Sociedad y el Mundo
Carolina Coronado
La Virgen De Murillo
la cabeza inclinad respetuosa:
que voy a pronunciar maravillosa
palabra, grande voz, nombre eminente:
hay un genio español que alzó su mente
tan alta, que a la Virgen madre hermosa,
que habita de los cielos las moradas
alcanzó a divisar en sus miradas.
Y de la virgen describió a la gente
el celestial contorno, el colorido
albo-azul de su frente, confundido
de su mejilla entre el carmín naciente;
y retrató su seno trasparente
la leche al dar a su Jesús querido
y aquel amor con que a Jesús miraba
y aquella luz que a entrambos circundaba.
Descubra su cabeza el extranjero
de remotas o próximas naciones
cuando escuche sonar en mis canciones
ese nombre que llena el mundo entero:
para alzarse de pueblos el primero
si no hubiese de gloria otros blasones,
bastante España con mostrar hiciera
un lienzo de Murillo por bandera.
¡Murillo!... ved, sus cuadros nos hurtaron
para adornar su tierra extrañas gentes
y los hijos de España indiferentes
como limosna el hurto les dejaron;
que la feraz campiña en que brotaron
en profusas espigas las simientes
no empobrece, aunque vengan de avecillas
cien bandos a comer de sus gabillas.
¡Descubríos, isleños poderosos,
que bajo el cauce, transitáis, de un río!
¡Descubríos, del grande señorío
del Pirineo dueños orgullosos!
¡Descubríos, también, los tan famosos
hijos del Po! repite el labio mío
el nombre de Murillo, y reverentes
debéis mostrar desnudas vuestras frentes.
Españoles, ¿no veis aquel mendigo
entre humildes harapos encubierto
que hambriento y frío vaga medio muerto
de su patria en el suelo ¡ay! enemigo?...
Pues el mendigo aquel lleva consigo
misterio tal que a seros descubierto
nombre tan alto, fama tanta os diera
que hubiera os de admirar la Europa entera.
Aquí el artista está, aquí Murillo,
mas ¿a dónde los lienzos, los pinceles,
do están las tintas que os transmitan fieles
las creaciones del joven mendiguillo?
Os halaga la fama, anheláis brillo,
os placen, españoles, los laureles
y dejáis perecer en todas partes
de miseria los genios y las artes.
¿Será preciso que el pintor sagrado
rompa sus venas, corte sus cabellos
y en la negra pared trace con ellos
una divina imagen por dechado,
para advertirte, pueblo abandonado
a la indolencia, en tus jardines bellos,
que sofocado en mísera pobreza
yace un germen allí de tu grandeza?
Genio es de bronce, el que a luchar contigo,
pueblo español, osado se levanta
si entre tus rudos brazos no quebranta
sus miembros y en la tumba da consigo.
¡Cuánto habrá de vencer ese mendigo:
antes que pueda alzar la imagen santa
de la Virgen que lleva en su memoria
del mundo admiración, de España gloria!
Tú, tú dejas, Iberia al gran Cervantes
perecer de miseria abandonado,
tú a la vecina Francia has regalado
los huesos de tus hijos más amantes;
tú, Iberia, no mereces las triunfantes
coronas, que tus héroes te han logrado;
vivos, morid los haces de despecho,
muertos, les niegas en tu campo un lecho.
Empero vence el genio, y a tu planta
sus obras pone y tu desdén perdona
que para ti, no más él ambiciona
los triunfos que ganó con pena tanta,
«coloca en el collar de tu garganta
ese brillante -dice- alta matrona,
y aunque olvides, ingrata, al colocarlo
que mi exislencia consumí en tallarlo».
Tú, lucha, y vence así, pobre mancebo,
labra esa joya más que España ostente,
que te desdeñe a ti; más, que presente
a la Europa su faz con brillo nuevo;
ni ambición de poder, ni de oro cebo
mueven, Murillo, tu entusiasmo ardiente,
tu genio, gran pintor, se eleva al cielo
y están oro y poder tocando al suelo.
Ya los de Italia con asombro admiran
del inspirado artista las creaciones,
ya en los templos reciben oblaciones
sus vírgenes que santo amor inspiran;
ya los franceses codiciosos miran
sus lienzos, y ya míseras pasiones
en torno se levantan de Murillo
ardiendo en sed de sofocar su brillo.
Del joven español la fama crece,
medra su celo al par de la fortuna
y una virgen, más bella que ninguna,
hoy en sus nuevos lienzos aparece;
el manto que en sus sienes resplandece
van va las pinceladas una a una
tendiendo airosamente por la espalda
y replegando en orlas a su falda.
Mucho estima el pintor la imagen bella
cuando perenne así desde la aurora
hasta que baja el sol, hora por hora,
sin descansar jamás, trabaja en ella;
halla Murillo en la hermosura aquella
hechizo y magia tal fascinadora
que hasta celoso por su virgen pura
no deja penetrar allí criatura.
Mas un pintor, que de la Italia vino,
del español pintor el arte alaba
y éste de aquella imagen que adoraba
mostrarle quiso el rostro peregrino;
y no advierte el mirar torvo y malino
con que el de Italia en él los ojos clava
cuando la dulce y virginal María
examinó con atención sombría.
Propicia está la noche, por lo oscura
del asesino a los siniestros pasos.
No hay luna y brillan en el cielo escasos
luceros, del nublado en la espesura;
si un crimen se medita, ésta es segura
noche para intentar horribles casos.
Sepultarán las sombras al que muera
y salvarán las sombras al que hiera.
Mirad allí de Nápoles al hijo,
lleno de ponzoñosa envidia y saña
como en la oscuridad, cual sombra extraña,
envuelto marcha con andar prolijo;
en su mano un puñal brillara fijo
si alumbrara de pronto el sol de España;
medita un golpe... de Murillo el pecho
osa amagar, y corre hasta su lecho.
En él reposa de fatiga tanta
de Murillo el espíritu cefrado
suspensa en la pared tiene a su lado
la hermosa imagen de su virgen santa,
y aun durmiendo a sus ojos se levanta,
como el sol al nacer, el rostro amado
que elevó su pincel desde el oriente
hasta el alto cenit resplandeciente.
Y tanto en el ensueño los sentidos
del sacro artista yacen embriagados
que no advierten los pasos recatados,
de un hombre que se acerca, sus oídos,
los triunfos de su genio esclarecidos
del de Italia en el alma están clavados
con odio tan profundo, de tal suerte,
que los viene a arrancar hoy con su muerte.
Camina poco a poco el asesino,
late con fuerza su anhelante pecho,
al borde llega del tranquilo lecho
y alza el puñal, con tan horrible tino,
que amaga traspasar en su camino
por la mitad del corazón derecho
tornando el sueño aquel, en un segundo,
en sueño más tranquilo y más profundo.
Mas, con el hierro en alto, de repente
inmóvil el feroz napolitano,
queda: las fuerzas faltan a su mano
y en sus venas la sangre helada siente...
En la oscura pared que tiene en frente
claro, como el lucero del verano,
el rostro de la Virgen de Murillo
surge alumbrado por su propio brillo.
Del centro de sus ojos se desprende
un fulgor diafanísimo y brillante
que ilumina el perfil de su semblante
y por sus formas célicas se extiende;
el rostro, el talle, el manto que desciende
hasta sus mismas plantas ondulante,
como por luna llena iluminados,
distínguense en el lienzo proyectados.
Suave matiz de purpurina rosa,
azul de lirio tenue y trasparente,
albo de frescos nardos tiñen frente
boca y mejillas de la madre hermosa;
mas hay una expresión tan dolorosa
de aquellos ojos en la llama hiriente
que hicieran deshacerse en tierno llanto
el corazón más duro, con su encanto.
Dulce reconvención, triste querella,
enojo maternal, piedad amante
muestra en el melancólico semblante
la santa y virginal figura aquella;
parece que a exhalar su boca bella
va una súplica amarga y penetrante,
parece que demanda a los cristianos
«¿hijos, por qué os odiáis si sois hermanos?»
