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Poemas en este tema

Casa y Hogar

Carolina Coronado

Carolina Coronado

Fantasías La Encina De Bótoa

En la raya que divide
el Portugal de la España,
al lado de un regatillo
a unas encinas pegada,
como a un cardo un caracol
tiene D. Diego una casa
a donde a veces le lleva
más que su amor a la caza
el deseo de tener
a su mujer más aislada.
Porque en el pueblo no vive,
ronda, mira, cela, indaga
y le enojan y le inquietan
hasta las sombras que pasan
al través de las espesas
celosías de sus ventanas.
En el campo más tranquilo,
respira, duerme, descansa,
mas, no con tal abandono
y tan ciega confianza
que deje de examinar
si algún caminante pasa,
si para algún cazador
bajo la encina cercana,
si viene alguno a pescar
a la ribera inmediata.
Y hace días que redobla
D. Diego su vigilancia,
pues anda la portuguesa
intranquila y abismada
en ocultos pensamientos
que sus cuidados alarman.
Ya la ha hallado por dos veces,
al tornarse de la caza,
discurriendo entre las sombras
de unas encinas lejanas
que van formando una gruta
con sus copas enlazadas,
y ha observado por dos veces
que al acercarse a llamarla
temerosa entre los árboles
el cuerpo le recataba,
por lo cual ha decidido,
lleno de celosa rabia,
oculto hacia aquellos sitios,
aquella tarde, acecharla.
Es D. Diego Mercader
un hidalgo catalán,
que si no lo testarudo
y celoso por demás,
de los esposos, hoy día,
fuera modelo cabal.
Otro defecto le añaden
los que no le quieren mal,
el de ser irreligioso
pues afirman, además,
que a su consorte reprende
por su continuo rezar;
a tal extremo llevando
su impía temeridad
que derriba las imágenes
que en un figurado altar
la devota portuguesa
tiene con grande piedad...
mas éstos son tan ligeros
lunares que por hablar
la gente los escudriña
entremetida y mordaz.
Es lo cierto que a su esposa
Doña María de Albar
ama, considera y mima:
aunque también es verdad
que debe a Doña María
fortuna y felicidad.
Porque perdió Mercader
su riqueza en el azar
del juego, y recordando
que tenía en Portugal
cercanos parientes ricos
y una primita además
de famosísimo dote
y acreditada beldad.
Marchóse al pueblo extranjero,
vio a la prima, se hizo amar,
casóse, murió su tío
con que le vino a heredar.
Ya la noche por Oriente
va llegando acelerada,
cruza el monte diligente
algún pastor impaciente
tras la res descaminada.
No hay en los aires un ave
de las que alegran el día
con su tierna melodía;
los bueyes el paso grave
mueven en pos de su guía;
Cuando al valle se encamina
de sable armado D. Diego
y el valle todo examina
y toma, de celos ciego,
por su esposa a cada encina.
Párase de trecho en trecho
tras cada bulto perdido
y al ver su engaño deshecho
el corazón en el pecho
se le salta enfurecido.
Detiénese fatigado
y recogiendo el aliento,
otra vez escucha atento
porque sin duda a su lado
ha resonado un acento
«¡Señora —la voz decía,
entre ronca y temblorosa—
señora, señora mía,
oye mis ruegos piadosa
oye mis ruegos, María!...»
¡Aquí! gritó Mercader,
desnudando la ancha espada
que hace a sus plantas caer
la figura recatada
que llamaba a su mujer.
Luego en la noche sombría
quedó el valle sepultado
y sólo se distinguía
un bulto en tierra postrado
y otro bulto que se huía
por el monte apresurado.
Y las puertas de la Granja
se abren al golpe tremendo,
que sobre ellas impaciente
descarga el furioso dueño.
