En Los Tiempos
En los tiempos de la maravilla
Hubo una crueldad sumamente grande:
Claváronle a un hombre
Un hierro encendido
Junto a la tetilla
Y dijéronle: ¡ande!
Él anduvo una vida asombrosa:
Si se erguía, el hierro humeante
En el calor de su dolor nutrido
Por los ambos costados se salía
Y en los brazos clavábase triunfante:
Si reclinarse y reposar quería
De las artes de los hombres
Sorprendentes y extrañas,
Con todo su peso el hierro oprimía
En sus…, en sus nobles, en sus castas entrañas.
Envilece, Devora
Envilece, devora, enferma, embriaga
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.
Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos cóncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazón no es vil, volar con ellos.
Tonos De Orquesta
Tonos de orquesta y música sentida
Tiene mi voz, ¿qué céfiro ha pasado
Que el salterio sangriento y empolvado
Con soplo salvador vuelve a la vida?
Te lo diré: La arena de colores
Del páramo sediento
Tiembla, sube revuelta, y cae en flores
Nuevas y extrañas cuando pasa el viento.
En las teclas gastadas y frías
Del clave en el desván arrimado
Con sus manos de luz toca armonías
Sublimes un querube enamorado.
A Un Clasicista Que Habló De Suicidarse
A UN CLASICISTA QUE HABLÓ DE SUICIDARSE
A un anciano abatido—
Avive el buen Cristiano
El seso adormecido,
Ponga al hierro mortífero la mano,
Mas no a la sien insano,
Sino a tierra, en arado convertido. —
Mírese por el suelo—
El vasto cráneo roto,
Tinto en su sangre el pudoroso velo
De sus hijas, y al soto
El cuerpo echado, el alma opaca al cielo.
Y mire al reluciente
Señor, de ira vestido,
Y de luz de relámpagos, la frente
Nublar de oro encendido
Y cielo abajo echar al impaciente.
Y corno desraigado
Roble del alto Erebo
Mírese por los vientos arrastrado
Y deshecho, y de nuevo
Por prófugo a la vida condenado.
Pues ¿cómo en el remanso
Sabroso de la muerte
Derecho igual al plácido descanso
Tendrán el alma fuerte
Y la cobarde, el réprobo y el manso?
En Un Campo Florido
En un campo florido en que retoñan
Al Sol de abril las campanillas blancas,
Un coro de hombres jóvenes espera
A sus novias gallardas.
Tiembla el ramaje, canta y aletean
Los pájaros: las silvias de su nido
Salen, a ver pasar las lindas mozas
En sus blancos vestidos.
Ya se van en parejas por lo oscuro
Susurrando los novios venturosos:
Volverán, volverán dentro de un año
Más felices los novios.
Sólo uno, el más feliz, uno sombrío,
Con un traje más blanco que la nieve,
Para nunca volver, llevaba al brazo
La novia que no vuelve.
Me Han Dicho, Buen Florencio
Me han dicho, buen Florencio—que deseas
Ver un grano de trigo,
Luego que sobre él cruza y recruza
La rueda corpulenta del molino:
¡Pues, ven! Ábreme el pecho:
Que traigo en él un grano bien deshecho.
¡bien Vengas, Mar!
¡Bien vengas, mar! De pie sobre la roca
Te espero altivo: si mi barca toca
Tu ola voraz, ni tiemblo, ni me aflijo:
Alas tengo y huiré: las de mi hijo!
A Bordo
Vela abajo, mozo arriba,
Acá el roto, allá el peñasco,
Ido el sol, recio el chubasco,
Y el barco, no barco, criba:
Gigante el viento derriba
Los hombres de las escalas;
Desatadas van las balas
Rodando por la cubierta,—
¡Y yo, en medio a la obra muerta
Vivo, mi hijo en las alas!—
¡oh, Nave !
Oh, nave, oh pobre nave:
Pusiste al cielo el rumbo, engaño grave!—
¡Y andando por mar seco
Con estrépito horrendo, diste en hueco!
Castga así la tierra a quien la olvida
Y a quien la vida burla, hunde en la vida:
¡Bien solitario estoy, y bien desnudo,
Pero en tu pecho, oh niño, está mi escudo!
¡hala, Hala!
Hala, hala
¡Da vueltas a la noria, arrastra el ala!
Rosa que alegra el aire al sol que asoma
De aires te deja ¡estúpida conseja!
Y ven en la olla negra a echar tu aroma.
Alma, que dulcemente te consumes,
Y en esta muerte ves sabrosa suerte,
¡Almas abajo,—abajo los perfumes!
La vida es un molino:
Hay que ganar el pan y hacer el vino.—
Ya sé que vas sangrando y malherida,
Y a cada gota de tu sangre brota
Una cruz de jacinto florecida.
Ya sé que a cada noche alzas el vuelo
A las estrellas y que bajas de ellas
Con un dolor tan grande corno el cielo.
Morir es un deleite:
Pero un tirano nos echó a la vida,
Y a la terrible lámpara encendida,
¡Alma infeliz! hay que nutrir de aceite.
¡Hala, alma, hala!
¡Da vueltas a la noria, arrastra el ala!