Dobla el napolitano ambas rodillas,
entrambos brazos cruza humildemente
y ante la Virgen ora reverente
absorto en las celestes maravillas:
ruedan, por vez primera, en sus mejillas
gotas de arrepentido lloro ardiente,
y luego... silencioso y asombrado
huyóse de la estancia apresurado.
¡Duerme, sacro pintor, duerme en reposo
y al despertar mañana con la aurora
saluda a la hermosísima Señora
que ha velado tu sueño peligroso;
protégete su celo cariñoso,
dirígete su mano bienhechora
¡hasta dónde, Murillo, irá tu fama
siendo tu guía tan celeste dama!
Carolina Coronado
La Virgen De Murillo
la cabeza inclinad respetuosa:
que voy a pronunciar maravillosa
palabra, grande voz, nombre eminente:
hay un genio español que alzó su mente
tan alta, que a la Virgen madre hermosa,
que habita de los cielos las moradas
alcanzó a divisar en sus miradas.
Y de la virgen describió a la gente
el celestial contorno, el colorido
albo-azul de su frente, confundido
de su mejilla entre el carmín naciente;
y retrató su seno trasparente
la leche al dar a su Jesús querido
y aquel amor con que a Jesús miraba
y aquella luz que a entrambos circundaba.
Descubra su cabeza el extranjero
de remotas o próximas naciones
cuando escuche sonar en mis canciones
ese nombre que llena el mundo entero:
para alzarse de pueblos el primero
si no hubiese de gloria otros blasones,
bastante España con mostrar hiciera
un lienzo de Murillo por bandera.
¡Murillo!... ved, sus cuadros nos hurtaron
para adornar su tierra extrañas gentes
y los hijos de España indiferentes
como limosna el hurto les dejaron;
que la feraz campiña en que brotaron
en profusas espigas las simientes
no empobrece, aunque vengan de avecillas
cien bandos a comer de sus gabillas.
¡Descubríos, isleños poderosos,
que bajo el cauce, transitáis, de un río!
¡Descubríos, del grande señorío
del Pirineo dueños orgullosos!
¡Descubríos, también, los tan famosos
hijos del Po! repite el labio mío
el nombre de Murillo, y reverentes
debéis mostrar desnudas vuestras frentes.
Españoles, ¿no veis aquel mendigo
entre humildes harapos encubierto
que hambriento y frío vaga medio muerto
de su patria en el suelo ¡ay! enemigo?...
Pues el mendigo aquel lleva consigo
misterio tal que a seros descubierto
nombre tan alto, fama tanta os diera
que hubiera os de admirar la Europa entera.
Aquí el artista está, aquí Murillo,
mas ¿a dónde los lienzos, los pinceles,
do están las tintas que os transmitan fieles
las creaciones del joven mendiguillo?
Os halaga la fama, anheláis brillo,
os placen, españoles, los laureles
y dejáis perecer en todas partes
de miseria los genios y las artes.
¿Será preciso que el pintor sagrado
rompa sus venas, corte sus cabellos
y en la negra pared trace con ellos
una divina imagen por dechado,
para advertirte, pueblo abandonado
a la indolencia, en tus jardines bellos,
que sofocado en mísera pobreza
yace un germen allí de tu grandeza?
Genio es de bronce, el que a luchar contigo,
pueblo español, osado se levanta
si entre tus rudos brazos no quebranta
sus miembros y en la tumba da consigo.
¡Cuánto habrá de vencer ese mendigo:
antes que pueda alzar la imagen santa
de la Virgen que lleva en su memoria
del mundo admiración, de España gloria!
Tú, tú dejas, Iberia al gran Cervantes
perecer de miseria abandonado,
tú a la vecina Francia has regalado
los huesos de tus hijos más amantes;
tú, Iberia, no mereces las triunfantes
coronas, que tus héroes te han logrado;
vivos, morid los haces de despecho,
muertos, les niegas en tu campo un lecho.
Empero vence el genio, y a tu planta
sus obras pone y tu desdén perdona
que para ti, no más él ambiciona
los triunfos que ganó con pena tanta,
«coloca en el collar de tu garganta
ese brillante -dice- alta matrona,
y aunque olvides, ingrata, al colocarlo
que mi exislencia consumí en tallarlo».
Tú, lucha, y vence así, pobre mancebo,
labra esa joya más que España ostente,
que te desdeñe a ti; más, que presente
a la Europa su faz con brillo nuevo;
ni ambición de poder, ni de oro cebo
mueven, Murillo, tu entusiasmo ardiente,
tu genio, gran pintor, se eleva al cielo
y están oro y poder tocando al suelo.
Ya los de Italia con asombro admiran
del inspirado artista las creaciones,
ya en los templos reciben oblaciones
sus vírgenes que santo amor inspiran;
ya los franceses codiciosos miran
sus lienzos, y ya míseras pasiones
en torno se levantan de Murillo
ardiendo en sed de sofocar su brillo.
Del joven español la fama crece,
medra su celo al par de la fortuna
y una virgen, más bella que ninguna,
hoy en sus nuevos lienzos aparece;
el manto que en sus sienes resplandece
van va las pinceladas una a una
tendiendo airosamente por la espalda
y replegando en orlas a su falda.
Mucho estima el pintor la imagen bella
cuando perenne así desde la aurora
hasta que baja el sol, hora por hora,
sin descansar jamás, trabaja en ella;
halla Murillo en la hermosura aquella
hechizo y magia tal fascinadora
que hasta celoso por su virgen pura
no deja penetrar allí criatura.
Mas un pintor, que de la Italia vino,
del español pintor el arte alaba
y éste de aquella imagen que adoraba
mostrarle quiso el rostro peregrino;
y no advierte el mirar torvo y malino
con que el de Italia en él los ojos clava
cuando la dulce y virginal María
examinó con atención sombría.
Propicia está la noche, por lo oscura
del asesino a los siniestros pasos.
No hay luna y brillan en el cielo escasos
luceros, del nublado en la espesura;
si un crimen se medita, ésta es segura
noche para intentar horribles casos.
Sepultarán las sombras al que muera
y salvarán las sombras al que hiera.
Mirad allí de Nápoles al hijo,
lleno de ponzoñosa envidia y saña
como en la oscuridad, cual sombra extraña,
envuelto marcha con andar prolijo;
en su mano un puñal brillara fijo
si alumbrara de pronto el sol de España;
medita un golpe... de Murillo el pecho
osa amagar, y corre hasta su lecho.
En él reposa de fatiga tanta
de Murillo el espíritu cefrado
suspensa en la pared tiene a su lado
la hermosa imagen de su virgen santa,
y aun durmiendo a sus ojos se levanta,
como el sol al nacer, el rostro amado
que elevó su pincel desde el oriente
hasta el alto cenit resplandeciente.
Y tanto en el ensueño los sentidos
del sacro artista yacen embriagados
que no advierten los pasos recatados,
de un hombre que se acerca, sus oídos,
los triunfos de su genio esclarecidos
del de Italia en el alma están clavados
con odio tan profundo, de tal suerte,
que los viene a arrancar hoy con su muerte.
Camina poco a poco el asesino,
late con fuerza su anhelante pecho,
al borde llega del tranquilo lecho
y alza el puñal, con tan horrible tino,
que amaga traspasar en su camino
por la mitad del corazón derecho
tornando el sueño aquel, en un segundo,
en sueño más tranquilo y más profundo.
Mas, con el hierro en alto, de repente
inmóvil el feroz napolitano,
queda: las fuerzas faltan a su mano
y en sus venas la sangre helada siente...
En la oscura pared que tiene en frente
claro, como el lucero del verano,
el rostro de la Virgen de Murillo
surge alumbrado por su propio brillo.
Del centro de sus ojos se desprende
un fulgor diafanísimo y brillante
que ilumina el perfil de su semblante
y por sus formas célicas se extiende;
el rostro, el talle, el manto que desciende
hasta sus mismas plantas ondulante,
como por luna llena iluminados,
distínguense en el lienzo proyectados.
