Mujer De Poeta (mascarilla)
Para la verdadera dignidad la sociedad no tiene asiento;
pero eso se comprueba luego, y así primero fueron
los inexistentes triunfos pequeños, el manso ruido
de la colaboración diaria, esperanzadoras señales todas
del inicio
de una tan gloriosa como inevitable carrera literaria que nacía
de un extraño entusiasmo por las cosas
y también de las mordidas
lagunas de la sombra. Y aunque nunca
entendiste esas cosas con exceso
estuviste cerca, silenciosa columna
fuiste del sigilo y para navegar
por esas aguas de tu corazón
día a día hiciste pan muy blanco.
Pero para tu escondido quehacer diario
al cabo de los años resulta muy poco
y muy pobre el contrapeso del regalo —aburrido
además de ocasional— de algunos libros,
como recalentados ya los dedicados versos
y aún menos tolerable te parece el valor
de unos pretendidamente dolorosos
insomnios a destiempo. Y así dichoso,
de verdad dichoso será el día
en que comprendas todo eso y te decidas
a dejar ya para siempre abandonado
a tan miserable y estúpido sujeto.
La Industria Del Corazón
¿Un hombre decente qué legión
de exilios no puede llegar
a ser capaz de padecer
sin salir jamás de casa?
Collage
Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.
Ética Confirmada
Cruzo y olvido, sangro y olvido, silbo
y olvido: no vivo y creo que hasta
mi no vivir olvido.
Engullir:
acaso soy un especialista en
engullir, en destrozar
la vida.
O
en vivir en este tiempo
de ramas hundidas y tardes enredadas,
con férrea debilidad asentado en la renuncia
y su noche reventada, en el tiempo este del no querer,
del no decir y del tenazmente ir segando con cuidado
la cabeza y las manos de las líneas que me asaltan
y más todavía el tiempo del aún así no
haber logrado
arrancarme esa frase que día tras día voy llevando
como un corazón cortado en los bolsillos.
Y aunque creo que esto ya lo he escrito
en otra parte u otra alma
supongo que lo poco que sabemos
resulta inevitable repetirlo:
que una lengua la crea el dolor, y yo he sido una lengua,
el modo extraño en que alguien se salva.
Capítulo Vii
Nunca fui un neurótico y si al final lo fui
jamás tuve vocación de serlo. Así que si he hablado
de túneles, balcones y otras despedidas
que marcaban el suspenso de un corazón
a quien el recuerdo de ventanas carcomía
no ha sido por una especial propensión hacia estas cosas
sino porque se canta lo que se muerde y así
palabra es sólo lo que ama y lo que duele y lo que pasa
del mismo exacto modo que resulta
vivir injusto
o sufrir inútil.
Mas
aunque se canta
lo que se muerde
algunas veces pienso
que en vez de ir levantando acta
de lo que con el tiempo va muriendo
quizá debería haber intentado
con nostalgias y fulgores construir
unos tapices lo suficientemente amables
como para que pudiera por ellos pasearse
sin congojas la mirada.
¿Pero a quién pueden interesarle las mentiras?
Lejos de la grata compañía que dicen que dan las otras
voces,
hecha con lo que tuve cerca o con lo que pude y nada más
que por no perder la dignidad del todo, mi poesía
sólo puede valer lo que mi vida.
Et Labora
Guardar memoria de lo que para otra persona
nunca fue recuerdo, creer haber hundido un rostro
y al volver de una mañana darse cuenta
de que sigue inundando nuestro adentro;
aventurarse ingenuo en las piruetas
por fingir que puede desterrarse
la espantosa verdad de los sonidos
u otra vez descubrir, en el envés del tiempo,
que todo lo que pude ser tan sólo era
ser contigo:
estos
son
los trabajos del amor, aquel extraño mar
que vivir nos fue haciendo lejanísimo.
Capítulo I
Desde siempre nací contra el poder y más aún
contra el poder de mí mismo, y esto explicaba, según
creía,
no sólo una pronta ignorancia de las normas y el especial
empeño
que puse siempre en transgredirlas sino también
mi sostenida inseguridad y torpeza en tantas cosas
y hasta quizá incluso el triste modo
en que durante estos años he jugado
a quererte y a perderte.
Y
aunque no lo pensaba con orgullo
quizá sí que en el fondo me consolaba
el creer que además de un doloroso tormento
la inseguridad y la torpeza podían ser
una extraña forma de decencia.
