Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

1561–1627 · vivió 65 años -- --

Luis de Góngora y Argote fue uno de los poetas más importantes del Siglo de Oro español y una figura central del Barroco literario. Conocido por su estilo complejo y su lenguaje culto, conocido como culteranismo, revolucionó la poesía de su tiempo con una audacia formal y un uso innovador de la métrica, la sintaxis y el léxico. Su obra, que incluye sonetos, letrillas y poemas narrativos, se caracteriza por la riqueza de imágenes, la musicalidad y una profunda reflexión sobre temas universales como el amor, el tiempo, la muerte y la mitología. A pesar de las dificultades en su época para ser plenamente comprendido, su legado es inmenso y su influencia perdura hasta la actualidad.

n. 1561-07-11, Córdova · m. 1627-05-23, Córdova

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Soledad Segunda

Éntrase el mar por un arroyo breve
Que a recibillo con sediento paso
De su roca natal se precipita,
Y mucha sal no sólo en poco vaso,
Mas en su ruina bebe,
Y a su fin, cristalina mariposa
—No alada, sino undosa—,
En el farol de Tetis solicita.

Muros desmantelando, pues, de arena,
Centauro ya espumoso el océano
—Medio mar, medio ría—
Dos veces huella la campaña al día,
Escalar pretendiendo el monte en vano,
De quien es dulce vena
El tarde ya torrente
Arrepentido, y aun retrocedente.

Eral lozano así novillo tierno,
De bien nacido cuerno
Mal lunada la frente,
Retrógrado cedió en desigual lucha
A duro toro, aun contra el viento armado:
No, pues, de otra manera
A la violencia mucha
Del padre de las aguas, coronado
De blancas ovas y de espuma verde,
Resiste obedeciendo, y tierra pierde.

En la incierta ribera
—Guarnición desigual a tanto espejo—,
Descubrió la alba a nuestro peregrino
Con todo el villanaje ultramarino,
Que a la fiesta nupcial, de verde tejo
Toldado, ya capaz tradujo pino.

Los escollos el sol rayaba, cuando
Con remos gemidores,
Dos pobres, se aparecen, pescadores,
Nudos al mar, de cáñamo, fiando.
Ruiseñor en los bosques no más blando,
El verde robre que es barquillo ahora,
Saludar vio la Aurora,
Que al uno en dulces quejas —y no pocas—
Ondas endurecer, liquidar rocas.

Señas mudas la dulce voz doliente
Permitió solamente
A la turba, que dar quisiera voces
A la que de un ancón segunda haya
—Cristal pisando azul con pies veloces—
Salió improvisa, de una y de otra playa
Vínculo desatado, inestable puente.

La prora diligente
No sólo dirigió a la opuesta orilla,
Mas redujo la música barquilla,
Que en dos cuernos del mar caló no breves
Sus plomos graves y sus corchos leves.
Los senos ocupó del mayor leño
La marítima tropa,
Usando al entrar todos
Cuantos les enseñó corteses modos
En la lengua del agua ruda escuela,
Con nuestro forastero, que la popa
Del canoro escogió bajel pequeño.

Aquél, las ondas escarchando, vuela;
Éste, con perezoso movimiento,
El mar encuentra, cuya espuma cana
Su parda aguda prora
Resplandeciente cuello
Hace de augusta Colla peruana
A quien hilos el Sur tributó ciento
De perlas cada hora.
Lágrimas no enjugó más de la aurora
Sobre vïolas negras la mañana,
Que arrolló su espolón con pompa vana
Caduco aljófar, pero aljófar bello.
Dando el huésped licencia para ello,
Recurren no a las redes que, mayores,
Mucho océano y pocas aguas prenden,
Sino a las que ambiciosas menos penden,
Laberinto nudoso de marino.
Dédalo, si de leño no, de lino,
Fábrica escrupulosa, y aunque incierta,
Siempre murada, pero siempre abierta.

Liberalmente de los pescadores
Al deseo el estero corresponde,
Sin valelle al lascivo ostión el justo
Arnés de hueso, donde
Lisonja breve al gusto
—Mas incentiva— esconde:
Contagio original quizá de aquella
Que, siempre hija bella
De los cristales, una
Venera fue su cuna.

Mallas visten de cáñamo al lenguado,
Mientras, en su piel lúbrica fiado,
El congrio, que viscosamente liso
Las telas burlar quiso,
Tejido en ellas se quedó burlado.