Suave matiz de purpurina rosa,
azul de lirio tenue y trasparente,
albo de frescos nardos tiñen frente
boca y mejillas de la madre hermosa;
mas hay una expresión tan dolorosa
de aquellos ojos en la llama hiriente
que hicieran deshacerse en tierno llanto
el corazón más duro, con su encanto.
Dulce reconvención, triste querella,
enojo maternal, piedad amante
muestra en el melancólico semblante
la santa y virginal figura aquella;
parece que a exhalar su boca bella
va una súplica amarga y penetrante,
parece que demanda a los cristianos
«¿hijos, por qué os odiáis si sois hermanos?»
Dobla el napolitano ambas rodillas,
entrambos brazos cruza humildemente
y ante la Virgen ora reverente
absorto en las celestes maravillas:
ruedan, por vez primera, en sus mejillas
gotas de arrepentido lloro ardiente,
y luego... silencioso y asombrado
huyóse de la estancia apresurado.
¡Duerme, sacro pintor, duerme en reposo
y al despertar mañana con la aurora
saluda a la hermosísima Señora
que ha velado tu sueño peligroso;
protégete su celo cariñoso,
dirígete su mano bienhechora
¡hasta dónde, Murillo, irá tu fama
siendo tu guía tan celeste dama!
Carolina Coronado
Un Año Más
y aún no ha mudado mi horizonte triste,
y de tan ancha tierra como existe
no he descubierto un palmo todavía;
¡un año más!... un año día tras día
lentos conté, y enero se reviste
de nuevo sol para ostentar mañana
su cabellera por los hielos cana.
Hija de Italia; tú que los jardines
de la reina del mundo has contemplado,
tú, que en su bello mar te has retratado
al buscar sus sirenas y delfines;
tú, que de España ahora en los confines
ves a ese mar, que yo nunca he mirado,
removiendo en su azul mil pabellones,
no puedes comprender mis ambiciones.
A veces de ese mar las conchas beso,
y si veo por dicha algún marino
la relación de su feliz camino
le escucho con tiernísimo embeleso,
y cuando cesa, doloroso peso
siento en el alma, al comparar mezquino
con tan soberbios gigantescos mares
el arroyo en que gimo mis cantares.
Los barcos de los pobres pescadores
son los buques que cruzan sus riberas,
los lienzos de las pobres lavanderas
los ricos estandartes brilladores;
y tan sólo a estos puertos salvadores
vienen, en vez de flotas extranjeras,
blancos gansos, luchando con la ola
y alguna gallareta errante y sola.
¿Has visto al topo que en la tierra hundido
preso en el hoyo se remueve a oscuras
y con la frente en las paredes duras
da cuando intenta ver el sol lucido?
Entre este viejo murallón roído,
yo soy el topo, que las luces puras
que en los alegres campos se reflejan
nunca estos muros contemplar me dejan.
Contra este muro donde puso escalas
el francés ambicioso y el britano
como sus vivas y rugientes balas
mi ardiente corazón se estrella en vano;
en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas
desde este torreón, que el africano
dejó, tal vez, en nombre de Mahoma
para nidos del búho y la paloma.
Aquí muere la flor de la poesía
antes que esponje el aura su capullo,
aquí se anega el sol del noble orgullo
antes que logre esclarecer al día,
aquí de la creadora fantasía
el manantial se agota sin murmullo,
aquí sólo el amor gigante crece
y ni se agota, apaga ni envejece,
Aquí frente por frente a las pasiones
en imponente lid nos encontramos,
y aquí, como Petrarca, eternizamos
del cariño ideal las ilusiones;
aquí en la soledad los corazones
en nuestro amor tan sólo concentramos
y aquí de la poetisa el vital giro
se puede reasumir en un suspiro.
¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,
y el doloroso incendio no se apaga,
y esta ansiedad devoradora y vaga
no se extingue en mi pecho todavía!...
Ángela, pues, tu voz sonora y pía
a tus hermanos ángeles halaga,
¡ruégales por que el sol del nuevo enero
ilumine la paz que ansiosa espero!
Yo tengo fe en el porvenir oscuro,
yo de engañarme en los recelos trato,
yo a la esperanza el corazón dilato
y bello siempre el porvenir auguro;
yo ser feliz en la ilusión procuro
contra el torrente del destino ingrato
y al ver del nuevo año, sol que brillas,
cruzo mis manos, doblo mis rodillas.
¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores
no a mí sola su ardor fecundo extiendan
que a las criaturas todas hoy comprendan
sus vivíficos sacros resplandores!
¡Que alivien la miseria y los dolores
de la España infeliz, que al pobre atiendan
y no pase con nuevos desengaños
un año más, unido a tantos años!
Carolina Coronado
A Elisa
la desdeñosa irónica sonrisa
que tan amarga para el alma era
cesa ya de afligir a la poetisa;
rompimos el concierto muy aprisa
sin aguardar compás en nuestra era
y las damas cerraron los oídos
y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.
«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!
Tan sólo oímos la mujer que llora».
Eso gritaron los que aplauden ora
con tanto bravo y con palmada tanta:
¡fuerza de la opinión cómo quebranta
la ley de muchos siglos triunfadora
y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente
marchando de los tiempos la corriente!
No conquistó Pizarro el pueblo de oro
con más fatiga, con mayor quebranto
que de elevar al aire el pobre canto
la libertad nuestro sencillo coro;
sonó la voz pero sonó entre lloro,
porque al fin de las hembras es el llanto,
y cantar sin gemir, cantar placeres
es propio de varón, no de mujeres.
Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;
el mayor infortunio en las naciones
herencia de mujer, no de varones,
no podrán usurparnos la cadena;
ven conmigo a gemir en hora buena
y a defender, amiga, estos blasones
de tristeza y sentir y mala suerte
que no nos puede hurtar el sexo fuerte.
¿Cómo formar jamás esa armonía
de gracioso contraste, compañera,
si la mujer humilde no gimiera
mientras el hombre soberano ría?
Canta la vida triste, amiga mía,
que ellos deben cantar la placentera,
y pues que suyos son placer y risa
que le dejen el llanto a la poetisa.
No ha de mudar la ley volcar el trono
de las dolientes hembras el gemido,
ni el gobierno en los hombres repartido
ha de ceder el mundo en nuestro abono;
¡ni le plegue el Señor! en abandono
quede primero el sexo y confundido
que en la palestra pública lanzado
intrigante, ambicioso, arrebatado.
Para oprimir al pueblo el hombre hasta;
no los yerros del mundo acrecentemos,
no en la tribuna ni en la lid busquemos
renombre duro a nuestra blanda casta;
de la bandera nacional el asta
en los brazos endebles que tenemos
presto al suelo con nos diera y consigo
dejando el reino libre al enemigo.
¡Oh no! jamás. En la modesta casa
por toda gloria nuestro canto alcemos
y del soberbio dueño conquistemos
el privilegio de llorar sin tasa;
que siempre habrá de ser la vena escasa
por mucho, compañera, que lloremos
para gemir del hombre el cruel dominio
sus ímpetus de sangre y de exterminio.
¡Ojalá cuando en guerra desastrada
se despedazan cual salvajes hienas,
pudieran estas lágrimas serenas
su mejilla bañar seca y tostada!
¡Ojalá cuando, en ley desesperada,
lanzan al reo bárbaras condenas
sobre el peligro al tender rasgo inhumano,
regarán estas lágrimas su mano.
Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo
ceda del hombre en nuestro siglo ciego,
no estéril ha de ser el dulce riego
que hoy brota en melancólico murmullo;
nueva generación, ora en capullo,
crecerá, se alzará, brillará al fuego
del maternal amor; sol refulgente
que aun anublado está en la edad presente.
Carolina Coronado
A Elisa
la desdeñosa irónica sonrisa
que tan amarga para el alma era
cesa ya de afligir a la poetisa;
rompimos el concierto muy aprisa
sin aguardar compás en nuestra era
y las damas cerraron los oídos
y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.
