Otros
Carolina Coronado
Un Paisaje
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.
Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.
¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?
¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?
¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.
Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
Carolina Coronado
La Aurora De San Alberto
más grandes que los demás,
en que el alma suspendida
mira la extensión perdida
que vamos dejando atrás.
En ellos nos detenemos
para ver los desengaños
que del camino traemos;
es un descanso que hacemos
una vez todos los años.
Por nuestra tierra viajero
hoy te toca el alto hacer
en este valle postrero,
donde acerté yo a nacer
y donde morir espero.
Vas a pasar uno aquí
de aquellos tan grandes días
que la vida tiene en sí,
y darle me place a mí
cariñosas armonías.
Este solo, en el concierto
de nuestra existencia entera
celebro contigo, Alberto,
que ambos en este desierto
nos vemos por vez postrera.
Y es deber de la amistad
que, al reunirnos aquí Dios,
cante con solemnidad
la sola festividad
que vemos al par los dos.
Días de dichosa suerte
que yo a cantarte no acierto
podrán los años traerte,
pero yo ya no he de verte
otro día de San Alberto.
Sus caminos al cruzar
hoy se ven dos en la vida
para no volverse a hallar:
así mi canto a la par
es saludo y despedida.
Mucho cielo y muchos mares
va la suerte a colocar
¡ay!entre ti y mis cantares;
por eso debes llevar
un eco de estos lugares.
Y la más bella armonía
que con vago tono incierto
darte pueda el alma mía,
es cantar en su poesía
la aurora de San Alberto.
Carolina Coronado
La Planta Del Valle
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él;
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.
Yo soy planta, entre las piedras,
de un triste valle nacida,
y estoy a la tierra unida
del suelo donde nací;
de una madre, de un hermano
tanto el querer me aprisiona,
que ni por una corona
los separara de mí.
Yo pude ver grandes pueblos
y cruzar soberbios mares
que me inspiraran cantares
dignos de gloria, tal vez;
mas, quise mejor quedarme
sin laureles lisonjeros
que dejar los compañeros
de mi inocente niñez.
Por este santo cariño
que domina mi existencia
con silenciosa paciencia
en la soledad viví;
por eso tu amante ruego
desoye el alma abatida,
por eso la despedida
con llanto amargo te di.
Yo no quiero sin mi madre
partir a tierra ninguna,
y ansia ardiente me importuna
de ver un mundo mejor;
ve, por piedad, tierno amigo,
si es tormentosa la idea
que en lo mismo que desea
halla su pena mayor.
Pienso, a veces,que la hormiga
que se desliza a mi lazo
más campiñas ha cruzado
que las que alcanzo a mirar;
y entonces «hormiga exclamo
mientras tú buscas semillas,
¡cuántas grandes maravillas
pudiera yo contemplar!»
«Adiós les digo a las aves
que cruzan por mi ventana
¿de qué os servirán mañana
ver las orillas del Po;
y de Francia los jardines,
y de América las palmas,
si no tenéis unas almas
para cantarlas cual yo?»
Pero si vienes, Alberto,
con esa dicha a brindarme,
la dejo por no alejarme
del valle donde nací,
y en esta constante lucha
consumirse el alma veo,
pues, ni yo venzo al deseo
ni el deseo me vence a mí.
Por eso, Alberto, la planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él:
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.
Carolina Coronado
Aniversario
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.
¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!
¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?
¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?
¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.
¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.
¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»
Carolina Coronado
Pasión
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.
Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.
Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.
Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.
Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.
¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!
Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.
El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?
¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!
Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.
Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.
Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.
Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.
Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.
Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
Carolina Coronado
¡oh, Cuál Te Adoro!
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aún te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
Carolina Coronado
Bendito Seas, Alberto
a tus suspiros me veas,
no indiferente me creas;
es que el alma enamorada
diciendo está embelesada
Alberto, bendito seas.
Si a responderte no acierto
cuando me vienes hablando,
¿piensas que tu voz no advierto?
pues es que estoy murmurando
con un acento muy blando
bendito seas, Alberto.
Alberto, ¿qué más deseas
de quien tanto vive amando?
yo te ruego que me creas,
que aunque callada me veas
estoy entre mí cantando
Alberto, bendito seas.
Muda estoy, fáltame vida;
queda el espíritu muerto,
la mente desvanecida;
pero esta voz repetida
forma en el alma concierto:
¡Bendito seas, Alberto!
