En La Muerte De Lista
Ignorada de sí yazga mi mente
y muerto mi sentido;
empapa el ramo para herir mi frente
en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA
No le lloréis, amigos, ese canto,
himno de gloria al sueño de la muerte,
era la inspiración del alma fuerte
de aquel varón tan apacible y santo;
ya fatigado de enseñaros tanto,
y ya sintiendo su entusiasmo inerte,
quiso muriendo de su yerto labio
la postrera lección daros el sabio.
Todas las ciencias del saber tenía
menos la de la muerte el docto anciano,
y quiso penetrar en ese arcano
por completar su gran sabiduría;
ya el misterio sabrá de la agonía,
el fin conocerá del ser humano,
y si a la gloria remontó su vuelo,
ya habrá medido la extensión del ciclo.
Y ya del sol el punto culminante,
y del planeta dócil a su mando
sabrá cómo en sus órbitas girando
van por el cielo en rotación constante;
y ya desde Poniente hasta Levante
en la extendida tierra meditando,
«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño
pude estudiar en mundo tan pequeño?»
El eje aquel del globo entre los hielos
que su mente en las noches fatigaba,
ya de cierto sabrá cómo se clava
para que ruede firme por los cielos;
y ya se habrán calmado sus desvelos
cuando su vista perseguir sin traba
pueda en la inmensidad, y por la cumbre
del sol llegar hasta su misma lumbre...
Ya sabrá si la aurora enrojecida
que a visitar su tumba anoche vino,
de otra desgracia al mundo prevenida
es el augurio cierto del destino;
y si es no más la ráfaga lucida
que deja el rayo del mirar divino,
cuando entre sombras, nubes y misterio
traspasa alguna vez nuestro hemisferio.
Y sabrá por qué vienen los cometas
al ignorante mundo a dar espanto,
y si en el cielo por celeste encanto
desterrados están de otros planetas,
o si del orbe son grandes profetas
que se aparecen entre sangre y llanto
por cima de las míseras ciudades
sólo para anunciar calamidades.
Y sabrá do se forma la corriente
que por las noches en el cielo vago
parécenos de fuego extenso lago
o de luceros río transparente;
y de la luz la primitiva fuente,
la del diluvio, de espantoso estrago
y el origen, la historia y la fortuna
¡¡de la estrella polar hasta la luna!!
¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro
discípulos queridos y mimados,
tantos nuevos problemas aclarados
desde su mundo transmitir al nuestro!
¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro
y los nuevos misterios de los hados,
ocultos al saber de la criatura,
pudiera revelar desde su altura!
Atentos en el valle los oídos
a sus doctas palabras, siempre amigas,
como al viento flexibles las espigas,
doblarais vuestras frentes conmovidos;
y él, mostrando los frutos escondidos
que arrancaron del arte sus fatigas,
nutriera vuestros jóvenes talentos
de sabrosos y dulces pensamientos.
Yo nunca le escuché; nunca la sombra
de mi ignorancia disipó su ciencia;
¡nunca yo, solitaria en mi existencia
hallé a ese sabio que la fama nombra!
Mientras os daba en la campestre alfombra
sus lecciones sonoras de cadencia,
yo, sola por mi valle, no escuchaba
más que a la pobre alondra que trinaba.
Yo nunca le escuché, nunca mi mente
esclareció su antorcha luminosa...
mas recibí la bendición piadosa
que por última vez dio a nuestra frente.
El templo de los hijos del Oriente,
donde el cadáver de Colón reposa,
fue el templo en que nos dio su despedida
dejando nuestra frente bendecida.
Luego en la cuna del glorioso Herrera
dicen que reposar quiso el anciano
blando arrullo le presta esa ribera
para adormirlo en el florido llano;
¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera
tan tranquila dormir! ¡tener cercano
así mi lecho del hermoso río
que arrullara también el sueño mío!
Yo quisiera también cerrar mis ojos,
cerrar mis ojos a la tierra oscura,
abrirlos a la luz del cielo pura,
al sol brillante, a los luceros rojos;
cerrarlos de la vida a los enojos,
abrirlos de la gloria a la ventura,
¡dormir cuando nos dicen que vivimos,
despertar cuando dicen que morimos!
Yo no derramo lágrimas piadosas
por el que asciende a la feliz morada,
que allí quisiera verme regalada
por su ambiente purísimo de rosas;
las lágrirnas que vierto dolorosas
son ¡ay! porque me quedo desterrada
a sufrir cual vosotros el castigo
de padecer aquí sin nuestro amigo.
