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Sociedad y el Mundo

Gaspar María de la Nava Álvarez

Gaspar María de la Nava Álvarez

A Mis Amigos Sobre La Sociedad 1803

Aquí do silencioso
corre el blando Guadiana cristalino
sin azotar ruidoso
las piedras de camino,
o encanecen de espuma la ribera.
Tan manso, que creyera
cualquier que lo mirase
que, estancadas sus aguas, no se mueve,
o de su curso leve
la fija dirección equivocase:
aquí que la espesura
de los fresnos y arbustos enlazados
mantiene la frescura,
y ajenos meneados
al dulce soplo del calmoso viento,
nos llaman al contento
del blando meditar, placer süave
que el alma melancólica y sensible
tan sólo encontrar sabe
aquí en la soledad apetecible.

Ven, tierno Ypanco, ven, y tú, mi Anfriso,
fiel Anfriso, venid, venid, sin mora
al lado de Feniso,
que agitado os implora.
Venid aquí y gocemos
la sabrosa amistad tranquilamente
y en su seno clemente
el bullicio dejemos.
La sociedad los hombres olvidemos.

.......................

A la furiosa guerra siguió luego
la dura esclavitud. El inclemente
vencedor conservó la triste vida
del mísero vencido,
y juzgando demente
le estaba concedida
facultad para habérsela extinguido.
Sumiólo en servidumbre aborrecible
a que fuera la muerte preferible.
Vergonzosas cadenas
obras de la injusticia más tirana
de vilipendio llenas,
cayeron a agobiar la especie humana.

......................

Así do quiera que la vista tiendo,
sola la humana sociedad me ofrece
un laberinto horrendo
de males que parece
sobrepujan, si bien lo examinamos,
los bienes todos que en aquella hallamos.
Tan sólo el egoísmo
a los hombres ocupa y los dirige,
la virtud, la justicia, el patriotismo,
la santa y celestial beneficiencia,
sólo en muy pocos corazones mora.
Sólo muy pocos la verdad adoran.
Y nadie en la violencia
de la opresora esclavitud se atreve
a querer anunciarla,
y sólo puede en su interior llorarla.
Todo es esclavo, todo.
Las ciencias y las artes
gimen, sin libertad y despreciando
el saber verdadero en todas partes,
es tal vez como un crimen condenado:
todo en cadenas mil está sumido
y aún el raciocinar ya prohibido.

.......................

Así de nuestra vida
viéramos sin temor aproximarse
el dulce fin; y cuando la homicida
Parca nos sorprendiera
en plácido deliquio
la muerte apareciera.
Y diéramos los últimos alientos
cual en un sueño blando
a el Amor y Amistad himnos cantando.
477
Gaspar María de la Nava Álvarez

Gaspar María de la Nava Álvarez

A Mis Amigos Sobre La Sociedad 1803

Aquí do silencioso
corre el blando Guadiana cristalino
sin azotar ruidoso
las piedras de camino,
o encanecen de espuma la ribera.
Tan manso, que creyera
cualquier que lo mirase
que, estancadas sus aguas, no se mueve,
o de su curso leve
la fija dirección equivocase:
aquí que la espesura
de los fresnos y arbustos enlazados
mantiene la frescura,
y ajenos meneados
al dulce soplo del calmoso viento,
nos llaman al contento
del blando meditar, placer süave
que el alma melancólica y sensible
tan sólo encontrar sabe
aquí en la soledad apetecible.

Ven, tierno Ypanco, ven, y tú, mi Anfriso,
fiel Anfriso, venid, venid, sin mora
al lado de Feniso,
que agitado os implora.
Venid aquí y gocemos
la sabrosa amistad tranquilamente
y en su seno clemente
el bullicio dejemos.
La sociedad los hombres olvidemos.

.......................