Por delante de su esposa
pasa sin verla D. Diego
y asiendo una lamparilla,
se retira a su aposento.
Cierra la puerta y después
saca un misterioso objeto,
prenda del muerto, y sin duda,
la que contiene el secreto
de su culpable mujer
que en amorosos conceptos
mil billetes habrá escrito...
Pasmado quedó D. Diego
al ver en vez de cartera
una bolsilla de cuero
con dos groseras correas
atada por un extremo.
Ábrela, saca un papel
y... haciendo un terrible gesto,
pálido como la cera,
el catalán en el suelo
grito arrojando la espada
¡voto al diablo, es mi vaquero!
Ya han pasado muchos días
sin que vuelva a suceder
que trate el buen catalán
de acechar a su mujer
oculto entre las encinas.
¿Si habrá curado, tal vez,
sus celos aquella muerte
del pastor? —Yo no lo sé—
Tétrico, meditabundo
de su granja en el dintel
pasa las horas enteras
en tanto que su mujer
también silenciosa y triste,
con afanoso interés,
discurre sobre el origen
de aquel extraño desdén.
Por fin se acercó a su esposo,
venciendo la timidez,
y se atrevió a preguntarle
¿por qué no sales? —Saldré,
respondió él a esta pregunta
que como un rayo a caer
fue en el alma del celoso
para inflamarla otra vez.
Voy a cazar, dijo luego,
y hoy muy tarde volveré.
Son ya las últimas horas
de una tarde sosegada
en que no aguarda la luna
para salir de su estancia
a que el Señor de los astros
por occidente se vaya;
sino, que robando al sol
el resplandor de su llama,
sale a mostrar en el día
por el cielo su luz vaga
y no deja distinguir,
la vista absorta en entrambas,
la clara noche que empieza
de la tarde que se acaba.
Callada como la luna
tan bella y más recatada
una mujer aguardando
en el valle está con ansia
a que se aleje una sombra
que allá por el monte avanza,
y cuando ya nada ve
echa a andar apresurada
hacia un sitio en donde están
cuatro encinas agrupadas.
Son una llama los celos
que ni se apaga ni entibia
hasta que no ha reducido
el corazón a cenizas.
Y, dicen, que hace su llama
cuando sutil se desliza
por las venas, como el sol
por las aguas cristalinas,
hervir la sangre abrasada
en las sienes comprimidas
y ver extraños fantasmas
que la razón debilitan.
Por eso lleva D. Diego
las negras cejas fruncidas,
los ojos desencajados
y la faz descolorida;
Por eso aferran sus dedos
aquella espada que brilla
como el agua de un arroyo
al través de las encinas.
Por eso en aquel pastor
que del valle se retira
ve a lo lejos al incógnito
galán de Doña María;
Porque son llama los celos
que ni se apaga ni entibia,
hasta que no ha reducido
el corazón a cenizas.
Dio el hidalgo una estocada,
dio un grito Doña María
y con la vista clavada
en una encina elevada
cayó de rodillas, fría.
Alzó la suya medrosa
siguiendo la de su esposa
D. Diego hacia aquella encina
que una ráfaga dudosa
del crepúsculo ilumina;
Y vio la santa figura
de una Virgen de madera
que la blanca vestidura,
a medias, por la hendidura,
del tronco mostraba fuera;
Y vio el misterioso altar
que su esposa ha hecho adornar
de las más hermosas flores,
a donde vienen a orar
por la tarde los pastores.
Y allí cayó de rodillas.—
La luna que alumbra en tanto
sus facciones amarillas
dejó ver en sus mejillas
dos tristes gotas de llanto.
La encina desde aquel día
muestra en su copa sombría
cada bellota sagrada
con la imagen de María
en su corteza grabada.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Una Despedida

