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Arrepentimiento y Culpa

Gaspar Melchor de Jovellanos

Gaspar Melchor de Jovellanos

(epístola Cuarta) De Jovino A Anfriso, Escrita Desde El Paular

[Segunda versión]



Credibile est illi numen ineste loco.
(OVIDIO)


Desde el oculto y venerable asilo,

do la virtud austera y penitente

vive ignorada, y del liviano mundo

huida, en santa soledad se esconde,

Jovino triste al venturoso Anfriso

salud en versos flébiles envía.

Salud le envía a Anfriso, al que inspirado

de las mantuanas Musas, tal vez suele

al grave son de su celeste canto

precipitar del viejo Manzanares

el curso perezoso, tal süave

suele ablandar con amorosa lira

la altiva condición de sus zagalas.

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado

a quien no dio la suerte tal ventura

pudiese huir del mundo y sus peligros!

¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla

logró arribar a puerto tan seguro,

que esconderla supiera en este abrigo,

a tanta luz y ejemplos enseñado!

Huyera así la furia tempestuosa

de los contrarios vientos, los escollos

y las fieras borrascas, tantas veces

entre sustos y lágrimas corridas.

Así también del mundanal tumulto

lejos, y en estos montes guarecido,

alguna vez gozara del reposo,

que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo

de la virtud arrastra la cadena,

la pesada cadena con que el mundo

oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste

en cuyo oído suena con espanto,

por esta oculta soledad rompiendo,

de su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas

el reposo y la paz que aquí se esconden,

y sólo encuentro la inquietud funesta

que mis sentidos y razón conturba.

Busco paz y reposo, pero en vano

los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,

herencia santa que al partir del mundo

dejó Bruno en sus hijos vinculada,

nunca en profano corazón entraron,

ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que fuera de este asilo

sólo me guarda el mundo sinrazones,

vanos deseos, duros desengaños,

susto y dolor; empero todavía

a entrar en él no puedo resolverme.

No puedo resolverme, y despechado,

sigo el impulso del fatal destino,

que a muy más dura esclavitud me guía.

Sigo su fiero impulso, y llevo siempre

por todas partes los pesados grillos,

que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,

pido a la muda soledad consuelo

y con dolientes quejas la importuno.

Salgo al ameno valle, subo al monte,

sigo del claro río las corrientes,

busco la fresca y deleitosa sombra,

corro por todas partes, y no encuentro

en parte alguna la quietud perdida.

¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,

cansados de llorar, presenta el cielo!

Rodeado de frondosos y altos montes

se extiende un valle, que de mil delicias

con sabia mano ornó Naturaleza.

Pártele en dos mitades, despeñado

de las vecinas rocas, el Lozoya,

por su pesca famoso y dulces aguas.

Del claro río sobre el verde margen

crecen frondosos álamos, que al cielo

ya erguidos alzan las plateadas copas

o ya sobre las aguas encorvados,

en mil figuras miran con asombro

su forma en los cristales retratada.

De la siniestra orilla un bosque ombrío

hasta la falda del vecino monte

se extiende, tan ameno y delicioso,

que le hubiera juzgado el gentilismo

morada de algún dios, o a los misterios

de las silvanas dríadas guardado.

Aquí encamino mis inciertos pasos

y en su recinto ombrío y silencioso,

mansión la más conforme para un triste,

entro a pensar en mi crüel destino.

La grata soledad, la dulce sombra,

el aire blando y el silencio mudo

mi desventura y mi dolor adulan.

No alcanza aquí del padre de las luces

el rayo acechador, ni su reflejo

viene a cubrir de confusión el rostro

de un infeliz en su dolor sumido.

El canto de las aves no interrumpe

aquí tampoco la quietud de un triste,

pues sólo de la viuda tortolilla

se oye tal vez el lastimero arrullo,

tal vez el melancólico trinado

de la angustiada y dulce Filomena.