A la furiosa guerra siguió luego
la dura esclavitud. El inclemente
vencedor conservó la triste vida
del mísero vencido,
y juzgando demente
le estaba concedida
facultad para habérsela extinguido.
Sumiólo en servidumbre aborrecible
a que fuera la muerte preferible.
Vergonzosas cadenas
obras de la injusticia más tirana
de vilipendio llenas,
cayeron a agobiar la especie humana.

......................

Así do quiera que la vista tiendo,
sola la humana sociedad me ofrece
un laberinto horrendo
de males que parece
sobrepujan, si bien lo examinamos,
los bienes todos que en aquella hallamos.
Tan sólo el egoísmo
a los hombres ocupa y los dirige,
la virtud, la justicia, el patriotismo,
la santa y celestial beneficiencia,
sólo en muy pocos corazones mora.
Sólo muy pocos la verdad adoran.
Y nadie en la violencia
de la opresora esclavitud se atreve
a querer anunciarla,
y sólo puede en su interior llorarla.
Todo es esclavo, todo.
Las ciencias y las artes
gimen, sin libertad y despreciando
el saber verdadero en todas partes,
es tal vez como un crimen condenado:
todo en cadenas mil está sumido
y aún el raciocinar ya prohibido.

.......................

Así de nuestra vida
viéramos sin temor aproximarse
el dulce fin; y cuando la homicida
Parca nos sorprendiera
en plácido deliquio
la muerte apareciera.
Y diéramos los últimos alientos
cual en un sueño blando
a el Amor y Amistad himnos cantando.
477
Gaspar María de la Nava Álvarez

Gaspar María de la Nava Álvarez

A Mis Amigos Sobre La Sociedad 1803

Aquí do silencioso
corre el blando Guadiana cristalino
sin azotar ruidoso
las piedras de camino,
o encanecen de espuma la ribera.
Tan manso, que creyera
cualquier que lo mirase
que, estancadas sus aguas, no se mueve,
o de su curso leve
la fija dirección equivocase:
aquí que la espesura
de los fresnos y arbustos enlazados
mantiene la frescura,
y ajenos meneados
al dulce soplo del calmoso viento,
nos llaman al contento
del blando meditar, placer süave
que el alma melancólica y sensible
tan sólo encontrar sabe
aquí en la soledad apetecible.

Ven, tierno Ypanco, ven, y tú, mi Anfriso,
fiel Anfriso, venid, venid, sin mora
al lado de Feniso,
que agitado os implora.
Venid aquí y gocemos
la sabrosa amistad tranquilamente
y en su seno clemente
el bullicio dejemos.
La sociedad los hombres olvidemos.

.......................

A la furiosa guerra siguió luego
la dura esclavitud. El inclemente
vencedor conservó la triste vida
del mísero vencido,
y juzgando demente
le estaba concedida
facultad para habérsela extinguido.
Sumiólo en servidumbre aborrecible
a que fuera la muerte preferible.
Vergonzosas cadenas
obras de la injusticia más tirana
de vilipendio llenas,
cayeron a agobiar la especie humana.

......................

Así do quiera que la vista tiendo,
sola la humana sociedad me ofrece
un laberinto horrendo
de males que parece
sobrepujan, si bien lo examinamos,
los bienes todos que en aquella hallamos.
Tan sólo el egoísmo
a los hombres ocupa y los dirige,
la virtud, la justicia, el patriotismo,
la santa y celestial beneficiencia,
sólo en muy pocos corazones mora.
Sólo muy pocos la verdad adoran.
Y nadie en la violencia
de la opresora esclavitud se atreve
a querer anunciarla,
y sólo puede en su interior llorarla.
Todo es esclavo, todo.
Las ciencias y las artes
gimen, sin libertad y despreciando
el saber verdadero en todas partes,
es tal vez como un crimen condenado:
todo en cadenas mil está sumido
y aún el raciocinar ya prohibido.

.......................

