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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Napoleón

«No es ira, no es amor, no es del poeta
inspiración febril, es más ardiente
la llama que discurre por mi frente,
y el alma absorbe, el corazón me inquieta.

»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;
cuando el vértigo insano me arrebata,
sueño que en nube de luciente plata
voy por el mundo un huracán siguiendo.

»El rayo en torno de mi frente gira,
el aquilón bajo mis plantas brama,
y lucho y venzo, y mi furor se inflama,
y ansiosa el alma a otra victoria aspira.

»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,
avasallar los pueblos y los reyes;
romper sus cetros; derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

»Ancha cadena que circunde el polo
yo quiero eslabonar con mis guerreros;
y bajo el pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevar yo solo.

»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento
sus brillantes magníficas estrellas,
¡también imperios levantara en ellas
para ensanchar allí mi pensamiento!»

¡Francia, levanta! sal del caos profundo
en que yace tu pueblo sepultado,
que en brazo poderoso tremolado
va tu estandarte a conquistar el mundo.

¿Quién distinguir entre la inmensa grey
podrá al caudillo de tamaña empresa?
¿Qué señal en el rostro lleva impresa
el que del solio arrojará a tu rey?

Ese mancebo que los brazos grave
cruza sobre su seno, y la mirada
como águila en el sol, ardiente, osada,
clava en la multitud... ése lo sabe.

¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara
si su mirar la turba comprendiera!...
¡Si su ambición oculta sorprendiera
de ese rubio garzón, cuál se burlara!

Joven es el león; mas ya en la tierra
no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,
y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance
ese joven león grito de guerra.

Verás como esa voz de los franceses
de pecho en pecho noble se difunde;
como chispa de fuego prende y cunde
de caña en caña por las secas mieses.

Verás, tras el magnífico estandarte
donde el águila altiva se reposa,
como tu juventud marcha orgullosa
la libertad, la gloria a conquistarte.

¡Verás!... mas antes que el caudillo sea
héroe conquistador de las naciones,
deja que a Egipto lleve sus legiones
y del grande Ramsé la tumba vea.

«Éstas de reyes son y emperadores
las moradas magníficas que habitan,
éste es el rico manto en que dormitan
de tierras y de mares los señores...

ȃste es el cetro que en sus regias manos
fue látigo cruel o adorno inútil:
no es que un brillo me seduzca fútil
si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!

»No es que me ciega joya tan lucida,
¡es que me irrita que los pueblos lloren,
es que me irrita que temblando adoren
los pueblos esa joya envilecida!...

»Y esta corona... ¿sola una diadema?
¿cien batallas por una solamente?
¿Será una sola incienso suficiente
para este fuego que mis sienes quema?

»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!
yo haré que en una sola se refundan
las coronas que, inútiles, circundan
tantas míseras frentes en la tierra!»

¡Huid del monte aquel resplandeciente
que de Austerlitz se eleva en las llanuras...
Huye, Alejandro, antes que en sus alturas
volcán oculto brote de repente

¡Ay! que ya va tu juventud ardiente
a estrellarse en las águilas seguras...
Las nubes su vapor todo han juntado,
y el suelo va a quedar todo anegado.

Pero en sangre, Señor, en sangre pura,
porque el rey de las águilas osadas
donde terrible asienta sus pisadas
de cadáveres cubre la llanura;

cual los ojos de fiera en noche oscura
relucen entre el humo sus espadas,
y a bandadas los cuervos por el viento
síguenle en torno con feroz contento.

Caen, como en horrible terremoto,
las torres desplomadas, sus legiones,
sobre los extranjeros campeones
que osan poner a sus victorias coto;

bajo los pies de sus caballos roto
yace el blasón de dos fuertes naciones,
y dos imperios juntos retroceden
y dos monarcas el laurel le ceden.

¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,
lograste avasallar pueblos y reyes,
romper sus cetros, derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

¡Napoleón! tú que abarcando el polo
con tu cadena inmensa de guerreros,
bajo del pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevabas solo.

¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano
dejas bogar tu nave huyendo de ella?
¿Has ido a conquistar alguna estrella
para alzar otro imperio soberano?
550
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Memoria A Los Héroes Y A Los Reyes A Hernán Cortés

Llevadme a contemplar su estatua bella,
llevadme a su soberbio mausoleo...
¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo
que éste es mezquino e ilusoria aquélla;
¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella
para alcanzar de España ese trofeo?
¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores
para labrarte, Hernán, tales primores!—

Paréceme que el héroe se levanta
y hacia América el brazo armado tiende,
que avergonzada España le comprende
y el rostro no osa alzar fijo en su planta,
ella, la dueña de riqueza tanta,
hasta la prez de su conquista vende,
y aun juzga escaso el ganancioso fruto
para ofrecerle un mármol por tributo.

Cuando a su casa venga el extranjero,
¿qué osará responder la noble dama
si anhela ver, Ilevado por su fama,
la tumba del ilustre caballero?
«Ved, le dirá, si el cementerio ibero
guarda un sepulcro que de Hernán se llama,
que a mí, pues heredé ya su fortuna,
ni su tumba me importa ni su cuna».

Eso dirá, y el hijo de Bretaña
o el vecino francés, si el huésped fuera,
con sarcástica risa respondiera
a la matrona: «descastada España,
con que no le valió a Cortés la hazaña
ni una tumba de mármoles siquiera?
¿Y nacen héroes en la tierra ingrata
que así los huesos de los héroes trata?

»¿Es la igualdad que esa nación proclama
la que deja en el polvo confundido,
al buen conquistador con el bandido,
al que la presta honor y al que la inflama?
Grande nación esa nación se llama,
y la imagen del hombre esclarecido
no levanta cien palmos sobre el suelo
para mostrarla al pueblo por modelo...?»—

Callad, callad, que vuestra lengua mata;
no a lamentar venís nuestro destino,
sino a mofaros dél, el mal vecino,
y a desolarnos más, el cruel pirata;
si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,
nada os importa, andad vuestro camino,
que así cual es la madre que tenemos
mejor que a las madrastas la queremos.

Así cual es, la envidian las naciones,
virtudes brota en manantial fecundo,
Corteses manda a conquistar el mundo,
que descubren por ella los Colones;
si Bonaparte, rotas sus legiones,
la paz desecha, con desdén profundo,
Cortés entre salvajes y traidores
pone incendio a sus buques salvadores.

Arde la flota, irrítase la gente
a quien cierra la huida acción tamaña;
solo, perdido sobre tierra extraña,
Cortés la doma, al bárbaro hace frente,
y conquistarlo y tórnase él valiente
a rendir su laurel glorioso a España,
que... lo destierra, lo aprisiona en vida
y lo desprecia en muerte... agradecida.—

No veremos, Hernán, tu estatua bella
ni tu losa hallaremos ignorada;
pero en mi tierra existe la morada
donde estampaste tu primera huella;
pensaremos en ti delante de ella,
la extremeña familia arrebatada
de orgullo; porque plugo a la fortuna
en nuestra tierra colocar tu cuna.
611
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Memoria A Los Héroes Y A Los Reyes A Hernán Cortés

Llevadme a contemplar su estatua bella,
llevadme a su soberbio mausoleo...
¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo
que éste es mezquino e ilusoria aquélla;
¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella
para alcanzar de España ese trofeo?
¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores
para labrarte, Hernán, tales primores!—

Paréceme que el héroe se levanta
y hacia América el brazo armado tiende,
que avergonzada España le comprende
y el rostro no osa alzar fijo en su planta,
ella, la dueña de riqueza tanta,
hasta la prez de su conquista vende,
y aun juzga escaso el ganancioso fruto
para ofrecerle un mármol por tributo.

