Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

1561–1627 · vivió 65 años -- --

Luis de Góngora y Argote fue uno de los poetas más importantes del Siglo de Oro español y una figura central del Barroco literario. Conocido por su estilo complejo y su lenguaje culto, conocido como culteranismo, revolucionó la poesía de su tiempo con una audacia formal y un uso innovador de la métrica, la sintaxis y el léxico. Su obra, que incluye sonetos, letrillas y poemas narrativos, se caracteriza por la riqueza de imágenes, la musicalidad y una profunda reflexión sobre temas universales como el amor, el tiempo, la muerte y la mitología. A pesar de las dificultades en su época para ser plenamente comprendido, su legado es inmenso y su influencia perdura hasta la actualidad.

n. 1561-07-11, Córdova · m. 1627-05-23, Córdova

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Soledad Segunda

Éntrase el mar por un arroyo breve
Que a recibillo con sediento paso
De su roca natal se precipita,
Y mucha sal no sólo en poco vaso,
Mas en su ruina bebe,
Y a su fin, cristalina mariposa
—No alada, sino undosa—,
En el farol de Tetis solicita.

Muros desmantelando, pues, de arena,
Centauro ya espumoso el océano
—Medio mar, medio ría—
Dos veces huella la campaña al día,
Escalar pretendiendo el monte en vano,
De quien es dulce vena
El tarde ya torrente
Arrepentido, y aun retrocedente.

Eral lozano así novillo tierno,
De bien nacido cuerno
Mal lunada la frente,
Retrógrado cedió en desigual lucha
A duro toro, aun contra el viento armado:
No, pues, de otra manera
A la violencia mucha
Del padre de las aguas, coronado
De blancas ovas y de espuma verde,
Resiste obedeciendo, y tierra pierde.

En la incierta ribera
—Guarnición desigual a tanto espejo—,
Descubrió la alba a nuestro peregrino
Con todo el villanaje ultramarino,
Que a la fiesta nupcial, de verde tejo
Toldado, ya capaz tradujo pino.

Los escollos el sol rayaba, cuando
Con remos gemidores,
Dos pobres, se aparecen, pescadores,
Nudos al mar, de cáñamo, fiando.
Ruiseñor en los bosques no más blando,
El verde robre que es barquillo ahora,
Saludar vio la Aurora,
Que al uno en dulces quejas —y no pocas—
Ondas endurecer, liquidar rocas.

Señas mudas la dulce voz doliente
Permitió solamente
A la turba, que dar quisiera voces
A la que de un ancón segunda haya
—Cristal pisando azul con pies veloces—
Salió improvisa, de una y de otra playa
Vínculo desatado, inestable puente.

La prora diligente
No sólo dirigió a la opuesta orilla,
Mas redujo la música barquilla,
Que en dos cuernos del mar caló no breves
Sus plomos graves y sus corchos leves.
Los senos ocupó del mayor leño
La marítima tropa,
Usando al entrar todos
Cuantos les enseñó corteses modos
En la lengua del agua ruda escuela,
Con nuestro forastero, que la popa
Del canoro escogió bajel pequeño.

Aquél, las ondas escarchando, vuela;
Éste, con perezoso movimiento,
El mar encuentra, cuya espuma cana
Su parda aguda prora
Resplandeciente cuello
Hace de augusta Colla peruana
A quien hilos el Sur tributó ciento
De perlas cada hora.
Lágrimas no enjugó más de la aurora
Sobre vïolas negras la mañana,
Que arrolló su espolón con pompa vana
Caduco aljófar, pero aljófar bello.
Dando el huésped licencia para ello,
Recurren no a las redes que, mayores,
Mucho océano y pocas aguas prenden,
Sino a las que ambiciosas menos penden,
Laberinto nudoso de marino.
Dédalo, si de leño no, de lino,
Fábrica escrupulosa, y aunque incierta,
Siempre murada, pero siempre abierta.

Liberalmente de los pescadores
Al deseo el estero corresponde,
Sin valelle al lascivo ostión el justo
Arnés de hueso, donde
Lisonja breve al gusto
—Mas incentiva— esconde:
Contagio original quizá de aquella
Que, siempre hija bella
De los cristales, una
Venera fue su cuna.