Así de nuestra vida
viéramos sin temor aproximarse
el dulce fin; y cuando la homicida
Parca nos sorprendiera
en plácido deliquio
la muerte apareciera.
Y diéramos los últimos alientos
cual en un sueño blando
a el Amor y Amistad himnos cantando.
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Gaspar Melchor de Jovellanos

Gaspar Melchor de Jovellanos

(sátira Primera) A Arnesto

Quis tam patiens ut teneat se?
(JUVENAL)


Déjame, Arnesto, déjame que llore

los fieros males de mi patria, deja

que su ruïna y perdición lamente;

y si no quieres que en el centro obscuro

de esta prisión la pena me consuma,

déjame al menos que levante el grito

contra el desorden; deja que a la tinta

mezclando hiel y acíbar, siga indócil

mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.

¡Oh cuánto rostro veo a mi censura

de palidez y de rubor cubierto!

Ánimo, amigos, nadie tema, nadie,

su punzante aguijón, que yo persigo

en mi sátira al vicio, no al vicioso.

¿Y qué querrá decir que en algún verso,

encrespada la bilis, tire un rasgo

que el vulgo crea que señala a Alcinda,

la que olvidando su orgullosa suerte,

baja vestida al Prado, cual pudiera

una maja, con trueno y rascamoño

alta la ropa, erguida la caramba,

cubierta de un cendal más transparente

que su intención, a ojeadas y meneos

la turba de los tontos concitando?

¿Podrá sentir que un dedo malicioso,

apuntando este verso, la señale?

Ya la notoriedad es el más noble

atributo del vicio, y nuestras Julias,

más que ser malas, quieren parecerlo.

Hubo un tiempo en que andaba la modestia

dorando los delitos; hubo un tiempo

en que el recato tímido cubría

la fealdad del vicio; pero huyóse

el pudor a vivir en las cabañas.

Con él huyeron los dichosos días,

que ya no volverán; huyó aquel siglo

en que aun las necias burlas de un marido

las Bascuñanas crédulas tragaban;

mas hoy Alcinda desayuna al suyo

con ruedas de molino; triunfa, gasta,

pasa saltando las eternas noches

del crudo enero, y cuando el sol tardío

rompe el oriente, admírala golpeando,

cual si fuese una extraña, al propio quicio.

Entra barriendo con la undosa falda

la alfombra; aquí y allí cintas y plumas

del enorme tocado siembra, y sigue

con débil paso soñolienta y mustia,

yendo aún Fabio de su mano asido,

hasta la alcoba, donde a pierna suelta

ronca el cornudo y sueña que es dichoso.

Ni el sudor frío, ni el hedor, ni el rancio

eructo le perturban. A su hora

despierta el necio; silencioso deja

la profanada holanda, y guarda atento

a su asesina el sueño mal seguro.

¡Cuántas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas

tu suerte envidian! ¡Cuántas de Himeneo

buscan el yugo por lograr tu suerte,

y sin que invoquen la razón, ni pese

su corazón los méritos del novio,

el sí pronuncian y la mano alargan

al primero que llega! ¡Qué de males

esta maldita ceguedad no aborta!

Veo apagadas las nupciales teas

por la discordia con infame soplo

al pie del mismo altar, y en el tumulto,

brindis y vivas de la tornaboda,

una indiscreta lágrima predice

guerras y oprobrios a los mal unidos.

Veo por mano temeraria roto

el velo conyugal, y que corriendo

con la impudente frente levantada,

va el adulterio de una casa en otra.

Zumba, festeja, ríe, y descarado

canta sus triunfos, que tal vez celebra

un necio esposo, y tal del hombre honrado

hieren con dardo penetrante el pecho,

su vida abrevian, y en la negra tumba

su error, su afrenta y su despecho esconden.

¡Oh viles almas! ¡Oh virtud! ¡Oh leyes!