Cuando a su casa venga el extranjero,
¿qué osará responder la noble dama
si anhela ver, Ilevado por su fama,
la tumba del ilustre caballero?
«Ved, le dirá, si el cementerio ibero
guarda un sepulcro que de Hernán se llama,
que a mí, pues heredé ya su fortuna,
ni su tumba me importa ni su cuna».

Eso dirá, y el hijo de Bretaña
o el vecino francés, si el huésped fuera,
con sarcástica risa respondiera
a la matrona: «descastada España,
con que no le valió a Cortés la hazaña
ni una tumba de mármoles siquiera?
¿Y nacen héroes en la tierra ingrata
que así los huesos de los héroes trata?

»¿Es la igualdad que esa nación proclama
la que deja en el polvo confundido,
al buen conquistador con el bandido,
al que la presta honor y al que la inflama?
Grande nación esa nación se llama,
y la imagen del hombre esclarecido
no levanta cien palmos sobre el suelo
para mostrarla al pueblo por modelo...?»—

Callad, callad, que vuestra lengua mata;
no a lamentar venís nuestro destino,
sino a mofaros dél, el mal vecino,
y a desolarnos más, el cruel pirata;
si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,
nada os importa, andad vuestro camino,
que así cual es la madre que tenemos
mejor que a las madrastas la queremos.

Así cual es, la envidian las naciones,
virtudes brota en manantial fecundo,
Corteses manda a conquistar el mundo,
que descubren por ella los Colones;
si Bonaparte, rotas sus legiones,
la paz desecha, con desdén profundo,
Cortés entre salvajes y traidores
pone incendio a sus buques salvadores.

Arde la flota, irrítase la gente
a quien cierra la huida acción tamaña;
solo, perdido sobre tierra extraña,
Cortés la doma, al bárbaro hace frente,
y conquistarlo y tórnase él valiente
a rendir su laurel glorioso a España,
que... lo destierra, lo aprisiona en vida
y lo desprecia en muerte... agradecida.—

No veremos, Hernán, tu estatua bella
ni tu losa hallaremos ignorada;
pero en mi tierra existe la morada
donde estampaste tu primera huella;
pensaremos en ti delante de ella,
la extremeña familia arrebatada
de orgullo; porque plugo a la fortuna
en nuestra tierra colocar tu cuna.
611
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cádiz

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo...
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!...
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.

¡Tú eres el mar!... ¡el mar!... no eres el
río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.

¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?...
La Francia se ha tragado a su monarca.

¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.

¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.

¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.

¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.

¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.

Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.

Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.

¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo...
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.

¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.

Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo misino que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.

¡Adiós, amigos!... ¡tierra hospitalaria!...
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te
vea!»
737
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Liceo De La Habana

Aquí ha vivido al pie de la corriente
conmigo nada más la golondrina;
¿quién pudo en ese vasto continente
el nombre repetir de Carolina?
¿quién os dijo que canto tristemente
sino fuera del valle esa vecina,
que os va a contar al cielo americano
lo que pasa en mi tierra en el verano?

¿Es esa negra quien mi voz sorprende
cuando gimo en el valle descuidada,
y allá más lejos mi secreto vende
cuando yo de su amor no cuento nada?
No ha podido ella ser... ella no entiende
ni mi suspiro ni mi voz ahogada,
y aunque a mi lado viva en el estío
nada os pudo llevar del canto mío...

¿Cómo, tampoco el viento que a las olas
del olvidado Gévora murmura,
en las últimas tierras españolas,
os pudo transmitir mi voz oscura?
¿cuál, pues, de las marinas banderolas
que flotan de la mar por la llanura
agitando en sus olas la poesía,
americanos, trasportó la mía?

Porque sabéis de mí... sabéis mi nombre...
sabéis que canto y repetís mi acento...
y en alabanza, por que más me asombre,
respondéis a mi oculto pensamiento;
y no adivina el corazón del hombre
lo que pude sentir ni lo que siente,
como en mi propio canto repetido
mi eterna gratitud no hayáis oído.

Sabréis que ha sido mi ventura tanta,
que yo he nacido en la inmortal colina
donde nació aquel hombre a cuya planta
el pabellón de América se inclina;
aquél por quien se eleva la cruz santa
y la luz evangélica ilumina
en ese mundo hermoso y opulento,
a donde fue a exhalar su último aliento.

Y sabréis que me siento en una peña
a ver al toro derribar la cuna
de aquel grande Cortés que nuestra enseña
clavó sobre las torres de la luna;
que en la cóncava piedra berroqueña
de su blasón echar de la laguna,
he visto el agua... y dar a nuestros bueyes
la copa digna de beber los reyes.

Y que levanto la mirada al cielo
a darle gracias por el gran caudillo
no tiene su sepulcro en este suelo
que empaña de su cuna el claro brillo;
y que dirijo con gozoso anhelo
al Occidente el corazón sencillo,
para decir «salud» a los hermanos
que guardan los sepulcros castellanos.

Hijos de aquella isla hospitalaria
donde brindan las palmas en reposo,
sabréis cómo en mi tierra solitaria
agradecemos vuestro asilo honroso;
y apenas escucháis nuestra plegaria,
cuando tendiendo el brazo generoso,
atravesáis el mar con digno ejemplo
para hacernos entrar en vuestro templo.

Y ¿a quién hoy sino a mí, pobre criatura;
cigarra de estos sucios labradores,
del áspero rincón de Extremadura
se tornan vuestros ojos protectores?
Mi canto agreste por mi tierra dura
el oído desgarra a los pastores,
y yo propia cansada de mi tono
al silencio del campo me abandono.

Pero a vosotros mi insonoro eco
dulce parece por sonar lejano,
y ya del sulco en el ingrato hueco
vuelvo a cantar en mi eternal verano;
no importa que mi son rústico y seco
aleje a los pastores de este llano,
si atravesando los lejanos mares
llegan a vuestro cielo mis cantares.

¡Gracias! el llanto que al oíros brota
refresca mi semblante y me consuela,
el alma a bordo de mi arpa rota
ya por los mares a encontraros vuela;
al pie de vuestra palma gota a gota
caerá ese llanto que mi fe revela,
¡y a la sombra feliz de vuestra palma
entre las vuestras vivirá mi alma!
481
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Liceo De La Habana

Aquí ha vivido al pie de la corriente
conmigo nada más la golondrina;
¿quién pudo en ese vasto continente
el nombre repetir de Carolina?
¿quién os dijo que canto tristemente
sino fuera del valle esa vecina,
que os va a contar al cielo americano
lo que pasa en mi tierra en el verano?

¿Es esa negra quien mi voz sorprende
cuando gimo en el valle descuidada,
y allá más lejos mi secreto vende
cuando yo de su amor no cuento nada?
No ha podido ella ser... ella no entiende
ni mi suspiro ni mi voz ahogada,
y aunque a mi lado viva en el estío
nada os pudo llevar del canto mío...

¿Cómo, tampoco el viento que a las olas
del olvidado Gévora murmura,
en las últimas tierras españolas,
os pudo transmitir mi voz oscura?
¿cuál, pues, de las marinas banderolas
que flotan de la mar por la llanura
agitando en sus olas la poesía,
americanos, trasportó la mía?