«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!
Tan sólo oímos la mujer que llora».
Eso gritaron los que aplauden ora
con tanto bravo y con palmada tanta:
¡fuerza de la opinión cómo quebranta
la ley de muchos siglos triunfadora
y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente
marchando de los tiempos la corriente!
No conquistó Pizarro el pueblo de oro
con más fatiga, con mayor quebranto
que de elevar al aire el pobre canto
la libertad nuestro sencillo coro;
sonó la voz pero sonó entre lloro,
porque al fin de las hembras es el llanto,
y cantar sin gemir, cantar placeres
es propio de varón, no de mujeres.
Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;
el mayor infortunio en las naciones
herencia de mujer, no de varones,
no podrán usurparnos la cadena;
ven conmigo a gemir en hora buena
y a defender, amiga, estos blasones
de tristeza y sentir y mala suerte
que no nos puede hurtar el sexo fuerte.
¿Cómo formar jamás esa armonía
de gracioso contraste, compañera,
si la mujer humilde no gimiera
mientras el hombre soberano ría?
Canta la vida triste, amiga mía,
que ellos deben cantar la placentera,
y pues que suyos son placer y risa
que le dejen el llanto a la poetisa.
No ha de mudar la ley volcar el trono
de las dolientes hembras el gemido,
ni el gobierno en los hombres repartido
ha de ceder el mundo en nuestro abono;
¡ni le plegue el Señor! en abandono
quede primero el sexo y confundido
que en la palestra pública lanzado
intrigante, ambicioso, arrebatado.
Para oprimir al pueblo el hombre hasta;
no los yerros del mundo acrecentemos,
no en la tribuna ni en la lid busquemos
renombre duro a nuestra blanda casta;
de la bandera nacional el asta
en los brazos endebles que tenemos
presto al suelo con nos diera y consigo
dejando el reino libre al enemigo.
¡Oh no! jamás. En la modesta casa
por toda gloria nuestro canto alcemos
y del soberbio dueño conquistemos
el privilegio de llorar sin tasa;
que siempre habrá de ser la vena escasa
por mucho, compañera, que lloremos
para gemir del hombre el cruel dominio
sus ímpetus de sangre y de exterminio.
¡Ojalá cuando en guerra desastrada
se despedazan cual salvajes hienas,
pudieran estas lágrimas serenas
su mejilla bañar seca y tostada!
¡Ojalá cuando, en ley desesperada,
lanzan al reo bárbaras condenas
sobre el peligro al tender rasgo inhumano,
regarán estas lágrimas su mano.
Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo
ceda del hombre en nuestro siglo ciego,
no estéril ha de ser el dulce riego
que hoy brota en melancólico murmullo;
nueva generación, ora en capullo,
crecerá, se alzará, brillará al fuego
del maternal amor; sol refulgente
que aun anublado está en la edad presente.
Carolina Coronado
A Elisa
la desdeñosa irónica sonrisa
que tan amarga para el alma era
cesa ya de afligir a la poetisa;
rompimos el concierto muy aprisa
sin aguardar compás en nuestra era
y las damas cerraron los oídos
y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.
«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!
Tan sólo oímos la mujer que llora».
Eso gritaron los que aplauden ora
con tanto bravo y con palmada tanta:
¡fuerza de la opinión cómo quebranta
la ley de muchos siglos triunfadora
y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente
marchando de los tiempos la corriente!
No conquistó Pizarro el pueblo de oro
con más fatiga, con mayor quebranto
que de elevar al aire el pobre canto
la libertad nuestro sencillo coro;
sonó la voz pero sonó entre lloro,
porque al fin de las hembras es el llanto,
y cantar sin gemir, cantar placeres
es propio de varón, no de mujeres.
Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;
el mayor infortunio en las naciones
herencia de mujer, no de varones,
no podrán usurparnos la cadena;
ven conmigo a gemir en hora buena
y a defender, amiga, estos blasones
de tristeza y sentir y mala suerte
que no nos puede hurtar el sexo fuerte.
¿Cómo formar jamás esa armonía
de gracioso contraste, compañera,
si la mujer humilde no gimiera
mientras el hombre soberano ría?
Canta la vida triste, amiga mía,
que ellos deben cantar la placentera,
y pues que suyos son placer y risa
que le dejen el llanto a la poetisa.
No ha de mudar la ley volcar el trono
de las dolientes hembras el gemido,
ni el gobierno en los hombres repartido
ha de ceder el mundo en nuestro abono;
¡ni le plegue el Señor! en abandono
quede primero el sexo y confundido
que en la palestra pública lanzado
intrigante, ambicioso, arrebatado.
Para oprimir al pueblo el hombre hasta;
no los yerros del mundo acrecentemos,
no en la tribuna ni en la lid busquemos
renombre duro a nuestra blanda casta;
de la bandera nacional el asta
en los brazos endebles que tenemos
presto al suelo con nos diera y consigo
dejando el reino libre al enemigo.
¡Oh no! jamás. En la modesta casa
por toda gloria nuestro canto alcemos
y del soberbio dueño conquistemos
el privilegio de llorar sin tasa;
que siempre habrá de ser la vena escasa
por mucho, compañera, que lloremos
para gemir del hombre el cruel dominio
sus ímpetus de sangre y de exterminio.
¡Ojalá cuando en guerra desastrada
se despedazan cual salvajes hienas,
pudieran estas lágrimas serenas
su mejilla bañar seca y tostada!
¡Ojalá cuando, en ley desesperada,
lanzan al reo bárbaras condenas
sobre el peligro al tender rasgo inhumano,
regarán estas lágrimas su mano.
Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo
ceda del hombre en nuestro siglo ciego,
no estéril ha de ser el dulce riego
que hoy brota en melancólico murmullo;
nueva generación, ora en capullo,
crecerá, se alzará, brillará al fuego
del maternal amor; sol refulgente
que aun anublado está en la edad presente.
Carolina Coronado
A Lidia
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.
¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.
Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;
Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.
¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.
«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!
¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...
Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
Carolina Coronado
A Lidia
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.
¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.
Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;
Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.
¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.
«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!
¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...
Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
Carolina Coronado
Cantad, Hermosas
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.
Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.
Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.
Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?
Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!
¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!
¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente-,
desecado en la flor de los abriles!
¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!
Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
en sus manos queridas,
viertan los ojos en ofrenda pura:
pues, sólo con dejarnos,
cantando consolarnos
nos quitan la mitad de la tristura.
¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
desde que al arpa fía
sus hondos concentrados sentimientos!
¡Oh cuánto alivio alcanzo,
desde que al aire lanzo,
con expansión cumplida, mis acentos!
Yo de niña en mi espíritu sentía
vaga melancolía
de secreta ansiedad, que me agitaba;
mas, al romper mi canto,
cien veces, con espanto,
en la mente infantil lo sofocaba.
Que entonces, en mi tierra, parecía
la sencilla poesía
maléfica serpiente cuyo aliento
dicen, que marchitaba
a la joven que osaba
su influjo percibir sólo un momento.
¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
bajo el disfraz terrible,
con que falsa nos muestra antigua gente
su cándida hermosura,
pudiera sin pavura
conocer y adorar antes la mente?
¡Qué rara maravilla y que alegría
sintió mi fantasía
cuando mudada vio la sierpe fiera
en niña mansa y pura,
tan llena de ternura,
que no hay otra más dulce compañera!
¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
mi espíritu mimado
y en su inocente halago suspendido,
suavísimas las horas
tras de voces sonoras,
pasó vagando en venturoso olvido!
Decid a los que el odio en ella ensañan,
que viles os engañan
esa deidad al calumniar osados;
decidles, que no es ella
la que infunde a la bella
afectos en el alma depravados.
Si brota en malos troncos injertada
será porque arrancada
del primitivo suelo con violencia
de la rarna en que vive,
a su pesar recibe
el venenoso jugo su existencia.
Empero, no esa flor alba y hermosa
aroma perniciosa
de la doncella ofrece a los sentidos,
a los que tal dijeron,
decidles que mintieron
como necios y torpes y atrevidos.