Carolina Coronado
Flor De Pureza
hija mimada, fruto delicioso,
que en su espíritu encierra
hechizo venturoso,
divino ardor, perfume glorioso!
Flor a mí consagrada,
corona de mis sienes, perla mía,
la sola gloria amada
que mi ambición ansía,
luna en mi noche, sol claro en mi día
¿Dónde estás ¡ay!, adónde
la cabeza gentil triste reclinas?
¿Qué huerto, di, me esconde
las luces argentinas
con que mis ciegos ojos iluminas?
Yo fiel a la ternura
que el Señor hacia ti me inspiraría
guardé, en el alma pura
los halagos que un día
sólo a tu frente amada rendiría...
¿Por qué vio la mañana
antes que yo tu dulce risa amante?
Oruguilla liviana;
¿por qué aspiro un instante
tu pura esencia ni tu luz brillante?
¿Por qué ora el sol te abrasa?
¿Por qué a tu cabellera el aire toca?
¿Por qué el insecto pasa
y atrevido coloca
sus alas donde yo puse mi boca...?
Carolina Coronado
Se Ha Deshecho El Alma Mía
con luz clara, pura, hermosa;
yo no sé qué presentía,
pero estaba el alma mía
agitada y recelosa.
Antes de ver la tormenta
el Alción la pronostica:
así una emoción violenta
que se siente y no se explica
a veces nos amedrenta.
¡Tempestad!... y recia que era
la que aguardaba a mi vida,
cuando por la vez primera
tu mirada placentera
vino a anunciar su venida.
«Alma noble, dije al verte,
corazón osado y fuerte
en amor y odio extremado,
has de ser muy estimado
de la que llegue a quererte».
Harto bien lo presagiaba,
¡mas, por Dios, no sospechaba
aquélla que lo decía
que la idólatra sería
del corazón que juzgaba!
¿Por qué tu mirada era
tan dulce? ¿Por qué tu ruego
quisiste una vez que oyera?...
Con una chispa de fuego
se enciende una inmensa hoguera.
Dice alguno en su porfía
que es mi alma dura roca;
mas, por la Virgen María,
que a un acento de tu boca
se ha deshecho el alma mía.
Carolina Coronado
Gloria De Las Glorias
Las siguientes composiciones están dedicadas a una persona que
no existe ya. Por eso me atrevo a publicarlas. Una mujer puede, sin
sonrojo, decir a un muerto ternezas que no quisiera que la oyesen decir
a un vivo.
GLORIA DE LAS GLORIAS
Es dulce recordar sueños de niño,
el vago acento de la edad primera
que en nuestro oído resonar hiciera
el ángel que anunció nuestro cariño;
cuando figuro que tu cuello ciño
en esa edad tranquila y placentera,
embriagada mi alma en sus memorias
digo que amor es gloria de las glorias.
Y es más dulce los sueños juveniles
recordar de esta vida enamorada
que siempre de ilusiones sustentada
consagra a los amores sus abriles;
yo te sabré cantar recuerdos miles
de esta pasión divina y encantada
que forma en sus combates y victorias
de nuestro amor la gloria de las glorias.
De una tarde serena de reflejos
sobre tu bello rostro apasionado,
la sombra de aquel valle sosegado
donde encontramos a los pobres viejos,
el canto de la tórtola a lo lejos
y el beso de las auras regalado
me inspiraran poéticas historias
para tu amor que es gloria de mis glorias.
Te cantaré la llama indefinible
del entusiasmo que en mi ser palpita,
la sed ardiente que mi sangre irrita,
la fe de mi pasión indestructible;
la fuerza de tu encanto irresistible
que mi vida en insomnios debilita,
y pálido y temblando a estas memorias
dirás que amor es gloria de las glorias.
No pienses que al ceñir prendas de orgullo
coronas que los genios conquistaron
esas frentes dichosas palpitaron
cual yo de tus acentos al murmullo;
no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,
aplausos que los hombres inventaron,
que no parezcan dichas transitorias
ante ese amor que es gloria de mis glorias.
En vano la ambición arde y se agita
abrasando a los débiles mortales,
y conquista laureles eternales
cuando la flor del alma está marchita;
de otra deidad más alta y más bendita
invoquemos placeres celestiales.
Porque entre tantas dichas transitorias
tan sólo amor es gloria de las glorias.