Mallas visten de cáñamo al lenguado,
Mientras, en su piel lúbrica fiado,
El congrio, que viscosamente liso
Las telas burlar quiso,
Tejido en ellas se quedó burlado.

Las redes califica menos gruesas,
Sin romper hilo alguno,
Pompa el salmón de las reales mesas,
Cuando no de los campos de Neptuno,
Y el travieso robalo,
Guloso, de los cónsules, regalo.

Éstos y muchos más, unos desnudos,
Otros de escamas fáciles armados,
Dio la ría pescados,
Que, nadando en un piélago de nudos,
No agravan poco el negligente robre,
Espacïosamente dirigido
Al bienaventurado albergue pobre,
Que, de carrizos frágiles tejido,
Si fabricado no de gruesas cañas,
Bóvedas lo coronan de espadañas.

El peregrino, pues, haciendo en tanto
Instrumento el bajel, cuerdas los remos,
Al céfiro encomienda los extremos
Deste métrico llanto:

«Si de aire articulado
No son dolientes lágrimas suaves
Estas mis quejas graves,
Voces de sangre, y sangre son del alma.
Fíelas de tu calma
¡Oh mar! quien otra vez las ha fiado
De su fortuna aun más que de su hado.

»¡Oh mar, oh tú, supremo
Moderador piadoso de mis daños!
Tuyos serán mis años,
En tabla redimidos poco fuerte
De la bebida muerte,
Que ser quiso, en aquel peligro extremo,
Ella el forzado y su guadaña el remo.

»Regiones pise ajenas,
O clima propio, planta mía perdida,
Tuya será mi vida,
Si vida me ha dejado que sea tuya
Quien me fuerza a que huya
De su prisión, dejando mis cadenas
Rastro en tus ondas más que en tus arenas.

»Audaz mi pensamiento
El cénit escaló, plumas vestido
Cuyo vuelo atrevido
—Si no ha dado su nombre a tus espumas—
De sus vestidas plumas
Conservarán el desvanecimiento
Los anales diáfanos del viento

»Esta, pues, culpa mía
El timón alternar menos seguro
Y el báculo más duro
Un lustro ha hecho a mi dudosa mano,
Solicitando en vano
Las alas sepultar de mi osadía
Donde el Sol nace o donde muere el día.

»Muera, enemiga amada,
Muera mi culpa, y tu desdén le guarde,
Arrepentido tarde,
Suspiro que mi muerte haga leda,
Cuando no le suceda,
O por breve o por tibia o por cansada,
Lágrima antes enjuta que llorada.

»Naufragio ya segundo,
O filos pongan de homicida hierro
Fin duro a mi destierro;
Tan generosa fe, no fácil onda,
No poca tierra esconda:
Urna suya el océano profundo,
Y obeliscos los montes sean del mundo.

»Túmulo tanto debe
Agradecido Amor a mi pie errante;
Líquido, pues, diamante
Calle mis huesos, y elevada cima
Selle sí, mas no oprima,
Esta que le fiaré ceniza breve,
Si hay ondas mudas y si hay tierra leve».

No es sordo el mar: la erudición engaña.
Bien que tal vez sañudo
No oya al piloto, o le responda fiero,
Sereno disimula más orejas
Que sembró dulces quejas
—Canoro labrador— el forastero
En su undosa campaña.

Espongïoso, pues, se bebió y mudo
El lagrimoso reconocimiento,
De cuyos dulces números no poca
Concentuosa suma
En los dos giros de invisible pluma
Que fingen sus dos alas hurtó el viento;
Eco —vestida una cavada roca—
Solicitó curiosa y guardó avara
La más dulce —si no la menos clara—
Sílaba, siendo en tanto
La vista de las chozas fin del canto.

Yace en el mar, si no continuada
Isla, mal de la tierra dividida,
Cuya forma tortuga es perezosa:
Díganlo cuantos siglos ha que nada
Sin besar de la playa espacïosa
La arena, de las ondas repetida.

A pesar, pues, del agua que la oculta,
Concha, si mucha no, capaz ostenta
De albergues, donde la humildad contenta
Mora, y Pomona se venera culta.