Escuchad mis querellas,
recinto y flores del placer abrigo,
imágenes tan bellas
como ese cielo que os protege amigo.

Asilo de inocencia,
consuelo del dolor, bosque sombrío,
ir quiero a tu presencia,
y tu césped regar con llanto mío.

Y el agua de tu fuente
beber acaso por la vez postrera,
y respirar tu ambiente,
besar tus flores, la gentil palmera.

Que tu dintel guarnece
de lejos saludar entre congojas,
y a la que en torno crece
modesta acacia de menudas hojas.

Y a los álamos graves
el postrimer adiós dar afligida,
y cantar con las aves
tristísima canción de despedida.

Y en tu graciosa alfombra
reposar halagada de ilusiones
bajo la fresca sombra
de tus frondosos sauces y llorones...

Sus hojas se estremecen
y errantes sombras a mi planta evocan,
que en el viento se mecen,
y mis cabellos con blandura tocan.

Desde aquí la pintura
es más bello admirar de ese tu cielo,
los visos y frescura
de las nubes cercanas a tu suelo;

Y al través de las ramas
mirar el sol que su lumbrera humilla,
y cual de rojas llamas
el Occidente retocado brilla.

¿Ni qué música iguala
al sordo vago suspirar del viento
con que armonioso exhala
un bello día su postrer aliento?

¡Ah! ¡si mi vida entera,
mi cara soledad, recinto amado,
consagrarte pudiera
el mundo huyendo y su falaz cuidado!

Mas ¡ay! que la alegría
de contemplaros con la luz perece
del presuroso día
que a mis ansiosos ojos desparece.

Esas aves cantoras
que de gozar la tarde fatigadas,
en tropas voladoras
retornan gorjeando a sus moradas;

Cuando una sola estrella
con apagada luz brille en el cielo;
cuando la aurora bella
ciña el espacio con purpúreo velo,

Y el nuevo y claro día
con sus tintas anime la pradera;
ellas con alegría
volverán a girar por tu ribera.

En turba bulliciosa
los bosques poblarán... y yo entretanto
lejana y silenciosa
las horas contaré de mi quebranto.

¡Ay! ¡ellas tu hermosura
gozarán y tu paz y sus amores!
yo gusté harta ventura
bebí en tus fuentes y besé tus flores.
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Baltasar del Alcázar

Baltasar del Alcázar

Cena

En Ronda, donde resido,
vive don Diego de Sosa,
y diréte, Inés, la cosa
más brava dél que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués,
pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta;
lo que se ha de cenar, junto;
y el vino y tazas y a punto:
falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.
La ensaladilla es del cielo
y el salpicón, con su ajuelo,
¿no miras qué tufo da?

Esto, Inés, ello se alaba;
no es menester alaballo;
sola una falta le hallo:
que con la priesa se acaba.

Echa vino, y por tu vida,
que le des tu bendición:
yo tengo por devoción
de santiguar la bebida.

Bueno fue, Inés, ese toque;
franco fue, mas yo, ¿qué hago?
Vale un florín cada trago
de este vinillo aloque.

La taberna del esquina
lo suele a veces vender;
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Echa otra vez, serán dos,
ya que la cosa va rota.
¡Quién dél tuviere una bota
para más servir a Dios!

La ensalada y salpicón
hizo fin; ¿qué viene agora?
La morcilla, ¡oh, gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué bizarro garbo tiene!
Yo sospecho, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, ¡sus!, encójase y entre,
que es algo angosto el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Ande apriesa el trasaniejo,
porque con más gusto comas;
Dios te guarde, que así tomas,
como sabia, el buen consejo.

Mas di: ¿no adoras y precias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica!
Tal debe de estar de especias.

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

Vive Dios, que se podía
poner al lado del Rey,
al fin, puerco a toda ley,
que hinche tripa vacía.

Probemos lo del pichel,
alto licor celestial:
no es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué cuerpo rancio y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color,
todo con tanta fineza!

El corazón me revienta
de placer y a ti te veo
cómo te va. Yo, por mí,
que debes de estar contenta.

Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo:
el de Pinto no le iguala;
y la aceituna no es mala:
bien puede bogar su remo.

Pues haz, Inés, lo que sueles;
daca de la bota llena.
Bebamos. Hecha es la cena,
levántense los manteles.