¡Oh pundonor mortífero! ¿Qué causa

te hizo fiar a guardas tan infieles

tan preciado tesoro? ¿Quién, oh Temis,

tu brazo sobornó? Le mueves cruda

contra las tristes víctimas, que arrastra

la desnudez o el desamparo al vicio;

contra la débil huérfana, del hambre

y del oro acosada, o al halago,

la seducción y el tierno amor rendida;

la expilas, la deshonras, la condenas

a incierta y dura reclusión. ¡Y en tanto

ves indolente en los dorados techos

cobijado el desorden, o le sufres

salir en triunfo por las anchas plazas,

la virtud y el honor escarneciendo!

¡Oh infamia! ¡Oh siglo! ¡Oh corrupción! Matronas

castellanas, ¿quién pudo vuestro claro

pundonor eclipsar? ¿Quién de Lucrecias

en Lais os volvió? ¿Ni el proceloso

océano, ni lleno de peligros,

el Lilibeo, ni las arduas cumbres

de Pirene pudieron guareceros

de contagio fatal? Zarpa, preñada

de oro, la nao gaditana, aporta

a las orillas gálicas, y vuelve

llena de objetos fútiles y vanos;

y entre los signos de extranjera pompa

ponzoña esconde y corrupción, compradas

con el sudor de las iberas frentes.

Y tú, mísera España, tú la esperas

sobre la playa, y con afán recoges

la pestilente carga y la repartes

alegre entre tus hijos. Viles plumas,

gasas y cintas, flores y penachos,

te trae en cambio de la sangre tuya,

de tu sangre ¡oh baldón! y acaso, acaso

de tu virtud y honestidad. Repara

cuál la liviana juventud los busca.

Mira cuál va con ellos engreída

la imprudente doncella; su cabeza,

cual nave real en triunfo empavesada,

vana presenta del favonio al soplo

la mies de plumas y de agrones y anda

loca, buscando en la lisonja el premio

de su indiscreto afán. ¡Ay triste, guarte,

guarte, que está cercano el precipicio!

El astuto amador ya en asechanza

te atisba y sigue con lascivos ojos;

la educación y la caricia el lazo

te van a armar, do caerás incauta,

en él tu oprobrio y perdición hallando.

¡Ay, cuánto, cuánto de amargura y lloro

te costarán tus galas! ¡Cuán tardío

será y estéril tu arrepentimiento!

Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas

del nunca exhausto Potosí nos bastan

a saciar el hidrópico deseo,

la ansiosa sed de vanidad y pompa.

Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo

lo que antes un estado; y se consume

en un festín la dote de una infanta.

Todo lo tragan; la riqueza unida

va a la indigencia; pide y pordiosea

el noble, engaña, empeña, malbarata,

quiebra y perece, y el logrero goza

los pingües patrimonios, premio un día

del generoso afán de altos abuelos.

¡Oh ultraje! ¡Oh mengua! Todo se trafica:

Parentesco, amistad, favor, influjo,

y hasta el honor, depósito sagrado,

o se vende o se compra. Y tú, Belleza,

don el más grato que dio al hombre el cielo,

no eres ya premio del valor, ni paga

del peregrino ingenio; la florida

juventud, la ternura, el rendimiento

del constante amador ya no te alcanzan.

Ya ni te das al corazón, ni sabes

de él recibir adoración y ofrendas.

Ríndeste al oro. La vejez hedionda,

la sucia palidez, la faz adusta,

fiera y terrible, con igual derecho

vienen sin susto a negociar contigo.

Daste al barato, y tu rosada frente,

tus suaves besos y sus dulces brazos,

corona un tiempo del amor más puro,

son ya una vil y torpe mercancía.


683
Gaspar Melchor de Jovellanos

Gaspar Melchor de Jovellanos

(sátira Primera) A Arnesto

Quis tam patiens ut teneat se?
(JUVENAL)


Déjame, Arnesto, déjame que llore

los fieros males de mi patria, deja

que su ruïna y perdición lamente;

y si no quieres que en el centro obscuro

de esta prisión la pena me consuma,

déjame al menos que levante el grito

contra el desorden; deja que a la tinta

mezclando hiel y acíbar, siga indócil

mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.

