José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

1890–1930 · vivió 40 años -- --

José Antonio Ramos Sucre fue un poeta venezolano cuya obra se enmarca en la corriente del modernismo y la poesía vanguardista de principios del siglo XX. Su producción literaria, aunque breve, es de una profunda calidad lírica y reflexiva, explorando temas como la fugacidad del tiempo, la melancolía, la muerte y la búsqueda de la trascendencia. Su estilo se caracteriza por un lenguaje cuidado, una musicalidad sutil y una imaginería evocadora, que lo sitúan como una de las voces más importantes de la poesía hispanoamericana de su tiempo, a pesar de su temprana desaparición.

n. 1890-06-09, Cumaná · m. 1930-06-13, Genebra

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El Error Vespertino

EL ERROR VESPERTINO


Unos jinetes bravíos me escoltaban durante la
visita al país de las ruinas legendarias. Nos detuvimos a
maravillar los arabescos y perfiles de un puente de arcos ojivales.

Invadimos la ciudad fatídica por una avenida
de cipreses violados. Yo me extasiaba en el ambiente de pureza, a la
vista de un cielo de tintes ideales. La imagen de un alminar brillante
se dibujaba en el río de linfas indolentes.

Yo adelantaba, peregrino del desencanto, en el
sosiego inverosímil.

Un cortejo nupcial, pregonado por los sones de una
melodía sensible, me despertó del ensueño, me
volvió a la presencia del infortunio. La joven se dirigía
al cautiverio en un carro de usanza agreste.

Yo traté de seguir los vestigios sutiles del
cortejo a la luz del crepúsculo de éter y me
encontré solo y a ciegas en el circuito de unas tumbas
idénticas.


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Biografía

Identificación y contexto básico

José Antonio Ramos Sucre fue un poeta venezolano. Nació el 30 de junio de 1890 y falleció el 18 de abril de 1930. Fue conocido por su poesía lírica y reflexiva.

Infancia y formación

La infancia de Ramos Sucre transcurrió en Cumaná, donde recibió su educación primaria. Posteriormente, se trasladó a Caracas para continuar sus estudios universitarios en la Universidad Central de Venezuela, donde se graduó de abogado. Durante su formación, mostró un gran interés por la literatura y la filosofía, leyendo vorazmente a autores clásicos y contemporáneos.

Trayectoria literaria

La carrera literaria de Ramos Sucre fue corta pero intensa. Comenzó a publicar sus primeros poemas en revistas literarias de Caracas a principios de la década de 1920. Su obra se caracteriza por una profunda introspección y una búsqueda constante de la perfección formal. A lo largo de su trayectoria, exploró temas como el tiempo, la muerte, la soledad y la fugacidad de la existencia.

Obra, estilo y características literarias

Su obra principal, "Tregua" (1920), es un poemario emblemático que explora la melancolía, la reflexión existencial y la desilusión ante la vida. Otro libro importante es "Soledades", publicado póstumamente. Su estilo es depurado, con un lenguaje preciso y evocador, lleno de metáforas y símbolos que remiten a un universo interior. Utiliza predominantemente el verso libre, pero con una musicalidad y un ritmo muy cuidados. El tono de su poesía es elegíaco y contemplativo, con una voz poética que transmite una profunda sensibilidad y una visión pesimista pero a la vez serena de la vida. Su poesía se asocia al modernismo tardío y a las primeras manifestaciones de la vanguardia en Venezuela.

Contexto cultural e histórico

Ramos Sucre vivió en una época de efervescencia cultural en Venezuela y Latinoamérica, marcada por las transiciones del modernismo hacia las vanguardias. Su obra se nutrió de las inquietudes filosóficas y literarias de su tiempo, dialogando con corrientes como el simbolismo y el existencialismo incipiente.

Vida personal

José Antonio Ramos Sucre llevó una vida discreta y dedicada al estudio y la escritura. Su labor profesional como abogado y diplomático lo llevó a residir en diferentes lugares, pero su alma de poeta siempre lo acompañó. Las experiencias vitales, marcadas por la reflexión y una cierta melancolía, se reflejan en la profundidad de su obra.

Reconocimiento y recepción

Aunque su producción fue limitada, la obra de Ramos Sucre fue reconocida por su calidad lírica y su originalidad. Fue considerado uno de los poetas más importantes de su generación en Venezuela y su influencia se extendió a poetas posteriores. Su reconocimiento se consolidó tras su muerte.

