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Poemas en este tema

Deseo

Julián del Casal

Julián del Casal

La Cólera Del Infante

Frente al balcón de la vidriera roja
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.

—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.

Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
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Julián del Casal

Julián del Casal

Horridum Somnium

HORRIDUM SOMNIUM


Al señor don Raimundo Cabrera



¡Cuántas noches de insomnio pasadas

En la fría blancura del lecho,

Ya abrevado de angustia infinita,

Ya sumido en amargos recuerdos,

Perturbando la lóbrega calma

Difundida en mi espíritu enfermo,

Como errantes luciérnagas verdes

Del jardín en los lirios abiertos,

Ha venido a posarse en mi alma

Áureo enjambre de sacros ensueños!


Cual penetran los rayos de la luna,

Por la escala sonora del viento,

En el hosco negror del sepulcro

Donde yace amarillo esqueleto,

Tal desciende la dicha celeste,

En las alas de fúlgidos sueños,

Hasta el fondo glacial de mi alma

Cripta negra en que duerme el deseo.


Así he visto llegar a mis ojos

En la fría tiniebla etreabiertos,

Desde lóbregos mares de sombra

Alumbrados por rojos destellos,

A las castas bellezas marmóleas

Que, ceñidos de joyas los cuerpos

Y una flor elevada en las manos,

Colorea entre eriales roqueños

El divino Moreau; a las frías

Hermosuras de estériles senos

Que, cual flores del mal, han caído

De la vida al oscuro sendero;

A Anactoria, la amada doliente,

Emperlados de sangre los pechos

Y encendidos los ojos diabólicos

Por la fiebre de extraños deseos;

A María, la virgen hebrea,

Con sus tocas brillantes de duelo

Y su manto de estrellas de oro

Centelleando en sus largos cabellos;

A la mística Eloa, cruzadas

Ambas manos encima del pecho

Y tornados los húmedos ojos

Hacia el cálido horror del Infierno;

Y a Eleonora, la pálida novia,

Que, ahuyentando la sombra del cuervo,

Cicatriza mis rojas heridas

Con el frío mortal de sus besos.


Mas un día —¡oh, Rembrandt!, no ha trazado

Tu pincel otro cuadro más negro—

Agrupados en ronda dantesca

De la fiebre los rojos espectros,

Al rumo de canciones malditas

Arrojaron mi lánguido cuerpo

En el fondo de fétido foso

Donde ariados croajaban los cuervos.


Como eleva la púdica virgen

Al dejar los umbrales del templo,

La mantilla de negros encajes

Que cubría su rostro risueño,

Así entonces el astro nocturno,

Los celajes opacos rompiendo,

Ostentaba su disco de plata

En el negro azulado de cielo.


Y, al fulgor que esparcía en el aire,

Yo sentí deshacerse mis miembros,

Entre chorros de sangre violácea,

sobre capas humeantes de cieno,

En viscoso licor amarillo

Que goteaban mis lívidos huesos.

Alrededor de mis fríos depojos,

En el aire, zumbaban insectos

Que, ensanchados los húmedos vientres

Por la sangre absorbida de mi cuerpo,

Ya ascendían en rápido impulso

Ya embriagados caían al suelo.


De mi cráneo, que un globo formaba

Erizado de rojos cabellos,

Descendían al rostro deforme,

Saboreando el licor purulento,

Largas sierpes de piel solferina

Que llegaban al borde del pecho

Donde un cuervo de pico acerado

Implacable roíame el sexo.


Junto al foso, espectrales mendigos

Sumergidos los pies en el cieno

Y rasgadas las ropas mugrientas,

Contemplaban el largo tormento

Mientras grupos de impuras mujeres,

En unión de aterrados mancebos,

Retorcían los cuerpos lascivos

Exhalando alaridos siniestros.


Muchos días, llenando mi alma

De pavor y de frío y de miedo,

He mirado este fúnebre cuadro

Resurgir a mis ojos abiertos,

Y al pensar que no pude en la vida

Realizar mis felices anhelos,

Con los ojos preñados de lágrimas

Y el horror de la muerte en el pecho,

Ante el Dios de mi infancia pregunto:

—«Del enjambre incesante de ensueños

Que persiguen mi alma sombría

De la noche en el frío silencio,

¿Será sólo el ensueño pasado

el que logre palpar mi deseo

En la triste jornada terrestre?

¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»

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Julián del Casal

Julián del Casal

Bajo-relieve

Bajo-relieve


A Vivino Govantes y Govantes



El joven gladiador yace en la arena

Manchada por la sangre purpurina

Que arroja sin cesar la rota vena

De su robusto brazo. Entre neblina

Azafranada luce su armadura

Como si el Sol, dejando sus regiones,

Bajado hubiera al redondel. Oscura

La fosa está en que rugen los leones

Olfateando la carne. Aglomerada

Bulle en torno impaciente muchedumbre

Que tiende hacia el mancebo la mirada,

Y, de las gradas en la erguida cumbre,

Abierto el abanico entre las manos,

Ostentan su hermosura las patricias

A los ojos de amantes cortesanos

Ávidos de gozar de sus caricias.

Sacudiendo el cansancio del vencido

—¡Arriba, gladiador, una voz grita,

Que para ornar tus sienes han crecido

Los laureles del Arno! —¡Necesita

El pueblo, otra voz clama, que al combate

Tornes de nuevo y venzas al contrario!

—¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,

Dice el edil, cual don extraordinario,

Pondremos en tus manos un tesoro

De sextercios! —Si vences todavía,

En mi litera azul, bordada de oro,

Juntos iremos por la Sacra Vía,

Murmura una hetaira. —¡Y en mi lecho

Perfumado de mirra, al punto exclama

Otra más bella, encima de tu pecho

Extinguiré de mi pasión la llama

Que en lo interior del alma siento ahora,

Y, aprisionado por ardientes lazos,

Cuando aparezca la rosada aurora

Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!


Al escuchar las voces agitadas,

Levanta el gladiador la mustia frente,

Fija en la muchedumbre sus miradas,

Muéstrale una sonrisa indiferente

Y, desdeñando los placeres vanos

Que ofrecen a su alma entristecida,

Sepulta la cabeza entre las manos

Viendo correr la sangre de su herida.

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