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Belleza

Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón

A Margarita

¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila
bajo el dosel de tu melena blonda!
¡Qué abismo tan profundo tu pupila,
pérfida y azulada como la onda!

El fulgor soñoliento que destella
en tus ojos donde hay siempre un reproche
viene cual la mirada de la estrella
de un cielo ennegrecido por la noche.

Tu rojo labio en que la abeja sacia
su sed de miel, de aroma y embeleso,
ha sido modelada por la gracia
más para la oración que para el beso.

Tu voz que ora es aguda y ora grave,
llena de gratitud suena en mi oído,
como el saludo arrullador del ave
al sol naciente que despierta el nido.

La palabra mordaz y libertina,
en tu boca que el ósculo consume,
es una flor de punzadora espina
pero que tiene mágico perfume.

Tu discurso es amargo, licencioso
y repugnante, pero —¡extraño ejemplo!—
tu acento es dulce, arrullador y suave
como el canto del órgano en el templo.

Y tu voz a cuyo eco me emociono
lastima al mismo tiempo que recrea,
es el canto de un ángel por el tono
y el habla de un demonio por la idea.

Tu mano esconde un cetro: el albo lirio,
y fue tallada con primor no escaso
más para la limosna y para el cirio
que para la caricia y para el vaso.

Tu cuerpo... ¡que a menudo la locura
rasgó ante mí tus hábitos discretos,
y tu estatuaria y lúbrica hermosura
me reveló sus íntimos secretos!

¡Cuántas veces a la hora del tocado
penetré hasta tu estancia encantadora!
Y en un tibio misterio plateado
por una claridad como de aurora,

te hallé al salir del agua derramando
un rocío de líquidos cambiantes:
escultura de nieve comenzando
a deshelarse y a verter diamantes.

Y vi a la sierva que te adorna y peina
ajustar con destreza cuidadosa
tu magnífica túnica de reina
a tu soberbia desnudez de diosa.

¿Qué miseria, qué afán o qué flaqueza
te arrojó del edén, Eva proscrita?
¿Qué Fausto asió tu virginal belleza
y la acostó en el fango, Margarita?

Inexplicable suerte, buena o mala
la que a ti me llevó y a mí te trajo,
nuestro insensato amor es una escala
y por ella tú asciendes y yo bajo.

Oculta y sola mi pasión huraña
crece en mi corazón herido y yerto,
oculta como el cáncer en la entraña
sola como la palma en el desierto.
1.515
Rafael Pombo

Rafael Pombo

Decíamos Ayer

Como Fray Luis tras de su largo encierro

«Decíamos ayer...» también digamos.

¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,

O nosotros con ellos no pasamos.

Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.

Recomencemos. Recogiendo amantes.

Los rotos hilos del antiguo sueño.

Sigamos arrullándolo como antes.

Respetuosa apartemos la mirada

de tumbas que haya entre partida y vuelta.

Y si hubiere una lágrima ya helada

ruede al calor del corazón disuelta.

Olvidemos la herrumbre que en el oro

de la rica ilusión depuso el llanto,

y los hielos que pálido, inodoro

dejaron el jardín que amamos tanto.

Olvidemos el hado que hizo injusto

de nuestros corazones su juguete,

y regalemos la orfandad del gusto

con el añejo néctar del banquete.

¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella

que al arador pesar cruzó en frente.

Para mis ojos tú siempre eres bella

yo para ti soy llama siempre ardiente:

Llama que hoy mismo a mi pupila fría

surge desde el recóndito santuario

pese a la nieve que en mi sien rocía

el invierno precoz del solitario.

Mírame en estos ojos que tu imagen

extáticos copiaron tantas veces.

Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen

ni tiempo que interponga sus dobleces.

Búscame sólo allí, que yo entretanto

en los tiernos abismos de tus ojos

torno a encontrar mi disipado encanto,

la juventud que te ofrendé de hinojos.

¡Mi juventud!, espléndida al intenso

reverberar de tu alma ingenua y pura,

con brisas de verano por incienso,

y por palma de triunfo tu hermosura.

