Carlos Pellicer

Carlos Pellicer fue un destacado poeta, ensayista y diplomático mexicano, considerado una de las figuras clave de la poesía mexicana del siglo XX. Su obra se distingue por una profunda sensualidad, un amor por la tierra y la naturaleza, y una capacidad para capturar la esencia del paisaje y la cultura de México. Reconocido por su estilo lírico y evocador, Pellicer exploró temas como la belleza, el tiempo, la memoria y la identidad mexicana, dejando un legado poético que celebra la riqueza sensorial y espiritual de su país.

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Algunos Poemas

Horas De Junio

Amor así, tan cerca de la vida,
amor así, tan cerca de la muerte.
Junto a la estrella de la buena suerte
la luna nueva anúnciate la herida.

En un cielo de junio la escondida
noche te hace temblar pálido y fuerte;
el abismo creció por conocerte
robando al riesgo su sorpresa henchida.

Hiéreme así, dejándome en la herida
la sangre que no cuaja ni la muerte
—la llaga con la sangre de la vida—.

Ya estás herido por mi propia suerte
y somos la catástrofe emprendida
con todo nuestro ser desnudo y fuerte.


Éramos la materia de los cielos
que en círculos inútiles perece
sin dar el fuego cósmico que crece
sino apenas el ritmo de sus vuelos.

Energía de idénticos anhelos
que aleja y avecina y que los mece,
juntó en choque de fuerzas luz que acrece
la sombra en tierra de sus hondos cielos.

Y buscándome en ambos nuestra suerte
fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte
que al fin su espacio halló propio y profundo.

Salgo de ti y estoy en tu tristeza,
sales de mí y estás en tu belleza.
Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.


Eso que no se dice ni se canta
es sólo un nombre ¿acaso es un suspiro?
En la sangre celeste de un zafiro
tiene lugar, y tiempo, y voz levanta.

¿En qué número numen, qué garganta,
qué secreto feliz, a cuál retiro
donde sólo el suspiro de un suspiro
pase, te he de esconder, ventura tanta?

Si estas manos vacías ya están llenas
al pensar en tu ser —lecho de arenas
con que las aguas doran su camino—,

donde ponerlas, manos asombradas
de mostrarse desnudas al destino
y levantar al cielo llamaradas.

He Olvidado Mi Nombre

He olvidado mi nombre.
Todo será posible menos llamarse Carlos.
¿Y dónde habrá quedado?
¿En manos de qué algo habrá quedado?
Estoy entre la noche desnudo como un baño
listo y que nadie usa por no ser el primero
en revolver el mármol de un agua tan estricta
que fuera uno a parar en estatua de aseo.

Al olvidar mi nombre siento comodidades
de lluvia en un paraje donde nunca ha llovido.
Una presencia lluvia con paisaje
y un profundo entonar el olvido.

¿Qué hará mi nombre
en dónde habrá quedado?

Siento que un territorio parecido a Tabasco
me lleva entre sus ríos inaugurando bosques,
unos bosques tan jóvenes que da pena escucharlos
deletreando los nombres de los pájaros.

Son ríos que se bañan cuando lo anochecido
de todas las palabras siembra la confusión
y la desnudez del sueño está dormida
sobre los nombres íntimos de lo que fue una flor.

Y yo sin nombre y solo con mi cuerpo sin nombre
llamándole amarillo al azul y amarillo
a lo que nunca puede jamás ser amarillo;
feliz, desconocido de todos los colores.

¿A qué fruto sin árbol le habré dado mi
nombre
con este olvido lívido de tan feliz memoria?
En el Tabasco nuevo de un jaguar despertado
por los antiguos pájaros que enseñaron al día
a ponerse la voz igual que una sortija
de frente y de canto.

Jaguar que está en Tabasco y estrena desnudez
y se queda mirando los trajes de la selva,
con una gran penumbra de pereza y desdén.

Por nacer en Tabasco cubro de cercanías
húmedas y vitales el olvido a mi nombre
y otra vez terrenal y nuevo paraíso
mi cuerpo bien herido toda mi sangre corre.

Correr y ya sin nombre y estrenando hojarasca
de siglos.
Correr feliz, feliz de no reconocerse
al invadir las islas de un viaje arena y tibio.
He perdido mi nombre.
¿En qué jirón de bosque habrá quedado?

¿Qué corazón del río lo tendrá como
un pez,
sano y salvo?

Me matarán de hambre la aurora y el crepúsculo.
Un pan caliente —el Sol— me dará al mediodía.
Yo era siete y setenta y ahora sólo uno,
uno que vale uno de cerca y lejanía.

El bien bañado río todo desnudo y fuerte,
sin nombre de colores ni de cantos.
Defendido del Solo con la hoja de toh.
Todo será posible menos llamarme Carlos.

El Canto Del Usumacinta

De aquel hondo tumulto de rocas primitivas,

abriéndose paso entre sombras incendiadas,

arrancándose harapos de los gritos de nadie,

huyendo de los altos desórdenes de abajo,

con el cuchillo de la luz entre los dientes,

y así sonriente y límpida,

brotó el agua.