Las redes califica menos gruesas,
Sin romper hilo alguno,
Pompa el salmón de las reales mesas,
Cuando no de los campos de Neptuno,
Y el travieso robalo,
Guloso, de los cónsules, regalo.

Éstos y muchos más, unos desnudos,
Otros de escamas fáciles armados,
Dio la ría pescados,
Que, nadando en un piélago de nudos,
No agravan poco el negligente robre,
Espacïosamente dirigido
Al bienaventurado albergue pobre,
Que, de carrizos frágiles tejido,
Si fabricado no de gruesas cañas,
Bóvedas lo coronan de espadañas.

El peregrino, pues, haciendo en tanto
Instrumento el bajel, cuerdas los remos,
Al céfiro encomienda los extremos
Deste métrico llanto:

«Si de aire articulado
No son dolientes lágrimas suaves
Estas mis quejas graves,
Voces de sangre, y sangre son del alma.
Fíelas de tu calma
¡Oh mar! quien otra vez las ha fiado
De su fortuna aun más que de su hado.

»¡Oh mar, oh tú, supremo
Moderador piadoso de mis daños!
Tuyos serán mis años,
En tabla redimidos poco fuerte
De la bebida muerte,
Que ser quiso, en aquel peligro extremo,
Ella el forzado y su guadaña el remo.

»Regiones pise ajenas,
O clima propio, planta mía perdida,
Tuya será mi vida,
Si vida me ha dejado que sea tuya
Quien me fuerza a que huya
De su prisión, dejando mis cadenas
Rastro en tus ondas más que en tus arenas.

»Audaz mi pensamiento
El cénit escaló, plumas vestido
Cuyo vuelo atrevido
—Si no ha dado su nombre a tus espumas—
De sus vestidas plumas
Conservarán el desvanecimiento
Los anales diáfanos del viento

»Esta, pues, culpa mía
El timón alternar menos seguro
Y el báculo más duro
Un lustro ha hecho a mi dudosa mano,
Solicitando en vano
Las alas sepultar de mi osadía
Donde el Sol nace o donde muere el día.

»Muera, enemiga amada,
Muera mi culpa, y tu desdén le guarde,
Arrepentido tarde,
Suspiro que mi muerte haga leda,
Cuando no le suceda,
O por breve o por tibia o por cansada,
Lágrima antes enjuta que llorada.

»Naufragio ya segundo,
O filos pongan de homicida hierro
Fin duro a mi destierro;
Tan generosa fe, no fácil onda,
No poca tierra esconda:
Urna suya el océano profundo,
Y obeliscos los montes sean del mundo.

»Túmulo tanto debe
Agradecido Amor a mi pie errante;
Líquido, pues, diamante
Calle mis huesos, y elevada cima
Selle sí, mas no oprima,
Esta que le fiaré ceniza breve,
Si hay ondas mudas y si hay tierra leve».

No es sordo el mar: la erudición engaña.
Bien que tal vez sañudo
No oya al piloto, o le responda fiero,
Sereno disimula más orejas
Que sembró dulces quejas
—Canoro labrador— el forastero
En su undosa campaña.

Espongïoso, pues, se bebió y mudo
El lagrimoso reconocimiento,
De cuyos dulces números no poca
Concentuosa suma
En los dos giros de invisible pluma
Que fingen sus dos alas hurtó el viento;
Eco —vestida una cavada roca—
Solicitó curiosa y guardó avara
La más dulce —si no la menos clara—
Sílaba, siendo en tanto
La vista de las chozas fin del canto.

Yace en el mar, si no continuada
Isla, mal de la tierra dividida,
Cuya forma tortuga es perezosa:
Díganlo cuantos siglos ha que nada
Sin besar de la playa espacïosa
La arena, de las ondas repetida.

A pesar, pues, del agua que la oculta,
Concha, si mucha no, capaz ostenta
De albergues, donde la humildad contenta
Mora, y Pomona se venera culta.

