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Poemas en este tema

Alma

Edgar Brau

Edgar Brau

El Dios olvidado , de El Viaje

La débil voz se confundía con el rumor del oleaje, que ascendía como una plegaria por los flancos verdosos y herrumbrados de la montaña. El titán retiró la mano del rostro y atisbó el cielo. El joven, entretanto, continuaba balbuceando su nombre. Después se adelantó unos pasos y se afirmó en una saliente de la roca; desde allí siguió nombrando al dios. Este permanecía con la cabeza vuelta hacia arriba. Desde esa posición su mirada se encontró con la del joven, y por un instante tuvo la impresión de observarse a sí mismo con los ojos del otro. Se volvió hacia un lado y cerró los ojos. El joven comenzó a hablar atropelladamente. Pero Prometeo no lo escuchaba: sumergido en sus recuerdos, buscaba un momento. Halló, al cabo, las tinieblas acogedoras en las que un yo agradecido se había disuelto lentamente, al fin olvidado. Se aventuró un poco más... justo hasta el borde donde empezaba el acoso de la agitación, del dolor... Regresó de inmediato a su refugio de sombra. Pero otro acoso llegaba hasta ese sitio de dicha: el acoso de una tozudez candorosa, que insistía en su llamado... Se volvió otra vez y abrió los ojos: el asombrado rumor de un mundo parecía crepitar en torno del joven, cuya mirada era radiante. Los cerró nuevamente. Enseguida fue sobresaltado por un chillido; sus manos se crisparon y una mueca de dolor le desfiguró el rostro. Después de un momento giró hacia el joven, que trataba de hacerse entender, y le hizo una seña para que cesara de hablar; luego le mostró las cadenas. El joven, cuyo semblante se iluminó de inteligencia, le contestó con un gesto y abandonó su sitio. Empezó a trepar cuidadosamente, aferrado a la roca. Prometeo lo alentaba con señas. Al final llegó junto al titán. Un filoso escalonamiento de precipicios refulgía alrededor de la roca. El joven se incorporó para tirar de las cadenas; pero se detuvo al ver que Prometeo trataba de unir los brazos. Las miradas se encontraron. Y aun cuando el joven percibió el empujón, sus ojos no se apartaron de esa mirada triste que lo acompañó al abismo.
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Rubén Darío

Rubén Darío

Azul

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente iba de caza atronando el bosque con sus tropeles, y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
(...)
Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tenido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido; mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal. He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor ideal, el verso que está en el astro, en el fondo del cielo, y el que está en la perla, en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor. ¡ Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos; ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.
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Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón

Los Parias

Allá en el claro, cerca del monte
bajo una higuera como un dosel,
hubo una choza donde habitaba
una familia que ya no es.
El padre, muerto; la madre, muerta;
los cuatro niños muertos también:
él, de fatiga; ella de angustia;
¡ellos de frío, de hambre y de sed!

Ha mucho tiempo que fui al bohío
y me parece que ha sido ayer.
¡Desventurados! Allí sufrían
ansia sin tregua, tortura cruel.
Y en vano alzando los turbios ojos,
te preguntaban, Señor, ¿por qué?
¡Y recurrían a tu alta gracia
dispensadora de todo bien!

¡Oh Dios! Las gentes sencillas rinden
culto a tu nombre y a tu poder:
a ti demandan favores lo pobres,
a ti los tristes piden merced;
mas como el ruego resulta inútil
pienso que un día —pronto tal vez—
no habrá miserias que se arrodillen,
¡no habrá dolores que tengan fe!

Rota la brida, tenaz la fusta,
libre el espacio ¿qué hará el corcel?
La inopia vive sin un halago,
sin un consuelo, sin un placer.
¡Sobre los fangos y los abrojos
en que revuelca su desnudez,
cría querubes para el presidio
y serafines para el burdel!

El proletario levanta el muro,
practica el túnel, mueve el taller;
cultiva el campo, calienta el horno,
paga el tributo, carga el broquel;
y en la batalla sangrienta y grande,
blandiendo el hierro por patria o rey,
enseña al prócer con noble orgullo
¡cómo se cumple con el deber!

Mas, ¡ay! ¿qué logra con su heroísmo?
¿Cuál es el premio, cuál su laurel?
El desdichado recoge ortigas
y apura el cáliz hasta la hez.
Leproso, mustio, deforme, airado
soporta apenas la dura ley,
y cuando pasa sin ver al cielo
¡la tierra tiembla bajo sus pies!
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