Temas
Poemas en este tema

Naturaleza y Elementos

Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Neira Golondrinas, Grullas Y Patos

A NEIRA. GOLONDRINAS, GRULLAS Y PATOS


Carolina Coronado acompaña en su despedida a las golondrinas, a
las grullas y a los patos.



Ya, Neira, despedí a la golondrina

que en el techo campestre haciendo el nido

mansa inocente mi compaña ha sido

en la estación risueña que termina;

la grulla en cambio ya vino dañina

el fruto a destrozar recién nacido

que en este yermo a fuerza de sudores

lograron cultivar los labradores.


El pato en enturbiar las claras fuentes

de este valle purísimo obcecado

revuelve con el fondo encenagado

los graciosos espejos trasparentes;

¡lástima que desdeñe las corrientes

de un brillo tan hermoso y azulado,

donde lucir pudiera entre la espuma,

por hundir en el fango el alba pluma!


¿Quién nos diera encontrar siempre a la bella

que en nuestros techos amorosa anida

y en su cantar sencillo entretenida

nos divierte feliz de sol a estrella?

¿Quién nos diera encontrarla siempre a ella

que a nadie ofende, cuya dulce vida

consagrada a los suyos, sobre el heno,

ni daña al labrador ni anda entre cieno?


¿Hay en mi tierra hermosos olivares

formados como tropas, en hileras?

Pues a dañar su flor a sus praderas

vienen bandos de grullas a millares.

¿Hay arroyos que van entre juncares

retratando el verdor de estas laderas?

Pues acuden los patos a bandadas,

«¿Aves estas no son civilizadas?»


¿Qué más da que en mi lira sean cantados

hombres o grullas si en diversos nombres

disfrazadas las grullas van de hombres

y los hombres de grullas disfrazados?

¿Por qué han de ser los patos desdeñados

si los hombres tal vez con sus renombres

viviendo en bacanales, como en cieno,

no fueron ni más puros ni más buenos?


¿Qué más da pues que yo cante los hechos

con mi endeble laúd, mi voz de niña

de las aves que pueblan la campiña

y las aves que habitan bajo techos?

Con iguales instintos y derechos

todas viven del daño y la rapiña;

soldados-grullas talan los sembrados

y las ciudades ¡ay! grullas-soldados.


Galanes patos de la fuente empañan

el manantial que beben los pastores,

patos galanes, patos impostores

en las virtudes la calumnia ensañan;

hombres-patos, en fin, sus alas bañan

en fétidos pantanos corruptos;

patos-hombres sepultan en orgías

su bella juventud, sus bellos días.


¿Por qué al mísero pato guerra tanta,

por qué a la infeliz grulla tanta guerra,

si hay seres más indignos en la tierra

y el hombre docto los celebra y canta?

Cada piedra, cada ave, cada planta,

una vida, una historia, un mundo encierra

y muchos en el mundo, bien lo sabes,

valen menos que piedras, plantas, aves.


Pues no siempre he de hallar por mi camino

golondrinas, que pocas han quedado,

mejor canto a las grullas, que al malvado.

A los patos mejor que al libertino:

esos nombres de Atila, Jerjes, Nino

siempre al numen benigno han espantado

y siempre aborrecí como a enemigos

los Paris, los Nerones, los Rodrigos.


Una grulla el gran Jerjes vale en suma,

pero el rico Nerón no vale un pato

que fuera a dar el pájaro barato

aun dando por Nerón no más la pluma:

¿pues por qué si la historia nos abruma

con uno y otro nombre tan ingrato

no ha de cantar, sin que te cause risa,

a la grulla y al pato la poetisa?


Lo mismo da las aves que los hombres

lo mismo el campo da que las ciudades,

pues componen entrambas vecindades,

los mismos seres con distintos nombres;

grullas hay en el mundo con nombres,

patos bajo soberbias potestades,

y en ciudades lo mismo que entre encinas

sobre grullas y patos golondrinas.