Dos son las chozas, pobre su artificio
Más aún que caduca su materia:
De los mancebos dos, la mayor, cuna;
De las redes la otra y su ejercicio,
Competente oficina.
Lo que agradable más se determina
Del breve islote, ocupa su fortuna,
Los extremos de fausto y de miseria
Moderando. En la plancha los recibe
El padre de los dos, émulo cano
Del sagrado Nereo, no ya tanto
Porque a la par de los escollos vive,
Porque en el mar preside comarcano
Al ejercicio piscatorio, cuanto
Por seis hijas, por seis deidades bellas,
Del cielo espumas y del mar estrellas.
Acogió al huésped con urbano estilo,
Y a su voz, que los juncos obedecen,
Tres hijas suyas cándidas le ofrecen,
Que engaños construyendo están de hilo.
El huerto le da esotras, a quien debe
Si púrpura la rosa, el lilio nieve,
De jardín culto así en fingida gruta,
Salteó al labrador pluvia improvisa
De cristales inciertos, a la seña,
O a la que torció, llave, el fontanero:
Urna de Acuario, la imitada peña
Le embiste incauto, y si con pie grosero
Para la fuga apela, nubes pisa,
Burlándolo aun la parte más enjuta.

La vista saltearon poco menos
Del huésped admirado
Las no líquidas perlas que, al momento,
A los corteses juncos —por que el viento
Nudos les halle un día, bien que ajenos—
El cáñamo remiten, anudado.
Y de Vertumno al término labrado
El breve hierro, cuyo corvo diente
Las plantas le mordía cultamente.

Ponderador saluda afectuoso
Del esplendor que admira el extranjero
Al Sol, en seis luceros dividido;
Y —honestamente al fin correspondido
Del coro vergonzoso—
Al viejo sigue, que prudente ordena
Los términos confunda de la cena
La comida prolija de pescados,
Raros muchos, y todos no comprados,
Impidiéndole el día al forastero,
Con dilaciones sordas le divierte
Entre unos verdes carrizales, donde
Armonïoso número se esconde
De blancos cisnes, de la misma suerte
Que gallinas domésticas al grano,
A la voz concurrientes del anciano.

En la más seca, en la más limpia anea
Vivificando están muchos sus huevos,
Y mientras dulce aquél su muerte anuncia
Entre la verde juncia,
Sus pollos éste al mar conduce nuevos,
De Espío y de Nerea
—Cuando más oscurecen las espumas—
Nevada invidia, sus nevadas plumas.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Luis de Góngora y Argote es uno de los poetas cumbre del Siglo de Oro español y el principal representante del culteranismo, una corriente estética del Barroco. Nació en Córdoba, en el seno de una familia hidalga. Su obra, escrita en castellano, se caracteriza por una profunda complejidad retórica, un léxico selecto y una sintaxis latinizante, que buscaban elevar el lenguaje poético a nuevas cotas de expresividad y belleza. Fue clérigo, aunque su vida estuvo marcada por un espíritu mundano y por sus disputas literarias.

Infancia y formación

Desde joven, Góngora mostró una gran inclinación por la poesía y los estudios. Estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, aunque su verdadera pasión era la literatura. Se formó en la tradición clásica y renacentista, pero pronto demostró una voluntad de superación y de innovación que lo llevaría a crear un estilo propio y revolucionario. Sus lecturas de poetas clásicos como Virgilio, Horacio y Ovidio, así como de autores italianos y de la tradición española, sentaron las bases de su conocimiento literario.

Trayectoria literaria

La carrera literaria de Góngora se puede dividir en varias etapas. Inicialmente, cultivó formas poéticas más populares y tradicionales como las letrillas y los romances, caracterizadas por su ingenio y gracia. Posteriormente, evolucionó hacia una poesía más culta y compleja, culminando en sus obras maestras, los poemas largos 'Soledades' y 'Fábula de Polifemo y Galatea', y en sus sonetos. Su producción se vio marcada por la rivalidad literaria, especialmente con Francisco de Quevedo, y por una constante búsqueda de la perfección formal.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Góngora es vasta y de gran complejidad. Sus 'Soledades' es un poema extenso y hermético que explora temas como la soledad, la naturaleza y la condición humana a través de un lenguaje rico en metáforas, hipérbatos y neologismos. La 'Fábula de Polifemo y Galatea' es otro poema narrativo de gran belleza, que narra el mito de Polifemo y Galatea con una imaginería deslumbrante. Sus sonetos abordan una gran variedad de temas, desde el amor y la muerte hasta la fugacidad del tiempo y la crítica social, siempre con una maestría métrica y retórica inigualables. El culteranismo, su estilo característico, se basa en la acumulación de cultismos, metáforas audaces, alusiones mitológicas y una sintaxis intrincada que busca sorprender y maravillar al lector.

Contexto cultural e histórico

Góngora vivió en la cúspide del Siglo de Oro español, un período de esplendor artístico y cultural, pero también de profundas crisis sociales y políticas. Su obra refleja la tensión entre la exuberancia barroca y una visión más sombría de la existencia. Fue contemporáneo de Cervantes, Lope de Vega y Quevedo, y participó activamente en el debate literario de su época, a menudo enfrentándose a aquellos que no comprendían o no apreciaban su innovador estilo.