¡Mi juventud!, por título divino

espigadora en todo lo creado;

nauta en persecución del vellocino

de cuanto fuese de tu culto agrado.

Islas de luz del cielo, margaritas

de colgantes jardines y hondos mares,

néctar de espirituales sibaritas,

soplos de Dios a humanos luminares:

Las miradas del sabio más profundas

y del tal vez más sabio anacoreta;

las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;

la suma voz de todo gran poeta.

Esas trombas de lírica armonía,

infiernos de pasión divinizados,

en que nos arrebatan a porfía

todos los embelesos conjurados:

Auras de aquella cima do confluyen

Hermosura y Verdad, pareja santa,

y las dos una misma constituyen,

y espíritu de amor sus nupcias canta.

Buscar palabra al silencioso drama

de la contemplación, mística guerra

entre Dios, Padre amante que reclama

al eterno extranjero de la tierra;

y esta madre de muerte, inmensa y bella

Venus que al por nos nutre y nos devora,

y presintiendo que escapamos de ella

con tanto hechizo nos abraza y llora.

Leer amor en tanta ruda espina

que escarnece a la fe y angustia al bueno.

Mostrar flores del alma en la ruïna,

luz en la oscuridad, oro en el cieno.

La flor de cuanto existe, oro celeste,

único que halagando tu alma noble

brindara en vago esparcimiento agreste

a nuestro doble ser regalo doble;

tal era mi tributo. Una confianza,

una sonrisa, una palabra tuya,

retorno abrumador, que en mi balanza

Dios, no un mortal, será quien retribuya.

Pero todo en redor, la limpia esfera,

el bosque, el viento, el pajarillo amable

semejaba, en tu obsequio, que quisiera

pagar por mí la dádiva impagable.

Aún veo sobre el carbón de tus pupilas

el arrebol fascinador de ocaso;

veo la vacada, escucho las esquilas:

va entrando en su redil paso entre paso.

Escucha, recelosa de la sombra,

la blanda codorniz que al nido llama

y al sentirnos parece que te nombra

y que por verte se empinó en la rama.

Escúchate a ti misma entre el concento

de aquella fiesta universal de amores,

cuando nos coronaba el firmamento

ciñéndonos de púrpura y de flores.

Esas flores murieron. Pero ¿has muerto

tú, fragancia inmortal del alma mía?

Años y años pasaron. Pero ¿es cierto

o es visión que existimos todavía?

Juntos aquí como esa tarde estamos,

y el mismo cielo es ara suntuosa

de aquel amor que entonces nos juramos

y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

Ahí está el campo, el mirador collado,

el pasmoso horizonte, el sol propicio;

la cúpula y el templo no han variado.

Vuelva el glorificante sacrificio.

¿Y no ha herido tal vez tu fantasía

que aquella tarde insólita, imponente,

fue sólo misteriosa profecía

de este rnisteriosísimo presente...?

En aquel hinmo universal, un dejo

percibí melancólico; y al fondo

de una lágrima tuya vi el bosquejo

del duelo que hoy en lo pasado escondo.

Pasó... Pero esa tarde en su misterio

citó para otra tarde nuestra vida.

Y hela aquí. El alma recobró su imperio

del sol abrasador a la caída.

¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,

la hora de fe, de intimidad perfecta,

cuando Dios sobre el sol que se desploma

el infinito incógnito proyecta.

Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,

es de ardiente el espíritu y profundo;

y abiertas las esclusas de lo alto

flotamos como en brisas de otro mundo.

Ve cómo el blanco Véspero fulgura,

pasando intacto el arrebol sangriento.

¡Es la Amistad!, la roca firme y pura

que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

Nadie dejó de amar si amó de veras.

Cuando en árido tronco te encarnices

con la segur, tal vez lo regeneras

si son como las nuestras sus raíces.

Y antes te sonará más dulcemente

templada en el raudal de los gemidos,

la antigua voz que murmuraba ardiente

la música de mi alma en tus oídos.

¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla

que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?

¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!

¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

Para los dos el ministerio suyo

fue de ungido de Dios y extremo amigo.

Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,

y como de un cristal al casto abrigo.

En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro

halo de luz, atmósfera de santo;

como al santuario a visitarte hoy entro

y algo hay solemne en tu adorable encanto.

¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!

Su amor.inerme el tiempo para ellas.

Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,

Como El las hizo.jóvenes y bellas.


Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!

¡Rudo tropel que atravesó el camino!

Ya, como un nubarrón se disiparon,

Y nuestro sol a reclamarnos vino.


¡Y ande el tiempo, y sin fin rondando siga

La fiel aguja que su afán nos muestra!

¿Qué hora marcará que no nos diga:

«Aquí os amasteis; yo también soy vuestra?».


En todo grato sueño nos parece

Que ya lo hemos soñado: ese es su hechizo.

Mi mejor sueño a ti te pertenece;

En ti el pasado mágico realizo.


Como a la aparición del rey del día,

De entre la nada lóbrega que espanta,

Brota un mundo de vida y poesía

En que todo ama y resplandece y canta;


Así tú para mí: foco potente.

Núcleo de una creación que he poseído,

Llegas, y en torno a ti surge esplendente

Mi portentoso hogar, y en él resido.


Y el corazón se me abre inmenso, en alas

De música ideal que lo acaricia;

Y tanto aroma y fuego en mi alma exhalas

Que a un tiempo vivo y muero de delicia.


Y tú y yo, tierra y cielo, mente y acto,

Hoy y ayer, la esperanza y la memoria,

Todo ya es uno, en inefable rapto,

Fruición anticipada de la gloria.


Y esa es la juventud: el fugitivo

Presagio de la eterna, que al conjuro

Vuelve de Amor, como en miraje esquivo,

A enseñarnos un bien siempre futuro.


¿Y el sueño cuál será? ¿La no apagada

Luz, o esta bruma efímera de invierno?

¡Ah! lo que pasa no es: es sombra, es nada;

Y no hay más que una realidad: lo Eterno.


Atando el hilo roto un largo instante

Sigamos, pues, llorada compañera,

Hacia atrás, y a la par hacia delante.

A nuestro gran será que hace años era.


Como Fray Luis saliendo del profundo

«Decíamos ayer» también digamos:

Corra el tiempo del mundo para el mundo

Nuestro tiempo, en el alma lo llevamos.



Bogotá, febrero 7 de 1889

393
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Candil

EL CANDIL


A Alejandro Quijano


En la cúspide radiante

que el metal de mi persona

dilucida y perfecciona,

y en que una mano celeste

y otra de tierra me fincan

sobre la sien la corona;

en la orgía matinal

en que me ahogo en azul

y soy como un esmeril

y central y esencial como el rosal;

en la gloria en que melifluo

soy activamente casto

porque lo vivo y lo inánime

se me ofrece gozoso como pasto;

en esta mística gula

en que mi nombre de pila

es una candente cábala

que todo lo engrandece y lo aniquila;

he descubierto mi símbolo

en el candil en forma de bajel

que cuelga de las cúpulas criollas

su cristal sabio y su plegaria fiel.

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar

cumplimos, en dúo recóndito,

un solo mandamiento: venerar!

Embarcación que iluminas

a las piscinas divinas:

en tu irisada presencia

mi humildad se esponja y se anaranja,

porque en la muda eminencia

están anclados contigo

el vuelo de mis gaviotas

y el humo sollozante de mis flotas.

¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso

y sabe que anonadas

en las cúpulas sagradas

no por decrépito ni por insulso!

Tu alta oración animas

con el genio de los climas.

Tú conoces el espanto

de las islas de leprosos,

el domicilio polar

de los donjuanescos osos,

la magnética bahía

de los deliquios venéreos,

las garzas ecuatoriales

cual escrúpulos aéreos,

y por ello ante el Señor

paralizas tu experiencia

como el olor que da tu mejor flor.

Paralelo a tu quimera,

cristalizo sin sofismas

las brasas de mi ígnea primavera,

enarbolo mi júbilo y mi mal

y suspendo mis llagas como prismas.

Candil, que vas como yo

enfermo de lo absoluto,

y enfilas la experta proa

a un dorado archipiélago sin luto;

candil, hermético esquife:

mis sueños recalcitrantes

enmudecen cual un cero

en tu cristal marinero,

inmóviles excelsos y adorantes.