Porque sabéis de mí... sabéis mi nombre...
sabéis que canto y repetís mi acento...
y en alabanza, por que más me asombre,
respondéis a mi oculto pensamiento;
y no adivina el corazón del hombre
lo que pude sentir ni lo que siente,
como en mi propio canto repetido
mi eterna gratitud no hayáis oído.

Sabréis que ha sido mi ventura tanta,
que yo he nacido en la inmortal colina
donde nació aquel hombre a cuya planta
el pabellón de América se inclina;
aquél por quien se eleva la cruz santa
y la luz evangélica ilumina
en ese mundo hermoso y opulento,
a donde fue a exhalar su último aliento.

Y sabréis que me siento en una peña
a ver al toro derribar la cuna
de aquel grande Cortés que nuestra enseña
clavó sobre las torres de la luna;
que en la cóncava piedra berroqueña
de su blasón echar de la laguna,
he visto el agua... y dar a nuestros bueyes
la copa digna de beber los reyes.

Y que levanto la mirada al cielo
a darle gracias por el gran caudillo
no tiene su sepulcro en este suelo
que empaña de su cuna el claro brillo;
y que dirijo con gozoso anhelo
al Occidente el corazón sencillo,
para decir «salud» a los hermanos
que guardan los sepulcros castellanos.

Hijos de aquella isla hospitalaria
donde brindan las palmas en reposo,
sabréis cómo en mi tierra solitaria
agradecemos vuestro asilo honroso;
y apenas escucháis nuestra plegaria,
cuando tendiendo el brazo generoso,
atravesáis el mar con digno ejemplo
para hacernos entrar en vuestro templo.

Y ¿a quién hoy sino a mí, pobre criatura;
cigarra de estos sucios labradores,
del áspero rincón de Extremadura
se tornan vuestros ojos protectores?
Mi canto agreste por mi tierra dura
el oído desgarra a los pastores,
y yo propia cansada de mi tono
al silencio del campo me abandono.

Pero a vosotros mi insonoro eco
dulce parece por sonar lejano,
y ya del sulco en el ingrato hueco
vuelvo a cantar en mi eternal verano;
no importa que mi son rústico y seco
aleje a los pastores de este llano,
si atravesando los lejanos mares
llegan a vuestro cielo mis cantares.

¡Gracias! el llanto que al oíros brota
refresca mi semblante y me consuela,
el alma a bordo de mi arpa rota
ya por los mares a encontraros vuela;
al pie de vuestra palma gota a gota
caerá ese llanto que mi fe revela,
¡y a la sombra feliz de vuestra palma
entre las vuestras vivirá mi alma!
481
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cuba

Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;

Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.

Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.

Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza...
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.

Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»...

Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!

Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?

Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen...
y que, será verdad... y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía...

Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.

Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.

Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos...
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!...

Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.

Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cuba

Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;

Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.

Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.

Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza...
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.

Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»...

Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!

Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?

Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen...
y que, será verdad... y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía...

Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.

Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.

Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos...
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!...

Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.

Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cuba

Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;

Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.

Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.

Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza...
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.

Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»...

Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!

Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?

Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen...
y que, será verdad... y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía...

Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.

Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.

Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos...
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!...

Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.

Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cuba

Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;

Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.

Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.

Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza...
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.

Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»...

Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!

Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?

Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen...
y que, será verdad... y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía...

Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.

Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.

Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos...
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!...

Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.

Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Última Tarde En Andalucía

En despedidas nuestra vida pasa
cada día un adiós ¡ay triste vida!
¡que siendo vida en tiempo tan escasa,
la hayamos de pasar tan afligida!
Aun el de ayer nuestra mejilla abrasa
llanto de la postrera despedida,
y hoy se agolpa a los ojos otro tanto...
¡qué lluvia tan perenne es la del llanto!

Yo que no dejo hogar en que viviera,
una piedra ni un árbol conocido,
sin que al mirarlo por la vez postrera
no me arranque una lágrima, un gemido;
paso en lamentación mi vida entera:
mas ¿cómo sin lamentos me despido?
¿cómo no ha de llorar el alma mía
cuando te pierdo, hermosa Andalucía?

Hasta al mismo dolor si se despide
le damos al pasar una mirada,
una mirada que el espacio mide
de aquella hora en su región pasada.
¿Cómo podéis pensar que el bien se olvide?
¿cómo podéis querer que yo olvidada
de esta hermosa y dulcísima ribera
no le dé ni una lágrima siquiera?

Las bellas tardes que pasé a su orilla
¿sabéis que fueron para mí muy bellas?
¿sabéis que de la barca más sencilla
gozo en seguir las relucientes huellas?
¿sabéis que es más hermosa cuando brilla
aquí la luna, el sol y las estrellas,
y que voy a sufrir más desconsuelo
cuando me aleje de tan claro cielo?

¿Sabéis que necesito en este ambiente
ahogarme en azahar, morirme en rosas
para aliviar mi corazón doliente,
de emociones muy tristes, muy penosas?
¿sabéis que he menester la luz candente
de esas puras mañanas vaporosas,
aspirar de estos huertos en la calma,
para alejar el tedio de mi alma?

¿Habéis mirado el agua en la llanura
cuando se oculta el sol en la arboleda,
los árboles bañando y la frescura
y la fragancia que al bañarlos queda
habéis sentido allí... ¡Ah! qué ternura
inspira el son del agua cuando rueda
por los campos de acacia perfumados
y sus ecos muriendo en los collados.

¡O amiga tierra! ¡O vale regalado!
O sol ardiente, sol de Mediodía,
como al insecto yerto has reanimado
mi ser que en el dolor languidecía;
en pago al caro bien que tú me has dado
te doy mi corazón en mi poesía,
y aunque la hieran con su diente insano
canes que al darles pan muerden la mano.

Poco y amargo a su mortal fiereza
hoy mi mano en mis versos les envía,
porque abrasa la fiebre mi cabeza
y no puedo cantar como quería;
yo me llevo conmigo la tristeza,
pero dejar quisiera la alegría,
y no puedo... me ahogo... esfuerzo el canto,
y en vez ¡ay! de cantar prorrumpo en llanto.
494
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A La Juventud Española Del Siglo Xix

¡Salud prole gallarda!, salud hijos
en quienes tiene fijos
sus ojos la nación que en vos confía;
las madres orgullosas
sus frases cariñosas
que os trove ordenan en el arpa mía.

«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída;
escoge las más bellas
y fórmanos con ellas
una dulce canción, tierna y florida;

»Hoy regalar queremos los oídos
de los hijos queridos
que alfombran nuestro suelo de laureles».
Yo respondí: «Matronas,
tejed vos las coronas
y yo las llevaré a vuestros donceles».

¿Por qué de aquellas madres la dulzura
y amorosa ternura
de los acentos que por vos elevan,
con la misma armonía
de su ardiente poesía
mis vagos tonos, juventud, no os llevan?

Cantan y lloran, ríen y deliran,
cuando pasar os miran,
sabios mancebos, en lucida tropa;
y ¿no es su orgullo justo?
¿de España el nombre augusto
no defendéis vosotros ante Europa?

¿Quiénes, sino vosotros, han sacado
al pueblo extraviado
en la ignorancia estúpida, al camino?
¿a quiénes hoy debemos
lo que el siglo sabemos
sino al ingenio vuestro peregrino?

