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Muerte y Luto

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

El Canto Del Usumacinta

De aquel hondo tumulto de rocas primitivas,

abriéndose paso entre sombras incendiadas,

arrancándose harapos de los gritos de nadie,

huyendo de los altos desórdenes de abajo,

con el cuchillo de la luz entre los dientes,

y así sonriente y límpida,

brotó el agua.


Y era la desnudez corriendo sola

surgida de su clara multitud,

que aflojó las amarras de sus piernas brillantes

y en el primer remanso puso la cara azul.


El agua, con el agua a la cintura,

dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,

y era como el rumor de una escultura

que tapó con las manos sus aéreos oídos.


Agua de las primeras aguas, tan remota,

que al recordarla tiemblan los helechos

cuando la mano de la orilla frota

la soledad de los antiguos trechos.


Y el agua crece y habla y participa.

Sácala del torrente animador,

tiempo que la tormenta fertiliza;

el agua pide espacio agricultor.


Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.

Yo era un gran árbol tropical.

En mi cabeza tuve pájaros,

sobre mis piernas un jaguar.


Junto a mí tramaba la noche

el complot de la soledad.

Por mi estatura derrumbaba el cielo

la casa grande de la tempestad.

En mí se han amado las fuerzas de origen:

el fuego y el aire, la tierra y el mar.


Y éste es el canto del Usumacinta

que viene de muy allá

y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,

el Lakantún y el Lakanjá.

Ay, las hermosas palabras,

que sí se van,

que no se irán!


¿En dónde está mi corazón

atravesado por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


Porque el árbol de la vida,

sangra.

Y la noche herida,

sangra.

Y el camino de la partida,

sangra.

Y el águila de la caída,

sangra.

Y la ventaja del amanecer, cedida,

sangra.


¿De quién es este cuello ahorcado?

Oíd la gritería a media noche.

Todo lo que en mí ya solamente palpo

es la sombra que me esconde.


Empieza a llover

en el tablado de la tempestad

y la anchura del agua abandonada

disminuye la nave de su seguridad.


Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.

Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.

La gran boa del viento se estranguló en la ceiba

que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.


Se canta el canto del Usumacinta,

que viene de tan allá,

y al que acompañan, dando la vida

el Lakantún y el Lakanjá.


En una jornada de millones de años

partió el gran río la serranía en dos.

Y en remolinos de sombrío júbilo

creó el festival de su frutal furor.


Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.

Pedid, y no acabaréis.

En el cielo de toda su noche,

una alegría planetaria nos hace languidecer.


Ésta es la parte del mundo

en que el piso se sigue construyendo.

Los que allí nacimos tenemos una idea propia

de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.


Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,

cuando pienso en este río tropical,

y así en mi sangre se pudre la vida

de tanto ser energía

en soledad antigua o en presente caudal.


Cuando me llega el ruido de hachazos

de la palabra Izankanak,

me abunda el alma hasta salirme a los ojos

y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.

Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,

me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.


Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;

reconoció en mi boca fidelidad madura.

Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo

y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.


Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,

al verde fuego de las orillas robé volumen

y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,

es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.


El pájaro turquesa

se engarzó en la penumbra de un retoño

y entre verdes azules canta y brilla

mientras la hembra gris calla de gozo.


Mirando el río de aquellas tardes

junté las manos para beberlo.

Por mi garganta pasaba un ave,

pasaba el cielo.


Mirando el río

di poca sombra:

todo era mío.


Todas pintadas, jamás extintas,

son estas aguas, río de monos, Usumacinta.

En tu grandeza

con esplendores reconfortaste savia y tristeza.


Te descubrí,

y en ese instante

tras un diamante

solté un rubí:

de asombro existo,

preclara cosa

sangre dichosa

de haberte visto.


Robé a tu geografía

su riqueza continua de solemne alegría.

El que tumbe así el árbol de que estoy hecho

va a encontrar tus rumores entre mi pecho.

Y es un cantar a cántaros,

y es la nube de pájaros

y es tu lodo botánico.


En las sombras históricas de tu destino

cien ciudades murieron en tu camino.

Atadas de pies y manos

están esas ciudades.

Entre una jauría de árboles desmanes

se moduló la sílaba final de esas edades.