¡Oh cuánto rostro veo a mi censura

de palidez y de rubor cubierto!

Ánimo, amigos, nadie tema, nadie,

su punzante aguijón, que yo persigo

en mi sátira al vicio, no al vicioso.

¿Y qué querrá decir que en algún verso,

encrespada la bilis, tire un rasgo

que el vulgo crea que señala a Alcinda,

la que olvidando su orgullosa suerte,

baja vestida al Prado, cual pudiera

una maja, con trueno y rascamoño

alta la ropa, erguida la caramba,

cubierta de un cendal más transparente

que su intención, a ojeadas y meneos

la turba de los tontos concitando?

¿Podrá sentir que un dedo malicioso,

apuntando este verso, la señale?

Ya la notoriedad es el más noble

atributo del vicio, y nuestras Julias,

más que ser malas, quieren parecerlo.

Hubo un tiempo en que andaba la modestia

dorando los delitos; hubo un tiempo

en que el recato tímido cubría

la fealdad del vicio; pero huyóse

el pudor a vivir en las cabañas.

Con él huyeron los dichosos días,

que ya no volverán; huyó aquel siglo

en que aun las necias burlas de un marido

las Bascuñanas crédulas tragaban;

mas hoy Alcinda desayuna al suyo

con ruedas de molino; triunfa, gasta,

pasa saltando las eternas noches

del crudo enero, y cuando el sol tardío

rompe el oriente, admírala golpeando,

cual si fuese una extraña, al propio quicio.

Entra barriendo con la undosa falda

la alfombra; aquí y allí cintas y plumas

del enorme tocado siembra, y sigue

con débil paso soñolienta y mustia,

yendo aún Fabio de su mano asido,

hasta la alcoba, donde a pierna suelta

ronca el cornudo y sueña que es dichoso.

Ni el sudor frío, ni el hedor, ni el rancio

eructo le perturban. A su hora

despierta el necio; silencioso deja

la profanada holanda, y guarda atento

a su asesina el sueño mal seguro.

¡Cuántas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas

tu suerte envidian! ¡Cuántas de Himeneo

buscan el yugo por lograr tu suerte,

y sin que invoquen la razón, ni pese

su corazón los méritos del novio,

el sí pronuncian y la mano alargan

al primero que llega! ¡Qué de males

esta maldita ceguedad no aborta!

Veo apagadas las nupciales teas

por la discordia con infame soplo

al pie del mismo altar, y en el tumulto,

brindis y vivas de la tornaboda,

una indiscreta lágrima predice

guerras y oprobrios a los mal unidos.

Veo por mano temeraria roto

el velo conyugal, y que corriendo

con la impudente frente levantada,

va el adulterio de una casa en otra.

Zumba, festeja, ríe, y descarado

canta sus triunfos, que tal vez celebra

un necio esposo, y tal del hombre honrado

hieren con dardo penetrante el pecho,

su vida abrevian, y en la negra tumba

su error, su afrenta y su despecho esconden.

¡Oh viles almas! ¡Oh virtud! ¡Oh leyes!

¡Oh pundonor mortífero! ¿Qué causa

te hizo fiar a guardas tan infieles

tan preciado tesoro? ¿Quién, oh Temis,

tu brazo sobornó? Le mueves cruda

contra las tristes víctimas, que arrastra

la desnudez o el desamparo al vicio;

contra la débil huérfana, del hambre

y del oro acosada, o al halago,

la seducción y el tierno amor rendida;

la expilas, la deshonras, la condenas

a incierta y dura reclusión. ¡Y en tanto

ves indolente en los dorados techos

cobijado el desorden, o le sufres

salir en triunfo por las anchas plazas,

la virtud y el honor escarneciendo!