Esa ruda corteza que tenía
nunca arrancar podía
de los viejos el pueblo moribundo;
no en sus hombros inertes
en los del mozo, fuertes
un paso más logra avanzar el mundo.

¿No podrá del saber la rica vena
bajo negra melena
juvenil palpitar, que necesita
que las frentes lozanas
se coronen de canas
para ostentarla en la vejez marchita?

¡Si puede, responded, turba gloriosa
a la voz envidiosa
que en el antiguo pueblo se levanta
en boca del que espera
tener en su carrera
al genio que a su ciencia se adelanta.

Dejad al cuervo atrás cansado y ronco
graznar sobre ese tronco
por antiguo en el bosque mutilado,
y, garzas placenteras,
volad siempre ligeras
hacia el árbol que veis recién brotado.

Puedan sus altas ramas algún día,
con verle lozanía
dar sombra a multitud de vuestros nidos
que en sus hojas colgados
los hijos regalados
os guarden de los vientos defendidos.

Flores, aromas, frutos, hermosura,
pompa, galas, frescura
el árbol fecundísimo esparciendo,
¡cuán abundante y puro
para el siglo futuro
su frondoso ramaje está nutriendo!

Hasta el pastor en su gentil corteza
podrá grabar «riqueza»,
hasta las hembras «libertad, ventura»,
hasta los bardos «gloria»,
y hasta «paz», por memoria,
el guerrero esculpir con su armadura.

Para nosotros ¡ay! no bien brotados
sus ramos deseados,
ni sombra prestan, ni nos dan verdores;
y en su blanda corteza
hoy grabamos, «pobreza,
infortunio, baldón, llanto y dolores».

¿No asoma la tristeza a nuestra frente
al ver que solamente
en la vana ilusión de la poesía
tenemos los primores
de esos frutos y flores,
galas, aromas, pompa y lozanía?

¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,
hervir con fuerza extraña,
correr desesperada por las venas
al mirar que logramos
en vez de lo que ansiamos
miseria, oscuridad, guerra y cadenas...?

En vosotros no más, gallardos hijos,
tiene sus ojos fijos
la española nación, que en vos confía;
las madres orgullosas
en frases cariñosas
ruegos os mandan por la trova mía.

Yo quisiera saber, como las aves,
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída,
para daros con ellas
unas canciones bellas
dignas de vuestra mente esclarecida.

Pero está en cabeza el pensamiento
falto de atrevimiento
y en los labios la voz de la poetisa,
de la propia manera
que en la nación ibera
la nueva sociedad, torpe, indecisa.
585
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A España

¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?
Tú, Europa, gran señora,
que a tu servicio espléndido la tienes,
responde, ¿llora, canta,
o dormida a tu planta
apoya ora en tus pies sus tristes sienes?

Yo que en su misma entraña me he nutrido
y en su pecho he bebido
su ardiente leche, con amor la adoro,
y por saber me afano
si al pie de su tirano
reposa, canta o se deshace en lloro.

Venga el pueblo que a madre tan querida
debe también la vida,
las nuevas a escuchar, que de su suerte
por caridad nos diga
la señora enemiga
de quien vive amarrada al yugo fuerte.

Oigan los hijos de la negra esclava
lo que orgullosa acaba
de transmitir su dueña a las naciones,
para que mofa sea
del mundo que la vea
sufriendo eternamente humillaciones.

Dice, que por nodriza solamente
al Norte y al Oriente
conducen a la madre, cuyo seno
a mucha boca hambrienta
sin cesar alimenta
con la abundancia que lo tiene lleno.

Y nos dice también que latigazos
la dan con duros brazos
los hijos de Bretaña y del Pirene,
después de haber sacado
al seno regalado
el jugo que los nutre y los sostiene.

Y se atreve a decir la fiera dueña
que en rendirla se empeña,
dejándola cansada, enferma y pobre,
para que no en la vida
emprendiendo la huida
su independencia y libertad recobre...

¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo
que nos presten un rayo
de indignación, con que a librarla acuda
ese pueblo indolente,
esa cobarde gente,
egoísta, ambiciosa, sorda, muda?

¿Dónde está la bandera, caballeros,
que dos pueblos enteros
con su anchuroso pabellón cubría?
¿dónde los castellanos
en cuyas fuertes manos
la enseña nacional se sostenía?

Ya no hay bandera; el pabellón lucido
en trozos dividido
como harapos levanta nuestra gente
sin escudo y sin nombre,
sirviendo cada hombre
de caudillo y de tropa juntamente.

Cual árabes errantes, cada uno
sin domicilio alguno
vagan los desdichados en la tierra,
huyendo del vecino
que hallan en su camino
por no poder marchar juntos sin guerra.

Quién levanta su tienda de campaña
en un rincón de España
y por su rey a su persona elige,
y quién sobre la arena
traza, escribe y ordena
las leyes con que él sólo se dirige.

Y quién burlando al Dios de sus abuelos
nombra para los cielos
otro señor que nos gobierne el alma,
juzgando la criatura
que siendo el Dios su hechura
más fácilmente alcanzará la palma.

Patria, leyes y Dios, siervo y monarca
el español abarca
refundiendo sus varias existencias
en el cerebro loco
para quien juzga poco,
de esa inmensa reunión, cinco potencias.

¡Soberbia, necia vanidad mezquina
que a padecer destina
la soledad, el duelo, el abandono
a esa España afligida
que siempre desvalida
se ve juguete de extranjero encono!

Ha menester alzarse una cruzada,
ha menester la espada
blandir al aire la española tropa,
los reinos espantando
para salvar luchando
a ésa que gime esclava de la Europa.

Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,
de nadie dirigidos,
marchando sin compás por senda oscura
con rumbo diferente,
a dónde, pobre gente,
a dónde habéis de ir a la ventura?

¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,
o de encarnado barro
queréis poner vestido de amarillo
un busto en vuestro centro
por que al primer encuentro
vengan rodando huestes y caudillo?

Nunca se lanza el águila a la esfera
sin medir su carrera;
nunca el toro acosado en la llanura
rompe en empuje fiero
sin pararse primero
a reforzar su aliento y su bravura.

Unid el pabellón roto en pedazos,
enlazad vuestros brazos,
a un mismo campo el español acuda,
y al brindar la pelea
que un mismo nombre sea
el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.

Así de negra esclava que es ahora
será España señora,
por vosotros del yugo rescatada,
y al abrigo del trono
con soberano tono
de los pueblos servida y respetada.

Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta
será España opulenta,
por vosotros no más enriquecida,
bella y engalanada,
de laurel coronada,
respirando salud, contento y vida.

¡Veréis como ya entonces no la insultan
los que su diente ocultan
entre sus pechos, con hambrienta boca,
después de haber sacado,
su jugo regalado,
llamándola salvaje, necia y loca!

Veréis ¡oh! como entonces las banderas
de aquellas extranjeras
que la trataron con tan dura saña,
inclinando su frente,
con voz muy reverente
la dicen al pasar —«Salud, España»
871
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A España

¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?
Tú, Europa, gran señora,
que a tu servicio espléndido la tienes,
responde, ¿llora, canta,
o dormida a tu planta
apoya ora en tus pies sus tristes sienes?

Yo que en su misma entraña me he nutrido
y en su pecho he bebido
su ardiente leche, con amor la adoro,
y por saber me afano
si al pie de su tirano
reposa, canta o se deshace en lloro.

