Alma
Carolina Coronado
Porque Quiero Vivir Siempre Contigo
y viva el canto de mi humilde boca
si abrasada en tu amor mi alma no invoca
para cantar la fe musa ninguna:
de las musas el arte importuna
cuando tu amor me abrasa y me sofoca,
y me place exhalar a mi albedrío
tonos amantes para ti, Dios mío...
Sí, yo te he visto clara y transparente
como la luz que me ilumina veo,
arrebatada, he visto en mi deseo
tu mirada, Señor, resplandeciente;
una vez nada más tu hermosa frente
he contemplado y me turbó el marco,
y esa vez nada más que te he mirado
me dejaste el espíritu arrobado.
Yo no sé cómo fue, si allá en el sueño
o si despierta he visto tu semblante,
sólo sé que te vi cruzar flotante
y que en tu imagen conocí a mi dueño,
y que es de entonces mi irritado empeño
ver otra vez tu aparición brillante,
contemplar otra vez tu imagen cierta
en delirios, en sueños, o despierta.
Yo me sueño contigo muchas veces,
con la ilusión de mi placer me inflamo,
y te busco después y no pareces,
y no respondes aunque más te llamo;
¿En dónde estás? ¿En dónde
resplandeces?
¿Dónde te iré a decir cómo te amo?
¿Cuándo a mis ecos prestarás oído?
¿Cuándo podré llevarte mi gemido?
Yo tengo para ti nuevos acentos
que nada más mi corazón los sabe,
que no los sabe el hombre, el mar, ni el ave,
ni lo saben las brisas ni los vientos.
Y sólo a tus oídos más atentos
les es dado escuchar la voz suave
que por mi seno con aliento gira,
y antes que llegue a mi garganta, expira.
Es voz que al aire pierde su sonido
como flor que a la luz su aroma pierde,
y no puede expresarlo aunque recuerde
su misterioso y virginal sentido:
lágrimas muchas veces he vertido
allá del campo en la llanura verde,
cuando al morir el sol me consumía
sin poderte decir lo que sentía.
¡Ay! lo que siento yo, lo que me inquieta,
Señor, quién lo comprende, quién lo canta;
¡pobre santa Teresa, pobre santa,
que a tal agitación vivió sujeta!
Y más pobre mujer, alma incompleta
esta, que no teniendo gracia tanta,
con la misma pasión que la devora
sin poderte mirar, Señor, te adora.
¿Dónde te iré a buscar, dónde amor
mío,
escondida tu faz en el espacio
hallaré para verte más despacio
y calmar mi agitado desvarío?
¿Hacia dónde, Señor, mis pasos guío
para llegar por senda a tu palacio,
y sin genio, sin numen y sin arte
la fe que siento en mi pasión cantarte?
No te encuentro en el mar que antes ansiaba
cuando tan mal, Señor, te comprendía,
que en el recio furor con que bramaba
escuchar tus acentos presumía;
monstruo rabioso que espumante baba
verde como la bilis escupía
¡cómo sonar en su amargado seno
puede tu canto de dulzura lleno!
No te encuentro en las olas vacilantes
donde pensé que tu mirar lucía
antes de que tus ojos más radiantes
a iluminar vinieran mi poesía;
soles y estrellas encendidos antes
ya me parecen luz pálida y fría,
y si sus rayos por acaso miro
cierro los ojos y por ti suspiro.
Por ti ya dejo las queridas flores,
los pájaros, el río, los pinares,
para ti nada más tengo cantares;
para mí nada más tienen colores
de tus ojos los bellos luminares,
para mí nada más tiene armonía
tu voz que sueño en la locura mía.
¡Oh! tú no estás aquí; tu forma bella
no es la del mar sombrío que batalla:
tu lumbre no es la lumbre de la estrella
ni por los valles mi ansiedad te halla;
tú más hondo que él, más alto que ella
opones a mi amor eterna valla,
y cuanto más en tu existencia creo
más sufro y lloro porque no te veo.
Pero yo tengo fe; yo he de encontrarte;
yo para siempre he de vivir contigo;
yo protegida por tu brazo amigo
el espacio hendiré para alcanzarte:
si en la tierra no es, en otra parte
seré dichosa, pues con fe te sigo,
y no me importa la envidiosa nube
que a interponerse entre nosotros sube.
Presto acaban los años en su giro
y de terna pasión la vida esclava;
presto, Señor, la juventud acaba
exhalada de amor en un suspiro;
no tengo sino a ti cuando deliro,
y este silencio y soledad me agrava
con las horas que pasan y no cuento
absorta en mi constante pensamiento.
¿Serán las pesadumbres de la vida,
de tan vario dolor tanta punzada,
de ingratitudes tantas, tanta herida
las que alarguen aquí nuestra parada?
¿tanto podré tardar en la partida
que el ánima no puede fatigada
con la esperanza, con la fe de hallarte
resignarse, sufrir, callar y amarte?
¡Cuánto esa nube durará en el cielo
si es la tormenta del vivir tan breve
que descendemos como nieve al suelo
y en él nos deshacemos como nieve!
¡Cuánto podré aguardar en este anhelo
si hasta el cierzo helado el soplo leve
hiere mi seno y hacia el triste ocaso
hasta, Señor, a acelerar mi paso!
Ya vi pasada la estación serena
y escucho de las lluvias el ruido,
y el caracol del labrador resuena
en el silencio con medroso aullido;
sola estoy con mi sombra y con mi pena,
mas pienso en ti, Señor, y del sentido
quiero, lanzando el miedo y la tristeza,
al término llegar con fortaleza.
También el joven árbol cuando llueve
desbaratado al agua da sus hojas
que el agosto abrasó tornando rojas
y en vago con el vientecillo mueve;
tal vez el aire sobre mí las lleve
mañana si me rinden mis congojas,
y me inunde la lluvia que ahora cubre
los pálidos narcisos del octubre...
Quién sabe... ¡ah! del Asia allá el gigante
oigo, Señor, que llamaba a nuestras puertas,
y ya de Europa veo en un instante
las tierras de cadáveres cubiertas;
cuando blande su hierro fulminante
siempre las tumbas ¡ay! están abiertas
y ya su brazo siéntese iracundo
y de espanto, Señor, ya tiembla el mundo.