Badajoz, 1846

645
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En Otro El Jilguero Y La Flor Del Agua

Escúchame, poeta
un gracioso jilguero
joven, vivo y ligero
más que brisa coqueta.

Después de haber corrido
del valle a la colina
tras cada peregrina
yerbecilla perdido,

Después de haber cruzado
cien veces la pradera
cada flor hechicera
cantando enamorado.

De larga travesía
fatigado su vuelo
al pie de un arroyuelo
vino a posar un día.

El sol ya se ocultaba,
y su postrer reflejo
en el brillante espejo
del agua reflejaba.

A otras flores asida
y siempre en la corriente
de la linfa latiente
flotando conmovida,

Leve como amarilla
cañilla de centeno
en su cristal sereno
vivía una florecilla.

Sus galas, su belleza
eran no más frescura
que daba el agua pura
a su gentil cabeza.

Era el hermoso brillo
que el sol que se alejaba
melancólico daba
a su cáliz sencillo...

Vio el pájaro gracioso.
La ninfa peregrina
y en el agua argentina
lanzó un trino amoroso.

Oyó la florecilla
al colorín amante
y vaciló un instante
temblando en su barquilla...

—Vente, (el ave cantó)
que otro lecho más rico
transportada en mi pico
he de buscarte yo.

—No, la flor respondía,
si dejo la frescura
del agua mansa y pura
no viviré ni un día.

—Rompe el tallo hechicero,
no estés en la ola hundida.
—Estoy al agua unida
si me arrancas me muero.

—¡Ah! vente a otros lugares
—¡Quédate al lado mío!
—¡Verás los anchos mares!
—Me basta con mi río.

¡Adiós! ¡gritó impaciente
el pájaro ofendido!
La flor con un gemido
respondió tristemente.

«Nunca me amaste, si mi endeble frente
sabes que con un soplo se marchita
¿cómo del ronco viento que te agita
pudiera resistir el gran torrente?

»Por buscar otra tierra más lejana
arrancarme del agua que me alienta
es pretender con ansiedad violenta
sacrificarme a tu ambición insana.

»Si no son estas ondas transparentes
que repiten tus trinos amorosos
y te halagan con besos cariñosos
espejos atu orgullo suficientes,

»Adiós, adiós, vuela a buscar ventura
de aquilón en el fiero torbellino
y déjame en mi arroyo cristalino
sobre mi cuna hallar mi sepultura.

»El cierzo romperá tus alas bellas
y cuando tornes y a mi amor te acojas,
de mi triste barquilla y de mis hojas
¡no hallarás en las olas ni las huellas!»
583
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Rosa Blanca

Antes que por la lluvia fecundada
arde la tierra al sol de primavera,
que apresurando su veloz carrera,
muestras la luz de mayo anticipada;
queda la yerba mísera abrasada
antes de desplegarse en la pradera
y, como niño que en la cuna muere,
seco el pimpollo al rayo que lo hiere.

Para su breve curso el arroyuelo:
la fuente agota su caudal mezquino;
de la desnuda acacia al muerto espino
lleva la joven mariposa el vuelo;
el polvo lame del estéril suelo
la oveja hambrienta, y fijo en el camino.
A lo lejos contempla los sembrados
el labrador con ojos desolados...

¿A qué viene la niña de la aldea
a recorrer los campos cuidadosa
si no ha de hallar en ellos ni una hermosa
flor, que de su cabello ornato sea?
Siempre cuando la mansa luna ondea,
al acabarse el día, presurosa
desciende murmurando a la ribera
y se mira en el agua placentera.

Y alza de entre los juncos de su orilla
una flor de blancura reluciente
y una por una cuenta ansiosamente
las hojas de su corola sencilla:
y cuantas menos son, más gozo brilla
en la faz de la niña, más latiente
siente su pecho, y en el onda pura
mira con más cuidado su hermosura.