Con blando impulso el céfiro suave,

las copas de los árboles moviendo,

recrea el alma con el manso ruido;

mientras al dulce soplo desprendidas

las agostadas hojas, revolando,

bajan en lentos círculos al suelo;

cúbrenle en torno, y la frondosa pompa

que al árbol adornara en primavera,

yace marchita, y muestra los rigores

del abrasado estío y seco otoño.

¡Así también de juventud lozana

pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!

Un soplo de inconstancia, de fastidio

o de capricho femenil las tala

y lleva por el aire, cual las hojas

de los frondosos árboles caídas.

Ciegos empero y tras su vana sombra

de contino exhalados, en pos de ellas

corremos hasta hallar el precipicio,

do nuestro error y su ilusión nos guían.

Volamos en pos de ellas, como suele

volar a la dulzura del reclamo

incauto el pajarillo. Entre las hojas

el preparado visco le detiene;

lucha cautivo por huir y en vano

porque un traidor, que en asechanza atisba,

con mano infiel la libertad le roba

y a muerte le condena, o cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos

un pronto desengaño corrió el velo

de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces

dichoso el solitario penitente,

que, triunfando del mundo y de sí mismo,

vive en la soledad libre y contento!

Unido a Dios por medio de la santa

contemplación, le goza ya en la tierra,

y retirado en su tranquilo albergue,

observa reflexivo los milagros

de la naturaleza, sin que nunca

turben el susto ni el dolor su pecho.

Regálanle las aves con su canto

mientras la aurora sale refulgente

a cubrir de alegría y luz el mundo.

Nácele siempre el sol claro y brillante,

y nunca a él levanta conturbados

sus ojos, ora en el oriente raye,

ora del cielo a la mitad subiendo

en pompa guíe el reluciente carro,

ora con tibia luz, más perezoso,

su faz esconda en los vecinos montes.

Cuando en las claras noches cuidadoso

vuelve desde los santos ejercicios,

la plateada luna en lo más alto

del cielo mueve la luciente rueda

con augusto silencio; y recreando

con blando resplandor su humilde vista,

eleva su razón, y la dispone

a contemplar la alteza y la inefable

gloria del Padre y Criador del mundo.

Libre de los cuidados enojosos,

que en los palacios y dorados techos

nos turban de contino, y entregado

a la inefable y justa Providencia,

si al breve sueño alguna pausa pide

de sus santas tareas, obediente

viene a cerrar sus párpados el sueño

con mano amiga, y de su lado ahuyenta

el susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos

de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca

de los tristes mundanos conocida!

¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!

¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria

taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto

y proceloso mar del mundo huyendo

a vuestra eterna calma, aquí seguro

vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria,

en esta triste soledad sumido.

Llega en tanto la noche y con su manto

cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces

a los medrosos claustros. De una escasa

luz el distante y pálido reflejo

guía por ellos mis inciertos pasos;

y en medio del horror y del silencio,

¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,

mi corazón palpita, en mi cabeza

se erizan los cabellos, se estremecen

mis carnes y discurre por mis nervios

un súbito rigor que los embarga.

Parece que oigo que del centro oscuro

sale una voz tremenda, que rompiendo

el eterno silencio, así me dice:

«Huye de aquí, profano, tú que llevas

de ideas mundanales lleno el pecho,

huye de esta morada, do se albergan

con la virtud humilde y silenciosa

sus escogidos; huye y no profanes

con tu planta sacrílega este asilo.»

De aviso tal al golpe confundido,

con paso vacilante voy cruzando

los pavorosos tránsitos, y llego

por fin a mi morada, donde ni hallo

el ansiado reposo, ni recobran

la suspirada calma mis sentidos.

Lleno de congojosos pensamientos

paso la triste y perezosa noche

en molesta vigilia, sin que llegue

a mis ojos el sueño, ni interrumpan

sus regalados bálsamos mi pena.