Terrible incendio, que talando pasa
los pueblos de Siam hasta el Bassora,
y crece en Siria, al África devora,
sofoca a Rusia y a la Europa abrasa;
¡ay pobre Irlanda, que tu tierra escasa
es para los sepulcros! reza y llora,
que van los buitres en tu negro ciclo
sobre tus gentes a cubrir su vuelo.
Y ¡ay de nosotros! si el azote rudo
también, Señor, se vuelve contra España,
si entre sus dones fúnebres, Bretaña
también nos manda ese dolor agudo;
¡quién a sus recios golpes halla escudo!
¡qué asilo, si el palacio y la cabaña
convertidos en tristes hospitales
serán para sus víctimas iguales!
¡Quién podrá soportar esa agonía,
gritos de destrucción, ayes humanos;
los niños, las mujeres, los ancianos
pegando el rostro con la tierra fría!
¡Quién podrá soportar esa sombría
noche, sino los ánimos cristianos,
que absorbidos, Señor, en tus amores,
con tu memoria templan sus dolores.
¿En qué boca riquísima de aroma
aspiraremos el divino aliento,
cuando falta al pecho el sufrimiento
y el mismo corazón se nos desploma?
Cuando el dolor horrible nos carcoma
la sangre, con febril entendimiento,
¡qué mano ha de venir sino tu mano
a suavizar el padecer insano!
Tú a trasportarnos en tus brazos vienes
como las madres en la cuna al niño,
lecho nos pones de oloroso armiño,
fresca bebida de placer nos tienes:
con tus besos regalas nuestras sienes,
alegras nuestro ser con tu cariño
y olvidando a tu lado nuestra historia
¡oh! contigo vivir; ésa es la gloria.
Yo comprendo esa dicha santa y pura,
ese tu aliento embriagador recibo,
de tu mirada gozo el atractivo,
de tus ecos penetro la ternura;
vivificante ardor, suave frescura
en tu morada celestial percibo,
tonos, perfumes, delicioso ambiente
que el alma sólo del amante siente.
Por eso ardiente sed tiene mi boca
y en tus labios, Señor, templarla quiero,
y por eso en tus brazos sólo espero
la fiebre mitigar que me sofoca;
y por eso te busco ciega, loca,
porque te adoro y por tu amor me muero,
y por eso con fe; Señor, te sigo
porque quiero vivir siempre contigo.
Carolina Coronado
La Esperanza En Ti
cuando se clama al cielo en esta lucha
del existir humano;
todo, Señor, lo escucha
la gracia de tu oído soberano.
En medio a las estrellas
tu reposado caminar suspendes,
y oyes estas querellas
que tú sólo comprendes,
y nos respondes compasivo a ellas.
Tú la vena del llanto
haces que vierta su fecundo riego
en el mayor quebranto,
y nos das el sosiego
en el cansancio al fin de llorar tanto.
Tú de la misma pena
haces que nazca el sueño del reposo,
y la mar se serena
cuando más tormentoso
batalla el aire y rompe nuestra antena.
¡Oh, Señor, oh consuelo
el dulce, el solo, el cierto que en la vida
tiene el alma! ¡Tu cielo
contemplando embebida
cuántas noches me paso en mi desvelo!
La vía reluciente
que por la noche atravesando veo
del Este al Occidente,
¿será de mi deseo
el camino que busco ansiosamente?
Aquel iluminado
por la fúlgida luz de las estrellas,
camino señalado
para las almas bellas,
¿no le miro en la noche despejado?
¿No muestra la esperanza
del amoroso y celestial recreo
el camino que avanza
sin vuelta, sin rodeo,
sin pérdida en el cielo, sin mudanza?
¿Por qué la pesadumbre?
¿No he de llegar al fin, por más que tarde,
a esa dorada cumbre?
¿Es bien que me acobarde?
¿No es harto contemplar su hermosa lumbre?
Concierto misterioso
hacen los melancólicos luceros;
los nublados umbrosos
valen por compañeros
de los seres que sufren silenciosos.
Aquellos en su giro,
los otros navegando el firmamento,
parece que un suspiro
exhalan por el viento
para aliviar mi mal, cuando los miro.
Si en la bóveda oscura
suena el canto del pájaro perdido,
me llena de ternura
creyéndole gemido
que viene a acompañar mi desventura.
¡Pobre ave, tan nueva
que en este mayo acaso ha visto el día!
¿Dónde el aire la lleva
sola, errante, sin guía,
y por qué ese gemido triste eleva?
Ya cruza por Oriente,
ya muda hacia el ocaso su camino,
ya otra vez tiernamente
viene a exhalar su trino
en los sauces, al pie de la corriente.
Dondequiera un amigo
de nuestra humana pesadumbre hallamos,
dondequiera un testigo:
por más que los huyamos,
ave, nube o lucero están conmigo.
Suave melodía
de acentos que en el mundo se responden,
movimientos que guía
tu mano..., y corresponden
de tu máquina eterna a la armonía.
Tal vez el tedio aleja
de nuestro amargo pensamiento el ave:
la luz que nos refleja
el lucero suave,
resignados, Señor, tal vez nos deja.
Tal vez cuando la mente
la muerte invoca al sufrimiento cara,
se tiene de repente
viendo la luna clara
asomar tan hermosa y reluciente.
Y tal vez si el profundo
pesar no suspendieras de esos dones
con el placer fecundo,
en sus tribulaciones
desesperado pereciera el mundo.
Halle yo en mi carrera
ave desamparada, nube errante,
astro que reverbera
la luz de tu semblante,
y amo la vida aunque de pena muera.
Halle de tu grandeza
una señal donde mi vista alcanza,
y en la mayor tristeza,
Señor, tendré esperanza,
y en la pena más grande fortaleza.
Deja mis ojos claros
y de la noche al resplandor divino
contemplándote avaros,
para el bien que imagino
de la esperanza en ti veré el camino.
Carolina Coronado
¡cómo, Señor, No He De Tenerte Miedo!
a la gloriosa bóveda te envía
la cantora sin fe; sin confianza
enmudece, Señor, el alma mía;
horas de ingratitud donde no alcanza
el reflejo inmortal de tu poesía
duermo, cuando mi sueño indiferente
viene a romper tu cólera imponente.
«De tus seres de amor, vaga doncella,
¿cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?