Sé que la sombra del dolor me sigue,
se que la vida perderé en el llanto,
sé que este amor tan inocente y santo
no ha de lograr la paz que lo mitigue;
pero bendigo el mal que me persigue,
las lágrimas, las penas, el quebranto,
y bendigo mis dichas ilusorias
porque es tu amor la gloria de mis glorias.
Elvas, 1845
Carolina Coronado
La Nueva Infantil
¿qué me tienes que decir?
¿qué ha pasado? ¿qué has oído?
¿dónde anduviste perdido?
¿cómo tardaste en venir?
¡Nada tienes que contarme!
¡no tiene, Emilio, tu boca
un tierno beso que darme!
¡Emilio, quieres quitarme
ese beso que me toca!
¿Que en tu boquita sencilla
busquen un mismo placer
dos almas te maravilla?
¿No van a la fuentecilla
dos pájaros a beber?
¿Y dime qué más supiste?
¿Tú le miraste muy fijo
y estaba, Emilio, muy triste?
¿Eso pasó? ¿Y qué más dijo?
¿Y tú que le respondiste?...
¿Tú también le acariciaste?
¡Conque me amabas así!-
¿Un abrazo? ¿Y le besaste?
Y luego en fin le dejaste
para contármelo a mí...
¡Deja que te sienta unido
por esa dichosa nueva
contra el pecho y comprimido,
y que los labios te beba
en el beso que te pido!
Carolina Coronado
El Mundo Desgraciado
en una historia triste que poseo,
para cuando el alegre balbuceo
deje, Emilio, tu labio bullicioso;
para cuando del álamo frondoso
que tan lejano de tu frente veo
toque a las ramas la graciosa mano
que ahora no alcanza al peralillo enano.
Vago, amoroso, indefinible canto
que yo no pronuncié, que nadie ha oído
por tu risa infantil interrumpido,
borrado a medias por mi ardiente llanto;
memorias para ti de tierno encanto
encierra ese cantar, que lleva unido
al sueño de tu infancia venturosa
el de mi larga juventud penosa.
Hoy mis pinceles para ti son vanos;
tú no conoces tu retrato ahora;
allí está tu cabeza seductora
en el grupo no más de dos hermanos;
cuadro es sencillo, obra de mis manos,
niño que ríe junto a mujer que llora,
aire que vaga junto a flor marchita,
y la destroza más cuando la agita.
Mas, no pienses historia peregrina
relatada escuchar en mis cantares;
todos del alma mía los azares
en la tristeza están que la domina:
si no es desventurada, lo imagina,
y es lo mismo que todos los pesares
del mundo tenga, que los sueñe todos,
si se sufre igualmente de ambos modos.
Y lo mismo que lloro, Emilio, llora
la multitud sin conocer tampoco
el grande, oculto, inapagable foco
de la llama del mal devoradora;
¿será que aún niño nuestro siglo ahora
pugna impaciente, como tú hace poco,
por romper las estrechas ligaduras
de sus largas envueltas vestiduras?
¿Será que de sí propio avergonzado
a comprender empieza su ignorancia?
¿Que entre las tiernas formas de su infancia
siente latir un corazón formado?
¡Ay! eso es; su espíritu exaltado
le hace correr larguísima distancia,
pero, a su cuerpo débil y rendido
fáltale fuerza y quédase dormido.
Cesan las guerras, y en la paz se aclaman
libres los pueblos, sabios venturosos;
¿por qué los corazones silenciosos
tantas secretas lágrimas derraman?
Unos al cielo sin consuelo claman,
ahogan otros sus gritos dolorosos;
¿es que a ninguno la común ventura
toca, a que todos gimen por locura?...
A los niños, Emilio, a ti te toca;
ven a mofarte de mis cantos vanos;
en tus brazos dulcísimos hermanos
ven a estrecharme con tu risa loca,
y séllame los labios con tu boca
y escóndeme los ojos con tus manos,
¡y el bullicio infantil de tu contento
el eco aturda de mi triste acento!
Carolina Coronado
La Luz De La Primavera
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.
Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.
Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.
¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.
¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.
En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.
Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
Carolina Coronado
La Luz De La Primavera
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.
Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.
Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.
¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.
¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.
En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.
Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
Carolina Coronado
Tristeza Del Otoño
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.
Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.
No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.
No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.
¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?
Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.
Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...
Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.
Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
Carolina Coronado
El Espino
los árboles ni las parras
ni la multitud vistosa
de sus bellísimas plantas;
Pero un espino florido
que hay, Emilio, entre las zarzas,
es la envidia de mis ojos
la codicia de mi alma.