Aquella flor tan blanca y olorosa
al pie del arroyuelo colocada
desde lejano huerto transplantada
revela inteligencia misteriosa:
para aquella que aguarda el alba rosa
un signo es cada boja plateada,
que, en su número, anuncian a María
las horas de una cita cada día.

Seis hojas solamente coronaban
ayer las sienes de la fresca rosa,
los ojos de la niña venturosa
al recorrerlas de placer brillaban;
y era que ya de cerca resonaban
las pisadas y el habla cariñosa
del oculto galán que en la ribera
la dulce niña enamorada espera.

Mas ¡ay del triste, doloroso día
en que la amada flor de su consuelo
sus hojas doce al pie del arroyuelo
muestre a los ojos de la fiel María!
El habla tierna que a su lado oía,
el rostro que miró con tanto anhelo
no escuchará ya más en la ribera,
no verá junto al agua placentera.

Ya su carrera el sol en paz termina,
ya no alcanza su rayo a la pradera
mas refléjase aún su luz postrera
en la pálida copa de la encina;
y en una errante nube blanquecina
que, al caso, perdida por la esfera
mitad de su color al sol le debe,
mitad al brillo de la luna leve.

El sol lejano, el cielo transparente,
la débil luna, el viento sosegado
el monte allá a lo lejos levantado
entre la oscura sombra del oriente;
el pájaro que trina suavemente,
el riachuelo que suene acompasado
prestan al mustio campo en su tristeza
galas de juventud y de grandeza.

Reanima sus pimpollos la arboleda
y la planta el follaje decaído;
por la nocturna sombra humedecido,
el seco prado reluciente queda:
que aunque estación ingrata no conceda
benigna lluvia al campo agradecido,
basta al suelo de España fresca sombra
para tejer su verde y rica alfombra.

Y aún han de hallar las aves extranjeras
que emigran de los climas apartados
abundante semilla en sus collados
y sombra deliciosa en sus riberas:
y aún tejerá en abril en sus praderas
ramilletes de lirios delicados
la niña que ya baja al arroyuelo
tras de la blanca flor de su desvelo.

Menos de su colmena enamorada
vuela ansiosa la abeja a los panales
que la amorosa niña a los juncales
donde la clara flor está guardada;
su faz inquieta brilla carminada
entre las rubias trenzas desiguales,
como en pálidos trigos encendida
tierna amapola, a medias escondida.

Mas hoy la bella flor de su alegría
no corona los juncos del riachuelo...
dos lagrimas de amante desconsuelo
caminan por el rostro de María;
cual si viajero que la fuente ansía
tocara el agua convertida en hielo,
así al hallar los juncos sin la rosa
queda la niña triste y silenciosa.

Fija la vista por el agua clara
que bajo de sus plantas se desliza,
cómo sus hilos transparentes riza
luego el lloro enjugándose repara:
y cómo aquella flor graciosa y rara
blanca en su cerco, en la mitad pajiza
se mece en su barquilla deliciosa
burlando la corriente bulliciosa.

Y al fin ya divertido su cuidado
brota en su corazón nueva esperanza.
¿Quién sabe en su raudal que al junco alcanza
si habrá la rosa el agua arrebatado?
¿Quién sabe si su espíritu agitado
halla en leve ocasión grave tardanza,
y si al compás del agua cristalina
ya muy cercano su garzón camina?...

En tanto que la vaga nubecilla
ya sobre su cabeza se suspende,
en dos alas blanquísimas que tiende,
como paloma que en los aires brilla;
a la postrera débil lucecilla
que del sol medio oculto se desprende
piensa ordenar María su prendido
del arroyuelo en el cristal lucido.

Que de su amante a los oscuros ojos
bella mostrarse anhela, cual ninguna;
el parecer hermoso de la luna,
por ser ajeno hechizo, le da enojos:
del sol la enfadan los perfiles rojos
y el brillo de la estrella le importuna,
que no pueden sufrir sus altos celos
ni las rivales mismas de los cielos.