¿Qué faz querida borrará mi huella?
¿Qué ser amado lanzará a la tumba?
¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?»
dices, y el eco de tu voz retumba
dentro de mí, Señor: «Todo lo puedo».
Todo lo puedes, sí, ¡Tú eres el miedo!
Cubre la sombra de la muerte el mundo
cuando tu ceño muestras indignado,
y yo he visto a mi padre moribundo
con la sombra mortal de ese nublado:
Señor, al verte contra mí iracundo
entonces tu poder he recordado;
entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:
entonces fue el saber cuánto te adoro.
Tú juegas con las vidas desdichadas,
tú al borde del abismo las suspendes,
y al vernos a tu cólera aterrados,
de súplicas y lágrimas te ofendes;
tú no quieres plegarias arrancadas
al espanto, Señor, tú nos comprendes;
sabes que el labio tu alabanza niega,
y si ruega, Señor, por miedo ruega.
Tú no cediste a mi medroso ruego,
tú perdonaste la oscilante vida,
porque en tu libro de radiante fuego
la indeleble sentencia está esculpida;
pero salvaste de su infiel sosiego
a la memoria ingrata que te olvida
¡Frágil memoria que tu nombre pierde
y el miedo haya de ser quien lo recuerde!
Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,
ni me inspiró tu lluvia del estío,
ni penetrar lograron tus favores
en este corazón cerrado y frío:
insensata dejé que otros cantores
elevaran a ti su acento pío
como el insecto inútil que dormita
mientras que el ruiseñor canta y se agita.
No te cantaba cuando en calma el cielo
ornado de celaje transparente
brillaba puro: en tanto que su vuelo
sereno detenía el claro ambiente
no te cantó mi espíritu de hielo:
mas rugió la tormenta de repente,
con tu rayo amagaste al ser amado
y de miedo, Señor, te he recordado.
¡Míseras oraciones y cantares
que a impulso del temor rompen conmigo!
no más que en las desdichas y pesares
te llamo grande y te apellido amigo:
sólo cuando te ruego que me ampares
dulces palabras con amor te digo;
sólo cuando vivir sin ti no puedo,
«Señor, exclamo, ven, que tengo miedo».
¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?
¿No me desdeñas porque indigna clamo?
¿Tu cariñosa gracia no me escondes
porque te olvido en paz y en guerra te amo?
¡Ay! no el cruel remordimiento ahondes;
no rechaces mi voz cuando te llamo;
si tanto puedes tú, yo nada puedo;
no es pecado, Señor, que tenga miedo.
Tú vives entre bóvedas de lumbre
de los soles que giran al ruido,
y yo sin que su fuego me deslumbre
no puedo ver al sol medio escondido;
tú de siglos y siglos pesadumbre
eterna llevas, -yo nada he vivido-
tú me puedes hundir -yo nada puedo-
¿cómo, Señor, no he de tenerte miedo?
Tiembla del hombre el corazón valiente,
tiembla el pueblo que audaz te desafía,
la fanática raza del Oriente
y la raza sin fe del Mediodía;
¡muy temible serás cuando el viviente
de tan lejana edad, Señor, temía
y en tantos siglos de gentil denuedo
no ha podido vencer, Señor, su miedo!
Tú eres el miedo que despide llamas,
tú eres el miedo que el diluvio riegas,
y tiene miedo el mundo a quien inflamas,
y tiene miedo el mundo a quien anegas;
si tu poder conoces y nos amas,
cuando los rayos del furor desplegas
y acobardada ante tus iras quedo,
no te enojes, Señor, si tengo miedo.
Puedes quitarnos los amados seres,
nuestra alegría convertir en llanto,
mudar en desventura los placeres,
y trocar en gemidos nuestro canto:
Señor, tan grande y poderoso eres,
es tan inmenso tu gobierno santo
¡que a tu amenaza amedrentada cedo
y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!
Carolina Coronado
Y Llévame Contigo A Tu Morada
cuando no te consagro ni un acento!
¡Qué hundido debe estar mi pensamiento
cuando así te abandona, así te olvida!
Preséntasme la tierra florecida,
resplandeciente en lumbre el firmamento,
y en vez de bendecirte y celebrarte
bajo los ojos para no mirarte.
Gran pesar no sufrí, padre divino;
ningún dolor agudo el alma llora;
pero más me entristezco, hora por hora
conforme voy andando mi camino:
ni sé si es bueno o malo mi destino,
ni advierto si se agrava o se mejora;
sólo sé que el vivir menos agrada
cuanto más adelanto en la jornada.
No he perdido la fe, que mucho creo;
no me hirieron, Señor, los desengaños,
ni presa fui de pérfidos amaños,
ni juguete de loco devaneo;
yo no tengo ambición, nada deseo,
es mi existencia juveniles años,
pero triste; Señor, muy triste estoy,
puesto que ni mi canto ya te doy.
¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo
el vaporoso y caldeado ambiente
jugar con mis melenas blandamente,
te quisiera cantar, pero en desmayo
melancólico abísmase la mente,
y como herida por amante rayo
las lágrimas se agrupan a mis ojos
y hasta la luz del sol me causa enojos.
Luego las plantas pienso que suspiran,
paréceme que el río se lamenta,
y la vida a mis ojos se presenta
llena de sombras que dolientes giran...
y yo no sé por qué, miedo me inspiran,
y no sé que aflicción me desalienta,
pero tiendo los brazos y te digo
señor, señor, ¡ay! llévame contigo.
Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta
porque nací mujer y soy cobarde,
y tal vez en las brisas de la tarde
me anuncia el porvenir mi ángel profeta.
Triste será el de la mujer poeta,
mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,
mejor quisiera que con brazo amigo
me quisieras llevar, Señor, contigo.
Aquí la turbación, aquí el gemido,
aquí la guerra, aquí los hondos males
tienen reinado eterno, y siempre iguales
los tiempos han de ser a los que han sido;
señor, y allá el descanso apetecido,
allá la paz, los goces celestiales
me convidan, si quieres santo amigo
para siempre llevarme allá contigo.
Allá en la noche hay sol, no acaba el día,
siempre es abril para los ricos prados,
y por aquellos huertos regalados
sólo la flor de la virtud se cría:
el odio, la ambición, la tiranía
no existe en tus dominios dilatados;
los hombres a los hombres no asesinan,
la virtud y el amor allí germinan.