Dos son las chozas, pobre su artificio
Más aún que caduca su materia:
De los mancebos dos, la mayor, cuna;
De las redes la otra y su ejercicio,
Competente oficina.
Lo que agradable más se determina
Del breve islote, ocupa su fortuna,
Los extremos de fausto y de miseria
Moderando. En la plancha los recibe
El padre de los dos, émulo cano
Del sagrado Nereo, no ya tanto
Porque a la par de los escollos vive,
Porque en el mar preside comarcano
Al ejercicio piscatorio, cuanto
Por seis hijas, por seis deidades bellas,
Del cielo espumas y del mar estrellas.
Acogió al huésped con urbano estilo,
Y a su voz, que los juncos obedecen,
Tres hijas suyas cándidas le ofrecen,
Que engaños construyendo están de hilo.
El huerto le da esotras, a quien debe
Si púrpura la rosa, el lilio nieve,
De jardín culto así en fingida gruta,
Salteó al labrador pluvia improvisa
De cristales inciertos, a la seña,
O a la que torció, llave, el fontanero:
Urna de Acuario, la imitada peña
Le embiste incauto, y si con pie grosero
Para la fuga apela, nubes pisa,
Burlándolo aun la parte más enjuta.

La vista saltearon poco menos
Del huésped admirado
Las no líquidas perlas que, al momento,
A los corteses juncos —por que el viento
Nudos les halle un día, bien que ajenos—
El cáñamo remiten, anudado.
Y de Vertumno al término labrado
El breve hierro, cuyo corvo diente
Las plantas le mordía cultamente.

Ponderador saluda afectuoso
Del esplendor que admira el extranjero
Al Sol, en seis luceros dividido;
Y —honestamente al fin correspondido
Del coro vergonzoso—
Al viejo sigue, que prudente ordena
Los términos confunda de la cena
La comida prolija de pescados,
Raros muchos, y todos no comprados,
Impidiéndole el día al forastero,
Con dilaciones sordas le divierte
Entre unos verdes carrizales, donde
Armonïoso número se esconde
De blancos cisnes, de la misma suerte
Que gallinas domésticas al grano,
A la voz concurrientes del anciano.

En la más seca, en la más limpia anea
Vivificando están muchos sus huevos,
Y mientras dulce aquél su muerte anuncia
Entre la verde juncia,
Sus pollos éste al mar conduce nuevos,
De Espío y de Nerea
—Cuando más oscurecen las espumas—
Nevada invidia, sus nevadas plumas.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Luis de Góngora y Argote es uno de los poetas cumbre del Siglo de Oro español y el principal representante del culteranismo, una corriente estética del Barroco. Nació en Córdoba, en el seno de una familia hidalga. Su obra, escrita en castellano, se caracteriza por una profunda complejidad retórica, un léxico selecto y una sintaxis latinizante, que buscaban elevar el lenguaje poético a nuevas cotas de expresividad y belleza. Fue clérigo, aunque su vida estuvo marcada por un espíritu mundano y por sus disputas literarias.

Infancia y formación

Desde joven, Góngora mostró una gran inclinación por la poesía y los estudios. Estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, aunque su verdadera pasión era la literatura. Se formó en la tradición clásica y renacentista, pero pronto demostró una voluntad de superación y de innovación que lo llevaría a crear un estilo propio y revolucionario. Sus lecturas de poetas clásicos como Virgilio, Horacio y Ovidio, así como de autores italianos y de la tradición española, sentaron las bases de su conocimiento literario.

Trayectoria literaria

La carrera literaria de Góngora se puede dividir en varias etapas. Inicialmente, cultivó formas poéticas más populares y tradicionales como las letrillas y los romances, caracterizadas por su ingenio y gracia. Posteriormente, evolucionó hacia una poesía más culta y compleja, culminando en sus obras maestras, los poemas largos 'Soledades' y 'Fábula de Polifemo y Galatea', y en sus sonetos. Su producción se vio marcada por la rivalidad literaria, especialmente con Francisco de Quevedo, y por una constante búsqueda de la perfección formal.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Góngora es vasta y de gran complejidad. Sus 'Soledades' es un poema extenso y hermético que explora temas como la soledad, la naturaleza y la condición humana a través de un lenguaje rico en metáforas, hipérbatos y neologismos. La 'Fábula de Polifemo y Galatea' es otro poema narrativo de gran belleza, que narra el mito de Polifemo y Galatea con una imaginería deslumbrante. Sus sonetos abordan una gran variedad de temas, desde el amor y la muerte hasta la fugacidad del tiempo y la crítica social, siempre con una maestría métrica y retórica inigualables. El culteranismo, su estilo característico, se basa en la acumulación de cultismos, metáforas audaces, alusiones mitológicas y una sintaxis intrincada que busca sorprender y maravillar al lector.