Badajoz, 1849
A Alfonso De Lamartine
Libre será la voz, fuerte el aliento;
sonoro el instrumento
que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,
cuando torpe y doliente
la humanidad presente
al inaudito son se ha conmovido.
De pueblo en pueblo, hasta el confín de España
llegó la voz extraña,
de ese mi pobre valle, nunca oída,
y aun del valle tranquilo
en el oscuro asilo
con entusiasmo ardiente fue acogida.
Poco de claras letras entendemos
las hembras que nacemos
en el rincón, sin luz, de humilde villa;
y poco nos cuidamos
de ésos que no estudiamos
volúmenes de Francia o de Castilla.
Tardo, como de sordos, el oído
apenas el sonido
del agudo talento ¡ay! nos alcanza;
y turbios nuestros ojos
ven siempre con enojos
las luces del saber, en lontananza.
Postrado el femenil entendimiento
en hondo abatimiento
las vidas silenciosas consumimos;
ajenas a la fama
con que la tierra aclama
los sabios cuyas lenguas no entendimos.
Mas, una rara historia desdoblamos
en cuyo centro hallamos
impresos nuestros propios corazones,
y ansiosas, palpitantes;
con ojos anhelantes
cruzamos, sin descanso, sus renglones.
De lágrimas, Señor, la vena rota
vierais, gota por gota
las páginas bañar de vuestro escrito:
las almas inflamadas
vierais arrebatadas,
de gratitud, alzarse al infinito.
Vos solo revelasteis sentimientos
que nunca los acentos
de nuestros pechos modular osaron:
sólo en los labios vuestros
los infortunios nuestros
hoy sus fieles intérpretes hallaron.
¡Cuánto sabéis de penas femeninas!
¡Cuán puras y argentinas
corrientes de palabras generosas,
tierno y profundo sabio,
manan de vuestro labio
y alivian nuestras almas fatigosas.
La escala de las penas de la vida
tan larga y tan sentida,
habéis en nuestra historia recorrido,
y con distintos sones
todos los corazones
vibrando fuertemente han respondido.
Dicen que explica para docta gente
política eminente
de vuestro libro la preciosa historia:
dicen, que en las naciones
turbulentas pasiones
se levantan en torno a vuestra gloria.
Rudas, señor, y frívolas mujeres,
de los ilustres seres
los encumbrados juicios no alcanzamos;
pero las almas puras
de las buenas criaturas
mil votos por instinto os consagramos.
Os alaben los pueblos oprimidos
porque habéis sus gemidos
con soberano esfuerzo levantado,
y humíllense en la tierra
los que movieron guerra
al valiente pendón que hais tremolado.
La patria que en sus ínclitos blasones
muestra Napoleones,
láurea corona en vuestra sien suspenda;
mas, permitid que os lleve,
Señor, aunque tan leve,
el arpa femenil, su justa ofrenda.
¿Pues no somos también seres humanos?
¿No son nuestros hermanos
los que osáis ahogar por nuestras vidas?
¿No debemos cantaros
y las manos bañaros,
de lágrimas, señor, agradecidas...?
Suban entre el ferviente clamoreo
del aplauso europeo
nuestros votos también a vuestro oído,
como sube al ambiente
con la voz del torrente
el trino de la alondra confundido.
Hoy estamos del mundo en las regiones
hembras, niños, varones,
a general concierto convocados,
caiga perpetua mengua
sobre aquél cuya lengua
por vos no rompa en himnos acordados.
Del femenino coro aun el acento
embarga el sentimiento,
ya cantaros, Señor, vengo yo sola;
oídme con dulzura,
que es verdadera y pura
la ardiente bendición de una española.
Vos sois francés; la Francia os merecía;
pero no es patria mía,
y al ensalzar vuestro glorioso nombre
añado tristemente:
¡Oh Dios omnipotente!
¿Por qué no es español tan grande hombre?
A Rioja
Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
Cienfuegos
No he menester ingenio, el arte es vano,
de más están las musas y la lira,
sobra la indignación que en mí respira
para cantar al vate castellano;
tendí mis ojos, y busqué en el llano
su tumba ilustre, y me encendió la ira,
cuando al decir su nombre, lengua extraña
«yace aquí, replicó, no está en
España».
Pueblo ¿es verdad? los huesos venerados
del noble y generoso caballero
¿los cubre por merced polvo extranjero?
¿No están en nuestras tierras sepultados?
¡Pueblo de fuertes hombres degradados!
¡Antípoda de gloria, pueblo ibero!
¡Que hayas de darnos siempre estos sonrojos
cuando a tus genios buscan nuestros ojos!