La gran toca dorada del cabello
por el vivo airecillo descompuesta,
la ondulante gasilla alba y modesta
que en torno ciñe su azulado cuello
más peregrino harán el rostro bello
en su inocente compostura honesta...
Llégase, y sobre el agua cristalina
el blanco rostro la doncella inclina.

Mas en vez del contorno delicado
donde lucen sus ojos lagrimosos
se muestran en los espejos temblorosos
la nubecilla en círculo ovalado—
muda el cristal; mas hállanlo empañado
dondequiera sus ojos temerosos
la nube al arroyuelo todo alcanza
y va burlando siempre su esperanza.

Alza confusa el rostro con recelo
hacia la sombra que su arroyo empaña
que la nube de blancura extraña
que de la luna pende, como un velo;
ya asemeja meciéndose en el cielo
un cisne que en su lago azul se baña
y ya remeda una graciosa cuna
do como un niño muéstrase la luna.

De nuevo al agua tórnase María
y otra vez vuelve a hallar la nube en ella...
Con presurosos pasos la doncella
huye espantada a la cercana vía:
caminante sin luz, ciego sin guía
los erizados juncos atropella
temblando al vago roce del cabello
que el viento hace flotar sobre su cuello.

Pero del sauce aquel cuya melena
luenga baja hasta hundirse en la corriente
suave, como el ruido de la fuente,
y dulce una doliente queja suena:
notas de una muy triste cantilena
que por el mismo corazón se siente,
voz de quien sufre y se lastima y ruega,
«¡ay!» que hasta el alma desgarrando llega.

¿Quién gemirá en aquella orilla sola
que con suspiros a la niña clama?
¿Quién escondido bajo aquella rama
con amor tanto y ansiedad llamóla?
¿Cuyo es el pecho que también asola
el tierno incendio de amorosa llama?...
¿Se alejará sin ver la compañera
tórtola que la aguarda en la ribera?

«¡Ay!» dice el canto bello y penetrante
y de el susto primero recobrada
«¡ay!» la niña tornando a la enramada
donde a su amiga siempre halla constante;
cual si se hallara la infantil amante
por la tórtola débil amparada
ya nada teme, junto al sauce llega
y el ave escucha y con su lecho juega.

¡Cómo la luna de nevada que era
vase tornando de color rosada!
¡Cómo rompe la atmósfera azulada
aquella estrella hermosa la primera!
¡Cómo de la naciente primavera
la vespertina brisa es regalada!
La doncella en sus palmas, cuán hirviente
el seno de su amiga latir siente.

No escuchó más cantares soberanos,
más jardines no vio, más anchos mares
que el humilde regato y los juncares
y al ave que le arrulla entre las manos;
mas no ha menester ver los océanos
otro jardín hallar, ni oír más cantares
que al seno de la joven conmovida
falta respiración, sóbrale vida.

Cuando así el corazón latir sentimos
ya no hay en nuestro ser más que esperanza,
a dondequiera que la vista alcanza,
placeres solamente distinguimos,
de las pasadas penas que gemimos
hasta el recuerdo el pensamiento lanza
y en el mal que tocamos no creemos
y la dicha abrazamos que no habemos.

¡Triste enamoradísima doncella!
¡Cándida niña de la faz rosada!
Presto de los suspiros aliviada
suspensa al contemplar la noche bella
olvida su amarguísima querella
y tórnase a mirar esperanzada
si por acaso el agua se avecina
la sombra que sus ojos ilumina.

«Vendrá» se dice, pero el grave canto
de un cárabo en la orilla contrapuesta
miente un «no, no, no, no» como respuesta
que pone al corazón medroso espanto:
rompe en sus ojos lastimado llanto
al escuchar la cántica funesta
y ya pretende huir, ya se detiene
ya se aleja, y ya al sin otra vez viene.