Contexto cultural e histórico

Góngora vivió en la cúspide del Siglo de Oro español, un período de esplendor artístico y cultural, pero también de profundas crisis sociales y políticas. Su obra refleja la tensión entre la exuberancia barroca y una visión más sombría de la existencia. Fue contemporáneo de Cervantes, Lope de Vega y Quevedo, y participó activamente en el debate literario de su época, a menudo enfrentándose a aquellos que no comprendían o no apreciaban su innovador estilo.

Vida personal

La vida de Góngora estuvo marcada por sus aspiraciones eclesiásticas y sus continuos pleitos y rivalidades literarias. A pesar de su ordenación sacerdotal, su vida no estuvo exenta de mundanidad y de intervenciones en asuntos de la corte. Su enfrentamiento con Quevedo es uno de los episodios más célebres de la literatura española, reflejo de las fuertes personalidades y las ambiciones del tiempo.

Reconocimiento y recepción

La obra de Góngora generó admiración y rechazo a partes iguales en su época. Mientras muchos lo consideraban un genio innovador, otros lo criticaban por su oscuridad y artificiosidad. Sin embargo, con el tiempo, su genio fue plenamente reconocido, y hoy es considerado uno de los poetas más importantes de la lengua española, cuya influencia se extendió a lo largo de los siglos.

Influencias y legado

Góngora influyó profundamente en poetas posteriores, tanto en España como en América Latina. Su estilo y su manejo del lenguaje abrieron nuevas posibilidades expresivas y sentaron las bases para la poesía moderna. Poetas del siglo XX, como los del grupo Generación del 27, lo reivindicaron y lo estudiaron como un maestro indiscutible. Su legado reside en su capacidad para reinventar el lenguaje poético y en la belleza perdurable de sus versos.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Góngora ha sido objeto de intensos debates y estudios críticos. Su complejidad formal ha llevado a múltiples interpretaciones, centradas en su uso de la metáfora, su sintaxis y su cosmovisión. Se ha analizado la tensión entre lo sensorial y lo intelectual en su poesía, así como su visión del tiempo, la belleza y la fugacidad de la vida.

Infancia y formación

Una anécdota curiosa es su afición por las riñas y los duelos verbales, especialmente con Quevedo. Su carácter a veces altivo y su defensa a ultranza de su estilo también forman parte de su leyenda. Se dice que sus poemas eran tan complejos que solo los más entendidos podían apreciarlos plenamente.

Muerte y memoria

Luis de Góngora y Argote falleció en Córdoba. Su muerte no supuso el fin de su influencia, sino el inicio de un reconocimiento póstumo que ha ido creciendo con el tiempo. La publicación y el estudio de sus obras completas han garantizado su pervivencia y su lugar en la historia de la literatura universal.

Poemas

217

Entre Los Sueltos Caballos

Entre los sueltos caballos
De los vencidos Cenetes,
Que por el campo buscaban
Entre la sangre lo verde,

Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano,
Y por sus cernejas fuerte,

Para que le lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Un moro que ha cautivado,
Capitán de cien jinetes.

En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas herido,
Que cuatro alas le mueven.

Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.

Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,

Con razones le pregunta,
Comedidas y corteses,
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.

El cautivo, como tal,
Sin excusas le obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface deste suerte:

«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente:
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.

Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.

En los Gelves nací, el año
Que os perdistes en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco matasiete.

En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que perdí a mi padre,
Corsario de tres bajeles.

Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses,

Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crueles,
Hija al fin de estas arenas,
Engendradoras de sierpes.

Cada vez que la miraba
Salía un sol por su frente,
De tantos rayos ceñido
Cuantos cabellos contiene.

Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.

Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.

Apenas vide trocada
La dureza de esta sierpe,
Cuando tú me cautivaste:
¡Mira si es bien que lamente!»

«Esta es la causa, español,
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»

Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Pare sus males promete.

«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.

¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Cupiera un alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?

Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte,
Que me pedirán por voto
Lo que entendí que era suerte.

Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.

Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás, si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Hayas de volver a verme.»

Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado
La boca a sus pies ofrece.

«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán valiente,
Pues ganas más con librarme
Que ganaste con prenderme.

Alah se quede contigo,
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes».
407

Frescos Airecillos

Frescos airecillos,
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,

Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,

Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;

Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;

De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas

Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;

Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,

Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,

Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;

Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,

Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra

De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;

Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,

Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.

Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,

Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;

Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;

Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;

Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;

Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;

Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;

Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.

Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,

Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,

Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;

Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,

En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra

Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña

(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),

Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
358

Servía En Orán Al Rey

Servía en Orán al Rey
Un español con dos lanzas,
Y con el alma y la vida
A una gallarda africana,

Tan noble como hermosa,
Tan amante como amada,
Con quien estaba una noche
Cuando tocaron al arma.

Trescientos Cenetes eran
De este rebato la causa,
Que los rayos de la luna
Descubrieron sus adargas;

Las adargas avisaron
A las mudas atalayas,
Las atalayas los fuegos,
Los fuegos a las campanas;

Y ellas al enamorado,
Que en los brazos de su dama
Oyó el militar estruendo
De las trompas y las cajas.

Espuelas de honor le pican
Y freno de amor le para;
No salir es cobardía,
Ingratitud es dejalla.

Del cuello pendiente ella,
Viéndole tomar la espada,
Con lágrimas y suspiros
Le dice aquestas palabras:

«Salid al campo, señor,
Bañen mis ojos la cama,
Que ella me será también,
Sin vos, campo de batalla.

»Vestíos y salid apriesa,
Que el general os aguarda;
Yo os hago a vos mucha sobra
Y vos a él mucha falta.

»Bien podéis salir desnudo,
Pues mi llanto no os ablanda,
Que tenéis de acero el pecho,
Y no habéis menester armas».

Viendo el español brioso
Cuánto le detiene y habla,
Le dice así: «Mi señora,
Tan dulce como enojada,

«Porque con honra y amor
Yo me quede, cumpla y vaya,
Vaya a los moros el cuerpo,
Y quede con vos el alma.

»Concededme, dueño mío,
Licencia para que salga
Al rebato en vuestro nombre,
Y en vuestro nombre combata».
474

Noble Desengaño

Noble desengaño,
Gracias doy al cielo
Que rompiste el lazo
Que me tenía preso.

Por tan gran milagro
Colgaré en tu templo
Las graves cadenas
De mis graves yerros.

Las fuertes coyundas
Del yugo de acero,
Que con tu favor
Sacudí del cuello,

Las húmidas velas
Y los rotos remos
Que escapé del mar
Y ofrecí en el puerto,

Ya de tus paredes
Serán ornamento,
Gloria de tu nombre,
Y de Amor descuento.

Y así, pues que triunfas
Del rapaz arquero,
Tiren de tu carro
Y sean tu trofeo

Locas esperanzas,
Vanos pensamientos,
Pasos esparcidos,
Livianos deseos,

Rabiosos cuidados,
Ponzoñosos celos,
Infernales glorias,
Gloriosos infiernos.

Compóngante himnos,
Y digan sus versos
Que libras cautivos
Y das vista a ciegos.

Ante tu deidad
Hónrense mil fuegos
Del sudor precioso
Del árbol sabeo.

Pero ¿quién me mete
En cosas de seso,
Y en hablar de veras
En aquestos tiempos,

Donde el que más trata
De burlas y juegos,
Ese es quien se viste
Más a lo moderno?

Ingrata señora
De tus aposentos,
Más dulce y sabrosa
Que nabo en Adviento,

Aplícame un rato
El oído atento,
Que quiero hacer auto
De mis devaneos.

¡Qué de noches frías
Que me tuvo el hielo
Tal, que por esquina
Me juzgó tu perro,

Y alzando la pierna,
Con gentil denuedo,
Me argentó de plata
Los zapatos negros!

¡Qué de noches de éstas,
Señora, me acuerdo
Que andando a buscar
Chinas por el suelo,

Para hacer la seña
Por el agujero,
Al tomar la china
Me ensucié los dedos!

¡Qué de días anduve
Cargado de acero
Con harto trabajo,
Porque estaba enfermo!