Como largo camino de hormiguero
de nuestra patria a Francia es el camino,
y yo al mirar a tanto peregrino
que recorre sin tregua aquel sendero,
van, dije, su adorado compañero
a rescatar del panteón vecino:
¿Traéis su polvo? pregunté impaciente,
«pondré de vose,» respondió la gente.
Duerme, poeta, que tu noble sombra
no ha menester que nuestro pueblo mire,
mientras contento en los salones gire
francés danzando en la francesa alfombra;
duerme, que al pueblo tu virtud asombra,
y es harto indigno de que el genio admire
dándole a tu sepulcro reverencia,
queden tus huesos del francés herencia.
A Quintana
Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?
Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.
Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.
¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?
Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.
No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía...
¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?
Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.
Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.
Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean...
Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.
Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.
Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.
¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.
Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!
Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado...
No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.
¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
A Larra
¿Qué voz, pobre Mariano,
de mofa, de sarcasmo de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?
Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?
Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».
Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.
¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.
«Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?
»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»
¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!
Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.
Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.
Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.
Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.
La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.
Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.
»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»
¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!
¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
A S m La Reina Madre Doña María Cristina De Borbón
Aquel nombre primero
que bendijo mi labio balbuciente,
después que prisionero
vi a mi padre inocente,
fue, Señora, tu nombre reverente.
Aquella faz hermosa
que, después de la faz hermosa y santa
de mi madre amorosa
miré con ansia tanta,
fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.
La primera alegría
que de mi triste infancia en los albores
recuerda el alma mía,
brotó con tus favores
como al rayo del sol brotan las flores.
Y la primera gala
que el sereno y trasparente cielo
al puro azul iguala,
la vestí con anhelo
por celebrar tu nombre y mi consuelo.
Yo entonces no sabía
cómo en la vaga mente se creaba
la sonora poesía,
pero entonces cantaba
los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.
De tu dulce amnistía
a la sombra feliz hemos crecido,
las que niñas un día
tanto habemos sufrido
que sin ti fuera triste haber nacido.
Con noche muy oscura
nacimos en el siglo desgraciado,
y nunca la luz pura
hubiéramos gozado
si no le amaneciera tu reinado.
Luz trajo tu venida,
luz tu sonrisa, luz es tu mirada,
y a tu luz atraída,
ave desorientada,
yo te vine a buscar triste y cansada.
Y tú al ave importuna
que de Aranjuez al campo retirado
fue a gemir su fortuna,
tendiste con agrado
tu mano, que es su nido regalado.
Al verte, a mi memoria
vino el recuerdo de la infancia mía,
toda la amarga historia
del padre que gemía,
y tu grandeza soberana y pía.
Recordé tu hermosura,
como del campo la primera mañana
que en nuestra infancia pura.
Con el alba lozana,
se muestra tan risueña y tan galana.
Y los himnos suaves
que gozosos cantaban mis hermanos,
al compás de las aves,
por los floridos llanos,
en honor de tus rasgos soberanos.
Y por eso a tu planta,
sin poder exhalar palabra alguna
mi anudada garganta,
quedé, como en la cuna
el niño embelesado al ver la luna.
Y nunca mi cariño
te pudiera expresar con un acento,
si, cual la madre al niño,
no me enseñara atento
tu labio a traducir mi pensamiento.
Tú al canto del Petrarca
y del Tasso a los épicos sonidos,
en la bella comarca
los muy blandos oídos
tienes acostumbrados y entendidos.
Yo no sé hacer canciones
que el genio inspira, que el talento ordena,
mas, ¡ah! los corazones
que el entusiasmo llena,
tienen de gratitud fecunda vena.
De un alma agradecida
comprende el amoroso sentimiento,
sin arte y sin medida,
que el agradecimiento
es, Señora, virtud, mas no talento.
Mejor sé verter llanto
estrechando tus manos contra el pecho,
que encerrar en mi canto,
con un límite estrecho,
la gratitud que Dios tan grande ha hecho.
Al decir que te ama
el corazón, Señora, no se inquieta
por la Apolínea llama
que, al numen no sujeta,
prefiero ser mujer a ser poeta.
No puedo consagrarte
rico poema do tu augusto nombre
con perfección del arte
al universo asombre,
que los épicos cantos son del hombre.
Mas ruego cada día
en piadosa oración, que es más sonora,
a la Virgen María,
que te sea, Señora,
como eres tú, mi augusta protectora.
Espronceda
A LOS POETAS
A la Excma. señora marquesa de Monsalud y vizcondesa de San Salvador.