Suena el arroyuelo —la brillante luna
que en su linfa serena se retrata
hebra tras hebra el agua desbarata
y la vuelve a formar una tras una.
Ora que en el riachuelo sombra alguna
no empañará tal vez, su tersa plata
la niña con la luz que se acrecienta
verse la roja faz de nuevo intenta.

Y allí la nube que en la tarde había,
allí la sombra esta maravillosa,
allí dentro del agua rumorosa
empaña el vago espejo de María.
¿Qué nube es ésa que en tenaz porfía
persigue a la doncella temerosa,
como el rostro múltiple entristecido
del importuno amante aborrecido?

Blanco vellón remeda del cordero
la nubecilla vaga y misteriosa
que en torno de la luna deliciosa
la sigue en su camino placentero;
ya se apiña y ya vuelve al ser primero
forma y color mudando caprichosa;
tan presto miente un lago, una cabaña
tan presto una ciudad, una montaña.

Y ya su cerco rápido descrece
y al cabo a breve trecho reducida
como bajo un fanal brasa encendida
la luna entre el vapor blanco aparece;
rompe en mitad su rayo y resplandece
en menudos pedazos dividida
la nube que ya es flor, a cuyo centro
pétalos da la luna desde adentro.

Flor de blancura extrema y lozanía
cuyas hojas se apiñan y se tocan
y menguan, se perfilan, se colocan
en circular, simétrica armonía...
Si los ojos no turban de María
las lágrimas que ardientes la sofocan
la clara flor que la presenta el cielo
es la rosa ocasión de su desvelo.

El bello lustre de sus hojas ciega,
de su cáliz radiante el brillo ofende
y el dulce aroma que de sí desprende
traspasa el éter y a la tierra llega:
y cuanto más su corola desplega,
más su esencia purísima trasciende
y más, y más resplandeciente brilla
de su precioso centro la semilla.

En ella entrambos ojos enclavados,
ambos brazos tendidos hacia ella
en éxtasis respira la doncella
los aires con su aliento embalsamados;
sus espíritus deja conturbados
con su perfume y luz la flor aquella
y siente su cerebro dolorido
cefrado el corazón y comprimido.

Y surge un pensamiento de repente
de en medio de su mente fascinada...
¿Cuántas hojas tendrá la rosa hallada
sobre los cielos milagrosamente?
Recorre hoja por hoja atentamente
mas con su hiriente brillo deslumbrada
por más que en repasarlas se atormenta
una tras otra vez yerra la cuenta.

Mas, distintas las hojas va dejando
ver ya la claridad, mas quebrantada
y la niña, impaciente, la mirada
en la divina flor clava temblando—
Dos... cuatro... seis... diez, hojas va contando
y once llega a contar sobresaltada,
y al mirar otra más lanzó un gemido
y en su seno de amor cesó el latido.

Allí quedó en las urnas del riachuelo
el bello y joven tronco sepultado—
las aguas con acento lastimado
en torno de él hicieron largo duelo;
la tórtola, con tierno desconsuelo
espantada doliéndose a su lado
un ronco y lamentable son hacía
con el rumor del agua que gemía.
1.063
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cádiz

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo...
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!...
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.

¡Tú eres el mar!... ¡el mar!... no eres el
río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.

¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?...
La Francia se ha tragado a su monarca.

¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.

¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.

¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.

¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.

¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.

Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.

Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.

¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo...
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.

¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.

Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo misino que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.

¡Adiós, amigos!... ¡tierra hospitalaria!...
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te
vea!»
737
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Las Tormentas De 1848

¿También aquí, Señor, en las entrañas
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.

Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.

Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.

Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.

Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.

¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.

¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!

Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?

¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...

Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?

Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!

¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.

Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!

¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?

¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?

Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.

¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?

Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.

Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.

Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
635
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Las Tormentas De 1848

¿También aquí, Señor, en las entrañas
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.

Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.

Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.

Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.

Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.

¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.

¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!

Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?

¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...

Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?

Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!

¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.

Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!

¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?

¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?

Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.

¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?

Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.

Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.

Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
635
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Adiós Del Año De 1848 La Aurora Boreal

¿Qué es esa claridad que de repente
de la ermita ilumina el campanario,
y del Gévora oscuro la corriente
brillar hace en el campo solitario;
y por qué palidecen de la gente
los rostros al fulgor extraordinario
mientras sus sobresaltos y temores
revelan los ancianos labradores?

«¡Ay de nosotros, ay de nuestra tierra!»
Claman los labradores espantados.
«¿Veis los senos del ciclo ensangrentados?»
«Es anuncio de crímenes... de guerra...»
Mas confunden su voz desde la sierra
los lobos en su aullar, y los ganados
cuyos medrosos, débiles balidos
conjuran nuestros perros con aullidos.

Aparecerse veo las encinas,
agitando sus brazos al relente,
como fantasmas a la luz ardiente
que refleja en sus copas blanquecinas;
y dos tórtolas veo peregrinas,
huyendo de su cima velozmente,
que deslumbradas por la fuerte llama,
temieron el incendio de su rama.

¿Adónde van envueltos en los vientos,
cual nocturnos espíritus errantes,
ésos que con amarse están contentos
desde la cuna sin cesar amantes?
¿Quién les turba la paz ni los acentos
con que entrambos se arrullan palpitantes,
para volar, huyendo de la aurora
a la orilla del Gévora sonora?

Del fresno entre la húmeda enramada
¿van a buscar contra el incendio asilo?
Y ¿adónde encontraré yo una morada
para que pose el ánimo intranquilo?
¿Adónde irá mi alma acobardada
de esta medrosa noche en el sigilo,
contra el fantasma que sufrir no puedo
a guarecerse del horrible miedo?

Emilio, ven, contempla sin enojos
los rayos de la luz, que así me inquieta,
y mira si es la luna ese planeta
que yo distingo entre vapores rojos;
porque hace un año que fatal cometa
vieron cruzar mis espantados ojos,
y trajo al mundo universal estrago,
y tengo miedo de su nuevo amago.

Yo tengo miedo, sí, yo confundida
y en mi propia ignorancia avergonzada-
la causa del fenómeno escondida
busco, y en mi saber no encuentro nada;
pero amante del Gévora, la vida
pase a orillas del Gévora apartada,
y a temer aprendí de los pastores
del ciclo los extraños resplandores.

¿Oíste tú contar que desgarrados
como fieras allá los hombres mueren,
y no serán los golpes que los hieren
por los genios maléficos lanzados?
Y cuando están así desesperados,
¿genios no habrá que así los desesperen
sobrehumanos, celestes, infernales
de quienes esas llamas son señales?

No sé lo que será... pero recemos
por todos y por él... ¡genio querido,
ser adorado que jamás olvido
ni en los propios pesares más extremos!
¡ah! que de ese fantasma que tenemos
él hubiera mi mente defendido,
si penetrara aquí por un momento
la luz de su brillante pensamiento.

Hijo del mar, su pensamiento grave
conoce de los astros el camino,
porque el allá en el piélago marino
las noches estudió desde su nave,
y él me dijera, pues que tanto sabe,
por qué del cielo el resplandor divino
tiende esta noche el rubicundo manto
que pone el corazón tan grande espanto.

Yo, si mi mano de su mano asiera,
aun a la luz que temerosa brilla,
en esta misma noche me atreviera
del Gévora a llegar hasta la orilla;
y tal vez más allá de la ribera
la causa hallara fácil y sencilla
de ese fuego que abrasa el horizonte,
en el incendio del cercano monte...

Mas vuelve, Emilio, y mira sin recelo
si la encendida nube ya se aleja;
calma por Dios el fatigoso anhelo
del corazón que ni alentar me deja...
¿Dices que de la luz el ancho velo
por el espacio todo se refleja,
y que ya no se ve sombra ninguna...
ni los luceros, ni se ve la luna?...