Vida personal

La vida de Góngora estuvo marcada por sus aspiraciones eclesiásticas y sus continuos pleitos y rivalidades literarias. A pesar de su ordenación sacerdotal, su vida no estuvo exenta de mundanidad y de intervenciones en asuntos de la corte. Su enfrentamiento con Quevedo es uno de los episodios más célebres de la literatura española, reflejo de las fuertes personalidades y las ambiciones del tiempo.

Reconocimiento y recepción

La obra de Góngora generó admiración y rechazo a partes iguales en su época. Mientras muchos lo consideraban un genio innovador, otros lo criticaban por su oscuridad y artificiosidad. Sin embargo, con el tiempo, su genio fue plenamente reconocido, y hoy es considerado uno de los poetas más importantes de la lengua española, cuya influencia se extendió a lo largo de los siglos.

Influencias y legado

Góngora influyó profundamente en poetas posteriores, tanto en España como en América Latina. Su estilo y su manejo del lenguaje abrieron nuevas posibilidades expresivas y sentaron las bases para la poesía moderna. Poetas del siglo XX, como los del grupo Generación del 27, lo reivindicaron y lo estudiaron como un maestro indiscutible. Su legado reside en su capacidad para reinventar el lenguaje poético y en la belleza perdurable de sus versos.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Góngora ha sido objeto de intensos debates y estudios críticos. Su complejidad formal ha llevado a múltiples interpretaciones, centradas en su uso de la metáfora, su sintaxis y su cosmovisión. Se ha analizado la tensión entre lo sensorial y lo intelectual en su poesía, así como su visión del tiempo, la belleza y la fugacidad de la vida.

Infancia y formación

Una anécdota curiosa es su afición por las riñas y los duelos verbales, especialmente con Quevedo. Su carácter a veces altivo y su defensa a ultranza de su estilo también forman parte de su leyenda. Se dice que sus poemas eran tan complejos que solo los más entendidos podían apreciarlos plenamente.

Muerte y memoria

Luis de Góngora y Argote falleció en Córdoba. Su muerte no supuso el fin de su influencia, sino el inicio de un reconocimiento póstumo que ha ido creciendo con el tiempo. La publicación y el estudio de sus obras completas han garantizado su pervivencia y su lugar en la historia de la literatura universal.

Poemas

217

Aunque A Rocas De Fe Ligada Vea

Aunque a rocas de fe ligada vea
Con lazos de oro la hermosa nave
Mientras en calma humilde, en paz süave
Sereno el mar la vista lisonjea;

Y aunque el céfiro esté (porque le crea)
Tasando el viento que en las velas cabe,
Y el fin dichoso del camino grave
En el aspecto celestial se lea,

He visto blanqueando las arenas
De tantos nunca sepultados huesos,
Que el mar de Amor tuvieron por seguro,

Que dél no fío, si sus flujos gruesos
Con el timón o con la voz no enfrenas,
¡Oh dulce Arión, oh sabio Palinuro!
366

A Córdoba

¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
De honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
De arenas nobles, ya que no doradas!

¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,
Que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre glorïosa patria mía,
Tanto por plumas cuanto por espadas!

Si entre aquellas rüinas y despojos
Que enriquece Genil y Dauro baña
Tu memoria no fue alimento mío,

Nunca merezcan mis ausentes ojos
Ver tu muro, tus torres y tu río,
Tu llano y sierra, ¡oh patria, oh flor de España!
352

A Doña Catalina De La Cerda, Dama De La Reina

Tres veces de Aquilón el soplo airado
Del verde honor privó las verdes plantas,
Y al animal de Colcos otras tantas
Ilustró Febo su vellón dorado,

Después que sigo (el pecho traspasado
De aguda flecha) con humildes plantas,
(¡Oh bella Clori!) tus pisadas sanctas
Por las floridas señas que da el prado.