Allá en la fuente de la fija ciencia
beberé hasta saciar mi gran deseo,
conoceré el error de Ptolomeo,
me reiré de la humana suficiencia;
sabré quién escribió la alta sentencia
que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,
qué ilumina las cumbres de Sodoma,
derriba a Grecia y aniquila a Roma.
Sabré mejor que el sabio más profundo
de la historia del orbe tantos hechos,
porque en los pobres libros contrahechos
mientras estudio más, más me confundo;
penetraré las leyes de este mundo,
la esencia de los seres, sus derechos,
lo que son, lo que fueron, lo que esperan
nacidos, por nacer, y cuando mueran.
Sabré por qué tu espíritu se esconde,
por qué rodar nos haces en la esfera,
qué pretendes hacer con tal carrera,
y cómo nos impulsas y hacia dónde:
por qué girar al sol nos corresponde,
por qué su luz la luna reverbera,
por qué tienes volcanes encendidos,
por qué tienes los mares extendidos.
Por qué al par de Jesús nace Mahoma,
por qué alientas entrambas religiones,
por qué arde entre diversas oraciones
y en diferente altar distinto aroma:
qué das al que la cruz sagrada toma,
del de la media luna qué dispones,
quiénes te desconocen o te entienden
quiénes los que te adoran o te ofenden.
Allá sabré también por qué nacimos
débiles y sencillas las mujeres,
y si el premio de tantos padeceres
habremos de lograr cuando morimos.
Allá sabré si destinadas fuimos
al duro yugo de los otros seres,
y si has dispuesto tú las leyes graves
que no puedo decir y que tú sabes.
Allá sabré también por qué deliro,
y la oculta razón de mi tristeza;
por qué abrasada siento mi cabeza,
por qué lloro, Señor, por qué suspiro,
por qué cuando tu hermoso cielo miro
ansiosa de tu gloria y tu grandeza,
olvido de la tierra cuanto amo
y llévame contigo, Señor, clamo.
Si comparando el mundo, éste de penas,
su injusticia, su error, nuestras pasiones
con el bello existir de esas regiones
pacíficas, hermosas y serenas,
anhelamos romper nuestras cadenas,
elevamos a ti los corazones,
y de tus brazos al paterno abrigo
me quiero refugiar yendo contigo.
Si quiero descansar, hallar consuelo,
quiero verte, Señor, yo no vacilo;
¿dónde hallaré más dulce y más
tranquilo
amor, y más placeres que en el cielo?
o si te place mi virgíneo velo,
si digna soy de tu celeste asilo,
no me dejes aquí desconsolada
y llévame contigo a tu morada.
Carolina Coronado
Amistad De La Luna
que llaman melancolía
me trajo a la soledad
a verte, luna sombría.
Ya seas amante doncella,
ya informe, negro montón
de tierra que en forma bella
nos convierte la ilusión,
Ni a sorprender tus amores
mis tristes ojos vinieron
ni a saber si esos fulgores
son tuyos o te los dieron.
Ni a mí me importa que esté
tu luz viva o desmayada,
ni cuando te miro sé
si eres roja o plateada.
Yo busco tu compañía
porque al fin, muda beldad,
es tu amistad menos fría
que otra cualquiera amistad.
Sé bien que todo el poder
de tu misterioso encanto
no alcanzará a detener
una gota de mi llanto.
Mas yo no guardo consuelos
para este mal tan profundo,
fijo la vista en los cielos
porque me importuna el mundo...
¡Vergüenza del mundo es
si tiene mi pensamiento,
que ir a buscarte al través
de las nubes y del viento,
Y llevar hasta tu esfera
mi solitaria armonía
para hallar la compañera
que escuche la pena mía!
Mas, pues no me da fortuna
otra más tierna amistad,
vengo con mis penas, luna,
a verte en la soledad.
Carolina Coronado
¿cuál Tu Grandeza Es? ¿cuál Es Tu Ciencia?
los árboles, la luna, los luceros,
mas ninguno de tantos compañeros
me demanda jamás ¿por qué suspiro?
A la luna le cuento mi cuidado
y sigue inestable y muda a la voz mía,
como mujer ¡ay! envidiosa y fría
que el pecho tiene a la amistad cerrado.
No soles, no centellas, no luceros
almas son esas luces vacilantes
que prestan a los ojos anhelantes
sólo dudosos rayos pasajeros.
Vienen en infinita muchedumbre
y oyen mi canto y mi tristeza miran,
y otra vez silenciosas se retiran
sin consolarme, a la remota cumbre.
Inmóviles los árboles sombríos,
como los egoístas corazones,
no oyen la triste voz de mis canciones
que va a morir sobre sus troncos fríos.
Sola yo turbo cuadro tan sereno,
sola yo altero tan dichosa calma,
sólo inquietud y lucha hay en mi alma,
sólo mi corazón hierve en mi seno.
¿Sola yo? ¿Sola yo?¿De entre millares
de criaturas tal vez la más dichosa?
descansando de fiebre dolorosa
duerme la tierra en medio de los mares.
Mas, recorred su vasta enfermería
y oiréis de trecho en trecho hondos gemidos;
¿cuántos son? ¿Cuántos son ¡ay! los
heridos?
la enferma menos grave es la alma mía.
La luna silenciosa y reposada
que por los aires va, tal vez encierra
dentro de sí como la oscura tierra
una raza también desventurada.
Y tal vez de los nuestros sus gemidos
están por breve espacio separados,
y tal vez de ambos mundos encontrados
se responden en ecos los ruidos...
Leve es mi mal como mi cuerpo leve;
¿qué vale ante esa gran naturaleza
mi canto? ¿Qué mi amor? ¿Qué mi tristeza?
¿Cómo a gemir mi corazón se atreve?
Mas, cabe gran pasión en breve pecho,
grande entusiasmo en reducida frente,
grande espíritu en mí, voraz, ardiente,
el rayo cabe en limitado pecho.
Quedan mis cantos en la baja tierra
pero sube hasta Dios mi sentimiento,
y abarco sola yo en mi pensamiento
cuanto en su espacio la creación encierra.
Yo la menor de maravilla tanta
obras, Señor, de tu fecunda mano
siento en mi pecho, aliento soberano
que hasta los mismos cielos me levanta.
