.

Y nunca mi cariño
te pudiera expresar con un acento,
si, cual la madre al niño,
no me enseñara atento
tu labio a traducir mi pensamiento.

Tú al canto del Petrarca
y del Tasso a los épicos sonidos,
en la bella comarca
los muy blandos oídos
tienes acostumbrados y entendidos.

Yo no sé hacer canciones
que el genio inspira, que el talento ordena,
mas, ¡ah! los corazones
que el entusiasmo llena,
tienen de gratitud fecunda vena.

De un alma agradecida
comprende el amoroso sentimiento,
sin arte y sin medida,
que el agradecimiento
es, Señora, virtud, mas no talento.

Mejor sé verter llanto
estrechando tus manos contra el pecho,
que encerrar en mi canto,
con un límite estrecho,
la gratitud que Dios tan grande ha hecho.

Al decir que te ama
el corazón, Señora, no se inquieta
por la Apolínea llama
que, al numen no sujeta,
prefiero ser mujer a ser poeta.

No puedo consagrarte
rico poema do tu augusto nombre
con perfección del arte
al universo asombre,
que los épicos cantos son del hombre.

Mas ruego cada día
en piadosa oración, que es más sonora,
a la Virgen María,
que te sea, Señora,
como eres tú, mi augusta protectora.
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