Vuelve por fin con la risueña aurora

la luz aborrecida, y en pos de ella

el claro día a publicar mi llanto

dar nueva materia al dolor mío.


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Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Pan

Dejaron un pan en la mesa,
mitad quemado, mitad blanco,
pellizcado encima y abierto
en unos migajones de ampo.

Me parece nuevo o como no visto,
y otra cosa que él no me ha alimentado,
pero volteando su miga, sonámbula,
tacto y olor se me olvidaron.

Huele a mi madre cuando dio su leche,
huele a tres valles por donde he pasado:
a Aconcagua, a Pátzcuaro, a Elqui,
y a mis entrañas cuando yo canto.

Otros olores no hay en la estancia
y por eso él así me ha llamado;
y no hay nadie tampoco en la casa
sino este pan abierto en un plato,
que con su cuerpo me reconoce
y con el mío yo reconozco.

Se ha comido en todos los climas
el mismo pan en cien hermanos:
pan de Coquimbo, pan de Oaxaca,
pan de Santa Ana y de Santiago.

En mis infancias yo le sabía
forma de sol, de pez o de halo,
y sabía mi mano su miga
y el calor de pichón emplumado...

Después le olvidé, hasta este día
en que los dos nos encontramos,
yo con mi cuerpo de Sara vieja
y él con el suyo de cinco años.

Amigos muertos con que comíalo
en otros valles, sientan el vaho
de un pan en septiembre molido
y en agosto en Castilla segado.

Es otro y es el que comimos
en tierras donde se acostaron.
Abro la miga y les doy su calor;
lo volteo y les pongo su hálito.

La mano tengo de él rebosada
y la mirada puesta en mi mano;
entrego un llanto arrepentido
por el olvido de tantos años,
y la cara se me envejece
o me renace en este hallazgo.

Como se halla vacía la casa,
estemos juntos los reencontrados,
sobre esta mesa sin carne y fruta,
los dos en este silencio humano,
hasta que seamos otra vez uno
y nuestro día haya acabado...
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Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Abomina El Abuso De La Gala De Los Disciplinantes

Deja la procesión, súbete al paso,
Íñigo; toma puesto en la coluna,
pues va azotando a Dios tu propio paso.

Las galas que se quitan sol y luna
te vistes, y, vilísimo gusano,
afrentas las estrellas una a una.

El hábito sacrílego y profano
en el rostro de Cristo juntar quieres
ron la infame saliva y con la mano.

Con tu sangre le escupes y le hieres;
con el beso de Judas haces liga,
y por escarnecer su muerte, mueres.

No es acción de piedad, sino enemiga,
a sangre y fuego perseguir a Cristo,
y quieres que tu pompa se lo diga.

No fue de los demonios tan bienquisto
el que le desnudó para azotalle,
como en tu cuerpo el traje que hemos visto,

pues menos de cristiano que de talle,
preciado con tu sangre malhechora,
la suya azotas hoy de calle en calle.

El sayón que de púrpura colora
sus miembros soberanos te dejara
el vil oficio, si te viera agora.

Él, mas no Jesucristo, descansara,
pues mudara verdugo solamente,
que más festivamente le azotara.

El bulto del sayón es más clemente:
él amaga el azote levantado,
tú le ejecutas, y el Señor le siente.

Menos vienes galán que condenado,
pues de la Cruz gracejas con desprecio,
bailarín y Narciso del pecado.

En tu espalda le hieres tú más recio
que el ministro en las suyas, y contigo
comparado, se muestra menos necio.

Él es de Dios, mas no de sí enemigo;
tú de Dios y de ti, pues te maltratas,
teniendo todo el cielo por castigo.

Vestido de ademanes y bravatas,
nueva afrenta te añades a la historia
de la pasión de Cristo, que dilatas.

¿No ves que solamente la memoria
de aquella sangre en que la Virgen pura
hospedó los imperios de la gloria,

el cerco de la Cruz en sombra obscura
desmaya la viveza de su llama
y apaga de la luna la hermosura?