¡Y mi amor, mi entusiasmo, mi existencia
son aura imperceptible de tu aliento!...
¿Quién eres? ¿Dónde estás?
¿Cuál es tu asiento?
¿Cuál tu grandeza es? ¿Cuál es tu ciencia?
Carolina Coronado
Gloria Del Sentimiento
¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!
Rasgos los cielos son de su belleza,
pasos los siglos de su marcha grave;
la voz de la inmortal naturaleza
de sus conciertos la sonora clave,
su acento arroba, su mirar abrasa,
tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.
Yo me enamoro dél: pobre doncella
a la ardiente pasión esclavizada,
la sangre a mi cerebro se atropella
a su paso, a su canto, a su mirada;
medito y me consumo con la estrella,
por el trueno me siento subyugada,
y al ver al tiempo transcurrir ligero
sufro, lo lloro, clamo, desespero.
Seres tranquilos vi sobre la tierra
que esta ansiedad febril nunca padecen,
ni están con los espíritus en guerra,
ni en éxtasis de amor se desvanecen:
cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;
nacen, medran, se nutren, envejecen,
y como nada amaron ni sintieron,
nunca se mueren porque no vivieron.
Repose en paz el corazón helado,
yo quiero ver lucir tu sol ardiente,
vagar tras de tu voz por el collado,
beber tu aspiración en el ambiente:
¡quiero mirar tu ceño en el nublado,
tu sonrisa en la luna transparente,
en las corrientes aguas tu armonía
y tus halagos en el alma mía!
Ése es el solo bien del sentimiento,
la sola dicha de la triste alma,
la sola gloria del mayor talento,
del martirio mayor la sola palma;
llevar por adorarte el sufrimiento,
por comprenderte renunciar la calma,
de la pasión en el delirio ciego
ser desgraciada por sentir su fuego.
Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa
la trova que mi boca te improvisa,
de los pueblos tendrá por recompensa
desdeñosa y sarcástica sonrisa:
su atmósfera pesada, oscura y densa
no dejará volar tan dulce brisa,
pero en el valle puro en que la exhalo
sirve a las soledades de regalo.
Carolina Coronado
Tú Me Pides Querer Y Te He Querido
tú de quien es la inmensidad oído?
¿Tú que la hirviente mar has contenido,
no has de poder el corazón calmarme?
¿Un átomo de luz no podrá darme
ése que tantos soles ha encendido?
¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida
¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!
Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;
sumiso el corazón tengo a tu lado,
pasión, orgullo y penas han callado,
no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:
ordéname; una voz y yo te sigo
¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?
¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia
no basta a percibir su dulce esencia!
Yo que te adoro a ti desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,
¿he de perder, Señor, por la ignorancia
de no entender tu voz, tu gran consuelo?
¿He de ofenderte, he de labrar mis penas
por no escuchar bien claro qué me ordenas?
Mas tú no hablas jamás; no por acentos
tu voluntad al universo explicas;
tienes en tu saber notas más ricas
para expresar tus altos pensamientos;
hablan por ti, Señor, los sentimientos
con que alivias el alma o mortificas,
y yo en ese lenguaje he comprendido
que me pides querer y te he querido.
Tú nos pides amor, amor constante
de agradecido pecho justo pago,
tú que una vida das por un halago,
tú de la humanidad eterno amante,
¿y antes quieren, Señor, que el alma errante
se fatigue de error en error vago,
que tener por consuelo en este mundo
cariño tan dulcísimo y fecundo?
Aquí abajo, del mundo habitadora,
dicen, Señor, que hay una docta gente
que no te reconoce, no te siente,
que no te admira, que jamás te adora;
que no te rinde gracias ni te implora
en el placer, en el dolor vehemente;
mas, fábula del mundo es torpe y vana,
porque no puede haber tal raza humana.
Pues al darnos la luz, belleza tanta
como a su inmenso rayo percibimos;
¿ignoramos, Señor, que la debimos
a un ser que desde el polvo nos levanta?
Tu grande majestad suprema y santa
nuestros ojos no ven, mas la sentimos:
el genio puede errar, cuando te niega,
pero no el corazón, cuando te ruega.
Existes, y las gentes lo entendemos,
desde la misma cuna te adoramos,
mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?
Por malicia, señor, porque tememos;
no nos place tener jueces supremos
porque mejor sin leyes nos hallamos,
y antes que resignarnos a la pena
negaremos al Dios que nos condena.
Pero yo que te amé desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;
acudo a tu saber en mi ignorancia,
acudo en mi aflicción a tu consuelo,
y es tal la fe con que te ruega el alma
que en esta misma fe logra la calma.
Carolina Coronado
Inspiraciones De La Soledad No Muera De Tus Ojos Apartada
mis himnos a tu nombre todavía,
siento que de la débil arpa mía
las más sonoras cuerdas no han vibrado;
primero que mi espíritu arrojado
se levantará a ti con mi poesía
y a veces mil para afirmar mi acento
lo alcé en la tierra, lo ensayé en el viento.
Ora que firme y de tu amor prendada
sólo tu ciclo el corazón me fija,
ora ya es tiempo que hacia ti dirija
mi voz a tu alabanza consagrada;
ora que el alma mía enamorada
fuerza es que objeto a su pasión elija,
a ti me acojo, compañero tierno,
perfecto amante de cariño eterno.
Amante que si lloro me consuela,
amante que si peno mi ser calma,
amante que velando por mi alma
no se cansa jamás por más que vela:
amante de quien nunca se recela,
amante que nos trae corona y palma,
amante augusto de tan rico brillo
que da la gloria por nupcial anillo.
A ti mi voz, a ti mi arpa querida,
a ti mi lloro, a ti el suspiro amante,
a ti mi vista fija y palpitante
clavada siempre en tu mansión lucida;
a ti mi corazón, a ti mi vida,
y la pasión altísima y constante
cuyo nombre inmortal demando al ciclo
porque no tiene nombre aquí en el suelo.
Es honda sensación, dolor suave,
mimosa, melancólica ternura
que ni de alivio en su penar se cura
ni lo que anhela en su impaciencia sabe;
para el placer, Señor, es harto grave,
para la calma, fáltale ventura,
y si tú no le das en ti acogida
se apagará en sí misma consumida.