A vista voy (tiñendo los alcores
En roja sangre) de tu dulce vuelo,
Que el cielo pinta de cient mil colores,

Tanto, que ya nos siguen los pastores
Por los extraños rastros que en el suelo
Dejamos, yo de sangre, tú de flores.
279

A Unos álamos Blancos

Gallardas plantas, que con voz doliente
Al osado Faetón llorastes vivas,
Y ya sin invidiar palmas ni olivas,
Muertas podéis ceñir cualquiera frente,

Así del Sol estivo al rayo ardiente
Blanco coro de Náyades lascivas
Precie más vuestras sombras fugitivas
Que verde margen de escondida fuente,

Y así bese (a pesar del seco estío)
Vuestros troncos (ya un tiempo pies humanos)
El raudo curso deste undoso río,

Que lloréis (pues llorar sólo a vos toca
Locas empresas, ardimientos vanos)
Mi ardimiento en amar, mi empresa loca.
510

A Una Dama Vestida De Leonado

Del color noble que a la piel vellosa
De aquel animal dio naturaleza
Que de corona ciñe su cabeza,
Rey de las otras, fiera generosa,

Vestida vi a la bella desdeñosa,
Tal, que juzgué, no viendo su belleza
(Según decía el color con su fiereza),
Que la engendró la Libia ponzoñosa;

Mas viéndola, que Alcides muy ufano
Por ella en tales paños bien podía
Mentir su natural, seguir su antojo,

Cual ya en Lidia torció con torpe mano
El huso, y presumir que se vestía
Del nemeo león el gran despojo.
299

Con Diferencia Tal, Con Gracia Tanta

Con diferencia tal, con gracia tanta
Aquel ruiseñor llora, que sospecho
Que tiene otros cien mil dentro del pecho
Que alternan su dolor por su garganta;

Y aun creo que el espíritu levanta
—Como en información de su derecho—
A escribir del cuñado el atroz hecho
En las hojas de aquella verde planta.

Ponga, pues, fin a las querellas que usa
Pues ni quejarse ni mudar estanza
Por pico ni por pluma se le veda,

Y llore sólo aquel que su Medusa
En piedra convirtió, por que no pueda
Ni publicar su mal ni hacer mudanza.
452

A Un Caballero Poeta, Que En Un Soneto Que Hizo Se Fingió Temeroso De Tener En Su Amor Atrevi

No enfrene tu gallardo pensamiento
Del animoso joven mal logrado
El loco fin, de cuyo vuelo osado
Fue ilustre tumba el húmido elemento.

Las dulces alas tiende al blando viento,
Y sin que el torpe mar del miedo helado
Tus plumas moje, toca levantado
La encendida región del ardimiento.

Corona en puntas la dorada esfera
Do el pájaro real su vista afina,
Y al noble ardor desátese la cera;

Que al mar, do tu sepulcro se destina,
Gran honra le será, y a su ribera,
Que le hurte su nombre tu rüina.
284

A Juan Rufo, De Su Austríada

Cantastes, Rufo, tan heroicamente
De aquel César novel la augusta historia,
Que está dudosa entre los dos la gloria
Y a cuál se deba dar ninguno siente.

Y así la Fama, que hoy de gente en gente
Quiere que de los dos la igual memoria
Del tiempo y del olvido haya victoria,
Ciñe de lauro a cada cual la frente.

Debéis con gran razón ser igualados,
Pues fuistes cada cual único en su arte:
Él solo en armas, vos en letras solo,

Y al fin ambos igualmente ayudados:
Él de la espada del sangriento Marte,
Vos de la lira del sagrado Apolo.
309

Ilustre Y Hermosísima María,

Ilustre y hermosísima María,
Mientras se dejan ver a cualquier hora
En tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos, y en tu frente el día,

Y mientras con gentil descortesía
Mueve el viento la hebra voladora
Que la Arabia en sus venas atesora
Y el rico Tajo en sus arenas cría;

Antes que de la edad Febo eclipsado,
Y el claro día vuelto en noche obscura,
Huya la aurora del mortal nublado;

Antes que lo que hoy es rubio tesoro
Venza a la blanca nieve su blancura,
Goza, goza el color, la luz, el oro.
569

A Juan Rufo, Jurado De Córdoba

Culto Jurado, si mi bella dama
—En cuyo generoso mortal manto
Arde, como en cristal de templo santo,
De un limpio amor la más ilustre llama—

Tu musa inspira, vivirá tu fama
Sin invidiar tu noble patria a Manto,
Y ornarte ha en premio de tu dulce canto
No de verde laurel caduca rama,

Sino de estrellas inmortal corona.
Haga, pues, tu dulcísimo instrumento
Bellos efectos, pues la causa es bella;

Que no habrá piedra, planta, ni persona,
Que suspensa no siga el tierno acento,
Siendo tuya la voz, y el canto de ella.
295

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