¡Oh infamia! ¡Oh siglo! ¡Oh corrupción! Matronas

castellanas, ¿quién pudo vuestro claro

pundonor eclipsar? ¿Quién de Lucrecias

en Lais os volvió? ¿Ni el proceloso

océano, ni lleno de peligros,

el Lilibeo, ni las arduas cumbres

de Pirene pudieron guareceros

de contagio fatal? Zarpa, preñada

de oro, la nao gaditana, aporta

a las orillas gálicas, y vuelve

llena de objetos fútiles y vanos;

y entre los signos de extranjera pompa

ponzoña esconde y corrupción, compradas

con el sudor de las iberas frentes.

Y tú, mísera España, tú la esperas

sobre la playa, y con afán recoges

la pestilente carga y la repartes

alegre entre tus hijos. Viles plumas,

gasas y cintas, flores y penachos,

te trae en cambio de la sangre tuya,

de tu sangre ¡oh baldón! y acaso, acaso

de tu virtud y honestidad. Repara

cuál la liviana juventud los busca.

Mira cuál va con ellos engreída

la imprudente doncella; su cabeza,

cual nave real en triunfo empavesada,

vana presenta del favonio al soplo

la mies de plumas y de agrones y anda

loca, buscando en la lisonja el premio

de su indiscreto afán. ¡Ay triste, guarte,

guarte, que está cercano el precipicio!

El astuto amador ya en asechanza

te atisba y sigue con lascivos ojos;

la educación y la caricia el lazo

te van a armar, do caerás incauta,

en él tu oprobrio y perdición hallando.

¡Ay, cuánto, cuánto de amargura y lloro

te costarán tus galas! ¡Cuán tardío

será y estéril tu arrepentimiento!

Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas

del nunca exhausto Potosí nos bastan

a saciar el hidrópico deseo,

la ansiosa sed de vanidad y pompa.

Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo

lo que antes un estado; y se consume

en un festín la dote de una infanta.

Todo lo tragan; la riqueza unida

va a la indigencia; pide y pordiosea

el noble, engaña, empeña, malbarata,

quiebra y perece, y el logrero goza

los pingües patrimonios, premio un día

del generoso afán de altos abuelos.

¡Oh ultraje! ¡Oh mengua! Todo se trafica:

Parentesco, amistad, favor, influjo,

y hasta el honor, depósito sagrado,

o se vende o se compra. Y tú, Belleza,

don el más grato que dio al hombre el cielo,

no eres ya premio del valor, ni paga

del peregrino ingenio; la florida

juventud, la ternura, el rendimiento

del constante amador ya no te alcanzan.

Ya ni te das al corazón, ni sabes

de él recibir adoración y ofrendas.

Ríndeste al oro. La vejez hedionda,

la sucia palidez, la faz adusta,

fiera y terrible, con igual derecho

vienen sin susto a negociar contigo.

Daste al barato, y tu rosada frente,

tus suaves besos y sus dulces brazos,

corona un tiempo del amor más puro,

son ya una vil y torpe mercancía.


683
Gaspar Melchor de Jovellanos

Gaspar Melchor de Jovellanos

(epístola Cuarta) De Jovino A Anfriso, Escrita Desde El Paular

[Segunda versión]



Credibile est illi numen ineste loco.
(OVIDIO)


Desde el oculto y venerable asilo,

do la virtud austera y penitente

vive ignorada, y del liviano mundo

huida, en santa soledad se esconde,

Jovino triste al venturoso Anfriso

salud en versos flébiles envía.

Salud le envía a Anfriso, al que inspirado

de las mantuanas Musas, tal vez suele

al grave son de su celeste canto

precipitar del viejo Manzanares

el curso perezoso, tal süave

suele ablandar con amorosa lira

la altiva condición de sus zagalas.

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado

a quien no dio la suerte tal ventura

pudiese huir del mundo y sus peligros!

¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla

logró arribar a puerto tan seguro,

que esconderla supiera en este abrigo,

a tanta luz y ejemplos enseñado!

Huyera así la furia tempestuosa

de los contrarios vientos, los escollos

y las fieras borrascas, tantas veces

entre sustos y lágrimas corridas.

Así también del mundanal tumulto

lejos, y en estos montes guarecido,

alguna vez gozara del reposo,

que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo

de la virtud arrastra la cadena,

la pesada cadena con que el mundo

oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste

en cuyo oído suena con espanto,

por esta oculta soledad rompiendo,

de su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas

el reposo y la paz que aquí se esconden,

y sólo encuentro la inquietud funesta

que mis sentidos y razón conturba.

Busco paz y reposo, pero en vano

los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,

herencia santa que al partir del mundo

dejó Bruno en sus hijos vinculada,

nunca en profano corazón entraron,

ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que fuera de este asilo

sólo me guarda el mundo sinrazones,

vanos deseos, duros desengaños,

susto y dolor; empero todavía

a entrar en él no puedo resolverme.

No puedo resolverme, y despechado,

sigo el impulso del fatal destino,

que a muy más dura esclavitud me guía.

Sigo su fiero impulso, y llevo siempre

por todas partes los pesados grillos,

que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,

pido a la muda soledad consuelo

y con dolientes quejas la importuno.

Salgo al ameno valle, subo al monte,

sigo del claro río las corrientes,

busco la fresca y deleitosa sombra,

corro por todas partes, y no encuentro

en parte alguna la quietud perdida.

¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,

cansados de llorar, presenta el cielo!

Rodeado de frondosos y altos montes

se extiende un valle, que de mil delicias

con sabia mano ornó Naturaleza.

Pártele en dos mitades, despeñado

de las vecinas rocas, el Lozoya,

por su pesca famoso y dulces aguas.

Del claro río sobre el verde margen

crecen frondosos álamos, que al cielo

ya erguidos alzan las plateadas copas

o ya sobre las aguas encorvados,

en mil figuras miran con asombro

su forma en los cristales retratada.

De la siniestra orilla un bosque ombrío

hasta la falda del vecino monte

se extiende, tan ameno y delicioso,

que le hubiera juzgado el gentilismo

morada de algún dios, o a los misterios

de las silvanas dríadas guardado.

Aquí encamino mis inciertos pasos

y en su recinto ombrío y silencioso,

mansión la más conforme para un triste,

entro a pensar en mi crüel destino.

La grata soledad, la dulce sombra,

el aire blando y el silencio mudo

mi desventura y mi dolor adulan.

No alcanza aquí del padre de las luces

el rayo acechador, ni su reflejo

viene a cubrir de confusión el rostro

de un infeliz en su dolor sumido.

El canto de las aves no interrumpe

aquí tampoco la quietud de un triste,

pues sólo de la viuda tortolilla

se oye tal vez el lastimero arrullo,

tal vez el melancólico trinado

de la angustiada y dulce Filomena.

Con blando impulso el céfiro suave,

las copas de los árboles moviendo,

recrea el alma con el manso ruido;

mientras al dulce soplo desprendidas

las agostadas hojas, revolando,

bajan en lentos círculos al suelo;

cúbrenle en torno, y la frondosa pompa

que al árbol adornara en primavera,

yace marchita, y muestra los rigores

del abrasado estío y seco otoño.

¡Así también de juventud lozana

pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!

Un soplo de inconstancia, de fastidio

o de capricho femenil las tala

y lleva por el aire, cual las hojas

de los frondosos árboles caídas.

Ciegos empero y tras su vana sombra

de contino exhalados, en pos de ellas

corremos hasta hallar el precipicio,

do nuestro error y su ilusión nos guían.