Y aquéllas que sintáis algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
llegad tranquilamente,
y en su altar inocente
rendid vuestro homenaje de armonía.
Hallen los pensamientos oprimidos,
que ulceran los sentidos,
giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
si con silencio tanto
de ese mudo quebranto
los corazones ya no tenéis secos.
Cántenos su infortunio cada bella,
que si la pena de ella
penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
mejor que los doctores
explica sus dolores
con agudo gemir, el moribundo.
Dichas, amores, penas, alegrías,
lloros, melancolías,
trovad, al son de plácidos laúdes,
mas ¡ay de la cantora
que a esa región sonora
suba sin inocencia y sin virtudes!
Pues, en vez de quedar su vida impura
bajo de losa oscura
en silencioso olvido sepultada,
con su genio y su gloria,
de su perversa historia
eterno hará el baldón, la desdichada.
Cante la que mostrar la erguida frente
pueda serenamente
sin mancilla a la luz clara del cielo;
cante la cine a este mundo
de maldades fecundo
venga con su bondad a dar consuelo.
Cante, la que en su pecho fortaleza
para alzar con pureza
su espíritu al excelso templo, halle:
pero, la indigna dama
huya la eterna fama,
devore su ambición, se oculte y calle.
Carolina Coronado
Cantad, Hermosas
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.
Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.
Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.
Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?
Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!
¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!
¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente-,
desecado en la flor de los abriles!
¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!
Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
en sus manos queridas,
viertan los ojos en ofrenda pura:
pues, sólo con dejarnos,
cantando consolarnos
nos quitan la mitad de la tristura.
¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
desde que al arpa fía
sus hondos concentrados sentimientos!
¡Oh cuánto alivio alcanzo,
desde que al aire lanzo,
con expansión cumplida, mis acentos!
Yo de niña en mi espíritu sentía
vaga melancolía
de secreta ansiedad, que me agitaba;
mas, al romper mi canto,
cien veces, con espanto,
en la mente infantil lo sofocaba.
Que entonces, en mi tierra, parecía
la sencilla poesía
maléfica serpiente cuyo aliento
dicen, que marchitaba
a la joven que osaba
su influjo percibir sólo un momento.
¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
bajo el disfraz terrible,
con que falsa nos muestra antigua gente
su cándida hermosura,
pudiera sin pavura
conocer y adorar antes la mente?
¡Qué rara maravilla y que alegría
sintió mi fantasía
cuando mudada vio la sierpe fiera
en niña mansa y pura,
tan llena de ternura,
que no hay otra más dulce compañera!
¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
mi espíritu mimado
y en su inocente halago suspendido,
suavísimas las horas
tras de voces sonoras,
pasó vagando en venturoso olvido!
Decid a los que el odio en ella ensañan,
que viles os engañan
esa deidad al calumniar osados;
decidles, que no es ella
la que infunde a la bella
afectos en el alma depravados.
Si brota en malos troncos injertada
será porque arrancada
del primitivo suelo con violencia
de la rarna en que vive,
a su pesar recibe
el venenoso jugo su existencia.
Empero, no esa flor alba y hermosa
aroma perniciosa
de la doncella ofrece a los sentidos,
a los que tal dijeron,
decidles que mintieron
como necios y torpes y atrevidos.
Y aquéllas que sintáis algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
llegad tranquilamente,
y en su altar inocente
rendid vuestro homenaje de armonía.
Hallen los pensamientos oprimidos,
que ulceran los sentidos,
giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
si con silencio tanto
de ese mudo quebranto
los corazones ya no tenéis secos.
Cántenos su infortunio cada bella,
que si la pena de ella
penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
mejor que los doctores
explica sus dolores
con agudo gemir, el moribundo.
Dichas, amores, penas, alegrías,
lloros, melancolías,
trovad, al son de plácidos laúdes,
mas ¡ay de la cantora
que a esa región sonora
suba sin inocencia y sin virtudes!
Pues, en vez de quedar su vida impura
bajo de losa oscura
en silencioso olvido sepultada,
con su genio y su gloria,
de su perversa historia
eterno hará el baldón, la desdichada.
Cante la que mostrar la erguida frente
pueda serenamente
sin mancilla a la luz clara del cielo;
cante la cine a este mundo
de maldades fecundo
venga con su bondad a dar consuelo.
Cante, la que en su pecho fortaleza
para alzar con pureza
su espíritu al excelso templo, halle:
pero, la indigna dama
huya la eterna fama,
devore su ambición, se oculte y calle.
Carolina Coronado
A Alfonso De Lamartine
sonoro el instrumento
que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,
cuando torpe y doliente
la humanidad presente
al inaudito son se ha conmovido.
De pueblo en pueblo, hasta el confín de España
llegó la voz extraña,
de ese mi pobre valle, nunca oída,
y aun del valle tranquilo
en el oscuro asilo
con entusiasmo ardiente fue acogida.
Poco de claras letras entendemos
las hembras que nacemos
en el rincón, sin luz, de humilde villa;
y poco nos cuidamos
de ésos que no estudiamos
volúmenes de Francia o de Castilla.
Tardo, como de sordos, el oído
apenas el sonido
del agudo talento ¡ay! nos alcanza;
y turbios nuestros ojos
ven siempre con enojos
las luces del saber, en lontananza.
Postrado el femenil entendimiento
en hondo abatimiento
las vidas silenciosas consumimos;
ajenas a la fama
con que la tierra aclama
los sabios cuyas lenguas no entendimos.
Mas, una rara historia desdoblamos
en cuyo centro hallamos
impresos nuestros propios corazones,
y ansiosas, palpitantes;
con ojos anhelantes
cruzamos, sin descanso, sus renglones.
De lágrimas, Señor, la vena rota
vierais, gota por gota
las páginas bañar de vuestro escrito:
las almas inflamadas
vierais arrebatadas,
de gratitud, alzarse al infinito.
Vos solo revelasteis sentimientos
que nunca los acentos
de nuestros pechos modular osaron:
sólo en los labios vuestros
los infortunios nuestros
hoy sus fieles intérpretes hallaron.
¡Cuánto sabéis de penas femeninas!
¡Cuán puras y argentinas
corrientes de palabras generosas,
tierno y profundo sabio,
manan de vuestro labio
y alivian nuestras almas fatigosas.
La escala de las penas de la vida
tan larga y tan sentida,
habéis en nuestra historia recorrido,
y con distintos sones
todos los corazones
vibrando fuertemente han respondido.
Dicen que explica para docta gente
política eminente
de vuestro libro la preciosa historia:
dicen, que en las naciones
turbulentas pasiones
se levantan en torno a vuestra gloria.
Rudas, señor, y frívolas mujeres,
de los ilustres seres
los encumbrados juicios no alcanzamos;
pero las almas puras
de las buenas criaturas
mil votos por instinto os consagramos.
Os alaben los pueblos oprimidos
porque habéis sus gemidos
con soberano esfuerzo levantado,
y humíllense en la tierra
los que movieron guerra
al valiente pendón que hais tremolado.
La patria que en sus ínclitos blasones
muestra Napoleones,
láurea corona en vuestra sien suspenda;
mas, permitid que os lleve,
Señor, aunque tan leve,
el arpa femenil, su justa ofrenda.
¿Pues no somos también seres humanos?
¿No son nuestros hermanos
los que osáis ahogar por nuestras vidas?
¿No debemos cantaros
y las manos bañaros,
de lágrimas, señor, agradecidas...?
Suban entre el ferviente clamoreo
del aplauso europeo
nuestros votos también a vuestro oído,
como sube al ambiente
con la voz del torrente
el trino de la alondra confundido.
Hoy estamos del mundo en las regiones
hembras, niños, varones,
a general concierto convocados,
caiga perpetua mengua
sobre aquél cuya lengua
por vos no rompa en himnos acordados.
Del femenino coro aun el acento
embarga el sentimiento,
ya cantaros, Señor, vengo yo sola;
oídme con dulzura,
que es verdadera y pura
la ardiente bendición de una española.