Como estaba flaco
Parecía cencerro:
Hierro por de fuera,
Por de dentro hueso.

¡Qué de meses y años
Que viví muriendo
En la Peña Pobre
Sin ser Beltenebros,

Donde me acaeció
Mil días enteros
No comer sino uñas,
Haciendo sonetos!

¡Qué de necedades
Escribí en mil pliegos,
Que las ríes tú ahora,
Y yo las confieso!


Aunque las tuvimos
Ambos, en un tiempo,
Yo por discreciones
Y tú por requiebros.

¡Qué de medias noches
Canté en mi instrumento:
«Socorred, señora,
Con agua a mi fuego!»

Donde, aunque tú no
Socorriste luego,
Socorrió el vecino
Con un gran caldero.

Adiós, mi señora,
Porque me es tu gesto
Chimenea en verano
Y nieve en invierno,

Y el bazo me tienes
De guijarros lleno,
Porque creo que bastan
Seis años de necio.
386

Aquí Entre La Verde Juncia

Aquí entre la verde juncia
Quiero (como el blanco cisne
Que envuelto en dulce armonía,
La dulce vida despide)

Despedir mi vida amarga
Envuelta en endechas tristes,
Y querellarme de aquélla
Tan hermosa como libre.

Descanse entre tanto el arco
De la cuerda que le aflige,
Y pendiente de sus ramos
Orne esta planta de Alcides,

Mientras yo a la tortolilla
Que sobre aquel olmo gime,
Le hurto todo el silencio
Que para sus quejas pide.

Bellísima cazadora,
Más fiera que las que sigues
Por los bosques cruel verdugo
De mis años infelices:

Tan grandes son tus extremos
De hermosa y de terrible,
Que están los montes en duda
Si eres diosa o si eres tigre.

Préciaste de tan soberbia
Contra quien es tan humilde
Que, considerados bien,
Todos los monteros dicen

Que los dos nos parecemos
Al roble que más resiste
Los soplos del viento airado:
Tú en ser dura, yo en ser firme.

En esto sólo eres roble,
Y en lo demás flaca mimbre,
No sólo a los recios vientos,
Mas a los aires sutiles.

Ya no persigues, cruel,
Después que a mí me persigues,
A los ciervos voladores
Ni a los fieros jabalíes.

Ni de tu dichoso albergue
Las nobles paredes visten
Los despojos de las fieras
Que, como a mí, muerte diste.

No porque no gustes de ello,
Sino porque no te obligue
El encontrarme en la caza
A que siquiera me mires.

Los monteros te suspiran
Por todos estos confines,
Y el mismo monte se agravia
De que tus pies no le pisen,

Por el rastro que dejaban
De rosas y de jazmines,
Tanto que eran a sus campos
Tus dos plantas dos abriles.

Haz tu gusto, que yo quiero
Dejar (pues de ello te sirves)
El espíritu cansado
Que mis flacos miembros rige.

Conseguiremos en esto
Ambos a dos nuestros fines:
Tú el de cruel en dejarme,
Yo el de leal en morirme.

Tú, rey de los otros ríos,
Que de las sierras sublimes
De Segura al Oceano
El fértil terreno mides,

Pues en tu dichoso seno
Tantas lágrimas recibes
De mis ojos, que en el mar
Entran dos Guadalquivires,

Ruégote que su crueldad
Y mi firmeza publiques
Por todo el húmedo reino
De la gran madre de Aquiles,

Porque no sólo en las selvas,
Mas los que en las aguas viven
Conozcan quién es Daliso
Y quién es la ingrata Nise.
317

De Puños De Hierro Ayer

De puños de hierro ayer
En este mismo lugar,
Fui gran hombre en el sacar
Y hoy lo soy en el volver.
Los dineros van a ser

Restituidos por vos,
Y el «por la gracia de Dios
Don Felipe», al de Guzmán;
Que porque faltas harán
Los quiero dejar a dos.
289

Amarrado Al Duro Banco

Amarrado al duro banco
De una galera turquesca,
Ambas manos en el remo
Y ambos ojos en la tierra,

Un forzado de Dragut
En la playa de Marbella
Se quejaba al ronco son
Del remo y de la cadena:

«¡Oh sagrado mar de España,
Famosa playa serena,
Teatro donde se han hecho
Cien mil navales tragedias!,

»Pues eres tú el mismo mar
Que con tus crecientes besas
Las murallas de mi patria,
Coronadas y soberbias,

»Tráeme nuevas de mi esposa,
Y dime si han sido ciertas
Las lágrimas y suspiros
Que me dice por sus letras;

»Porque si es verdad que llora
Mi captiverio en tu arena,
Bien puedes al mar del Sur
Vencer en lucientes perlas.