Y era la desnudez corriendo sola

surgida de su clara multitud,

que aflojó las amarras de sus piernas brillantes

y en el primer remanso puso la cara azul.


El agua, con el agua a la cintura,

dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,

y era como el rumor de una escultura

que tapó con las manos sus aéreos oídos.


Agua de las primeras aguas, tan remota,

que al recordarla tiemblan los helechos

cuando la mano de la orilla frota

la soledad de los antiguos trechos.


Y el agua crece y habla y participa.

Sácala del torrente animador,

tiempo que la tormenta fertiliza;

el agua pide espacio agricultor.


Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.

Yo era un gran árbol tropical.

En mi cabeza tuve pájaros,

sobre mis piernas un jaguar.


Junto a mí tramaba la noche

el complot de la soledad.

Por mi estatura derrumbaba el cielo

la casa grande de la tempestad.

En mí se han amado las fuerzas de origen:

el fuego y el aire, la tierra y el mar.


Y éste es el canto del Usumacinta

que viene de muy allá

y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,

el Lakantún y el Lakanjá.

Ay, las hermosas palabras,

que sí se van,

que no se irán!


¿En dónde está mi corazón

atravesado por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


Porque el árbol de la vida,

sangra.

Y la noche herida,

sangra.

Y el camino de la partida,

sangra.

Y el águila de la caída,

sangra.

Y la ventaja del amanecer, cedida,

sangra.


¿De quién es este cuello ahorcado?

Oíd la gritería a media noche.

Todo lo que en mí ya solamente palpo

es la sombra que me esconde.


Empieza a llover

en el tablado de la tempestad

y la anchura del agua abandonada

disminuye la nave de su seguridad.


Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.

Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.

La gran boa del viento se estranguló en la ceiba

que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.


Se canta el canto del Usumacinta,

que viene de tan allá,

y al que acompañan, dando la vida

el Lakantún y el Lakanjá.


En una jornada de millones de años

partió el gran río la serranía en dos.

Y en remolinos de sombrío júbilo

creó el festival de su frutal furor.


Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.

Pedid, y no acabaréis.

En el cielo de toda su noche,

una alegría planetaria nos hace languidecer.


Ésta es la parte del mundo

en que el piso se sigue construyendo.

Los que allí nacimos tenemos una idea propia

de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.


Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,

cuando pienso en este río tropical,

y así en mi sangre se pudre la vida

de tanto ser energía

en soledad antigua o en presente caudal.


Cuando me llega el ruido de hachazos

de la palabra Izankanak,

me abunda el alma hasta salirme a los ojos

y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.

Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,

me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.


Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;

reconoció en mi boca fidelidad madura.

Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo

y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.


Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,

al verde fuego de las orillas robé volumen

y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,

es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.


El pájaro turquesa

se engarzó en la penumbra de un retoño

y entre verdes azules canta y brilla

mientras la hembra gris calla de gozo.


Mirando el río de aquellas tardes

junté las manos para beberlo.

Por mi garganta pasaba un ave,

pasaba el cielo.


Mirando el río

di poca sombra:

todo era mío.


Todas pintadas, jamás extintas,

son estas aguas, río de monos, Usumacinta.

En tu grandeza

con esplendores reconfortaste savia y tristeza.


Te descubrí,

y en ese instante

tras un diamante

solté un rubí:

de asombro existo,

preclara cosa

sangre dichosa

de haberte visto.


Robé a tu geografía

su riqueza continua de solemne alegría.

El que tumbe así el árbol de que estoy hecho

va a encontrar tus rumores entre mi pecho.

Y es un cantar a cántaros,

y es la nube de pájaros

y es tu lodo botánico.


En las sombras históricas de tu destino

cien ciudades murieron en tu camino.

Atadas de pies y manos

están esas ciudades.

Entre una jauría de árboles desmanes

se moduló la sílaba final de esas edades.


Los hombres de un tiempo del río

la frente se hacían en talud;

y el resplandor terrestre de sus avíos

les dio una honda gracia de juventud.

Sonreían con las manos

como alguien que ha podido tocar la luz.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se irán,

que no se irán!

Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,

con Uaxaktún,

con Yaxchilán.


Después fueron los paisajes sumergidos

y el sagrado maíz se pudrió.

Y en las ciudades desalojadas,

el reinado de las orquídeas se inició.

Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,

aun en la corteza de los viejos árboles

se encoge el terror.

El hombre abandonado que ahora lo puebla

fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.


Eres el agua grande de mi tierra.

La tremenda dinámica del ocio tropical.

El hombre en ti es ahora la piedra que habla

entre el reino animal y el reino vegetal.

Por el hueco de un árbol podrido

pasa el verde silencio del quetzal.

Es una rama póstuma.

Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.


La sapientísima serpiente,

lo llevó un día sobre su frente cenital.

¿En dónde está mi corazón

partido en dos por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se van...,

que no se irán

deste canto del Usumacinta,

que brotó de tan acá,

y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,

el Lakantún y el Lakanjá.