¡Qué nos va a suceder! ¡qué nuevas penas
los decretos nos guardan del destino,
si ya de pesadumbres imagino
que están las almas de las gentes llenas!
Y ¿por qué no han de ser puras y buenas
esas luces, que teme el campesino,
y por qué no ha de ser de la montaña
el incendio, tal vez, de una cabaña?...

Tal vez de la cobarde fantasía,
tal vez del conturbado pensamiento
esas visiones son que el alma mía
vio fijas en el rojo firmamento;
tal vez en esta noche oscura y fría
nadie siente el espanto que yo siento
y ven los hombres, sin curarse de ellas,
las ráfagas que absorben las estrellas.

Vuelve otra vez, y mira si se apaga
o si se enciende más... si se enrojece...
y si de algún fantasma que aparece
ves ondear la cabellera vaga-
¿qué es lo que dices? ¿que el incendio crece
y que abrasar el universo amaga
tal vez ¡o niño! te confunde el miedo...
deja que mire... si mirarlo puedo...

¡Ay! es verdad, los rayos que se extienden
amenazando ahogar el vasto mundo,
los espíritus malos los encienden,
y al contemplarlos ya no me confundo;
ya con más claridad los aires hienden,
y aparece el fantasma furibundo,
y es hasta Roma donde el fuego alcanza,
y es sobre Roma donde el fuego lanza.

¡En Roma, en Roma! El fuego está en su cumbre
mira cómo la luz allí se aumenta;
allí chispea la espantosa lumbre;
allí el rojo fantasma se ensangrienta;
allí la alborotada muchedumbre
hace a la cristiandad terrible afrenta...
allí abismado en su dolor sombrío
¡huye a los mares el sagrado Pío!

Mira por qué en los cielos se encendía
con tales rayos la siniestra llama;
mira por qué es la hoguera que derrama
tan fantástica luz al medio día,
mira por qué mí corazón temía,
risueno Emilio, al cielo que se inflama,
porque esa luz en noche tan oscura
era señal de nueva desventura.

Mira con qué furor sus alas bate,
para alejarse el de la adversa suerte;
año del infortunio, del combate,
del contagio, del crimen, de la muerte:
mira por qué a su «adiós» mi pecho late
sin que un instante a serenarle acierte,
porque el postrero adiós de su agonía
envuelto en el incendio nos lo envía.

¿Quién derramó la muerte en las ciudades?
¿Cuáles rayos los pueblos consumieron?
Los pontífices santos ¿por qué huyeron
y fue la humanidad calamidades?
No fueron de los hombres las maldades,
año de destrucción, tus genios fueron;
tu espíritu, no más, fue el enemigo,
que al mundo vino a dar tanto castigo.

Tú, como el huracán de los desiertos
que arrastra a los audaces peregrinos,
has pasado dejando los caminos
con el polvo de víctimas cubiertos;
tú, ya cuando a los muros palestinos
arribaba, tal vez, con pasos ciertos,
has destruido, con tu nube insana,
de una generación la caravana.

Y ¿cómo quieres que tu adiós acoja
la gente sin pavor, cuando en su daño
hiendes la horrible cabellera roja
maligno genio del funesto año?
Cuando en tu triste despedida arroja
el ciclo fuego, y con enojo extraño
viste la noche de color sangriento,
¡cómo decirte «adiós» sin desaliento!

Huye, te dice el pueblo desgraciado,
de quien vinistes a turbar la vida,
y ¡ojalá! ¡que en tus urnas sepultado
fuera el llanto que trajo tu venida!
Los que tanto en tus horas han llorado
te vienen a cantar la despedida:
mas huye, por piedad, más velozmente
mientras te canta el corazón doliente.