Vos sois francés; la Francia os merecía;
pero no es patria mía,
y al ensalzar vuestro glorioso nombre
añado tristemente:
¡Oh Dios omnipotente!
¿Por qué no es español tan grande hombre?
Carolina Coronado
Cienfuegos
de más están las musas y la lira,
sobra la indignación que en mí respira
para cantar al vate castellano;
tendí mis ojos, y busqué en el llano
su tumba ilustre, y me encendió la ira,
cuando al decir su nombre, lengua extraña
«yace aquí, replicó, no está en
España».
Pueblo ¿es verdad? los huesos venerados
del noble y generoso caballero
¿los cubre por merced polvo extranjero?
¿No están en nuestras tierras sepultados?
¡Pueblo de fuertes hombres degradados!
¡Antípoda de gloria, pueblo ibero!
¡Que hayas de darnos siempre estos sonrojos
cuando a tus genios buscan nuestros ojos!
Como largo camino de hormiguero
de nuestra patria a Francia es el camino,
y yo al mirar a tanto peregrino
que recorre sin tregua aquel sendero,
van, dije, su adorado compañero
a rescatar del panteón vecino:
¿Traéis su polvo? pregunté impaciente,
«pondré de vose,» respondió la gente.
Duerme, poeta, que tu noble sombra
no ha menester que nuestro pueblo mire,
mientras contento en los salones gire
francés danzando en la francesa alfombra;
duerme, que al pueblo tu virtud asombra,
y es harto indigno de que el genio admire
dándole a tu sepulcro reverencia,
queden tus huesos del francés herencia.
Carolina Coronado
A Rioja
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
Carolina Coronado
A Quintana
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?
Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.
Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.
¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?
Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.
No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía...
¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?
Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.
Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.
Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean...
Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.
Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.
Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.
¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.
Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!
Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado...
No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.
¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
Carolina Coronado
A Quintana
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?
Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.
Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.
¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?
Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.
No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía...
¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?
Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.
Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.
Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean...
Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.
Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.
Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.
¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.
Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!
Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado...
No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.
¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
Carolina Coronado
A Quintana
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?
Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.
Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.
¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?
Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.
No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía...
¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?
Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.
Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.
Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean...
Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.
Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.
Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.
¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.
Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!
Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado...
No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.
¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
Carolina Coronado
Espronceda
A la Excma. señora marquesa de Monsalud y vizcondesa de San Salvador.
ESPRONCEDA
Rompió el divino sol por Oriente,
engalanado en nuevos resplandores,
hervía el prado en olorosas flores,
rebosaba en perfumes el ambiente,
trinaba el ruiseñor más dulcemente,
acrecentaba el agua sus rumores,
de nuestro pueblo humilde el pavimento
retemblaba aguardando algún portento.
De tu palacio antiguo, solo, oscuro,
en el rincón de la olvidada villa
surgió voz melancólica y sencilla,
como de niño tierno acento puro;
así el lloro dulcísimo figuro
del infante Ossián cabe la orilla
de la ruda Albión cuando nacía
como el bello Espronceda a luz del día.
Aquí al genio brillante de la España
plugo elegir su refulgente cuna,
por hacernos rivales en fortuna
con el Morven feliz de la Bretaña.
¿Quién la villa estrechísima que baña
por todo mar y arroyo una laguna,
y por muro y jardín cerca un sembrado
sin Espronceda hubiera recordado?
Ese cantor del sol tal vez al cielo,
Espíritu sin cuerpo, le pedía
ver la primera luz del claro día
del gran Cortés en el fecundo suelo;
y Dios tal vez al prematuro anhelo
del alma de Espronceda concedía
en raudal de talento transformado
el valor de Cortés nunca igualado.
Así brotó, cundió como los ríos,
como los mares se ensanchó en la tierra;
tempestad en amor, trueno en la guerra
fueron sus cantos bravos y sombríos;
¡Oh! si elevara sus acentos píos
a Dios loando el que blasfema aterra,
profeta de este siglo desgraciado
le volviera la fe que le han robado.
Destemplaron las cuerdas de su lira
los duros vicios, al rozar con ellos,
y en sus cantares, cuanto amargos bellos,
toda verdad apellido mentira;
loco de padecer, llorando de ira,
ve la nieve asomar a sus cabellos;
y ¡ay! ¡cómo entonces se lastima y canta,
y el corazón con su gemir quebranta!
Dichosa muerte que aplacó tal vida;
dichosa vida por tan presta muerte;
¿debe sino yacer en polvo inerte
el que su fe en el mundo ve perdida?
Por todo el corazón ya carcomida
palma gallarda fue que al noto fuerte
no pudo resistir con su corteza,
y a la tierra inclinó la gran cabeza.
¡Oh! ¡cuán diverso fue el risueño día
en que brotó en la tierra ese capullo
mimado de las brisas al arrullo,
festejado del ave a la armonía!
¡Oh quién su primitiva lozanía
sin su infortunio, su impiedad, su orgullo,
pudiera devolver al genio muerto
primer cantor del español concierto!
Madrid, Bretaña, su amargado canto
su juventud penosa han obtenido;
mas del pueblo extremeño sólo han sido
sus puros ayes, su inocente llanto.
¡Salve por esa cuna y honor tanto
y tanta gloria, pueblo esclarecido;
campana que sonaste alegremente
cuando el agua de Dios bañó su frente!
¡Salve campiña floreciente y leda,
que diste aromas al solemne día,
raza de aves que en la patria mía
cantaron la venida de Espronceda!
¡Salve morada que tapiz de seda
prestaste al niño huésped que nacía!
¡Salve dueña feliz de la morada
donde tan gran memoria está guardada!
Almendralejo, 1846
Carolina Coronado
El Siglo De Las Reinas Al Nacimiento De La Princesa De Asturias
en el lejano viento
me parece escuchar... ¿Resuena un lloro,
o es el gemido blando
que en las peñas rodando
alza el agua del Gévora sonoro?
Mas, ¿no es el medio siglo?... ¿No es el día
en que nacer debía
nueva princesa, porque Dios abona
su reinado en el mundo,
y de reinas fecundo
es de reinas por siglos la corona?
En dos brazos el siglo dividido
el uno ha recorrido
doce veces las horas del pasado,
y lento en su carrera
el otro de la esfera
a la mitad del círculo ha llegado.
Ésta es la hora del suceso fijo
que el alma nos predijo
cuando rogamos con fervor al cielo,
y el acento más leve
que la ráfaga lleve
será la voz del ángel del consuelo.
¡Ay! yo apartada en valle tan distante
escucho palpitante
de roncos vientos el rumor lejano,
y no puede mi oído
percibir si el gemido
se exhala del alcázar soberano.
Pero es mi corazón arpa vibrante,
que rompe en este instante
lanzando un himno de alegría a España,
y si me engaña el viento
remedando un acento,
la santa inspiración nunca me engaña.
¡Oh vosotros ligeros peregrinos
que podéis los caminos
cruzar por la pendiente de estas sierras!
Volad a las ciudades,
y desde Creux a Gades
veréis el resplandor de nuestras tierras.
Si andáis de vuestra patria desterrados,
¡oh pobres desgraciados!
sabed que ya al hogar volvéis mañana,
sabed que vuestros hijos
con locos regocijos
se acercan al cañón y a la campana.
El bronce va a lanzar con voz tonante,
mísero caminante,
el grito de perdón de torre en torre,
perdón de muro en muro,
y del perdón seguro
ya de la torre al muro el niño corre.
Esa voz misteriosa que gemía,
y que el son parecía
del viento que murmura en la palmera,
ese lloro suave
como el trino de un ave,
del ángel salvador el llanto era.
¿Por qué vienes llorando, tú, alma mía,
si eres nuestra alegría
y a esperarte los pueblos van cantando?
¿Por qué tu boca pura
que nos da la ventura,
ángel del cielo, nos la da llorando?