Venga el pueblo que a madre tan querida
debe también la vida,
las nuevas a escuchar, que de su suerte
por caridad nos diga
la señora enemiga
de quien vive amarrada al yugo fuerte.

Oigan los hijos de la negra esclava
lo que orgullosa acaba
de transmitir su dueña a las naciones,
para que mofa sea
del mundo que la vea
sufriendo eternamente humillaciones.

Dice, que por nodriza solamente
al Norte y al Oriente
conducen a la madre, cuyo seno
a mucha boca hambrienta
sin cesar alimenta
con la abundancia que lo tiene lleno.

Y nos dice también que latigazos
la dan con duros brazos
los hijos de Bretaña y del Pirene,
después de haber sacado
al seno regalado
el jugo que los nutre y los sostiene.

Y se atreve a decir la fiera dueña
que en rendirla se empeña,
dejándola cansada, enferma y pobre,
para que no en la vida
emprendiendo la huida
su independencia y libertad recobre...

¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo
que nos presten un rayo
de indignación, con que a librarla acuda
ese pueblo indolente,
esa cobarde gente,
egoísta, ambiciosa, sorda, muda?

¿Dónde está la bandera, caballeros,
que dos pueblos enteros
con su anchuroso pabellón cubría?
¿dónde los castellanos
en cuyas fuertes manos
la enseña nacional se sostenía?

Ya no hay bandera; el pabellón lucido
en trozos dividido
como harapos levanta nuestra gente
sin escudo y sin nombre,
sirviendo cada hombre
de caudillo y de tropa juntamente.

Cual árabes errantes, cada uno
sin domicilio alguno
vagan los desdichados en la tierra,
huyendo del vecino
que hallan en su camino
por no poder marchar juntos sin guerra.

Quién levanta su tienda de campaña
en un rincón de España
y por su rey a su persona elige,
y quién sobre la arena
traza, escribe y ordena
las leyes con que él sólo se dirige.

Y quién burlando al Dios de sus abuelos
nombra para los cielos
otro señor que nos gobierne el alma,
juzgando la criatura
que siendo el Dios su hechura
más fácilmente alcanzará la palma.

Patria, leyes y Dios, siervo y monarca
el español abarca
refundiendo sus varias existencias
en el cerebro loco
para quien juzga poco,
de esa inmensa reunión, cinco potencias.

¡Soberbia, necia vanidad mezquina
que a padecer destina
la soledad, el duelo, el abandono
a esa España afligida
que siempre desvalida
se ve juguete de extranjero encono!

Ha menester alzarse una cruzada,
ha menester la espada
blandir al aire la española tropa,
los reinos espantando
para salvar luchando
a ésa que gime esclava de la Europa.

Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,
de nadie dirigidos,
marchando sin compás por senda oscura
con rumbo diferente,
a dónde, pobre gente,
a dónde habéis de ir a la ventura?

¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,
o de encarnado barro
queréis poner vestido de amarillo
un busto en vuestro centro
por que al primer encuentro
vengan rodando huestes y caudillo?

Nunca se lanza el águila a la esfera
sin medir su carrera;
nunca el toro acosado en la llanura
rompe en empuje fiero
sin pararse primero
a reforzar su aliento y su bravura.

Unid el pabellón roto en pedazos,
enlazad vuestros brazos,
a un mismo campo el español acuda,
y al brindar la pelea
que un mismo nombre sea
el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.

Así de negra esclava que es ahora
será España señora,
por vosotros del yugo rescatada,
y al abrigo del trono
con soberano tono
de los pueblos servida y respetada.

Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta
será España opulenta,
por vosotros no más enriquecida,
bella y engalanada,
de laurel coronada,
respirando salud, contento y vida.

¡Veréis como ya entonces no la insultan
los que su diente ocultan
entre sus pechos, con hambrienta boca,
después de haber sacado,
su jugo regalado,
llamándola salvaje, necia y loca!

Veréis ¡oh! como entonces las banderas
de aquellas extranjeras
que la trataron con tan dura saña,
inclinando su frente,
con voz muy reverente
la dicen al pasar —«Salud, España»
871
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A España

¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?
Tú, Europa, gran señora,
que a tu servicio espléndido la tienes,
responde, ¿llora, canta,
o dormida a tu planta
apoya ora en tus pies sus tristes sienes?

Yo que en su misma entraña me he nutrido
y en su pecho he bebido
su ardiente leche, con amor la adoro,
y por saber me afano
si al pie de su tirano
reposa, canta o se deshace en lloro.

Venga el pueblo que a madre tan querida
debe también la vida,
las nuevas a escuchar, que de su suerte
por caridad nos diga
la señora enemiga
de quien vive amarrada al yugo fuerte.

Oigan los hijos de la negra esclava
lo que orgullosa acaba
de transmitir su dueña a las naciones,
para que mofa sea
del mundo que la vea
sufriendo eternamente humillaciones.

Dice, que por nodriza solamente
al Norte y al Oriente
conducen a la madre, cuyo seno
a mucha boca hambrienta
sin cesar alimenta
con la abundancia que lo tiene lleno.

Y nos dice también que latigazos
la dan con duros brazos
los hijos de Bretaña y del Pirene,
después de haber sacado
al seno regalado
el jugo que los nutre y los sostiene.

Y se atreve a decir la fiera dueña
que en rendirla se empeña,
dejándola cansada, enferma y pobre,
para que no en la vida
emprendiendo la huida
su independencia y libertad recobre...

¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo
que nos presten un rayo
de indignación, con que a librarla acuda
ese pueblo indolente,
esa cobarde gente,
egoísta, ambiciosa, sorda, muda?

¿Dónde está la bandera, caballeros,
que dos pueblos enteros
con su anchuroso pabellón cubría?
¿dónde los castellanos
en cuyas fuertes manos
la enseña nacional se sostenía?

Ya no hay bandera; el pabellón lucido
en trozos dividido
como harapos levanta nuestra gente
sin escudo y sin nombre,
sirviendo cada hombre
de caudillo y de tropa juntamente.

Cual árabes errantes, cada uno
sin domicilio alguno
vagan los desdichados en la tierra,
huyendo del vecino
que hallan en su camino
por no poder marchar juntos sin guerra.

Quién levanta su tienda de campaña
en un rincón de España
y por su rey a su persona elige,
y quién sobre la arena
traza, escribe y ordena
las leyes con que él sólo se dirige.

Y quién burlando al Dios de sus abuelos
nombra para los cielos
otro señor que nos gobierne el alma,
juzgando la criatura
que siendo el Dios su hechura
más fácilmente alcanzará la palma.

Patria, leyes y Dios, siervo y monarca
el español abarca
refundiendo sus varias existencias
en el cerebro loco
para quien juzga poco,
de esa inmensa reunión, cinco potencias.

¡Soberbia, necia vanidad mezquina
que a padecer destina
la soledad, el duelo, el abandono
a esa España afligida
que siempre desvalida
se ve juguete de extranjero encono!

Ha menester alzarse una cruzada,
ha menester la espada
blandir al aire la española tropa,
los reinos espantando
para salvar luchando
a ésa que gime esclava de la Europa.

Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,
de nadie dirigidos,
marchando sin compás por senda oscura
con rumbo diferente,
a dónde, pobre gente,
a dónde habéis de ir a la ventura?

¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,
o de encarnado barro
queréis poner vestido de amarillo
un busto en vuestro centro
por que al primer encuentro
vengan rodando huestes y caudillo?

