Lista de Poemas

Don De La Ebriedad Vii

¡Sólo por una vez que todo vuelva
a dar como si nunca diera tanto!
Ritual arador en plena madre
y en pleno crucifijo de los campos,
¿tú sabías?: llegó, como en agosto
los fermentos del alba, llegó dando
desalteradamente y con qué ciencia
de la entrega, con qué verdad de arado.

Pero siempre es lo mismo: halla otros dones
que remover, la grama por debajo
cuando no una cosecha malograda.

¡Arboles de ribera lavapájaros!
En la ropa tendida de la nieve
queda pureza por lavar. ¡Ovarios
trémulos! Yo no alcanzo lo que basta,
lo indispensable para mis dos manos.

Antes irá su lunación ardiendo,
humilde como el heno en un establo.
Si nos oyeran...Pero ya es lo mismo.

¿Quién ha escogido a este arador, clavado
por ebria sembradura, pan caliente
de citas, surco a surco y grano a grano?

Abandonado así a complicidades
de primavera y horno, a un legendario
don, y la altanería de mi caza
librando esgrima en pura señal de astros...

¡Sólo por una vez que todo vuelva
a dar como si nunca diera tanto!
368

Don De La Ebriedad Iii

La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.

Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.

Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.

Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.

Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.

Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera?
621

Don De La Ebriedad V

Cuándo hablar‚ de ti sin voz de hombre
para no acabar nunca, como el río
no acaba de contar su pena y tiene
dichas ya más palabras que yo mismo.

Cuándo estar‚ bien fuera o bien en lo hondo
de lo que alrededor es un camino
limitándome, igual que el soto al ave.

Pero, ¿ser‚ capaz de repetirlo,
capaz de amar dos veces como ahora?
Este rayo de sol, que es un sonido
en el órgano, vibra con la música
de noviembre y refleja sus distintos
modos de hacer caer las hojas vivas.

Porque no sólo el viento las cae, sino
también su gran tarea, sus vislumbres
de un otoño esencial. Si encuentra un sitio
rastrillado, la nueva siembra crece
lejos de antiguos brotes removidos;
pero siempre le sube alguna fuerza,
alguna sed de aquellos, algún limpio
cabeceo que vuelve a dividirse
y a dar olor al aire en mil sentidos.

Cuándo hablar‚ de ti sin voz de hombre.
Cuándo. Mi boca sólo llega al signo,
sólo interpreta muy confusamente.

Y es que hay duras verdades de un continuo
crecer, hay esperanzas que no logran
sobrepasar el tiempo y convertirlo
en seca fuente de llanura, como
hay terrenos que no filtran el limo.
425

Don De La Ebriedad Ii

Yo me pregunto a veces si la noche
se cierra al mundo para abrirse o si algo
la abre tan de repente que nosotros
no llegamos a su alba, al alba al raso
que no desaparece porque nadie
la crea: ni la luna, ni el sol claro.

Mi tristeza tampoco llega a verla
tal como es, quedándose en los astros
cuando en ellos el día es manifiesto
y no revela que en la noche hay campos
de intensa amanecida apresurada
no en germen, en luz plena, en albos pájaros.

Algún vuelo estar quemando el aire,
no por ardiente sino por lejano.
Alguna limpidez de estrella bruñe
los pinos, bruñir mi cuerpo al cabo.
¿Qué puedo hacer sino seguir poniendo
la vida a mil lanzadas del espacio?

Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto,
un resplandor a‚reo, un día vano
para nuestros sentidos, que gravitan
hacia arriba y no ven ni oyen abajo.
Como es la calma un yelmo para el río
así el dolor es brisa para el lamo.

Así yo estoy sintiendo que las sombras
abren su luz, la abren tanto,
que la mañana surge sin principio
ni fin, eterna ya desde el ocaso.
463

Don De La Ebriedad I

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo —esto es un don—, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
368

Ajeno

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.
493

Sin Adiós

Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.
360

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Identificación y contexto básico

Nacido en la ciudad de Zamora, Claudio Rodríguez García fue un poeta español cuya obra se enmarca en la generación de posguerra, aunque su estilo personal y su profunda reflexión sobre la realidad lo distinguen. Su lengua materna fue el español.