La noche por los cielos se derrama,
vistiendo largo luto al firmamento;
el fuego llora, el Oceano brama,

gime y suspira racional el viento,
y, a falta de afligidos corazones,
los duros montes hacen sentimiento.

Y tú, cuyos delitos y traiciones
causan este dolor, das parabienes
de su misma maldad a los sayones.

Recelo que a pedir albricias vienes
desta fiereza al pueblo endurecido,
preciado de visajes y vaivenes.

Más te valiera nunca haber nacido
que aplaudir los tormentos del Cordero,
de quien te vemos lobo, no valido.

La habilidad del diablo considero
en hacer que requiebre con la llaga,
y por bien azotado, un caballero;

y en ver que el alma entera aquél le paga,
que capirote y túnica le aprueba,
mientras viene quien más cadera haga.

Y es invención de condenarse nueva
llevar la penitencia del delito
al mismo infierno que el delito lleva.

Desaliñado llaman al contrito,
pícaro al penitente y al devoto,
y sólo tiene séquito el maldito.

Dieron crédito al ruido y terremoto
los muertos, y salieron lastimados;
y cuando el templo ve su velo roto,

el velo, en que nos muestras tus pecados
transparentes, se borda y atavía,
de la insolencia pública preciados.

Considera que llega el postrer día
en que de este cadáver, que engalanas,
con asco y miedo, la alma se desvía;

y que de las cenizas que profanas,
subes al tribunal, que no recibe
en cuenta calidad y excusas vanas.

Allí verás cómo tu sangre escribe
proceso criminal contra tu vida,
donde es fiscal Verdad, que siempre vive.

Hallarás tu conciencia prevenida
del grito a que cerraste las orejas,
cuando en tu pecho predicó escondida.

Los suspiros, las ansias y las quejas
abrirán contra ti la negra boca
por el llanto de Cristo, que festejas.

¿Con qué [razón] podrá tu frente loca
invocar los azotes del Cordero,
si de ellos grande número te toca?

A los que Cristo recibió primero,
juntos verás los que después le diste
en competencia del ministro fiero.

A su Madre Santísima añadiste
el octava dolor, y en sus entrañas
cuchillo cada abrojo tuyo hiciste.

Acusaránte abiertas las montañas,
las piedras rotas, y a tan gran porfía
atenderán las furias más extrañas.

Y presto sobre ti verás el día
de Dios, y en tu castigo el desengaño
de tan facinorosa hipocresía.

La justicia de Dios reinará un año,
y en dos casas verás tus disparates
llorar su pena o padecer su daño.

Cristiano y malo, irás a los orates;
al Santo Oficio irás, si no lo fueres,
porque si no te enmiendas, te recates.

Y, crüenta oblación de las mujeres,
vivirás sacrificio de unos ojos
que te estiman, al paso que te hieres
y te llevan el alma por despojos.
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Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

El Escarmiento

¡Oh tú, que inadvertido peregrinas
de osado monte cumbres desdeñosas,
que igualmente vecinas
tienen a las estrellas sospechosas,
o ya confuso vayas
buscando el Cielo, que robustas hayas
te esconden en las hojas,
o la alma aprisionada de congojas
alivies y consueles,
o con el vario pensamiento vueles
delante de esta peña tosca y dura,
que de naturaleza aborrecida
envidia de aquel prado la hermosura:
detén el paso y tu camino olvida,
y el duro intento, que te arrastra, deja,
mientras vivo escarmiento te aconseja!

En la que oscura ves, cueva espantosa,
sepulcro de los tiempos que han pasado,
mi espíritu reposa,
dentro en mi propio cuerpo sepultado,
pues mis bienes perdidos
sólo han dejado en mí fuego y gemidos,
victorias de aquel ceño
que, con la muerte, me libró del sueño
de bienes de la tierra,
y gozo blanda paz tras dura guerra,
hurtado para siempre a la grandeza,
al envidioso polvo Cortesano,
al inicuo poder de la riqueza,
al lisonjero adulador tirano.
¡Dichoso yo, que fuera de este abismo,
vivo me soy sepulcro de mí mismo!