Ya, Inés, que habemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan; yo me duermo;
quédese para mañana.
628
Álvaro Mutis

Álvaro Mutis

Cádiz

CÁDIZ


Para María Paz y Manolo



Después de tanto tiempo, vastas edades,

siglos, migraciones allí sorprendidas

frente al vocerío de las aguas sin límite

y asentadas en su espera

hasta confundirse con el polvo calcáreo,

hasta no dejar otra huella que sus muertos

vestidos con abigarrados ornamentos

de origen incierto, escarabajos egipcios,

pomos con ungüentos fenicios,

armas de la Hélade, coronas etruscas,

después de tales cosas, la piedra

ha venido a ser una presencia

de albas porosidades, laberintos minúsculos,

ruinas de minuciosa pequeñez,

de brevedad sin término,

y así las paredes, los patios, las murallas,

los más secretos rincones, el aire mismo

en su labrada transparencia también

horadado por el tiempo, la luz y sus criaturas.

Y llego a este lugar y sé que desde siempre

ha sido el centro intocado del que manan

mis sueños, la absorta savia

de mis más secretos territorios,

reinos que recorro, solitario destejedor

de sus misterios, señor de la luz que los devora,

herencia sobre la cual los hombres

no tienen ni la más leve noticia,

ni la menor parcela de dominio.

Y en el patio donde jugaron mis abuelos,

con su pozo modesto y sus altos muros

labrados como madréporas sin edad,

en la casa de la calle de Capuchinos

me ha sido revelada de nuevo y para siempre

la oculta cifra de mi nombre,

el secreto de mi sangre, la voz de los míos.

Yo nombro ahora este puerto que el sol

y la sal edificaron para ganarle al tiempo

una extensa porción de sus comarcas

y digo Cádiz para poner en regla mi vigilia

para que nada ni nadie intente en vano

desheredarme una vez más de lo que sido

«el reino que estaba para mí».

584
Arcipreste de Hita

Arcipreste de Hita

Cantica De Sserrana

Cerca de Tablada,
la sierra passada,
falléme con Alda,
a la madrugada.

Ençima del puerto
cuydéme ser muerto
de nieue e de frío
e dese rruçío
e de grand' elada.

Ya a la decida
dy una corrida:
fallé una sserrana
fermosa, loçana
e byen colorada

dixel' yo a ella:
«Omíllome, bella.»,
Diz': «Tú, que bien corres,
aquí non t' engorres,
anda tu jornada».

Yo l' dix: «Frío tengo,
e por eso vengo
a vos, fermosura:
quered por mesura
oy darme posada».

Díxome la moça:
«Pariente, mi choça
el qu' en ella posa
conmigo desposa
e dame soldada»,

Yo l' dixe: «De grado;
mas yo so cassado
aquí en Ferreros;
mas de mis dineros
darvos he, amada»,

Diz: «Vente comigo»;
Levóme consigo,
diome buena lunbre,
com' era costunbre
de sierra nevada.

Diom' pan de centeno
tyznado, moreno,
diome vino malo,
agrillo e ralo,
e carne salada,

Diom' queso de cabras:
Diz: «Fidalgo, abras
ese blaço, toma
un canto de soma,
que tengo guardada»,

Diz: «Uéspet, almuerça,
e bev' e esfuerça,
caliéntat' e paga
de mal no s' te faga
fasta la tornada.

»Quien donas me diere,
quales yo pediere,
avrá buena çena
e lichiga buena,
que no l' cueste nada».

«Vos, qu' eso desides,
¿por qué non pedides
la cosa çertera?»
Ella diz: «¡Maguera!
¿Sy me será dada?

»Pues dame una çinta
bermeja, byen tynta,
e buena camisa
fecha a mi guisa
con su collarada

»Dame buenas sartas
d' estaña e hartas,
e dame halía
de buena valya,
pelleja delgada.

»Dame buena toca,
lystada de cota,
e dame çapatas,
bermejas byen altas,
de pieça labrada.

»Con aquestas joyas,
quiero que lo oyas,
serás byen venido:
serás mi marido
e yo tu velada».

«Sserrana señora,
tant' algo agora
non trax' por ventura;
faré fladura
para la tornada».

Díxome la heda:
«Do non ay moneda,
non ay merchandía
nin ay tan buen día
nin cara pagada.

»Non ay mercadero
bueno sin dinero,
e yo non me pago
del que non da algo
nin le dó posada.

»Nunca d' omenaje
pagan ostelaje;
por dineros faze
ome quanto'l plase:
cosa es provada».
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