Yo te adoro aunque el rostro no te veo:
que eres muy bello y juvenil presumo,
y mi abrasado espíritu consumo
en dulce amorosísimo deseo;
en tu poder sin comprenderte creo,
amo sin alcanzar tu genio sumo
y juzgo la pasión que me sofoca
para rendirla en tu homenaje poca.
Mírame con tu vista penetrante,
háblame con tu lengua deliciosa,
cíñeme con tu mano cariñosa,
guárdame con tu escudo rutilante;
inúndame en tu luz vivificante,
absórbeme en tu esencia misteriosa,
y pura y a tu gloria consagrada
¡no muera de tus ojos apartada!
Carolina Coronado
¡ay!, Transportad Mi Corazón Al Cielo
las moradas divinas del Oriente,
y que mecidos sobre el claro ambiente
por los espacios del mortal vagáis.
A vosotros un alma enamorada
os pide sin cesar en su lamento
alas, para cruzar del firmamento
la senda de los aires azulada.
Veladme con la niebla temerosa
que por la noche ciega a los mortales,
y en vuestros puros brazos fraternales
llevadme allá donde mi bien reposa.
Conducidme hasta el sol donde se asienta
bajo el dosel de reluciente oro
el bien querido por quien tanto lloro,
genio de la pasión que me atormenta.
¡Ay!, transportad mi corazón al cielo,
y si os place después darme castigo,
¡destrozadme en los aires y bendigo
vuestra piedad y mi dichoso vuelo!
Carolina Coronado
Los Recuerdos
de aves amigas, rodeadme: siento
el antiguo placer, aquel contento
que en tiempo a mis amores; imagino
de mi joven cantor sonar vecino
el palpitante, apasionado acento
y las yerbas temblar que sacudía
su planta cuando a mí se aparecía.
¿Quién no tiene recuerdos deliciosos
de edad mejor ¡ay!, aunque joven sea?
Siempre el pasado tiempo nos recrea
velado de atractivos misteriosos;
por esos de la infancia venturosos
diera el joven el brillo que rodea
su lozana existencia, y cada hora
presente por pasado... ¡Ley traidora!
¿Qué son nuestros recuerdos, son delirio,
infortunio, ventura, desconsuelo?
¿Cuál intento será que tuvo el cielo
darnos en ellos bien, darnos martirio?
Cuando veo que un blanco, débil lirio,
de los mezquinos que produce el suelo,
mi antiguo amor despierta, impulsa, enciende,
¡oh! exclamo ¡santo Dios!, ¿quién os
comprende?
¿Qué ven, qué escuchan, pobre Carolina,
en la luz y el silencio ojos y oído?
¿Qué hay en la flor, que hay en la sombra, el ruido
que penetra en tu ser y te fascina?
Sobre la copa de la misma encina
el sol que tantas veces ha lucido,
la brisa de la antigua primavera,
¿por qué te agitan cual por vez primera?
Yo nada sé; filósofos profundos
que los misterios de la vida entienden,
sabrán de aquellos que el espacio hienden
en recuerdos espíritus fecundos;
yo las leyes ignoro de esos mundos
que los sabios dignísimos comprenden;
pero sé que en la tierra, peregrinos,
hay espíritus mil que son divinos.
Si fábrica de barro contrahecha
a quien faltó la esencia para un alma,
hombre estúpido, cuerpo siempre en calma,
la vida del espíritu desecha;
si juzga que de tierra sola es hecha
la criatura, que aspira a eterna palma,
es porque, en piel humana, ser de bruto
a su reino animal paga tributo.
Pero vosotras que gozáis, criaturas,
la inspiración real del sentimiento,
no os mofaréis porque en la luz y el viento
mi amor habite, y en las flores puras;
la yerba que tapiza las llanuras,
la nube que atraviesa el firmamento,
hacen surgir memorias olvidadas
en las almas por siempre enamoradas.
Duermen como la oruga-mariposa,
se ocultan sin cesar, como la luna,
decrecen, como el mar, pero ninguna
muere aunque mengua, velase o reposa;
se reaniman al sol, la noche hermosa
las hace aparecer una por una
y, cuando más lejanas de la idea,
las lleva al corazón recia marea.
Auras, perfumes de junquillos, trino
de aves amigas, me agitáis, os siento,
de espíritus ocultos sois aliento,
sois guardadores de mi amor divino:
venid al valle triste en que imagino
sonar de mi cantor el tierno acento;
¡placeres, dadme, en la ilusión hermosa
ya que en la realidad no soy dichosa!
Carolina Coronado
Para El Alma No Hay Distancias
unidas existiremos
aunque tú vivas lejano,
que el mundo no puede, hermano,
lograr que nos separemos.
Misteriosa inteligencia
que no alcanzan de la ciencia
a explicarnos las razones
sustentan los corazones
separados en la ausencia.
Hay espíritus queridos
en la atmósfera esparcidos
que nos recuerdan y agitan,
y los amantes sonidos
de nuestras voces imitan.
Ellos viven en los vientos,
en los mares turbulentos,
en los astros y las flores,
en la luz y los colores
y hasta en los vagos acentos.
No se ven, aunque se miran,
pero se sienten, se aspiran
cuando tocándonos pasan,
cuando al tocarnos suspiran,
cuando al pasar nos abrasan.
En el murmullo del río
oirás el acento mío,
en la estrella más dorada
verá lucir tu mirada
mi exaltado desvarío.
Siempre juntos estaremos;
por la luna nos veremos
en las noches de verano:
¡cuánto hablaremos, hermano!
¡Qué de amores nos diremos!
¡Cuántas palabras suaves
que sólo en el mundo sabes
me dirás; cuánta dulzura,
cuánta amorosa ternura
te diré, cuando tú acabes!
Y si quieres mensajero
más alegre y placentero
que la luna peregrina,
yo te enviaré, compañero,
a la bella golondrina.
Ella por mí presurosa
cruzará el aire gozosa,
y entrando por tu ventana
te llevará una mañana
mi visita cariñosa.
«Despierta, mi bien querido;
-te dirá- si estás dormido,
que yo en su nombre te llamo:
ella dice... yo te amo:
Responde tú... no la olvido».
Carolina Coronado
La Luna En Una Ausencia
aparición que pasas silenciosa
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?
Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.
Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.
¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía...?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo ven: ¡por qué tardía!
Bardo amante, esa hechicera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
Yo me encontré en unos valles
a esa misteriosa guía
cuando lenta recorría
de olivos desiertas calles,
tristes, como el alma mía.
Yo de entre la tierra oscura
la vi brotar, como pura
memoria de tu pasión,
en medio la desventura
de mi ausente corazón.
Y como el recuerdo amante
me siguió en mi soledad
callada, tierna, constante,
sin apartarse un instante
esa nocturna beldad.
Porque si yo caminaba
y con pasos fugitivos
árbol tras árbol cruzaba,
ella al par se deslizaba
entre los negros olivos.
Si un instante suspendía
mi carrera silenciosa,
sobre la copa sombría
del árbol se detenía,
como una paloma hermosa.
Por eso el tierno quebranto
sabe de mi ausencia, sola,
porque al escuchar mi canto
vino a sorprender mi llanto
con la luz de su aureola.
Y pues es la verdadera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
Carolina Coronado
Un Paisaje
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.
Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.
¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?
¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?
¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.
Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
Carolina Coronado
La Planta Del Valle
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él;
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.
Yo soy planta, entre las piedras,
de un triste valle nacida,
y estoy a la tierra unida
del suelo donde nací;
de una madre, de un hermano
tanto el querer me aprisiona,
que ni por una corona
los separara de mí.
Yo pude ver grandes pueblos
y cruzar soberbios mares
que me inspiraran cantares
dignos de gloria, tal vez;
mas, quise mejor quedarme
sin laureles lisonjeros
que dejar los compañeros
de mi inocente niñez.
Por este santo cariño
que domina mi existencia
con silenciosa paciencia
en la soledad viví;
por eso tu amante ruego
desoye el alma abatida,
por eso la despedida
con llanto amargo te di.
Yo no quiero sin mi madre
partir a tierra ninguna,
y ansia ardiente me importuna
de ver un mundo mejor;
ve, por piedad, tierno amigo,
si es tormentosa la idea
que en lo mismo que desea
halla su pena mayor.
Pienso, a veces,que la hormiga
que se desliza a mi lazo
más campiñas ha cruzado
que las que alcanzo a mirar;
y entonces «hormiga exclamo
mientras tú buscas semillas,
¡cuántas grandes maravillas
pudiera yo contemplar!»
«Adiós les digo a las aves
que cruzan por mi ventana
¿de qué os servirán mañana
ver las orillas del Po;
y de Francia los jardines,
y de América las palmas,
si no tenéis unas almas
para cantarlas cual yo?»
Pero si vienes, Alberto,
con esa dicha a brindarme,
la dejo por no alejarme
del valle donde nací,
y en esta constante lucha
consumirse el alma veo,
pues, ni yo venzo al deseo
ni el deseo me vence a mí.
Por eso, Alberto, la planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él:
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.
Carolina Coronado
La Aurora De San Alberto
más grandes que los demás,
en que el alma suspendida
mira la extensión perdida
que vamos dejando atrás.
En ellos nos detenemos
para ver los desengaños
que del camino traemos;
es un descanso que hacemos
una vez todos los años.
Por nuestra tierra viajero
hoy te toca el alto hacer
en este valle postrero,
donde acerté yo a nacer
y donde morir espero.
Vas a pasar uno aquí
de aquellos tan grandes días
que la vida tiene en sí,
y darle me place a mí
cariñosas armonías.
Este solo, en el concierto
de nuestra existencia entera
celebro contigo, Alberto,
que ambos en este desierto
nos vemos por vez postrera.
Y es deber de la amistad
que, al reunirnos aquí Dios,
cante con solemnidad
la sola festividad
que vemos al par los dos.
Días de dichosa suerte
que yo a cantarte no acierto
podrán los años traerte,
pero yo ya no he de verte
otro día de San Alberto.
Sus caminos al cruzar
hoy se ven dos en la vida
para no volverse a hallar:
así mi canto a la par
es saludo y despedida.
Mucho cielo y muchos mares
va la suerte a colocar
¡ay!entre ti y mis cantares;
por eso debes llevar
un eco de estos lugares.
Y la más bella armonía
que con vago tono incierto
darte pueda el alma mía,
es cantar en su poesía
la aurora de San Alberto.
Carolina Coronado
Aniversario
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.
¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!
¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?
¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?
¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.
¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.
¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»
Carolina Coronado
Pasión
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.
Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.
Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.
Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.
Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.
¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!
Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.
El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?
¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!
Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.
Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.
Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.
Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.
Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.
Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
Carolina Coronado
¡oh, Cuál Te Adoro!
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aún te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
Carolina Coronado
Bendito Seas, Alberto
a tus suspiros me veas,
no indiferente me creas;
es que el alma enamorada
diciendo está embelesada
Alberto, bendito seas.
Si a responderte no acierto
cuando me vienes hablando,
¿piensas que tu voz no advierto?
pues es que estoy murmurando
con un acento muy blando
bendito seas, Alberto.
Alberto, ¿qué más deseas
de quien tanto vive amando?
yo te ruego que me creas,
que aunque callada me veas
estoy entre mí cantando
Alberto, bendito seas.
Muda estoy, fáltame vida;
queda el espíritu muerto,
la mente desvanecida;
pero esta voz repetida
forma en el alma concierto:
¡Bendito seas, Alberto!
Carolina Coronado
Gloria De Las Glorias
Las siguientes composiciones están dedicadas a una persona que
no existe ya. Por eso me atrevo a publicarlas. Una mujer puede, sin
sonrojo, decir a un muerto ternezas que no quisiera que la oyesen decir
a un vivo.
GLORIA DE LAS GLORIAS
Es dulce recordar sueños de niño,
el vago acento de la edad primera
que en nuestro oído resonar hiciera
el ángel que anunció nuestro cariño;
cuando figuro que tu cuello ciño
en esa edad tranquila y placentera,
embriagada mi alma en sus memorias
digo que amor es gloria de las glorias.
Y es más dulce los sueños juveniles
recordar de esta vida enamorada
que siempre de ilusiones sustentada
consagra a los amores sus abriles;
yo te sabré cantar recuerdos miles
de esta pasión divina y encantada
que forma en sus combates y victorias
de nuestro amor la gloria de las glorias.
