Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

1754–1817 · vivió 63 años -- --

Poeta español de la Ilustración, Juan Meléndez Valdés es una figura representativa del neoclasicismo y el prerromanticismo en la literatura española. Su obra, marcada por la influencia de Horacio y la sensibilidad de su tiempo, aborda temas como la amistad, el amor, la naturaleza y la reflexión sobre la condición humana, con un estilo que evoluciona desde la serenidad clásica hacia una mayor emotividad.

n. 1754-03-11, Ribera del Fresno · m. 1817-05-24, Montpellier

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Oda Xlix De Mis Deseos

Rectórico molesto,
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.

Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.

Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.

Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.

Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Juan Antonio Meléndez Valdés fue un destacado poeta y jurista español, nacido en Ribera del Fresno (Badajoz). Es una figura clave de la Ilustración española y un poeta que transita entre el Neoclasicismo y el Prerromanticismo.

Infancia y formación

Nació en una familia hidalga y recibió una esmerada educación. Estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, donde tuvo como maestro a Jovellanos, quien influyó notablemente en su formación intelectual y literaria. En Salamanca, entró en contacto con otros intelectuales de la época.

Trayectoria literaria

Su carrera literaria se inició en el ámbito universitario. Fue uno de los poetas más reconocidos de su tiempo, miembro de la Real Academia Española y protegido de figuras como Jovellanos y Campomanes. Su obra se desarrolló a lo largo de varias décadas, mostrando una evolución estilística.

Obra, estilo y características literarias

Su obra poética se divide en varias etapas. En sus inicios, predomina el estilo neoclásico, con odas y elegías de tono reflexivo y sereno, inspiradas en Horacio. Temas como la amistad, el amor platónico y la naturaleza son recurrentes. Más adelante, su poesía adquiere tintes prerrománticos, con una mayor expresión de la melancolía, la soledad y la angustia existencial. Sus principales obras incluyen "Epístolas familiarias", "Odas" y "Elegías". Su lenguaje es culto y cuidado, y su métrica se ajusta a las formas clásicas, aunque con una creciente libertad en su obra tardía.

Contexto cultural e histórico

Meléndez Valdés vivió durante el reinado de Carlos III y Carlos IV, un período de gran actividad intelectual en España, conocido como la Ilustración. Fue partícipe de los círculos ilustrados y de las reformas culturales impulsadas por el gobierno.

Vida personal

Además de su carrera literaria, tuvo una destacada trayectoria como jurista, llegando a ser fiscal de la Real Audiencia de México. Fue un hombre de ideas ilustradas, aunque su vida personal estuvo también marcada por la melancolía y la reflexión sobre la fugacidad de la vida.

Reconocimiento y recepción

Fue ampliamente reconocido en su época, obteniendo premios y honores. Su obra fue admirada por su equilibrio entre la tradición clásica y la sensibilidad moderna. Sin embargo, con el paso del tiempo, su figura fue eclipsada por otros poetas más representativos del Romanticismo pleno.

Influencias y legado

Su principal influencia fue el poeta latino Horacio, de quien adoptó el tono reflexivo y la forma de la oda. A su vez, influyó en poetas posteriores que buscaban un equilibrio entre la razón y el sentimiento, sentando las bases para una poesía más intimista y moderna.

Interpretación y análisis crítico

La crítica ha destacado su papel como puente entre el Neoclasicismo y el Romanticismo, su habilidad para combinar la contención formal con la expresión de sentimientos profundos y su defensa de las ideas ilustradas.

Infancia y formación

Era conocido por su carácter reflexivo y a veces taciturno. Su dedicación al estudio y a la escritura de poesía lo convirtió en una figura respetada pero algo apartada de la vida social más bulliciosa.

Muerte y memoria

Falleció en Madrid. Su obra se considera un eslabón fundamental en la evolución de la poesía española hacia la modernidad.

Poemas

69

Oda Xlix De Mis Deseos

Rectórico molesto,
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.

Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.

Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.

Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.

Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
669

Oda Xxviii De Dorila

Al prado fue por flores
la muchacha Dorila,
alegre como el mayo,
como las Gracias linda.

Volvió a casa llorando,
turbada y pensativa,
el trenzado sin orden
las colores perdidas.

Pregúntanle qué tiene,
y ella llora afligida;
háblanle no responde,
ríñenle no replica.

¿Pues qué mal será el suyo?
Las señales indican
que cuando fue por flores
perdió la que tenía.
1.246

Oda Xii De Los Labios De Dorila

La rosa de Citeres,
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,

objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,

¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y fragancia,
Dorila, con tus labios!;

ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,

o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
681

Oda Vi A Dorila

¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!

Luego la vejez viene,

del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras

la muerte se avecina,

con pálidos temblores
aguándonos las dichas:



que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.

El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.


Pues si esto nos espera,

¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?

Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.


¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;

y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
2.378

Cuando De Mi Camino Atrás Volviendo

Cuando de mi camino atrás volviendo
miro, Señora, en mi preciso daño,
tal es mi pena y mi dolor tamaño
que me siento en angustias feneciendo.

Mas cuando vuelo a vos, alegre viendo
la dulce causa de mi dulce engaño,
luego en mi pecho siento un bien extraño
y con gusto mis males voy sufriendo.

Con vos se alivia mi dolor crecido
y en vos todo mi bien miro cifrado,
cuanto puedo esperar y cuanto espero;

y aunque ni el mal acaba ni el gemido,
me miro en la aflicción tan consolado
que no siento morir si por vos muero.
526

Oda Li De Mis Versos

«Dicen que alegre canto
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.

»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,

»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?

»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?


»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?

»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?

»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,


»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.

»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».

Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.

Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?

»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
520

La Paloma

Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.

Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál
vuela.

Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,

lumbroso el cuello, y el piquito breve...
mas suéltala y verásla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.
728

Oda Xlvii De La Nieve

Dame, Dorila, el vaso
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.

Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.

¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro,
deshecha en copos leves
bajar con lento giro!

Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.

Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.

Mientras el arroyuelo,
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.

Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.

Las aves enmudecen
medrosas en el nido
o buscan de los hombres
el mal seguro asilo.

Y el tímido rebaño
con débiles balidos
demanda su sustento
cerrado en el aprisco.

Pero la nieve crece,
y en denso torbellino
la agita con sus soplos
el aquilón maligno.


Las nubes se amontonan,
y el cielo de improviso
se entolda pavoroso
de un velo más sombrío.


Dejémosla que caiga
Dorila, y bien bebidos,
burlemos sus rigores
con dulces regocijos.

Bebamos y dancemos,
que ya el abril florido
vendrá en las blandas alas
del céfiro benigno.
670

Oda Xlix De Mi Gusto

Retórico molesto,
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.

Ni tú tampoco quieras
con réplicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.

Ni tú, que al feroz Marte
muy más errado sigues,
me angusties con pintarme
lo horrendo de sus lides.

Empero habladme todos
de bailes y de brindis,
de juegos y de amores,
de olores y convites,

que tras la edad florida
corre la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
505

Oda Xlii El Abanico

¡Con qué indecible gracia,
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!

¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!

Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce

de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.

Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.

Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;

si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.

De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.

Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,

y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,

me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.

Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,

al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.

Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?

»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.

»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».

Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.

Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.

Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,

en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;

mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.

Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»

Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,

lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.

Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».

Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.

Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;

o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.

A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.

Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes

porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.

¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!

En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.

¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
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