Huye, y que deje de mostrar el cielo
ese color de púrpura que espanta,
y que en este dolor que nos quebranta
aurora más feliz alumbre el suelo;
¡huye, y por tanto mal, por tanto duelo,
por tanto lloro, por desgracia tanta,
como dieron al mundo tus peleas,
siempre en los siglos maldecido seas!
455
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Esperanza En Ti

Nunca se clama en vano
cuando se clama al cielo en esta lucha
del existir humano;
todo, Señor, lo escucha
la gracia de tu oído soberano.

En medio a las estrellas
tu reposado caminar suspendes,
y oyes estas querellas
que tú sólo comprendes,
y nos respondes compasivo a ellas.

Tú la vena del llanto
haces que vierta su fecundo riego
en el mayor quebranto,
y nos das el sosiego
en el cansancio al fin de llorar tanto.

Tú de la misma pena
haces que nazca el sueño del reposo,
y la mar se serena
cuando más tormentoso
batalla el aire y rompe nuestra antena.

¡Oh, Señor, oh consuelo
el dulce, el solo, el cierto que en la vida
tiene el alma! ¡Tu cielo
contemplando embebida
cuántas noches me paso en mi desvelo!

La vía reluciente
que por la noche atravesando veo
del Este al Occidente,
¿será de mi deseo
el camino que busco ansiosamente?

Aquel iluminado
por la fúlgida luz de las estrellas,
camino señalado
para las almas bellas,
¿no le miro en la noche despejado?

¿No muestra la esperanza
del amoroso y celestial recreo
el camino que avanza
sin vuelta, sin rodeo,
sin pérdida en el cielo, sin mudanza?

¿Por qué la pesadumbre?
¿No he de llegar al fin, por más que tarde,
a esa dorada cumbre?
¿Es bien que me acobarde?
¿No es harto contemplar su hermosa lumbre?

Concierto misterioso
hacen los melancólicos luceros;
los nublados umbrosos
valen por compañeros
de los seres que sufren silenciosos.

Aquellos en su giro,
los otros navegando el firmamento,
parece que un suspiro
exhalan por el viento
para aliviar mi mal, cuando los miro.

Si en la bóveda oscura
suena el canto del pájaro perdido,
me llena de ternura
creyéndole gemido
que viene a acompañar mi desventura.

¡Pobre ave, tan nueva
que en este mayo acaso ha visto el día!
¿Dónde el aire la lleva
sola, errante, sin guía,
y por qué ese gemido triste eleva?

Ya cruza por Oriente,
ya muda hacia el ocaso su camino,
ya otra vez tiernamente
viene a exhalar su trino
en los sauces, al pie de la corriente.

Dondequiera un amigo
de nuestra humana pesadumbre hallamos,
dondequiera un testigo:
por más que los huyamos,
ave, nube o lucero están conmigo.

Suave melodía
de acentos que en el mundo se responden,
movimientos que guía
tu mano..., y corresponden
de tu máquina eterna a la armonía.

Tal vez el tedio aleja
de nuestro amargo pensamiento el ave:
la luz que nos refleja
el lucero suave,
resignados, Señor, tal vez nos deja.

Tal vez cuando la mente
la muerte invoca al sufrimiento cara,
se tiene de repente
viendo la luna clara
asomar tan hermosa y reluciente.

Y tal vez si el profundo
pesar no suspendieras de esos dones
con el placer fecundo,
en sus tribulaciones
desesperado pereciera el mundo.

Halle yo en mi carrera
ave desamparada, nube errante,
astro que reverbera
la luz de tu semblante,
y amo la vida aunque de pena muera.

Halle de tu grandeza
una señal donde mi vista alcanza,
y en la mayor tristeza,
Señor, tendré esperanza,
y en la pena más grande fortaleza.

Deja mis ojos claros
y de la noche al resplandor divino
contemplándote avaros,
para el bien que imagino
de la esperanza en ti veré el camino.
543