Nunca se lanza el águila a la esfera
sin medir su carrera;
nunca el toro acosado en la llanura
rompe en empuje fiero
sin pararse primero
a reforzar su aliento y su bravura.

Unid el pabellón roto en pedazos,
enlazad vuestros brazos,
a un mismo campo el español acuda,
y al brindar la pelea
que un mismo nombre sea
el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.

Así de negra esclava que es ahora
será España señora,
por vosotros del yugo rescatada,
y al abrigo del trono
con soberano tono
de los pueblos servida y respetada.

Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta
será España opulenta,
por vosotros no más enriquecida,
bella y engalanada,
de laurel coronada,
respirando salud, contento y vida.

¡Veréis como ya entonces no la insultan
los que su diente ocultan
entre sus pechos, con hambrienta boca,
después de haber sacado,
su jugo regalado,
llamándola salvaje, necia y loca!

Veréis ¡oh! como entonces las banderas
de aquellas extranjeras
que la trataron con tan dura saña,
inclinando su frente,
con voz muy reverente
la dicen al pasar —«Salud, España»
871
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Luisita

Pues eres tú forastera
recién llegada a la vida,
te contaré, mi querida,
lo que tienes que sufrir;
te gané la delantera
de la vida en el camino,
y merced a este destino
he aprendido ya a sentir.

Yo sé ya cómo se llora
de una pena lloro ardiente,
y si quieres que te cuente
cuál se disfraza también,
mostraré, por que lo veas,
la sonrisa en mi semblante
cuando el raudal abundante
mis ojos brotando estén.

A este saber doloroso
discreción el mundo llama,
y no es discreta la dama
si no es en el mundo así;
por eso en risa mi llanto
suelo mudar tan aprisa,
que al asomar la sonrisa
trago el llanto para mí.

Pero el mundo no se engaña,
y al mirar nuestro contento
grita airado «¡Fingimiento,
falsedad de la mujer!»
¡Oh graciosa tiranía
que a las que fingen condena
cuando fingir nos ordena
como preciso saber!

Esto, niña, es solamente
lo que, de ciencia nos toca;
después te dirá mi boca
lo que hay de felicidad:
y en fe de que no te engaño
en lo propio que te digo,
todo un sexo por testigo
te pondré de esta verdad.

Yo te diré nuestra historia
y aunque otra de hombres cuenten,
por Dios, que los hombres mienten
o ignoran este saber:
ellos beben Cicerones,
con Sénecas se alimentan,
pero esos libros no cuentan
las penas de la mujer.

Y ¡más valiera que doctos,
sapientísimos varones
perdieran en las naciones
su tiempo en tratar de nos!;
¡harto hicieron si aseguran
como un hecho averiguado
que de Adán y Eva el pecado
por ella sufren los dos!

¿Qué importa que su existencia,
la leche con que medraron,
los brazos en que apoyaron
su cuerpo desde el nacer;
y los besos maternales,
y el solícito cariño,
y sus placeres de niño
se los diera la mujer?

¿Qué importa que le dé ella
la amorosa compañía
al que triste viviría
sin ella en la soledad;
y el consuelo al desgraciado,
y la asistencia al doliente,
qué importa a esa ingrata gente
que se los dé la beldad?

De madres, esposas, hijas,
los tiernos, los dulces nombres,
¿no merecen a esos hombres
una página, un borrón?
¿no merecen que una hora
en nuestra suerte mediten
aunque algo al estudio quiten
de Séneca y Cicerón?...

¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,
niña, con risa mi canto?
Haces bien, porque iba el llanto
brotando a mis ojos ya;
conviértase en risas el lloro,
que en la mudanza precisa
pronta siempre la sonrisa
tras mis lágrimas está.

Pero, guarda, por tu vida,
el papel de estas canciones,
y en la edad de las pasiones
fija los ojos en él:
«¡Ay, dirás, verdad decía
la que estas cosas cantaba;
bien me acuerdo que lloraba
cuando escribió este papel!»
797
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Herminia

¿No ves qué tierra, qué cielo,
uno azul, otra florida?
¿No ves qué estrellas, mi vida,
no ves qué luna, qué sol?
¿No ves qué hermoso es el suelo
donde Dios te ha confinado?
Es fecundo, es dilatado,
es soberbio, es.... ¡español!

Yo no vi de ese paisaje
sino el rincón por su extremo;
mas no hay duda que es supremo
cual su tinta su pincel;
pues, el lugar más salvaje
de nuestra bella comarca
forma, en los valles que abarca,
a España rico dosel.

Por cada grano de tierra
brota en ella una semilla;
no hay extranjera avecilla
que no nos la venga a hurtar:
los pueblos nos mueven guerra
por sólo pisar a España,
cual transeúnte cabaña
lamiendo el suelo al pasar.

Cuando sacuda tu mente
de la infancia los ensueños,
estos campos tan risueños
y riquísimos al ver;
¿por qué dirás esa gente,
que ha marchado a mi venida,
pasó la preciosa vida
en quejas de padecer?

¿Por qué las tiernas mujeres,
que a mi llegar se alejaron,
tantas lágrimas lloraron
vertidas del corazón?
Si tiene el mundo placeres
y la vida tal encanto,
¿por qué se ha dolido tanto
la muerta generación?

Prende fuego en la montaña
y devasta la pradera;
mas oye a la primavera,
la yerba vegeta más:
así en la guerra de España
que estos seres encendimos
de cenizas os servimos
a los que venís detrás.

¿Sabes tú para que puedas
alcanzar luz en tus días
qué de noches tan sombrías
estamos pasando aquí?
¡Tú que en el valle te quedas
cuando nosotras nos vamos
no sabes cómo le hallamos
al venir antes de ti!

De laureles, de riqueza
de altos honores cargados,
son, Herminia, desgraciados
los hombres de nuestra edad;
de brillantes, de belleza
y de amores circundadas
mujeres muy desdichadas
son las de esta sociedad.

Pero tú que has retardado
más que aquellos tu venida,
vas a encontrar en la vida
más placer, menos dolor;
pues que de España han cruzado
tantos otros el camino,
que sufre ya el peregrino
sus asperezas mejor.

Ya nuestro campo no vemos
salpicado y reteñido
con la sangre que ha vertido
la guerrera juventud;
y ya tranquilos podemos
elevar nuestras canciones,
sin que vengan los cañones
a atronar nuestro laúd.

Ni ya rechazan del coro
a las cantoras mujeres;
pues al fin que somos seres
de la especie racional,
en este siglo sonoro
los españoles declaran...
¡Qué indulgencia!... y nos preparan...
¡Qué dicha!... lauro inmortal.

Pero es tarde, Herminia mía,
tarde ya para esta gente,
que ha pasado tristemente
lo mejor de su vivir;
esa naciente alegría
que en nuestro pueblo resuena
no basta a calmar la pena
que venimos de sufrir.

De las pasadas tormentas
naves nosotras heridas,
vamos a quedar sumidas
presto en el revuelto mar;
pero tú, que apenas cuentas,
Herminia, trescientos soles,
a los puertos españoles
logras a tiempo arribar.

¡Quiera Dios que la bonanza
con que empieza tu fortuna
como te mima en la cuna
te mime en la juventud!
Cada niña una esperanza
de placer es para el mundo:
¡quiera Dios que tú fecundo
manantial seas de virtud!