¡Bendito el llanto que tu rostro baña,
riego fecundo a España,
bebida de los pobres condenados
a los duros tormentos
que caminan sedientos
de sus huérfanos hijos apartados!
Agua bendita que de culpas lava
la humilde frente esclava
del que amarrado a las argollas gime;
¡cuántos beben tu llanto
y aclaman por mi canto
al ángel salvador que los redime!
Tú eres sólo, Señora, la afligida,
tú que eres tan querida,
tú que nos cumples la esperanza santa,
tú que el dolor serenas,
tú que calmas las penas,
tú sola lloras cuando el reino canta.
Hoy se calman por ti nuestros rencores,
hoy todos los clamores
son un canto de paz a tu venida,
tus tierras y tus mares
resuenan en cantares
que América repite conmovida.
Tus villas se iluminan una a una
para alumbrar tu cuna
como blandones de tu reino entero,
y a sus luces brillantes
se ven sombras errantes
que cruzan por el Tajo y por el Duero.
La historia que leí de los profetas
y divinos poetas,
viene esta noche a la memoria mía
por aquel gran consuelo
que en el monte Carmelo
la tribu del desierto recibía.
Ya cantan en el valle los pastores
entre zarzas y llores;
ya encienden las candelas a lo lejos
con la seca retama
a cuya roja llama
del Gévora relumbran los espejos.
Es como entonces el diciembre helado.
El cielo está anublado
y blanco el suelo por la escarcha fría,
y así como has venido
parece que ha nacido
el hijo deseado de María.
Mas Dios permite, en sus eternas leyes,
que en vez de nacer reyes
nazcan a nuestro reino soberanas,
y a un dulce reinado
el siglo acostumbrado
te saluda en las tierras castellanas.
Dios ha querido, en su saber profundo,
que de reinas fecundo
fuera este siglo con que al sexo abona,
y de reinas envía
la bella dinastía,
y es de reinas, por siglos, la corona.
¡Vivirás! ¡reinarás! la fe no miente
al corazón ardiente
que te presagia gloria venidera;
nuestro siglo ha vencido,
tú, princesa, has venido
a coronar el fin de su carrera.
Carolina Coronado
A Luis Felipe Destronado
¿No sabes que en los mares
aun la roca inmortal de Santa Elena
te brinda con su asilo?
¿que allí lecho tranquilo
tienes guardado en la caliente arena?
Aun hallarás la arena removida
con la huella atrevida
de otro Napoleón, que destronado
fue también a esa tierra;
aun su lauro de guerra
los trópicos allí no han marchitado.
Tú no fuiste a insultar con tus trofeos
los muertos Ptolomeos,
ni entre el eco marcial de los cañones
ligero cabalgando,
cadáveres hollando,
has llevado el terror a las naciones.
Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,
dabas leyes al mundo,
y a una mirada sola que lanzaban
tus ojos indignados,
los tercios espantados
el acero a tus plantas humillaban.
Y ¿piensas tú que el mundo te perdona
que unas genio y corona
y gobernando sin temor ni traba,
des a tu antojo, leyes
y domines los reyes,
y a Europa tengas de tu mente esclava?
...Ve, rey, a descansar. Londres te espera
como una hambrienta fiera
para tragar de Francia los despojos;
ella que hundió en la tierra
vuestro genio de guerra,
también a ti te cerrará los ojos.
Rivales en lo eterno ambas naciones
con dos Napoleones,
de la guerra y la paz a ti te halaga
¡oh Francia! la fortuna;
mas ¡ay! tú eres su cuna
e Inglaterra es la tumba que los traga.
Carolina Coronado
A Luis Felipe Destronado
¿No sabes que en los mares
aun la roca inmortal de Santa Elena
te brinda con su asilo?
¿que allí lecho tranquilo
tienes guardado en la caliente arena?
Aun hallarás la arena removida
con la huella atrevida
de otro Napoleón, que destronado
fue también a esa tierra;
aun su lauro de guerra
los trópicos allí no han marchitado.
Tú no fuiste a insultar con tus trofeos
los muertos Ptolomeos,
ni entre el eco marcial de los cañones
ligero cabalgando,
cadáveres hollando,
has llevado el terror a las naciones.
Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,
dabas leyes al mundo,
y a una mirada sola que lanzaban
tus ojos indignados,
los tercios espantados
el acero a tus plantas humillaban.
Y ¿piensas tú que el mundo te perdona
que unas genio y corona
y gobernando sin temor ni traba,
des a tu antojo, leyes
y domines los reyes,
y a Europa tengas de tu mente esclava?
...Ve, rey, a descansar. Londres te espera
como una hambrienta fiera
para tragar de Francia los despojos;
ella que hundió en la tierra
vuestro genio de guerra,
también a ti te cerrará los ojos.
Rivales en lo eterno ambas naciones
con dos Napoleones,
de la guerra y la paz a ti te halaga
¡oh Francia! la fortuna;
mas ¡ay! tú eres su cuna
e Inglaterra es la tumba que los traga.
Carolina Coronado
Al Emperador Carlos V
Si el rayo sacrosanto
del entusiasmo que mi sangre enciende,
alienta la poesía,
¿cuál mejor que la mía
de Carlos el espíritu comprende?
Alta categoría entre los reyes,
fueron, ya, de sus leyes
soberanos altivos los vasallos;
los príncipes de Europa
le siguieron en tropa,
sirviendo a su carroza de caballos.
Aun su excelso valor, su genio santo
al héroe de Lepanto
y a Felipe virtudes infundieron,
que bastó la vertiente
del colosal torrente
para engendrar los ríos que corrieron.
¡El César! el que asombro de Pavía,
la lis que florecía
sobre las sienes del primer Francisco
arranca, y al valiente
conduce con su gente
como a dócil rebaño hacia el aprisco.
¡El César! que espantando, al africano
lleva el pendón cristiano
flotando por encima de los mares
a la moruna almena,
donde el clamor atruena
de bárbaros vencidos, a millares.
¡El César! el que en Sena y en Toscana
a la gente otomana
y a los hijos del alto Pirineo
hace volar medrosos,
dejando vergonzosos
cien banderas deshechas por trofeo...
Empero ¿a qué, Señor, pasada gloria
recordar a esta escoria
de la española raza? ¿Para ejemplo?
¡Ha mucho que mi lira
que por gloria suspira
de los héroes de España en honor templo!
¿Y quién me oyó? ¿Los pájaros del
monte
que pueblan mi horizonte?
¿Los reptiles que habitan el sembrado?
¿El perro de cabaña,
o la oscura alimaña
que atraviesa de noche este collado?
¡Qué somos ya! las gentes humilladas
al extranjero dadas,
a servir a sus fardos de camellos;
¿tenemos corazones
que sientan emociones
con la memoria de los héroes bellos?
¿Sabemos qué es valor, lo que es nobleza?
¿Nos deja la tristeza
cuando del pecho roba hasta el aliento,
ni fuerza en nuestro pasmo
a un soplo de entusiasmo,
de noble admiración a un pensamiento?...
¿Por qué no eternos son los grandes reyes?
¿Por qué a las mismas leyes
sujeto de morir que los tiranos,
está Carlos divino?
¡Qué injusto es el destino!
¡Qué duros de entender son sus arcanos!
Y aún el breve reinado de consuelo
nos acortara el cielo,
túnica revistiendo penitente
al que manto vestía,
que puso al Mediodía
pavor, envidia al Sur, miedo al Oriente.
«Pueblos -dijo el gran rey a las naciones-
ya visteis mis blasones,
donde asomé la faz, tembló la tierra,
Francia besó mi planta,
y a mi antojo se canta
el himno de su paz y el de su guerra.
»¿Veis que avasallo al indio, al castellano,
alemán y al romano,
tanta de mi corona es la grandeza?
Pues con desdén profundo
yo la cambio en el mundo
¡qué escarmiento, ambición! por la pobreza».
Y desciñendo de su augusta frente
la diadema potente,
apareció más alto a los mortales
de humildad revestido
que orgulloso ceñido
con las áureas coronas imperiales.