Pero
ahora
que reconsidero estas cosas siento
que mi incapacidad acaso no era más que un no atreverse
a encajar lo que la vida va trayendo
y que detrás de todo no dormían sino disfraces
y burdos modos de esconderse.
Que,
bien mirado,
quizá sí que ha podido ser
el vivir mi cobardía.
Pero
mis poemas
jamás. Ni su soledad
herida.
Vida Sentimental
Demasiados modos de interpretar la lluvia
ofrecen las películas; demasiados modos, demasiados ojos
y del todo excesiva esa facilidad como de postal ridícula
con que a medias entre copa y cigarrillo
los maquillados gestos de una imagen
sopesan, trituran, absorben y administran
distancia de muchacha; excesiva y también ridícula, eso,
más o menos eso es lo que me digo
cuando repaso el manual de adioses de mi vida
y desde él comprendo que es del todo cierto aquello
de que no suicidarme es algo que siempre me dio mucho trabajo,
que no suicidarme —ausencia, clínica y demás patéticos
retratos desbocados— en verdad ha sido para mí
la diaria gran tarea
y que por causa del afónico equipaje
que ha tenido a bien irme imponiendo el tiempo
a estas alturas ya sólo podría doctorarme
con una absurda colección de vaguedades que intentara hacer ver
a qué ruinosos extremos puede llevarnos la torpeza
si desde siempre ha dominado
la expresión de los afectos.
Praga
Yo nunca he estado en Praga, pero le sueño jardines,
escaparates llenos de temblorosos misterios y también
que los tranvías se alejan justo con la extraña forma
que cursi como soy siempre me ha hecho
llorar por los falsos recuerdos.
Si llega la noche populoso soy y la atravieso
o me pierdo en una fiesta y no entiendo
por qué estoy ante las ventanas
que se esconden en las anónimas piernas
preguntándome con insistencia cómo fue
que le crecieron a nuestro amor tantos nenúfares
y a la vez dándome por fin perfecta cuenta
de que la soledad siempre ha sido una flor seca
que alguien se dejó olvidada en un ojal.
Y es que aunque yo nunca he estado en Praga
le sueño —ya lo ves— jardindes, tranvías,
baile y despedida y cosas parecidas;
y sueño también que con tan frágil materia
un día hago un poema, que tú lo lees
y que con cualquier motivo me traes —sorpresa—
dos billetes de tren para el sitio
que me ha dado por llamar de esta manera
y que entonces yo tengo que aúnar
afecto y paciencia para decirte aquello
de no despertéis al amor con vuestros pasos,
aquello que no sé ahora quién lo ha escrito
pero sí que dice distinto según el ánimo o el día
y que quizá simplemente es —¿lo entiendes
ya, estúpida mía?— aquello mismo.
Sólo Un Nombre Podría Llevar La Dedicatoria
Supongo que por ser casi lo único que estaba abierto los domingos
en el acuario municipal que están estos días derribando
habíamos pasado no sé qué desmesurado número de tardes,
y recuerdo cómo sólo llegar nos dirigíamos
a saludar a tío Alfonso convertido en un besugo,
aquel besugo afable, exacto a él y que creíamos
que a la fuerza tenía ya que conocernos.
El tiempo del que hablo era entonces tan extraño
que aún no se habían inventado
esas modernas variantes de los parkings
que creo que se llaman guarderías, y si me esforzara
podría de mañanas y tardes trazar un prolija geografía
—la catedral y los paseos, la feria de belenes y de libros,
jardines cerca de las autopistas o autos de choque
o museos infinitos: calles, rosas y cuadros
probablemente más hermosos pero también
un poquitín más aburridos que el besugo—.
Pero no me interesa y entonces no me esfuerzo.
Porque más que eso son los pequeños y diarios infiernos
que salpican lo que se dice una vida de familia,
ese modo de estar siempre un cazador oculto y fiero en casa
y los insoportables ritos de la estupidez y de la histeria
de los que muy pronto tuve que aprender
a huir íntimamente, para seguir viviendo,
lo que siempre recuerdo y lo que me hace pensar siempre
que puede no haber modo más titánico de ganarse a pulso el cielo
ni oficio más gravoso que el buen oficio de ser madre
y pensar también que cuando pienso eso mejor es que me calle
sino quiero acabar enhebrando una con otra las cursilerías
y más que nada estar convencido de que si algún día consiguiera
cifrar en un cuadri, en media página o en cualquier otra
imposible forma del tiempo o de la música
alguna sombra de mi despedazada vida
sólo un nombre podría llevar la dedicatoria.