Estas mojadas, nunca enjutas ropas,
estas no escarmentadas y deshechas
velas, proas y popas,
estos hierros molestos, estas flechas,
estos lazos y redes
que me visten de miedo las paredes,
lamentables despojos,
desprecio del naufragio de mis ojos,
recuerdos despreciados,
son, para más dolor bienes pasados.
Fue tiempo que me vio, quien hoy me llora,
burlar de la verdad y de escarmiento,
y ya, quiérelo Dios, llegó la hora,
que debo mi discurso a mi tormento:
ved cómo y cuán en breve el gusto acaba,
pues suspira por mí quien me envidiaba.

Aun a la muerte vine por rodeos,
que se hace de rogar, o da sus veces
a mis propios deseos;
mas ya que son mis desengaños jueces,
aquí solo conmigo
la angosta senda de los sabios sigo,
donde gloriosamente
desprecio la ambición de lo presente.
No lloro lo pasado,
ni lo que ha de venir me da cuidado,
y mi loca esperanza siempre verde,
que sobre el pensamiento voló ufana,
de puro vieja aquí su color pierde,
y blanca puede estar de puro cana.
Aquí, del primer hombre despojado,
descanso ya de andar de mí cargado.

Estos que han de beber, fresnos hojosos,
la roja sangre de la dura guerra;
estos olmos hermosos,
a quien esposa vid abraza y cierra
de la sed de los días,
guardan con sombras las corrientes frías;
y en esta dura sierra,
los agradecimientos de la tierra,
con mi labor cansada,
me entretienen la vida fatigada.
Orfeo del aire el Ruiseñor parece,
y ramillete músico el jilguero;
consuelo aquél en su dolor me ofrece;
éste, a mi mal, se muestra lisonjero;
duermo, por cama, en este suelo duro,
si menos blando sueño, más seguro.

No solicito el mar con remo y vela,
ni temo al Turco la ambición armada;
no en larga centinela,
al sueño inobediente, con pagada
sangre y salud vendida,
soy, por un pobre sueldo, mi homicida;
ni a fortuna me entrego,
con la codicia y la esperanza ciego,
por acabar diligente,
los peligros precisos del Oriente;
no de mi gula amenazada vive
la Fénix en Arabia temerosa,
ni a ultraje de mis leños apercibe
el mar su inobediencia peligrosa:
vivo como hombre, que viviendo muero
por desembarazar el día postrero.

Llenos de paz serena mis sentidos,
y la Corte del alma sosegada,
sujetos y vencidos
apetitos de la ley desordenada,
por límite a mis penas
aguardo que desate de mis venas
la muerte, prevenida
la alma que anudada está en la vida,
disimulando horrores
a esta prisión de miedos y dolores,
a este polvo soberbio y presumido,
ambiciosa ceniza, sepultura
portátil que conmigo la he traído,
sin dejarme contra hora segura.
Nací muriendo, y he vivido ciego,
y nunca al cabo de mi muerte llego.

Tú, pues, oh caminante que me escuchas,
si pretendes salir con la victoria
del monstruo con quien luchas,
harás que se adelante tu memoria
a recibir la muerte,
que oscura y muda viene a deshacerte.
No hagas de otro caso,
pues se huye la vida paso a paso;
y en mentidos placeres
muriendo naces, y viviendo mueres.

Cánsate ya, oh mortal, de fatigarte
en adquirir riquezas y tesoro,
que últimamente el tiempo ha de heredarte,
y al fin te dejarán la plata y oro:
vive para ti solo, si pudieres,
pues sólo para ti, si mueres, mueres.
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