Que los dulcísimos nombres
que te da el materno anhelo
de serafín y de cielo
vayan de tu vida en pos.
Que embelesados los hombres
al exclamar —«¡qué hermosura!»
añadan siempre:—«¡y qué pura!
¡Bendígate, Herminia, Dios!»
676
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Castillo De Salvatierra

¿Por qué vengo a estas torres olvidadas
a hollar de veinte siglos las ruinas
espantando al subir con mis pisadas
las felices palomas campesinas?

¡Oh Walia! ¿no es verdad que prisioneras
la esclava del feudal y la del moro,
pobres mujeres de remotas eras,
regaron estas torres con su lloro?

¿Que perdido tu trono por Rodrigo
y derrotado el moro por Fernando
de tan largas batallas fue testigo
la misma torre donde estoy cantando?

¿Que inmóviles aquí tantas mujeres
tanto llanto vertieron de sus ojos
como sangre vertieron esos seres
que arrastraron de Roma los despojos?

¿Y que tendiendo sus amantes brazos
al árabe y al godo que morían
y arrancando sus tocas a pedazos
en inútil dolor se consumían?

¿Y que tras tantos siglos de combate
que empedraron de fósiles la tierra
subo a la misma torre de la Sierra
aún a pedir también nuestro rescate?

¡Ay! Que desde aquellas hembras que cantaron
gimiendo, como yo, sobre esta almena,
ni un eslabón los siglos quebrantaron
a nuestra anciana y bárbara cadena.

Y ya es preciso para hacer patente
la eterna condición de nuestras vidas,
unir las quejas de la edad presente
a las de aquellas razas extinguidas.

¿Quién sabe si en la choza y el castillo,
contemplando estos bellos horizontes,
fuimos por estas sierras y estos montes,
más dichosas, en tiempo más sencillo?

¿Quién sabe si el fundar el ancho muro,
que libertad al pueblo le asegura,
no nos trajo a nosotros más clausura
quitándonos el sol y el aire puro?

Palomas que habitáis la negra torre,
yo sé que es más risueña esta morada,
y ya podéis, bajando a la esplanada,
decir al mundo que mi nombre borre.

Yo soy ave del tronco primitiva
que al pueblo se llevaron prisionera,
y que vuelvo a esconderme fugitiva
al mismo tronco de la edad primera.

No pudo el mundo sujetar mis alas,
he roto con mi pico mis prisiones
y para siempre abandoné sus salas
por vivir de la sierra en los peñones.

Yo libre y sola, cuando nadie intenta
salir de las moradas de la villa,
he subido al través de la tormenta
a este olvidado tronco de Castilla.

Yo, la gigante sierra traspasando,
lastimados mis pies de peña en peña,
vengo a juntarme al campesino bando
para vivir con vuestra libre enseña.

Comeré con vosotras las semillas,
beberé con vosotras en las fuentes,
mejor que entre las rejas amarillas
en las tablas y copas relucientes.

Iremos con el alba al alto cerro,
iremos con la siesta al hondo valle,
para que el sol al descender nos halle
cansadas de volar en nuestro encierro.

Nadie vendrá a decir qué fue de Roma,
ni llegará el guerreroa la montaña,
y las nubes que bajan a esta loma
me ocultarán también la faz de España.

Aquí no han de encontrarme los amores,
aquí no han de afligirme las mujeres,
aquí no pueden los humanos seres
deshacer de estas nubes los vapores.

Es un nido que hallé dentro una nube,
mis enemigos quedan en el llano
y miran hacia aquí... ¡miran en vano,
porque ninguno entre la niebla sube!

Yo he triunfado del mundo en que gemía,
yo he venido a la altura a vivir sola,
yo he querido ceñir digna aureola
por cima de la atmósfera sombría.

Por cima de las nubes nos hallamos,
¡libertad en el cielo proclamemos!
Las mismas nubes con los pies hollamos,
las alas en los cielos extendemos.

¡Bajen hasta el profundo mis cadenas,
circule en el espacio el genio mío,
y haga sonar mi voz con alto brío,
la libertad triunfante en mis almenas!

Mas... ¿por qué me dejáis sola en el ciclo
huyendo del castillo a la techumbre?
¿por qué se agolpa aquí la muchedumbre
de pájaros errantes en el suelo?

¡Oh! ¿Qué estrépito es ése que
amedrenta?...
La torre se estremece en el cimiento...
he perdido de vista el firmamento...
me envuelve en sus entrañas la tormenta.

La torre estalla desprendida al trueno...
la sierra desparece de su planta...
la torre entre las nubes se levanta
llevando el rayo en su tonante seno.

El terrible fantasma hacia mí gira...
tronando me amenaza con su boca...
con ojos de relámpago me mira...
y su luz me deslumbra y me sofoca.

El rayo está a mis pies y en mi cabeza;
ya me ciega su lumbre, ya no veo.
¡Ay! ¡sálvame, señor, porque ya creo
que le falta a mi orgullo fortaleza!

¡Bájame con tus brazos de la altura
que yo las nubes resistir no puedo!
¡Sácame de esta torre tan oscura
porque estoy aquí sola y... tengo miedo!
537
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Castillo De Salvatierra

¿Por qué vengo a estas torres olvidadas
a hollar de veinte siglos las ruinas
espantando al subir con mis pisadas
las felices palomas campesinas?

¡Oh Walia! ¿no es verdad que prisioneras
la esclava del feudal y la del moro,
pobres mujeres de remotas eras,
regaron estas torres con su lloro?

¿Que perdido tu trono por Rodrigo
y derrotado el moro por Fernando
de tan largas batallas fue testigo
la misma torre donde estoy cantando?

¿Que inmóviles aquí tantas mujeres
tanto llanto vertieron de sus ojos
como sangre vertieron esos seres
que arrastraron de Roma los despojos?

¿Y que tendiendo sus amantes brazos
al árabe y al godo que morían
y arrancando sus tocas a pedazos
en inútil dolor se consumían?

¿Y que tras tantos siglos de combate
que empedraron de fósiles la tierra
subo a la misma torre de la Sierra
aún a pedir también nuestro rescate?

¡Ay! Que desde aquellas hembras que cantaron
gimiendo, como yo, sobre esta almena,
ni un eslabón los siglos quebrantaron
a nuestra anciana y bárbara cadena.

Y ya es preciso para hacer patente
la eterna condición de nuestras vidas,
unir las quejas de la edad presente
a las de aquellas razas extinguidas.

¿Quién sabe si en la choza y el castillo,
contemplando estos bellos horizontes,
fuimos por estas sierras y estos montes,
más dichosas, en tiempo más sencillo?

¿Quién sabe si el fundar el ancho muro,
que libertad al pueblo le asegura,
no nos trajo a nosotros más clausura
quitándonos el sol y el aire puro?

Palomas que habitáis la negra torre,
yo sé que es más risueña esta morada,
y ya podéis, bajando a la esplanada,
decir al mundo que mi nombre borre.

Yo soy ave del tronco primitiva
que al pueblo se llevaron prisionera,
y que vuelvo a esconderme fugitiva
al mismo tronco de la edad primera.

No pudo el mundo sujetar mis alas,
he roto con mi pico mis prisiones
y para siempre abandoné sus salas
por vivir de la sierra en los peñones.

Yo libre y sola, cuando nadie intenta
salir de las moradas de la villa,
he subido al través de la tormenta
a este olvidado tronco de Castilla.