Viste su tronco ramaje
de verdes hojas lozanas.
Y entre sus brazos airosos
flores como espumas alza.
Más ansiosa que la abeja
es su perfume embriagada
vago errante, sin aliento
en torno de sus guirnaldas.
Mas, tiendo en vano los brazos
que antes que llegue a alcanzarlas
las punzadoras espinas
de sus ramos me desgarran.
Huye la flor de mis manos;
crece de mi pecho el ansia;
la flor queda en el espino
y en el espino mis lágrimas.
Carolina Coronado
Emigración De Las Aves
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.
Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.
Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.
Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.
Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.
Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?
Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.
Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.
Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.
¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?
Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.
Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.
Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!
Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.
Carolina Coronado
La Tórtola Errante Canción De Emilio
Solita
Como a triste totolita
que va po e monte peririta.
CANCIÓN DE EMILIO
Deja a la tórtola andar
por la mañana perdida
y ensáyame otro cantar
que yo no puedo escuchar
esa canción tan sentida.
Por más que anime el contento
tu linda boca graciosa,
Emilio, mi pensamiento
halla muy triste ese cuento
de la tórtola amorosa.
Tengo el alma dolorida
y me arranca tal memoria
esa tórtola afligida,
que pienso que de mi vida
me estás contando la historia.
Sólo que en mi soledad
no tengo como tu amiga
alas, aire y libertad
para calmar la ansiedad
que el corazón me fatiga...
Pero dejémosla ir
por la montaña perdida;
no me tornes a afligir,
Emilio, con repetir
esa canción tan sentida.
El girasol más enano
se alza más que tu cabeza;
pues, me quieres con terneza
¡No vengas tú tan temprano
a aumentar, ¡ay! mi tristeza!
Ermita de Bótoa, 1844
Carolina Coronado
Despedida Al Año De 1843
a hundirte en lo pasado:
mis ojos con tristeza
te ven desparecer;
Tus días a mi vida,
crueles, han dejado
más lágrimas que risa,
más penas que placer.
Y tú los años míos
con nuevo peso aumentas
y una experiencia añades
al joven corazón;
Mas yo tierno saludo
te doy porque te ausentas;
que hasta los males mismos
nuestros amigos son.
¡Ay! tal vez más ingrato
el año venidero
me hará con triste envidia
tus horas recordar;
Que siempre más agudo
es el dolor postrero,
y es siempre más amargo
el último pesar.
En vano la esperanza
con risueño atavío
muéstrame los objetos
allá en el porvenir:
Las que a lo lejos brillan
cual gotas de rocío,
son toscas piedrecillas
que el sol hace lucir.
Y a la remota dicha
la fantasía vana
y el corazón ansioso
cercana sueñan ver:
¡El ignorante niño
ve también muy cercana
la luna que sus manos
se afanan por coger!
Mejor fuera que ahora
partiera yo contigo
y la faz nos velara
juntos la eternidad,
Que sola y fatigada
en un suelo enemigo
quedarme con mi vida
de perpetua ansiedad.
Mejor que el sueño eterno
apagara el latido
de este mi sin ventura
inquieto corazón;
Que en sus amantes penas
dejarle sumergido,
llorando de infortunio,
temblando de pasión.
Mas ya la noche avanza
y a pasos presurosos
a sepultarle corres
en el inmenso mar,
Donde mi pena un día,
mis sueños fatigosos,
¡ay Dios! y mis amores
iré yo a sepultar.
Carolina Coronado
A Mi Hermano Emilio Memorias De La Infancia
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.
Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.
Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,
como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.
Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:
y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.
Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:
la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.
¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;
y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!
¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!
si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?
Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:
no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.
Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;
entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
Carolina Coronado
A Emilio Dormido
de angélica pureza!...
¡Cuál vierte su mejilla
el candor infantil!
Exhalan el aliento
sus labios bulliciosos
más dulce que las auras
del aromado abril.
Entre rosado velo
de púrpura y de flores
protege su descanso
el ángel de la paz.
Y vaga cariñoso
en torno de su cuna
y halaga blandamente
su adormecida faz.
Y coronó su lecho
de blancas azucenas,
y coronó su frente
de rosas y azahar.
Silencio... que no turbe
ninguna voz humana
su plácido sosiego,
su blando dormitar.
Carolina Coronado
Canción
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
Carolina Coronado
Canción
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
Carolina Coronado
A Una Coqueta
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquéllas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.