Temas
Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

Orhoit Gutaz

ORHOIT GUTAZ

En la pequeña iglesia de Biriatu, a orillas
del Bidasoa, hay un mármol

funerario con la lista de los once hijos de Biriatu que murieron
por

Francia en la gran guerra. En la cabecera dice: "A sus hijos
que han

muerto en la guerra, el pueblo de Biriatu". Luego, la lista
de los muertos.

Y debajo: Orhoit Gutaz, esto es, "Acordaos de nosotros"


Pasasteis como pasan por el roble

las hojas que arrebata en primavera

pedrisco intempestivo;

pasasteis, hijos de mi raza noble,

vestida el alma de infantil eusquera,

pasasteis al archivo

de mármol funeral de una iglesiuca

que en el regazo recogido y verde

del Pirineo vasco

al tibio sol del monte se acurruca.

Abajo, el Bidasoa va y se pierde

en la mar; un peñasco

recoge de sus olas el gemido,

que pasan, tal las hojas rumorosas,

tal vosotros, oscuros

hijos sumisos del hogar henchido

de silenciosa tradición. Las fosas

que a vuestros huesos, puros,

blancos, les dan de última cuna lecho,

fosas que abrió el cañón en sorda guerra,

no escucharán el canto

de la materna lluvia que el helecho

deja caer en vuestra patria tierra

como celeste llanto...

No escucharán la esquila de la vaca

que en la ladera, al pie del caserío,

dobla su cuello al suelo,

ni a lo lejos la voz de la resaca

de la mar que amamanta a vuestro río

y es canto de consuelo.

Fuisteis como corderos, en los ojos

guardando la sonrisa dolorida

—lágrimas del ocaso—,

de vuestras madres —el alma de hinojos—,

¡y en la agonía de la paz la vida

rendisteis al acaso!...

¿Por qué? ¿Por qué? Jamás esta pregunta

terrible torturó vuestra inocencia;

nacisteis... nadie sabe

por qué ni para qué... ara la yunta,

y el campo que ara es toda su conciencia,

y canta y vuela el ave...

¡Orhoit Gutaz! Pedís nuestro recuerdo

y una lección nos dais de mansedumbre;

calle el porqué..., vivamos

como habéis muerto, sin porqué, es lo cuerdo...

los ríos a la mar..., es la costumbre

y con ella pasamos...

912
Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel Machado

Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

Para El Álbum De La Señora Marquesa Viuda De Cerralbo

Ardua es la prueba, generosa amiga:
¡Versos yo en este libro, y los primeros!
Dormida estaba tu razón sin duda
Cuando diste cabida a tal deseo.

Bien quisiera tener para agradarte
Aquel vigor antiguo y aquel fuego
Que animaban mi pluma en otros días
Y algunos lauros a mi frente dieron:

Cuando del mar en la tendida playa
Canté la gloria y el poder inmenso,
Alternando los sones de mi lira
Con el son de las ondas y los vientos,

O cuando rayos sin cesar lanzaba
Contra el poder del Déspota europeo,
Dando en defensa de la patria mía
Ecos de libertad, entonces nuevos.

Aquel tiempo pasó; pedir ahora
La misma fuerza A mi cansado aliento,
Es en jardín talado pedir flores,
O la pompa del mundo en un desierto.

Y aun si en este lugar me permitieses
Escribir todo el bien que de ti pienso,
Más fácil y agradable la tarea,
Más aplaudido fuera el desempeño.

Tú, empero, expresamente lo prohíbes,
Acaso imaginando que el incienso
Rendido en tales libros a las damas
Tiene más de obligado que de ingenuo.

Cúmplase, pues, tu voluntad suprema
Y exentos de lisonja, yo te ofrezco
Versos que en nada tu modestia ofenden,
Si es que son dignos de llamarse versos.

Y si alguno después cuando los lea
Quiere ceñudo comparar con ellos
Las galas que en las páginas siguientes
Prodigarán el arte y el ingenio,

Dí que el yerro fue tuyo, y que escuchando
Sólo de tu amistad el noble afecto,
Diste un prólogo insulso a un bello libro,
Diste un pórtico pobre a un rico templo.
409
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

Para El Álbum De La Señora Marquesa Viuda De Cerralbo

Ardua es la prueba, generosa amiga:
¡Versos yo en este libro, y los primeros!
Dormida estaba tu razón sin duda
Cuando diste cabida a tal deseo.

Bien quisiera tener para agradarte
Aquel vigor antiguo y aquel fuego
Que animaban mi pluma en otros días
Y algunos lauros a mi frente dieron:

Cuando del mar en la tendida playa
Canté la gloria y el poder inmenso,
Alternando los sones de mi lira
Con el son de las ondas y los vientos,

O cuando rayos sin cesar lanzaba
Contra el poder del Déspota europeo,
Dando en defensa de la patria mía
Ecos de libertad, entonces nuevos.

Aquel tiempo pasó; pedir ahora
La misma fuerza A mi cansado aliento,
Es en jardín talado pedir flores,
O la pompa del mundo en un desierto.

Y aun si en este lugar me permitieses
Escribir todo el bien que de ti pienso,
Más fácil y agradable la tarea,
Más aplaudido fuera el desempeño.

Tú, empero, expresamente lo prohíbes,
Acaso imaginando que el incienso
Rendido en tales libros a las damas
Tiene más de obligado que de ingenuo.

Cúmplase, pues, tu voluntad suprema
Y exentos de lisonja, yo te ofrezco
Versos que en nada tu modestia ofenden,
Si es que son dignos de llamarse versos.

Y si alguno después cuando los lea
Quiere ceñudo comparar con ellos
Las galas que en las páginas siguientes
Prodigarán el arte y el ingenio,

Dí que el yerro fue tuyo, y que escuchando
Sólo de tu amistad el noble afecto,
Diste un prólogo insulso a un bello libro,
Diste un pórtico pobre a un rico templo.
409