Carolina Coronado
Al Emperador Don Pedro De Portugal
gustaseis cortesanos
por la tierra guiar, para mí extraña,
a cantaros iría
una tierna poesía
del gran Pedro en honor, la hija de España.
¿En dónde yace el capitán osado,
en dónde el celebrado
conquistador, de vuestras tierras fama?
¿Dónde están sus despojos
porque admiren mis ojos
de sus laureles la fecunda rama?
Con el fuego que brota de la tierra
que sus restos encierra,
mi corazón entonces abrasado
audaz prorrumpiría
en himnos de armonía
que dejaran al pueblo entusiasmado.
Cantara del gran Pedro las hazañas
en sus largas campañas,
su genio, su valor y su nobleza,
y os arrancara el llanto
de ese entusiasmo santo
germen de la virtud y la grandeza.
Y también de tus ojos lograría,
soberana María,
lágrimas dulces de piadoso lloro,
con el elogio ardiente
que el labio reverente
al héroe diera, cuya tumba adoro.
Porque él dejó en los pechos su memoria,
María de la Gloria,
con fuego tan vivísimo esculpida,
que hasta el arpa extranjera
que lo canta y venera
se siente a su recuerdo enternecida.
¡Oh cuánto bien al pueblo lusitano
su protectora mano
hizo sentir, cuando celoso y tierno
sus males atendía,
al par que dirigía
de brasileños climas el gobierno.
Él le dio libertad, le dio laureles,
el los tercios crueles
del temerario príncipe arrolando,
marcó su feliz era
a la hermosa heredera
sobre el paterno trono colocando.
Aun arde el pueblo, aun de entusiasmo siente
la agitación ferviente
cuando de Pedro la marcial figura,
cuando su frente hermosa
grave y majestuosa,
ve, como sombra, alzarse en la llanura.
Aun de alegría se conmueve y llora
su voz fuerte y sonora,
al recordar cuando a su pueblo un día,
mostrando con ternura
a la doncella pura,
gritó el labio real «¡viva María!»
¡Cuán alto apareció sobre la tierra
el hijo de la guerra
al desnudar sus sienes imperiales,
aun joven su existencia,
de dos reinos la herencia
dividiendo con manos paternales!
Bien su espaciosa frente dos coronas,
de las opuestas zonas,
pudo ceñir el adalid valiente,
mas, un solo cabello
por más rico, más bello,
te pareció corona suficiente.
¡Cántalo, Portugal, canta orgulloso
al héroe generoso
cuya tumba saludan las comarcas,
que si breve es tu suelo,
son, por gracia del cielo,
más grandes que tu reino tus monarcas!
Carolina Coronado
A Isabel La Católica
a descubrir la inmensa pesadumbre
de los luceros rojos,
en la celeste cumbre
te hallaran con la santa muchedumbre.
En resplandor el oro
trocado de la espléndida corola,
que puso espanto al moro,
a los cielos, tú sola
prestas, más luz que el sol, con tu aureola.
¡Oh tierra gobernada
por tu cetro sagrado y victorioso
cual se miró encumbrada!
¡Oh pueblo venturoso,
oh trono de la Iberia glorioso!
Por ti aquel noble empeño
con fama coronó el pueblo cristiano;
por ti de la mar dueño
el genio soberano,
un nuevo mundo hallo en el Océano.
Mas eran a tu alma
dos mundos en la tierra espacio estrecho,
y una tercera palma
a conquistar derecho
tu espíritu se alzaba a mayor trecho.
Reina a la par y santa,
de majestad en majestad te alzaste,
y hasta do se levanta
el mismo sol llegaste,
y sobre los luceros te asentaste.
¡Oh sacra! ¡Oh gran matrona
de la cristiana grey! ¡Oh reina mía!
Sé tú de la corona
que sustentaste un día,
inexpugnable amparo y guarda pía.
Bendice tú, y alienta
la adorada, infantil, cabeza pura
que hoy tu diadema ostenta,
y bajo la ternura
de tu divino amor crezca segura.
Carolina Coronado
A Napoleón
inspiración febril, es más ardiente
la llama que discurre por mi frente,
y el alma absorbe, el corazón me inquieta.
»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;
cuando el vértigo insano me arrebata,
sueño que en nube de luciente plata
voy por el mundo un huracán siguiendo.
»El rayo en torno de mi frente gira,
el aquilón bajo mis plantas brama,
y lucho y venzo, y mi furor se inflama,
y ansiosa el alma a otra victoria aspira.
»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,
avasallar los pueblos y los reyes;
romper sus cetros; derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.
»Ancha cadena que circunde el polo
yo quiero eslabonar con mis guerreros;
y bajo el pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevar yo solo.
»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento
sus brillantes magníficas estrellas,
¡también imperios levantara en ellas
para ensanchar allí mi pensamiento!»
¡Francia, levanta! sal del caos profundo
en que yace tu pueblo sepultado,
que en brazo poderoso tremolado
va tu estandarte a conquistar el mundo.
¿Quién distinguir entre la inmensa grey
podrá al caudillo de tamaña empresa?
¿Qué señal en el rostro lleva impresa
el que del solio arrojará a tu rey?
Ese mancebo que los brazos grave
cruza sobre su seno, y la mirada
como águila en el sol, ardiente, osada,
clava en la multitud... ése lo sabe.
¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara
si su mirar la turba comprendiera!...
¡Si su ambición oculta sorprendiera
de ese rubio garzón, cuál se burlara!
Joven es el león; mas ya en la tierra
no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,
y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance
ese joven león grito de guerra.
Verás como esa voz de los franceses
de pecho en pecho noble se difunde;
como chispa de fuego prende y cunde
de caña en caña por las secas mieses.
Verás, tras el magnífico estandarte
donde el águila altiva se reposa,
como tu juventud marcha orgullosa
la libertad, la gloria a conquistarte.
¡Verás!... mas antes que el caudillo sea
héroe conquistador de las naciones,
deja que a Egipto lleve sus legiones
y del grande Ramsé la tumba vea.
«Éstas de reyes son y emperadores
las moradas magníficas que habitan,
éste es el rico manto en que dormitan
de tierras y de mares los señores...
ȃste es el cetro que en sus regias manos
fue látigo cruel o adorno inútil:
no es que un brillo me seduzca fútil
si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!
»No es que me ciega joya tan lucida,
¡es que me irrita que los pueblos lloren,
es que me irrita que temblando adoren
los pueblos esa joya envilecida!...
»Y esta corona... ¿sola una diadema?
¿cien batallas por una solamente?
¿Será una sola incienso suficiente
para este fuego que mis sienes quema?
»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!
yo haré que en una sola se refundan
las coronas que, inútiles, circundan
tantas míseras frentes en la tierra!»
¡Huid del monte aquel resplandeciente
que de Austerlitz se eleva en las llanuras...
Huye, Alejandro, antes que en sus alturas
volcán oculto brote de repente
¡Ay! que ya va tu juventud ardiente
a estrellarse en las águilas seguras...
Las nubes su vapor todo han juntado,
y el suelo va a quedar todo anegado.
Pero en sangre, Señor, en sangre pura,
porque el rey de las águilas osadas
donde terrible asienta sus pisadas
de cadáveres cubre la llanura;
cual los ojos de fiera en noche oscura
relucen entre el humo sus espadas,
y a bandadas los cuervos por el viento
síguenle en torno con feroz contento.
Caen, como en horrible terremoto,
las torres desplomadas, sus legiones,
sobre los extranjeros campeones
que osan poner a sus victorias coto;
bajo los pies de sus caballos roto
yace el blasón de dos fuertes naciones,
y dos imperios juntos retroceden
y dos monarcas el laurel le ceden.
¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,
lograste avasallar pueblos y reyes,
romper sus cetros, derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.
¡Napoleón! tú que abarcando el polo
con tu cadena inmensa de guerreros,
bajo del pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevabas solo.
¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano
dejas bogar tu nave huyendo de ella?
¿Has ido a conquistar alguna estrella
para alzar otro imperio soberano?