De una tarde serena de reflejos
sobre tu bello rostro apasionado,
la sombra de aquel valle sosegado
donde encontramos a los pobres viejos,
el canto de la tórtola a lo lejos
y el beso de las auras regalado
me inspiraran poéticas historias
para tu amor que es gloria de mis glorias.
Te cantaré la llama indefinible
del entusiasmo que en mi ser palpita,
la sed ardiente que mi sangre irrita,
la fe de mi pasión indestructible;
la fuerza de tu encanto irresistible
que mi vida en insomnios debilita,
y pálido y temblando a estas memorias
dirás que amor es gloria de las glorias.
No pienses que al ceñir prendas de orgullo
coronas que los genios conquistaron
esas frentes dichosas palpitaron
cual yo de tus acentos al murmullo;
no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,
aplausos que los hombres inventaron,
que no parezcan dichas transitorias
ante ese amor que es gloria de mis glorias.
En vano la ambición arde y se agita
abrasando a los débiles mortales,
y conquista laureles eternales
cuando la flor del alma está marchita;
de otra deidad más alta y más bendita
invoquemos placeres celestiales.
Porque entre tantas dichas transitorias
tan sólo amor es gloria de las glorias.
Sé que la sombra del dolor me sigue,
se que la vida perderé en el llanto,
sé que este amor tan inocente y santo
no ha de lograr la paz que lo mitigue;
pero bendigo el mal que me persigue,
las lágrimas, las penas, el quebranto,
y bendigo mis dichas ilusorias
porque es tu amor la gloria de mis glorias.
Elvas, 1845
Carolina Coronado
Se Ha Deshecho El Alma Mía
con luz clara, pura, hermosa;
yo no sé qué presentía,
pero estaba el alma mía
agitada y recelosa.
Antes de ver la tormenta
el Alción la pronostica:
así una emoción violenta
que se siente y no se explica
a veces nos amedrenta.
¡Tempestad!... y recia que era
la que aguardaba a mi vida,
cuando por la vez primera
tu mirada placentera
vino a anunciar su venida.
«Alma noble, dije al verte,
corazón osado y fuerte
en amor y odio extremado,
has de ser muy estimado
de la que llegue a quererte».
Harto bien lo presagiaba,
¡mas, por Dios, no sospechaba
aquélla que lo decía
que la idólatra sería
del corazón que juzgaba!
¿Por qué tu mirada era
tan dulce? ¿Por qué tu ruego
quisiste una vez que oyera?...
Con una chispa de fuego
se enciende una inmensa hoguera.
Dice alguno en su porfía
que es mi alma dura roca;
mas, por la Virgen María,
que a un acento de tu boca
se ha deshecho el alma mía.
Carolina Coronado
El Mundo Desgraciado
en una historia triste que poseo,
para cuando el alegre balbuceo
deje, Emilio, tu labio bullicioso;
para cuando del álamo frondoso
que tan lejano de tu frente veo
toque a las ramas la graciosa mano
que ahora no alcanza al peralillo enano.
Vago, amoroso, indefinible canto
que yo no pronuncié, que nadie ha oído
por tu risa infantil interrumpido,
borrado a medias por mi ardiente llanto;
memorias para ti de tierno encanto
encierra ese cantar, que lleva unido
al sueño de tu infancia venturosa
el de mi larga juventud penosa.
Hoy mis pinceles para ti son vanos;
tú no conoces tu retrato ahora;
allí está tu cabeza seductora
en el grupo no más de dos hermanos;
cuadro es sencillo, obra de mis manos,
niño que ríe junto a mujer que llora,
aire que vaga junto a flor marchita,
y la destroza más cuando la agita.
Mas, no pienses historia peregrina
relatada escuchar en mis cantares;
todos del alma mía los azares
en la tristeza están que la domina:
si no es desventurada, lo imagina,
y es lo mismo que todos los pesares
del mundo tenga, que los sueñe todos,
si se sufre igualmente de ambos modos.
Y lo mismo que lloro, Emilio, llora
la multitud sin conocer tampoco
el grande, oculto, inapagable foco
de la llama del mal devoradora;
¿será que aún niño nuestro siglo ahora
pugna impaciente, como tú hace poco,
por romper las estrechas ligaduras
de sus largas envueltas vestiduras?
¿Será que de sí propio avergonzado
a comprender empieza su ignorancia?
¿Que entre las tiernas formas de su infancia
siente latir un corazón formado?
¡Ay! eso es; su espíritu exaltado
le hace correr larguísima distancia,
pero, a su cuerpo débil y rendido
fáltale fuerza y quédase dormido.
Cesan las guerras, y en la paz se aclaman
libres los pueblos, sabios venturosos;
¿por qué los corazones silenciosos
tantas secretas lágrimas derraman?
Unos al cielo sin consuelo claman,
ahogan otros sus gritos dolorosos;
¿es que a ninguno la común ventura
toca, a que todos gimen por locura?...
A los niños, Emilio, a ti te toca;
ven a mofarte de mis cantos vanos;
en tus brazos dulcísimos hermanos
ven a estrecharme con tu risa loca,
y séllame los labios con tu boca
y escóndeme los ojos con tus manos,
¡y el bullicio infantil de tu contento
el eco aturda de mi triste acento!
Carolina Coronado
La Nueva Infantil
¿qué me tienes que decir?
¿qué ha pasado? ¿qué has oído?
¿dónde anduviste perdido?
¿cómo tardaste en venir?
¡Nada tienes que contarme!
¡no tiene, Emilio, tu boca
un tierno beso que darme!
¡Emilio, quieres quitarme
ese beso que me toca!
¿Que en tu boquita sencilla
busquen un mismo placer
dos almas te maravilla?
¿No van a la fuentecilla
dos pájaros a beber?
¿Y dime qué más supiste?
¿Tú le miraste muy fijo
y estaba, Emilio, muy triste?
¿Eso pasó? ¿Y qué más dijo?
¿Y tú que le respondiste?...
¿Tú también le acariciaste?
¡Conque me amabas así!-
¿Un abrazo? ¿Y le besaste?
Y luego en fin le dejaste
para contármelo a mí...
¡Deja que te sienta unido
por esa dichosa nueva
contra el pecho y comprimido,
y que los labios te beba
en el beso que te pido!