Volamos en pos de ellas, como suele

volar a la dulzura del reclamo

incauto el pajarillo. Entre las hojas

el preparado visco le detiene;

lucha cautivo por huir y en vano

porque un traidor, que en asechanza atisba,

con mano infiel la libertad le roba

y a muerte le condena, o cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos

un pronto desengaño corrió el velo

de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces

dichoso el solitario penitente,

que, triunfando del mundo y de sí mismo,

vive en la soledad libre y contento!

Unido a Dios por medio de la santa

contemplación, le goza ya en la tierra,

y retirado en su tranquilo albergue,

observa reflexivo los milagros

de la naturaleza, sin que nunca

turben el susto ni el dolor su pecho.

Regálanle las aves con su canto

mientras la aurora sale refulgente

a cubrir de alegría y luz el mundo.

Nácele siempre el sol claro y brillante,

y nunca a él levanta conturbados

sus ojos, ora en el oriente raye,

ora del cielo a la mitad subiendo

en pompa guíe el reluciente carro,

ora con tibia luz, más perezoso,

su faz esconda en los vecinos montes.

Cuando en las claras noches cuidadoso

vuelve desde los santos ejercicios,

la plateada luna en lo más alto

del cielo mueve la luciente rueda

con augusto silencio; y recreando

con blando resplandor su humilde vista,

eleva su razón, y la dispone

a contemplar la alteza y la inefable

gloria del Padre y Criador del mundo.

Libre de los cuidados enojosos,

que en los palacios y dorados techos

nos turban de contino, y entregado

a la inefable y justa Providencia,

si al breve sueño alguna pausa pide

de sus santas tareas, obediente

viene a cerrar sus párpados el sueño

con mano amiga, y de su lado ahuyenta

el susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos

de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca

de los tristes mundanos conocida!

¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!

¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria

taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto

y proceloso mar del mundo huyendo

a vuestra eterna calma, aquí seguro

vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria,

en esta triste soledad sumido.

Llega en tanto la noche y con su manto

cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces

a los medrosos claustros. De una escasa

luz el distante y pálido reflejo

guía por ellos mis inciertos pasos;

y en medio del horror y del silencio,

¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,

mi corazón palpita, en mi cabeza

se erizan los cabellos, se estremecen

mis carnes y discurre por mis nervios

un súbito rigor que los embarga.

Parece que oigo que del centro oscuro

sale una voz tremenda, que rompiendo

el eterno silencio, así me dice:

«Huye de aquí, profano, tú que llevas

de ideas mundanales lleno el pecho,

huye de esta morada, do se albergan

con la virtud humilde y silenciosa

sus escogidos; huye y no profanes

con tu planta sacrílega este asilo.»

De aviso tal al golpe confundido,

con paso vacilante voy cruzando

los pavorosos tránsitos, y llego

por fin a mi morada, donde ni hallo

el ansiado reposo, ni recobran

la suspirada calma mis sentidos.

Lleno de congojosos pensamientos

paso la triste y perezosa noche

en molesta vigilia, sin que llegue

a mis ojos el sueño, ni interrumpan

sus regalados bálsamos mi pena.

Vuelve por fin con la risueña aurora

la luz aborrecida, y en pos de ella

el claro día a publicar mi llanto

dar nueva materia al dolor mío.


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Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

La Oración De La Maestra

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona
que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste
por la Tierra.

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura
de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto.
Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba,
la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando
me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido
de las que enseñé.

Dame el ser más madre que las madres, para poder
amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame
que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte
en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis
labios no canten más.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para
que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él.

Pon en mi escuela democrática el resplandor que
se cernía sobre tu corro de niños descalzos.

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer
pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión
que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida.

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme!
Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea
más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin
los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón,
el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en
tu mirada la dulzura de las aprobaciones.

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser
complicada o banal en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar
cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis
pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora.

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela
más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he
corregido amando!

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos.
Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda.
Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más
horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas.

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo
de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra
es llegar al último día con el lanzazo de Longinos en el
costado ardiente de amor.

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