»Dame ya, sagrado mar,
A mis demandas respuesta,
Que bien puedes, si es verdad
Que las aguas tienen lengua,

»Pero, pues no me respondes,
Sin duda alguna que es muerta,
Aunque no lo debe ser,
Pues que vivo yo en su ausencia.

»¡Pues he vivido diez años
Sin libertad y sin ella,
Siempre al remo condenado
A nadie matarán penas!»

En esto se descubrieron
De la Religión seis velas,
Y el cómitre mandó usar
Al forzado de su fuerza.
449

La Desgracia Del Forzado

La desgracia del forzado,
Y del corsario la industria,
La distancia del lugar
Y el favor de la Fortuna,
Que por las bocas del viento
Les daba a soplos ayuda
Contra las cristianas cruces
A las otomanas lunas,
Hicieron que de los ojos
Del forzado a un tiempo huyan
Dulce patria, amigas velas,
Esperanzas y ventura.
Vuelve, pues, los ojos tristes
A ver cómo el mar le hurta
Las torres, y le da nubes,
Las velas, y le da espumas.
Y viendo más aplacada
En el cómitre la furia,
Vertiendo lágrimas, dice,
Tan amargas como muchas:

¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?


«Ya no esperen ver mis ojos,
Pues ahora no lo vieron,
Sin este remo las manos,
Y los pies sin estos hierros,
Que en esta desgracia mía
Fortuna me ha descubierto
Que cuantos fueron mis años
Tantos serán mis tormentos.

¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?


Velas de la Religión,
Enfrenad vuestro denuedo,
Que mal podréis alcanzarnos
Pues tratáis de mi remedio.
El enemigo se os va,
Y favorécele el tiempo
Por su libertad no tanto
Cuanto por mi captiverio.

¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?


Quedáos en aquesa playa,
De mis pensamientos puerto;
Quejáos de mi desventura
Y no echéis la culpa al viento.
Y tú, mi dulce suspiro,
Rompe los aires ardiendo,
Visita a mi esposa bella,
Y en el mar de Argel te espero.»

¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
529

Diez Años Vivió Belerma

Diez años vivió Belerma
Con el corazón difunto
Que le dejó en testamento
Aquel francés boquirrubio.

Contenta vivió con él,
Aunque a mí me dijo alguno
Que viviera más contenta
Con trescientas mil de juro.

A verla vino doña Alda,
Viuda del conde Rodulfo,
Conde que fue en Normandía
Lo que a Jesu Cristo plugo;

Y hallándola muy triste
Sobre un estrado de luto,
Con los ojos que ya eran
Orinales de Neptuno,

Riéndose muy despacio
De su llorar importuno,
Sobre el muerto corazón
Envuelto en un paño sucio,

Le dice: «Amiga Belerma,
Cese tan necio diluvio,
Que anegará vuestros años
Y ahogará vuestros gustos.

Estése allá Durandarte
Donde la suerte le cupo;
Buen pozo haya su alma,
Y pozo que esté sin cubo.

Si él os quiso mucho en vida,
También le quisistes mucho,
Y si tiene abierto el. pecho,
Queréllese de su escudo.

¿Qué culpa tuviste vos
De su entierro, siendo justo
Que el que como bruto muere,
Que le entierren como a bruto?

Muriera él acá en París
A do tiene su sepulcro,
Que allí le hicieran lugar
Los antepasados suyos.

Volved luego a Montesinos
Ese corazón que os trujo,
Y enviadle a preguntar
Si por gavilán os tuvo.

Descosed y desnudad
Las tocas de lienzo crudo,
El mongilón de bayeta
Y el manto basto peludo;

Que aun en las viudas más viejas,
Y de años más caducos
Las tocas cubren a enero
Y los monjiles a julio;

Cuánto más a una muchacha
Que le faltan días algunos
Para cumplir los treinta años,
Que yo desdichada cumplo.