Porque de el fondo del río

he sacado mi mano y la he puesto a cantar.

9 de mayo de 1947.

Retórica Del Paisaje

En el tiempo compacto

de los dos mil trescientos metros de la altura,

los paisajes están en un solo acto.

El aire es siempre exacto

en su tiempo tonal; sabe escultura

porque un pintor en tan vastos andamios

puede fraguar los delirantes cadmios

y acompasar geométricas figuras.


(Los claros adjetivos

ecuestres en caballos sustantivos...)


Porque la realidad es cosa mía,

es decir, lo que usted nunca verá,

en un plato le da Santa Lucía

los ojos convenientes. (Cortesía

de la Iglesia Romana que usted devolverá).

Veamos:

la flora es intocable; en cutis verde

la aguja del tatuaje, defensiva

punza el tacto a distancia.

Chillan flores carnales

sobre el nopal que sesga sus etapas

rimadas en elipse. Si hundo los pedales

surge en esbelto prisma el cactus órgano,

cuyo bisel alfiletero agarra

pequeñas nubes de heno.

El cactus cuya fálica erección

límite varonil marca al terreno.

El maguey en hileras militares

alerta el armamento y en su espera

endulza al agua de su sed de guerra

y emborracha al ladrón de sus panales.

Cuando se rinde al tiempo alza una lanza

de heroica flor.


Con su sombra metálica

endosela el mezquite siestas largas.

Un toro y una nube y el arbusto.

(Se hace el ojo al espacio, juega y carga).


Así es el verde quieto, la esperanza

de escultórico juego en el paisaje.

En los cambios de cielo hay un celaje

inmóvil, que se borra en su constancia.


Sólo el árbol pirú, primo del sauce,

su copa vuelca en el mantel del llano,

y en ramos de coral tiende la mano

junto a los lavaderos de algún cauce.


El verde cae en la trampa de los grises.

Cien pueblos apedrearon este valle

y por eso las casas y la calle

son de una sola pieza.

Se reduce el lenguaje y la tristeza

es sobria como sombra de detalle.

El amarillo seco se encamina,

ya entre la milpa vieja que el viento papelea,

o en la resbaladiza llaga de la mina

de arena.


Si echo la cara atrás de lo que digo,

la cordillera sube hasta las nieves

perpetuas.

Detrás de ellas el sol desnuda el cielo

y cuando le abandona sus soberbios harapos,

las dos enormes cumbres echan su historia al fuego.


Y hay águilas que cambian huracanes

por resonantes víboras,

aunque hayan de cogerlas en nopales.


La prodigiosa juventud del aire

convida a estar desnudo.

Y en un modesto orgullo de silencio

ganarse loterías de momentos

para costear los oros del escudo.


La escenografía de las quietudes.

Ya no importa el color, sino lo claro.

Sola sabiduría de los grises

que está bien en la huerta y en el teatro.

¿Para qué el adjetivo si las cosas

todas, claras, se ven por cuatro lados?


¡Los nombres de las cosas!

De este valle,

es toda la retórica.

Invitación Al Paisaje

Invitar al paisaje a que venga a mi mano,

invitarlo a dudar de sí mismo,

darle a beber el sueño del abismo

en la mano espiral del cielo humano.


Que al soltar los amarres de los ríos

la montaña a sus mármoles apele

y en la cumbre el suspiro que se hiele

tenga el valor frutal de dos estíos.


Convencer a la nube

del riesgo de la altura y de la aurora,

que no es el agua baja la que sube

sino la plenitud de cada hora.


Atraer a la sombra

al seno de rosales jardineros.

(Suma el amor la resta de lo que amor se nombra

y da a comer la sobra a un palomar de ceros).


¡Si el mar quisiera abandonar sus perlas

y salir de la concha...!

Si por no derramarlas o beberlas

—copa y copo de espumas— las olvida.


Quién sabe si la piedra

que en cualquier recodo es maravilla

quiera participar de exacta exedra,

taza-fuente-jardín-amor-orilla.


Y si aquel buen camino

que va, viene y está, se inutiliza

por el inexplicable desatino

de una cascada que lo magnetiza.


¿Podrán venir los árboles con toda

su escuela abecedaria de gorjeos?

(Siento que se aglomeran mis deseos

como el pueblo a las puertas de una boda).


El río allá es un niño y aquí un hombre

que negras hojas junta en un remanso.

Todo el mundo le llama por su nombre

y le pasa la mano como a un perro manso.


¿En qué estación han de querer mis huéspedes

descender? ¿En otoño o primavera?

¿O esperarán que el tono de los céspedes

sea el ángel que anuncie la manzana primera?


De todas las ventanas, que una sola

sea fiel y se abra sin que nadie la abra.

Que se deje cortar como amapola

entre tantas espigas, la palabra.


Y cuando los invitados

ya estén aquí —en mí—, la cortesía

única y sola por los cuatro lados,

será dejarlos solos, y en signo de alegría

enseñar los diez dedos que no fueron tocados

sino

por

la

sola

poesía.
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