Infancia y formación

Su infancia estuvo marcada por la Guerra Civil Española, un acontecimiento que, sin duda, influyó en su visión del mundo y en la posterior profundidad de su obra. Se licenció en Filología Románica en la Universidad de Salamanca, donde tuvo contacto con figuras intelectuales relevantes y afianzó su vocación literaria.

Trayectoria literaria

Claudio Rodríguez comenzó a escribir poesía en su juventud. Su primer libro importante, "Don de la ebriedad", publicado en 1953, supuso una renovación en la poesía española de la época, caracterizada por un tono vitalista y una profunda conexión con la naturaleza. A lo largo de su carrera, publicó varios poemarios más, consolidando un estilo propio y reconocible.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Claudio Rodríguez se caracteriza por un tono lírico intenso y una profunda meditación sobre la vida, la muerte, el tiempo y el cosmos. Su estilo es vigoroso, lleno de imágenes poderosas y un lenguaje que aúna lo cotidiano con lo trascendente. "Don de la ebriedad" es su obra cumbre, un poemario que explora la experiencia mística y la conexión con el universo. Otros poemas suyos abordan la memoria, la soledad y la esperanza. Su poesía se nutre de la tradición española, pero también de las vanguardias, buscando siempre una expresión auténtica y renovadora.

Contexto cultural e histórico

Su obra se desarrolla en el contexto de la España de posguerra, un periodo marcado por la dictadura franquista y la censura. A pesar de ello, Rodríguez supo encontrar vías de expresión y reflexión que trascendieron las limitaciones de la época. Formó parte de una generación de poetas que, desde diferentes perspectivas, buscaron renovar el panorama literario español. Su obra dialoga con la tradición y la modernidad, aportando una voz única y comprometida con la experiencia humana.

Vida personal

Claudio Rodríguez fue profesor de Lengua y Literatura Española en varios institutos, una profesión que compatibilizó con su dedicación a la poesía. Fue un hombre discreto, pero su vida estuvo marcada por una profunda sensibilidad y un espíritu inquieto. Sus relaciones personales y su arraigo a su tierra natal, Zamora, impregnaron gran parte de su obra poética.

Reconocimiento y recepción

Su obra ha sido ampliamente reconocida y estudiada. Recibió importantes premios literarios, como el Premio Nacional de Poesía. Su poesía es considerada un referente fundamental en la lírica española contemporánea, valorada por su profundidad, su rigor formal y su capacidad para conectar con el lector a un nivel existencial.

Influencias y legado

Claudio Rodríguez se nutrió de la gran tradición poética española, desde San Juan de la Cruz hasta los poetas del 27. A su vez, su obra ha ejercido una notable influencia en generaciones posteriores de poetas, quienes han admirado su particular forma de entender la poesía como una vía de conocimiento y celebración de la vida. Su legado reside en su capacidad para renovar la expresión lírica y su inquebrantable fe en la palabra poética.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Rodríguez ha sido objeto de numerosos estudios críticos que destacan su profunda carga filosófica y existencial. Se ha analizado su particular visión del mundo, su lenguaje metafórico y su capacidad para evocar experiencias trascendentes. Sus poemas invitan a la reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de sentido.

Infancia y formación

Se cuenta que su proceso creativo era metódico y que sus poemas nacían de una profunda observación de la realidad circundante. A pesar de su reconocimiento, mantuvo siempre una actitud humilde y alejada de los círculos literarios más ostentosos.

Muerte y memoria

Claudio Rodríguez falleció en Zamora, dejando tras de sí un legado poético inmenso. Su obra sigue viva y es estudiada y admirada por lectores y críticos, consolidando su lugar como uno de los grandes poetas españoles del siglo XX.