Seis hace, si bien me acuerdo,
El día de Santiñuflo,
Que perdí aquel mal logrado
Que hoy entre los vivos busco.

Holguéme de cuatro y ocho
Haciéndoles dos mil hurtos,
A las palomas de besos
Y a las tórtolas de arrullos.

Sentí su fin, pero más
Que muriese sin ver fruto,
Sin ver flujo de mi vientre,
Porque siempre tuve pujo;

Mas no por eso ultrajé
Mi buena tez con rasguños,
Cabal me quedó el cabello,
Y los ojos casi enjutos.

Aprended de mí, Belerma,
Holguémonos de consuno,
Llévese el mar lo llorado,
Y lo suspirado el humo.

No hiléis memorias tristes
En este aposento oscuro,
Que cual gusano de seda
Moriréis en el capullo.

Haced lo que en su fin hace
El pájaro sin segundo,
Que nos habla en sus cenizas
De pretérito y futuro.

Llorad su muerte, mas sea
Con lagrimillas al uso;
De lo mal pasado nazca
Lo por venir más seguro.

Pongámonos a la par
Dos toquitas de repulgo,
Ceja en arco, y manos blancas,
Y dos perritos lanudos.

Yedras verdes somos ambas,
A quien dejaron sin muros
De la Muerte y del Amor
Baterías e infortunios.

Busquemos por do trepar,
Que a lo que de ambas presumo
No nos faltarán en Francia
Pared gruesa, tronco duro.

La iglesia de San Dionís
Canónigos tiene muchos,
Delgados, cariaguileños,
Carihartos y espaldudos.

Escojamos como peras
Dos déligos capotuncios,
De aquestos que andan en mulas,
Y tienen algo de mulos;

Destos Alejandros Magnos,
Que no tienen por disgusto
Por dar en nuestros broqueles,
Que demos en sus escudos.

De todos los Doce Pares
Y sus nones abrenuncio,
Que calzan bragas de malla,
Y de acero los pantuflos.

¿De qué nos sirven, amiga,
Petos fuertes, yelmos lucios?
Armados hombres queremos,
Armados, pero desnudos.

De vuestra Mesa Redonda
Francos paladines huyo,
Donde ayunos os sentáis
Y os levantáis más ayunos.

La de cuatro esquinas quiero,
Que la ventura me puso
En casa de un cuatro picos,
De todos cuatro picudo;

Donde sirven la Cuaresma
Sabrosísimos besugos,
Y turmas en el Carnal,
Con su caldillo y su zumo».

Más iba a decir doña Alda,
Pero a lo demás dio un nudo,
Porque de don Montesinos
Entró un pajecillo zurdo.
400

¡que Se Nos Va La Pascua, Mozas,

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Mozuelas las de mi barrio,
Loquillas y confiadas,
Mirad no os engañe el tiempo,
La edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
De la juventud lozana,
Porque de caducas flores
Teje el tiempo sus guirnaldas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Vuelan los ligeros años,
Y con presurosas alas
Nos roban, como harpías,
Nuestras sabrosas viandas.
La flor de la maravilla
Esta verdad nos declara,
Porque le hurta la tarde
Lo que le dio la mañana.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Mirad que cuando pensáis
Que hacen la señal del alba
Las campanas de la vida,
Es la queda, y os desarman
De vuestro color y lustre,
De vuestro donaire y gracia,
Y quedáis todas perdidas
Por mayores de la marca.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Yo sé de una buena vieja
Que fue un tiempo rubia y zarca,
Y que al presente le cuesta
Harto caro el ver su cara,
Porque su bruñida frente
Y sus mejillas se hallan
Más que roquete de obispo
Encogidas y arrugadas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Y sé de otra buena vieja,
Que un diente que le quedaba
Se lo dejó este otro día
Sepultado en unas natas,
Y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
Yo sé cuándo fuistes perla,
Aunque ahora no sois caña.»

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Por eso, mozuelas locas,
Antes que la edad avara
El rubio cabello de oro
Convierta en luciente plata,
Quered cuando sois queridas,
Amad cuando sois amadas,
Mirad, bobas, que detrás
Se pinta la ocasión calva.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!
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