ESPRONCEDA
Rompió el divino sol por Oriente,
engalanado en nuevos resplandores,
hervía el prado en olorosas flores,
rebosaba en perfumes el ambiente,
trinaba el ruiseñor más dulcemente,
acrecentaba el agua sus rumores,
de nuestro pueblo humilde el pavimento
retemblaba aguardando algún portento.
De tu palacio antiguo, solo, oscuro,
en el rincón de la olvidada villa
surgió voz melancólica y sencilla,
como de niño tierno acento puro;
así el lloro dulcísimo figuro
del infante Ossián cabe la orilla
de la ruda Albión cuando nacía
como el bello Espronceda a luz del día.
Aquí al genio brillante de la España
plugo elegir su refulgente cuna,
por hacernos rivales en fortuna
con el Morven feliz de la Bretaña.
¿Quién la villa estrechísima que baña
por todo mar y arroyo una laguna,
y por muro y jardín cerca un sembrado
sin Espronceda hubiera recordado?
Ese cantor del sol tal vez al cielo,
Espíritu sin cuerpo, le pedía
ver la primera luz del claro día
del gran Cortés en el fecundo suelo;
y Dios tal vez al prematuro anhelo
del alma de Espronceda concedía
en raudal de talento transformado
el valor de Cortés nunca igualado.
Así brotó, cundió como los ríos,
como los mares se ensanchó en la tierra;
tempestad en amor, trueno en la guerra
fueron sus cantos bravos y sombríos;
¡Oh! si elevara sus acentos píos
a Dios loando el que blasfema aterra,
profeta de este siglo desgraciado
le volviera la fe que le han robado.
Destemplaron las cuerdas de su lira
los duros vicios, al rozar con ellos,
y en sus cantares, cuanto amargos bellos,
toda verdad apellido mentira;
loco de padecer, llorando de ira,
ve la nieve asomar a sus cabellos;
y ¡ay! ¡cómo entonces se lastima y canta,
y el corazón con su gemir quebranta!
Dichosa muerte que aplacó tal vida;
dichosa vida por tan presta muerte;
¿debe sino yacer en polvo inerte
el que su fe en el mundo ve perdida?
Por todo el corazón ya carcomida
palma gallarda fue que al noto fuerte
no pudo resistir con su corteza,
y a la tierra inclinó la gran cabeza.
¡Oh! ¡cuán diverso fue el risueño día
en que brotó en la tierra ese capullo
mimado de las brisas al arrullo,
festejado del ave a la armonía!
¡Oh quién su primitiva lozanía
sin su infortunio, su impiedad, su orgullo,
pudiera devolver al genio muerto
primer cantor del español concierto!
Madrid, Bretaña, su amargado canto
su juventud penosa han obtenido;
mas del pueblo extremeño sólo han sido
sus puros ayes, su inocente llanto.
¡Salve por esa cuna y honor tanto
y tanta gloria, pueblo esclarecido;
campana que sonaste alegremente
cuando el agua de Dios bañó su frente!
¡Salve campiña floreciente y leda,
que diste aromas al solemne día,
raza de aves que en la patria mía
cantaron la venida de Espronceda!
¡Salve morada que tapiz de seda
prestaste al niño huésped que nacía!
¡Salve dueña feliz de la morada
donde tan gran memoria está guardada!
Almendralejo, 1846
El Siglo De Las Reinas Al Nacimiento De La Princesa De Asturias
¿Quién nos llora?... un dulcísimo lamento
en el lejano viento
me parece escuchar... ¿Resuena un lloro,
o es el gemido blando
que en las peñas rodando
alza el agua del Gévora sonoro?
Mas, ¿no es el medio siglo?... ¿No es el día
en que nacer debía
nueva princesa, porque Dios abona
su reinado en el mundo,
y de reinas fecundo
es de reinas por siglos la corona?
En dos brazos el siglo dividido
el uno ha recorrido
doce veces las horas del pasado,
y lento en su carrera
el otro de la esfera
a la mitad del círculo ha llegado.
Ésta es la hora del suceso fijo
que el alma nos predijo
cuando rogamos con fervor al cielo,
y el acento más leve
que la ráfaga lleve
será la voz del ángel del consuelo.
¡Ay! yo apartada en valle tan distante
escucho palpitante
de roncos vientos el rumor lejano,
y no puede mi oído
percibir si el gemido
se exhala del alcázar soberano.
Pero es mi corazón arpa vibrante,
que rompe en este instante
lanzando un himno de alegría a España,
y si me engaña el viento
remedando un acento,
la santa inspiración nunca me engaña.
¡Oh vosotros ligeros peregrinos
que podéis los caminos
cruzar por la pendiente de estas sierras!