Yo, la gigante sierra traspasando,
lastimados mis pies de peña en peña,
vengo a juntarme al campesino bando
para vivir con vuestra libre enseña.

Comeré con vosotras las semillas,
beberé con vosotras en las fuentes,
mejor que entre las rejas amarillas
en las tablas y copas relucientes.

Iremos con el alba al alto cerro,
iremos con la siesta al hondo valle,
para que el sol al descender nos halle
cansadas de volar en nuestro encierro.

Nadie vendrá a decir qué fue de Roma,
ni llegará el guerreroa la montaña,
y las nubes que bajan a esta loma
me ocultarán también la faz de España.

Aquí no han de encontrarme los amores,
aquí no han de afligirme las mujeres,
aquí no pueden los humanos seres
deshacer de estas nubes los vapores.

Es un nido que hallé dentro una nube,
mis enemigos quedan en el llano
y miran hacia aquí... ¡miran en vano,
porque ninguno entre la niebla sube!

Yo he triunfado del mundo en que gemía,
yo he venido a la altura a vivir sola,
yo he querido ceñir digna aureola
por cima de la atmósfera sombría.

Por cima de las nubes nos hallamos,
¡libertad en el cielo proclamemos!
Las mismas nubes con los pies hollamos,
las alas en los cielos extendemos.

¡Bajen hasta el profundo mis cadenas,
circule en el espacio el genio mío,
y haga sonar mi voz con alto brío,
la libertad triunfante en mis almenas!

Mas... ¿por qué me dejáis sola en el ciclo
huyendo del castillo a la techumbre?
¿por qué se agolpa aquí la muchedumbre
de pájaros errantes en el suelo?

¡Oh! ¿Qué estrépito es ése que
amedrenta?...
La torre se estremece en el cimiento...
he perdido de vista el firmamento...
me envuelve en sus entrañas la tormenta.

La torre estalla desprendida al trueno...
la sierra desparece de su planta...
la torre entre las nubes se levanta
llevando el rayo en su tonante seno.

El terrible fantasma hacia mí gira...
tronando me amenaza con su boca...
con ojos de relámpago me mira...
y su luz me deslumbra y me sofoca.

El rayo está a mis pies y en mi cabeza;
ya me ciega su lumbre, ya no veo.
¡Ay! ¡sálvame, señor, porque ya creo
que le falta a mi orgullo fortaleza!

¡Bájame con tus brazos de la altura
que yo las nubes resistir no puedo!
¡Sácame de esta torre tan oscura
porque estoy aquí sola y... tengo miedo!
537
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Castillo De Salvatierra

¿Por qué vengo a estas torres olvidadas
a hollar de veinte siglos las ruinas
espantando al subir con mis pisadas
las felices palomas campesinas?

¡Oh Walia! ¿no es verdad que prisioneras
la esclava del feudal y la del moro,
pobres mujeres de remotas eras,
regaron estas torres con su lloro?

¿Que perdido tu trono por Rodrigo
y derrotado el moro por Fernando
de tan largas batallas fue testigo
la misma torre donde estoy cantando?

¿Que inmóviles aquí tantas mujeres
tanto llanto vertieron de sus ojos
como sangre vertieron esos seres
que arrastraron de Roma los despojos?

¿Y que tendiendo sus amantes brazos
al árabe y al godo que morían
y arrancando sus tocas a pedazos
en inútil dolor se consumían?

¿Y que tras tantos siglos de combate
que empedraron de fósiles la tierra
subo a la misma torre de la Sierra
aún a pedir también nuestro rescate?

¡Ay! Que desde aquellas hembras que cantaron
gimiendo, como yo, sobre esta almena,
ni un eslabón los siglos quebrantaron
a nuestra anciana y bárbara cadena.

Y ya es preciso para hacer patente
la eterna condición de nuestras vidas,
unir las quejas de la edad presente
a las de aquellas razas extinguidas.

¿Quién sabe si en la choza y el castillo,
contemplando estos bellos horizontes,
fuimos por estas sierras y estos montes,
más dichosas, en tiempo más sencillo?

¿Quién sabe si el fundar el ancho muro,
que libertad al pueblo le asegura,
no nos trajo a nosotros más clausura
quitándonos el sol y el aire puro?

Palomas que habitáis la negra torre,
yo sé que es más risueña esta morada,
y ya podéis, bajando a la esplanada,
decir al mundo que mi nombre borre.

Yo soy ave del tronco primitiva
que al pueblo se llevaron prisionera,
y que vuelvo a esconderme fugitiva
al mismo tronco de la edad primera.

No pudo el mundo sujetar mis alas,
he roto con mi pico mis prisiones
y para siempre abandoné sus salas
por vivir de la sierra en los peñones.

Yo libre y sola, cuando nadie intenta
salir de las moradas de la villa,
he subido al través de la tormenta
a este olvidado tronco de Castilla.

Yo, la gigante sierra traspasando,
lastimados mis pies de peña en peña,
vengo a juntarme al campesino bando
para vivir con vuestra libre enseña.

Comeré con vosotras las semillas,
beberé con vosotras en las fuentes,
mejor que entre las rejas amarillas
en las tablas y copas relucientes.

Iremos con el alba al alto cerro,
iremos con la siesta al hondo valle,
para que el sol al descender nos halle
cansadas de volar en nuestro encierro.

Nadie vendrá a decir qué fue de Roma,
ni llegará el guerreroa la montaña,
y las nubes que bajan a esta loma
me ocultarán también la faz de España.

Aquí no han de encontrarme los amores,
aquí no han de afligirme las mujeres,
aquí no pueden los humanos seres
deshacer de estas nubes los vapores.

Es un nido que hallé dentro una nube,
mis enemigos quedan en el llano
y miran hacia aquí... ¡miran en vano,
porque ninguno entre la niebla sube!

Yo he triunfado del mundo en que gemía,
yo he venido a la altura a vivir sola,
yo he querido ceñir digna aureola
por cima de la atmósfera sombría.

Por cima de las nubes nos hallamos,
¡libertad en el cielo proclamemos!
Las mismas nubes con los pies hollamos,
las alas en los cielos extendemos.

¡Bajen hasta el profundo mis cadenas,
circule en el espacio el genio mío,
y haga sonar mi voz con alto brío,
la libertad triunfante en mis almenas!

Mas... ¿por qué me dejáis sola en el ciclo
huyendo del castillo a la techumbre?
¿por qué se agolpa aquí la muchedumbre
de pájaros errantes en el suelo?

¡Oh! ¿Qué estrépito es ése que
amedrenta?...
La torre se estremece en el cimiento...
he perdido de vista el firmamento...
me envuelve en sus entrañas la tormenta.

La torre estalla desprendida al trueno...
la sierra desparece de su planta...
la torre entre las nubes se levanta
llevando el rayo en su tonante seno.

El terrible fantasma hacia mí gira...
tronando me amenaza con su boca...
con ojos de relámpago me mira...
y su luz me deslumbra y me sofoca.

El rayo está a mis pies y en mi cabeza;
ya me ciega su lumbre, ya no veo.
¡Ay! ¡sálvame, señor, porque ya creo
que le falta a mi orgullo fortaleza!

¡Bájame con tus brazos de la altura
que yo las nubes resistir no puedo!
¡Sácame de esta torre tan oscura
porque estoy aquí sola y... tengo miedo!
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