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Infancia

Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Mundo Desgraciado

Hay escrito un cantar muy doloroso
en una historia triste que poseo,
para cuando el alegre balbuceo
deje, Emilio, tu labio bullicioso;
para cuando del álamo frondoso
que tan lejano de tu frente veo
toque a las ramas la graciosa mano
que ahora no alcanza al peralillo enano.

Vago, amoroso, indefinible canto
que yo no pronuncié, que nadie ha oído
por tu risa infantil interrumpido,
borrado a medias por mi ardiente llanto;
memorias para ti de tierno encanto
encierra ese cantar, que lleva unido
al sueño de tu infancia venturosa
el de mi larga juventud penosa.

Hoy mis pinceles para ti son vanos;
tú no conoces tu retrato ahora;
allí está tu cabeza seductora
en el grupo no más de dos hermanos;
cuadro es sencillo, obra de mis manos,
niño que ríe junto a mujer que llora,
aire que vaga junto a flor marchita,
y la destroza más cuando la agita.

Mas, no pienses historia peregrina
relatada escuchar en mis cantares;
todos del alma mía los azares
en la tristeza están que la domina:
si no es desventurada, lo imagina,
y es lo mismo que todos los pesares
del mundo tenga, que los sueñe todos,
si se sufre igualmente de ambos modos.

Y lo mismo que lloro, Emilio, llora
la multitud sin conocer tampoco
el grande, oculto, inapagable foco
de la llama del mal devoradora;
¿será que aún niño nuestro siglo ahora
pugna impaciente, como tú hace poco,
por romper las estrechas ligaduras
de sus largas envueltas vestiduras?

¿Será que de sí propio avergonzado
a comprender empieza su ignorancia?
¿Que entre las tiernas formas de su infancia
siente latir un corazón formado?
¡Ay! eso es; su espíritu exaltado
le hace correr larguísima distancia,
pero, a su cuerpo débil y rendido
fáltale fuerza y quédase dormido.

Cesan las guerras, y en la paz se aclaman
libres los pueblos, sabios venturosos;
¿por qué los corazones silenciosos
tantas secretas lágrimas derraman?
Unos al cielo sin consuelo claman,
ahogan otros sus gritos dolorosos;
¿es que a ninguno la común ventura
toca, a que todos gimen por locura?...

A los niños, Emilio, a ti te toca;
ven a mofarte de mis cantos vanos;
en tus brazos dulcísimos hermanos
ven a estrecharme con tu risa loca,
y séllame los labios con tu boca
y escóndeme los ojos con tus manos,
¡y el bullicio infantil de tu contento
el eco aturda de mi triste acento!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Mi Hermano Emilio Memorias De La Infancia

Ya no es tan joven mi vida
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.

Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.

Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,

como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.

Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:

y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.

Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:

la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.

¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;

y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!

¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!

si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?

Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:

no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.

Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;

entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
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Alfonso Reyes

Alfonso Reyes

Los Caballos

¡Cuántos caballos en mi infancia!
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.

Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
—Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.—
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.

Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!

Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:

En la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.


Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.

Y aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.

Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.

Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.

Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
—vamos al decir—,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo —ya se ve—
del Zócalo a Chapultepec.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.

Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.

Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
—¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
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Antonio Machado

Antonio Machado

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas
de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Ramón López Velarde
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Antonio Machado

Antonio Machado