Volad a las ciudades,
y desde Creux a Gades
veréis el resplandor de nuestras tierras.
Si andáis de vuestra patria desterrados,
¡oh pobres desgraciados!
sabed que ya al hogar volvéis mañana,
sabed que vuestros hijos
con locos regocijos
se acercan al cañón y a la campana.
El bronce va a lanzar con voz tonante,
mísero caminante,
el grito de perdón de torre en torre,
perdón de muro en muro,
y del perdón seguro
ya de la torre al muro el niño corre.
Esa voz misteriosa que gemía,
y que el son parecía
del viento que murmura en la palmera,
ese lloro suave
como el trino de un ave,
del ángel salvador el llanto era.
¿Por qué vienes llorando, tú, alma mía,
si eres nuestra alegría
y a esperarte los pueblos van cantando?
¿Por qué tu boca pura
que nos da la ventura,
ángel del cielo, nos la da llorando?
¡Bendito el llanto que tu rostro baña,
riego fecundo a España,
bebida de los pobres condenados
a los duros tormentos
que caminan sedientos
de sus huérfanos hijos apartados!
Agua bendita que de culpas lava
la humilde frente esclava
del que amarrado a las argollas gime;
¡cuántos beben tu llanto
y aclaman por mi canto
al ángel salvador que los redime!
Tú eres sólo, Señora, la afligida,
tú que eres tan querida,
tú que nos cumples la esperanza santa,
tú que el dolor serenas,
tú que calmas las penas,
tú sola lloras cuando el reino canta.
Hoy se calman por ti nuestros rencores,
hoy todos los clamores
son un canto de paz a tu venida,
tus tierras y tus mares
resuenan en cantares
que América repite conmovida.
Tus villas se iluminan una a una
para alumbrar tu cuna
como blandones de tu reino entero,
y a sus luces brillantes
se ven sombras errantes
que cruzan por el Tajo y por el Duero.
La historia que leí de los profetas
y divinos poetas,
viene esta noche a la memoria mía
por aquel gran consuelo
que en el monte Carmelo
la tribu del desierto recibía.
Ya cantan en el valle los pastores
entre zarzas y llores;
ya encienden las candelas a lo lejos
con la seca retama
a cuya roja llama
del Gévora relumbran los espejos.
Es como entonces el diciembre helado.
El cielo está anublado
y blanco el suelo por la escarcha fría,
y así como has venido
parece que ha nacido
el hijo deseado de María.
Mas Dios permite, en sus eternas leyes,
que en vez de nacer reyes
nazcan a nuestro reino soberanas,
y a un dulce reinado
el siglo acostumbrado
te saluda en las tierras castellanas.
Dios ha querido, en su saber profundo,
que de reinas fecundo
fuera este siglo con que al sexo abona,
y de reinas envía
la bella dinastía,
y es de reinas, por siglos, la corona.
¡Vivirás! ¡reinarás! la fe no miente
al corazón ardiente
que te presagia gloria venidera;
nuestro siglo ha vencido,
tú, princesa, has venido
a coronar el fin de su carrera.
A Luis Felipe Destronado
¿A dónde vas ¡o rey! con tus pesares?
¿No sabes que en los mares
aun la roca inmortal de Santa Elena
te brinda con su asilo?
¿que allí lecho tranquilo
tienes guardado en la caliente arena?
Aun hallarás la arena removida
con la huella atrevida
de otro Napoleón, que destronado
fue también a esa tierra;
aun su lauro de guerra
los trópicos allí no han marchitado.
Tú no fuiste a insultar con tus trofeos
los muertos Ptolomeos,
ni entre el eco marcial de los cañones
ligero cabalgando,
cadáveres hollando,
has llevado el terror a las naciones.
Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,
dabas leyes al mundo,
y a una mirada sola que lanzaban
tus ojos indignados,
los tercios espantados
el acero a tus plantas humillaban.
Y ¿piensas tú que el mundo te perdona
que unas genio y corona
y gobernando sin temor ni traba,
des a tu antojo, leyes
y domines los reyes,
y a Europa tengas de tu mente esclava?
...Ve, rey, a descansar. Londres te espera
como una hambrienta fiera
para tragar de Francia los despojos;
ella que hundió en la tierra
vuestro genio de guerra,
también a ti te cerrará los ojos.
Rivales en lo eterno ambas naciones
con dos Napoleones,
de la guerra y la paz a ti te halaga
¡oh Francia! la fortuna;
mas ¡ay! tú eres su cuna
e Inglaterra es la tumba que los traga.