Influencias y legado

Entre sus influencias se encuentran poetas como Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Su legado reside en su capacidad para crear una poesía íntima y universal a la vez, explorando las profundidades del alma humana con un lenguaje depurado y una gran maestría formal. Es una figura clave en la lírica venezolana del siglo XX.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Ramos Sucre ha sido interpretada como un reflejo de la angustia existencial y la búsqueda de sentido en un mundo cambiante. Sus poemas invitan a la reflexión sobre la condición humana, la fugacidad del tiempo y la inevitabilidad de la muerte.

Infancia y formación

Se dice que Ramos Sucre era un lector voraz y un hombre de hábitos metódicos en su escritura. Su carácter reservado contrastaba con la intensidad lírica de su poesía.

Muerte y memoria

José Antonio Ramos Sucre falleció prematuramente a causa de una enfermedad. Su muerte fue lamentada por el mundo literario, que vio desaparecer a una de sus voces más prometedoras. Sus obras han sido reeditadas y estudiadas, manteniendo viva su memoria y su legado poético.

Poemas

166

El Episodio Del Nostálgico

EL EPISODIO DEL NOSTÁLGICO


Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.

La nieve esmalta la ciudad extranjera.

La luna prende un fanal en el tope de cada torre.

Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.

Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.

Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones
singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.

Duda si era su padre el caballero difunto.

Nunca lo vio sonreír.

Sacaba, a veces, un medallón vacío.

Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.

Nadie consigue entender el mecanismo.

He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.


448

Discurso Del Contemplativo

DISCURSO DEL CONTEMPLATIVO

Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.

La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.

Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.

Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.

Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.


436

Miércoles De Ceniza

MIÉRCOLES DE CENIZA


Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.

El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.

Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.

Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.


464

Lección Bíblica

LECCIÓN BÍBLICA


Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.

A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.

El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.


441

Duelo De Arrabal

DUELO DE ARRABAL


En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.

Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.

Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.


474

La Tribulación Del Novicio

LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO


Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.

Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.

No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.


442

La Cuita

LA CUITA


La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el
atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la
reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz
jovial, timbrada para el canto en una fiesta de la primavera.

Yo escucho las violas y las flautas de los juglares
en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en
la noche encantada, sobre el golfo argentado.

El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas
arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de
proscrito.

La niña asiente a una señal maligna
del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban
mi interés. Los juglares celebran, con una música
vehemente, la fuga de los enamorados.


495

El Solterón

EL SOLTERÓN


El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.


576

La Alucinada

LA ALUCINADA


La selva había crecido sobre las ruinas de
una ciudad innominada. Por entre la maleza asomaba, a cada paso, el
vestigio de una civilización asombrosa.
Labradores y pescadores vivían en la tierra
aguanosa, aprovechando los aparejos primitivos de su oficio.
Más de una sociedad adelantada había
sucumbido, de modo imprevisto, en el paraje malsano.
Conocí, por una virgen demente, el suceso
más extraño. Lloraba a ratos, cuando los intervalos de
razón suprimían su locura serena.
Se decía hija de los antiguos señores
del lugar. Habían despedido de su mansión fastuosa a una
vieja barbuda, repugnante.
Aquella repulsa motivó sucesivas calamidades,
venganza de la arpía. Circunvino a la hija unigénita,
casi infantil, y la persuadió a lanzar, con sus manos puras,
yerbas cenicientas en el mar canoro.
Desde entonces juegan en silencio sus olas descolmadas. La prosperidad
de la comarca desapareció en medio de un fragor. Arbustos y
herbajos nacen de los pantanos y cubren los escombros.
Pero la virgen mira, durante su delirio, una
floresta mágica, envuelta en una luz azul y temblorosa,
originada de una apertura del cielo. Oye el gorjeo insistente de un
pájaro invisible, y celebra las piruetas de los duendes alados.
La infeliz sonríe en medio de su desgracia, y se aleja de
mí, diciendo entre dientes una canción desvariada.


656

Elogio De La Soledad

ELOGIO DE LA SOLEDAD

Prebenda del cobarde y del indiferente reputan
algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que
renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección
y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría
los autores de la opinión ascética. Siempre será
necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados
por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único
refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados
con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen
muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a
menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre
en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los
dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en
las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar
amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima
la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres
cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en
Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad
del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el
periódico, no como el rentista para tener noticias de su
fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la
humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es
débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo
soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el
riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi
recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes
anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de
galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del
vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos
de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la
gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por
milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel
místico al saberse amado por la madre de Jesús. La
historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se
extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó
el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma
esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que
hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación
del Sol, único, generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo
afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de
imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo
seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.


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