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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Se Podrá Discutir Mi Erudición Ornitológica

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Se podrá discutir mi erudición ornitológica y la
eficacia de mis aperturas de ajedrez. Nunca faltará algún
zopenco que niegue la exactitud astronómica de mis
horóscopos ¡pero eso sí! a nadie se le
ocurrirá dudar, ni un solo instante, de mi perfecta, de mi
absoluta solidaridad.

¿Una colonia de microbios se aloja en los pulmones de una
señorita? Solidario de los microbios, de los pulmones y de la
señorita. ¿A un estudiante se le ocurre esperar el
tranvía adentro del ropero de una mujer casada? Solidario del
ropero, de la mujer casada, del tranvía, del estudiante y de la
espera.

A todas horas de la noche, en las fiestas patrias, en el aniversario
del descubrimiento de América, dispuesto a solidarizarme con lo
que sea, víctima de mi solidaridad.

Inútil, completamente inútil, que me resista. La
solidaridad ya es un reflejo en mí, algo tan inconsciente como
la dilatación de las pupilas. Si durante un centésimo de
segundo consigo desolidarizarme de mi solidaridad, en el
centésimo de segundo que lo sucede, sufro un verdadero
vértigo de solidaridad.

Solidario de las olas sin velas... sin esperanza. Solidario del
naufragio de las señoras ballenatos, de los tiburones vestidos
de frac, que les devoran el vientre y la cartera. Solidario de las
carteras, de los ballenatos y de los fraques.

Solidario de los sirvientes y de las ratas que circulan en el subsuelo,
junto con los abortos y las flores marchitas.

Solidario de los automóviles, de los cadáveres
descompuestos, de las comunicaciones telefónicas que se cortan
al mismo tiempo que los collares de perlas y las sogas de los andamies.

Solidario de los esqueletos que crecen casi tanto como los expedientes;
de los estómagos que ingieren toneladas de sardinas y de
bicarbonato, mientras se van llenando los depósitos de agua y de
objetos perdidos.

Solidario de los carteros, de las amas de cría, de los
coroneles, de los pedicuros, de los contrabandistas.

Solidario por predestinación y por oficio. Solidario por
atavismo, por convencionalismo. Solidario a perpetuidad. Solidario de
los insolidarios y solidario de mi propia solidaridad.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Mi Abuela -que No Era Tuerta- Me Decía

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Mi abuela —que no era tuerta— me decía:

«Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena.
¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán
tuyas mientras descansas!

»No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye,
dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna
vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no
trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que
la abstinencia!

»Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los
gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter
la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la
mano que cien volando».

Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme
que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba
con voz de daguerrotipo:

«La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya
ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela.
¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después
de muerta!...

»La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las
pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y
aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de
llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita,
saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle
la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de
viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de
metamorfosear una silla en transatlántico.

»Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré
de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El
dolor de muelas, las estadísticas municipales, la
utilización del aserrín, de la viruta y otros
desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción
insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las
faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad
cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una
moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan
poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan
siquiera tu propia sombra.

»¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de
corbata!»
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Hay Días En Que Yo No Soy Más Que Una Patada

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Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.

¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!

Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.

A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.

Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

¿resultará Más Práctico Dotarse Dé Una Epidermis

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¿Resultará más práctico dotarse dé
una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo
cariado?

Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo
perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un
tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que
sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!”

Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con
más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los
reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba
tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo
sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime,
se sobreentiende.

Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo
que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime.
Lo que hasta ese momento me producía hastío o
repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace
encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros
postales, del adulterio al escorbuto.

¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de
comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno
de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos
incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de
todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de
percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba
electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial
—¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas
embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los
vehículos existentes, desde la intuición a los zancos!
¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador
y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar
vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta
una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...

¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía
ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado
encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares
de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre
cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas
de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y
rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la
reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y
afrodisíacas!...

Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que
otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de
charol.

Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por
experiencia propia, que en la vida no hay más solución
que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto
de vista de la sublimidad.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Nunca He Dejado De Llevar La Vida Humilde Que Puede Permitirse

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Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un
modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la
manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por
la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más
absurdos que pueden imaginarse.

Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me
preguntó sin ninguna clase de preámbulos:

«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de
ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna,
los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el
acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la
pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las
pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué
puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche?
¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo?
Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu
cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza
de mujer».

Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace
dieciséis años que estoy anclado en el correo:

«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese
tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se
incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como
un felpudo.

»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la
abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a
qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la
vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con
qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas!
Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija
de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el
espinazo en el respaldo de la cama».

Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas
barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más
que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:

«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.

»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu
humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu
sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que
se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los
párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las
prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la
lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...

»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que
nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al
pescuezo de alguna vaca...»
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Jamás Se Había Oído El Menor Roce De Cadenas

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Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las
botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al
día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le
encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían
con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se
rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado
tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que
cometiese los más grandes descuidos; alguna de esas
distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.

En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se
sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón,
se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a
saludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligaba
a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su
marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme
esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de
repetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a las
señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una
taza de té, los invitados se colgaban de las arañas, para
reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.

El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el
protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes
que se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa
de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio del
salón para olfatear las flores de la alfombra, y después
de aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

No Se Me Importa Un Pito Que Las Mujeres Tengan Los Senos

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No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como
magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un
aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy
perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el
primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso
sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo
ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar
¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan
locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos
sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de
palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor
a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando
realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de
algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido
entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa!
¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba
con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos
anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un
espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque
nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué
voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de
pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede
brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una
vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho
centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una
mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor
más que volando.
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