Los hombres de un tiempo del río

la frente se hacían en talud;

y el resplandor terrestre de sus avíos

les dio una honda gracia de juventud.

Sonreían con las manos

como alguien que ha podido tocar la luz.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se irán,

que no se irán!

Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,

con Uaxaktún,

con Yaxchilán.


Después fueron los paisajes sumergidos

y el sagrado maíz se pudrió.

Y en las ciudades desalojadas,

el reinado de las orquídeas se inició.

Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,

aun en la corteza de los viejos árboles

se encoge el terror.

El hombre abandonado que ahora lo puebla

fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.


Eres el agua grande de mi tierra.

La tremenda dinámica del ocio tropical.

El hombre en ti es ahora la piedra que habla

entre el reino animal y el reino vegetal.

Por el hueco de un árbol podrido

pasa el verde silencio del quetzal.

Es una rama póstuma.

Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.


La sapientísima serpiente,

lo llevó un día sobre su frente cenital.

¿En dónde está mi corazón

partido en dos por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se van...,

que no se irán

deste canto del Usumacinta,

que brotó de tan acá,

y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,

el Lakantún y el Lakanjá.


Porque de el fondo del río

he sacado mi mano y la he puesto a cantar.

9 de mayo de 1947.

673
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Nocturno Del Mar Amor

Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.

Lo que con sólo pensar
la dulce lengua salé
y al callar
cárcel de espumas sellé.

Noche de naves ancló
y en mi corazón caí.
Lo que desapareció,
ya está aquí.

Vivía un reflejo verde
que enrollaba el agua oscura.
Yo sé que el amor se pierde
junto a la noche más pura.

¡Ay de mi vida!
Puesta a lo largo del mar
sólo le queda mirar
un paisaje con herida.

Media noche fue en el cielo
que una nube fue a traer.
Pérdida de todo vuelo,
tiempo sangrado al correr.

En sombrías sonajeras
el agua su aire mojó
y oleajes desenrolló
ronca de angustias postreras.

Toda la noche a los cielos
mi corazón fui a llevar
por destruir un estelar
horario de desconsuelos.

Entre los dos viva muerte
secamente retoñó
y la luna la enyesó
con calmas de mala suerte.

¡Voces inútiles siempre!
Cuanto en el alma tajé
pudrió la noche septiembre
como quien rompe un quinqué.

Tu perfil en el espacio
pájaros sonidos daba
y el dolor de lo que acaba
puso el mar en tiempo lacio.

Toda la noche la cita
fue munendo de amargura.
Llorar era una llanura
desde una tarde infinita.

Casi un año, y el puñal
intocable y solitario
gotea el aniversario
con silencioso caudal.

Bella columna sonora,
tu caída partió en dos
la gloria de un semidiós
retocada por la aurora.

Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.

Junio trajo tu recuerdo,
sin querer.
Así gano lo que pierdo
moviendo mi oscurecer.

Junio y el mar tropical
descendido a oscuridades,
soledad de soledades
todo el olvido naval.

Abro el cielo y cuelgo estrellas.
Y aguas con luces remotas
esclarecen mis derrotas
moradas sobre sus huellas.

Puse en sus manos el mar
y del azul rebosante
todo un día declinante
quisiste desembarcar.

Pensar en ti será siempre
la dicha de haber vivido
cerca de ti, tan herido
una noche de septiembre.

Dije al mar: tu sangre es mía.
¡Cuánta amargura en el canto!
(Si fuera por lo que canto,
todo el mar me ceñiría).

Surge una nube, y la nave
sobrenada; silenciosa,
se distribuye la rosa
de los vientos en que cabe.

¡Ay de mí, ay de la mar
que saló en el horizonte
la esperanza de algún monte
donde lo azul encontrar!

Porque lo azul de la mar
es la distancia del cielo,
la entonación de un pañuelo
que se ha dejado llorar.

Y lo azul en lejanía
monte montaña será
soledad de poesía,
donde la noche vendría
sin sombra de lo que está.

Digo —y aquí me despido—
con sonoridad ligera,
que esta voz que nunca cuido
—nomeolvides, no me olvido—
cruce cada primavera
siempre fiel a lo que ha sido.

Con sonoridad ligera,
siempre fiel a lo que ha sido.
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