698
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Niña Del Retrato

Delinquiría
de leso corazón
si no anegara con mi idolatría,
en lacrimosa ablución,
la imagen de la párvula sombría.

Retrato para quien mi llanto mana
a la una de la mañana,
reflejando en su sal, que va sin brida,
la minúscula frente desmedida...

Cejas, andamio
del alcázar del rostro , en las que ondula
mi tragedia mimosa, sin la bula
para un posible epitalamio...

La niña del retrato
se puso seria, y se veló su frente,
y endureció los dos ojos profundos,
como una migajita de otros mundos
que caída en brumoso interinato,
toda la angustia sublunar presiente.

Fiereza desvalida, hecha a mirar
el mar...

Boca en bisel, como un espejo afable
que no hable...

Medias de almo color; para que vaya
por la cernida arena de la playa...

Las deleznables manos,
que cavan pozos enanos,
son carceleras de los océanos...

Linda congoja de la frente linda,
la que inerme y tiránica se brinda
por modelo de copa y de coyunda
y de lira rotunda...

Retrato de iniciales sinfonías:
tus cinco años son cinco bujías
a cuya luz el alma llora;
por eso a ti me abro
como a la honestidad versicolora
de un diminutivo candelabro.

Los invisibles hombros, cual quimera
en que un genio marítimo retoza,
no columbran siquiera
la adoración venidera
que los ha de rozar, como se roza
el codo de una estricta compañera.

Párvula del retrato;
seriedad prematura;
linda congoja de un juego nonato
que enfrente del fotógrafo se apura;
pelo de enigma, como los edenes
enigmáticos desde donde vienes;
víspera bella que cantas
en la Octava de mi más negra hora:
hoy hice un alto por mojar tus plantas
con sangre de mis ojos, y miré
que salías del óvalo de bruma,
como punto final que se incorpora
y como duende de relojería,
a dar en los relojes de mi fe
la campanada de la dicha suma.

Niña, venusto manual:
yo te leía al borde de una estrella,
leyéndote mortífera y vital;
y absorto en el primor de la lectura
pisé el vacío...

Y voy en la centella
de una nihilista locura.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Doncella Verde

LA DONCELLA VERDE


En la muerte de José Enrique Rodó.


En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la armónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Por Este Sobrio Estilo

Esta manera de esparcir su aroma
de azahar silencioso en mi tiniebla;
esta manera de envolver en luto
su marfil y su nácar; esta única
manera con que porta la golilla
de encaje; esta manera de tornar
su mutismo en venero de palabras
y su boca en ahorro...

Esta manera
que es reservada y que es acogedora,
con que viene a encontrar mis panegíricos;
esta manera de decir mi nombre
con mofa y mimo, en homenaje y burla,
como que sabe que mi interno drama
es, a la vez, sentimental y cómico;
esta manera con que en la honda noche,
de sobremesa en vagos parlamentos,
se abate su sonrisa desmayada
sobre el mantel; esta feliz manera
con que niega su brazo y con que otorga
la emoción, cuando vamos de paseo
por la alameda colonial y adusta...
Por este suspitante y sobrio estilo
de amor, te reverencio, estrella fiel
que gustas de enlutarte; generoso
y escondido azahar; caritativa
madurez que presides mis treinta años
con la abnegada castidad de un búcaro
cuyas rosas adultas embalsaman
la cebecera de un convaleciente;
enfermera medrosa; cohibida
escanciadora; amiga que te turbas
con turbación de niña al repasar
nuestra común lectura; asustadizo
comensal de mi fiesta; aliada tímida;
torcaz humilde que zureas al alba,
en un tono menor, para ti sola.
¡Bien hayas, creatura pequeñita
y suprema; adueñada de la cumbre
del corazón; artista a un mismo tiempo
mínima y prócer; que en las manos llevas
mi vida como objeto de tu arte!
Estrella y azahar: que te marchites
mecida en una paz celibataria
y que agonices como un lucero
que se extinguiese en el verdor de un prado
o como flor que se transfigurase
en el ocaso azul, como en un lecho.
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